Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.

viernes, 28 de abril de 2017

“Hambre y ambición. Generación y corrupción”.

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Cuando has pasado hambre, no se te olvida jamás; es una sensación que se te mete dentro.. y aunque no vuelvas a sufrirlo, el Hambre te acompaña toda la vida. 

En esta frase está contenida la secreta relación entre la fisiología y la psicología, y nos deja ver además la forma tan natural en que se enriquecen los conceptos a través de metáforas. He querido destacar ese proceso semántico al distinguir el “hambre” con minúscula y con mayúscula. El segundo, como ya habrán supuesto, nos refiere a la ambición, sobre todo de tipo material. 

Y es que en el ser humano no puede desligarse lo uno de lo otro: la ambición no es sino un firme propósito de acumular la riqueza suficiente como para garantizar que “jamás volveremos a pasar hambre”, usando la tan célebre expresión popularizada por el cine. Claro que ese “suficiente” nunca parece realizarse a ojos del ambicioso. Es un Hambre, pues, insaciable: un Hambre patológico.

La cita corresponde a un diálogo que aparece en la serie italiana ´El Capo de Corleone`, y me sirve para plantear algunas reflexiones acerca de un tipo psicológico bien establecido: el del nuevo rico que procede de la extrema pobreza.

Por suerte, no todos los sujetos que responden a este arquetipo desarrollan el grado de sociopatía que nos muestran los personajes de la serie. Los hay que jamás llegan a usar métodos criminales para calmar ese Hambre patológico. Sin embargo el ciego impulso que los mueve es el mismo, y no es otro en el fondo que el más puro instinto animal de supervivencia. 

Quizá en otras especies ese impulso no llega a dominar todo el periplo vital debido a que carecen de la memoria y de la autoconciencia necesarias para que así ocurra. En el caso del homo sapiens, sin embargo, esa programación biológica tan básica acostumbra a ser la que con más fuerza determina la actitud y las decisiones que orientarán su vida. Pues, aunque se trate de un animal extremadamente complejo, la complejidad tiende a mostrarse más en los efectos que en las causas.

Podríamos representarnos, entonces, a los seres aquejados de esta patología como portadores de un peligroso virus, aunque escasamente contagioso. Algo a medio camino entre la rabia y la fiebre del oro. Una enfermedad que impulsa a quienes la padecen a la depredación, y que, de hecho, les hace ocupar un puesto en las sociedades humanas muy similar al que ocupan los depredadores en los ecosistemas; sin que este nada claro, eso sí, que contribuya de modo análogo a restaurar algún tipo de equilibrio. Más bien al contrario, dado que la relación entre una sociedad humana y el conjunto de los “depredadores” que la habitan también parece ser análoga a la que existe entre un cuerpo y el cáncer que lo devora.

Es hasta tal punto análoga que, tal como vemos en la serie (y tal como ocurrió en la Italia de los ochenta, pues está basada en hechos reales), erradicar ese “cáncer” requiere de métodos tremendamente agresivos y dañinos con el propio “cuerpo”; y por más que lo creamos finalmente eliminado, siempre sobrevive algo de tejido infectado, a partir del cual vuelve a extenderse.

La última analogía que vendría a colación sería más básica todavía: la podredumbre es un proceso que acompaña a la vida desde sus inicios. Salud y enfermedad, generación y corrupción, son indisolubles la una de la otra.

Cabe por tanto suponer que el crimen organizado, así como la menos organizada constelación de intereses (en términos de Weber) de los “depredadores sociales” son males congénitos a cualquier sociedad humana. Contra ellos no valen soluciones drásticas, ni mucho menos fáciles y limpias. Se trata de realidades con las que siempre, por desagradables que sean, tendremos que contar, y con las que siempre, con mejor o peor humor, deberemos convivir.

La fotógrafa siciliana Leticia Battaglia registro con su cámara 
los crímenes mafiosos durante más de 20 años.
La lección es que en el “organismo del cuerpo social” se dan equilibrios y desequilibrios, y que si bien la corrupción, el delito y el crimen son consustanciales a cualquier sociedad -por lo que resulta utópica toda pretensión de erradicarlos por completo-, hay grados en que resultan tolerables o controlables, y en tanto sigan siéndolo no amenazan la supervivencia o la buena salud del “cuerpo” en conjunto; y grados en que, por contra, afectan seriamente a éste, causando "infecciones" y abriendo "llagas" en el “tejido” social, y hasta llegando a comprometer "órganos internos" vitales.

Sociedades como las italianas, especialmente del sur de la península, pero también como las hispanas, de un lado y otro del Charco, se han visto repetidas veces así comprometidas, al borde del colapso, del caos y de la guerra civil: de la descomposición absoluta del cuerpo social.

En Italia fue hacia los años ochenta cuando el “cáncer” originado en Sicilia, Nápoles y Calabria hizo metástasis. El intento de unos cuantos jueces y policías, heróicos hasta rozar el quijotismo, por arrancar de raíz esa “enfermedad” provocó la violentísima reacción de la misma, y gran parte de los que tuvieron el arrojo de convertirse en “antibióticos humanos” fueron eliminados en el proceso, aunque no obstante su “empresa sanitaria” ya había dado sus frutos, encarcelando para toda su vida a cientos de “agentes infecciosos”.

En México, Colombia, Brasil, y otros muchos estados iberoamericanos la metástasis ya viene de largo, manteniendo a sus poblaciones y a sus gobiernos en jaque permanente. Y si bien es cierto que, en el caso americano, la prohibición de ciertos productos ofertados por campesinos del sur y especialmente demandados por urbanitas del norte ha tenido efectos catastróficos, al servir en bandeja un mercado de lo más lucrativo al crimen organizado, tampoco podemos ser tan cándidos de suponer que, de acabarse finalmente con tan calamitosa política, los narcos abandonen de un día para otro sus actividades ilícitas y criminales. El tráfico de drogas les proporciona cuantosísimas ganancias, pero de desaparecer ese negocio, otras actividades quizá menos lucrativas tomarían mayor protagonismo: la extorsión, el robo, el secuestro, etc. Sí, puede que algunos de los actuales narcos acabaran por dedicarse a labores más respetables, e incluso dentro de la ley, al ver estrecharse su campo de actividad y percibir menos oportunidades de sacar tajada. Pero no nos engañemos: muchos de ellos se unieron a las filas de la mafia porque eran de natural seres con tendencias sociopáticas, y algunos otros que quizá no mostraban esa inclinación tan claramente, de todas formas se han hecho ya a esa forma de vida y no conocen otra manera de abrirse camino que no sea mediante el amedrentamiento y la violencia.
Ray Liotta, encarnando al protagonista de ´Goodfellas`.
El mundo se divide en “chicos listos” e “idiotas que trabajan ocho horas”, entre los que están dispuestos a tomar por la fuerza aquello que les apetece y quienes son respetuosos con la ley y temerosos de Dios o La Moral. Algo así venía a plantear el film de Scorsese ´Goodfellas`, traducido aquí por ´Uno de los nuestros`. Esta idea es clave para entender el fenómeno del crimen organizado, pero no menos que esta otra: los mafiosos son en cierto modo herederos de una forma de autoridad feudal, en que la fuerza era la única razón que se entendía.

La civilización, el estado y la racionalidad modernas van avanzando; pero en sus márgenes sobreviven siempre formas de autoridad y de organización social más arcaicas. El sur de Italia, en especial Sicilia, Nápoles y Calabria, presenta una realidad muy distinta a la del norte: en esas tierras perviven todavía aquellos modos de organización feudal y caudillista; y desde la unificación hasta hoy nadie ha tenido los arrestos, o no ha sabido encontrar la forma, de extirpar de raíz el cáncer y conducir al sur decididamente hacia la Modernidad. No digo desde luego que sea fácil: ya he dejado claro anteriormente que es utópico pretender acabar de un día para otro con la corrupción en sus diversas formas. Sin embargo parece que los políticos italianos, por lo general, han preferido usar a los grupos mafiosos como aliados estratégicos para diversos fines antes que perseguirles sin cuartel. Han optado, digámoslo así, por el pragmatismo frente a la moral. Han valorado más los réditos potenciales (sobre todo para la clase política) que se derivan de las alianzas puntuales con ellos que los beneficios (estos sí para la población en conjunto) de mantener en el tiempo una clara política de persecución y represalia. Por otro lado no puede olvidarse que, aparte de las sucias estrategias que ha empleado a menudo el estado italiano, el vínculo de algunos políticos con estas organizaciones criminales va mucho más allá de una alianza puntual, pues es sabido que muchos de ellos están literalmente a sueldo de los capos, lo mismo que muchos jueces y policías. Y no es menos sabido que algo similar, cuando no más grave, ocurre en varios países de Iberoamérica.

Pero una cosa es clara: de legalizarse las drogas, las armas y la prostitución, verían estrecharse muy mucho su mercado potencial. Y si de un lado no debemos ser ingenuos respecto al natural (o aprendido) carácter de los criminales, también sería contraproducente adoptar una postura cínica o descreída y no advertir que, si bien no es posible erradicar el gangsterismo, sí podemos asfixiarle poco a poco arrebatándole posibilidades de negocio y, consecuentemente, reduciendo cada vez más su campo de acción.
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Recapitulando. Si penetramos en la mentalidad del gangster, así como en la del mundo feudal, rural y caudillista, nos encontramos de nuevo ante un fenómeno que podría reducirse en cierto grado a la biología o a la etología.
Los "hambrientos patológicos" se reconocen entre sí, se asocian, y se organizan para proteger mejor sus intereses.

Hay machos-alpha y machos-beta, gamma, epsilón.. ya se llamen los primeros “capos”, “señores feudales”, “patronos” o “caudillos”. Hay quienes no tienen empacho en tomar lo que les apetece cuando les apetece, y otros que, por mero instinto de supervivencia, se dejan robar, dominar y pisotear. Existe por otro lado entre los habitantes de estos “márgenes de la civilización” una desconfianza hacia el Estado, que no sólo se percibe como un ente lejano, sino que además parece no preocuparse lo más mínimo por su suerte, con lo que gran parte de ellos acaban confiando más en las autoridades locales, que al fin y al cabo están igualmente enfrentadas al poder estatal y que, por lo menos, conocen de primera mano los problemas y las necesidades reales de sus “feudos”.

Algo de ese sentimiento de abandono por parte del Estado debe estar en el germen de la mentalidad mafiosa: los habitantes de las regiones más empobrecidas y más dejadas de lado por la clase política sienten que no le deben nada a la sociedad; y algunos de ellos llegan incluso a ver en ello una justificación para tomar lo que “es suyo” por la fuerza.

No debe caerse, sin embargo, bajo ningún concepto en la tan simplista y tan socorrida conclusión de que “es culpa de la sociedad” o de que “su ambiente les ha empujado a convertirse en criminales”. Primero porque puede servir de inmejorable pretexto a todo malnacido que vive holgadamente a costa de sus semejantes; y segundo porque no debe confundirse el que los fenómenos sociales tengan causas y explicaciones, las cuales podemos rastrear, con que el individuo no tenga la más mínima responsabilidad de sus acciones. 

Por supuesto que se dan más factores de riesgo en las zonas más deprimidas económicamente y más abandonadas por el poder político; pero eso no quiere decir que todas las causas sean esas: para alguien con tendencias sociopáticas, el haber nacido en un contexto como ese le podrá empujar quizá con mayor fuerza a desarrollar sus potenciales de depredación; pero para alguien que carezca de esas tendencias, el nacer en ese mismo lugar únicamente determinará que su vida sea más difícil y que, por si sus problemas fueran pocos, se vea obligado además a lidiar con toda esa ralea de canallas.

Cerraremos estas reflexiones con otra cita del protagonista de ´El capo de Corleone`: 
Cuando yo era niño, era más fácil matar a un cristiano que leer un libro. 
Volvemos a la mentalidad feudal: la vida no vale un carajo; y a quien no esté dispuesto a matar, quizá sólo le quede disponerse a morir. Quien no tenga la voluntad de convertirse en señor, probablemente acabe convirtiéndose en esclavo.
Fotograma de ´El señor de la guerra`, film de 1965 dirigido por Franklin Schaffner.
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lunes, 10 de abril de 2017

EL PAPEL DE LA BATALLA DE LAS IDEAS EN LA REFORMA DEL ENTENDIMIENTO.

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Dediqué la última entrada de este blog a ofrecer una visión crítica de la batalla ideológica. En esta ocasión toca presentar la otra cara de la moneda: la forma que personalmente considero más constructiva de encarar este diálogo o confrontación.

La primera pregunta que se harán muchos, incluso quienes ya leyeron aquel otro texto, se referirá a por qué mantengo una posición tan crítica de la batalla cultural en su versión más propiamente "belicista". Y la respuesta es sencilla: porque cuando se trata de vencer a cualquier precio, cualquier medio se torna lícito, y por tanto los "soldados" se permiten mentir, tergiversar y demonizar, o cuando menos, callan cuando ven a sus camaradas hacerlo. Y dado que he observado que esto es la norma, tiendo a pensar que el enfoque de esta batalla como conquista es el más habitual. 

¿Acaso vemos a menudo a un representante de cualquiera de los bandos regañando o enmendando a uno de sus camaradas cuando se pasa de frenada y realiza afirmaciones manifiestamente falsas?

Claramente no. Pero esto se debe a que la mayoría de las veces (por suerte no todas) el objetivo es con-vencer, y no comprender. Porque si bien el primer enfoque lleva a una lucha sin cuartel en que la reforma del entendimiento, el avance en nuestra comprensión de la realidad es en el mejor de los casos algo secundario, el segundo asume esto último como su meta esencial, y es ello lo único que hace de la batalla cultural un proceso, no sólo fértil, sino absolutamente necesario.

La lectura en positivo de la confrontación de ideas consistiría pues en afrontarla, no ya como una obligación de difundir la “verdad revelada”, ni la algo más modesta vocación pedagógica de mostrar los errores intelectuales del contrario (que empieza a ser menos modesta cuando no reconocemos en la misma medida los propios), sino como el deber o la responsabilidad de dar cuenta de tu verdad, de tu particular visión del mundo, que por más ortodoxa que sea, siempre tendrá algo de personal e intransferible: siempre tendrá tu sello, tu impronta. 

Se trataría, así, de asumir la tarea que sólo tú estás capacitado para desarrollar, en cuanto tu perspectiva de las cosas es única (insisto, aun el caso de que sea aparentemente muy ortodoxa o muy trillada). Se trata, en último término, de una cuestión de amor propio; y ya se sabe que en esto, como en todo, conviene no pecar ni por exceso ni por defecto. Podrán imaginar que el exceso en esta materia tiene que ver con aquella actitud evangélica o iluminada. Análogamente, el defecto consistirá en renunciar a la defensa de una manera concreta -y parcial, y sesgada, pero irrepetible- de explicar el mundo; la cual es, cuando menos, tan valiosa como las demás; y la cual aporta, como mínimo, tanta verdad como otras.

No podemos evitar que la gente se identifique con distintas teorías económicas, políticas, sociológicas o antropológicas. Y además es positivo que se desarrollen todas ellas, pues como mapas parciales del mundo que son, cuanto más y mejor lo hagan, más completo resultará un hipotético mapa conjunto resultante de la complementariedad de todos ellos. Siempre van a existir modelos explicativos divergentes, eso es inevitable. Pero a lo que no estamos abocados por necesidad es a que no se comuniquen unos con otros y a que no se enriquezcan mutuamente.

La batalla cultural no debería consistir tanto en demostrar que tus ideas son las mejores cuanto en evitar que cualquier idea se torne hegemónica, derivando en pensamiento único. Por ello no puedo sintonizar del todo con quienes contemplan como objetivo el convertir en hegemónicas las suyas, un simple “quítate tú para ponerme yo”; pues en tal caso volveríamos a encontrarnos en el punto de partida; y, como ya dije, este constituye un horizonte poco halagüeño si lo que nos interesa es prevenir la uniformidad de pensamiento.

Es bueno que siga habiendo siempre conservadores y progresistas, bioligicistas y culturalistas, liberales y socialistas, nacionalistas e internacionalistas (además de todas las posiciones nuevas que vaya alumbrando el nuevo siglo). No debemos temer la peligrosidad inherente en algunas de esas ideas tanto como la polarización en torno a dos únicos bandos; o peor, la asunción de un mismo credo por toda la población. Primero, porque la percepción de esa peligrosidad variará según desde qué lado se juzgue; y segundo, porque no hay mejor vacuna contra los errores ideológicos (constituyan mayor o menor peligro) que la posibilidad de poner contra las cuerdas repetidas veces a los portadores del error, y a través del viejo método socrático, mostrar al menos a parte del público el poco crédito que merecen.

Otra cosa que conviene siempre tener presente, y que no será la primera vez que destaco, es que el diálogo entre posturas más o menos contrapuestas debe entablarse entre pensadores (o divulgadores) y no entre escuelas de pensamiento. Debemos dejar de atacarnos por intermediación de las generalidades siempre confusas con las que identificamos a nuestras “sectas”, y comenzar a enfrentarnos uno a uno, y punto por punto, con los planteamientos singulares de cada individuo singular. Y es que no hay una visión igual a otra, por más que compartan Escuela, Sub-escuela, patio y vecindario.

Muchos ojos siempre verán más que dos. Muchas cabezas siempre pensarán más que una; tanto si comparten un mismo prisma básico como si no. Claro está que la diversidad de prismas garantizará mayor diversidad de perspectivas. Pero, insistiré una vez más, no debe llevarnos a engaño la aparente uniformidad de pensamiento de quienes se adscriben a una misma cosmovisión, pues por más aprioris que compartan, cada uno de ellos podrá hacer apreciaciones y señalar matices que al de al lado se le escapan.

En suma, se trataría de representarnos los ojos y las conciencias que habitan este mundo como millones de mónadas, millones de visiones subjetivas, de perspectivas en cierto grado complementarias; aunque también necesariamente complementarias, justo por ser todas ellas incompletas, sesgadas, erradas en diverso grado, pero por encima de todo irrepetibles.

jueves, 2 de marzo de 2017

"Soldados de las ideas: una visión crítica de la batalla cultural".

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Muchos andan enfrascados en la batalla cultural, ya sea en nombre de la igualdad, de la libertad, de la tradición o de la identidad. Yo mismo asumí con gusto ese papel en numerosas ocasiones, y no descarto volverlo a asumir en el futuro, pero ahora mismo me resulta de lo más tedioso. Ser soldado a tiempo completo exige una completa dedicación, así como asumir una fe cuasi religiosa en la bondad y necesidad de tu causa, lo que te impide librar otras batallas. Y a eso es a lo que yo no estoy dispuesto a renunciar; me interesan tanto o más esas otras batallas: la filosófica por la ´reforma del entendimiento`, o la moral, entendiendo por ésta la que busca mejorar la convivencia en el seno de un grupo establecido (a diferencia de la ética, cuyo objeto, siguiendo la definición clásica, sería el individuo). Y es que estas dos últimas batallas son incompatibles con la anterior siempre que ésta, la de las ideas, se asuma de forma íntegra (o más valiera decir “integrista”). Porque no es otra cosa sino integrismo el dedicarse en cuerpo y alma a defender una idea, una forma de ver el mundo, pero contra al mundo, es decir, desatendiendo todo interés, y por tanto eludiendo toda responsabilidad, por esa dimensión filosófica y moral. Es como pretender reformar a todos los demás y negarse a reformarse uno mismo. Es como pugnar por que otros cedan en tu favor sin estar dispuesto tú a ceder ni un ápice en el suyo. No sólo implica una especie de autismo, sino también una gran dosis de inmadurez. Yo contra el mundo..  “Yo, que me basto a mí mismo, pues nada que sea verdad está fuera de mí, proclamo mi evangelio".. Yo soy El CaminoPorque si los demás parecen empeñarse en hacer caso omiso de esta "revelación", de la que tan generosamente les hago partícipes, no contemplo otra reacción que no sea redoblar los esfuerzos: volver a la carga todavía más enconado. Y aquí ya me distingo poco del que intenta derribar un muro a cabezazos.

Porque ese sería el perfil del soldado en la llamada “batalla de las ideas” o “batalla cultural”. Es el perfil de un miope que persigue incansablemente a astigmáticos, hipermétropes y daltónicos, cada vez más frustrado porque no reconocen sus defectos visuales. No es otra, al menos, la impresión que uno recibe cuando comprueba cuáles son las cuitas y los interrogantes que quitan el sueño a esos batalladores de las ideas, da igual la trinchera a la que pertenezcan. Son tribus que, cuanto más se encierran en sí mismas, más se reafirman en su condición de iluminadas, y cuyas tribulaciones giran todas en torno a resolver el enigma de “cómo es que todavía la mayor parte de mortales no ha visto la luz”. Y es que el soldado plenamente inmerso en esta batalla de las ideas se asemeja al hombre plenamente inserto en La Caverna, sólo que éste del que hablamos conoce el Mito de Platón y precisamente cree ser él quien ha escapado de ella, por lo que es todavía más difícil persuadirle de su error. Volviendo a la analogía anterior, es como intentar convencer al miope de que, por más que haya astigmáticos, hipermétropes y daltónicos, ello no garantiza que quien no posea ninguno de esos defectos vea perfectamente, es decir, que no padezca otro distinto.

Por ello mi valoración de lo que implica la batalla cultural será negativa siempre que no resulte ésta complementada u orientada por aquellas otras coordenadas, que a su vez constituyen también batallas: la filosófica, que perseguiría la reforma (el estudio y la mejora) del entendimiento; y la moral, que también buscaría mejorar el entendimiento, pero en este caso no el del individuo, sino entre los individuos. Y es que el propósito de esta última batalla, quizá la más ardua, es la resistencia a convertirnos en mónadas, como las de Leibniz. Porque hacia ese infierno caminamos –si les sorprende que lo califique así, recuerden el relato de ´Johnny cogió su fusil`- cada vez que asumimos la batalla de las ideas al modo militante o "evangélico", enviando al mundo el mensaje tácito de “si no me haces caso, no quiero saber nada de tí”.
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miércoles, 1 de febrero de 2017

"El mito del librepensamiento y el complejo de Sheldon Cooper".

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Imagina que todos lleváramos lentillas de distinta graduación pero todas ellas mal graduadas, y que, no siendo conscientes de ello, nos pasáramos el día intentando persuadir a los demás de que son miopes, tras comprobar que no perciben los objetos de igual modo que nosotros. Esto es exactamente lo que ocurre con los llamados “prismas” o “filtros” ideológicos.

A veces nos cuesta comprender que otros tengan una imagen del mundo tan alejada de la nuestra, que vean “otra realidad” casi opuesta a la que vemos nosotros. Pero no es tan difícil entender el porqué: ese mundo y esa realidad serán siempre inconmensurables, con lo que nos va a ser imposible formarnos un concepto de ellos sin algún criterio que oriente nuestra atención hacia unos puntos u otros de ese espacio inagotable, sin alguna forma de discriminar lo sustancial de lo superfluo, de separar el grano de la paja. Y en lo que cada cual entienda por “grano” y por “paja” está justo el quid del asunto, y en ello consistirá toda la dificultad de lograr un consenso.

En ciencias sociales existe una tentación constante de creer que ya se ha dicho la última palabra, seguramente debido a que nuestro cerebro, en el proceso evolutivo, fue programado para buscar certezas a cualquier precio. Sin embargo, la vaguedad y falibilidad inherente a estas “ciencias” nos obliga a ser en extremo cautos, en extremo humildes, y a concienciarnos de que el camino siempre está por hacer y de que hasta las teorías que aparentemente resultan más satisfactorias para interpretar la realidad contienen no pocas lagunas que llenar y no pocas aristas que pulir.

De ese choque entre nuestro insaciable hambre de certeza y la extrema dificultad que supone alcanzarla es de donde surge, imagino, aquel sesgo tan extendido entre intelectuales y menos intelectuales que me gusta llamar “complejo de Sheldon Cooper”: si los opiniones de los demás difieren de las nuestras sólo puede deberse a que no están a nuestra altura intelectual; una explicación conveniente que nos ahorra someter nuestras teorías a una validación más amplia, más exigente. Al apresurarnos a suponer que las explicaciones causales que sostenemos son las óptimas, nos apresurarnos a suponer también que aquel que sostiene otras distintas no puede sino acusar una estrechez de miras o bien no haber alcanzado todavía el nivel de comprensión en que nos hallamos nosotros. Se trata de un razonamiento ad hoc, el tipo de justificación que buscan y siempre encuentran las personalidades ególatras, más pendientes de afirmarse a sí mismas que de expandir genuinamente su entendimiento del mundo y de los fenómenos que lo conforman

Debe precisarse, empero, que la descripción de este tipo psicológico corresponde a un modelo ideal, por lo que no será raro encontrar trazos o manifestaciones del mismo en todos nosotros.


No podemos menos que reconocer en este “complejo” una tentación demasiado poderosa como para no caer en ella más veces de las que desearíamos. 

Porque la cruda verdad es que todos somos parcialmente "miopes": todos llevamos puestas nuestras “gafas ideológicas”; y los que más presumen de carecer de ellas, probablemente sean los más ideologizados de todos. 

Desconfiad, pues, de todo aquel que os dice: “esto no es ideología, son hechos”; porque “hechos” hay muchos, pero la mera selección o presentación de los mismos ya está guiada necesariamente por un filtro concreto: no existe ni puede existir jamás una selección “neutral”; una aproximación neutral en realidad implicaría carecer de criterio, por tanto, no seleccionar en absoluto, sino presentar todos los hechos en bruto (suponiendo que eso fuera posible). 

Y si, como digo, es necesario poseer un criterio de selección, es necesario también mantener una postura teórica, sea ésta más “flexible” o más “rígida”. En realidad no nos referimos a otra cosa que a esa “flexibilidad” cuando calificamos a alguien de “librepensador”. Pero no hay librepensamiento como tal, en el sentido de “estar por encima de ideologías”. Lo que hay son heterodoxias, o posturas que intentan ser lo menos sectarias posible, pero ninguna de ellas deja de ser ideológica.

Me temo, por ello, que estamos frente a otro mito que convendría derribar. Yo mismo he querido auto-titularme en ocasiones como "librepensador"; pero finalmente he caído en la cuenta de que el mismo concepto arrastra una ingenuidad y una arrogancia notables. Muchos lo asociamos en su momento con superar la (engañosa) dicotomía entre "izquierda" y "derecha"; pero lo cierto es que ya existen posiciones ideológicas establecidas que no pueden englobarse en ninguno de esos dos conjuntos, bien porque incluyen ideologemas contenidos en ambos o bien porque dan lugar a otros nuevos. Ejemplos de ello son el liberalismo y el tercer-posicionismo. 

Y es que, aun en el caso de no reconocernos enteramente bajo ninguno de los rótulos canónicos (conservadurismo, progresismo, liberalismo, socialismo..), jamás podremos afirmar que estemos a salvo de toda influencia, que no nos basemos en criterio alguno, o que no suscribamos ninguna de las posiciones que unos u otros mantienen. Y es en ese sentido que es imposible concebir un “pensamiento libre”, flotando en el aire sin asidero alguno, un pensamiento que se ha creado a sí mismo, como el dios del Antiguo Testamento.

Lo único que hay son formas de pensamiento más informadas o más desinformadas, más vulgares o más sofisticadas, más dogmáticas o más escépticas; pero ahí acaba toda distinción; por lo demás, ninguna de ellas deja de ser ideológica. Sí, puede que algunos seamos más exigentes, más críticos, menos conformistas.. que a la hora de “comprar un paquete ideológico” no nos contentemos con los “paquetes estándar” que vemos en los supermercados (rojo o azul/progre o facha) y vayamos a tiendas especializadas donde uno escoge cuidadosamente ideologemas de unas y otras procedencias y “se construye” su propia ideología. Bien, pero de todos modos hemos adoptado un sistema de pensamiento, por más heterodoxo y minoritario que sea.

Lo demás… es pura metafísica.

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Afirmar que careces de ideología es un pretexto para permanecer en la zona de confort y vacunarte contra todo escepticismo, tan necesario éste para evitar convertirte en la peor clase de ignorante: aquel que cree que no le queda nada por aprender. El librepensamiento es el subterfugio mediante el que camuflamos una postura ideológica, y por tanto subjetiva, presentándola como de mero sentido común, y por tanto objetiva. Así, el insondable misterio de que haya gente que no comparte nuestra opinión será finalmente explicado, bien por falta de empatía o de conciencia social (subterfugio típico de las izquierdas), bien por miedo a ser políticamente incorrecto (subterfugio típico de las derechas y los neofascismos), o bien por carecer de recto entendimiento y genuína comprensión del mundo (Complejo de Cooper propiamente dicho, y a su vez subterfugio típico del liberalismo).
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sábado, 12 de noviembre de 2016

"NATURALEZA Y CIVILIZACIÓN" (I)

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El Mito de La Naturaleza.

En este espacio nos hemos dedicado con frecuencia a desmontar los grandes mitos de la Modernidad, así como a descubrir su genealogía en mitos pre-modernos, haciendo especial hincapié en la secularización de conceptos religiosos que, inadvertidamente, asume la mayoría como ideas perfectamente racionales y “científicas”, Nos hemos dedicado, en suma, a despertar al hombre contemporáneo de su pretensión de ser incomparablemente más racional (o menos supersticioso) que sus antecesores.

El mito que nos hemos propuesto demoler en esta ocasión es quizá uno de los que más determinan nuestra concepción actual del mundo. Es además el que probablemente tenga más alcance, en cuanto afecta o distorsiona nuestro juicio en un mayor número de cuestiones. Es, por ello, a la vez el que más urge desmontar y el que más resistencia opone a serlo finalmente. Nos referimos, como ya adelanta el encabezamiento, al mito de “La Naturaleza” como opuesta a “La civilización”, y lo que es más problemático aún, al mismo ser humano.
Vista del Real Palacio de Riofrio, Fernando Brambilla, 1830.
El Mito de La Naturaleza, bien como un ente amenazador, bien como
un lugar de armonía y reencuentro con nuestras raíces, empieza a
tomar la forma actual dentro del Romanticismo.

En los siglos en que la hegemonía estaba en manos de la Iglesia de Roma, y más tarde de las diversas sectas protestantes, se consideraba al Hombre “tocado por La Gracia Divina”, y era esto lo que le situaba por encima del resto de seres y de algún modo lo “apartaba del Reino Natural”.

Como explica y fundamenta Gustavo Bueno en ´El Mito de la Cultura`, esa idea religiosa del Reino de La Gracia se corresponde de manera sorprendente con la idea secular de Reino de La Cultura. Es por ello que el autor sostiene, y yo con él, que se trata de un mito oscurantista; esto es, un mito que sirve para confundir y no para aclarar.

Porque la confusión es, a estas alturas, morrocotuda. Cosa que se mostrará a las claras tan pronto intente usted responder a las siguientes preguntas:

¿Qué separa realmente a la Naturaleza de la Civilización, a la biología de la cultura? ¿No será tan sólo una impostura, una conceptualización artificial? ¿Qué es, por cierto, lo artificial y lo natural? 

Los urbanitas acostumbramos a vernos como seres “alejados de la Naturaleza”. ¿Pero de qué naturaleza? ¿Acaso decimos lo mismo del ave en su nido, de la hormiga en su hormiguero, del castor en su presa, o incluso del caracol o la tortuga en su concha?

Si la vida se muestra cada vez más diversa y más compleja, ¿no son nuestra civilización, nuestra tecnología y nuestra ciencia una forma más sofisticada de “concha”, de “nido” o de “presa”?

El lugar común reza que los habitantes de la ciudad estamos “desnaturalizados”, a diferencia de los habitantes del medio rural, que están más “en contacto con La Naturaleza”. Pero dado que la “Naturaleza” con mayúsculas no es sino un mito, a no ser que incluyamos al homo sapiens junto a todas sus obras “artificiales” en ella; es decir, a no ser que entendamos “Naturaleza” como sinónimo de “Universo” –o Multiverso-, es decir, de “todo lo existente”, la expresión únicamente podría adoptar la forma subjetiva: “en contacto con su naturaleza”. ¿Y cuál es nuestra naturaleza? Si mantenemos la perspectiva que defendemos aquí, el entorno natural o “ecosistema” del urbanita es la ciudad, como el del pueblerino es el campo. Pero suponiendo que aceptamos la validez de esa idea de “Naturaleza” en la que no se incluyen las obras humanas, ¿cómo exactamente se aleja o se aísla el urbanita de ella? Podríamos decir que lo hace levantando muros, pavimentando el suelo y construyendo carreteras, además de otras invenciones más recientes que, por otra parte, ya empiezan a ser tan comunes en el mundo rural como en el urbano (véase: los alcantarillados, las tuberías, las neveras, las farolas, los edificios de varias plantas, los urinarios, los lavabos, los teléfonos, televisores y ordenadores). Pues bien, ¿en qué se diferencia esto, en esencia, de la forma en que el ave se aísla en su nido, la hormiga en su hormiguero, e incluso el caracol en su concha? (porque aunque no sea esta última una creación cultural, de todos modos le aísla). ¿Cuál es exactamente el punto de corte entre la tecnología y la cultura desarrollada por los grandes simios, así como por los castores, por los elefantes o por los delfines, y la evidentemente mucho más compleja que nuestra especie ha llegado a desarrollar a día de hoy? Y la precisión temporal no está de más, teniendo en cuenta que esos “modos de vida natural” no sólo se identifican con lo rural, sino también con las “comunidades primitivas”. Y si ese fantasmal punto de corte entre lo “natural” y lo “artificial” rebasa incluso el punto de corte (no fantasmal pero sí arbitrario) entre nuestra especie y todas las demás, tenemos que acabar por concluir que, de existir, se encontraría en algún punto –de nuevo arbitrario- entre el “hombre antiguo” y el “hombre moderno”. ¿El calzado, la rueda y el arado pueden concebirse todavía dentro de la denominación “modo de vida natural”? ¿Es la imprenta, la pólvora o la máquina de vapor lo que nos aleja definitivamente de las “comunidades primitivas” que viven “en equilibrio con la Naturaleza”?

Gustavo Bueno. Filósofo español creador de todo un
sistema de pensamiento: el Materialismo filosófico.
El mito se extiende por tanto a una parte de la historia de nuestra especie y a una parte de las comunidades etno-culturales que existen a día de hoy. Y, en cuanto esos “modos de vida natural” (o arcaicos) logran acogerse a élson sacralizados junto a esa Naturaleza no sólo idealizada sino contrapuesta dialécticamente al “hombre moderno”. Este último resultará otro concepto clave en la cosmovisión dualista que aquí ponemos en cuestión, no menos vago que el de Naturaleza y, por ello, no menos engañoso; cosa que tiende por desgracia a traducirse en “apto para engañar y conquistar a las masas”. De ahí la importancia de aclarar los conceptos y el tan útil rol que cumple, por más que digan, la filosofía. Algo parecido hubiera dicho, o nos habría gritado mientras nos llamaba “imbéciles” -genio y figura-, el ya citado Gustavo Bueno. De su también mencionada obra ´El mito de la Cultura` es este extracto que, espero, ilumine un poco estas reflexiones:
«En el “todo complejo” que es la cultura (...) no sólo se contienen formas admirables, dignas de suscitar el entusiasmo, sino también formas repugnantes, que habrá que considerar, antes que como expresión de cualquier espíritu creador, como delirio de un animal enfermo.»
Y exactamente el mismo juicio podrá hacerse sobre la Naturaleza, algo previsible teniendo en cuenta que son mitos análogos. De ahí que la exhortación a la conservación, sea de formas naturales o de formas culturales, resulte un mandato contra el que cabe rebelarse por arbitrario e irracional, además de anti-vital. ¿Por qué debe conservarse lo que no sirve, lo que entorpece, y menos aún lo que destruye, impide o amenaza el desarrollo de otras formas de vida? 

La sacralización de la Naturaleza o la sacralización de la Cultura son puro espiritualismo, y por ello es que podemos acusarlas de anti-vitales. Tanto la Naturaleza como la Cultura se abren paso constantemente a través de la destrucción de parte de lo que las contiene. 

Nada es sagrado, todo es contingente. Empeñarse en conservarlo todo intacto equivale a defender la parálisis e impedir todo progreso.

Los ecosistemas y las culturas son sistemas dinámicos. Nada más absurdo que pretender que se tornen estáticos. Todo fluye, nada permanece: esa es la máxima de la evolución y de la vida. Ocurre que, como seres finitos, nos cuesta asumirlo y queremos formarnos la ilusión de algo permanente, pero tan siquiera las células que nos constituyen hoy son las que nos constituyeron ayer.

El ecologismo es una rebelión contra la Naturaleza y una negación de la misma, ya que exhorta a la conservación mientras que las leyes de la vida implican transformación permanente: un ciclo eterno de creación y destrucción.

Seguro que tras afirmaciones tan tajantes, tras semejante serie de aforismos que por su radicalidad podrían otorgarse al mismo Nietzsche se han quedado ustedes pensado que quien escribe ésto posee un ego comparable al del sajón y probablemente una cordura tan frágil como la suya. Sin embargo, mi intención era precisamente provocar, tanto en el plano moral como en el intelectual; cosa que constituye el núcleo de lo que me gusta llamar ´Método Socrático-Nietzschiano`, que a mi modo de ver sería un eficiente "truco" o "atajo" para fomentar el espíritu crítico o científico, en cuanto nos colocara frente a perspectivas que, por novedosas y “ofensivas”, nos forzaran a replantearnos convicciones (o convenciones) que ya teníamos interiorizadas (o esclerotizadas).

Porque, una vez más, esa es o debería ser la función de la filosofía. Por ello me interesa dejar meridianamente claro que la intención de este texto no es defender la “explotación de la Naturaleza” o cualquier otro perentorio fin instrumental, sino mostrar perspectivas alternativas a las más habituales que nos inspiren provechosas reflexiones, todo ello con el objetivo de avanzar en nuestro pensamiento y en nuestra comprensión del entorno y de nosotros mismos.

Mi propósito no es por tanto que dejen ustedes de ser ecologistas, en el caso de que se adscriban a esa etiqueta, sino mostrar que hay una contradicción en que se nos inste por un lado a respetar a "nuestros hermanos los animales" -cosa que comparto, al menos a grandes rasgos- y que por el otro se considere al ser humano como "algo aparte" del resto de seres, una especie de "intruso en la Naturaleza".

Pero el motivo que nos ha llevado a mantener esta cosmovisión no es otro, en el fondo, que el mismo que en otro tiempo nos llevó a defender nuestra supremacía y derecho a dominar a esa “Naturaleza”. Porque la confusión de origen no radica en la posición moral que asumamos frente a ella sino en el hecho de concebirla como algo ajeno, separado ontológicamente de nuestra especie, la cual no hemos dejado de considerar “especial”, sea la connotación de ese adjetivo positiva o negativa. Ya el propio lenguaje nos alerta de la trampa inherente a concebirnos de tal modo. Pues, ¿qué es lo que nos hace considerarnos tan especiales, sea para bien o para mal?; sea para auto-otorgarnos el derecho a “reinar sobre el resto de criaturas” o sea para fustigarnos continuamente por concebir nuestra existencia como una maldición para esas otras criaturas y sus ecosistemas, que de no ser por nosotros seguirían su curso “natural”.
En ocasiones se ha comparado a los grandes edificios de varias plantas 
con los termiteros. Esta simple metáfora nos obliga  a cuestionar la idea 
de que el urbanita o el hombre moderno esté "aislado de La Naturaleza".

Lo primero que debería traerse a colación es que los seres vivos, por definición, consumen recursos y transforman el medio.Y si bien es cierto que el ser humano es el animal que consume más recursos y transforma (o destruye) más ecosistemas, también es el único, que yo sepa, que planta árboles, crea reservas naturales, y garantiza la supervivencia de especies. No sólo eso, sino que además es el único animal que, con sus herramientas, es capaz eventualmente de frenar o paliar fenómenos naturales que amenazan a esos ecosistemas e incluso al planeta en su conjunto.

Si el hombre actual hubiera convivido con los dinosaurios, podemos estar seguros de que éstos no se hubieran extinguido. Aunque, por otra parte, gracias a su extinción pudieron surgir muchas otras especies. Entre ellas, la nuestra.

No podemos, por ello, dejar de insistir en que la evolución de las formas de vida y de las formas culturales consiste en un eterno ciclo de creación y destrucción; y éste es el motivo por el que el ecologismo preservacionista -aquel que pretender conservar todo tal cual está- resulta filosóficamente contradictorio y en última instancia no podemos sino calificar de absurdo.

Sólo existen, en resumen, tres formas posibles de enfrentarnos a este dilema, y ustedes me dirán cuál de ellas parece más sensata, o encaja mejor con los hechos que conocemos. La primera es considerar al ser humano "tocado por la Gracia Divina" o alguna otra misteriosa instancia, idea de la que derivamos la defensa de su supremacía y derecho de dominio sobre La Naturaleza. La segunda consistiría en invertir la primera, como se ha hecho reciéntemente, y suponer que ha sido "tocado por una entidad maligna", algo así como un demonio que le impele a destruir todo a su paso, de lo que extraemos la conclusión de que no merece ni el suelo que pisa. La tercera consiste en enfocar el problema desde la biología, y considerar al homo sapiens, ya con esa denominación que le otorgan los zoólogos, como otra especie animal y, por tanto, como parte integrante de esa Naturaleza, por más que sea la parte y especie más compleja (o avanzada) de la misma; cosa que de ningún modo la hace "especial", dado que también un elefante es mucho más complejo (o avanzado) que una hormiga, y ésta a su vez lo es más que una bacteria.
«Yo soy zoólogo, y el mono desnudo es un animal. Por consiguiente, éste es tema adecuado para mi pluma, y me niego a seguir eludiendo su examen por el simple motivo de que algunas de sus normas de comportamiento son bastante complejas y difíciles.» (Desmond Morris, Introducción a ´El mono desnudo`).
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jueves, 3 de noviembre de 2016

¿Cómo se origina la creatividad?

Autorretrato de Vincent Van Gogh, 1889. El pintor holandés
es una de las primeras figuras que nos viene a la mente
cuando hablamos de neurosis y creatividad.
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Comencé a reflexionar e indagar sobre este asunto a partir de una pregunta que me vino a la mente y que pensé que podría ofrecer alguna clave al respecto. 

La pregunta era ésta: ¿Es posible que la vinculación entre neurosis y creatividad tenga que ver con el esfuerzo que se ve obligado a hacer el neurótico para encajar en el grupo, así como para dominar, o bien disimular, sus propias neuras; todo lo cual requiere un uso imaginativo (creativo) de los recursos con que cuenta?

Si lo planteo como pregunta es, evidentemente, porque no pasa de ser una hipótesis. Y, aunque prometedora y fecunda, hay explicaciones alternativas que parecen igual de plausibles y que tampoco implicarían necesariamente descartarla, si partimos de la base de que estamos ante un fenómeno multi-causal.
El proceso de darle vueltas a un asunto de forma recurrente y con pensamientos negativos (la neurosis) tendría un beneficio: la generación de nuevas ideas. (Fuente aquí)
Esta sería otra hipótesis con visos de dar una explicación, como digo, al menos parcial del fenómeno que nos hemos propuesto analizar. Guardémosla pues en la recámara, porque nos seguirá siendo útil aun en el caso de que la presentada aquí resulte tan provechosa como intuímos.

Hecha esta aclaración, puedo permitirme desarrollar la idea con más detalle.

Se ha comprobado, por un lado, que hay más porcentaje de personas creativas entre los neuróticos que entre los no neuróticos. Por otra parte, también muchos han comprobado, al menos a nivel personal, que la creatividad en una disciplina concreta ayuda con frecuencia a desarrollarla en otra, y que en cuantas más disciplinas se desarrolle, se hace cada vez más fácil extenderla al resto, igual que ocurre con la facilidad para aprender idiomas. Y quizá la forma de creatividad más básica es la social e inter-personal: idear “trucos”, caminos alternativos, creativos, para burlar los patrones de conducta que observamos en nosotros y que juzgamos contraproducentes.

Pero intuyo que va más allá de la neurosis (o de la psicosis) como rarezas concretas y que es aplicable a cualquier tipo de “rareza”, de desviación de la media. Podría tomarse en cuenta por ejemplo la relación no confirmada pero sí observada a menudo entre creatividad y homosexualidad; y aunque quizá no resulte tan clara como la anterior, parece responder a la misma lógica: la necesidad de ser creativo en orden a disimular lo que nos hace “demasiado” peculiares y así lograr encajar en el medio (y en la media) social. Y si bien hoy, y al menos en Occidente, en el caso de los homosexuales ya no resulte tan imperativo, sí lo ha sido históricamente. 

Sería por lo tanto extensible, como digo, a cualquier característica que haga al individuo marcadamente distinto al resto de sujetos en su entorno. Se aplicaría, entonces, también a una mujer en un mundo de hombres (o viceversa), así como al judío entre cristianos o al africano entre europeos. Sería bien interesante a este respecto estudiar la biografía de los más destacados músicos o artistas afroamericanos. Y sería no menos interesante relacionarlo con lo mestizo y lo fronterizo: hay también un gran porcentaje de personas creativas o que destacan en diversas disciplinas entre quienes tienen doble nacionalidad y hablan fluidamente dos idiomas; esto es: entre los que se hallan a caballo entre dos mundos.
Algunos estudios con niños bilingües indican la presencia de ventajas cognitivas en tareas de creatividad verbal. (Fuente aquí)
Desde luego, existen enfoques muy diversos sobre la creatividad. Se han ensayado muchas formas de definirla y ubicarla dentro de las capacidades cognitivas. Aquí nos hacemos eco especialmente de lo que se ha llamado modelo transaccional.

Este modelo "explica la creatividad sobre la base de la interacción con el medio ambiente. La meta esencial del organismo es dar forma al entorno, más que ser conformado por él. Esta tendencia de configurar al medio puede ser bloqueada por las fuerzas sociales (educativas) impositivas que adoptan maneras de condicionamiento e instrucción en la conformidad." (Fuente aquí)

A su vez, esta perspectiva entronca en gran medida con la forma en que entiende este potencial Albert Reyndsy. Según él, la creatividad “se expresa a través de decisiones y no de productos, utiliza como medio el conocimiento de la personalidad y del mundo propio, es altamente intencional, es emergente, y se convierte en un compromiso interno.” (Fuente aquí)

Si el entorno es de algún modo hostil, si adaptarse a él constituye un desafío, el potencial creativo del individuo, que quizá en otro caso pudo quedar inexplorado, se ve obligado a desarrollarse en orden a sobrevivir y optimizar la relación con el medio.

El caso de Freddy Mercury, sin duda uno de los mayores genios
musicales del s. XX, podría ser muestra del posible vínculo entre 

la actitud o talento creativo y la peculiaridad biográfica
de hallarse tanto a caballo entre dos mundos (su 

Zanzibar natal y la Inglaterra que le acogió) 
como entre dos sexualidades.
Por tanto debería darse una coincidencia entre el potencial alojado en el sujeto y el estímulo procedente del exterior. Ya sea la creatividad algo que poseen todos los individuos o unos pocos 
–no hay datos concluyentes sobre ello- aceptaremos que no está igual de desarrollada en todos, y parecería sensato asumir que tampoco está homogéneamente extendido el potencial para desarrollarla. 

Pero aún debe darse otra coincidencia más. Pues la personalidad parece ser otro factor clave. Y aunque se ha definido a ésta de distintas formas, todos los estudiosos parecen coincidir en ciertos rasgos propensos a favorecer el desarrollo de una vocación creativa, como son el inconformismo, la ambición o la fuerte afirmación de la individualidad.
Eysenck plantea tres tipos de variables para obtener resultados creativos. En primera instancia menciona las variables cognitivas, en donde se destacan la inteligencia, los conocimientos, las habilidades técnicas y el talento especial. Luego menciona las variables ambientales, como los factores políticos, religiosos, culturales, socio-económicos y educacionales. Por último, se refiere a las variables de personalidad, que son la motivación interna, la confianza y la disconformidad. Por su parte, Gardner menciona algunos rasgos de la personalidad comúnmente presentes en los creativos: Los estudios de personas muy creativas indican que éstas tienden a destacar más por la configuración de su personalidad que por su puro poder intelectual. Cuando ya son capaces de realizar obras que se consideran creativas, difieren de sus compañeros en cuanto a ambición, confianza en sí mismos, pasión por su trabajo, insensibilidad a la crítica y por su deseo de ser creativos, de dejar huella en el mundo. Para Maslow la actitud creativa requiere fortaleza y coraje e indica que los estudios sobre personas creativas presentan algunas características relacionadas con esta condición como la obstinación, la independencia, la autosuficiencia, algo de arrogancia, fuerza de carácter y del ego. (Fuente aquí)
Hablamos pues, más que de una triple coincidencia como condición necesaria, de tres factores que contribuyen a que aparezca la “mente creativa”, los cuales se refuerzan entre ellos. No aparecerá únicamente si todos se dan con pareja intensidad, sino que dependiendo de la fuerza con que se presenten unos y otros, esa creatividad se verá más o menos potenciada. O al menos esa es la explicación que parece hasta el momento más completa y satisfactoria. Además la idea esencial parece encajar también con la Teoría Triárquica de la inteligencia de Robert J. Sternberg. 
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Pero todavía podemos dar un salto conceptual y enfocar la creatividad de una forma, digamos, más metafísica. Y es que, en un sentido muy esencial, la misma vida implica creatividad. Según Perls, Hefferline y Goodman, "todo contacto es el ajuste creativo entre el organismo y el entorno." 
(Fuente aquí)

Debemos recordar a colación de esto que la función evolutiva del cerebro no es otra que la adaptación al medio y la transformación del mismo. Y ese medio en el caso humano consiste en gran medida en otros humanos, lo que antes llamábamos la tribu y lo que ahora llamamos el entorno social más cercano.

Se puede inferir por ello sin demasiado riesgo que tanto el lenguaje como la empatía y la creatividad nacieron también con esa principal función. Parece reforzarse así la idea inicial de que es esa dificultad extra en la adaptación al medio la que puede hacer saltar la chispa de un potencial creativo hasta entonces dormido.
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Y ya para concluir, no podría dejar de mencionar aquí otra hipótesis de la que ya he hablado más veces, y que parte de la intuición, por momentos convicción, del estrecho vínculo que existe entre la creatividad y la libido.

Freud por supuesto ya habló de algo similar. Él lo llamó sublimación, y lo describió como “el proceso en el que las fuerzas instintivas sexuales son desviadas de sus fines sexuales y orientadas hacia otros distintos, proporcionando poderosos elementos para todas las formaciones culturales.” 
(Fuente aquí)

No obstante, si bien guarda relación con la hipótesis que mantengo, no se trata exactamente de la misma idea. El proceso descrito por Freud, sea real o una mera elucubración, consiste en la transformación y redireccionamiento de los instintos sexuales, mientras que en el que intento describir yo, el impulso sexual, más que transformarse en otra cosa (en creatividad artística o de cualquier otro tipo), la potenciaría.
Sigmund Freud ideó un método de análisis y terapia
psicológica bastante cuestionable pero asimismo
aportó grandes hallazgos a la ciencia psiquiátrica
y fue enormemente fecundo en intuiciones
sobre la psique y la condición humana a las que
todavía hoy seguimos dando vueltas.
Aun con todo, sería posible que ambas cosas fuesen ciertas y resultasen complementarias. Podría ocurrir que en una fase más primitiva de nuestro desarrollo cultural, la creatividad vinculada a la búsqueda de pareja sexual se limitara a las estrategias propiamente reproductivas, y que al desarrollarse la civilización, y con ella la represión que según el mismo Freud la sostiene, parte de esa energía se sublimase y transformase en una creatividad de tipo más sofisticado; lo cual de todos modos no estaría por fuerza alejado de la pura y dura estrategia reproductiva, dado que, al mismo tiempo que nuestra sociedad se torna más compleja, también lo hacen las diversas estrategias para encontrar pareja.

Podríamos hallar una explicación de todo ello, de nuevo, en la programación evolutiva. Encontrar parejas sexuales es uno de los más acuciantes objetivos en todo ser sexuado. Tiene sentido, por tanto, que nuestra capacidad creativa se dispare ante la perspectiva del coito. Encontraría explicación así que un pico en nuestra libido vaya acompañado de otro pico en nuestra creatividad, ya que la competencia de otros machos obligaría a dar lo mejor de sí y buscar trucos y atajos varios para lograr atraer a las hembras. Y no sólo tendría sentido en el caso masculino, sino que es muy posible que lo tenga igualmente en el caso de las mujeres, dado que ellas también se ven obligadas a competir por los machos disponibles.

La capacidad creativa humana, en suma, parece consistir en una sofisticación, como en tantos otros ámbitos, de la creatividad inherente a todo ser vivo. Es por ello mucho más compleja, diversa e impredecible; y es también por ello mucho más fascinante y misteriosa, capaz incluso de obrar lo que a nuestros ojos parecen “milagros”.
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miércoles, 19 de octubre de 2016

Enemigos del placer .. Enemigos de la espontaneidad .. Enemigos de la realidad.

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La nueva izquierda ya nos tiene acostumbrados a sus ocurrencias, a sus magufadas y a sus circos. Cada día nos salen con una nueva idea de bombero, y hace tiempo que nos preguntamos si carecen por completo de sentido del ridículo o si es que están tan encantados de conocerse a sí mismos, y tan arropados por un público incapaz de cuestionar ni una coma de su discurso, que se crecen.. y se crecen.. hasta que finalmente logran coronar todas las cumbres de la vergüenza ajena. 

Creo que el evento que pasamos a comentar a continuación va a ser, en este sentido, una marca difícil de superar. Reproduzco a tal efecto las reflexiones que Beatriz Gimeno, número tres por Podemos en la Comunidad de Madrid, realiza en torno al mismo. 
Espero poder estar en la presentación el día 19 porque estoy trabajando este mismo tema desde el punto de vista no gay, sino feminista y heterosexual. Me interesa mucho el culo masculino como lugar de la vergüenza y como espacio altamente simbólico donde se concentra la pasividad entendida como feminización (degradante) y como lugar de placer inasumible para los hombres heterosexuales. La penetración anal o vaginal tiene importantes significados simbólicos en torno a los cuales se concentra una parte importantísima del discurso sexual patriarcal especialmente en lo que hace referencia a la feminidad/pasividad (impotencia) y masculinidad/actividad (agencia, potencia) Y, sin embargo, el ano es una de las principales zonas erógenas para hombres y mujeres, pero especialmente para los hombres. Estoy convencida, cada vez más, que para que se produzca un verdadero cambio cultural tienen que cambiar también las prácticas sexuales hegemónicas y heteronormativas y que sin ese cambio, que afecta a lo simbólico y a la construcción de las subjetividades, no se producirá un verdadero cambio social que iguale a hombres y mujeres.

Sabía que la Gimeno tenía que andar detrás de esto. Huelga decir que mientras estos “talleres” sean voluntarios, cada cual puede perder (o no) el tiempo como más le plazca y creer en las soplapolleces que le dé la gana. Ahora, no estaría igual de tranquilo si esta sujeta tuviera acceso al BOE. De hecho, en la Comunidad de Madrid ya ha participado de un proceso legislativo que arroja no pocas sombras.

Como ya habré dicho otras veces, estamos ante una nueva especie de puritanismo. Este ya no te dice que todo placer sexual es malo: tan sólo el principal de ellos, o el preferido por la mayoría. La penetración vaginal es expresión del patriarcado, y por tanto hay que combatirla y sustituirla por “otras formas de placer”. Pero lo más llamativo es que no sólo se pretende desalentar las prácticas sexuales más habituales para sustituírlas por otras cualesquiera, sino que también se nos pretende orientar “moralmente” en esa sustitución, promoviendo prácticas concretas como la penetración de la mujer al hombre mediante, claro está, un dildo. 

Nos vemos obligados a analizar esto por partes (nunca mejor dicho). Lo primero que yo percibo es una clara intención revanchista: “hay que hacerle sentir al varón lo que es ser penetrado” … “que aprenda a ser el elemento pasivo y la mujer el activo”. Lo cual, más allá de la bajeza o inmadurez del sentimiento que motiva la idea, me lleva a preguntarme hasta qué punto no implica sacrificar el placer en aras de una impostura ideológica; porque, seamos sinceros, ¿cuántos hombres disfrutan siendo penetrados analmente?; y más importante aún: ¿cuántas mujeres obtienen genuíno placer de una práctica en que, por más que sean ellas protagonistas y parte activa, no están igual de presentes ni activas sus zonas erógenas? 

Repito: para quien guste de esas prácticas y le resulten placenteras, perfecto. Pero la mayoría de la gente disfruta con las “prácticas patriarcales”, y esto es lo que desaprueba y pretende reorientar la señora Gimeno. 

Luego hay una contradicción implícita, y muy llamativa, entre la idea de “deconstruir la masculinidad” mediante el descubrimiento del placer anal y aquella otra de que la orientación sexual de un sujeto no tiene nada que ver con la forma en que obtenga placer, cosa que suscribo, puesto que creer que uno se “vuelve homosexual” o “menos masculino” por disfrutar de ciertas zonas erógenas es propio de un total catetismo en materia sexual.

¿Cómo conciliar, entonces, ambas ideas? Pues de ninguna forma. El discurso de Beatriz Gimeno y los suyos es pura contradicción, pura inconsistencia. Hablando en plata, tienen un cacaó en la cabeza de no te menées (por ser generosos y no hablar de otras sustancias de la misma coloración).
¿No estaremos confundiendo el símbolo con lo representado? ¿También deberemos
"problematizar" el acto de masticar por ser un "símbolo de agresividad",
o el de orinar, por ser un símbolo de "marcaje territorial del macho"?
¿De verdad creen que el camino más corto, o más sencillo, o más efectivo para lograr la igualdad entre hombres y mujeres en los distintos ámbitos es modificar sus hábitos sexuales y convertir el que venía siendo un espacio para la desinhibición y la entrega a tu pareja en una clase práctica de moral o política sexual, en un experimento o una representación teatral de dudoso potencial recreativo? 

Este nuevo puritanismo, este nuevo moralismo, este fascismo rosa quiere meternos la política, literalmente, hasta en los lugares más recónditos.
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