Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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jueves, 21 de enero de 2016

Retazos de una historia de los Estados Unidos.

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Michael Moore popularizó una “breve historia de los EEUU” que, dejando a un lado sus virtudes humorísticas, nada tiene que ver con lo que yo voy a intentar aquí. La suya, más allá de las limitaciones del formato, se conformaba con el burdo desprecio tan propio de la contra-cultura, ajeno a todo respeto por la verdad tanto como por los hombres y mujeres que hicieron esa nación (respeto aún más exigible en quien, como él, es su descendiente). Los más de quienes contemplan Estados Unidos desde la lejanía se contentarán con una versión tan pobre de su historia y de sus gentes; pero en la medida en que nos interese ir más allá de las bobas caricaturas, requeriremos enriquecer algo más esa imagen.

El anti-americanismo ramplón nos ha acostumbrado a relatos infantiloides y condenatorios en los que se intenta opacar toda virtud que pudiera asociarse a esa tierra, reconduciendo malintencionadamente todo hacia sus episodios o facetas más oscuras, como son el genocidio de los indios o la esclavitud de los africanos. Nos es obligado, primeramente, denunciar una de las falacias más comunes en esta clase de relatos. Todos habremos oído mil veces describir a EEUU como “una nación construida sobre la esclavitud de los negros y el exterminio de los indios”. Pero, por muy tentador que nos resulte, es tramposo confundir lo vertebral o necesario con lo colateral o anecdótico (por grave que sea la anécdota). Los Estados Unidos podrían haber nacido y desarrollarse perfectamente sin necesidad de esclavizar ni exterminar a nadie. La única diferencia es que habrían tenido que ceder parte de su territorio a las naciones indias (una parte más pequeña ha sido cedida de todos modos a posteriori) y que el sur habría despegado más rápido económicamente; pues es bueno aclarar que, también más allá de tópicos, la esclavitud no garantiza la riqueza sino más bien lo contrario, al incentivar por lo común la pereza del amo y, en consecuencia, desincentivar la industria y el emprendimiento. Así pudo comprobarlo de primera mano el filósofo Alexis de Tocqueville:
«No es en interés de los negros, sino en el de los blancos, por lo que se destruye la esclavitud en los Estados Unidos.(...) El mismo hecho se reproducía a cada paso: en general, la colonia donde no se encontraban esclavos se volvía más poblada y más próspera que aquella donde la esclavitud estaba en vigor. A medida que se avanzaba, se comenzaba, pues, a entrever que la servidumbre, tan cruel con el esclavo, era funesta para el amo.»

Esclavismo y Segregación. 


El callejón sin salida que supuso reinstaurar la esclavitud en plena "era de las luces" fue profundamente analizado por el pensador francés tras visitar aquellas tierras. Creo que pocos antes que él supieron ver tan claro el futuro de conflictividad social que le esperaba a los Estados Unidos, así como a los que habían seguido un camino análogo.

«Cuando considero con qué dificultad los cuerpos aristocráticos, de cualquier naturaleza que sean, llegan a fundirse en la masa del pueblo, y el cuidado extremo que tienen en mantener durante siglos las barreras ideales que los separan de él, pierdo la esperanza de ver desaparecer una aristocracia fundada sobre señales visibles e imperecederas.  
Quienes esperan que los europeos se confundirán un día con los negros me parece que alimentan una quimera. Mi razón no me inclina a creerlo, y no veo nada que me lo indique en los hechos.  Hasta aquí, en todas partes en que los blancos han sido los más poderosos, han mantenido a los negros en el envilecimiento o en la esclavitud; en todas partes donde los negros han sido más fuertes, han destruido a los blancos: es la única cuenta que hay abierta entre las dos razas.» 
(Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Hemos hablado de un "callejón sin salida". Esta intuición se confirma en las conclusiones provisorias de Tocqueville, las cuales entroncan con mis intuiciones previas a su lectura. Liberia era la única respuesta, pero Liberia estaba muy lejos y el coste de llevar a los afroamericanos de vuelta a su continente originario era muy alto. Por ello la única solución es la que hubieran suscrito Malcolm X y la Nación del Islam -así como algunos segregacionistas blancos del sur- esto es, crear unos Estados Unidos Afroamericanos en suelo estadounidense. No se quiso hacer en ninguna de las ocasiones en que pareció urgente y quizá hoy también sea tarde para eso, del mismo modo que en época de Tocqueville era ya tarde para la igualdad jurídica.

«Si, por una parte, se reconoce que en la extremidad sur los negros se acumulan sin cesar y crecen más aprisa que los blancos: si, por la otra, se concede que es imposible prever la época en que los negros lleguen a mezclarse y a obtener del estado de sociedad las mismas ventajas, ¿no se debe concluir que, en los Estados del Sur, los negros y los blancos acabarán tarde o temprano por entrar en lucha?»
«En todo tiempo, la esperanza de la libertad había sido colocada en el seno de la esclavitud para suavizar sus rigores. Los norteamericanos del Sur han comprendido que la emancipación ofrecía peligros siempre, cuando el emancipado no podía llegar a asimilarse un día al amo. Dar a un hombre la libertad y dejarlo en la miseria y la ignominia, ¿qué es, sino proporcionar un jefe futuro a la rebelión de los esclavos?»
(Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Llevo largo tiempo dándole vueltas a las iluminadoras conclusiones de Tocqueville sobre el esclavismo y la segregación en los Estados Unidos. Y veo hoy más claro si cabe que el amparar legalmente a la esclavitud en plena Modernidad fue el error más desastroso, amen de infame, cometido por el gobierno británico, portugués y estadounidense, entre otros.

Pero en su pecado llevaban su propia penitencia. Las rebeliones de esclavos se multiplicaban y las opiniones contrarias a mantener semejante régimen indigno no paraban de crecer. Finalmente estos gobiernos se vieron obligados a ponerle fin. Pero con ello sus problemas no hacían sino comenzar. Debido a la imposibilidad de repatriar a todos los libertos (aunque sí se hicieron esfuerzos en esa dirección, como vimos antes), tenían ante sí una sociedad dividida y las más de las veces enfrentada. Surgió Haití, la primera nación íntegramente compuesta por libertos (en ese caso, libertados a sí mismos). No se lo pusieron demasiado fácil, digámoslo así, el resto de gobiernos de la zona. El ejemplo, por tanto, no cundió, y no prosperaron nuevas naciones a imagen y semejanza de Haití.

La coyuntura socio-étnico-cultural quedaba, pues, así conformada sin visos de modificarse en el futuro. Lo que tuviera que salir de ahí, la Providencia diría.

Y lo que salió fue, como era de esperar, un equilibrio precario que amenazaba con romperse a cada momento. Las poblaciones se agrupaban en guettos y los individuos fortalecían más y más sus instintos etnocéntricos, habida cuenta de que sólo podrían encontrar sincero apoyo entre los suyos.
«Al abolir la esclavitud, los hombres del Sur no lograrían, como sus hermanos del Norte, hacer llegar gradualmente a los negros la libertad; no disminuiría sensiblemente el número de los negros, y se quedarían solos para contenerlos. En el transcurso de pocos años se vería, pues, a un gran pueblo de negros libres colocado en medio de una nación casi igual de blancos.»

Aquí debemos hacer un pequeño paréntesis para detenernos en algunos puntos oscuros sobre otro gran conflicto en la historia de esta nación, que no es otro que aquel que estuvo a punto de desmembrarla. La Guerra de Secesión norteamericana se nos ha contado desde el prisma del vencedor. Últimamente se está revisando profundamente la figura de Lincoln, personaje que está muy lejos de ser el héroe nacional y valedor de los derechos civiles que muchos pretenden. Pero no es éste el único revisionismo que se está practicando acerca de aquella época. Conviene recordar, para tener una perspectiva más amplia sobre un conflicto tan tergiversado por el cine y la literatura, que intelectuales tan poco simpatizantes del esclavismo como Proudhon o Bakunin declararon su simpatía –aquí sí- hacia la causa confederada. Y conviene recordar, asimismo, que sus correligionarios estadounidenses, anarquistas como Spooner, en absoluto les enmendaron la plana.
«En Estados Unidos, el autor y activista Lysander Spooner fue un renombrado abolicionista, incluso conspirando con John Brown para promover una rebelión servil en el Sur. Pero se opuso agriamente a la Guerra de Secesión, argumentando que violaba los derechos de los estados a independizarse de una unión que ya no les representaba. »  
«La Guerra de Secesión estadounidense no había sido simplemente una cruzada humanitaria para liberar a los esclavos. La guerra “arruinó las provincias conquistadas”, pero los plutócratas del Norte que movían los hilos lograron su objetivo: La imposición de un maligno proteccionismo que llevó en definitiva “al régimen de trusts y produjo los milmillonarios”.» 
(Extraído de un artículo publicado en Mises Institute por Ralph Laico. Las palabras entrecomilladas pertenecen a Gustave de Molinari.)
Muchos también preferimos ser
"históricamente rigurosos que políticamente correctos".
Recapitulando: La situación en el sur, ya grave de por sí, se vio aún más agravada por las imposiciones del estado federal, al arrebatarle parte de su soberanía para encaminar el proceso de emancipación de manera que pudiesen evitarse conflictos en la medida de lo posible. Al fin y al cabo, nadie sabe mejor cómo conducir sus asuntos que aquel que los vive día a día; y ésta es, me barrunto, la tragedia que se sumó a la ya inherente a la situación, haciendo todavía más cuesta arriba el proceso, inevitable por otra parte, de emancipación de los esclavos. 

Y si recordamos, antes habíamos dejado caer la idea de que la “penitencia” de unos tiende a traducirse necesariamente en algún tipo de ventaja para los otros. La penitencia, es obvio, fue en primer lugar la de quienes sufrieron en sus carnes lo que es ser propiedad de otro sujeto. Pero como nos estamos refiriendo a lo derivado de la esclavitud y no a la esclavitud misma, nos limitamos a su acepción como “castigo por las males acciones”. Por ello, aunque sólo un pequeño porcentaje de los ingleses, franceses, portugueses o estadounidenses hubieran estado ocupados en el comercio de esclavos o hubieran poseído esclavos ellos mismos (es necesario hacer esta distinción para evitar juicios condenatorios sobre comunidades enteras), siempre es inevitable que paguen todos por los “pecados” de unos cuantos. Pues bien, si unos recibieron su penitencia en forma de constantes conflictos sociales o ser objeto del rencor del afroamericano medio, ¿cuál es la ventaja que obtuvieron los libertos, y que no podrían haber tenido jamás de no haber sido secuestrados y llevados lejos de su tierra a la fuerza? 

La ventaja, únicamente apreciable en retrospectiva, fue la de acceder poco a poco y con dificultades, es cierto, pero de acceder a fin de cuentas a una cultura incomparablemente más rica (que no se me ofenda nadie) que las culturas africanas de las que procedían. Muchos afroamericanos (especialmente en Norteamerica) pudieron hacer carrera primero como músicos y bailarines, luego como actores y escritores, y finalmente como científicos y políticos (entre otras muchas profesiones de prestigio).

Sé que no es la idea de justicia o de karma que tiene la mayoría, y dista mucho de constituir lo recién descrito una "justa retribución” o algo parecido. Pero sí nos ofrece, si me perdonan la cursileria, un rayo de esperanza el hecho de que, tarde o temprano, y mal que bien, la víctima de una situación de todo punto injusta pueda sacar partido de haberla padecido, ya que de todos modos no puede dar marcha atrás en el tiempo para evitarla.
*

Aislacionismo e imperialismo democrático.


Aquí nos toca de lanzar dardos en sentido diestro, aunque al comienzo lo hiciésemos en sentido opuesto. En este caso nos detenemos a analizar otra tendencia ideológica bien deleznable, no sólo por lo tramposa sino, además, por lo destructiva. En lo que toca a mi visión personal, cuanto más conozco acerca de los llamados neocons menos entiendo su postura. Lo de estos señores, valga la expresión, tiene bemoles.

El movimiento así llamado procede, como muchos sabrán, de un grupo de intelectuales trotskistas que, al caminar hacia la derecha, de alguna forma transformaron la idea de la revolución permanente e internacional de Trotsky en la de expandir la democracia "liberal" por el mundo, expansión comandada -cómo no- por los Estados Unidos de América. Una idea ya de primeras chocante por cuanto tiene poco de “liberal” imponer a otros países las formas de gobierno que nosotros juzgamos más apropiadas.

Este ensayo breve (pero extenso en bibliografía) de Miguel Anxo Bastos nos ofrece algunas perlas argumentativas que ayudan a desenmascarar a semejantes farsantes. Y no es poca la importancia que reviste tal desenmascaramiento viendo como estos fariseos, agarrados a su iluminismo mesiánico, parecen decididos a conducirnos a una nueva guerra mundial.

Frente a ellos se encuentran los aislacionistas, en tiempos una corriente más mayoritaria (hace ya casi una centuria) pero hoy, por desgracia, francamente marginal. No obstante, ya se sabe lo que se dice acerca de la verdad y la mayoría. Pero mejor juzguen por sí mismos: Mientras los neocons siguen defendiendo esa idea de la “expansión de la democracia” contra viento y marea (ya contra verdaderas tempestades y maremotos), los aislacionistas, en respuesta, llaman la atención sobre el hecho de que «los principales enemigos de los Estados Unidos durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI son antiguos aliados norteamericanos apoyados por dinero norteamericano (URSS, Iraq o los muyaidines afganos)». Constatación que por sí sola evidencia lo desastroso de la política exterior estadounidense durante un siglo entero. Desastre en que no se habría persistido o que no se habría agravado de tal forma de no ser por la poderosa alianza de intereses económicos, militares y geopolíticos que andan enredados en torno a la Casa Blanca desde hace demasiado tiempo.

Si me preguntan a mí, en esta disputa la historia no podrá conceder sino un vencedor moral. Los argumentos del aislacionismo tienen de su parte LA RAZÓN. Los de la “expansión de la democracia” quisieron por todos los medios tener la razón, pero ya sólo tienen LA FUERZA.
«Los aislacionistas se oponen al uso de la guerra para combatir ideologías. Ya sea la falta de democracia, el comunismo o el islam radical, una idea no puede ser combatida sino con otra idea. (…) Si una persona cree en una idea, por nefasta que esta pueda ser, por mucho que lo bombardeen no va a dejar de creer en ella. Es más, es probable que se reafirme en ella y que, bien se convierta en un mártir, bien que finja acatamiento mientras aguarda a que desaparezca la represión para volver después. Sobre el pensamiento no cabe mando alguno pues es algo íntimo, fruto de una reflexión personal y que sólo puede ser cambiado ofreciendo una idea mejor argumentada.»
Charles Lindbergh, famoso aviador y militante aislacionista.
Fue acusado falsamente de "nazi" por hacer ver los
intereses judíos (entre otros) que había tras la
intervención de USA en la 2ª G.M
¿Podríamos calificar a los aislacionistas de “pacifistas”? No, desde luego, si entendemos el pacifismo como el rechazo a toda violencia. Ellos están más que dispuestos a usar la violencia para defender su territorio; ahora, para defenderlo en-su-territorio, por cuanto entienden que no hay pretexto para justificar la invasión o la mera injerencia en el espacio soberano de otras naciones. Como nos hace ver magistralmente Bastos en el siguiente fragmento, ellos son completamente coherentes en su defensa de la libertad y la soberanía, tanto de los individuos como de las naciones; cosa que no puede aplicarse a sus contrarios, defensores del imperialismo democrático y al mismo tiempo enemigos fervientes del imperialismo del estado federal sobre sus ciudadanos.
«La derecha intervencionista es muy crítica, por ejemplo, en lo que respecta a la política social. Critican el paternalismo estatal y (…) tampoco aceptan la idea de que el gobierno pueda dictar códigos morales a la ciudadanía. Sin embargo olvidan estos argumentos cuando se trata de “exportar” por la fuerza la democracia a otros países. La ingeniería social estatal puede, por alguna extraña razón, alcanzar sus objetivos en estos casos. Parece que cuanto más violenta y desinformada es la actuación estatal, más aplaudida es por estos teóricos, y que cuanto más inofensiva es (un control de precios o una regulación urbanística, por ejemplo), más criticada es.»
*
Valgan estas pinceladas sobre tres de los conflictos que más han marcado la historia de los Estados Unidos para arrojar, en la medida en que hayamos podido, algo de luz sobre su complicado desarrollo a lo largo de esa historia y su más complicada supervivencia. Al menos, así es como la juzgan muchos (entre ellos, creo, algunos de los mencionados aislacionistas).


lunes, 21 de diciembre de 2015

"Proudhon y Tocqueville: Hacia la libertad. Contra la utopía." (I)


Así abandonamos lo que el Estado antiguo podía tener de bueno, 
sin comprender lo que el Estado actual nos puede ofrecer de útil. 
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)

La Constitución española de 1812, como muchas otras constituciones liberales, reconocía únicamente dos sujetos políticos: El estado y el individuo.
De ahí parten muchos de nuestros problemas actuales.

Quienes estamos más cerca del liberalismo y del anarquismo que de otras posiciones ideológicas, pero intentamos asimismo no conformarnos con ninguna respuesta excesivamente simple o idealista frente a algo tan complejo como es la ciencia política, advertimos los errores históricos de ambas doctrinas. “Un liberal es un libertario que aún cree en los Reyes Magos”: esta frase que acuñé con mayor o menor acierto viene a sintetizar las reservas de los llamados post-liberales, o de los libertarios, frente a viejas creencias que hoy a muchos resultan algo “cándidas”. 
Que el estado sea el garante de las libertades, que el individualismo sea la última respuesta social y política, o que se pueda crear una sociedad sana contando con esos dos únicos sujetos –estado e individuo- son muestras de un idealismo que, a pesar de seguir contando con unos cuantos adeptos, se muestra a cada vez más estudiosos como una teoría política insuficiente, como un dietario con severas lagunas.

Pero aún hay otra idea que nos ofrecería una mejor síntesis del problema, desde donde yo lo veo. Tal tesis concebiría el alejamiento por parte de los anarquistas de sus raíces liberales como un síntoma de extravío intelectual, pero no menos que la moderación -domesticación- del liberalismo al alejarse del radicalismo anarquista.

Alexis Henri Charles de Clérel, Vizconde
de Tocqueville (1805-1859) Pensador, jurista, 
político e historiador francés.
De una cosa no nos cabe duda: Para lograr una mayor libertad es preciso tener en cuenta demasiados factores. Y lo que en un principio puede parecer la receta idónea para instaurarla, puede con el paso del tiempo constituir el caldo de cultivo de múltiples tiranías y despotismos. Así lo vieron mentes tan despiertas, tan preclaras, como los franceses Tocqueville y Proudhon, que, a pesar de haber nacido en la tierra del idealismo y el utopismo por excelencia, representaron esa, por fortuna, no tan rara salvedad que ´confirma la regla`. 
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Por eso han resultado siempre, ambos, pensadores tan difíciles de clasificar. 

Por eso a Tocqueville se le ha encuadrado tan a menudo dentro del conservadurismo como del liberalismo, o incluso del aristocratismo. Y por motivos similares, encontramos fragmentos de Proudhon que podría firmar cualquier liberal al lado de otros en sintonía con los socialismos de su época.

Espero poder hallar algunas respuestas (siempre provisorias) en este ensayo que me he propuesto escribir en torno a estas dos figuras; pero no sólo en torno a ellas, sino usándolas como expresión de algo que las trasciende: la convicción sobre las bondades que trae inequívocamente la libertad unida siempre a una desconfianza hacia las “recetas mágicas” y a todo tipo de idealismos alejados de la, por más que nos empeñemos, inmutable naturaleza humana. 
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Porque, sobre esto último, el mismo Proudhon se expresa con total claridad: 
«Los hombres no serán jamás mejores ni peores de lo que los veis y fueron siempre. Desde el momento en que los aguijonea su bien particular, abandonan el bien público; en lo cual, si no los encuentro dignos de gran honor, los encuentro por lo menos dignos de excusa. Vuestra es la culpa si tan pronto les exigís más de lo que os deben, como excitáis su codicia con recompensas que no merecen. El hombre no tiene nada más precioso que él mismo, ni por consiguiente, más ley que su responsabilidad.»
(Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.) 
Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865)
Filósofo político y revolucionario francés

Otra poderosa vacuna contra la utopía. Otro pildorazo de realidad que nos desalienta de seguir persiguiendo “hombres nuevos” y grandes proyectos iluministas de “educar en nuevos valores”. El hombre cambia, sí. Pero no de un día para otro. Ni tampoco han cambiado por igual los hombres de todas las latitudes; y ni siquiera todos los que han ocupado un mismo espacio y un mismo tiempo. El cambio en la condición humana, diríamos con gran cautela que puede existir. Mejor dicho: la lucha contra esa condición eterna se produce; y se fraguan lentos, muy lentos avances de las sociedades en direcciones deseables. Pero mucho me temo que esta condición, esta naturaleza, si tiene algo objetivamente mutable, apenas logramos percibirlo, o estas mutaciones se han producido en un lapso de tiempo tan extenso que escapa a nuestro análisis.

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«La vida del hombre es una guerra permanente, guerra con la necesidad, guerra con la naturaleza, guerra con sus semejantes, y por consiguiente, guerra consigo mismo. La teoría de una igualdad pacífica fundada en la fraternidad y la abnegación no es más que una falsificación de la doctrina católica, que nos manda renunciar a los bienes y placeres de este mundo; no es más que el principio de la indigencia, el panegírico de la miseria. El hombre puede amar a su semejante hasta morir por él; no le ama hasta el punto de trabajar por él.» 

¿Queda aún alguna duda de a qué llamaba Proudhon “filosofía de la miseria”?

Sí. A muchos sorprenderá que un pensador que se ha asociado siempre a "la izquierda" se refiera al ideal comunista con palabras similares a las que usan hoy para definirlo conservadores y liberales. Pero es que el mutualista veía claro lo que hoy es evidente pero ayer no lo era tanto (aunque quizá no lo sea aún para todos; dado que todavía resisten los últimos creyentes, se entiende que los más fervorosos, o los más desesperados, quizá desamparados.. huérfanos de idearios que les presenten alternativas ilusionantes. De lo cual cabría responsabilizar a la inoperancia de esos otros pensamientos que, con su abandono de la contienda cultural cotidiana, le dieron la victoria al enemigo sin apenas ofrecer batalla.)

Proudhon era muy consciente de que la única manera en que se puede lograr algún “bien común” es primeramente -aunque no sólo- atendiendo cada uno a sus intereses particulares. En eso, nada tenía que oponer a Adam Smith y sus discípulos. Si tenía que oponerles otras cosas, pero a eso ya tendremos tiempo de referirnos en siguientes capítulos. En cualquier caso, sus palabras a este respecto son tan inequívocas como las anteriores:
«¿Cómo sustituir el objeto inmediato de la emulación, que en la industria es el bienestar personal, por ese motivo lejano y casi metafísico que se llama bienestar público, sobre todo, cuando no existe el uno sin el otro, cuando el uno al otro se engendran?» 
 (Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.)
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Pero ahora atendamos a una cuestión distinta. Parémonos a reflexionar un momento acerca de las distintas formas de gobierno de las que siempre nos han hablado y preguntémonos hasta qué punto son incompatibles, o si pueden incluso darse circunstancias en que unas y otras coexistan.

Esto es algo que gran parte de la ciencia política ha ignorado por completo, cuando no se ha lanzado a apologías un tanto engañosas, partiendo de modelos ideales descritos con muy pocos trazos (pues lo ideal siempre es simple, mientras que lo real es infinitamente complejo, como acertadamente insiste siempre otro amante y estudioso de las libertades, el filósofo español Antonio Escohotado.)
«No pudiendo realizarse en toda la pureza de su ideal ni la monarquía, ni la democracia, ni el comunismo, ni la anarquía, están condenadas a completarse prestándose la una a la otra sus diversos elementos.»
(Pierre Joseph Proudhon, ´El principio federativo`.)

¡No hay ni ha habido formas políticas químicamente puras
Pocas premisas hay más realistas, y pocas que nos bauticen mejor contra la utopía. Porque si partimos de esta convicción (de ahí que hable de “bautismo”), empezamos a juzgar los distintos modelos de gobierno con una mirada mucho más incisiva. Nuestro ojo se vuelve clínico (o cínico, pensarán algunos). Pero no hablamos de descreimiento o misantropía. En absoluto. No debe confundirse la asunción de la complejidad y el polimorfismo de las unidades políticas con un desprecio o una desautorización de las mismas.
Reconocer las cosas tal como son no puede ser sino constructivo, no puede ser sino enriquecedor. Pero antes que todo: útil.
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Como conclusión a este capítulo, retomaremos un caballo de batalla que ya viene siendo habitual en este espacio. No es otro que el de la, para muchos, incuestionable superioridad de los pequeños estados frente a los grandes, al menos desde el punto de vista del ciudadano o súbdito (que viene a ser en éste, como en tantos casos, el contrario al del soberano). Quienes entendemos el ideal secesionista como columna vertebral del principio de libre asociación, y por ende, de la libertad política, apenas dudamos de que es siempre deseable un estado o unidad gubernativa del menor tamaño concebible, ya hablemos de territorio o de población.
«Todas las pasiones fatales a las Repúblicas crecen con la extensión del territorio, en tanto que las virtudes que les sirven de apoyo no se acrecientan siguiendo la misma medida.»
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Muchas razones hemos dado ya en favor de las unidades políticas mínimas, de la ciudad-estado, de la pequeña comunidad auto-gobernada; pero aún nos reservábamos una de las más poderosas.

¿Hay asunto que mueva mayor preocupación en las reflexiones políticas de hoy que las situaciones de exclusión social o de extrema (o menos extrema) necesidad?

Pues bien, el modelo de la micro-nación también tiene una respuesta muy satisfactoria que ofrecer ante este problema. O dónde se cree que serán mejor visibilizados, mejor comprendidos, y mejor solucionados los problemas por los que atraviesen aquellas personas que han resultado más desfavorecidas: ¿En una gran unidad política de varios millones de habitantes y varios miles de localidades donde no queda más remedio que reducir los sujetos y los grupos a números, y por tanto, “prestarles asistencia” de modo impersonal, lejano y en gran medida arbitrario? ¿O, por el contrario, en una ciudad pequeña o gran barrio donde las personas sean de carne y hueso; y sus problemas, así como sus periplos vitales, sean del conocimiento cotidiano de todos cuantos allí habitan?
«Un poder central, por ilustrado y sabio que se le imagine, no puede abarcar por sí solo todos los detalles de la vida de un gran pueblo. No lo puede, porque tal trabajo excede las fuerzas humanas. Cuando él quiere, por su solo cuidado, crear y hacer funcionar tantos resortes diversos, se contenta con un resultado muy incompleto, o se agota en inútiles esfuerzos.»
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
La solidaridad sólo es auténtica –y más diré- sólo puede producirse cuando es directa y personal. Aquella abstracción del gran estado redistribuidor sólo puede ser defendida por un iluminado de tres al cuarto o por un demagogo consciente de la trampa aprovechándose de aquellos que no lo son tanto. 

La “solidaridad a través del estado” es una ficción monumental. Una hipocresía que nos une a todos en un sucedáneo prefabricado y homologado de civismo.

Uno no es solidario cuando su "solidaridad" depende de los im-pues-tos. 
Lo es cuando depende de su vo-lun-tad.
Por eso el llamado estado benefactor, redistribuidor, ¡por más nombres que se ponga!.. no fomentará jamás la solidaridad sino el egoísmo. Sólo la responsabilidad cívica ejercida sobre la comunidad en la que uno habita y conoce puede engendrar, incentivar y fortalecer los vínculos solidarios entre vecinos (porque nunca hay verdadera solidaridad, sino limosna, donativo, o “lavado de conciencia”, cuando ésta se ejerce hacia quién no se conoce y con quién no se convive.)

Si quieren ustedes construir sociedades menos egoístas, menos atomizadas, más dignas de habitarse… ¡dejen que gobernantes y gobernados convivan en un mismo espacio reducido de modo que no les quede más remedio que organizarse en comunidad para lo bueno y para lo malo!
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Exponer las ventajas de las unidades gubernativas mínimas, como ven, es un mero ejercicio de racionalidad y sensatez. Nada que ver con utopías irrealizables o voluntarismos prometéicos. De hecho, desde nuestra perspectiva más bien parecen utopías y ocurrencias perentorias muchas de las ideas hoy mayoritariamente aceptadas como “sensatas y cabales”; algunas de las cuales nos hemos ocupado ya de destripar aquí como corresponde.
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«La libertad forma, a decir verdad, la condición natural de las sociedades pequeñas. El gobierno ofrece allí poco cebo a la ambición y los recursos de los particulares son demasiado limitados para que el poder soberano se concentre fácilmente en manos de uno solo. Llegando a darse el caso, no es difícil a los gobernados unirse y (...) derribar al mismo tiempo tiranía y tirano. 
Las pequeñas naciones han sido, pues, en todo tiempo, la cuna de la libertad política. Ha sucedido que la mayor parte de ellas han perdido esa libertad al crecer, lo que hace ver claramente que consistía en la pequeñez del pueblo y no en el pueblo mismo.» 
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
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domingo, 5 de julio de 2015

LA ÉTICA, LA LEY, Y LA EXCEPCIÓN.


Hace tiempo alguien escribió en este mismo blog, comentando aquel llamamiento algo provocador a acercar las posturas de anarquistas y fascistas. Me dijo que eso era irrealizable porque "la izquierda, a diferencia del fascismo, se distingue por colocar la ética sobre todas las demás cosas". Francamente, no quise contestarle por no burlarme de él o preguntarle directamente por la ética del gulag o de la revolución cultural (es un topicazo, lo sé. Pero no por ello deja de ser una muestra sangrante -nunca mejor dicho- de la nula legitimidad de la izquierda para hablar de "ética" con mayúsculas y no de UNA muy particular forma de entender la misma. Como también lo es la del fascismo, dicho sea de paso. Otro asunto es que se comparta.)

El problema de como entender la ética en política hoy se halla polarizado en dos grandes grupos (al menos en Occidente). Estas dos concepciones podrían sintetizarse de la siguiente manera:

a) La ética meramente aplicada en el corto plazo. La ética expresada a través de excepciones a la legalidad vigente. (Ambas tendencias están relacionadas, como luego veremos.)

b) La ética pensando ante todo en el largo plazo. La ética expresada en la igualdad jurídica, y por tanto, en la aplicación impecablemente rigurosa de esa ley (sin excepción alguna.)

La forma "a" suele estar representada por la izquierda, el socialismo, la social-democracia, y muchas veces los nacionalismos y neo-fascismos. Se basa en solucionar los problemas de la gente HOY sin importar -o esa impresión da- si de esa manera pueden crear mayores problemas en el largo plazo de los que van a resolver en el corto (incluso si van a perjudicar en ese futuro a los mismos que hoy pretenden ayudar.)
Ejemplo: Impedir desahucios de personas en régimen de alquiler que no puedan pagar el importe del mismo. Por lo pronto, les ayuda a no perder el techo bajo el que habitan; pero si esa política se mantiene, los dueños de pisos destinados al alquiler se mostrarán cada vez más reticentes a sacarlos al mercado, sabiendo que podrían no pagarles, y por si fuera poco, que en tal caso ni siquiera podrían echar al moroso y buscar otro inquilino. Con lo que, en poco tiempo, será más difícil que nunca encontrar un piso que alquilar; y en consecuencia, todos perderán por igual mucho más de lo que pudieron ganar aquellos "elegidos" a quienes se ayudó. Tambien habría que mencionar la posibilidad que verá inmediatmente el caradura de turno (especialmente en la tierra cuna de la Picaresca) de destinar sus ingresos a cualquier cosa antes que al alquiler, sabiendo que sus "tan éticos gobernantes" ni siquiera se van a molestar en averiguar quién paga porque no puede y quién porque no le da la gana, dado que son tan "éticos" y "confian en el ser humano".
Vemos como se cumplen en ese ejemplo concreto ambas tendencias: El observar tan sólo el corto plazo, y el basar la acción política en la excepción a la ley. Vemos también, por tanto, como hacer salvedades puntuales a las leyes, sea en nombre de la justicia o de lo que sea, provoca que cada vez menos gente se fie de ellas (o, por lo menos, de aquellas que más a menudo están sujetas a excepciones). ¿Alguien cree que esto puede dar lugar, bajo cualquier punto de vista, a una sociedad más ética?
La forma "b" de afrontar esta diatriba quedaría, de alguna manera, mostrada por defecto. Sería la forma que, en principio, evitaría todas esas contradicciones y todos esos círculos viciosos. Se distinguiría, pues, por estar vigilante para no caer en esas trampas.
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Y sí: La defensa más firme de esta postura, hoy, procede del liberalismo. ¿Qué ocurre? Que todos los demás han renunciado a defender unos principios que no debieran pertenecer en régimen de exclusividad a ninguna escuela, sino ser moneda común entre todo DEMÓCRATA que se precie (pretendo hacer un guiño con este subrayado a cierta "neolengua" que corre por ahí, y que pretende asimilar tal palabra nada menos que a "socialista". Pero que no les engañen: Si la democracia no está en LAS FORMAS, es decir, en las REGLAS DE JUEGO -como bien diría un demócrata de pro como Trevijano-, no está EN NINGÚN SITIO.)
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Retornando un momento al texto que nombré hace un rato -y que probablemente hoy no firmaría-, aclararé que ahora mismo me inclino a pensar que esa estrategia del "anarco-fascismo" habría que ampliarla a "anarco-socialismo", "anarco-catolicismo", "anarco-carlismo", y a todos los demás ismos sin excepción (de nuevo, fieles a esa norma básica de cordura). Lo que juzgo más necesario a dia de hoy es, pues, imbuir de los principios libertarios más básicos a toda ideología socio-política. Como dice Rallo, "el liberalismo (aunque yo cambiaria la palabra, desde luego) es un marco de principios éticos en el que pueden desarrollarse luego doctrinas de todo tipo, siempre que estén presididas por la idea de voluntariedad".  Si de verdad fuese eso el liberalismo, yo me declararía liberal sin pestañear. Pero como ocurre que eso responde más bien a "qué es el liberalismo según Juan Ramón Rallo", y según ese relato puntual pensado de cara a transmitir lo que es PARA ÉL la idea esencial, deberíamos quizá buscarle otro nombre como "marco político de libertad" o "consenso previo de voluntariedad". Por falta de términos que no quede.
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Pero sigamos atendiendo a lo que tiene que decirnos este "gramsciano de derechas" (los que conozcan bien sus ideas sabrán por qué lo califico de esta manera). Insisto en que, por encima de "peleas entre bandos", se trata de un intelectual que dará mucho que hablar, y que nos moverá a cuestionar infinidad de ideas asumidas hasta hoy, en lo que resta de esta etapa histórica presidida por la crisis de valores (que aun podría abarcar unas cuantas décadas.)
Y para mostrarles que hay, cuando menos, algo de verdad en esto que digo, yo de ustedes no me perdería por nada del mundo este debate: 
Verán que, al comienzo, parece hasta nivelado, pero conforme avanza, Rallo se "merienda" a Raventós. Y no se puede expresar con mayor amabilidad, porque así es como ocurre. El primero se crece, y la convicción que inspira entra a su vez en un crescendo paralelo, desembocando en el más glorioso de los triunfos (y confieso que se me hace cuesta arriba  reconocerlo, por aquello de estar "mojándome con el liberal"). 
Pero si tienen la deferencia de escuchar ahora esos últimos 4 minutos, podrán comprobar que es, si me permiten la licencia, el final propio de una obra épica. El último en formular una pregunta resulta ser alguien que va "a cuchillo" a por el mentado -se ve que se le ha atragantado la posición defendida por éste- y acude, ya sin rubor, a las más manidas demagogias, al más rastrero chantaje moral disfrazado de argumento. Al verse blanco de semejantes acusaciones injuriosas, la defensa que esgrime Rallo es dificilmente superable en contundencia. Un diez. Chapeau!

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Es evidente que tengo muchas muchas reservar con el liberalismo como sistema de pensamiento (probablemente más en el terreno filosófico que en el político). Pero siempre hay que discriminar claramente, primero: entre la validez (o solidez) de los argumentos concretos y la validez (o solidez) de la filosofía en que se encuadran. Y segundo: entre el sistema de pensamiento (político, filosófico) tomado como un ente homogéneo y diferenciado; y por otro lado, LOS pensadores, LOS filósofos, LOS enfoques, LAS perspectivas PAR-TI-CU-LA-RES; las cuales debieran ser, seguramente, más valuables por sí mismas que atendiendo a la "escuela" a que "pertenecen".

Es obvio, por otra parte -y esto hay que dejarlo claro- que cuando hago notar que, con frecuencia, los argumentos liberales superan en objetividad a los socialistas, ello no implica en absoluto que sean también superiores a otras muchas perspectivas políticas a las que se alude menos. (Hay mundo más allá del binomio socio-liberal). En el contexto de las ideas que allí se enfrentan, "el liberal" supera "al socialista". Pero asimismo, resultan enfrentarse, hay que recordarlo, dos paradigmas que son igualmente materialistas, economicistas y universalistas; y todo ello está, por causa directa o indirecta, en el centro de mi crítica a esa filosofía; amén del famoso individuo-átomo y el famoso mercado-libre que nadie ha visto, al menos en este Manvántara.

Por decirlo en pocas palabras: mis reservas con el liberalismo son, seguramente, más filosóficas que políticas. Aquello que defiendo en este contexto, por tanto, es la postura PARTICULAR de Rallo antes que "la postura liberal". Ya aclaré que me parece más constructivo valorar los pensamientos de los individuos al margen de la etiqueta con la que se identifiquen (los pensadores son uno de los pocos grupos que alcanzan la categoría de individuo, aunque no se excluye que se comporten como masa en otros ámbitos de la vida, pero ese sería ya tema de otro escrito). Decía que yo opto por valorar los pensamientos individuales por si mismos más que como pertenecientes a "un club". Porque ocurre que, frecúentemente, encuentro más distancia entre el valor que le otorgo a dos ideólogos de una misma escuela que la que veo entre dos de escuelas distintas. Por acudir a dos ejemplos que estarían notablemente alejados entre sí, y que efectivamente, valoro por diferentes motivos, podría nombrar al mismo Juan Ramón Rallo y al también libertario, pero anticapitalista, Félix Rodrigo Mora.
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Se me confirma, por todo esto que he intentado transmitirles, aquello que ya manifesté en otro texto dedicado a la libertad, la ética y el Estado: Los principios liberales son para mí un faro, nunca una doctrina que, desde mi perspectiva, merezca asumirse por entero. Una referencia moral en el horizonte y no, como para otros, una serie de preceptos que deban bastarse por sí mismos y presidir toda reflexión socio-política como si no existieran otras perspectivas que pueden complementar, y hasta poner en cuestión, algunos puntos de esa ética que se pretende autosuficiente. 

Y si el liberalismo es un faro, ¿el socialismo, entonces?
Más bien se asemejaría a las luces de neón de una wiskheria.


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«He aquí el estado del proceso. El socialismo denuncia sin tregua las maldades de la civilización, consigna día por día la impotencia de la economía política para satisfacer las atracciones armónicas del hombre, y presenta querella sobre querella; la economía política llena sus autos con los sistemas socialistas que pasan unos tras otros, y mueren desdeñados por el sentido común. La perseverancia del mal alimenta las quejas de los unos, y los constantes descalabros de los reformistas dan materia a la maligna ironía de los otros. ¿Cuándo llegará el día del fallo?»

(Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.)


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«Con la excepción de Holanda y Suiza, el Estado reina triunfante en todos los países de Europa. En nuestra "nueva" civilización existe la esclavitud obligatoria de las masas y, por razones de beneficio económico, la lealtad más o menos voluntaria a las clases económicamente privilegiadas al Estado. Y las llamadas revoluciones del pasado -incluyendo la gran Revolución Francesa, pese a los magníficos conceptos que la inspiraron-, todas estas revoluciones no han sido otra cosa que las luchas entre las clases explotadoras rivales por el disfrute exclusivo de los privilegios que les brinda el Estado. No expresan otra cosa que la lucha por el dominio y la explotación de las masas.»

(Mijail Bakunin, ´Crítica del determinismo económico y el materialismo histórico.`)

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