Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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lunes, 23 de noviembre de 2015

CONFUSIONES ENTRE NACIÓN, PATRIA Y ESTADO.


Quienes hoy se llaman conservadores o tradicionalistas asumen a menudo la nación-estado como parte de esa tradición, o de aquello que merece conservarse. Pocos vuelven la vista hacia modelos anteriores, aun cuando se hacen llamar enemigos de todo lo moderno -entiéndase, de la era así llamada-. Sin embargo, nadie puede cuestionar que el estado-nación es un invento moderno. Y es igualmente contradictorio reclamarse partidario de la tradición cuando se asume un modelo administrativo y gubernativo que se implantó sepultando a su paso cientos y cientos de tradiciones -culturas, instituciones, naciones, leyes, usos y costumbres-.

Es por eso que el patriotismo de los últimos siglos es un patriotismo impostado, ideal, abstracto.. tanto que se diluye en el éter si no hay un mapa o una bandera detrás. No es tanto un patriotismo de la nación como un ´patriotismo de Estado`. No nos engañemos: Es a Él a quién prestamos fidelidad; no a los ciudadanos, que son nuestros vecinos en diverso grado de cercanía. Y destaco esto último por ser otro motivo de grave arbitrariedad e injusticia, ya que una vez barrida toda institución regional, y una vez desechada toda red de apoyo local, no hay diferencia alguna entre nuestro paisano y el que habita la otra punta del territorio, la cual muchos tan siquiera han visitado.

¿Bajo qué perversa lógica se me fuerza a sentirme tan solidario con mi vecino próximo como con el que de sus costumbres y necesidades nada sé?

Es una impostura absoluta, una ficción mediante la que quienes ocupan en cada momento el estado logran de nosotros obediencia, respeto, colaboración tributaria y hasta el sacrificio de la propia vida en nombre de aquel -¡no de la nación!-. A ver si nos empieza a quedar claro: ¡Piden que nos sacrifiquemos por ellos, por personas de carne y hueso, no por nuestra tierra, el bien común, la ciudadania ni otras pamplinas! ¡Nos piden nuestra lealtad para servir a sus intereses!
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Y todo ello se ha logrado mediante técnicas psicológicas no demasiado sofisticadas, sino del todo burdas. Habida cuenta que todos tenemos un sentimiento instintivo de patriotismo, a través de los siglos este concepto fue pervirtiéndose hasta asimilarse con el moderno estado-nación. Más exactamente tomaron nuestro sentimiento ancestral de pertenencia y apego por aquella, nuestra tierra "hasta donde alcanza la vista", y lo reorientaron hacia esa nueva idea, esa mera abstracción representada por un trozo de tela y un contorno en un mapa. 

Pero nada más lejos de ese sentido de pertenencia que en otro tiempo se veía expresado con toda naturalidad ora en la identidad castellana, ora en la salmantina, ora en la española, ora en lo que se llamó "La Cristiandad"; pues se trataba éste de un sentido de pertenencia mucho más natural, orgánico, y armónico -o dicho de otro modo: de carácter incluyente en lugar de excluyente-. 


Se usó un sentimiento real hacia un objeto real (aunque de límites no del todo definidos, como es tantas veces lo orgánico) para, en el lugar que ocupó ese objeto, colocar una abstracción por la que nadie en su sano juicio experimentaría amor ni devoción alguna.
Se nos dió el cambiazo.. 

Apenas sin darnos cuenta, nos acostamos un día en un terruño de aires bucólicos, de límites difusos.. y nos despertamos al siguiente en una silueta perfectamente delineada en un mapa con una bandera colocada en el medio. Pocos podrán negar que fue, retrospectivamente, un notable empobrecimiento de nuestra idea de patria.
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La patria tradicionalmente se identificó con aquel mismo´terruño`. Y no hay otra que esa. Es la única que puede considerarse con entidad objetiva, por más que su delimitación nunca sea exacta Km. arriba, Km. abajo.. Stricto sensu, una se halla más lejos de su patria conforme se aleja de su lugar de nacimiento o de residencia (en el caso de que echara raíces por diversas razones en un lugar distinto del que naciera). Es cuestión, por tanto, de grado y no de "1 o 0" (dentro o fuera, ajeno o propio). Por eso las fronteras modernas expresan una artificialidad. Y por eso el concepto de patria asociada a estado-nación resulta absurdo una vez lo examinamos con mayor detenimiento.

La identidad cultural y territorial funciona mediante círculos concéntricos, no mediante conjuntos excluyentes. Uno no deja de ser europeo por ser alemán o francés y tampoco deja de ser alemán o francés por ser sajón u occitano, bávaro o bretón. Tampoco el franco-parlante suizo y el franco-parlante belga dejan de tener una misma o muy similar identidad lingüística por someterse a las leyes de dos estados-nación distintos. Ni tampoco cuando habitan dos ciudades distintas dentro del mismo país (las cuales vendrían a sumarse a los componentes de su identidad grupal incluso en mayor medida que los anteriores, pues las urbes acostumbran a imprimir uno de los signos de identidad más marcados.)

Cierto es que en la historia pre-moderna vemos los Estados -mejor dicho los reinos- como entidades unívocas, casi monolíticas-; y cierto es también que actuaban de ese modo en muy variadas ocasiones. Pero lo primero se lo debemos achacar a la mentalidad contemporanea con que observamos la historia antigua, así como al reduccionismo propio del estudio de los acontecimientos históricos a vista de pájaro. No vamos a discutir lo segundo pues resulta del todo innegable. Pero sobre aquello otro conviene profundizar en la ´VIDA INTERIOR` de esos reinos (todavía sólo proto-estados) para que se nos revele esa pluralidad, esa riqueza inmensa de lenguas, folklores, fueros, cortes, concejos municipales, feudos, órdenes monacales o de caballería.. muchos de ellos asumiendo el papel de CONTRAPODERES, e impidiendo a menudo que el monarca hiciese a cada momento aquello que se le antojara con los ciudadanos o territorios bajo su mando.

¡Aun el emperador Carlos V, con su inmenso poder, tenía a su cargo el gobierno de diversos reinos, cada uno de ellos con sus distintas lenguas y tradiciones, pero, asimismo, con sus distintas leyes!
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Ésta es la bandera del Estado Español.

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Ésta es la bandera de Las Españas.
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Pero llegó la hora de descender más a lo concreto: de abandonar el plural y referirnos ya en singular al estado-nación que nos toca más de cerca.

No logro aún entender las razones para defender a toda costa la "sacrosanta" unidad de España. Debe ser porque lo intento hacer desde la lógica y no desde el sentimiento religioso, que es desde el que se defienden tales cosas. 
Puede resultar inspirador, no lo niego, aquello del penta-centenario y "el estado más viejo de Europa", pero.. ¿Hasta cuando? ... ¿Hasta dentro de otros 500 años? ... ¿de 5000??... 

Echemos la vista atrás. Primero este territorio fue hogar de civilizaciones como la tartésica, luego de tribus íberas y celtas, luego de una parte del Imperio Romano, luego de tribus visigóticas, más tarde de tribus musulmanas y.. "por fin", de una casi homogenea población cristiana (aunque todavía políticamente dividida). Llegaron entonces los Reyes Católicos en el momento justo para conformar la nación como se supone debía ser ya... para siempre ¿¿ ?? ....

Ésta, entre otras consideraciones, me lleva a concluir que los que solemos llamar "españolistas" participan de un autoengaño (aunque no menos que los catalanistas, galleguistas o euskaldunes); un error producto de la estrechez de miras típica en quien juzga la historia sin salirse de la lógica de su época. Y un error producto de la mentalidad nacionalista, que lleva inserta la división entre amigo y enemigo; una ideología que se ha mostrado incompatible con la preservación de la raigambre y la tradición en un sentido extenso.

¿Qué es una nación? ... ¿Es la española, la francesa y la italiana.. o es la vasca, la bretona y la napolitana? Dejo eso para los historiadores y los etnólogos. Pero ya sea el caso uno u otro, si de verdad deseamos conservar la cultura española, ibérica, en toda su diversidad y riqueza, la opción más inteligente a tomar sería la RÚPTURA POLÍTICA del actual estado y su fragmentación en muy numerosas y pequeñas unidades gubernativas. 

El estado central, lo único que ha hecho y hará siempre es destruir la llamada ´cultura nacional` a base de homogenizarla, desnaturalizarla, caricaturizarla, instrumentalizarla y pervertirla. Y lo mismo se aplicaría a unos hipotéticos Paixos Catalans o a una Euskal Herría que incluyera a Navarra y su "homóloga" tras los Pirineos. Sólo las pequeñas unidades políticas poseerán el incentivo de conservar su identidad -todas las dimensiones de su identidad- porque, como explicamos antes, lo regional y lo peninsular no son excluyentes, del mismo modo que no lo son la españolidad y la europeidad. 

Sin embargo, el nacionalismo sí es excluyente, o al menos, tiende invariablemente a serlo. Como tiende asimismo a ser homogeneizador y expansionista. Por ello el ideal secesionista es opuesto al nacionalista: El secesionismo busca fragmentar porque es muy consciente de las ventajas de la ciudad-estado, del cantón y la micro-nación; mientras que el nacionalismo rara vez puede evitar sus ansias de "grandeza" y, derivadas de ella, su voluntad de fagocitar las realidades culturales en torno suyo, lo que se traduce en la negación de las mismas, cuando no en su invasión militar o en cosas aún peores.
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Podría coronar esta reflexión con la famosa cita de Nietzsche sobre el Estado y la cultura, pero está ya muy vista. Así que, en su lugar, les remito a otra de Hans-Hermann Hoppe a propósito del auge económico y cultural de los pequeños estados en que permanecía dividido Flandes a mediados de la edad moderna:

"En lugar de promover una nivelación de las distintas culturas hacia abajo, la secesión estimula un proceso cooperativo de selección cultural y avance. Esta es una lección de lo más importante, no sólo para Flandes y Europa, sino para todo el mundo."


(Extraído de una entrevista que puede leerse completa aquí.)


¡Diversidad, selección natural y evolución! Una ley que es impepinable respecto a la biología y que lo es también respecto a la cultura, las ciencias y la tecnología.


Pero el mantra que recorre todo el espectro político, de izquierda a derecha, y de arriba a abajo (desde la clase política hasta la ciudadanía) reza casi invariablemente lo contrario.. 
"Una ley para todos.. Un gobierno para todos.. Una policía para todos.. Un ejército para todos.. Una educación para todos."

Se entiende en general esta homogeneidad centralizada como algo positivo, como un valor a reivindicar. Pero insistamos en la idea: ¿qué nos muestra la evolución biológica, así como la cultural y tecnológica? Una de las cosas que nos prueban más allá de toda duda es que, a mayor diversidad, mayor oportunidad de avance, de mejora, de progreso en su sentido más objetivo. ¿Cómo es posible entonces que hayamos llegado a tal convencimiento contrario a nuestro interés, e incluso contrario a la Naturaleza? ¿Cómo hemos llegado a defender con tal ahínco LA ESCLEROSIS CULTURAL, SOCIAL Y POLÍTICA*?

¿Quién nos ha logrado convencer de agarrarnos a lo yermo y temer a lo fértil?
~

(*Hablamos de centralismo político o administrativo en todas sus formas: Desde los que
defienden la "igualdad de los españoles" frente a la independencia de Cataluña o a otros particularismos cuales sean hasta los que tienen por una gran conquista la "educación igual para todos". Todas ellas son formas de escoger voluntariamente la parálisis frente a la evolución o el progreso, palabra esta última que, como vemos, ha acabado significando muchas veces lo opuesto a su sentido original.)

La nación esclerótica siendo asistida
para mantener la ficción de que sigue altiva..
Adecentemos de buen ánimo las ruinas,
y a base de fe, insuflémosles nueva vida..
~


lunes, 7 de septiembre de 2015

ARISTOCRACIA, TRADICIÓN Y CAPITALISMO (I)


Cree mucha gente que no se puede ser, bajo ningún concepto, tradicionalista y favorable al libremercado a un tiempo. Mises, Bastos, y especialmente Hayek, hicieron que me empezara a cuestionar ampliamente esto. Pretendo dedicar los siguientes párrafos a desmontar con profusión de argumentos este gravísimo error que llevan arrastrando las ideologías tradicionalistas desde, prácticamente, el momento en que recibieron tal nombre.

Lo primero que me gustaría poner en duda es que las personas de mentalidad tradicional que vivieron el ascenso de los modos de producción que llamamos "capitalistas" mostraran las reservas que tan vehementemente propagaron los tradicionalistas de épocas posteriores. Mucho me temo que en ésta, como en tantas otras polémicas, fueron los que no conocieron de manera directa estos impresionantes cambios quienes más autorizados se sintieron para arremeter contra ellos. Es propio de nuestra especie, y es casi un mandato de la naturaleza, el rebelarnos contra nuestros mayores y escupir sobre todo lo que ellos pusieron en valor. Va siendo hora, pues, de alcanzar la edad adulta y, tanto desde la izquierda progresista, como desde la derecha conservadora, admitir que, por más vulgar, materialista, y poco elevado que nos resulte el desarrollo del comercio y todo lo que a él va ligado, es mucho más de lo que podemos imaginar lo que le debemos a la expansión de esas normas consensuadas que sirvieron para agilizar vertiginosamente el intercambio de mercancías entre individuos y entre pueblos.

Como ya habrán visto en textos anteriores, me gusta comparar el descubrimiento de estos modos de producción e intercambio con la invención de otras técnicas que han hecho mucho más fáciles y satisfactorias nuestras vidas. La analogía que probablemente nos sea más útil a este respecto sea la del alcantarillado. Al igual que los sistemas de alcantarillas que tenemos en nuestras ciudades, las operaciones mercantiles modernas constituyen una realidad que, siéndonos por lo común desagradable, no estamos dispuestos a prescindir de ella. Al igual que esas sucias cloacas que hacen posible que nuestras calles permanezcan limpias, los procesos que en el ámbito mercantil se desarrollan tienen para nosotros un aspecto vil, bajo, vulgar, tal como dijimos antes. Pero si decidiésemos, de la noche a la mañana, prescindir de ellos por esta mera razón, poco a poco volveríamos a una economía de subsistencia y nuestro nivel de vida se vería rebajado en pocas décadas al de las zonas más subdesarrolladas del mundo.

Insisto, pues, en que el capitalismo per se, sin connotaciones subjetivas añadidas a posteriori, no es distinto de la rueda, la imprenta o el pavimentado de las calles, en cuanto técnica, invención, o modo de organización del que no se cuestiona su utilidad y al que no le son aplicables categorías morales. 

¿Acaso habrá algún tradicionalista que se oponga al uso de estas mejoras de nuestra civilización? 

Ni siquiera los Amish podrían oponerse en coherencia al intercambio libre de mercancías como se oponen a la luz eléctrica y a todas las invenciones técnicas realizadas a partir de cierto año (no recuerdo cual es el que ellos eligieron, ni el motivo de tal elección). Poco importa eso para lo que nos ocupa, puesto que hablamos de una invención abstracta y no mecánica.

La incongruencia que denuncio en muchas de las cosmovisiones tradicionales que hoy sobreviven, por tanto, no estaría amparada en otra cosa que en el puro primitivismo, en el miedo y la ignorancia: En la mentalidad primitiva del clan, que no entiende ni asimila el orden extenso e hiper-complejo del mercado. En el miedo que suscita un mundo que cambia a pasos agigantados. Y en la ignorancia acerca de la verdadera función de esas nuevas normas y costumbres adaptadas a la nueva realidad.

Pero también estaría relacionada, por otra parte, con la idea tan confusa y, en ocasiones, tan sesgada que se tiene sobre el mundo tradicional, esto es, sobre el Medievo y la Antigüedad.

A este respecto, será más que interesante retrotraer la mirada hacia la Roma Clásica, y ver el papel que tuvo el comercio y la banca en la grandeza de esa civilización que los más no pueden menos que elogiar y los menos encuentran más que problemas para vilipendiar. (Qué decir ya de los que se califican a sí mismos de tradicionalistas.. ¡Roma es la lux aeterna!)

«Los principios jurídicos universales que regulan el contrato de depósito irregular de dinero ya habían sido descubiertos y analizados por parte de los juristas clásicos romanos, en natural correspondencia con el desarrollo de una significativa economía comercial y financiera, en la que el papel de los banqueros había llegado a ser muy importante. Además, estos principios pasan luego a las compilaciones medievales de distintos países de Europa, y en concreto a las de España, y ello a pesar de la importante regresión que en el ámbito económico y financiero supuso la caída del Imperio Romano y el advenimiento de la Edad Media.»

«La prohibición canónica del interés tuvo el efecto imprevisto de eliminar la claridad doctrinal con que se había construido la figura jurídica del contrato de depósito irregular de dinero en el mundo romano, introduciendo una confusión que fue aprovechada por unos y otros para tratar de dar carta de naturaleza jurídica a la apropiación indebida y a la actividad fraudulenta de los banqueros en los contratos de depósito a la vista, creándose con todo ello una aguda confusión jurídica que no fue de nuevo doctrinalmente aclarada hasta finales del siglo XIX.»

(Jesús Huerta de Soto, ´Dinero, crédito bancario y ciclos económicos`.)


El comercio fue muy importante en Roma, eso ya lo podían sospechar muchos. Lo que probablemente ni imaginara la mayoría es que la banca fuese también una institución de tamaña relevancia en tiempos tan pretéritos y "oscuros". Pero esto nos viene precisamente a aclarar una de las tremendas confusiones a las que hice referencia antes. Pues, aunque bien es cierto que lo que hoy llamamos "capitalismo" no adquirió toda su dimensión en cuanto a los modos de producción hasta la llegada de la Revolución Industrial, sí existían sus reglas básicas desde muchísimos siglos antes; sólo que habitualmente se hallaban dispersas, no reunidas en un corpus unitario como ocurre hoy; y además, su cumplimiento no fue tan extendido y tan generalizado como sí lo fue en el s. XIX y parte del XX. Los romanos, entonces, sirven como ejemplo tan válido como muchos otros para mostrar el camino seguido por toda civilización que ha alcanzado una prosperidad económica y cultural muy por encima de la media de su tiempo. No es la dimensión conquistadora e imperial, por tanto, en la que nos debemos fijar para hallar la relación entre su audaz labor comercial y financiera, por un lado, y su prosperidad económica y cultural, por el otro. De hecho, el Imperio acostumbró a traer la miseria a la otrora próspera Roma*. Ni que decir de cuando el emperador de turno era uno de esos demagogos populistas (sí, aquellos también existían entonces. De nuevo, casi nada nuevo bajo el Sol). La riqueza de Roma se labró sobre todo en la República, y vino principalmente de las clases Patricias, cuya gran parte la integraron prominentes comerciantes (burgueses aristocratizados, quizá dijéramos hoy). Lo que concluimos, entonces, es que muchos de los valores, las reglas y los métodos de cálculo asociados hoy a ese controvertido concepto -capitalismo- son tan parte de la tradición -incluso en el sentido evoliano, me atrevería a decir-, como la misma idea de vicio y virtud, o como todas las costumbres y jurisprudencias que, desde la romana, fueron expandiéndose y transformándose a través de los siglos por el suelo europeo, y más tarde, allende los océanos.


(* La mayoría de la gente da por sentado que las conquistas imperiales engordan como ninguna otra cosa las arcas del Estado. Pero lo cierto es lo contrario. Las colonias suelen constituir a la larga una rémora y, en casos extremos, llegan a causar la ruina de las metrópolis. Como bien nos recuerda Miguel Anxo Bastos, un país hoy tan rico como Suiza jamás tuvo colonias, mientras que otro como Portugal, que las tuvo a cientos y, además, las mantuvo durante más tiempo que ninguna otra potencia europea, acabó convirtiéndose en uno de los países más empobrecidos del continente. Sin olvidar el hecho de que la Gran Bretaña jamás invirtió en sus propias colonias, pues se ve que esos anglos tan pillos ya se conocían la jugada.)

Como conclusión de este primer capítulo me limitaré a lanzar algunas ideas-fuerza que levantaran muchas -y también necesarias- ampollas:

1ª- El capitalismo no es menos parte de la tradición que las técnicas militares, las universidades de mayor renombre, o las jerarquías más básicas que han ido vertebrando las sociedades.

2ª- Sin acumulación de capital e inversión, nuestra civilización no podría sostenerse. Para poder seguir aspirando a las grandes metas intelectuales y espirituales, para tener las "altas miras" de que presumimos hace tanto en Occidente, es necesario tener una base económica fuerte, estable, y que cubra nuestras necesidades básicas (y unas cuantas más). De esto saben bastante quienes advierten el sustrato material que posibilitó la explosión del pensamiento y la ciencia de Atenas respecto a los de, por ejemplo, Esparta (cierto, no hubo filosofía ni ciencia espartana); o asimismo, la de la filosofía alemana, inglesa o francesa del s. XIX frente a la portuguesa, italiana o española. (Aunque es preciso hacer notar que, aparte de la necesaria base material que les permitía ir en busca de "superiores fines", a ésta iba unida una cultura favorable a la libertad de expresión y pensamiento; cosas ambas, no obstante, que para algunos teóricos van íntimamente ligadas.)

3ª- Querer subvertir "el orden capitalista" en nombre de la tradición o del espíritu debe descartarse porque, subvirtiéndolo, nos cargamos igualmente toda tradición y persecución de lo espiritual. 

Subvertirlo, queramos o no, implica negarnos esa base material de la que hablamos anteriormente, y por ello, se trata de una idea tan poco sensata como la de quienes quisieron acabar, en su momento con la imprenta, u hoy con internet. 

Debemos separar con mayor cuidado, y con mayor propósito constructivo, lo que son TÉCNICAS de lo que son meramente IDEAS. 

Las técnicas sólo fenecen cuando los usuarios de las mismas encuentran otras superiores. Las ideas, por el contrario, pueden sobrevivir durante siglos aun estando enormemente erradas, e incluso a pesar de jugar en contra de nuestra conveniencia. (No creo que haga falta recordar todos los ejemplos que hay de esto a lo largo de la historia.)

Las técnicas se "imponen" porque a todos les son probados, con toda claridad, sus beneficios. No caben en este orden dudas al respecto. 
Las ideas se imponen (con comillas o sin ellas) porque nos resultan cómodas, o cumplen de alguna manera la función de hacernos comprensible el mundo. Y por muy erradas que estén, no cambian a no ser que encontremos otras que nos sean más convenientes, aunque no necesariamente estén más acertadas.



martes, 21 de julio de 2015

"La fatal arrogancia".


Fredrik A. Hayek, filósofo y economista. 
Autor de La fatal arrogancia..
Hay una perspectiva desde la que podemos ver al Mercado como un ente amorfo, una maquina movida por el egoísmo ilimitado, una fuerza que lo arrasa todo.. y así, una serie de connotaciones tan larga como dé de sí nuestra imaginación, o nuestro odio a dicho ente.

Hay otra perspectiva desde la que podemos entenderlo como una colaboración espontánea que no para de crecer en extensión y complejidad, y mediante la cual cada vez más individuos acceden a un número cada vez mayor de bienes y oportunidades de negocio.

Mientras que a la segunda se le acusa frecuentemente de ingenua e idealista, a la primera se lo hace de recelosa y retorcida. Quizá ambas acusaciones tienen motivos fundados.

Sea como fuere, lo que hemos venido llamando capitalismo y librecambismo lleva varios siglos de recorrido y de perfeccionamiento. En estos siglos, tanto las restricciones a esa libertad de comercio como las situaciones sociales generadas en torno suyo fueron variadas. Y digo "generadas en torno suyo" y no "a causa de" porque nunca es tan fácil adjudicar responsabilidades como tanto les gusta hacer a todos los moralistas, ya sean "progresistas" o "reaccionarios".

Fredrik A. Hayek impartiendo clase.
En cualquier caso, estos nuevos modos de organización que en su momento acordamos llamar capitalismo supusieron un innegable avance para Europa, y después, para gran parte del Globo. Unidos a la revolución científica y a la industrial, consiguieron elevar el nivel de vida general de la población y permitir una explosión demográfica sin precedentes, la cual aumentó el potencial del proceso en sí mismo, al contar con más mano de obra y más cabezas pensantes (si fue este "reparto de bienestar" más o menos extendido a todas las capas sociales sería un asunto que excedería los límites de estas reflexiones, aparte de, también, los límites de mis propios conocimientos.)


***
Lo que nos aporta Hayek en el texto que da título también a esta entrada es una tesis evolucionista de la cultura, y esto es, sin ninguna duda, la dimensión más valiosa de la obra. Se usa repetidamente el término "tradición", algo que sorprenderá, como me ha sorprendido a mi, a todo aquel que tuviera una imagen del liberalismo esencialmente anti-tradicionalista. Y puede que sí exista tal vertiente, porque existen tantas escuelas autodenominadas liberales, y tan alejadas entre sí en sus postulados, que el mismo vocablo "liberal" empieza a significar más bien poco.

¿Cabe decir, entonces, que el autor austriaco al que le hemos dedicado estos párrafos es un tradicionalista? 

Sería difícil negarlo.

También sería difícil negar que es liberal. 

No parecen ser, pues, términos excluyentes. 

Podríamos decir de él que es un liberal con mentalidad tradicionalista (quizá al modo de Ortega). O podríamos emplear una fórmula opuesta, y que abriría un muy fértil campo para el análisis metapolítico. Así, podriamos afirmar que se trata de un tradicionalista que no coloca un muro de contención entre la tradición antigua y la moderna; cosa que sí hacen la mayoría de los que así se califican, pues parecen decretar finalizada la "época de los tradicionalismos" una vez nacida la Revolución Industrial, como si el mundo capitalista, racionalista e ilustrado no hubiese creado también su tradición propia.

En este sentido, visto desde esta nueva perspectiva, no parece haber razón alguna (razón de peso) para colocar un límite a lo que consideramos o no tradición "legítima". Entendida la tradición en su acepción más amplia -desde luego no en la evoliana-, el mismo papel cumplen las normas morales sobre la jerarquía, la familia, la sexualidad o la urbanidad que las normas más recientes sobre la propiedad privada, los contratos, el ahorro o la inversión.
Otra de las claves, y otra idea que merece toda nuestra atención, sobre la que se insiste durante todo el libro, es el caracter a-racional o meta-racional (esta terminología la añado yo) de toda forma tradicional, es decir, de toda norma que se ha impuesto "por selección cultural" (haciendo una analogía con la selección natural. De nuevo, el término es de mi cosecha). A este respecto, la lucha que se establece entre tradicionalistas y modernos, una vez más, no se distingue en absoluto ya hablemos de tradiciones pre- o post-capitalistas; pues en ambos casos radica en la incomprensión de los modernos sobre los fundamentos de todas esas normas; normas que, al no estar basadas en la razón, sino en algo más complejo y difícil de ubicar, son rechazadas de plano por los que precisamente vienen a entronizar a La Razón con mayúscula.

La mejor síntesis de todo esto nos la da el propio Hayek cuando dice que «en este sentido, cabe considerar a las normas tradicionales "más inteligentes" que nuestra propia razón».

Y he ahí, pues, la fatal arrogancia: 
La arrogancia de considerar nuestra razón más capaz que la acumulación de saberes llevada a cabo por ensayo y error a través de las generaciones, ¡más eficiente que toda esa selección natural! -ya que en cierto momento, quienes crearon formas culturales se jugaron su propia existencia, pues aquellas que junto a ellos perecieron ya no se propagaron.- 

Y de esa arrogancia es de la que se derivan todas las demás: 
La de pretender saber lo que la gente necesita mejor que ellos mismos. 
¡La de todos esos que se alzan en nombre del Pueblo!  
La de pretender organizar la vida social desde fuera de la misma y a golpe de decreto. 
O querer mejorar el mundo mediante la razón de unos cuantos, o hasta la de uno solo. 
¡La fatal arrogancia de orientar la Acción Humana en un sentido o en otro!

Pero es más que eso. Para Hayek, el mero rebelarse contra este "orden espontáneo" es casi comparable a rebelarse contra las leyes de la evolución biológica. Y en realidad sería mucho más grave que eso, puesto que, por mucho que alguien niegue las leyes de la evolución en la Naturaleza, no por ello van a cambiar esas leyes. Sin embargo, cuestionar, condenar las leyes de la "evolución cultural", y finalmente subvertirlas en mayor o menor medida, supondría poner en riesgo las condiciones que han permitido nuestro actual nivel de vida y nuestro actual volumen demográfico.

Y del mismo modo que en la evolución darwiniana no podemos calificar los procesos como justos o injustos, Hayek afirma que «insistir en que todo cambio futuro sea justo equivale a paralizar la evolución», en este caso, la cultural y la económica.

Pero no se equivoquen, que no tiene esto nada que ver con el darwinismo social. Es algo que se deja claro ya en el comienzo de la obra. ¡Son las formas culturales, los modos de organización, quienes viven o mueren, y son seleccionados o descartados, en ningún caso los individuos! (aunque sí pudo ocurrir esto, incluso con frecuencia, en tiempos que ya dejamos hace mucho atrás, como hemos mencionado antes).

Aquí, obviamente, se nos plantearía el problema de averiguar cuales de estas formas de organización que hoy se imponen son producto de la verdadera selección incondicionada, y cuales de la intromisión de entes como el Estado u otros organismos análogos pero de carácter supra-nacional. Probablemente será imposible el acuerdo entre los que ven con mayor recelo todo aquello que parte del modelo capitalista y quienes procuran buscar, ya que su celo es inverso, las formas más "puras" de este gran invento (esto último ya no lo entrecomillo, porque cualquiera reconoce que efectivamente lo fue, empezando por toda la escuela marxista). Podemos adelantar sin temor a equivocarnos que los primeros dificilmente reconocerán algo de "natural" en el sistema que tanto enojo les suscita, mientras que los segundos serán bastante más generosos con la "niña de sus ojos".


***
Pero vamos a analizar, hasta donde podamos, una contradicción aun mayor que podría implicar la tesis del autor austriaco, al menos en un punto muy concreto, pero muy vital.

Hayek corrobora algo en lo que yo también insistí con una vehemencia que creí necesaria en estos tiempos que vivimos de "pensamiento blando": «La diversidad de habilidades personales -que da origen a una división del trabajo cada vez más amplia y articulada- deriva, en un orden extenso, fundamentalmente de la diversidad de formas tradicionales.»


La gran paradoja que deberíamos analizar aquí es la que nos plantea el problema de la aculturación, atribuido hoy, con más o menos razón, precisamente al libre mercado.

Habría que recordar antes que el mayor proceso conocido de aculturación fue el practicado por los viejos imperios coloniales. Y aun previamente, por esa suerte de imperio de la moral, ya se llamara musulmán, católico, o protestante.

Ahora, el error estaría, primeramente, en tomar esas tres etapas como entes separados, cuando forman parte de un continuum, de una ininterrumpida evolución cultural, una vez más. 

El imperialismo practicó su particular forma de aculturación sin que hubiese finalizado todavía la vieja forma del otro imperio, el del monoteísmo. Los curas y monjas viajaban junto a los colonos. Por tanto, ambas formas coexistieron en el tiempo; aunque la proporción entre una y otra fuese variable; y asimismo, debemos tener presente que una era la evolución de la anterior, esto es, que el racionalismo iluminista era heredero, como tantas veces hemos recordado, del monoteísmo en cualquiera de sus versiones.

De igual modo, pues, ese libre mercado (hasta donde fuese realmente libre) fue otra de las imposiciones de los mismos imperios coloniales, de esa misma mentalidad europea e ilustrada.

Por tanto, ¿cómo saber donde acaban las formas impuestas por los imperios europeos (incluido el libre-cambismo, fuese absoluto o no) y donde empiezan los procesos en favor de esa liberalización asumidos por decisión genuína de los gobiernos ya independientes políticamente de la metrópoli? 

¿Hasta donde cabe hablar de imperialismo económico y cultural, y hasta donde de mera influencia de unas culturas sobre otras, e incluso de asunción por parte de algunas de ellas de los modelos de otras en razón del convencimiento sobre su conveniencia y sobre sus beneficios?

Bien compleja es la respuesta a esta pregunta, por no decir imposible. Pero sí será más factible (que no sencillo) si dejamos a un lado lo cultural y nos centramos en lo económico. Si nos centramos en las empresas que, fundadas en época colonial, siguen operando en tal colonia una vez ésta se ha independizado. Aquí, el problema ético es evidente. No se trata de conflictos casi metafísicos e irresolubles como aquel de la influencia cultural. Aquí hablamos de instituciones que deben su existencia al uso del monopolio de la fuerza en un pasado. Por ello, si queremos que el tan celebrado modelo global capitalista -sea lo que diantres sea eso- gane legitimidad, o algo más llano y de trascendencia más inmediata, como es lo que llamamos "buena prensa", cabría contemplar la posibilidad de someter a proceso penal todos esos casos de colonialismo económico que resultan más indiscutibles.

martes, 2 de junio de 2015

"Evola: Permanecer en pie sobre las ruinas, orientarse en medio del caos" (II)


Evola tiene dos dimensiones para mí, hay dos tendencias que se me abren simultáneamente tras leer parte de su obra. Dos sensaciones completamente contrarias se suscitan ante su pensamiento en conjunto. La primera es la que introduje someramente en la anterior entrega: la fascinación ante una visión novedosa, al mismo tiempo que total e integradora, del cosmos, de la vida y de la historia; un conjunto de lúcidas miradas a lo ancestral y a lo moderno que actúan como un poderoso catalizador de la imaginación reflexiva. La segunda toma la forma de un beligerante escepticismo ante unas referencias intra-históricas, meta-históricas -pseudo-históricas para muchos- cuya defensa es tan vehemente como dudosa su veracidad; cuya convicción parece mostrarse más firme cuanto más endeble es el crédito que merecen sus indicios. 

Dado que el autor valora más la pureza de las distintas formas de espiritualidad, cultura y civilización en tanto más se alejan del presente, uno no para de interrogarse por si no será todo, al final, poco más que fuegos fátuos.  Más incredulidad suscita aún su afirmación de que el género humano no ha estado sujeto a evolución en sentido darwiniano sino, muy al contrario, a una involución desde unos tipos ideales cercanos a la perfección divina, e incluso inmortales (aunque esto último no se afirme con total seguridad.)

Pero con todo, esa idea tan central en su cosmovisión que tiende a explicar la historia como perpétua batalla entre Modernidad y Tradición es vibrantemente fecunda en las reflexiones filosóficas que suscita en el tipo de lector más combativo, como es el caso de quién les habla.

Desarrollaremos a continuación cuatro aspectos, cuatro vertientes de estas tesis metahistóricas y metapolíticas, aunque el primero engloba a los otros tres, o si lo prefieren, es el tronco del que surgen esas tres ramificaciones:


TRADICIÓN Vs DISOLUCIÓN.  
-¿Por qué la Modernidad es esencialmente disolución?-

Este punto es del que se derivarán, como hemos dicho, todos los siguientes. Expresémoslo en tres o cuatro ideas-fuerza para interiorizar mejor a qué nos referimos. 
Si pensamos en clave de "culto a la grandeza vs culto a la mediania" o "cultivo de la excelencia vs cultivo de la bajeza" podemos intuír ya por qué senderos transita la idea.
O quizá nos orientamos mejor si decimos "aristocracia vs oclocracia"..
"LO HERÓICO Y PERSONALISTA VS LO ANÓNIMO Y ANODINO" ...

Que el horizonte sea EL ABSOLUTO o que el horizonte sea LA NADA.. ¿?

Sé que hoy poseemos una mentalidad tan diametralmente opuesta que todo esto nos suena a cosa rancia y reaccionaria. Tenemos tan aprehendidos los conceptos, precisamente modernos, de igualdad, humanismo y democracia, que puede resultar difícil salirse del contexto histórico y juzgar las ideas que han conformado nuestro mundo actual desde fuera del mismo.

Pero aquellos viejos temas, la oclocracia, la REBELIÓN DE LAS MASAS, son tan actuales hoy como lo fueron siempre. Y filósofos de la talla de José Ortega y Gasset han recogido esta problemática con una brillantez y una clarividencia que, como poco, nos debe hacer ver la necesidad de atender a estas cuestiones; aunque no necesariamente suscribamos las opiniones concretas de Ortega, ni mucho menos, las más radicales de Evola.

No estamos diciendo que haya que prescindir de la democracia -ese sería un tema que llevaría demasiado desarrollar, y estas no son, en ningún modo, unas reflexiones sobre formas políticas-. Lo que estamos diciendo es que urge echar el freno de estos tiempos tan acelerados para otear de vez en cuando los peligros que, desde diversos flancos, se ciernen sobre nuestra agotada civilización. Y repensar profundamente nuestra vehemente defensa del "Pueblo llano" y nuestro ataque, igual de vehemente, a lo aristocrático en su sentido más puro y más amplio. 

¡Los referentes son importantes! En esencia, esa es la cuestión que se encuentra en el centro de este problema -grave problema que, si no atajamos, traerá aun más trágicas consecuencias de las que ya ha traído- ¿A qué aludimos cuando decimos "referencias"? Obviamente, hablamos de referentes socio-culturales, de los mitos y héroes que inspiran a la gran masa. De la diatriba crucial consistente en elegir si tomamos como ejemplo la excelencia o la mediocridad, si vamos a mirar hacia las alturas o hacia el fango.  Hay que expresarlo de forma así de clara y contundente, pues si nos andamos con remilgos y medias tintas no vamos a llegar nunca al núcleo duro del asunto.

Sobre ello podríamos seguir hablando varios párrafos más, pero como todavía quedan más puntos por tratar, lanzo sin más la pregunta que tanto nos urge empezar a hacernos todos y cada uno de nosotros:

¿Creen ustedes que estamos cultivando realmente la grandeza en la sociedad actual?

A juzgar por lo que llega a nuestros ojos y oídos cada día, el horizonte no parece en exceso halagüeño, y la respuesta a esta pregunta se va aclarando conforme va oscureciéndose aquel horizonte.


TRADICIÓN Vs MATERIALISMO.

Y a este mismo respecto, pongamos el foco ahora sobre otra diatriba, aquella ya vieja pugna entre la concepción espiritual y la concepción material del mundo.

En la obra que más me interesa de Evola, al menos de las que llevo leídas, que es la titulada "Cabalgar el tigre", se citan las certeras palabras de André Bretón:"Es preciso impedir que la precariedad completamente artificial de las condiciones sociales vele la precariedad real de la condición humana". A lo que el italiano añade después, con sus propias palabras, que "el verdadero significado del mito económico-social, sea cual sea su variedad, es la de un medio de anestesia interior o de profilaxis tendiente, no sólo a eludir el problema de una vida carente de todo sentido, sino a consolidar todas las formas de esta fundamental ausencia de sentido en la vida del hombre moderno".

¿Cuantas veces hemos expuesto la miseria economicista, cuando no historicista, del liberalismo y el socialismo? 

¿Cuanto vacío no habrán engendrado en el alma del Hombre, estos dos, prometiendo llenar su estómago?

El marxismo se ha pretendido frío y objetivo siendo burdo, superficial, y estrecho de miras.
Ver en toda realidad social una forma de dominación no es, como creyeron ellos, ni ser honesto ni tener un prisma analítico; es ser simplista, vulgar, y supone una negativa a priori a la posibilidad de profundizar. Es amputarse la capacidad de repensar y re-enfocar las realidades de nuestro entorno.

Del liberalismo se puede decir lo mismo, haciendo la salvedad de que su enfoque es optimista -donde el anterior dice "dominación", éste pone "colaboración-, pero igual de ingenuo en su exaltación de los potenciales del homo economicus como el marxismo en su visión cruel e implacable de una historia humana que, en su pluma, deja un sabor a profunda NADA.

MORAL TRADICIONAL Vs MORAL MODERNA

"Si la ley debiera prohibir todo lo que juega el papel de estupefaciente, en el sentido más general del término, haría falta suprimir gran parte de lo que compone la existencia moderna y alimenta una industria particularmente desarrollada y agresiva."

(´Cabalgar el tigre`, J.E.)

Hoy ya empieza a estar más difundida una moral alternativa a la prohicionista, pero asimismo, alejada de concepciones cómodas e irresponsables como las de ciertos apologistas del "modo de vida adicto", por darle algún nombre. 

Gentes bien conocidas en nuestro país como los señores Escohotado y Dragó llevan tiempo haciendo una encomiable labor pedagógica que puede encaminarnos a escapar de esa errada diatriba entre, por un lado, la cruzada contra ciertas sustancias y, por otro, la moral laxa y destructiva del "haz lo que quieras".

Los que tengan algo sabido el discurso de estos intelectuales, y de muchos otros, como puedan ser Castaneda, Jung o Jodorowsky, estarán en conocimiento de que todos los problemas derivados de las sustancias enteogénicas tienen por origen la ruptura del vínculo entre la sustancia en sí y la tradición que la acompañaba; entre la planta, el brebaje, el preparado, y el entorno cultural en el cual se enmarca y que lleva consigo el conocimiento acumulado de decenas de generaciones sobre el estupefaciente en cuestión.

Pero la reflexión urgente en estos "tiempos de disolución" es la que apunta Evola en la cita: Sea por medio de sustancias o por otros medios cualesquiera, la sociedad occidental post-moderna está llegando a un paroxismo de la sedación; y es cada vez más evidente que no es algo casual, porque es demasiado obvia y demasiado golosa la tentación de los poderosos, de un grupo u otro -o más bien de todos- de suministrar a la masa tantas clases de "adormecientes" como haga falta, con tal de que les dejen hacer, ocasionándoles las menos molestias posibles.

Y sin salir del mismo ámbito, veamos qué ocurre con el sexo. Evola dice sobre el papel de éste en la actualidad que "es como si esta obsesión sexual que se habia manifestado anteriormente con la mentalidad puritana bajo un signo negativo, a través de inhibiciones, tomara hoy día, incluso con carácter más agudo, un signo positivo." 

No me podría parecer más acertado el diagnóstico. Me he cansado de advertir sobre esto durante largo tiempo. Tan perniciosa y contraproducente puede resultar la inhibición generalizada como la inducción igual de generalizada. Para que uno pueda "liberarse" realmente, deberá estar tan libre de coerciones como de estímulos. Una sexualidad libre es la que no tiene miedo de expresarse tal como es, bien sea por exceso, o bien por defecto. No hemos logrado, por tanto, ninguna liberación sexual, como diría el papanatas medio de nuestro tiempo, sino que hemos cambiado represión por potenciación, ambas igual de artificiales, y ambas un efectivo medio de control social.

A continuación, Evola también advierte que "allí donde el sexo se pone de relieve, es natural que la mujer, su dispensadora y su objeto, domine la situación". Y esto resultaba evidente a cualquiera cuando nuestro juicio no estaba tan condicionado por esos nuevos complejos pequeño-burgueses, esos tabúes que hoy se expresan de forma tan pacata en el miedo atroz a reconocer diferencias entre sexos, gentes, y costumbres.

El que "la mujer domine la situación", más allá de que esto no equivalga a decir que "lo femenino domine" -confusión que ya aclaré en un texto específico sobre ello-, también entraña conflictos, tanto externos como internos, a los que no podemos dar la espalda. 

Doy por hecho que la mayoría va a convenir en que hay diferencias evidentes y que no responden al influjo cultural entre uno y otro sexo. Partiendo de este acuerdo, convendremos en que si la balanza se inclina a favor de la mujer, o del varón, la realidad socio-cultural resultante será distinta, puesto que los valores que la han impulsado también lo son.

Como la virilidad ha sufrido un proceso de demonización tal que ha acabado convirtiéndose en anatema, cuesta hablar en estos términos sin suscitar indignación -antes aludimos a los "complejos pequeño-burgueses", pero igualmente podríamos hablar de "neo-puritanismo", de un trasunto de la vieja mojigateria o santurronería- Es difícil pues, hoy, plantear abierta y claramente que nuestra sociedad está sometida a un proceso de CASTRACIÓN, no sé si con más o menos prisa, pero desde luego que sin pausa, y sin tregua.

No vamos a hacer un listado de todas las consecuencias que esto traerá a la larga -además de las que ya está trayendo-. Sería imposible abordar todos los ámbitos en que esto puede llegar a expresarse. Lo que vamos a hacer es dar unos apuntes concisos para movernos a cuestionar ciertas ideas que hoy están instaladas en el consenso social pero que bien podrían salir de él si fomentamos el diálogo crítico -cosa que escasea cada vez más por estos lares, pues como dice Rodrigo Mora: "En una sociedad hiper aleccionada y dogmatizada, los hechos cuentan poco, ya que la mayoría se guía por teorías e ideas abstractas."-

¿Decir que esta es una sociedad castrada es exagerado? ¿Suena a exabrupto de macho alpha trasnochado? Desde luego, por ahí no me pillarán, porque si bien intuyo en este apoquinamiento del varón un hecho desgraciado, no soy yo un ejemplo de extrema virilidad -y de hecho, defiendo también la posibilidad de que existan virilidades distintas- A donde yo quiero ir a parar es a algo muy básico: Antes hablábamos de una "balanza descompensada". Pues ni más ni menos que ese es el problema -todos los demás se derivan de uno u otro modo de él- ¿Les suena aquello del "yin y el yang" y la complementariedad de los opuestos? ¿Me aceptarían también, o es mucho pedir, que las mujeres tienden a ser más emocionales, generosas y tolerantes que los varones? 

Pues bien, si aceptamos estas premisas -que para algunos ya será mucho aceptar- apreciaremos claramente que, veámoslo positivo o no,  la moral social se inclinará más hacia los valores femeninos que hacia los masculinos -aunque aquí hay que hacer una importante salvedad. Y es que, como ya dije en el texto al que aludí hace un rato, estos valores ancestrales de la mujer están ya muy contaminados de los valores viriles que el feminismo, en gran parte, ha adoptado.- Pero aun habiendo asumido muchos valores masculinos como propios, las mujeres de hoy siguen siendo en cierta medida muy parecidas a las mujeres de cualquier otro tiempo; y como tales, lo emocional, lo maternal, lo "suave", sigue primando en las actitudes y en los valores de gran parte del sexo femenino. 

Y esto es lo que ocurre, o lo que recién empieza a ocurrir, que al tomar cierto dominio moral la mujer sobre el varón, aun no habiendo llegado a ser absoluto, ni mucho menos, sí se observa que cedemos cada vez más, en conjunto, al buenismo, a la compasión por defecto, al.. "dejarlo estar", movidos quizá por el chantaje emocional, digámoslo así de crudo, de la masa femenina que va tomando protagonismo en el consenso social.

E insisto en que todo lo descrito no implica que este cambio sea a mejor o a peor. Ustedes deberán decidir eso. Unos opinarán que "ya era hora", otros que convendría equilibrar la balanza, e incluso los habrá -sé que los hay- convencidos de que lo natural y lo sensato, de toda la vida, es que domine el varón.
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Y como estos párrafos se han alargado más de lo que planeé, dejaremos ya para la tercera entrega, y la dedicaremos por entero a ello, la reflexión sobre la última de estas oposiciones planteadas por el pensamiento evoliano, que es la existente entre RELIGIOSIDAD TRADICIONAL y RELIGIOSIDAD MODERNA.





martes, 31 de marzo de 2015

"Evola: Permanecer en pie sobre las ruinas, orientarse en medio del caos" (I)


Tiendo por momentos a ver el pensamiento evoliano como la superación de Nietzsche, la superación del fascismo, y asimismo, de los movimientos neo-paganos, del new age, de las gnosis hiperbóreas,... y hasta del sincretismo y el ecumenismo (aunque de todos ellos pueda participar, pero sólo para quién lo observe desde una perspectiva muy profana y superficial.)
Digo "por momentos", dado que aún me hallo en pleno proceso de digestión de sus ideas, y de su particularísima cosmovisión (particular, pero al mismo tiempo, total e integradora.) Por ello, que no sabría todavía pronunciarme más en favor, o más en contra, de todas las tesis que mantiene.
Pero el que se le pueda asociar tanto al nazismo, como al new age, o al ecumenismo, nos dice ya bastante de la dificultad para catalogarle, de la arbitrariedad de querer reducir sus ideas a mera tendencia sectarizante . 
Como bien me dijo un gran conocedor de su obra: "ni nazi ni new age, Evola es Evola." 

No hablaré de sus comienzos neo-paganos, sino que avanzaremos hasta llegar a su obra "La raza del espíritu", en torno a la cual gravitan polémicas y anecdotas por igual, y no son éstas carentes de interés, sino como van a ver, ciertamente jugosas.

Julius Evola era, en esa época, alguien cercano al Fascismo triunfante en Italia, pero bastante menos cercano a su "homólogo" alemán (es importante entrecomillar este calificativo, debido a las grandes diferencias existentes entre uno y otro movimiento, amén de sus evidentes puntos de encuentro.) No obstante, viajó a Alemania y realizó encuentros y conferencias desarrollando su concepto de "raza espiritual", la cual, a pesar del acercamiento estratégico del que fue partícipe, y que suavizaba, de alguna forma, el choque entre su concepción y la del Nazismo, no podía menos que incomodar a los de Hitler, desde el momento en que el pensador italiano relativizaba muy mucho la relación entre la pureza biológica y la pureza del espíritu, o dicho de otra forma, entre el "origen hiperbóreo" de los actuales pueblos indo-europeos y la presencia efectiva que esta herencia, más espiritual que biológica, tenía en ellos. 
Que comparase, además, su política eugenésica con la crianza de perros o caballos, o que manifestara que, en ocasiones, el cruce con una "sangre extraña" actúa como revulsivo, seguro, debió torcer el semblante de los mandamases del III Reich, con los que no pareció acabar en muy buenas relaciones, como podrán imaginar.

Pero la cosa no se queda ahí, pues no contento con mostrar a los teóricos alemanes la estrechez de su visión del hecho racial, también declaró sus objeciones a las formas de neo-paganismo que adoptaron, calificándolas de vacías, meramente estetizantes, y representativas de una ritualidad decadente, carente del significado profundo que tuvieron estas tradiciones tiempo a. 
Por esto, entre otras cosas, hablé al principio de "superación del neo-paganismo". Uno de los puntos más valiosos de su estudio radica en ir más allá de la reduccionista oposición entre paganismo y judeo-cristianismo, sin atender a las diferentes fases de ambas cosmovisiones en su desarrollo histórico. Se nos muestra meridiano así que, igual que el cristianismo primigenio no es el mismo que el de Carlomagno o el de los Borgia, tampoco el paganismo greco-latino o nórdico-germánico es el mismo en sus épocas de esplendor o en sus épocas de decadencia, así como en las intermedias.

De lo que se trata, para Evola, es de distinguir la tradición pura de las formas degradadas de la misma, sea en el cristianismo, o sea en otros contextos religioso-culturales. He ahí, pues, la pureza más valiosa de todas, la que atañe a las formas de la tradición, y de la espiritualidad, dos conceptos que siempre van íntimamente ligados en el pensamiento evoliano.

Y éste es otro de los puntos que más merecen destacarse de su trabajo, la profunda atención dedicada, por igual, a las doctrinas orientales como a las occidentales, o a las de la América precolombina, en un firme propósito de trascender el hecho cultural particular, y vislumbrar una especie de "regla universal", de hilo conductor de una cierta "esencia única", esto es, LA tradición, LA espiritualidad. Es por esta idea -que, aún siendo más ambiciosa, y sobre todo, rigurosa, que la representada por ecumenismos y sincretismos- alguien podría asociarle a lo que hemos dado en llamar "New Age"; algo que, como intento aclarar ahora, supondría un reduccionismo al absurdo, o una muestra de total ignorancia.
Hay que incidir en que estamos hablando de una tarea tan fecunda como la que desarrollaron Jung, Castaneda, o Jodorowsky, y en una dirección inicial similar, aunque con otra dimensión, y otra orientación, después. Con esto quiero colocar a Julius Evola en el contexto que, creo, le corresponde -que no es, desde luego, el del New Age, el del esoterismo nazi, o el del ecumenismo post-conciliar.-

En otra de sus obras clave, "Cabalgar el tigre", deja a un lado el misterio hiperbóreo y otras cuestiones específicas en las que se centró en "La raza espiritual", para seducirnos con la idea de "permanecer de pie sobre las ruinas" (refiriéndose a la Era Moderna) y sumergirnos en un pensamiento abismal, trascendente, catártico, donde el concepto de "cabalgar el tigre" adquiere varias dimensiones, según nos adentramos en las contradicciones insalvables de estos tiempos de disolución, que identifica con el "Kali-Yuga" (Edad de Hierro, en la cosmogonía greco-romana.) La citada alegoría pertenece al universo oriental, y se relaciona con la vieja idea, más occidental, de "habitar este mundo, pero sin ser de este mundo".

A este respecto, y como conclusión de esta primera incursión en la obra de Evola, vamos a citar unas fragmentos muy breves del texto que hemos empezado a analizar, los cuales, creo que sintetizan brillantemente una serie de cuestiones clave en nuestra época, no sólo para orientarnos en como debemos "cabalgar el tigre de la modernidad" -fiero tigre-, sino también en los aspectos más esenciales en los que se expresa esta época, donde lo que prima es la disolución (al menos, según el autor.)

Por ejemplo, acerca de Nietzsche, y de sus sinceras aspiraciones de superar el decadentismo burgués y cristiano que le rodeó, dice que:

«Es un ejemplo preciso de lo que puede, e incluso, debe verificarse en quién la trascendencia se ha despertado, pero que está descentrado en relación a ella. Veremos que el existencialismo, en sus temas esenciales, debe ser interpretado sobre las mismas bases.»

«Aquí se encuentra la fuerza suprema, pero no se sabe para qué emplearla. Los medios existen, pero el fin falta.»

Creo que estas palabras resultan bastante reveladoras, o cuando menos, hacen pertinentes unas cuantas reflexiones, y revisiones, en torno al pensamiento nietzschiano. Pero eso, debido al tiempo que nos llevaría, lo dejaremos para mejor ocasión.

Sobre la espiritualidad cristiana, también hace notar una  de sus características más reseñables:

«En Occidente, la concepción devocional y moral de lo sagrado, que en los otros sistemas solamente es propio de las formas populares y regresivas, se volvió la concepción predominante y prácticamente exclusiva.»

Es sabido, como ya hemos avanzado, que la posición evoliana frente al cristianismo no es tan unívoca, ni tan categórica, como la de los diversos movimientos neo-paganos; de hecho, creo que la forma en que él aborda el hecho espiritual es bastante más honrada, completa, y rigurosa, que la de estos; los cuales tienden, con excesiva frecuencia, a usar un trazo grueso más propio de las ideas marxistas o anarquistas, donde la norma suele ser la caricatura, o aún peor, la ausencia de distinción entre las diversas formas y periodos en que se ha expresado este vasto concepto que es el Cristianismo.

Para finalizar, quiero tomar unas reflexiones -de nuevo bastante reveladoras-, esta vez, sobre las contradicciones y el caracter de "huida hacia delante" que él ve en el existencialismo.

«El tipo de hombre receptivo a las ideas existencialistas se caracteriza por una voluntad quebrada que permanece quebrada. La voluntad del "antes", al cual se refiere el misterio del existir, y la voluntad de este mismo "existir", en el mundo y en la "situación", no están soldadas de nuevo ("volver a soldar los fragmentos de una espada rota" es un tema ya propuesto por el simbolismo de la literatura esotérica y caballeresca de la Edad Media).»

«La angustía metafísica es expulsada, mientras que al contrario, debido a su constitución interior diferente, el hombre que conciben los existencialistas la padece, e incluso debe padecerla.»

«En todo ello, asistimos a la aparicion de sentimientos análogos a los que Nietzsche hubiera previsto que asaltarían al hombre que se hubiera liberado sin tener, por ello, la altura necesaria. Sentimientos que rompen y matan al hombre -al hombre moderno- si él no es capaz de matarlos.»

Pareciera, pues, que lo postulado por los existencialistas fuera aquello a lo que aboca, necesariamente, el camino nihilista iniciado por Nietzsche.

«La oscuridad propia del existencialismo se acentúa en Heiddeger porque el hombre es presentado como no teniendo el ser en su interior (o detrás de sí, como su raíz) sino delante de sí, incluso como algo que uno debe perseguir y atrapar.»

El existencialismo es, en efecto, el último escalón de la filosofía, y bien podría ser el último en sentido estricto, osea, un precipicio, un callejón sin salida, como bien lo define Evola. 
Y no es menos reveladora la analogía que se establece entre el Pecado Original y la "maldición de existir", entre la "Caída de Adán" y el "ser meramente arrojado al mundo", especialmente si identificamos la "Caída" con la Modernidad (la cual se acentúa -la primera- en la postrimerías de la segunda.)

Pero de eso, y de todo lo introducido aquí, que no es poco, hablaremos en una próxima entrega dedicada a este autor y a sus implicaciones, que también son muchas.

Espero, para entonces, haber "digerido" más sus ideas, y así, tomar una postura más definida sobre las mismas. 

Hasta entonces, que la eterna batalla entre Tradición y Modernidad prosiga en buena lid, si esto es posible en batalla de tal trascendencia.
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