Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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domingo, 20 de agosto de 2017

"LA POLÍTICA, LA MORAL Y LA REVOLUCIÓN."

“Las denuncias políticas son uno de los medios más potentes para disgregar las filas enemigas, para apartar del adversario a sus aliados fortuitos o temporales y sembrar la hostilidad y desconfianza entre quienes participan en el poder. (…) Esta polifacética agitación política será realizada por un partido que une en un todo indivisible la ofensiva contra el gobierno en nombre del pueblo entero.”
(Lenin, ´Qué hacer`.) 
Los tres personajes que aparecen arriba pueden suscitarnos más o menos simpatía, pero lo que nadie puede negar es que se trata de individuos que tuvieron un más que razonable éxito en aquello que se propusieron, muy especialmente teniendo en cuenta que su empresa era difícilmente más ambiciosa.

En los párrafos que siguen intentaré mantener este distanciamiento emocional o neutralidad moral, procurando enfocarme exclusivamente en las cuestiones relacionadas con las estrategias políticas, juzgando a las mismas más por su acierto y su efectividad que por sus contenidos u objetivos.

El descubrimiento, llamémosle así, que me llevó a realizar las siguientes reflexiones se lo debo, como tantas otras cosas, al politólogo anarco-reaccionario Miguel Anxo Bastos. Pocas veces una exposición, en forma oral o escrita, me había resultado tan reveladora como esta conferencia suya en torno a la Revolución Francesa. Nada más comenzar elabora una lista de las condiciones que deben cumplirse para que triunfe una revolución. Y adivinen qué: todas ellas se cumplen a rajatabla en España a día de hoy. Todas menos una; él se olvida de mencionar una de las más determinantes: una población mayoritariamente joven; por lo que una revolución a la manera que siempre la entendimos es muy difícil que prenda hoy en España, país ciertamente envejecido, con una pirámide poblacional que ya está cerca de invertirse por completo. En cualquier modo, una revolución a la vieja usanza es casi impensable que pueda materializarse en la Europa del s. XXI, por más que la pirámide poblacional fuese otra.

Sea como fuere, paso ya a resumir esas condiciones que los politólogos especializados en la materia juzgan necesarias: 
  1. Corte repentino en medio de un sostenido crecimiento económico, el cual genera una frustración de las expectativas: las revoluciones no se dan en situaciones de extrema pobreza ni son protagonizadas por las clases más desfavorecidas, sino que nacen de la insatisfacción de las clases medias e incluso altas venidas a menos, y más concretamente de los sectores intelectuales o estudiantiles que comprueban de repente cómo el horizonte en el que se habían acostumbrado a pensar se ha esfumado de un día para otro, de tal modo que una generación entera queda flotando en el "limbo", sumida en la más absoluta incertidumbre.
  2. Se ve también frenada lo que Vilfredo Pareto llama "circulación de las élites": las pujantes élites políticas y académicas, o que aspiraban a serlo y se creían hasta cierto punto "destinadas" a ello no acaban de realizar sus aspiraciones, lo cual refuerza la animadversión que ya sentían hacia las viejas élites por los motivos que se aclararán en el último punto.
  3. Las clases gobernantes se han ido volviendo cada vez más ineptas, corruptas e incompetentes, lo cual pone muy fácil que cualquiera que se levante contra ellas encuentre motivos de sobra para ello y además encarne, sin demasiado esfuerzo y hasta sin demasiada habilidad, una alternativa mucho más creíble que la suya.
No sé ustedes, pero en mi caso, tras barajar este listado de factores propiciadores de una revolución, entiendo muchas cosas que antes no entendía acerca de PodemosAhora encajan mucho mejor todas las piezas.. Ellos están aplicando la hoja de ruta revolucionaria punto por punto, y lo están haciendo con gran visión estratégica, aprovechando el momento revolucionario tal como el buen surfista coge la ola: ni antes ni después, y no en cualquier forma, sino haciendo el movimiento preciso en el instante preciso.

El mismo Iglesias da aquí algunas de las claves, aunque por boca de El País y centrándolo en la figura de Sánchez y no en la suya. La cita extraída del periódico buque insignia de Prisa aborda ese momento en que “la indignación y la emoción ciega se contrapone exitosamente a la razón y el contraste de los hechos” y alude también a “la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento”, para finalmente concluir que “España está atravesando su momento populista”. Iglesias está confesando sin decirlo que le ha salido un imitador: Sánchez le ha copiado la estrategia y se ha querido subir al carro de la exitosa empresa populista que él ha comandado. Pero en esta otra intervención ya se mete en harina y describe el momento populista como lo teorizó Laclau. Yo intuyo que el término creado por el politólogo argentino es sinónimo de momento revolucionario, tal como yo lo estoy empleado, y seguiré empleándolo, a lo largo de estas líneas. Pero también podría ser sinónimo de “periodo constituyente”, o del mucho más simple y, como hemos podido ver, más fácilmente popularizable “cambio”

Se estila mucho tratar de idiotas a los podemitas -y sin duda en sus bases los hay de sobras- pero si hablamos de líderes de partidos, los verdaderos idiotas son todos los demás.

¿Malvados? Probablemente. Estúpidos, en absoluto. Y a continuación vamos a ver mejor por qué.

En este vídeo la alcaldesa podemita de Madrid, Manuela Carmena, hace una “sincera” y emocionante defensa de los inmigrantes que saltan la valla de Melilla. Dice de ellos que los quiere aquí porque, entre otras cosas, "son los más valientes". Los más valientes no sé, pero desde luego no los más pobres o los más desfavorecidos: eso se le olvida decirlo. Y claro que los quieren, pero hasta que les dejen de ser útiles. Porque lo único que buscan en ellos son aliados, o mejor dicho "sujetos revolucionarios": carne de cañón para ser lanzada contra "el sistema" (el capitalismo, el cristianismo, la "democracia burguesa", y los valores occidentales). Los que todavía creen que los líderes de Podemos defienden a los musulmanes o a los inmigrantes movidos únicamente por la ética y la compasión no son sino sus tontos útiles. Y la Revolución siempre necesita a éstos: a los idiotas útiles, tal como los calificó Lenin.

Porque también fue Lenin quien dijo, y en ésto Hitler sólo le copió, que es preciso que La Revolución cuente siempre con hordas de fanáticos a su servicio. 

Quienes luchan en nombre y supuestamente en favor del "Pueblo" deben usar a éste, o a buena parte de él, como carne de cañón o como fichas en un tablero de ajedrez. Deben ser conscientes de la necesidad de contarles mentiras o medias verdades y de mantenerles en la ignorancia respecto a infinidad de cosas, entre ellas los verdaderos objetivos a los que sirven. Deben estar "un paso por delante del Pueblo", como rezaba la célebre máxima de Lenin. Él hacía hincapié en que "sólo uno", pero está por dilucidar cuán largo o amplio puede ser ese único paso.

La lección más cruda es que quien tenga reparos morales a la hora de usar de ese modo a las masas quizá esté abocado a perder en la batalla política. Ojalá no estuviera en lo cierto, pero mucho me temo que no ando nada desencaminado.

Más tarde desarrollaremos esto, pero me interesa empezar a sembrar ya en ustedes, o a sugerirles, quizá persuadirles, de adoptar un “sano” escepticismo moral a la hora de encarar, o meramente observar y juzgar, la batalla política. Entrecomillo “sano” porque en absoluto tiene nada de encomiable salvo de cara al frío y riguroso análisis, en el caso de que seamos sólo observadores, y de cara a desarrollar una estrategia exitosa, en el caso de que seamos actores: de que participemos en el “juego político”.

La contracara del proceso revolucionario: los purgados. La Revolución devora a sus hijos..
De izquierda a derecha: Íñigo Errejón, Nikolái Bujarin y Georges-Jacques Danton.
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Les recomiendo que no pierdan detalle de este texto que les adjunto. Paso a citar y comentar varios de los hallazgos que encontré en él.

“Lo más llamativo del éxito de Podemos es el modo en que sus simpatizantes aceptan sin la menor reticencia la gigantesca impostura de sus líderes, cada vez más desacomplejados en el transformismo ideológico y menos cuidadosos con su coherencia retórica”. Pero lo aceptan porque necesitan creer que “el bueno”, “el salvador”, “el redentor” es auténtico: no otra ilusión más, porque ya están cansados de promesas incumplidas y demandas insatisfechas. Ha llegado la hora de la catarsis, de la victoria final, tras la larga peregrinación por el desierto de las decepciones (políticas, se entiende, aunque en el fondo también vitales, puesto que es de lo más habitual proyectar en la política todas las esperanzas y querer redimir a través de ella todas las frustraciones, consumar todas las venganzas y en cierta retorcida forma resarcirse de todas las derrotas).

El autor añade que “es necesario que se sientan también muy convencidos de que su identidad recién adoptada iba a gozar en la opinión pública de una acogida complaciente y hasta sumisa. Eso no se consigue sólo mediante el dominio carismático de la propaganda y la política-espectáculo. Hace falta una poderosa intuición de las condiciones en que una sociedad o parte de ella está dispuesta a consumir sin reparos una verborrea oportunista. Podemos ha sido capaz de percibir la necesidad social de autoengaño para levantar un relato de falacias y asentarlo como un estado de ánimo”. Esto es el momento populista. La ventana de oportunidad. La ola que usa el experimentado surfista para propulsarse. Y estos señores, hasta sus más acérrimos enemigos lo reconocen, son unos surfistas de primera. Pero no sólo por talento natural, sino porque se han preparado a conciencia, han sido pacientes, disciplinados, y cuando ha llegado la hora de la verdad han dado el do de pecho. Sí, podrían haberlo hecho todavía mejor, y haber ganado las elecciones generales; pero oigan, las alcaldías de las capitales más importantes de la nación y setenta escaños en el congreso no son moco de pavo, más si tenemos en cuenta el tiempo récord en que han cosechado tamaño éxito.

La última cita del artículo corona y resume estas reflexiones en torno a la estrategia desarrollada por Podemos y a su oportunismo en el mejor de los sentidos. Se describe a sus votantes como “millones de electores decididos a utilizar su voto como la pedrada nihilista con que lapidar a un sistema al que han sentenciado como culpable de sus males. Lo que les seduce no es tanto el flamante camuflaje edulcorado de Iglesias sino su primigenia condición de macho alfa alzado para liderar una impetuosa catarsis”.

Primigenia condición de macho-alpha. Lo borda. Cuando uno está cachondo, no razona demasiado. Y quien dice “cachondo”, dice “enfervorecido”, e incluso “ilusionado” o “esperanzado”. Y tampoco es que haya empleado esa palabra porque sí: la política también tiene una cierta vinculación con el sexo -¿hay algo que no la tenga?-. 

Admitámoslo: por más que seas varón y heterosexual, “algo” se activa en ti cuando asistes a un mitin y pones tus esperanzas y tus sueños en manos de un líder carismático. Foucault incluso llegó a hablar del “juego sadomasoquista de la política”. No se trata tan sólo de sentirte plácidamente dominado, que también, sino de intuir además que por medio de esa entrega o sumisión podrás también tú dominar a otros, cosa que moralmente queda disculpada mientras puedas asociar a esos otros con “el mal”, o visualizarlos como “culpables de los males”.

Uno de los autores en que se apoya Bastos, Ted Robert Gurr, se refiere precisamente a “valores de poder”: aquellos que determinan hasta qué punto “un hombre puede influir sobre los actos de otro y evitar que estos intervengan en los suyos”, vinculados estos últimos a “valores interpersonales que todo hombre busca como miembro de una comunidad: el deseo de ocupar una posición social o de pertenecer a un grupo”. Erich Fromm, por su parte, habló en El miedo a la libertad de la confortabilidad psicológica de saber que se va a tener siempre a alguien por encima y a alguien por debajo: que se va a ser siempre subordinado de unos y que otros serán siempre subordinados tuyos. Parece como una recreación del equilibrio en la tribu neolítica, o más atrás, en la manada de chimpancés o de bonobos. Como volver al vientre materno, sólo que en forma extrema, viajando atrás hasta los albores de la especie, si me permiten el abuso de la metáfora o la analogía.

Otro concepto esencial para ahondar en este fenómeno vinculado a la autoestima y la posición social es el de privación relativa. Ted Robert Gurr la define como “una discrepancia perceptible entre la expectativa de valores del hombre y su capacidad para adquirirlos”. Privación relativa es el término empleado para señalar la “tensión causada por una discrepancia entre lo que debe ser y lo que es”. Se trata, en esencia, de que se hayan quebrado muchas expectativas y de que un gran número de jóvenes hayan quedado enormemente defraudados tras aceptar que el futuro que les espera dista mucho del que pensaban (y habían llegado a creer) que les esperaba. ¿Les suena la marca Juventud sin futuro?

La idea de catarsis que aparecía en el texto anteriormente citado también resulta clave: es preciso fabricar, usando otra expresión que se mencionaba en él, un “conflicto a medida”, una representación teatral o un relato épico en que el oponente aparezca como un ser –un ente en este caso: el sistema- ingrato y hostil hasta el límite de suscitar intolerancia, frustración e indignación. Un sujeto deplorable, un “monstruo” con el que no cabe negociación ni transigencia alguna: no hay más alternativa aceptable que su rendición. Un oponente irredimible, pues, ante el que cualquiera que tome como bandera su cabeza en una estaca se convierte de inmediato en “la voz del pueblo”.

Poder instaurar en el imaginario o inconsciente colectivo la idea de ese necesario “cambio” -a la luz de lo anterior, más que necesario: imperioso- y lograr transmitirlo como una categoría unívoca.. eso no es poco. Asociar un concepto tan polisémico y tan subjetivable, es decir, un continente que puede rellenarse de contenidos tan diversos dependiendo de lo que evoque en cada individuo, directamente con su proyecto político.. es en sí una gran victoria. Esto lo han conseguido en gran medida. Pero en ello les ha sucedido todavía con mayor éxito su contra-análogo, su némesis al otro lado del Atlántico, el ya presidente Trump con su lema “Make America great again”, otro tremendo acierto de marketing, al lograr que personas con los valores y expectativas más diversas lo hicieran suyo. ¿Qué significaba o quería significar la frase? Absolutamente nada, pero a la vez absolutamente todo: esa es la magia. 

Hacer política, desengañémonos, se trata de un asunto sucio. Sucio, feo y hasta podría decirse que inmoral. Pero dado que si tú no lo haces, alguien más lo hará, y probablemente no sea quien defiende tus ideas, y ni siquiera ideas cercanas a las tuyas, no te queda más remedio que arremangarte, meterte en el barro hasta las rodillas, y disputarle en buena o mala lid la victoria al contrario. Lo único que importa es ganar. Y siempre y cuando las leyes no digan otra cosa, ningún medio es demasiado innoble y ningún golpe es demasiado bajo. 

Eso es la política, amigos míos. Quien no quiera enterarse, peor para él. 

Ya dije al comienzo que iba a adoptar a lo largo de todo este análisis una postura fría y neutra, centrada en las estrategias por la conquista del poder a nivel puramente pragmático. Esto se hace a veces difícil a quienes, como yo, se identifican con una postura más bien liberal y conservadora, pues el mismo concepto "revolución" ya echa para atrás. Y no sin razón. Si puedo decir sin excesivo apuro que yo, de elegir, siempre me sumaré al bando de los reaccionarios (sin entrecomillar: como suena), es porque la mía se trata de una postura hartamente meditada, y hasta donde alcanzo, razonablemente apoyada en evidencias tanto empíricas como racionales. 

Dicho esto, los medios para la conquista del poder no son siempre tan distintos para los revolucionarios y para los reaccionarios, más si tenemos en cuenta que estas categorías no acaban de estar del todo bien definidas y delimitadas. Por tanto el momento revolucionario, rupturista o populista; esto es, el momento actual que vivimos en España y en otros cuantos países, no puede ser menos relevante para "nosotros" que para "ellos". Si "los nuestros" no mueven ficha, lo harán "los suyos". No digo que necesariamente lo aprovechemos en nuestro beneficio (que podría ser hasta factible) sino que, cuando menos, nos concienciemos del contexto en que nos movemos, nos familiaricemos con el fenómeno; y quizá así podamos navegar a través de él, orientarnos en medio de la tempestad, y surfear entre el oleaje, volviendo a la metáfora del comienzo

Porque la inercia que más cuesta superar y la zona de confort que más se resiste a abandonar el liberal y el conservador promedio es la demonización o caricatura más o menos grotesca del "enemigo ideológico"; en este caso, y en casi todos los casos, el revolucionario, identificado a menudo con el comunista, algunas veces menos con el anarquista, y casi nunca con el fascista, aunque esto último por influencia del "enemigo" y de su maliciosa propaganda. 

¿Ven como siempre volvemos a lo mismo? Si él tiene éxito con esa estrategia de inspiración bolchevique, por todos conocida como agit-prop, quizá en vez de andar haciéndonos las víctimas porque nos difaman y encima la gente les compra sus relatos difamatorios, resultaría más constructivo a la vez que más maduro contraatacar

Porque algo de contra-propaganda se viene haciendo desde la intelectualidad "de derechas": Hayek, Rothbard, Shapiro o Yiannopoulos en el ámbito angloparlante; Gloria Álvarez, Yael Farache, Axel Kaiser y el propio Bastos en el hispanohablante; pero tampoco basta sólo con la propaganda: falta una estrategia de toma del poder como la de "ellos" (al menos circunscribiéndonos a España). Y eso es lo que, por más que nos desagrade o nos humille -"humillar" y "humildad" tienen una raíz común-  tenemos que aprender de Iglesias y de Errejón, y antes que ellos de Lenin y de Robespierre, aunque de estos últimos nos separen no sólo los siglos sino gran parte de los medios que emplearon, los cuales hoy consideramos intolerables e inasumibles de todo punto tanto para esta época como para cualquier otra.

Si uno quiere hacer contra-propaganda, es fácil construir caricaturas del tipo: ´Qué hacer` es un título apropiado viniendo de un niño de papá aburrido de su vida cómoda.. Lenin, Trotsky, Castro, el Che y otros tantos rebeldes de salón criados entre algodones no encontraron otro pasatiempo mejor que agitar todo y a todos a su alrededor hasta lograr poner el mundo patas arriba y, una vez al mando del infernal proceso, pasar a cuchillo a todo aquél que no les siguiera el juego.

Pero aquí viene la parte amarga, la lección que muchos de quienes suscriben lo anterior se resisten a extraer: que no todos los "rebeldes niños de papá" han hecho lo que ellos, o lo que Iglesias, Monedero y Errejón. A eso apuntaba antes, a la necesidad de hacer el esfuerzo de ver más allá, y de analizar fríamente las virtudes de sus estrategias, tanto las de estos últimos como las de Castro, Lenin o Robespierre. Porque, por más que no compartamos los objetivos y muchos de los medios, uno siempre debe aprender del "enemigo" cuando gana.. para emularle en la victoria, aunque no necesariamente en cada uno de los medios que ha usado para consumarla.

Ejemplos de contra-revolución, reacción o revolución conservadora:

Trump ha triunfado donde Iglesias ha fracasado (o ha triunfado menos).
Orban mantiene la presidencia a pesar de todas las presiones a que ha sido sometido desde fuera.
Le Pen no ha parado de ganar adeptos por más que haya invertido el sistema
político, mediático
 y financiero en frenarla. En distinta medida,  los tres han resistido y hasta 
vencido a numerosos y poderosos enemigos. "Sí se puede".
¬¬¬

jueves, 21 de enero de 2016

Retazos de una historia de los Estados Unidos.

~
Michael Moore popularizó una “breve historia de los EEUU” que, dejando a un lado sus virtudes humorísticas, nada tiene que ver con lo que yo voy a intentar aquí. La suya, más allá de las limitaciones del formato, se conformaba con el burdo desprecio tan propio de la contra-cultura, ajeno a todo respeto por la verdad tanto como por los hombres y mujeres que hicieron esa nación (respeto aún más exigible en quien, como él, es su descendiente). Los más de quienes contemplan Estados Unidos desde la lejanía se contentarán con una versión tan pobre de su historia y de sus gentes; pero en la medida en que nos interese ir más allá de las bobas caricaturas, requeriremos enriquecer algo más esa imagen.

El anti-americanismo ramplón nos ha acostumbrado a relatos infantiloides y condenatorios en los que se intenta opacar toda virtud que pudiera asociarse a esa tierra, reconduciendo malintencionadamente todo hacia sus episodios o facetas más oscuras, como son el genocidio de los indios o la esclavitud de los africanos. Nos es obligado, primeramente, denunciar una de las falacias más comunes en esta clase de relatos. Todos habremos oído mil veces describir a EEUU como “una nación construida sobre la esclavitud de los negros y el exterminio de los indios”. Pero, por muy tentador que nos resulte, es tramposo confundir lo vertebral o necesario con lo colateral o anecdótico (por grave que sea la anécdota). Los Estados Unidos podrían haber nacido y desarrollarse perfectamente sin necesidad de esclavizar ni exterminar a nadie. La única diferencia es que habrían tenido que ceder parte de su territorio a las naciones indias (una parte más pequeña ha sido cedida de todos modos a posteriori) y que el sur habría despegado más rápido económicamente; pues es bueno aclarar que, también más allá de tópicos, la esclavitud no garantiza la riqueza sino más bien lo contrario, al incentivar por lo común la pereza del amo y, en consecuencia, desincentivar la industria y el emprendimiento. Así pudo comprobarlo de primera mano el filósofo Alexis de Tocqueville:
«No es en interés de los negros, sino en el de los blancos, por lo que se destruye la esclavitud en los Estados Unidos.(...) El mismo hecho se reproducía a cada paso: en general, la colonia donde no se encontraban esclavos se volvía más poblada y más próspera que aquella donde la esclavitud estaba en vigor. A medida que se avanzaba, se comenzaba, pues, a entrever que la servidumbre, tan cruel con el esclavo, era funesta para el amo.»

Esclavismo y Segregación. 


El callejón sin salida que supuso reinstaurar la esclavitud en plena "era de las luces" fue profundamente analizado por el pensador francés tras visitar aquellas tierras. Creo que pocos antes que él supieron ver tan claro el futuro de conflictividad social que le esperaba a los Estados Unidos, así como a los que habían seguido un camino análogo.

«Cuando considero con qué dificultad los cuerpos aristocráticos, de cualquier naturaleza que sean, llegan a fundirse en la masa del pueblo, y el cuidado extremo que tienen en mantener durante siglos las barreras ideales que los separan de él, pierdo la esperanza de ver desaparecer una aristocracia fundada sobre señales visibles e imperecederas.  
Quienes esperan que los europeos se confundirán un día con los negros me parece que alimentan una quimera. Mi razón no me inclina a creerlo, y no veo nada que me lo indique en los hechos.  Hasta aquí, en todas partes en que los blancos han sido los más poderosos, han mantenido a los negros en el envilecimiento o en la esclavitud; en todas partes donde los negros han sido más fuertes, han destruido a los blancos: es la única cuenta que hay abierta entre las dos razas.» 
(Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Hemos hablado de un "callejón sin salida". Esta intuición se confirma en las conclusiones provisorias de Tocqueville, las cuales entroncan con mis intuiciones previas a su lectura. Liberia era la única respuesta, pero Liberia estaba muy lejos y el coste de llevar a los afroamericanos de vuelta a su continente originario era muy alto. Por ello la única solución es la que hubieran suscrito Malcolm X y la Nación del Islam -así como algunos segregacionistas blancos del sur- esto es, crear unos Estados Unidos Afroamericanos en suelo estadounidense. No se quiso hacer en ninguna de las ocasiones en que pareció urgente y quizá hoy también sea tarde para eso, del mismo modo que en época de Tocqueville era ya tarde para la igualdad jurídica.

«Si, por una parte, se reconoce que en la extremidad sur los negros se acumulan sin cesar y crecen más aprisa que los blancos: si, por la otra, se concede que es imposible prever la época en que los negros lleguen a mezclarse y a obtener del estado de sociedad las mismas ventajas, ¿no se debe concluir que, en los Estados del Sur, los negros y los blancos acabarán tarde o temprano por entrar en lucha?»
«En todo tiempo, la esperanza de la libertad había sido colocada en el seno de la esclavitud para suavizar sus rigores. Los norteamericanos del Sur han comprendido que la emancipación ofrecía peligros siempre, cuando el emancipado no podía llegar a asimilarse un día al amo. Dar a un hombre la libertad y dejarlo en la miseria y la ignominia, ¿qué es, sino proporcionar un jefe futuro a la rebelión de los esclavos?»
(Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Llevo largo tiempo dándole vueltas a las iluminadoras conclusiones de Tocqueville sobre el esclavismo y la segregación en los Estados Unidos. Y veo hoy más claro si cabe que el amparar legalmente a la esclavitud en plena Modernidad fue el error más desastroso, amen de infame, cometido por el gobierno británico, portugués y estadounidense, entre otros.

Pero en su pecado llevaban su propia penitencia. Las rebeliones de esclavos se multiplicaban y las opiniones contrarias a mantener semejante régimen indigno no paraban de crecer. Finalmente estos gobiernos se vieron obligados a ponerle fin. Pero con ello sus problemas no hacían sino comenzar. Debido a la imposibilidad de repatriar a todos los libertos (aunque sí se hicieron esfuerzos en esa dirección, como vimos antes), tenían ante sí una sociedad dividida y las más de las veces enfrentada. Surgió Haití, la primera nación íntegramente compuesta por libertos (en ese caso, libertados a sí mismos). No se lo pusieron demasiado fácil, digámoslo así, el resto de gobiernos de la zona. El ejemplo, por tanto, no cundió, y no prosperaron nuevas naciones a imagen y semejanza de Haití.

La coyuntura socio-étnico-cultural quedaba, pues, así conformada sin visos de modificarse en el futuro. Lo que tuviera que salir de ahí, la Providencia diría.

Y lo que salió fue, como era de esperar, un equilibrio precario que amenazaba con romperse a cada momento. Las poblaciones se agrupaban en guettos y los individuos fortalecían más y más sus instintos etnocéntricos, habida cuenta de que sólo podrían encontrar sincero apoyo entre los suyos.
«Al abolir la esclavitud, los hombres del Sur no lograrían, como sus hermanos del Norte, hacer llegar gradualmente a los negros la libertad; no disminuiría sensiblemente el número de los negros, y se quedarían solos para contenerlos. En el transcurso de pocos años se vería, pues, a un gran pueblo de negros libres colocado en medio de una nación casi igual de blancos.»

Aquí debemos hacer un pequeño paréntesis para detenernos en algunos puntos oscuros sobre otro gran conflicto en la historia de esta nación, que no es otro que aquel que estuvo a punto de desmembrarla. La Guerra de Secesión norteamericana se nos ha contado desde el prisma del vencedor. Últimamente se está revisando profundamente la figura de Lincoln, personaje que está muy lejos de ser el héroe nacional y valedor de los derechos civiles que muchos pretenden. Pero no es éste el único revisionismo que se está practicando acerca de aquella época. Conviene recordar, para tener una perspectiva más amplia sobre un conflicto tan tergiversado por el cine y la literatura, que intelectuales tan poco simpatizantes del esclavismo como Proudhon o Bakunin declararon su simpatía –aquí sí- hacia la causa confederada. Y conviene recordar, asimismo, que sus correligionarios estadounidenses, anarquistas como Spooner, en absoluto les enmendaron la plana.
«En Estados Unidos, el autor y activista Lysander Spooner fue un renombrado abolicionista, incluso conspirando con John Brown para promover una rebelión servil en el Sur. Pero se opuso agriamente a la Guerra de Secesión, argumentando que violaba los derechos de los estados a independizarse de una unión que ya no les representaba. »  
«La Guerra de Secesión estadounidense no había sido simplemente una cruzada humanitaria para liberar a los esclavos. La guerra “arruinó las provincias conquistadas”, pero los plutócratas del Norte que movían los hilos lograron su objetivo: La imposición de un maligno proteccionismo que llevó en definitiva “al régimen de trusts y produjo los milmillonarios”.» 
(Extraído de un artículo publicado en Mises Institute por Ralph Laico. Las palabras entrecomilladas pertenecen a Gustave de Molinari.)
Muchos también preferimos ser
"históricamente rigurosos que políticamente correctos".
Recapitulando: La situación en el sur, ya grave de por sí, se vio aún más agravada por las imposiciones del estado federal, al arrebatarle parte de su soberanía para encaminar el proceso de emancipación de manera que pudiesen evitarse conflictos en la medida de lo posible. Al fin y al cabo, nadie sabe mejor cómo conducir sus asuntos que aquel que los vive día a día; y ésta es, me barrunto, la tragedia que se sumó a la ya inherente a la situación, haciendo todavía más cuesta arriba el proceso, inevitable por otra parte, de emancipación de los esclavos. 

Y si recordamos, antes habíamos dejado caer la idea de que la “penitencia” de unos tiende a traducirse necesariamente en algún tipo de ventaja para los otros. La penitencia, es obvio, fue en primer lugar la de quienes sufrieron en sus carnes lo que es ser propiedad de otro sujeto. Pero como nos estamos refiriendo a lo derivado de la esclavitud y no a la esclavitud misma, nos limitamos a su acepción como “castigo por las males acciones”. Por ello, aunque sólo un pequeño porcentaje de los ingleses, franceses, portugueses o estadounidenses hubieran estado ocupados en el comercio de esclavos o hubieran poseído esclavos ellos mismos (es necesario hacer esta distinción para evitar juicios condenatorios sobre comunidades enteras), siempre es inevitable que paguen todos por los “pecados” de unos cuantos. Pues bien, si unos recibieron su penitencia en forma de constantes conflictos sociales o ser objeto del rencor del afroamericano medio, ¿cuál es la ventaja que obtuvieron los libertos, y que no podrían haber tenido jamás de no haber sido secuestrados y llevados lejos de su tierra a la fuerza? 

La ventaja, únicamente apreciable en retrospectiva, fue la de acceder poco a poco y con dificultades, es cierto, pero de acceder a fin de cuentas a una cultura incomparablemente más rica (que no se me ofenda nadie) que las culturas africanas de las que procedían. Muchos afroamericanos (especialmente en Norteamerica) pudieron hacer carrera primero como músicos y bailarines, luego como actores y escritores, y finalmente como científicos y políticos (entre otras muchas profesiones de prestigio).

Sé que no es la idea de justicia o de karma que tiene la mayoría, y dista mucho de constituir lo recién descrito una "justa retribución” o algo parecido. Pero sí nos ofrece, si me perdonan la cursileria, un rayo de esperanza el hecho de que, tarde o temprano, y mal que bien, la víctima de una situación de todo punto injusta pueda sacar partido de haberla padecido, ya que de todos modos no puede dar marcha atrás en el tiempo para evitarla.
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Aislacionismo e imperialismo democrático.


Aquí nos toca de lanzar dardos en sentido diestro, aunque al comienzo lo hiciésemos en sentido opuesto. En este caso nos detenemos a analizar otra tendencia ideológica bien deleznable, no sólo por lo tramposa sino, además, por lo destructiva. En lo que toca a mi visión personal, cuanto más conozco acerca de los llamados neocons menos entiendo su postura. Lo de estos señores, valga la expresión, tiene bemoles.

El movimiento así llamado procede, como muchos sabrán, de un grupo de intelectuales trotskistas que, al caminar hacia la derecha, de alguna forma transformaron la idea de la revolución permanente e internacional de Trotsky en la de expandir la democracia "liberal" por el mundo, expansión comandada -cómo no- por los Estados Unidos de América. Una idea ya de primeras chocante por cuanto tiene poco de “liberal” imponer a otros países las formas de gobierno que nosotros juzgamos más apropiadas.

Este ensayo breve (pero extenso en bibliografía) de Miguel Anxo Bastos nos ofrece algunas perlas argumentativas que ayudan a desenmascarar a semejantes farsantes. Y no es poca la importancia que reviste tal desenmascaramiento viendo como estos fariseos, agarrados a su iluminismo mesiánico, parecen decididos a conducirnos a una nueva guerra mundial.

Frente a ellos se encuentran los aislacionistas, en tiempos una corriente más mayoritaria (hace ya casi una centuria) pero hoy, por desgracia, francamente marginal. No obstante, ya se sabe lo que se dice acerca de la verdad y la mayoría. Pero mejor juzguen por sí mismos: Mientras los neocons siguen defendiendo esa idea de la “expansión de la democracia” contra viento y marea (ya contra verdaderas tempestades y maremotos), los aislacionistas, en respuesta, llaman la atención sobre el hecho de que «los principales enemigos de los Estados Unidos durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI son antiguos aliados norteamericanos apoyados por dinero norteamericano (URSS, Iraq o los muyaidines afganos)». Constatación que por sí sola evidencia lo desastroso de la política exterior estadounidense durante un siglo entero. Desastre en que no se habría persistido o que no se habría agravado de tal forma de no ser por la poderosa alianza de intereses económicos, militares y geopolíticos que andan enredados en torno a la Casa Blanca desde hace demasiado tiempo.

Si me preguntan a mí, en esta disputa la historia no podrá conceder sino un vencedor moral. Los argumentos del aislacionismo tienen de su parte LA RAZÓN. Los de la “expansión de la democracia” quisieron por todos los medios tener la razón, pero ya sólo tienen LA FUERZA.
«Los aislacionistas se oponen al uso de la guerra para combatir ideologías. Ya sea la falta de democracia, el comunismo o el islam radical, una idea no puede ser combatida sino con otra idea. (…) Si una persona cree en una idea, por nefasta que esta pueda ser, por mucho que lo bombardeen no va a dejar de creer en ella. Es más, es probable que se reafirme en ella y que, bien se convierta en un mártir, bien que finja acatamiento mientras aguarda a que desaparezca la represión para volver después. Sobre el pensamiento no cabe mando alguno pues es algo íntimo, fruto de una reflexión personal y que sólo puede ser cambiado ofreciendo una idea mejor argumentada.»
Charles Lindbergh, famoso aviador y militante aislacionista.
Fue acusado falsamente de "nazi" por hacer ver los
intereses judíos (entre otros) que había tras la
intervención de USA en la 2ª G.M
¿Podríamos calificar a los aislacionistas de “pacifistas”? No, desde luego, si entendemos el pacifismo como el rechazo a toda violencia. Ellos están más que dispuestos a usar la violencia para defender su territorio; ahora, para defenderlo en-su-territorio, por cuanto entienden que no hay pretexto para justificar la invasión o la mera injerencia en el espacio soberano de otras naciones. Como nos hace ver magistralmente Bastos en el siguiente fragmento, ellos son completamente coherentes en su defensa de la libertad y la soberanía, tanto de los individuos como de las naciones; cosa que no puede aplicarse a sus contrarios, defensores del imperialismo democrático y al mismo tiempo enemigos fervientes del imperialismo del estado federal sobre sus ciudadanos.
«La derecha intervencionista es muy crítica, por ejemplo, en lo que respecta a la política social. Critican el paternalismo estatal y (…) tampoco aceptan la idea de que el gobierno pueda dictar códigos morales a la ciudadanía. Sin embargo olvidan estos argumentos cuando se trata de “exportar” por la fuerza la democracia a otros países. La ingeniería social estatal puede, por alguna extraña razón, alcanzar sus objetivos en estos casos. Parece que cuanto más violenta y desinformada es la actuación estatal, más aplaudida es por estos teóricos, y que cuanto más inofensiva es (un control de precios o una regulación urbanística, por ejemplo), más criticada es.»
*
Valgan estas pinceladas sobre tres de los conflictos que más han marcado la historia de los Estados Unidos para arrojar, en la medida en que hayamos podido, algo de luz sobre su complicado desarrollo a lo largo de esa historia y su más complicada supervivencia. Al menos, así es como la juzgan muchos (entre ellos, creo, algunos de los mencionados aislacionistas).


lunes, 7 de septiembre de 2015

ARISTOCRACIA, TRADICIÓN Y CAPITALISMO (I)


Cree mucha gente que no se puede ser, bajo ningún concepto, tradicionalista y favorable al libremercado a un tiempo. Mises, Bastos, y especialmente Hayek, hicieron que me empezara a cuestionar ampliamente esto. Pretendo dedicar los siguientes párrafos a desmontar con profusión de argumentos este gravísimo error que llevan arrastrando las ideologías tradicionalistas desde, prácticamente, el momento en que recibieron tal nombre.

Lo primero que me gustaría poner en duda es que las personas de mentalidad tradicional que vivieron el ascenso de los modos de producción que llamamos "capitalistas" mostraran las reservas que tan vehementemente propagaron los tradicionalistas de épocas posteriores. Mucho me temo que en ésta, como en tantas otras polémicas, fueron los que no conocieron de manera directa estos impresionantes cambios quienes más autorizados se sintieron para arremeter contra ellos. Es propio de nuestra especie, y es casi un mandato de la naturaleza, el rebelarnos contra nuestros mayores y escupir sobre todo lo que ellos pusieron en valor. Va siendo hora, pues, de alcanzar la edad adulta y, tanto desde la izquierda progresista, como desde la derecha conservadora, admitir que, por más vulgar, materialista, y poco elevado que nos resulte el desarrollo del comercio y todo lo que a él va ligado, es mucho más de lo que podemos imaginar lo que le debemos a la expansión de esas normas consensuadas que sirvieron para agilizar vertiginosamente el intercambio de mercancías entre individuos y entre pueblos.

Como ya habrán visto en textos anteriores, me gusta comparar el descubrimiento de estos modos de producción e intercambio con la invención de otras técnicas que han hecho mucho más fáciles y satisfactorias nuestras vidas. La analogía que probablemente nos sea más útil a este respecto sea la del alcantarillado. Al igual que los sistemas de alcantarillas que tenemos en nuestras ciudades, las operaciones mercantiles modernas constituyen una realidad que, siéndonos por lo común desagradable, no estamos dispuestos a prescindir de ella. Al igual que esas sucias cloacas que hacen posible que nuestras calles permanezcan limpias, los procesos que en el ámbito mercantil se desarrollan tienen para nosotros un aspecto vil, bajo, vulgar, tal como dijimos antes. Pero si decidiésemos, de la noche a la mañana, prescindir de ellos por esta mera razón, poco a poco volveríamos a una economía de subsistencia y nuestro nivel de vida se vería rebajado en pocas décadas al de las zonas más subdesarrolladas del mundo.

Insisto, pues, en que el capitalismo per se, sin connotaciones subjetivas añadidas a posteriori, no es distinto de la rueda, la imprenta o el pavimentado de las calles, en cuanto técnica, invención, o modo de organización del que no se cuestiona su utilidad y al que no le son aplicables categorías morales. 

¿Acaso habrá algún tradicionalista que se oponga al uso de estas mejoras de nuestra civilización? 

Ni siquiera los Amish podrían oponerse en coherencia al intercambio libre de mercancías como se oponen a la luz eléctrica y a todas las invenciones técnicas realizadas a partir de cierto año (no recuerdo cual es el que ellos eligieron, ni el motivo de tal elección). Poco importa eso para lo que nos ocupa, puesto que hablamos de una invención abstracta y no mecánica.

La incongruencia que denuncio en muchas de las cosmovisiones tradicionales que hoy sobreviven, por tanto, no estaría amparada en otra cosa que en el puro primitivismo, en el miedo y la ignorancia: En la mentalidad primitiva del clan, que no entiende ni asimila el orden extenso e hiper-complejo del mercado. En el miedo que suscita un mundo que cambia a pasos agigantados. Y en la ignorancia acerca de la verdadera función de esas nuevas normas y costumbres adaptadas a la nueva realidad.

Pero también estaría relacionada, por otra parte, con la idea tan confusa y, en ocasiones, tan sesgada que se tiene sobre el mundo tradicional, esto es, sobre el Medievo y la Antigüedad.

A este respecto, será más que interesante retrotraer la mirada hacia la Roma Clásica, y ver el papel que tuvo el comercio y la banca en la grandeza de esa civilización que los más no pueden menos que elogiar y los menos encuentran más que problemas para vilipendiar. (Qué decir ya de los que se califican a sí mismos de tradicionalistas.. ¡Roma es la lux aeterna!)

«Los principios jurídicos universales que regulan el contrato de depósito irregular de dinero ya habían sido descubiertos y analizados por parte de los juristas clásicos romanos, en natural correspondencia con el desarrollo de una significativa economía comercial y financiera, en la que el papel de los banqueros había llegado a ser muy importante. Además, estos principios pasan luego a las compilaciones medievales de distintos países de Europa, y en concreto a las de España, y ello a pesar de la importante regresión que en el ámbito económico y financiero supuso la caída del Imperio Romano y el advenimiento de la Edad Media.»

«La prohibición canónica del interés tuvo el efecto imprevisto de eliminar la claridad doctrinal con que se había construido la figura jurídica del contrato de depósito irregular de dinero en el mundo romano, introduciendo una confusión que fue aprovechada por unos y otros para tratar de dar carta de naturaleza jurídica a la apropiación indebida y a la actividad fraudulenta de los banqueros en los contratos de depósito a la vista, creándose con todo ello una aguda confusión jurídica que no fue de nuevo doctrinalmente aclarada hasta finales del siglo XIX.»

(Jesús Huerta de Soto, ´Dinero, crédito bancario y ciclos económicos`.)


El comercio fue muy importante en Roma, eso ya lo podían sospechar muchos. Lo que probablemente ni imaginara la mayoría es que la banca fuese también una institución de tamaña relevancia en tiempos tan pretéritos y "oscuros". Pero esto nos viene precisamente a aclarar una de las tremendas confusiones a las que hice referencia antes. Pues, aunque bien es cierto que lo que hoy llamamos "capitalismo" no adquirió toda su dimensión en cuanto a los modos de producción hasta la llegada de la Revolución Industrial, sí existían sus reglas básicas desde muchísimos siglos antes; sólo que habitualmente se hallaban dispersas, no reunidas en un corpus unitario como ocurre hoy; y además, su cumplimiento no fue tan extendido y tan generalizado como sí lo fue en el s. XIX y parte del XX. Los romanos, entonces, sirven como ejemplo tan válido como muchos otros para mostrar el camino seguido por toda civilización que ha alcanzado una prosperidad económica y cultural muy por encima de la media de su tiempo. No es la dimensión conquistadora e imperial, por tanto, en la que nos debemos fijar para hallar la relación entre su audaz labor comercial y financiera, por un lado, y su prosperidad económica y cultural, por el otro. De hecho, el Imperio acostumbró a traer la miseria a la otrora próspera Roma*. Ni que decir de cuando el emperador de turno era uno de esos demagogos populistas (sí, aquellos también existían entonces. De nuevo, casi nada nuevo bajo el Sol). La riqueza de Roma se labró sobre todo en la República, y vino principalmente de las clases Patricias, cuya gran parte la integraron prominentes comerciantes (burgueses aristocratizados, quizá dijéramos hoy). Lo que concluimos, entonces, es que muchos de los valores, las reglas y los métodos de cálculo asociados hoy a ese controvertido concepto -capitalismo- son tan parte de la tradición -incluso en el sentido evoliano, me atrevería a decir-, como la misma idea de vicio y virtud, o como todas las costumbres y jurisprudencias que, desde la romana, fueron expandiéndose y transformándose a través de los siglos por el suelo europeo, y más tarde, allende los océanos.


(* La mayoría de la gente da por sentado que las conquistas imperiales engordan como ninguna otra cosa las arcas del Estado. Pero lo cierto es lo contrario. Las colonias suelen constituir a la larga una rémora y, en casos extremos, llegan a causar la ruina de las metrópolis. Como bien nos recuerda Miguel Anxo Bastos, un país hoy tan rico como Suiza jamás tuvo colonias, mientras que otro como Portugal, que las tuvo a cientos y, además, las mantuvo durante más tiempo que ninguna otra potencia europea, acabó convirtiéndose en uno de los países más empobrecidos del continente. Sin olvidar el hecho de que la Gran Bretaña jamás invirtió en sus propias colonias, pues se ve que esos anglos tan pillos ya se conocían la jugada.)

Como conclusión de este primer capítulo me limitaré a lanzar algunas ideas-fuerza que levantaran muchas -y también necesarias- ampollas:

1ª- El capitalismo no es menos parte de la tradición que las técnicas militares, las universidades de mayor renombre, o las jerarquías más básicas que han ido vertebrando las sociedades.

2ª- Sin acumulación de capital e inversión, nuestra civilización no podría sostenerse. Para poder seguir aspirando a las grandes metas intelectuales y espirituales, para tener las "altas miras" de que presumimos hace tanto en Occidente, es necesario tener una base económica fuerte, estable, y que cubra nuestras necesidades básicas (y unas cuantas más). De esto saben bastante quienes advierten el sustrato material que posibilitó la explosión del pensamiento y la ciencia de Atenas respecto a los de, por ejemplo, Esparta (cierto, no hubo filosofía ni ciencia espartana); o asimismo, la de la filosofía alemana, inglesa o francesa del s. XIX frente a la portuguesa, italiana o española. (Aunque es preciso hacer notar que, aparte de la necesaria base material que les permitía ir en busca de "superiores fines", a ésta iba unida una cultura favorable a la libertad de expresión y pensamiento; cosas ambas, no obstante, que para algunos teóricos van íntimamente ligadas.)

3ª- Querer subvertir "el orden capitalista" en nombre de la tradición o del espíritu debe descartarse porque, subvirtiéndolo, nos cargamos igualmente toda tradición y persecución de lo espiritual. 

Subvertirlo, queramos o no, implica negarnos esa base material de la que hablamos anteriormente, y por ello, se trata de una idea tan poco sensata como la de quienes quisieron acabar, en su momento con la imprenta, u hoy con internet. 

Debemos separar con mayor cuidado, y con mayor propósito constructivo, lo que son TÉCNICAS de lo que son meramente IDEAS. 

Las técnicas sólo fenecen cuando los usuarios de las mismas encuentran otras superiores. Las ideas, por el contrario, pueden sobrevivir durante siglos aun estando enormemente erradas, e incluso a pesar de jugar en contra de nuestra conveniencia. (No creo que haga falta recordar todos los ejemplos que hay de esto a lo largo de la historia.)

Las técnicas se "imponen" porque a todos les son probados, con toda claridad, sus beneficios. No caben en este orden dudas al respecto. 
Las ideas se imponen (con comillas o sin ellas) porque nos resultan cómodas, o cumplen de alguna manera la función de hacernos comprensible el mundo. Y por muy erradas que estén, no cambian a no ser que encontremos otras que nos sean más convenientes, aunque no necesariamente estén más acertadas.



miércoles, 29 de julio de 2015

"La acción humana".

¿Quienes han estafado realmente a los ciudadanos,
"los mercados" o los propios gobernantes griegos?
¿Y no es justamente porque hay cierta democracia que se 
puede responsabilizar también en parte a los ciudadanos?
El siempre conveniente
enemigo lejano: la banca,
 la judería, el comunismo...
internacional.

Hay un consenso creciente sobre que los gobiernos están sometidos al poder financiero. En el mejor de los casos es una verdad a medias. Pero lo más reseñable radica en ser una muy conveniente desde cierto punto de vista; desde el particular prisma de quienes ansían mayor control sobre nuestras vidas.

Tal relato a menudo presenta al político como un elemento pasivo, casi como si estuviese atado de pies y manos. Esto es una imagen por completo engañosa, y como hemos dicho, sospechosamente conveniente. Todos los indicios apuntan en otra dirección: Nuestros gobernantes actúan del modo en que actúan porque están igual de interesados en medrar que sus "allegados" en las altas finanzas, la industria o los medios. 

Una vez constatado eso, la diatriba suele estar entre pensar que quienes marcan el rumbo son los bancos o que, por el contrario, son los políticos. Lo que ocurre en realidad se acercaría más a una alianza donde ambas partes, como digo, tienen mucho que ofrecer y mucho que ganar. 

Otra cosa que se debería aclarar es que no pueden ser nunca TODOS los banqueros, industriales, etc. quienes tienen el control en TODOS los paises. Resultaría ciertamente estúpido que unos tipos que tienen privilegios monopolísticos, fiscales o de otra clase, decidiesen compartir esas ventajas COMPETITIVAS precisamente con sus COMPETIDORES.

«Una misma disposición cabe favorezca a unos y perjudique a otros. (...) Pueden, desde luego, los privilegios que el Estado otorga favorecer los intereses de específicas empresas y establecimientos. Ahora bien, si tales privilegios se conceden igualmente a todas las demás instalaciones, entonces cada empresario pierde, por un lado (...) lo mismo que, por el otro, puede ganar. El mezquino interés personal tal vez induzca a determinados sujetos a reclamar protección para sus propias industrias. Pero lo que indudablemente tales personas nunca harán es pedir privilegios para todas las empresas, a no ser que esperen verse favorecidos en mayor grado que los demás.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)


Creo que hay una cosa que debería empezar a quedarnos clara. Y es que, mientras apostemos por darle más poder al Estado, o tan sólo por mantener el que ya tiene, podrá privilegiar a unos o a otros, pero no podremos nunca escapar a esa fatal diatriba; no podremos nunca ofrecer al ciudadano más posibilidad de elección que la existente entre males de distinta clase; ni tan siquiera males mayores o menores: el baremo será cualitativo, pero difícilmente cuantitativo.

Ahí es cuando se nos revela, al menos para algunos, la naturaleza intrínsecamente perversa de intentar orientar la acción humana en un sentido o en otro. Debiéramos hacernos la pregunta que entraña el verdadero núcleo de todos estos conflictos éticos que tanto se resisten a resolverse, o a lograr un consenso general: 

¿Puede ser la libertad, por sí misma, culpable de algo?
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La máxima expresión de aquella fatal arrogancia de buscar orientar la acción humana, no cabe duda, la encarnaron el totalitarismo soviético y el totalitarismo nacional-socialista.
Y por más que los historiadores e intelectuales de izquierda se empeñen en vincular el segundo de estos regímenes "al capital", o incluso los más lanzados de ellos hablen del nazismo como de "una estrategia desesperada" del mismo -como si éste fuese un ente con personalidad propia que toma unilateralmente decisiones-, lo cierto es que todo cuanto podemos decir es que algunas empresas, incluso importantes, llegaron a acuerdos con el gobierno nazi. Pero constituiría monumental falacia responsabilizar a un sistema, económico o político, de lo que decidan hacer unos cuantos de los actores que intervienen en, o se atienen a, tal sistema.

Una vez mostrada la conveniencia de esa tergiversación, podemos volver a centrarnos en todo aquello que de común tenían las dos cosmovisiones -siempre mucho más de lo que estarán dispuestos a reconocer sus respectivos herederos-. Lo que sabemos bien es que, tanto una como otra, se declaraban enemigas del modelo liberal, lo que venía a significar, en realidad, que eran enemigos declarados de la sensatez, de la racionalidad, de la historia, del progreso humano, y de la civilización (de esa misma gloriosa civilización europea que, al menos uno de ellos, venía a "salvar").

Parejos impulsos negadores y destructores, de parejas raíces plebeyas, fueron los manifestados por estos nuevos bárbaros de Occidente. La barbarie mostrada no podía ser otra cosa que plebeya, pues se instituyó en poderoso vehículo de las más bajas pasiones surgidas de los más bajos estratos de la sociedad, tanto en el sentido económico como en el cultural o intelectual.

Y por mucho que los nazis dijeran reivindicar lo aristocrático y tradicional, y algunos de ellos hasta pretendieran que se les viese como aristócratas, cuando ayer mismo eran plebeyos de la peor clase, no puede llevarnos ello a engaño, como no lo hizo con aquellos auténticamente imbuidos de la mentalidad tradicional y aristocrática que tenían un proyecto de III Reich bien distinto, en que sí primaba la grandeza de las auténticas élites y no la bajeza de las turbas furiosas. (Recordar, a este respecto, la opinión manifestada por los representantes de la Konservative Revolution o por Julius Evola sobre la naturaleza obrerista y plebeya del Régimen de Hitler.)

Tan sólo doy una muestra más de la intrínseca relación entre una cosa y la otra: ¿Puede existir siquiera una "barbarie aristocrática"? A lo sumo, podríamos observar en la historia la barbarie practicada por algunas noblezas por completo degradadas. Pero nunca veremos que la practice ni la aliente ninguna genuina aristocracia. De ella -de quién si no- es de donde proceden todas las que hoy tenemos por buenas formas.

«Es digno de notar que quienes más se exaltaron en ensalzar los salvajes impulsos de nuestros bárbaros antepasados fueron gentes tan enclenques que nunca habrían podido adaptarse a las exigencias de aquella "vida arriesgada". Nietzsche, aun antes de su colapso mental, era tan enfermizo que sólo resistía el clima de Engadin y el de algunos valles italianos. No hubiese podido escribir si la sociedad civilizada no hubiera protegido sus delicados nervios de la rudeza natural de la vida. Los defensores de la violencia editaron sus libros precisamente al amparo de aquella "seguridad burguesa" que tanto vilipendiaban y despreciaban. Gozaron de libertad para publicar sus incendiarias prédicas porque el propio liberalismo que ridiculizaban salvaguardaba la libertad de prensa.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)
Ludwig Von Mises, economista y filósofo
de la Escuela Austriaca.

Esa oposición virulenta al mundo que han alumbrado la Ilustración y el liberalismo, con la burguesía a la cabeza, tiene sentido hasta cierto punto. Yo me opongo con pareja vehemencia a muchos de los frutos de esa Modernidad; lo que no hago es reclamar que se subvierta por completo, que se arrojen todos sus frutos -buenos y malos- al basurero de la historia.

Durante mucho tiempo también me dejé seducir por esos fantasmas de insatisfacción crónica, ese fatalismo histriónico, esa pose de desprecio hacia todo y hacia todos.

Si uno los busca, desde luego, siempre va a encontrar motivos de desagrado en el mundo que le rodea. Muchos, de hecho, solemos tener los ojos más abiertos para todo lo negativo que hay en él que para todo lo que pueda haber también de positivo. Por eso dije antes que quienes se rebelaron del modo que lo hicieron contra CIERTO liberalismo y CIERTA modernidad, se rebelaban en el fondo contra la misma historia, contra la misma evolución cultural humana. Por ello acusé también a esos "rectificadores del rumbo de la historia", y acuso ya sin rubor a las ideas anti-capitalistas en general, de ser todas hijas del alma plebeya -en el sentido nietzschiano, aun enmendando a Nietzsche-, esto es: del rencor, del revanchismo, de la estrechez de miras, del moralismo empeñado en buscar culpables y víctimas. 
Y digo "en el sentido nietzschiano, aun enmendando a -o polemizando con- Nietzsche" porque sin salirme de su lógica, veo incongruencia en aquella parte de sus condenas (suyas o de sus seguidores) que se dirigen al mundo burgués en conjunto, cuando en todo caso debieran estar dirigidas a aquella parte más vulgar, más plana, más dócil, de lo que entendemos por "burgués". No guarda coherencia alguna el odio que muestran muchos de quienes se hacen eco de sus ideas hacia la riqueza en sí misma, por poner un ejemplo harto frecuente; como no la guarda tampoco la apelación al instinto primitivo de las clases bajas "enfrentadas" al "mundo de las finanzas" o a la "clase empresarial", como expresión de una cierta élite -en esto, los "nazi-nietzschianos" están hechos unos plebeyos y unos cristianos de cuidado-; siendo además éstas élites financieras y empresariales parte vital de la civilización que, bien que mal, ha posibilitado que estemos todos aquí, la mayoría de nosotros con las necesidades suficientemente cubiertas como para haber leído a incendiarios filósofos y poner en nuestra boca sus poco medidos -y en ocasiones, poco meditados- ataques contra esa misma civilización.

«A diario cabe trastocar las escalas valorativas y preferir la barbarie a la civilización o, como dicen algunos, anteponer el alma a la inteligencia, los mitos a la razón y la violencia a la paz. Pero preciso es optar. No cabe disfrutar, a un tiempo, de cosas incompatibles entre sí.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)

Errar el tiro es nuestra especialidad desde tiempos inmemoriales. Dirigimos nuestra ira hacia el libremercado, hacia los principios liberales y hacia las bases que sostienen eso que hemos llamado capitalismo, cuando quizá aquellos males de que somos conscientes se deben a otros factores más dispersos y menos identificables a simple vista. Pero claro, es mucho más fácil clamar contra las ideas que constituyen la base del mundo en que vivimos, las cuales son simples y diáfanas, que hacerlo contra hechos concretos, complejos, y que se pierden en el gran escenario del tapiz que llamamos realidad. Lo que primero percibimos es el marco de dicho tapiz, por eso buscamos culpar a esa sustancia primera in-formadora antes que a cualquier otra circunstancia más contingente. 
Es muy común, por ejemplo, meter en un mismo saco al sistema capitalista y a la política exterior estadounidense, cuando esto no resiste un somero análisis en sus más básicos silogismos. No se puede aducir como argumento el que algunas corporaciones con sede en USA hagan negocio con, y tras, muchas de las guerras llevadas a cabo por su gobierno. Del mismo modo que aquellas otras, algunas también norteamericanas, no vieron problema en hacer negocios con el Régimen Nazi; y del mismo modo que, como vimos en el comienzo de estas líneas, empresarios de diverso ramo se acercan al Estado, y éste consiente tal cercanía y el trato privilegiado que suele ir unido a ella. Para ubicar correctamente las situaciones o los procesos a los que nos estamos refiriendo es necesario ubicar primero el significado de los términos que para tal uso empleamos: "Capitalismo" es, en estricto rigor, un conjunto de costumbres, modos de producción, organización y cálculo económico que lleva implícitas unas normas consensuadas, como son el respeto a la propiedad, a la competencia, y por tanto a la libertad de mercado y al cumplimiento de los contratos. Todas las figuras fantasmales que le adherimos, todo el conjunto de connotaciones que ha ido arrastrando como un imán lo haría con las esquirlas de hierro que se encuentra a su paso, o como un Mr. Potato al que cada uno le va añadiendo los rasgos que le viene en gana, sólo alegan en su defensa la torpe excusa de que "forman parte de la lógica del sistema". 

Esta frecuente confusión en la asignación de culpas, a ideas abstractas en vez de a hechos concretos, la ilustra con acierto uno de los liberales más honestos y respetables con los que yo me he topado, el argentino Alberto Benegas Lynch:

«Las llamadas "liberalizaciones", o "privatizaciones" -que se tradujeron en monopolios que pasaron de ser públicos a privados-, poseyendo los segundos mayores incentivos, han hecho más daño que los primeros (...) Claro, poniéndonos en la piel de los intelectuales de izquierda honestos, cuando ven que, bajo la etiqueta de "liberalismo", están todos esos pseudo-empresarios haciendo tratos con los gobernantes, abusando de los ciudadanos, y beneficiándose de favores de diverso tipo, exenciones fiscales incluidas, es normal que digan: "si esto es el liberalismo, quiero cualquier cosa menos el liberalismo".»

[Es un resumen redactado de manera libre para hacerlo lo más conciso y explicativo posible. Pero soy muy fiel a sus palabras -las que, como mucho, he reordenado-.]

¿No es éste el gran problema de entendimiento, que en algún punto es puramente semántico, sobre el famoso liberalismo "real"? (Curiosamente, los liberales muchas veces identifican el socialismo "real" con el que se llevó a cabo de facto con esa etiqueta, y no con el que puedan plantear los que niegan, exactamente igual que ellos frente al liberalismo actual, que eso fuese socialismo.)

Parecen no salir nunca unos y otros de esta especie de círculo vicioso. El juzgarte a tí según tus ideales y al otro según sus resultados no puede ser la norma, porque tarde o temprano se percatan muchos de que todo ello no es sino una tomadura de pelo. 
Pero el problema adquiere otra naturaleza cuando alguien con más altura de miras pone las cartas sobre la mesa. Se pone entonces fin a ese diálogo de besugos, o al menos se sientan las bases para ir más allá de él. Y para tal propósito se requiere una sencilla fórmula. Ésta es la que usa otro intelectual liberal-libertario que merece todo mi respeto, el gallego Miguel Anxo Bastos, cuando dice: «Debe compararse siempre el socialismo real con el liberalismo real, y el socialismo utópico con el liberalismo utópico». 
Otra cosa está por completo falta de rigor, y fuera de lugar. 
Y haciéndolo es cuando podemos advertir claramente que, incluso quienes hemos sido y somos muy críticos con las ideas liberales, tanto en el plano concreto como en el ideal, salta a la vista que resultan ser las "menos malas".

Pero como son las menos malas -no, por tanto, perfectas- y como seguimos poníendoles unas cuantas pegas, nos siguen llamando la atención algunas omisiones en las mismas. Sin ir más lejos, cuando quienes hablan del capitalismo de manera tan "neutra" y "aséptica" nos presentan al empresario como alguien que "no tiene más remedio, para triunfar, que atender las necesidades de los demás" nos preguntamos inmediatamente: ¿qué ocurre, entonces, con todo aquello de que se nos convence que "necesitamos", cuando hasta hace muy poco no parecíamos hacerlo? Creo verán lícito admitir quienes intentan "vendernos" la imagen anterior que, cuando menos, puede ser algo engañosa. Y de hecho, otros como el chileno Axel Kaiser nos recuerdan la visión de Adam Smith, bastante menos idealizada, y que corrobora esto que digo: 

«El interés de los dealers en cualquier rama del comercio o las manufacturas es siempre distinto e incluso opuesto al del público. Ampliar los mercados es cerrar la competencia siempre en interés del empresario, y cualquier regulación que venga de este orden de hombres vendrá de un orden de hombres que tiene el interés de engañar al público». 
Adam Smith, economista que se
asocia al "liberalismo clásico".
Kaiser tan sólo añade a las palabras de Smith que la condición humana es invariable, pero que al menos, bajo estas normas es como podemos comportarnos lo más "civilizadamente" posible. Y en ese sentido 
-siguiendo tal lógica, no digo que yo lo suscriba- lo único que debiera preocuparnos es que los empresarios, cuales sea, no logren tener influencia sobre quienes hacen las leyes.

Ha quedado claro durante todos estos párrafos, por tanto, que ya no soy de aquellos que andan buscando el origen de todos los males en el capitalismo. Ahora, existe una diferencia entre ver las cosas lo más aséptica y néutramente que se pueda (esta vez sin comillas) y otra querer obviar las realidades que chocan con la idea que queremos presentar, y quizá hasta sin ser uno consciente, "vender" ese evidente sesgo como "pura objetividad", como aún pienso que hacen muy a menudo los liberales, tal como acabamos de ver en la idealización cuestionada por Kaiser y Smith (que constituyen honrosa excepción en este caso). Pero sobra mencionar que lo mismo hará todo aquel que intenta persuadirte de una idea cuando la juzga acertada, lo cual es del todo lícito, pero no desde luego inocente ni carente de artimañas.

Lo que sí debo reconocer es que la acusación de "mercadolatría" que frecuentemente he lanzado contra teóricos liberales y libertarios es algo que mi honestidad me obliga hoy a plantearme desde otra perspectiva. Tras empaparme de los ineludibles argumentos de Hayek sobre los "órdenes extensos", y también de los no menos ineludibles de Von Mises sobre la Acción Humana, empiezo a ver que no hay razón para presuponer que se trate de una "adoración a un ente abstracto y necesariamente benéfico", y que es más lícito entenderlo como mera defensa de esa ACCIÓN HUMANA ESPONTÁNEA, ya sea en el ámbito del Mercado O EN OTROS. 
Rodaje del film clásico ´Star Wars`.

El acierto de Hayek en "la fatal arrogancia" está en hacernos ver claramente esto y desmontar gran parte de las "metáforas que nos piensan" cada vez que nos referimos a tal "ente". El fallo sería el de aludir tan a menudo a esos otros "órdenes extensos análogos" y no especificar nunca de cuales se trata. Yo creo haber identificado algunos de ellos: 
Bien podrían estar los ejemplos que buscamos en la colaboración multi-disciplinar que encontramos en el mundo del cine, el teatro o la música. 
Me explico. Tanto en la actividad empresarial como en la artística se precisa de gran cantidad de individuos ultra-especializados -de reunir "conocimientos dispersos"- que colaboran en la consecución de un mismo fin. De igual manera, pues, que en lo que conocemos como "capitalismo" se dan cita publicistas, empresarios, industrias de infraestructura, contables, banqueros, maquinistas, obreros manuales, etc... en la música se requieren de guitarristas, percusionistas, bajistas, vocalistas, arreglistas, productores, ingenieros de sonido, roadies, de nuevo publicistas, y de nuevo empresarios, en este caso discográficos. Y en el cine y el teatro, tres cuartos de lo mismo, pero de forma aun más diversa y EXTENSA: directores, productores, actores, fotógrafos, camarógrafos, iluminadores, tramoyistas, escenógrafos, encargados de vestuario, distribuidores, proyeccionistas, etc etc...
Los órdenes extensos conjugan multitud de talentos individuales
sin requerir inter-disciplinariedad ni apenas colaboración directa 
entre los mismos. Sólo mediante ellos el individualismo logra
transmutarse en obra cooperativa, o dicho de otro modo, 
en "bien común".

Creo que, en el empeño por alcanzar una visión más completa y objetiva de nuestras sociedades modernas, esta analogía entre "diversos órdenes extensos" resultaría muy pedagógica y ayudaría a quitarnos de encima unas cuantas ideas preconcebidas y del todo infundadas, las cuales no ayudan sino a la incomunicación, a la incomprensión, y a las actitudes irracionales.