Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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lunes, 25 de abril de 2016

"Sesgos..."

Juan Manuel De Prada, escritor e intelectual representante de la derecha
ultra-católica y enemiga ferviente de la democracia y la libertad.
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Juan Manuel De Prada no es, en realidad, un tipo que me caiga mal; pero de algún modo representa mejor que nadie un arquetipo típicamente hispano: el del misionero en tierra ya cristianizada, el del redentor de los ya redimidos; o, dicho de otro modo, el que viene a contarnos otra vez lo que ya nos contaron y, por más que le resulte incomprensible, ya casi nadie quiere oír porque, sencillamente, la mayoría de nosotros estamos a otra cosa.

Seguí mucho el programa de debate que dirigía y presentaba en Intereconomia, del que no dejé de extraer aportes interesantes; y de vez en cuando he leído artículos suyos, siempre muy bien escritos y con notables dosis de ingenio. Pero no lo he escogido como paradigma del ingenio sino de los sesgos ideológicos.

Los que, como él, llevan la cruz de cristo grabada en la frente, acostumbran a ver el mundo de un modo algo peculiar. Se podría resumir en una fórmula muy simple: todo lo que procede del cristianismo es bueno, todo lo que no procede del cristianismo es malo. Pero, dependiendo del contexto, donde dice “cristianismo” debemos poner “catolicismo”.

Porque si se trata de cargar contra todo lo anti-cristiano, no hay problema alguno en hacer frente común con ortodoxos y protestantes; pero, ¡ay!, si ya se trata de abordar las disensiones y peleas entre las distintas facciones cristianas, la fórmula anterior adopta inequívocamente la segunda de las formas, y esas dos facciones con las que no tenía problema en establecer una alianza tácita se convierten repentinamente en algo casi tan "perverso" como el mismo ateísmo. 

El tipo es capaz de cualquier villanía con tal de mantenerse en sus trece. Todavía cae en trampas de pseudo-intelectual que algunos hemos felizmente superado a mucha más temprana edad, como es la de asumir una cómoda y cobarde equidistancia frente a socialismo y liberalismo, y pretender vendernos que, si bien los crímenes cometidos en nombre de uno y otro son de cariz distinto, moralmente son poco menos que equiparables. Así, llega a acusar a la democracia liberal de arrebatarnos lo que más temíamos que nos arrebatara el comunismo; esto es: la familia, la fe, la tradición; o a proclamar, en un claro momento de enajenación transitoria, que “el liberalismo es mucho peor porque trajo la minifalda”. Sólo una mente retorcida y alejada por completo de los valores humanos –sí: humanos y no “divinos”- es capaz de tal bajeza moral: restarle importancia a los millones de víctimas del Gulag, y sus equivalentes en China o Vietnam, con tal de convencernos de su enfermizo diagnóstico del mundo moderno, donde “la minifalda”, el laicismo y la “luciferina libertad” son cosa de mayor gravedad que toda la barbarie desplegada en nombre de un ideal tan cercano, mira por dónde, al del cristianismo primitivo.

En otra de sus enajenaciones mentales, dejo a criterio del lector si transitorias o no, llegó a afirmar con gran convicción que quienes se manifiestan contra la Iglesia están motivados en el fondo por un “odio hacia la virginidad de María”. Pero lo que se trasluce en todas esas declaraciones con bastante más claridad que los supuestos sentimientos de los ateos hacia la "madre de dios" es su profundo odio, compartido por correligionarios como García Serrano, al mundo que han alumbrado el Laicismo, la Ilustración, el Protestantismo y la Masonería. (Parafraseando al gran periodista Juan José Chinchetru, "¡menos mal que su religión les prohibe odiar!")

Por otra parte, sus constantes alusiones al aborto son muestra de una bien conocida obsesión de la derecha religiosa. Una obsesión llamativa por cuanto pone más énfasis en defender la vida del no nacido que la del nacido, y por cuanto su ignorancia de la biología le lleva a creer a-científicamente que un óvulo recién fertilizado es tan “humano” como un feto de siete u ocho meses. Pero hay que comprenderlos: si no contaran con el pretexto del aborto, su discurso perdería la mitad de su fuelle.

Por ésto es que se muestra simpatizante del gobierno “identitario” (en el sentido religioso y nacional) de Vladimir Putin. Y por lo mismo, acude a Dostoievski como símbolo del mantenimiento de la fe cristiana a toda costa, o a Tocqueville en sus advertencias sobre el futuro de la democracia. Pero se le olvida, curiosamente, que Dostoievski opinaba que la Iglesia de Roma era responsable de la muerte de la conciencia cristiana; o que Tocqueville, si bien vislumbraba graves peligros en la democracia y el liberalismo, también dejó siempre claro que no era posible volver atrás y que estos nuevos modelos políticos nos traerían sin duda grandes ventajas.

En síntesis: Prada lo acomoda todo a su discurso, por más malabarismos pseudointelectuales que tenga que hacer; y de ese modo, su cosmovisión permanece como a él le gusta: esclerotizada. Extrae de cada opinión aquello que le conviene y descarta lo que no le sirve. Todo es instrumental al fin de mantener su rancia y temerosa concepción de la existencia.
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Eduardo García Serrano. Escritor y periodista. También representante de ese
catolicismo ferviente enemigo de la democracia, pero sobre todo, de la libertad.

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jueves, 21 de enero de 2016

Retazos de una historia de los Estados Unidos.

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Michael Moore popularizó una “breve historia de los EEUU” que, dejando a un lado sus virtudes humorísticas, nada tiene que ver con lo que yo voy a intentar aquí. La suya, más allá de las limitaciones del formato, se conformaba con el burdo desprecio tan propio de la contra-cultura, ajeno a todo respeto por la verdad tanto como por los hombres y mujeres que hicieron esa nación (respeto aún más exigible en quien, como él, es su descendiente). Los más de quienes contemplan Estados Unidos desde la lejanía se contentarán con una versión tan pobre de su historia y de sus gentes; pero en la medida en que nos interese ir más allá de las bobas caricaturas, requeriremos enriquecer algo más esa imagen.

El anti-americanismo ramplón nos ha acostumbrado a relatos infantiloides y condenatorios en los que se intenta opacar toda virtud que pudiera asociarse a esa tierra, reconduciendo malintencionadamente todo hacia sus episodios o facetas más oscuras, como son el genocidio de los indios o la esclavitud de los africanos. Nos es obligado, primeramente, denunciar una de las falacias más comunes en esta clase de relatos. Todos habremos oído mil veces describir a EEUU como “una nación construida sobre la esclavitud de los negros y el exterminio de los indios”. Pero, por muy tentador que nos resulte, es tramposo confundir lo vertebral o necesario con lo colateral o anecdótico (por grave que sea la anécdota). Los Estados Unidos podrían haber nacido y desarrollarse perfectamente sin necesidad de esclavizar ni exterminar a nadie. La única diferencia es que habrían tenido que ceder parte de su territorio a las naciones indias (una parte más pequeña ha sido cedida de todos modos a posteriori) y que el sur habría despegado más rápido económicamente; pues es bueno aclarar que, también más allá de tópicos, la esclavitud no garantiza la riqueza sino más bien lo contrario, al incentivar por lo común la pereza del amo y, en consecuencia, desincentivar la industria y el emprendimiento. Así pudo comprobarlo de primera mano el filósofo Alexis de Tocqueville:
«No es en interés de los negros, sino en el de los blancos, por lo que se destruye la esclavitud en los Estados Unidos.(...) El mismo hecho se reproducía a cada paso: en general, la colonia donde no se encontraban esclavos se volvía más poblada y más próspera que aquella donde la esclavitud estaba en vigor. A medida que se avanzaba, se comenzaba, pues, a entrever que la servidumbre, tan cruel con el esclavo, era funesta para el amo.»

Esclavismo y Segregación. 


El callejón sin salida que supuso reinstaurar la esclavitud en plena "era de las luces" fue profundamente analizado por el pensador francés tras visitar aquellas tierras. Creo que pocos antes que él supieron ver tan claro el futuro de conflictividad social que le esperaba a los Estados Unidos, así como a los que habían seguido un camino análogo.

«Cuando considero con qué dificultad los cuerpos aristocráticos, de cualquier naturaleza que sean, llegan a fundirse en la masa del pueblo, y el cuidado extremo que tienen en mantener durante siglos las barreras ideales que los separan de él, pierdo la esperanza de ver desaparecer una aristocracia fundada sobre señales visibles e imperecederas.  
Quienes esperan que los europeos se confundirán un día con los negros me parece que alimentan una quimera. Mi razón no me inclina a creerlo, y no veo nada que me lo indique en los hechos.  Hasta aquí, en todas partes en que los blancos han sido los más poderosos, han mantenido a los negros en el envilecimiento o en la esclavitud; en todas partes donde los negros han sido más fuertes, han destruido a los blancos: es la única cuenta que hay abierta entre las dos razas.» 
(Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Hemos hablado de un "callejón sin salida". Esta intuición se confirma en las conclusiones provisorias de Tocqueville, las cuales entroncan con mis intuiciones previas a su lectura. Liberia era la única respuesta, pero Liberia estaba muy lejos y el coste de llevar a los afroamericanos de vuelta a su continente originario era muy alto. Por ello la única solución es la que hubieran suscrito Malcolm X y la Nación del Islam -así como algunos segregacionistas blancos del sur- esto es, crear unos Estados Unidos Afroamericanos en suelo estadounidense. No se quiso hacer en ninguna de las ocasiones en que pareció urgente y quizá hoy también sea tarde para eso, del mismo modo que en época de Tocqueville era ya tarde para la igualdad jurídica.

«Si, por una parte, se reconoce que en la extremidad sur los negros se acumulan sin cesar y crecen más aprisa que los blancos: si, por la otra, se concede que es imposible prever la época en que los negros lleguen a mezclarse y a obtener del estado de sociedad las mismas ventajas, ¿no se debe concluir que, en los Estados del Sur, los negros y los blancos acabarán tarde o temprano por entrar en lucha?»
«En todo tiempo, la esperanza de la libertad había sido colocada en el seno de la esclavitud para suavizar sus rigores. Los norteamericanos del Sur han comprendido que la emancipación ofrecía peligros siempre, cuando el emancipado no podía llegar a asimilarse un día al amo. Dar a un hombre la libertad y dejarlo en la miseria y la ignominia, ¿qué es, sino proporcionar un jefe futuro a la rebelión de los esclavos?»
(Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Llevo largo tiempo dándole vueltas a las iluminadoras conclusiones de Tocqueville sobre el esclavismo y la segregación en los Estados Unidos. Y veo hoy más claro si cabe que el amparar legalmente a la esclavitud en plena Modernidad fue el error más desastroso, amen de infame, cometido por el gobierno británico, portugués y estadounidense, entre otros.

Pero en su pecado llevaban su propia penitencia. Las rebeliones de esclavos se multiplicaban y las opiniones contrarias a mantener semejante régimen indigno no paraban de crecer. Finalmente estos gobiernos se vieron obligados a ponerle fin. Pero con ello sus problemas no hacían sino comenzar. Debido a la imposibilidad de repatriar a todos los libertos (aunque sí se hicieron esfuerzos en esa dirección, como vimos antes), tenían ante sí una sociedad dividida y las más de las veces enfrentada. Surgió Haití, la primera nación íntegramente compuesta por libertos (en ese caso, libertados a sí mismos). No se lo pusieron demasiado fácil, digámoslo así, el resto de gobiernos de la zona. El ejemplo, por tanto, no cundió, y no prosperaron nuevas naciones a imagen y semejanza de Haití.

La coyuntura socio-étnico-cultural quedaba, pues, así conformada sin visos de modificarse en el futuro. Lo que tuviera que salir de ahí, la Providencia diría.

Y lo que salió fue, como era de esperar, un equilibrio precario que amenazaba con romperse a cada momento. Las poblaciones se agrupaban en guettos y los individuos fortalecían más y más sus instintos etnocéntricos, habida cuenta de que sólo podrían encontrar sincero apoyo entre los suyos.
«Al abolir la esclavitud, los hombres del Sur no lograrían, como sus hermanos del Norte, hacer llegar gradualmente a los negros la libertad; no disminuiría sensiblemente el número de los negros, y se quedarían solos para contenerlos. En el transcurso de pocos años se vería, pues, a un gran pueblo de negros libres colocado en medio de una nación casi igual de blancos.»

Aquí debemos hacer un pequeño paréntesis para detenernos en algunos puntos oscuros sobre otro gran conflicto en la historia de esta nación, que no es otro que aquel que estuvo a punto de desmembrarla. La Guerra de Secesión norteamericana se nos ha contado desde el prisma del vencedor. Últimamente se está revisando profundamente la figura de Lincoln, personaje que está muy lejos de ser el héroe nacional y valedor de los derechos civiles que muchos pretenden. Pero no es éste el único revisionismo que se está practicando acerca de aquella época. Conviene recordar, para tener una perspectiva más amplia sobre un conflicto tan tergiversado por el cine y la literatura, que intelectuales tan poco simpatizantes del esclavismo como Proudhon o Bakunin declararon su simpatía –aquí sí- hacia la causa confederada. Y conviene recordar, asimismo, que sus correligionarios estadounidenses, anarquistas como Spooner, en absoluto les enmendaron la plana.
«En Estados Unidos, el autor y activista Lysander Spooner fue un renombrado abolicionista, incluso conspirando con John Brown para promover una rebelión servil en el Sur. Pero se opuso agriamente a la Guerra de Secesión, argumentando que violaba los derechos de los estados a independizarse de una unión que ya no les representaba. »  
«La Guerra de Secesión estadounidense no había sido simplemente una cruzada humanitaria para liberar a los esclavos. La guerra “arruinó las provincias conquistadas”, pero los plutócratas del Norte que movían los hilos lograron su objetivo: La imposición de un maligno proteccionismo que llevó en definitiva “al régimen de trusts y produjo los milmillonarios”.» 
(Extraído de un artículo publicado en Mises Institute por Ralph Laico. Las palabras entrecomilladas pertenecen a Gustave de Molinari.)
Muchos también preferimos ser
"históricamente rigurosos que políticamente correctos".
Recapitulando: La situación en el sur, ya grave de por sí, se vio aún más agravada por las imposiciones del estado federal, al arrebatarle parte de su soberanía para encaminar el proceso de emancipación de manera que pudiesen evitarse conflictos en la medida de lo posible. Al fin y al cabo, nadie sabe mejor cómo conducir sus asuntos que aquel que los vive día a día; y ésta es, me barrunto, la tragedia que se sumó a la ya inherente a la situación, haciendo todavía más cuesta arriba el proceso, inevitable por otra parte, de emancipación de los esclavos. 

Y si recordamos, antes habíamos dejado caer la idea de que la “penitencia” de unos tiende a traducirse necesariamente en algún tipo de ventaja para los otros. La penitencia, es obvio, fue en primer lugar la de quienes sufrieron en sus carnes lo que es ser propiedad de otro sujeto. Pero como nos estamos refiriendo a lo derivado de la esclavitud y no a la esclavitud misma, nos limitamos a su acepción como “castigo por las males acciones”. Por ello, aunque sólo un pequeño porcentaje de los ingleses, franceses, portugueses o estadounidenses hubieran estado ocupados en el comercio de esclavos o hubieran poseído esclavos ellos mismos (es necesario hacer esta distinción para evitar juicios condenatorios sobre comunidades enteras), siempre es inevitable que paguen todos por los “pecados” de unos cuantos. Pues bien, si unos recibieron su penitencia en forma de constantes conflictos sociales o ser objeto del rencor del afroamericano medio, ¿cuál es la ventaja que obtuvieron los libertos, y que no podrían haber tenido jamás de no haber sido secuestrados y llevados lejos de su tierra a la fuerza? 

La ventaja, únicamente apreciable en retrospectiva, fue la de acceder poco a poco y con dificultades, es cierto, pero de acceder a fin de cuentas a una cultura incomparablemente más rica (que no se me ofenda nadie) que las culturas africanas de las que procedían. Muchos afroamericanos (especialmente en Norteamerica) pudieron hacer carrera primero como músicos y bailarines, luego como actores y escritores, y finalmente como científicos y políticos (entre otras muchas profesiones de prestigio).

Sé que no es la idea de justicia o de karma que tiene la mayoría, y dista mucho de constituir lo recién descrito una "justa retribución” o algo parecido. Pero sí nos ofrece, si me perdonan la cursileria, un rayo de esperanza el hecho de que, tarde o temprano, y mal que bien, la víctima de una situación de todo punto injusta pueda sacar partido de haberla padecido, ya que de todos modos no puede dar marcha atrás en el tiempo para evitarla.
*

Aislacionismo e imperialismo democrático.


Aquí nos toca de lanzar dardos en sentido diestro, aunque al comienzo lo hiciésemos en sentido opuesto. En este caso nos detenemos a analizar otra tendencia ideológica bien deleznable, no sólo por lo tramposa sino, además, por lo destructiva. En lo que toca a mi visión personal, cuanto más conozco acerca de los llamados neocons menos entiendo su postura. Lo de estos señores, valga la expresión, tiene bemoles.

El movimiento así llamado procede, como muchos sabrán, de un grupo de intelectuales trotskistas que, al caminar hacia la derecha, de alguna forma transformaron la idea de la revolución permanente e internacional de Trotsky en la de expandir la democracia "liberal" por el mundo, expansión comandada -cómo no- por los Estados Unidos de América. Una idea ya de primeras chocante por cuanto tiene poco de “liberal” imponer a otros países las formas de gobierno que nosotros juzgamos más apropiadas.

Este ensayo breve (pero extenso en bibliografía) de Miguel Anxo Bastos nos ofrece algunas perlas argumentativas que ayudan a desenmascarar a semejantes farsantes. Y no es poca la importancia que reviste tal desenmascaramiento viendo como estos fariseos, agarrados a su iluminismo mesiánico, parecen decididos a conducirnos a una nueva guerra mundial.

Frente a ellos se encuentran los aislacionistas, en tiempos una corriente más mayoritaria (hace ya casi una centuria) pero hoy, por desgracia, francamente marginal. No obstante, ya se sabe lo que se dice acerca de la verdad y la mayoría. Pero mejor juzguen por sí mismos: Mientras los neocons siguen defendiendo esa idea de la “expansión de la democracia” contra viento y marea (ya contra verdaderas tempestades y maremotos), los aislacionistas, en respuesta, llaman la atención sobre el hecho de que «los principales enemigos de los Estados Unidos durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI son antiguos aliados norteamericanos apoyados por dinero norteamericano (URSS, Iraq o los muyaidines afganos)». Constatación que por sí sola evidencia lo desastroso de la política exterior estadounidense durante un siglo entero. Desastre en que no se habría persistido o que no se habría agravado de tal forma de no ser por la poderosa alianza de intereses económicos, militares y geopolíticos que andan enredados en torno a la Casa Blanca desde hace demasiado tiempo.

Si me preguntan a mí, en esta disputa la historia no podrá conceder sino un vencedor moral. Los argumentos del aislacionismo tienen de su parte LA RAZÓN. Los de la “expansión de la democracia” quisieron por todos los medios tener la razón, pero ya sólo tienen LA FUERZA.
«Los aislacionistas se oponen al uso de la guerra para combatir ideologías. Ya sea la falta de democracia, el comunismo o el islam radical, una idea no puede ser combatida sino con otra idea. (…) Si una persona cree en una idea, por nefasta que esta pueda ser, por mucho que lo bombardeen no va a dejar de creer en ella. Es más, es probable que se reafirme en ella y que, bien se convierta en un mártir, bien que finja acatamiento mientras aguarda a que desaparezca la represión para volver después. Sobre el pensamiento no cabe mando alguno pues es algo íntimo, fruto de una reflexión personal y que sólo puede ser cambiado ofreciendo una idea mejor argumentada.»
Charles Lindbergh, famoso aviador y militante aislacionista.
Fue acusado falsamente de "nazi" por hacer ver los
intereses judíos (entre otros) que había tras la
intervención de USA en la 2ª G.M
¿Podríamos calificar a los aislacionistas de “pacifistas”? No, desde luego, si entendemos el pacifismo como el rechazo a toda violencia. Ellos están más que dispuestos a usar la violencia para defender su territorio; ahora, para defenderlo en-su-territorio, por cuanto entienden que no hay pretexto para justificar la invasión o la mera injerencia en el espacio soberano de otras naciones. Como nos hace ver magistralmente Bastos en el siguiente fragmento, ellos son completamente coherentes en su defensa de la libertad y la soberanía, tanto de los individuos como de las naciones; cosa que no puede aplicarse a sus contrarios, defensores del imperialismo democrático y al mismo tiempo enemigos fervientes del imperialismo del estado federal sobre sus ciudadanos.
«La derecha intervencionista es muy crítica, por ejemplo, en lo que respecta a la política social. Critican el paternalismo estatal y (…) tampoco aceptan la idea de que el gobierno pueda dictar códigos morales a la ciudadanía. Sin embargo olvidan estos argumentos cuando se trata de “exportar” por la fuerza la democracia a otros países. La ingeniería social estatal puede, por alguna extraña razón, alcanzar sus objetivos en estos casos. Parece que cuanto más violenta y desinformada es la actuación estatal, más aplaudida es por estos teóricos, y que cuanto más inofensiva es (un control de precios o una regulación urbanística, por ejemplo), más criticada es.»
*
Valgan estas pinceladas sobre tres de los conflictos que más han marcado la historia de los Estados Unidos para arrojar, en la medida en que hayamos podido, algo de luz sobre su complicado desarrollo a lo largo de esa historia y su más complicada supervivencia. Al menos, así es como la juzgan muchos (entre ellos, creo, algunos de los mencionados aislacionistas).


lunes, 21 de diciembre de 2015

"Proudhon y Tocqueville: Hacia la libertad. Contra la utopía." (I)


Así abandonamos lo que el Estado antiguo podía tener de bueno, 
sin comprender lo que el Estado actual nos puede ofrecer de útil. 
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)

La Constitución española de 1812, como muchas otras constituciones liberales, reconocía únicamente dos sujetos políticos: El estado y el individuo.
De ahí parten muchos de nuestros problemas actuales.

Quienes estamos más cerca del liberalismo y del anarquismo que de otras posiciones ideológicas, pero intentamos asimismo no conformarnos con ninguna respuesta excesivamente simple o idealista frente a algo tan complejo como es la ciencia política, advertimos los errores históricos de ambas doctrinas. “Un liberal es un libertario que aún cree en los Reyes Magos”: esta frase que acuñé con mayor o menor acierto viene a sintetizar las reservas de los llamados post-liberales, o de los libertarios, frente a viejas creencias que hoy a muchos resultan algo “cándidas”. 
Que el estado sea el garante de las libertades, que el individualismo sea la última respuesta social y política, o que se pueda crear una sociedad sana contando con esos dos únicos sujetos –estado e individuo- son muestras de un idealismo que, a pesar de seguir contando con unos cuantos adeptos, se muestra a cada vez más estudiosos como una teoría política insuficiente, como un dietario con severas lagunas.

Pero aún hay otra idea que nos ofrecería una mejor síntesis del problema, desde donde yo lo veo. Tal tesis concebiría el alejamiento por parte de los anarquistas de sus raíces liberales como un síntoma de extravío intelectual, pero no menos que la moderación -domesticación- del liberalismo al alejarse del radicalismo anarquista.

Alexis Henri Charles de Clérel, Vizconde
de Tocqueville (1805-1859) Pensador, jurista, 
político e historiador francés.
De una cosa no nos cabe duda: Para lograr una mayor libertad es preciso tener en cuenta demasiados factores. Y lo que en un principio puede parecer la receta idónea para instaurarla, puede con el paso del tiempo constituir el caldo de cultivo de múltiples tiranías y despotismos. Así lo vieron mentes tan despiertas, tan preclaras, como los franceses Tocqueville y Proudhon, que, a pesar de haber nacido en la tierra del idealismo y el utopismo por excelencia, representaron esa, por fortuna, no tan rara salvedad que ´confirma la regla`. 
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Por eso han resultado siempre, ambos, pensadores tan difíciles de clasificar. 

Por eso a Tocqueville se le ha encuadrado tan a menudo dentro del conservadurismo como del liberalismo, o incluso del aristocratismo. Y por motivos similares, encontramos fragmentos de Proudhon que podría firmar cualquier liberal al lado de otros en sintonía con los socialismos de su época.

Espero poder hallar algunas respuestas (siempre provisorias) en este ensayo que me he propuesto escribir en torno a estas dos figuras; pero no sólo en torno a ellas, sino usándolas como expresión de algo que las trasciende: la convicción sobre las bondades que trae inequívocamente la libertad unida siempre a una desconfianza hacia las “recetas mágicas” y a todo tipo de idealismos alejados de la, por más que nos empeñemos, inmutable naturaleza humana. 
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Porque, sobre esto último, el mismo Proudhon se expresa con total claridad: 
«Los hombres no serán jamás mejores ni peores de lo que los veis y fueron siempre. Desde el momento en que los aguijonea su bien particular, abandonan el bien público; en lo cual, si no los encuentro dignos de gran honor, los encuentro por lo menos dignos de excusa. Vuestra es la culpa si tan pronto les exigís más de lo que os deben, como excitáis su codicia con recompensas que no merecen. El hombre no tiene nada más precioso que él mismo, ni por consiguiente, más ley que su responsabilidad.»
(Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.) 
Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865)
Filósofo político y revolucionario francés

Otra poderosa vacuna contra la utopía. Otro pildorazo de realidad que nos desalienta de seguir persiguiendo “hombres nuevos” y grandes proyectos iluministas de “educar en nuevos valores”. El hombre cambia, sí. Pero no de un día para otro. Ni tampoco han cambiado por igual los hombres de todas las latitudes; y ni siquiera todos los que han ocupado un mismo espacio y un mismo tiempo. El cambio en la condición humana, diríamos con gran cautela que puede existir. Mejor dicho: la lucha contra esa condición eterna se produce; y se fraguan lentos, muy lentos avances de las sociedades en direcciones deseables. Pero mucho me temo que esta condición, esta naturaleza, si tiene algo objetivamente mutable, apenas logramos percibirlo, o estas mutaciones se han producido en un lapso de tiempo tan extenso que escapa a nuestro análisis.

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«La vida del hombre es una guerra permanente, guerra con la necesidad, guerra con la naturaleza, guerra con sus semejantes, y por consiguiente, guerra consigo mismo. La teoría de una igualdad pacífica fundada en la fraternidad y la abnegación no es más que una falsificación de la doctrina católica, que nos manda renunciar a los bienes y placeres de este mundo; no es más que el principio de la indigencia, el panegírico de la miseria. El hombre puede amar a su semejante hasta morir por él; no le ama hasta el punto de trabajar por él.» 

¿Queda aún alguna duda de a qué llamaba Proudhon “filosofía de la miseria”?

Sí. A muchos sorprenderá que un pensador que se ha asociado siempre a "la izquierda" se refiera al ideal comunista con palabras similares a las que usan hoy para definirlo conservadores y liberales. Pero es que el mutualista veía claro lo que hoy es evidente pero ayer no lo era tanto (aunque quizá no lo sea aún para todos; dado que todavía resisten los últimos creyentes, se entiende que los más fervorosos, o los más desesperados, quizá desamparados.. huérfanos de idearios que les presenten alternativas ilusionantes. De lo cual cabría responsabilizar a la inoperancia de esos otros pensamientos que, con su abandono de la contienda cultural cotidiana, le dieron la victoria al enemigo sin apenas ofrecer batalla.)

Proudhon era muy consciente de que la única manera en que se puede lograr algún “bien común” es primeramente -aunque no sólo- atendiendo cada uno a sus intereses particulares. En eso, nada tenía que oponer a Adam Smith y sus discípulos. Si tenía que oponerles otras cosas, pero a eso ya tendremos tiempo de referirnos en siguientes capítulos. En cualquier caso, sus palabras a este respecto son tan inequívocas como las anteriores:
«¿Cómo sustituir el objeto inmediato de la emulación, que en la industria es el bienestar personal, por ese motivo lejano y casi metafísico que se llama bienestar público, sobre todo, cuando no existe el uno sin el otro, cuando el uno al otro se engendran?» 
 (Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.)
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Pero ahora atendamos a una cuestión distinta. Parémonos a reflexionar un momento acerca de las distintas formas de gobierno de las que siempre nos han hablado y preguntémonos hasta qué punto son incompatibles, o si pueden incluso darse circunstancias en que unas y otras coexistan.

Esto es algo que gran parte de la ciencia política ha ignorado por completo, cuando no se ha lanzado a apologías un tanto engañosas, partiendo de modelos ideales descritos con muy pocos trazos (pues lo ideal siempre es simple, mientras que lo real es infinitamente complejo, como acertadamente insiste siempre otro amante y estudioso de las libertades, el filósofo español Antonio Escohotado.)
«No pudiendo realizarse en toda la pureza de su ideal ni la monarquía, ni la democracia, ni el comunismo, ni la anarquía, están condenadas a completarse prestándose la una a la otra sus diversos elementos.»
(Pierre Joseph Proudhon, ´El principio federativo`.)

¡No hay ni ha habido formas políticas químicamente puras
Pocas premisas hay más realistas, y pocas que nos bauticen mejor contra la utopía. Porque si partimos de esta convicción (de ahí que hable de “bautismo”), empezamos a juzgar los distintos modelos de gobierno con una mirada mucho más incisiva. Nuestro ojo se vuelve clínico (o cínico, pensarán algunos). Pero no hablamos de descreimiento o misantropía. En absoluto. No debe confundirse la asunción de la complejidad y el polimorfismo de las unidades políticas con un desprecio o una desautorización de las mismas.
Reconocer las cosas tal como son no puede ser sino constructivo, no puede ser sino enriquecedor. Pero antes que todo: útil.
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Como conclusión a este capítulo, retomaremos un caballo de batalla que ya viene siendo habitual en este espacio. No es otro que el de la, para muchos, incuestionable superioridad de los pequeños estados frente a los grandes, al menos desde el punto de vista del ciudadano o súbdito (que viene a ser en éste, como en tantos casos, el contrario al del soberano). Quienes entendemos el ideal secesionista como columna vertebral del principio de libre asociación, y por ende, de la libertad política, apenas dudamos de que es siempre deseable un estado o unidad gubernativa del menor tamaño concebible, ya hablemos de territorio o de población.
«Todas las pasiones fatales a las Repúblicas crecen con la extensión del territorio, en tanto que las virtudes que les sirven de apoyo no se acrecientan siguiendo la misma medida.»
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Muchas razones hemos dado ya en favor de las unidades políticas mínimas, de la ciudad-estado, de la pequeña comunidad auto-gobernada; pero aún nos reservábamos una de las más poderosas.

¿Hay asunto que mueva mayor preocupación en las reflexiones políticas de hoy que las situaciones de exclusión social o de extrema (o menos extrema) necesidad?

Pues bien, el modelo de la micro-nación también tiene una respuesta muy satisfactoria que ofrecer ante este problema. O dónde se cree que serán mejor visibilizados, mejor comprendidos, y mejor solucionados los problemas por los que atraviesen aquellas personas que han resultado más desfavorecidas: ¿En una gran unidad política de varios millones de habitantes y varios miles de localidades donde no queda más remedio que reducir los sujetos y los grupos a números, y por tanto, “prestarles asistencia” de modo impersonal, lejano y en gran medida arbitrario? ¿O, por el contrario, en una ciudad pequeña o gran barrio donde las personas sean de carne y hueso; y sus problemas, así como sus periplos vitales, sean del conocimiento cotidiano de todos cuantos allí habitan?
«Un poder central, por ilustrado y sabio que se le imagine, no puede abarcar por sí solo todos los detalles de la vida de un gran pueblo. No lo puede, porque tal trabajo excede las fuerzas humanas. Cuando él quiere, por su solo cuidado, crear y hacer funcionar tantos resortes diversos, se contenta con un resultado muy incompleto, o se agota en inútiles esfuerzos.»
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
La solidaridad sólo es auténtica –y más diré- sólo puede producirse cuando es directa y personal. Aquella abstracción del gran estado redistribuidor sólo puede ser defendida por un iluminado de tres al cuarto o por un demagogo consciente de la trampa aprovechándose de aquellos que no lo son tanto. 

La “solidaridad a través del estado” es una ficción monumental. Una hipocresía que nos une a todos en un sucedáneo prefabricado y homologado de civismo.

Uno no es solidario cuando su "solidaridad" depende de los im-pues-tos. 
Lo es cuando depende de su vo-lun-tad.
Por eso el llamado estado benefactor, redistribuidor, ¡por más nombres que se ponga!.. no fomentará jamás la solidaridad sino el egoísmo. Sólo la responsabilidad cívica ejercida sobre la comunidad en la que uno habita y conoce puede engendrar, incentivar y fortalecer los vínculos solidarios entre vecinos (porque nunca hay verdadera solidaridad, sino limosna, donativo, o “lavado de conciencia”, cuando ésta se ejerce hacia quién no se conoce y con quién no se convive.)

Si quieren ustedes construir sociedades menos egoístas, menos atomizadas, más dignas de habitarse… ¡dejen que gobernantes y gobernados convivan en un mismo espacio reducido de modo que no les quede más remedio que organizarse en comunidad para lo bueno y para lo malo!
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Exponer las ventajas de las unidades gubernativas mínimas, como ven, es un mero ejercicio de racionalidad y sensatez. Nada que ver con utopías irrealizables o voluntarismos prometéicos. De hecho, desde nuestra perspectiva más bien parecen utopías y ocurrencias perentorias muchas de las ideas hoy mayoritariamente aceptadas como “sensatas y cabales”; algunas de las cuales nos hemos ocupado ya de destripar aquí como corresponde.
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«La libertad forma, a decir verdad, la condición natural de las sociedades pequeñas. El gobierno ofrece allí poco cebo a la ambición y los recursos de los particulares son demasiado limitados para que el poder soberano se concentre fácilmente en manos de uno solo. Llegando a darse el caso, no es difícil a los gobernados unirse y (...) derribar al mismo tiempo tiranía y tirano. 
Las pequeñas naciones han sido, pues, en todo tiempo, la cuna de la libertad política. Ha sucedido que la mayor parte de ellas han perdido esa libertad al crecer, lo que hace ver claramente que consistía en la pequeñez del pueblo y no en el pueblo mismo.» 
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
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martes, 15 de septiembre de 2015

Reinterpretación de la dialéctica y crítica de la moral.

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«El marxismo obtiene su fuerza de la necesidad psicológica de creer en él.»
(Leszek Kolakowski)
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«El comunismo no es el futuro de la humanidad, sino su muy arcaico pasado.»
(Juan Ramón Rallo)

Éstas son dos citas verdaderamente elocuentes. Pero en referencia a esta última, es importante recordar también que, mientras que en ese arcaico pasado la mentalidad colectivista surgió de modo espontaneo, en tiempos recientes ha sido necesaria la violencia para "persuadir" a la mayoría social de retornar a ella. 
¿Por qué creen, si no, que llevan tanto tiempo extendiendo el mito de que el capitalismo se impuso por la fuerza? Pues por la sencilla razón de que depende de ello su legitimidad para imponer asimismo su modelo (ese que se presume "más justo"). La única forma de tornar lícita una acción violenta y autoritaria sobre la sociedad es presentar la coyuntura actual como fruto de otra acción igualmente violenta y autoritaria. Y como ese fin suele justificar cualquier medio, poco importará si la comparación entre unas y otras imposiciones es visiblemente acomodaticia, o si se tuercen los hechos para hacer pasar por violencia lo que cualquiera con sentido común nunca juzgaría como tal (aunque después sí logren persuadir a muchos de lo contrario mediante la conocida estrategia gramsciana de conquista gradual de la hegemonía ideológica). De este modo, empiezan a difundir conceptos como "violencia estructural", o a calificar de "fascista" toda ley o costumbre que encuentran indeseable ya que, de tal manera, hacen parecer menos grave su intención de combatir la "violencia" con VIOLENCIA y el "fascismo" con FASCISMO.
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Fíjense bien en que, tanto comunistas como social-demócratas, parten de estos dos axiomas:

1- Dar libertad al mercado va a perjudicar a los más pobres y a las pequeñas empresas.
2- Todo argumento procedente de las posturas liberales es una estratagema para favorecer a las grandes empresas y a "los ricos".

Hemos dicho que son axiomas. Por tanto, no cabe discusión sobre ellos. Es así como se explica la forma de operar de todos sus razonamientos. Y así, también, como se cierra toda aquella vía de reflexión que vaya en las direcciones antes señaladas como vetadas. El espectro de razonamientos queda reducido de este modo a todos aquellos que no transiten por las vías prohibidas. Es por eso, pues, que para un anti-capitalista (o "reformador del capitalismo"), en el fondo sólo cuenta desarmar las posturas del adversario como sea, y no, como se esperaría de un amante de la verdad, ajustarse lo más rígidamente a los hechos.

Cuando uno se percata de esto, percibe como nunca la peligrosidad inherente a todo moralismo.

Y no crean que concluyo esto elucubrativamente. Yo mismo, cuando era víctima en mucha mayor medida de ese moralismo en concreto, he observado en mí, y en aquellos con los que empatizaba, que la forma de operar de nuestro razonamiento era esa y no otra. Cada vez que escuchábamos a un anti-capitalista "desmontar" alguna idea defendida por un liberal o un conservador, sentíamos esa "victoria", o dicho en términos más científicos, el mecanismo de recompensa de nuestro cerebro se activaba proporcionándonos una sonrisa de satisfacción y una sensación de bienestar. No partíamos, pues, muchos de nosotros de un corpus de doctrina (quizá sí fuera el caso de los marxistas), sino que valorábamos cada-argumento-en-contra por sí mismo. Valorábamos la inconoclastia antes que cualquier icono o sistema alternativo al que buscábamos destruir; la derrota del oponente más que la defensa de una posición propia.

Creo que ahí es justo donde se DESCUBRE, se revela el motor tras ciertas vías de reflexión, el cual es, antes que racional, moral.

(Es preciso siempre distinguir la moral de la etica: La moral es un sentimiento, un instinto, mientras que la ética es una construcción social, un logro de la civilización, generalmente entendido como un conjunto de reglas cuya relación con los primitivos sentimientos morales puede llegar a ser difusa, si no indirecta. [Hume (*1)])

Probablemente todas esas ideologías, incluido el marxismo, aunque parezca un sistema en sí mismo, son pensamientos a la contra. Y al constituir su motor una negación, se hallan de inicio lastrados para ser una ciencia positiva.
No van detrás de su propia verdad, sino de negar la verdad del oponente. Y aún cuando han llegado a intentar lo primero, ha sido éste un acto derivado de lo segundo.

Mi conclusión es, por tanto, que aunque las izquierdas entiendan su posición como aquella que coloca a la ética sobre todas las demás consideraciones, lo cierto es que la verdadera postura ética es la asumida históricamente por el liberalismo; mientras que el socialismo y gran parte de lo que entendemos por "izquierda", lo que adopta es una postura moralista; pero de ningún modo ética.

Y no me baso para hacer esta afirmación únicamente en lo que expuse antes. Esto se muestra todavía más claro al contraponer la coherencia de unos al defender las mismas reglas para todos y la misma libertad en todos los ámbitos de la acción humana con la incoherencia de los otros que, sin discutir la justicia de estas normas en principio, sí plantean inacabables excepciones a las mismas basadas en los más diversos motivos, con lo que se hace inevitable que disminuya el respeto por ellas y el rigor exigido en cumplirlas. La ética, entonces, se va erosionando sin freno al tiempo que va siendo sustituída por los sentimientos morales (subjetivos, arbitrarios, volubles) del gobernante iluminado de turno, al que se cree imbuído de un conocimiento especial de la realidad social y de una empatía genuína con "el pueblo".

Una vez se cruza esa línea, aunque sea con la "legitimidad de las urnas", el camino al despotismo se alfombra de rojo y oro, y las libertades y derechos individuales empiezan a a verse en serio peligro.

Porque conviene no dejar de tener nunca presente otra constante histórica: la que muestra como toda estrategia del comunismo y la ultra-izquierda en clave "democrática" tiene el objetivo ya arriba insinuado. A saber: apoyarse en las mayorías electorales para subvertir los principios más básicos de la democracia liberal; lo que se traduce en pasar por encima de los derechos del individuo en nombre del "pueblo", entidad siempre difusa pero cuya mención causa una respuesta emocional positiva; o del "bien común", concepto aún más difuso y  peligroso, en cuanto puede instrumentalizarse para dar pretexto a las acciones más demenciales (sobran ejemplos de ello a lo largo de la historia, especialmente en el pasado siglo).
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Pero si hemos asumido la tarea de destripar el moralismo, al menos en su vertiente socio-política, nos vemos forzados a retomar la revisión de la filosofía nietzschiana que ya iniciamos en un texto anterior. Dado que el asunto que nos ocupa atañe al egoísmo, al dinero y a la clase empresarial, no vendrá mal pararse a reflexionar en torno a ello en el contexto del pensamiento moral de Nietzsche.

Y es que su crítica al mundo burgués nos puede arrastrar a caer en no pocas contradicciones, si nos fijamos bien.

Ésta crítica es acertada en tanto se refiere al "espíritu burgués" materialista, dócil, gris, antiheroico, de su tiempo. Pero nos lleva a error, y como dije, a callejones sin salida, si lo extrapolamos a todo lo que hoy va vinculado a la burguesía histórica (puesto que ya sólo subsiste aquel "espíritu", no así la "casta" como tal). A Nietzsche le ocurre como a tantos tradicionalistas y revolucionarios (cosas que no tienen porque ser antagónicas), que juzga a la "era de la burguesía" por la etapa de la misma que él pudo observar, y circunscrita a un contexto geográfico muy concreto. Al igual que las críticas (quizá también en parte acertadas) que le hacen los católicos "viejos" por juzgar al cristianismo enfocándose sobre todo en su "fase decadente" (de nuevo, dócil y antiheroica), el creador del concepto de "superhombre" no hubiera obtenido la misma impresión de la mentada Clase si la hubiese visto desenvolverse en los albores de la Revolución Industrial, creando casi de la nada, cual semi-dioses prometéicos, toda aquella imaginativa y deslumbrante maquinaria que hizo posible la expansión del bienestar (ese sí lo fue de verdad, y no el que ahora predican) a cada vez más y más sectores de la población.
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Pero no vayan pensar, por lo expuesto antes, que el liberalismo ha estado exento de incurrir en errores de bulto. Su punto de partida es más objetivo y camina en una dirección mucho más deseable, qué duda cabe. Sin embargo, cometió tan imperdonables excesos que acabó, en gran medida, trabajando contra sus propios fines. Esto lo supo ver muy bien un viejo y sabio conservador de allende los mares inspirado por otro viejo y sabio conservador de nuestro continente. Robert Nisbet, alumbrado por Tocqueville, predijo con gran tino el oscuro futuro del individuo "liberado" de las "cadenas de la tradición":

«Así es como el liberalismo puede engendrar el totalitarismo. El gran proyecto liberal de ”emancipación progresiva del individuo respecto de las tiránicas e irracionales sociedades ‘de status’ heredadas del pasado”, tomó el riesgo de hacer a esos individuos anhelar el abrazo de un poder total, mucho más tiránico que el de la iglesia, la clase o la familia. La política de ‘interés propio racional’ promovida por Hobbes y Locke creó un vacío, un anhelo de comunidad, que Rousseau y Marx vinieron presurosos a llenar.»

«Si Nisbet enseña una lección, es esta: Ud. no puede oponerse al crecimiento inexorable del poder del Estado con la defensa del solo individualismo y nada más. Ud. debe asumir la defensa del individuo y su comunidad.»

(Ross Douthat, ´Quest for community in the age of Obama`) 

Yo mismo he sugerido en más de una ocasión esta relación de causa y efecto entre el individualismo atomista y la dependencia del estado protector. Hay polémica sobre si fue primero el huevo o la gallina, como siempre ocurre en estos casos. Y no puede negarse que se alcanza en algún momento cierta retroalimentación en que el efecto se torna causa y la causa, efecto. Pero fuera como fuese, parece claro que correspondió a aquellas políticas llevadas a cabo en nombre de la libertad el incentivar en primer lugar el abandono de los viejos lazos y costumbres. Fueron "medidas liberales" las primeras causantes de la inercia que llevó a prescindir cada vez más de los antiguos vínculos -instituciones, todas ellas, que costó muchas generaciones afianzar pero que llevó muy poquito tiempo el destruir-.

Lo que nos lleva a concluir, pues, el proceso histórico descrito es que el liberalismo, sin quererlo, engendró su propia némesis al promover e incluso forzar la disolución de los lazos comunitarios que precisamente hubieran impedido en el futuro (nuestro presente) la dependencia que crea por sí misma hambre de más dependencia. O dicho de otro modo: el poder omnímodo del estado originó un vacío creciente en nuestra sociedad que, llegados a cierto punto de no retorno, ya no podía llenarse con otra cosa que con más poder omnímodo.

Hoy vemos el gran drama: El estado del bienestar colapsa, se muestra cada vez más a las claras su inviabilidad, pero las mayorías no dejan de reclamar más.. ¡y más estado!

Es el síndrome del adicto terminal. Duro es expresarlo así, pero más duras son las consecuencias de disfrazarlo y suavizarlo; y de este modo, postergarlo indefinidamente. Porque esto es lo que hacen por lo general los políticos actuales, que una vez rehenes de su propio régimen clientelar, no están dispuestos a cometer la torpeza de practicar una política responsable de esas que te dan popularidad y reconocimiento en la posteridad pero que te hacen perder las elecciones del mes que viene.

Hemos visto, pues, que el individualismo que promovió la doctrina liberal no supo frenar a tiempo y cruzó la raya entre lo metodológico y lo ideológico [Popper, Mises (*2)] al arremeter contra la tradición, la religión y todo cuerpo intermedio de la sociedad. Esto inevitablemente dejó al individuo más solo frente al Estado; desamparo que engendró con el tiempo una cada vez mayor dependencia del mismo, y derivada de ella, una también creciente necesidad de provisión/protección.

Podría ser ésta una interesante revisión de la célebre teoría de Marx sobre la antítesis que el capitalismo engendra inevitablemente. Sólo que en este caso se trata del sistema liberal, y además, se ha mostrado que sí es evitable. Pero con todo, podemos así cerrar el círculo y aportar una nueva perspectiva sobre las contradicciones de estos dos pensamientos que han marcado nuestra post-modernidad.

De lo anterior podemos deducir, entonces, que el precario equilibrio entre individuo y comunidad se trata de un juego de poleas bien difícil de manejar sin que a uno se le vaya de las manos y acabe, por exceso de celo, creando el caldo de cultivo idoneo para engendrar su antítesis. La tesis aquí no sería por tanto el sistema económico capitalista sino el sistema político liberal. Mientras que la antítesis sería el crecimiento desmesurado y constante del Estado llegando incluso al totalitarismo, lo cual podemos ver claramente que es la negación del modelo liberal (*3). 

Bien, ¿y la síntesis? Eso sí es más difícil aseverarlo. Me gustaría creer que va a consistir en la disolución del estado-nación y el ansiado retorno a las pequeñas comunidades, cantones y ciudades-estado. Pero bien podría manifestarse de modos bien distintos a ese, como por ejemplo volviendo a un modelo no menos clásico que el anterior, como es el del imperio romano, carolingio o napoleónico.

En el primer supuesto, la síntesis se manifiesta a modo de explosión y fragmentación extrema; y es de esperar que de esta manera retornen las libertades apartadas en el período de la antítesis, puesto que la vida en las pequeñas comunidades inevitablemente traerá consigo un estilo de vida más sencillo y un ánimo más sosegado que volverá innecesaria esa antigua dependencia retroalimentada por los cazadores de voto clientelar.
En el caso de la segunda hipótesis, percibo el posible proceso como de expansión. Como un gran chicle que se estira, convirtiendo a un conjunto de Estados que caminan hacia el totalitarismo democrático en parte de un proyecto mucho más grande e inclusivo donde, por un lado mengua más la soberanía de los territorios, pero por el otro se relaja la presión gubernamental en ciertos ámbitos debido a la imposibilidad de controlar la sociedad civil hasta tal punto como fue común en la fase de los estados-nación hipertrofiados.
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(*1) La teoría de la moral de David Hume es en extremo elocuente a este respecto. Acudiendo esta vez a sus propias palabras: "Los animales son susceptibles de las mismas relaciones con respecto a los otros de la especie humana, y por lo tanto serían susceptibles de la misma moralidad si la esencia de la moralidad consistiese en estas relaciones. Su carencia de grado suficiente de razón puede impedirles percibir sus deberes y obligaciones morales; pero nunca puede impedir que estos deberes existan, pues deben existir de antemano para ser percibidos. La razón los halla, pero no los produce. (....)  El vicio nos escapa enteramente mientras se le considere como un objeto. No se le puede hallar hasta que se dirige la reflexión hacia el propio pecho y se halla un sentimiento de censura que surge en nosotros con respecto a la acción. Aquí existe un hecho; pero es objeto del sentimiento, no de la razón. Está en nosotros mismos, no en el objeto" (...) "Tener el sentido de la virtud no es más que sentir una satisfacción de un género particular ante la contemplación de un carácter. El sentimiento mismo constituye nuestra alabanza o admiración. No vamos más lejos ni investigamos la causa de la satisfacción. No inferimos que un carácter sea virtuoso porque agrada, sino que sintiendo que agrada de un modo particular sentimos, en efecto, que es virtuoso."


(*2) Para Karl Popper, el individualismo metodológico en el campo de las ciencias sociales se trata de una exigencia para alcanzar cierto rigor científico y para evitar tentaciones como lo que unos cuantos hemos calificado de "tendencia al conspiracionismo". Esta manera de razonar tiene relación, según él, con el historicismo marxista y ha sido característica, como todos sabemos, del argumentario nazi y soviético. En sus propias palabras, "la teoría conspirativa de la sociedad no puede ser cierta pues equivale a sostener que todos los resultados, aún aquellos que a primera vista no parecen obedecer a la intención de nadie, son el resultado voluntario de los actos de gente interesada en producirlos". En el caso de Von Mises prefiero atenerme a sus palabras recogidas en el tratado ´La acción humana`, donde justifica el individualismo metodológico de la siguiente manera: "La praxeología, en principio, se interesa por la actuación del hombre individualizado. Sólo más tarde, al progresar la investigación, enfréntase con la cooperación humana, siendo analizada la actuación social como un caso especial de la más universal categoría de la acción humana como tal. Este individualismo metodológico ha sido atacado duramente por diversas escuelas metafísicas, suponiéndose implica recaer en los errores de la filosofía nominalista. El propio concepto de individuo, asegúrase, constituye vacía abstracción. El hombre aparece siempre como miembro de un conjunto social. Imposible resulta incluso imaginar la existencia de un individuo aislado del resto de la humanidad y desconectado de todo lazo social. El hombre aparece invariablemente miembro de una colectividad. Por tanto, siendo así que el conjunto, lógica y cronológicamente, es anterior a sus miembros o partes integrantes, el examen de la sociedad ha de preceder al del individuo."

(*3) En mi caso, son estos errores históricos de la doctrina liberal y aquellos vicios arrastrados por muchos de sus representantes (como son el economicismo, el atomismo, y cierto racionalismo iluminista) lo que me lleva a renegar de esa etiqueta por más cercano que pueda hallarme de las posturas que suelen defenderse en su nombre. Porque ocurre que gran parte de las mismas pueden igualmente reivindicarse en nombre del anarquismo entendido en sentido amplio y alejado de utopismos, que es como yo prefiero concebirlo, pues de otra manera cae uno en maximalismos poco sensatos y difícilmente constructivos.


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