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domingo, 7 de enero de 2018

Pornografía, feminismo y sexualidad (III)

Defensa de un razonable pudor.

Todos los problemas con que se topan las sociedades humanas son siempre más complejos de lo que parece, y el caso del sexo, la prostitución y la pornografía lo es quizá especialmente.

Si la sexualidad en la mayoría de las culturas implica pudor no es tanto por la desnudez del cuerpo como por la desnudez del alma. Intimidad, privacidad, pudor.. Nada de ello responde a normas y tabúes caprichosos. El temor a mostrar emociones en público, en una forma u otra, cumple la función de ocultar nuestras debilidades o peculiaridades, de “no mostrar de vez todas nuestras cartas”. Uno nunca es el mismo en sociedad y en soledad, entre camaradas y entre desconocidos; no se muestra lo mismo a los vecinos que a los amigos, ni tampoco a los amigos que a la pareja. 

Esa es la razón de que, si bien el puritanismo es nocivo, también puede serlo su opuesto. Si estigmatizar la sexualidad es peligroso, quizá no lo sea menos el desdramatizarla, desacralizarla, aseptizarla,  desvincularla del pudor y la intimidad. 

El sexo siempre constituirá una fuente de conflicto tanto a nivel social como individual, nunca dejará de intrigar, inspirar, atraer, repeler, fascinar y atemorizar a nuestras conciencias. Por más que exploremos los límites del pudor y la perversión, por más que estudiemos la inmensa variedad de sus formas, desde la ternura a la crueldad, de lo más inocente a lo más retorcido, nunca dejará de encarnar nuestro lado más salvaje, más imprevisible, más intrigante, más turbador y más poderoso.

No, el conflicto y el desafío que nos plantea nuestra sexualidad no se resuelve de manera tan simple como declarando la “liberación sexual” y proclamando que “tener sexo es como beberse un vaso de agua”. De hecho no se resuelve de ninguna manera, como dije anteriormente. Debemos hacernos conscientes de que siempre permanecerá en nuestra sociedad y en nuestras conciencias como un problema, de igual manera que la tensión existente entre individuo y comunidad, entre seguridad y libertad, o entre –y aquí volvemos en parte a lo mismo- masculinidad y femineidad.

Así que no: tampoco resolveremos el debate en torno a la prostitución o la pornografía negando que quienes la ejercen estén “vendiendo su cuerpo” –pues en efecto no se trata tanto del cuerpo como del alma, aunque no tiene por qué hablarse necesariamente de “venta”- ni tampoco afirmando que se trata de una profesión como cualquier otra, pues teniendo en cuenta todo lo anterior podemos ver con claridad los problemas que plantea tal aseveración.

A los del “vaso de agua” y a los de “una profesión como cualquier otra”, a los del “haz el amor y no la guerra” y a los que no ven nada de malo en que una pareja se ponga a copular tan tranquilamente en una estación de Metro les pondría como tarea leer al Marqués de Sade o visionar ciertos tipos de pornografía extrema. Si de verdad el sexo es tan inocuo, tan poco problemático y tan opuesto a la guerra, ¿cómo es que en tantas ocasiones se entremezcla y hasta se confunde con el poder, con el dominio, con la agresión e incluso con la crueldad y la más abierta psicopatía? 

Obvio que hay formas de sexualidad bastante inofensivas, pero hasta esas formas no pueden desligarse de pulsiones relacionadas con el poder y la agresión. “Conquista” sin ir más lejos es un término tan común en el contexto bélico como en el amoroso y sexual. Tienen razón por tanto quienes señalan que la sexualidad masculina está vinculada al dominio y a la agresividad, sólo que tal vinculación no es un constructo cultural del patriarcado sino una programación evolutiva del macho, la cual rebasa con mucho las fronteras de nuestra especie. Imagino que habrán visto cómo los gatos muerden el pellejo de la nuca de su compañera durante la cópula. Pero también habrán visto o habrán experimentado cómo la hembra humana araña la espalda de su pareja. También en la sexualidad femenina hay pues cierto componente de violencia, de instinto salvaje. Esas fuerzas animales, oscuras e irracionales que desata el sexo son lo que Camille Paglia denomina “caos inmoral de la libido”. Porque en efecto es inmoral, o cuando menos a-moral; y en efecto es caótico y hasta cierto punto imprevisible. El sexo nunca dejará de representar un riesgo, un peligro, aunque en la mayoría de las ocasiones sea leve y apenas perceptible (no conviene tampoco sacar las cosas de quicio); pero en mayor o menor medida implica jugar con fuego, y de hecho ahí radica en gran parte su atracción y su magia. Si realmente fuese algo tan inofensivo como “beberse un vaso de agua” no nos resultaría tan arrebatador, tan salvaje y liberador. Y es que aquello que se libera durante la actividad o la excitación sexual es como dijimos nuestra parte más animal, más irracional e inconsciente: nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso se transforman por completo y consecuentemente nosotros también nos transformamos en otra persona; más bien otro animal, más fiero y decidido, más depredador e incivilizado.

Por ello me interesa rescatar y seguir desarrollando las tesis que lancé en el segundo capítulo acerca de las “prostitutas sagradas”, aquellas sacerdotisas que en muchas religiones paganas se especializaban –digamos “profesionalmente”- en los placeres sexuales y que concebían sus orgías públicas como actos sagrados, trascendentes, las cuales yo quise equiparar a las modernas actrices porno. Yo diría que de alguna manera el talento y/o la responsabilidad específica de estas profesionales (o artistas, según se mire) consiste en la habilidad de jugar con fuego y no quemarse. Es una profesión (o un arte), pues, de riesgo. Las hay de mucho mayor riesgo, sin duda, pero es por este componente de “peligro” por lo que digo que en modo alguno se trata de “una profesión como cualquier otra”. Y si bien este carácter de peligrosidad no es tan alto como en la profesión de soldado o artificiero, aumenta a medida que se realizan prácticas más “extremas”, especialmente si implican violencia expresa, en la cual también existirán lógicamente grados. 

Loola Pérez dice que “para las mujeres, la sexualidad es una experiencia enmarcada en una tensión: placer y peligro”. Y así es en efecto. Pero en el caso de las actrices porno no se trata sólo del peligro físico y psicológico que implica abrir la caja de pandora del placer sádico u otras formas extremas de sexualidad, sino también del peligro moral, por así llamarlo, de encarnar a ojos de muchos una total disponibilidad sexual sin ningún tipo de límites, esto es, de ser vistas como indignas esclavas de las fantasías masculinas, dispuestas a prestarse a cualquier deseo en cualquier momento. Habrá siempre unos cuantos débiles mentales que no sabrán distinguir entre lo voluntario y lo forzado o entre lo profesional y lo personal, y que sólo verán en ellas mujeres fáciles, y hasta se ofenderán si no se muestran tan sumisas y tan dispuestas a todo como ellos imaginan que son. No digo que esto sea disculpable en absoluto, digo que es una consecuencia inevitable. Citando o parafraseando de nuevo a Paglia, el mundo está lleno de peligros y no ser consciente de ellos es una forma poco inteligente y poco responsable de enfrentarse a la vida. 

Los que insisten en el argumento de que es una profesión como cualquier otra son demasiado ingenuos o demasiado snobs. Una prostituta o una actriz porno nunca podrá ser vista como cualquier persona del montón; se la podrá juzgar como un ser más cobarde o por el contrario más valiente, como esclavizada o como liberada, como una casta inferior o como una casta superior, pero nunca como una igual. Hay profesiones que conllevan un estigma y que cuando uno las asume acepta que en el sueldo va el convertirse en foco de odios, críticas, insultos y vejaciones varias. Así ocurre también con los políticos, los policías, los banqueros, y en última instancia todo tipo de figuras públicas, ya gocen sus profesiones concretas de mayor o menor prestigio. La prostitución pues, y puede que todavía más la pornografía, estarán siempre rodeadas de cierto malditismo, como en menor medida lo está por ejemplo la música, la poesía, el teatro, el cine o el arte en general. 

Y tampoco creo que ello sea necesariamente algo negativo. Otra de las ideas en que he insistido a lo largo de estas reflexiones es la de que la sexualidad basa en gran parte su “atracción fatal” en su vinculación con lo misterioso y lo prohibido, y que en el caso de que fuera posible convertirla en algo por completo aséptico, inocente y carente de peligro se tornaría en ese mismo momento algo cotidiano y aburrido. Por suerte creo que esto es una total quimera, pues de poderse lograr lo que cierta “liberación sexual” preconiza nos arruinaría la sal de la vida, nos privaría en gran parte de los más dulces placeres; y todo ello, paradójicamente, en nombre del hedonismo. Y es que, como decía un personaje de Russ Meyer, “sin complejo de culpa quién querría follar”. 

Rescato aquí la provocación, que en absoluto es gratuita, ya lanzada en el primer capítulo: quizá las actrices porno y en menor medida otras trabajadoras sexuales puedan ser vistas como heroínas que asumen un papel y una responsabilidad que muy pocos estarían dispuestos a asumir y con ello contribuyen a mejorar la sociedad, ofreciendo una vía de escape de fácil acceso a nuestros instintos más acuciantes y probablemente evitando así que se produzcan más episodios trágicos de abusos y violaciones. En su momento lancé esa hipótesis porque me parecería que tenía todo el sentido, sin embargo he descubierto a posteriori que existen estudios que parecen demostrarlo. El psicólogo Michael Castleman resume las conclusiones de los mismos afirmando que "el porno no incita a los hombres a cometer violencia sexual, parece más bien una válvula que da salida a una energía potencialmente agresiva". Las trabajadoras sexuales constituirían pues una institución civilizadora, lo mismo que los jueces, juristas, policías y criminólogos, o los médicos, psicólogos, profesores y consultores, sin ponernos a discutir ahora cuáles de ellos son más necesarios, pero contribuyendo cada uno en su parcela a hacer el mundo más habitable.

*
Crítica al exceso de pudor en cuanto conlleva exceso de ignorancia.

“La pornografía conduce a la pederastia”. Quizá conozcan ustedes esta impactante tesis de J.M. De Prada, aparentemente bien trabada y que seguramente convence a muchos que están predispuestos a dejarse convencer y que abordan este asunto desde el prejuicio y el desconocimiento. 

De Prada argumenta que, puesto que la sexualidad humana no es como la animal (y en efecto es mucho más compleja, además de cumplir un papel mucho más protagónico), no se conforma con la mera repetición y busca siempre nuevos estímulos, cada vez más intensos. Lo de la repetición ciertamente tiene su gracia, pues se me ocurren pocas cosas más vinculadas a la repetición que el sexo, y también se me ocurren pocas actividades en que repetir y repetir siempre lo mismo resulte menos aburrido. Es obvio que no todo en la sexualidad es repetición, y que la variedad y la experimentación ocupan un lugar importante en ella, pero si hay una esencia de la pulsión sexual, como dijera Spengler, es el ritmo y la periodicidad.

Si nos fijamos, más allá de cuán relevante es la reiteración y cuánto la variación, la tesis de De Prada es análoga a aquella idea de que las drogas blandas conducen a las duras. Y es que las drogas y el sexo en efecto guardan muchas analogías; y si de un lado no es cierto que el consumo de drogas blandas conduzca siempre al de drogas duras, tampoco lo es que el consumo de cierta pornografía conduzca siempre al de otra más “extrema”. Quizá muchos se hagan adictos a nuevos y más potentes estímulos sexuales tras haber experimentado con ellos, igual que a otros les pasa con las sustancias enteogénicas, pero otros muchos siguen consumiendo toda su vida el mismo tipo de pornografia o el mismo tipo de drogas sin mostrar ningún interés por “ir más allá” ni vivir en constante búsqueda de “algo más excitante”. El tipo de sustancia o la dosis de la misma, igual que el tipo y la dosis de los estímulos sexuales, tienen un rango de tolerancia distinto en cada individuo, un límite a partir del cual la medicina se convierte en veneno, o lo que es lo mismo, el placer se convierte en dolor, el disfrute en malestar y la euforia en nausea. 

Pero no crean sin embargo que las teorías de este escritor católico y reaccionario son las más infundadas, desinformadas o torpes argumentalmente. Podrían ser hasta dignas de tomarse en serio si las comparamos con otras, quizá procedentes del espectro ideológico opuesto, y que ofenden todavía más a la inteligencia. En la obra Los costes sociales de la pornografía, James R. Stoner, y Donna M. Hughes se atreven a sentenciar que “un hombre que se masturba utilizando imágenes de mujeres en estado de excitación mientras son golpeadas, violadas o degradadas aprende que los sujetos que en ellas aparecen disfrutan y desean ese tratamiento, y, en consecuencia, que tiene permiso para actuar de esa forma”. Es difícil abordar la cuestión de la pornografía de una forma más falaz, más superficial y más ignorante. El mito de la Tabla Rasa, al que ya nos hemos referido otras veces en este espacio, se expresa aquí en su forma más burda; no sólo asumen estos dos autores que nuestros instintos e inclinaciones se construyen culturalmente sin ninguna base previa, sino que además somos por lo general tan imbéciles para no saber distinguir entre la fantasía y la realidad, entre la representación y la realización, o entre el cine y la vida. Imaginen que estas dos lumbreras ebrias de moralismo pretendieran juzgar del mismo modo a las películas de acción o de aventuras. ¿Verdad que sería delirante? 

La cruzada contra la pornografía es en el fondo la enésima reedición del chivo expiatorio. Igual que dijeron (y dicen) que las armas generan violencia, que las drogas generan adicción y que el capitalismo genera egoísmo, ahora se nos quiere vender que la pornografía genera depravación y que la prostitución genera explotación. Como si no hubiera violencia sin armas, ni adicciones a otra cosa que no sean drogas; o como si no hubiera egoísmo antes del capitalismo, formas de depravación no sexuales o explotación fuera de la prostitución. 

Moralistas y fariseos de izquierda y derecha acercan sus posiciones más que nunca y de esta manera nos dejan ver su fondo común, por encima de disfraces y etiquetas engañosos. No es la primera vez que el feminismo radical y el conservadurismo puritano se alían para intentar acabar con la pornografía y la prostitución.

Escohotado tiene razón:

Es cómodo no asumir nuestra responsabilidad. Es cómodo pensar que si soy un neurótico, si tengo una personalidad adictiva, es culpa de que se cruzara en mi camino “la maldita droga”. Es cómodo pensar que si soy un maldito pederasta o un maldito violador es culpa de la pornografía, de la hipersexualización en los medios o de “la sociedad”. Digámoslo claro: si tras un tiempo de experimentar con drogas te vuelves adicto a una o varias de ellas es porque tienes una personalidad obsesivo-compulsiva y si no te hubieras “cruzado con la droga” te habrías hecho adicto a cualquier otra cosa (de hecho, ya eres adicto a muchas otras cosas además de a las drogas, y a poco que te observes me darás la razón). Del mismo modo, si tras un tiempo de ver pornografía o practicando sexo "promiscuo" acabas interesándote por nuevas formas de excitación, por ejemplo la pedofilia, seguramente es porque siempre tuviste esas inclinaciones y la pornografía, la prostitución o la "promiscuidad" tan sólo te han hecho descubrirlo un poco antes. Así que no proyecten las culpas en entes externos, no maten al mensajero: asuman quiénes son y asuman su responsabilidad.

¿Acaso prefieren ignorar lo que esconden sus instintos y arriesgarse a descubrirlo en el momento más inesperado y quizá también menos apropiado, exponiéndose a la vergüenza e incluso al delito o, el azar no lo quiera, al crimen y el remordimiento? La pornografía no sólo constituye una vía de escape para ciertos instintos, la cual parece haberse probado, como dijimos, que efectivamente contribuye a mantenerlos a raya fuera del ámbito privado y consentido, sino que también es una fuente de auto-conocimiento: algunas de tus tendencias y tus apetencias se revelan cuando observas, representas o realizas prácticas sexuales que nunca habías observado, representado o realizado. Y obviamente podrá aducirse que, aunque en nosotros se hallen latentes muchas de esas tendencias y apetencias, quizá no convenga despertarlas o descubrirlas todas de vez. Y habría que empezar por el lenguaje, que cómo bien sabemos lo carga el diablo: ¿Se trata realmente más de despertar o de descubrir? ¿Hasta qué punto la pornografía nos incita a aficionarnos por ciertas representaciones o prácticas?

No pretendemos ser aquí unos defensores acérrimos de la pornografía, ciegos a todos los efectos negativos que pueda conllevar, del mismo modo que anteriormente nos hemos propuesto no ser ciegos a todo lo que la sexualidad tiene de conflictivo y problemático. Admitimos por tanto que es posible despertar, como dijimos, demasiados deseos de vez. Dependerá, como tantas otras cosas, de cada persona y del uso responsable que haga de su tiempo y de su "capital humano". Nada en exceso, nos dijo dicho el sabio. Aunque volviendo a insistir en que “cada persona es un mundo”, está claro que la medida del exceso será también distinta para cada uno de nosotros. Parece claro que, como ya dije en el primer capítulo, quienes se dedican a la pornografía o al trabajo sexual en general están hechos “de otra pasta”, bien porque son más desinhibidos, bien porque tienen un mayor apetito sexual o bien porque se les da mejor separar lo carnal de lo emocional. 

Responsabilidad y autoconocimiento es lo que intentamos defender desde esta tribuna. Y si es cierto que la pornografía es una fuente de autoconocimiento, obviamente no es la única. Si por un lado es deseable conocer lo mejor posible quiénes somos como “personas sexuales”, quizá no lo sea tanto enfocarse exclusivamente en esa dimensión de nuestra personalidad; aunque bien pudiera ser la que nos ofrece más información indirecta sobre otras dimensiones. Pero tampoco nos dejemos llevar en exceso por visiones de tipo freudiano, pues teorías nunca faltan y uno no debe fiarse demasiado de ninguna de ellas. 

*
Enlaces a la primera y segunda parte.

viernes, 7 de octubre de 2016

Pornografía, feminismo y sexualidad. (II)

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Lo que se dice en este debate me ha motivado nuevas reflexiones en torno a las muchas cuestiones que se tratan en él, directa o tangencialmente, y ello me ha animado a escribir una segunda parte del texto que publiqué hace unos días.


Quizá sorprenda a algunos que sea Amarna Miller la que mantiene, de entre todos, un discurso más coherente y la que parece tener las ideas más claras. El resto de opinadoras (porque son todas mujeres excepto el moderador) no saben hilar dos frases sin meter por medio las palabras “heteronormatividad”, “patriarcado” y “capitalismo”. Sus argumentaciones no son tales: consisten más que nada en proclamas que aprendieron y que regurgitan como autómatas.

Atiborradas de dogmas, intentan pasar por “modernas” y “desinhibidas” sin poder ocultar el pestazo a moralina que rezuman sus querellas contra el que es para ellas, fuera y dentro de la pornografía, un mundo ciertamente perverso. Siguen viendo en el porno “mainstream” (es decir: mayoritario) una voluntad de modificar o fomentar ciertos deseos en los consumidores. Como tienen esa concepción tan delirante de la economía según la cual las empresas no ofrecen lo que el cliente busca sino que se afanan por orientar sus gustos en un “sentido heteronormativo y patriarcal”, parecen sugerir que si la mayoría de la gente es heterosexual es porque ven porno heterosexual, y no al revés. El mito de la Tabla Rasa hace de nuevo su aparición.. Todo proviene de la culturaLa heterosexualidad se construye..

¿Qué ocurre entonces con el porno homosexual? ¿Son conocedoras de lo importante que es ese sector de la industria o simplemente hablan de la pornografía, como de todo, de lejos y de oídas? ¿El porno homosexual pretende también “homosexualizar” a la gente? … De hecho, si comparáramos el porcentaje que hay de homosexuales entre los hombres con el porcentaje de pornografía homosexual que se hace dentro de esa industria, la heterosexualidad quedaría infra-representada en proporción. Por lo que, según su lógica, podríamos afirmar con igual o mayor convicción que ese “capitalismo neoliberal” persigue la “homo-normativización”.

Además, en qué quedamos: ¿Las empresas buscan el beneficio a cualquier precio o están dispuestas a ganar menos con tal de realizar una supuesta ingeniería social “que fortalezca al sistema”? ¡Por Júpiter! Si “el capitalismo” ha comercializado camisetas del Che y toda la iconografía comunista que se pueda imaginar, ¡qué problema va a tener, aun dando por bueno ese vínculo con el “patriarcado”, en vender todas las clases de pornografía que el público demande! Esta gente tiene la cabeza tan llena de ideología que no queda apenas espacio en ella para que el sentido común y la lógica asomen de tanto en tanto.

Pero no vayamos a dejar fuera de la crónica a Monedero. Otro que pretende jugar a dos bandas: a pro-porno y a anti-porno, a desinhibido, liberado y sin complejos por un lado, mas sin poder frenar por otro su moralismo, sus prejuicios y sus tabúes. El tipo es un trilero en toda regla, y tan siquiera se avergüenza de ello. Analicemos sus dos intervenciones estelares: En la primera se luce poniendo en cuestión que uno pueda hacer lo que quiera con su propio cuerpo “argumentando” que por esa regla de tres una podría “vender a su hijo recién nacido”.. ¡¿Acaso un niño que se acaba de dar a luz es “parte del cuerpo” de la madre y “le pertenece” igual que su brazo o su pierna?! … Ante la negativa de la Miller a aceptar ese “argumento”, Monedero se reafirma defendiendo la “racionalidad” del mismo e intenta arreglarlo reconduciéndolo a la venta de órganos. Pues no señor, tampoco. Un riñón efectivamente pertenece a su dueño pero sigue sin ser comparable a “vender tu cuerpo” en representaciones pornográficas puesto que, por muchas de ellas que uno haga, sigue conservando todos sus miembros y sus órganos en su sitio. Pero vamos a la segunda, que tampoco se queda atrás; pues, ni corto ni perezoso, este señor se lanza a comparar la realidad “capitalista” actual con el paraíso comunista soñado –no con el real, o qué os pensabais-, alegando que, mientras en las sociedades capitalistas muchos quizá se “vean obligados” a dedicarse a la pornografía o a la prostitución, en otro tipo de sociedad con renta básica y todas esas cosas las mismas profesiones "tendrían otra lógica”. Sí, que les pregunten por esa “lógica” a las cubanas, que son a buen seguro, de las mujeres de todos los países, las que menos presionadas se ven para prostituirse. De verdad hace falta ser miserable, o quizá estúpido, o sencillamente torpe, para decir algo así y quedarse tan ancho.

Y qué decir de Beatriz Gimeno. ¡Ay! La Gimeno.. Cuántos momentos de humor surrealista no nos dará esta mujer. Su percepción de la realidad camina entre lo cómico y lo grotesco. La buena señora ni admite ni aprueba que a la mayoría de las mujeres les gusten los hombres y les gusten sus penes, y que además les encante ser penetradas por ellos. Su feminismo dialéctico, como yo lo he bautizado, no es sino una versión moderna del puritanismo más enfermo. Ella viene a proclamar –entre líneas- que la Naturaleza lo hizo mal, que es esencialmente injusto que nos hiciera a unos cóncavos y a otros convexos. ¡Pero qué arbitrariedad es esa! ¿Por qué unos van a tener entrantes y otros salientes! ¡Todos planos! Y si ello nos pone francamente difícil obtener placer de nuestros cuerpos, ¡pues que así sea!: lo importante es que entonces seremos al fin iguales. Es un camino más enrevesado que aparenta ser contrario pero que acaba llegando al mismo sitio, como digo, que el puritanismo religioso: “el placer que sentimos está mal”, “¡es pecado!”; “es obra del demonio!” (léase: el capitalismo, el patriarcado, las “fuerzas oscuras” del mercado.) Así lo muestra su negativa a aceptar los argumentos en pro de los derechos individuales que blande contra ella la Miller. “Lo que a tí te guste no es un argumento”. Pero por lo visto, lo que a la Gimeno no le guste “El porno mainstream no puede gustarle a ninguna feminista”. Es decir, que ella no sólo tiene autoridad para distinguir qué valoraciones constituyen argumentos, sino que, al parecer, también sabe -o dicta- lo que puede gustarle o no a las feministas de todo el Globo, las del pasado, las del presente y las del futuro. Y ya la joya de la corona es su afirmación de que “si todo consistiese en una suma de derechos individuales, no se podría hacer política”. Porque así es: si se respetasen por entero nuestros derechos individuales, ella y los suyos no podrían meter sus narices en nuestras vidas y en lo que nos da placer o nos lo quita. ¿De verdad a nadie le espanta que algunos pretendan mezclar la política con el ámbito de la más estrecha privacidad? ¿No es esa la definición más perfecta de “totalitarismo”?
"Debemos problematizar nuestras prácticas y nuestros deseos".
"Debemos averiguar qué fuerzas oscuras
se esconden tras ellos".
....
 ¡Arrepentíos!
Pero la palabra estrella del debate, en boca de casi todos, es “problematizar”. El término-mantra en cuestión no podría ser más elocuente: convertir en problema lo que no lo es, o que hasta ahora nunca lo había sido. Por supuesto no se atreven a decir a las claras que algunas prácticas las consideran inmorales, y por eso comienzan a hacer funambulismo ético, reconociendo por un lado el derecho de cada mujer a fantasear o practicar lo que le plazca y elucubrando por otro sobre los roles que supuestamente pretende fomentar en nosotros “el heteropatriarcado capitalista”, usando tales elucubraciones carentes por completo de base empírica como pretexto para admitir la necesidad de una suerte de “ingeniería social inversa”. Es la misma lógica del Marxismo-leninismo de siempre: convencernos de que el actual estado de cosas es producto de una imposición para así justificar otra imposición: la de ellos. Elaborar teorías que ni quieren ni pueden probarse -esto es: pseudocientíficas- con el único objeto de volver legítima, y hasta necesaria, una violencia y un autoritarismo análogos a los que ellos han construido en su imaginación y en su propaganda.

Pero deben ustedes mojarse, señoras. O defienden la libertad individual o no. No hay terceras vías. Relativizar principios éticos que no podrían ser más claros inspira muy poca confianza. ¿Quieren ustedes dictar cómo deben obtener placer las mujeres o no? Díganlo claramente, y déjense de medias tintas y de vaguedades.

Por su parte, el papel de Amarna Miller en el debate, como dijimos, representa algo así como “la voz de la sensatez”. Los principios que defiende son bien claros, a diferencia de la caterva marxofeminista. Sus reclamaciones son también claras y perfectamente entendibles por cualquiera: la situación de a-legalidad del cine porno en España deja desprotegidos a sus trabajadores ante posibles abusos o malas prácticas –no en el terreno sexual necesariamente, sino también en el laboral-. Ella, que ha trabajado también en la industria de Estados Unidos, ha podido comprobar la ventaja de desarrollar esa profesión –para ella un hobbie- con todas las garantías que ofrece una ley sensata y funcional,  con controles de ETS´s más rigurosos, y donde los contratos están bien especificados y el poder de negociación de todas las partes más equilibrado.

La porn-star madrileña lanza además una pregunta retórica que es un desafío a los prejuicios mal ocultados de las de “el sexo también es política”: ¿Quién puede, de verdad, saber lo que degrada o humilla a una mujer? Exactamente la misma pregunta que lancé yo en la primera parte de estas reflexiones. Apenas se percatan de lo terriblemente arrogante que es pretender adivinar lo que los demás sienten (y sin entrar en el terreno, en el que ellas sí entran de forma mal disimulada, de lo que deberían sentir). Por supuesto que cuando contemplamos en la pantalla una práctica sexual que a nosotros nos desagrada, y que valoramos desde nuestra perspectiva negativamente, proyectamos nuestra vivencia sobre la persona que está representándola y por cualquiera que pudiera representarla en el futuro, y por tanto asumimos instintivamente que ella experimenta, o debiera experimentar lo mismo que nosotros. Pero eso es una trampa psicológica de sobras conocida, y parece mentira que personas hechas y derechas sigan confundiendo su ego con la realidad objetiva. Es como si todavía estuvieran en esa fase de la primera infancia en que el bebé no sabe distinguir lo que forma parte de su cuerpo de lo que es exterior a él.
Cierto escritor español dijo de ´Garganta profunda” que le resultaba un film “inverosimil”.
Quizá por aquel entonces muchos no caían en que en ello consiste justamente su poder de atracción,
en que no pretende mostrarnos la realidad, sino una ensoñación tan irresistible como turbadora.

No obstante, sí hay algo de lo que dice Amarna Miller que es más debatible, y sobre lo que me gustaría hacer una reflexión en cierta profundidad. El deseo expresado por ella de que la pornografía comience a verse como un trabajo más, y que se vaya diluyendo el estigma que acompaña a quienes se dedican a ello es sin duda un deseo legítimo, pero también ingenuo, y nos plantea algunas paradojas bien interesantes. Por un lado ese halo de “prohibido”, “sucio” y “oscuro” es ingrediente fundamental de la atracción que produce en la mayor parte, por no decir todos, de sus consumidores. Ella misma alude, si mal no recuerdo, al componente transgresor del porno. Y en efecto es éste un componente sin el cual esos productos audiovisuales perderían gran parte de su atractivo. Si la pornografía no buscara desafiar los límites y jugar con nuestra idea -siempre cambiante- de “lo perverso”, sencillamente dejaría de ser pornografía y pasaría a convertirse en una aburrida clase de educación sexual.

La realización o representación de fantasías sexuales requiere mantener un difícil equilibrio entre la costumbre y el tabú, entre lo agradable y lo desagradable, entre lo bello y lo grotesco, lo dulce y lo brutal, y esencialmente entre lo falso y lo real.

Como precisamente se trata de una receta que exige ese difícil equilibrio y esa precisión en cuanto a los ingredientes que se usan para elaborarla, en la que no puede haber ni demasiado picante, porque abrasa, ni demasiada realidad, porque repele, ni demasiado fingimiento, porque distancia, no toda la pornografía nos provoca o nos interesa o nos excita a todos por igual. Por ello los autores de ´La ceremonia del porno` nos hacen ver lo mal que entendemos habitualmente en qué consiste esa ceremonia. Creemos que el producto pornográfico es “fácil”, que es fabricado en serie y que no se distingue uno de otro, que con mostrar lo que hay que mostrar basta para lograr el objetivo: la excitación.

Pero nada más lejos de la realidad. Quizá eso bastara cuando hizo su aparición (aunque, como también se nos explica en el libro, ha existido desde siempre en distintas formas). Quiero decir que quizá cualquier cosa sirviera para llamar la atención del que nunca había visto imágenes pornográficas, o meramente eróticas, proyectadas con un cinematógrafo. Pero sin duda si esta persona se hacía aficionada a esas imágenes empezaría a buscar aquellas que más sintonizasen con sus deseos, probablemente los más inconfesables.

Y es que con ello hemos aterrizado en la, digámoslo así, Piedra Rosetta del fenómeno pornográfico, y puede que también del erótico: los deseos inconfesables, nuestro lado oscuro.

Porque todos tenemos deseos inconfesables. Y las fantasías que probablemente más les espantan a las que ven conspiraciones patriarcales y capitalistas detrás de todo son una vía de escape mediante las que aquél, nuestro lado oscuro, puede salir a la luz aunque sea tímidamente y en un entorno controlado; y de ese modo quizá evitar que acabe explotando en un momento mucho menos apropiado, sin ningún control que lo frene, y en el peor de los casos, causando daño a terceros.
Las prostitutas sagradas eran muchachas jóvenes que mantenían relaciones sexuales 
como parte de rituales religiosos en lugares sagrados y como ofrenda a los dioses. 
Existen varias teorías sobre la aparición de las prostitutas sagradas y de las funciones 
que desempeñaban. Unos dicen que la sexualidad y la espiritualidad estaban tan unidas 
que el sexo se convertía en una ofrenda para los dioses. (Fuente aquí)
Ya lancé en la primera parte de este ensayo una hipótesis sobre la posible, o no, función social de la pornografía. Alguien tan poco sospechoso de relativista o postmoderno como Guillaume Faye compartía esta intuición, y lógicamente la hacía extensible al papel de las prostitutas. En su inclasificable obra ´Arqueofuturismo`, Faye recordaba al hilo cuáles eran algunas de las atribuciones de muchas sacerdotisas en los antiguas religiones paganas, y cómo en aquellas sociedades cumplían también al parecer una función irremplazable. La ventaja es que ahora tenemos acceso a todos los templos del mundo y a todas las sacerdotisas sin movernos de nuestro silla y con un click de ratón.

Así pues, concluyo lanzando una nueva provocación que puede inspirar, al menos desde mi punto de vista, fecundas reflexiones. ¿Serían las actrices porno las nuevas prostitutas sagradas? Creo que hay motivos para creerlo así: el servicio que prestan no es como el mero trabajo sexual que se desempeña en el ámbito privado. En este caso se trata, como ya dijimos, de un rito, o un aquelarre; una ceremonia de concentrada intensidad en que se funde lo íntimo y lo público, en que se transgreden calculadamente las normas y los tabúes, los límites y los pudores… hasta dar con el justo equilibrio entre perturbación y curiosidad, esa receta precisa que a usted en particular le despierta el arrebatamiento que andaba buscando desde siempre, quizá sin saberlo y sin haber oído nunca de él, pero que desde ahora no cambiaría por nada y que, al lado del cual, lo que antes conocía como excitación le resulta un mero simulacro.

Pero no las juzguen ni se juzguen: a las sacerdotisas, a las fantasías que representan, o a ustedes mismos por disfrutarlas. Tan sólo sean conscientes de ellas. No hay cosa, por terrible que parezca, que sea preferible ignorar a conocer. La ignorancia sobre las cosas del mundo puede hacernos infelices, pero nunca tanto como la ignorancia sobre nosotros mismos.

Sí, pudo escribirlo Sócrates. No pretendía reclamar la autoría por esa reflexión.

Pero ésta sí la firmo: Deseen lo que deseen, ocúltenselo a quien quieran menos a ustedes mismos. Conózcanse y acéptense con sus zonas oscuras incluídas. Se sentirán más enteros y más dueños de sí mismos. El conocimiento es poder, y el auto-conocimiento es por tanto una forma de asumir mayor control sobre nuestras decisiones: de hacernos más libres. Y en eso creo que la srta. Amarna Miller puede servir de ejemplo, por mucho que ahora la odien, la juzguen, o elucubren sobre por qué hace lo que hace y piensa lo que piensa. Y con ello me refiero a la gente en general pero también a mí mismo porque, como la mayoría, tengo sentimientos encontrados. Ninguno estamos a salvo de prejuzgar, despreciar o apartar a otras personas cuando sus valores, sus percepciones o sus sentimientos no coinciden con los nuestros.

Yo mismo me he visto dividido entre la admiración, la incomprensión y la repulsión al indagar en la figura de Amarna Miller, ojeando su blog y algunas de las entrevistas que ha concedido. Es difícil aun hoy, por más “liberados” que nos creamos, asumir que alguien pueda entender y ejercer con tanta naturalidad el sexo como profesión, negocio y/o espectáculo. Nos gusta consumirlo, pero entraríamos en cólera si nuestra hija se dedicara a ello. ¿Hipocresía? Más bien imperfección congénita humana. De nuevo: no nos culpemos, no nos fustiguemos por no ser lo suficientemente “abiertos” o “modernos”. No todos estamos hechos de la misma pasta. Porque si algo me ha quedado claro es que Amarna Miller está hecha de una pasta muy especial. Ni mejor ni peor. Simplemente distinta al resto de nosotros. Quizá sea una muestra del próximo escalón en la evolución humana: una inteligencia emocional capaz de conciliar algunas de las hasta ahora insalvables contradicciones del homo sapiens. O al contrario: su moralidad innata acusa unas carencias que no serían beneficiosas para la especie. Pero también puede que sólo constituya un rara avis. Ya dije que no tiene por qué ser ni mejor ni peor.
Ishtar, entre los semitas orientales, era equivalente a la Diosa del Cielo sumeria. 
Por su relación con la fecundidad y la maternidad fue considerada diosa del amor, 
tanto en el aspecto familiar como en el sensual y voluptuoso. De ahí el que fuera 
la patrona de la prostitución sagrada, ejercida por hombres y mujeres 
en los templos, de cuyo personal formaban parte. (Fuente aquí)

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Pero una cosa sí es innegable. Escuchar y leer sus confesiones me excita todavía más que verla en acción. Quizá precisamente porque, mientras la escucho o la leo, sigue presente la acción en mi memoria.

Su transgresión me provoca, me repele, me intriga, me turba, me fascina, me ofende, y me excita sobremanera a un tiempo.

Ecce Homo… .
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lunes, 3 de octubre de 2016

Pornografía, feminismo y sexualidad (I)

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Decía Ernesto Castro que el acoso de algunos feministas a Amarna Miller evidenciaba que se habían perdido el debate que se produjo al respecto en los setenta, y que entonces ya quedó claro que no podía confundirse la visualización o realización de fantasías “machistas”, o cuales fueran, con la implementación de esas mismas actitudes fuera del marco controlado de la representación. Feminismo precisamente significa –o debería significar- que las mujeres escojan libremente lo que les da placer, así como sus profesiones o aficiones, opinemos lo que opinemos de ellas. 
Amarna Miller. Actriz porno española reciéntemente
acosada 
por feministas puritanas en las redes sociales.

No fueron esas sus palabras exactas; he preferido expresarlo con las mías propias. Lo cierto es que yo también me perdí ese debate pero no por ello dejo de suscribir la posición que mantiene el profesor Castro. Supongo que hemos llegado al mismo razonamiento por caminos distintos.

Si comento esta reciente anécdota es porque me ha hecho reflexionar largo y tendido sobre una cuestión que es más interesante y tiene más ramificaciones de lo que habitualmente se piensa. 

Para empezar, “pornografía” no es una categoría en absoluto objetiva. Lo que se considera pornográfico en una sociedad más bien recatada es considerado mero erotismo en otra con menos tabúes respecto al sexo. Recomiendo la lectura de un muy logrado ensayo sobre esto mismo, publicado hace unos años y que fue titulado ´La ceremonia del porno`

La pornografía ha suscitado siempre recelos y hasta abierta indignación en algunos sectores. Como todo. Como la libertad de expresión, como la libertad religiosa, como el ateísmo, el capitalismo o las drogas. Y si algo ha constatado la Historia es que intentar proscribir cualquiera de esas cosas, y tantas otras, no ha servido de nada. En todo caso, para empeorar las mismas circunstancias indeseables (al menos para algunos) que motivaron la cruzada contra ellas en primer lugar.

El feminismo hace tiempo que está dividido entre quienes condenan la pornografía y quienes la toleran (o hasta la ensalzan). Por un lado se nos dice que la mayor parte de esa industria está dedicada a proporcionar al público aquellas “fantasías machistas” de las que hablábamos al comienzo. Por el otro se nos recuerda que nadie impide a los que optan por otro tipo de fantasías el representarlas y comercializarlas. De hecho no es un secreto que existe porno feminista, porno homosexual, porno sadomasoquista, y así un largo etcétera. Todo lo que un cierto número de personas demande le va a ser tarde o temprano ofrecido por alguien: regla básica de la economía. Si resulta que, aun así, sigue habiendo mucho más porno dedicado a hombres heterosexuales que fantasean con dominar a las mujeres y no con ser dominados por ellas es porque, sencillamente, son estos mayoritarios, y por su parte las mujeres son de media menos aficionadas a la pornografía. Ya está. No hay ninguna conspiración del “Patriarcado” ni de la industria del entretenimiento ni del Sursum Corda. Los hombres que fantasean con ser dominados por las mujeres, aunque sean menos, también cuentan con productos pensados para ellos. Si no hay más pornografía de ese estilo es porque se demanda menos.

Una vez hechas estas aclaraciones, pasemos a analizar el papel de la mujer en el porno dedicado a hombres. Hay infinidad de perspectivas posibles desde las que analizar el asunto, y por más de ellas que resumiéramos aquí, siempre nos quedarían muchísimas cosas por decir que unos u otros considerarían pertinentes. Pero no le veo demasiado sentido a las divagaciones o elucubraciones morales; y tampoco creo que corresponda a nadie dictar los sentimientos y los valores con los que otros deben identificarse, por más “evidentes” que nos parezcan a nosotros. ¿Estoy defendiendo con ello un relativismo ético? No necesariamente. Pero tampoco es este momento de hacer una digresión sobre la moral, pues ello merecería un texto aparte, y bastante más extenso que éste. 

Lo que quiero hacer ver es algo más simple: las personas tenemos diferentes modos de percibir y vivir la sexualidad. ¿Hay unas “sanas” y otras “enfermizas”? Lo único verificable es que solemos considerar “sanas” las nuestras y “enfermizas” las de los demás; y esto tanto si somos puritanos como todo lo contrario. Es difícil por ello dictar desde nuestro sillón si lo que hace una mujer (o un hombre) la degrada, la humilla o la traumatiza porque no estamos dentro de su cabeza para saber realmente como ella (o él) lo percibe y lo experimenta. 

Juez Potter Stewart, quien admitió en la Corte
Suprema no poder definir la pornografía
aunque, y cito, "la reconozco cuando la veo".
*
Todos reconocemos lo que es pornografía
para nosotros, no así lo que es pornografía
para los demás. Especialmente si nos 

movemos en distintos ámbitos culturales.
Y tampoco puede afirmarse, como se ha hecho tantas veces, que las fantasías que se representan en el cine pornográfico fomenten actitudes análogas en la vida cotidiana. Este error, tan común, y que se extiende a la violencia en los videojuegos y en las películas, parte del dogma asumido en los últimos siglos de que los seres humanos venimos al mundo como pizarras en blanco y que todo aquello que nos atrae o nos repele viene dictado por los patrones culturales en que nos hemos criado. Ya hemos citado aquí más veces la tan reveladora, a este respecto, obra de Steven Pinker. No nos extenderemos pues sobre ello. Pero resumiendo: ni los videojuegos ni el cine ni la pornografía crean ni promueven tendencia alguna; lo único que hacen es ofrecer a los diversos consumidores los diversos productos que demandan. Cualquier otra estrategia sería absurda desde el punto de vista comercial.

De hecho, sería más interesante hacerse la pregunta contraria: si no habrá favorecido la pornografía, en vez de una suerte de hiper-sexualización, una disminución de los actos impulsivos de la más diversa índole, al constituir una vía de escape de esos instintos reprimidos con la que antes no se contaba (o que al menos, no era de tan fácil acceso como hoy). Si hiciésemos un estudio al respecto ponderando el peso de otros factores en una hipotética disminución estadística de violaciones y acosos, complementándolo con un seguimiento en un largo periodo de antiguos criminales sexuales en diverso grado, quizá los resultados que obtendríamos –y digo quizá- nos harían plantearnos la posibilidad de que la pornografía tuviese una función social nada desdeñable. En tal caso podrían considerarse a las actrices porno (más que a los actores, puesto que la mayoría del mercado es masculino, y la mayoría de los varones son heterosexuales) casi unas heroínas, unas benefactoras de la Humanidad.

Y manteniendo el tono serio y jocoso a un tiempo, porque el tema casi parece exigirlo, tampoco podríamos dejar de lado la discusión, acaso la más central o más habitual, en torno a la “cosificación de la mujer”. Lo cierto es que es difícil negar que la mujer sea concebida como “objeto sexual” en estos tipos de representación de fantasías masculinas. Pero es más difícil negar que la cosificación a que se ve sometido el hombre es todavía mayor. Al fin y al cabo, si la mujer se ve reducida a su cuerpo (aunque puede argüirse que su éxito no depende sólo de su apariencia sino casi en la misma medida de su “actuación”), el hombre se ve reducido a una sola parte de su cuerpo. Como dijera Marx del obrero industrial, “se secciona al individuo mismo, se le convierte en un aparato automático adscrito a un trabajo parcial, dando así realidad a aquella desazonadora fábula de Menenio Agrippa, en la que vemos a un hombre convertido en simple fragmento de su propio cuerpo.”

Y no será menos interesante abordar el asunto de los patrones de belleza. Normalmente es a la industria de la moda y la publicidad a quien se acusa principalmente de fomentar estos “estereotipos extremos e irreales”, pero desde luego que también se ha acusado de ello a la pornografía. No vamos a extendernos sobre si estos patrones son impuestos o no, aunque ya habremos dado alguna pista antes al mencionar la Tabla Rasa de Pinker. Lo cierto es que sí hay proporciones, siluetas y simetrías que resultan en general más atractivas, tanto en el caso de los hombres como de las mujeres. Lo que no hay, o al menos no tan claramente, es un nivel concreto de grasa corporal que resulte óptimo en cuanto a atractivo: eso sí depende más de las latitudes y las épocas. Por ello comprobamos como en el Caribe gustan más las mujeres algo rellenitas y en Polinesia los hombres incluso más que rellenitos, a diferencia de como ocurre hoy en Occidente. Sin embargo, es justamente en la pornografía donde menos se aprecia esa “dictadura de la delgadez”, puesto que esta industria, hoy tan diversificada, ofrece todos los productos audiovisuales que el consumidor pueda demandar; y las mujeres rellenitas y con curvas son más demandadas de lo que muchos seguramente creerán.

Pero aquí debemos hacer un alto en el camino y aclarar algo importante: de todo lo anterior no se deriva aquello de que practicar sexo sea “como beberse un vaso de agua”. Si ustedes han leído más textos de este blog seguramente ya sabrán que esa me parece una idea bien ridícula: el sexo no es “inofensivo” ni “inocuo” puesto que tanto en la Naturaleza como en la Civilización comprobamos que ha sido una de las mayores fuentes de conflicto. La “liberación sexual” que con tanta convicción abrazaron los jóvenes en los Setenta (quizá desde un poco antes y hasta un poco después de esa década) fue origen de grandes dramas y grandes frustraciones. Y aquellos jóvenes idealistas convencidos de que los celos y la fidelidad eran una imposición cultural acabaron aprendiendo por las malas que en realidad eran instintos que formaban parte de su naturaleza y que era imposible (al menos para la mayoría) apartarlos sin más de sus conciencias.

¿Esto quiere decir que para todo el mundo resulte igual de problemático y comprometedor el sexo? Obviamente no. Tanto nuestra predisposición genética como el carácter que desarrollamos a lo largo de nuestras vidas hacen que los individuos enfrentemos la sexualidad, igual que muchas otras cosas, de maneras muy diversas. Los hay que son incapaces de dormir con alguien una noche sin enamorarse como colegiales. Los hay que son capaces de compartir lecho con multitud de personas sin llegar a sentir lo más mínimo por ninguna de ellas. Esos son los dos casos extremos: entre medias, nos hallamos seguramente la mayoría.

Entonces, ¿los actores y actrices porno pertenecerían al primer grupo que describimos? Puede que sí y puede que no. Podemos preguntárselo a ellos, uno por uno; y seguramente obtendríamos respuestas bastante variadas. Seguro que no son de los que se enamoran de cualquiera con quien practiquen sexo, porque les incapacitaría para desempeñar su profesión; pero más allá de eso, no podemos estar seguros de cómo afrontan el sexo a nivel personal todos y cada uno de ellos. Podemos suponer, desde luego, que en general predomina el componente lúdico. Aun así, no podemos asegurar que no constituya en algunos casos una experiencia mística o trascendente.

Y es que, puestos a ser iconoclastas, no puedo desaprovechar esta oportunidad de rescatar mi tesis sobre la “metafísica del sexo”. Confieso que la tentación de hacerlo es superior a mis fuerzas.

En el libro de Barba y Montes que antes mencioné se incide en el hecho de que la pornografía, por muy tosca y de mal gusto que nos parezca, es una cosa muy seria en el momento de su realización y su visualización. Luego queda de nuevo relegada al cuarto oscuro que no queremos mostrar a nadie; ni a nosotros mismos. Pero en el momento preciso de ejecutarla o contemplarla, se trata de todo un rito, una ceremonia, quizá un aquelarre: un rito religioso invertido. Por ello podemos hablar de una iniciación, un compromiso, y por supuesto una comunión y un éxtasis religioso; sin comillas, pues..¿en qué otra situación que no sea ver pornografía o practicar sexo estamos más cerca del sentimiento de fundirnos con la eternidad y contemplar el rostro de Dios? ….
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Al escribir sobre pornografía, uno ya sabe a quién habla: a gente como uno mismo. 
Gente que a veces la consume o la practica, la solicita o la teme, 
la admira, la calibra, la sopesa con precaución o la disfruta. 
(Andrés Barba y Javier Montes)
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Uno sólo combate los prejuicios que comparte. 
(Simone Weil)

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