Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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lunes, 24 de agosto de 2015

"EL MIEDO A LA LIBERTAD" (III)

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1- Autoridad, credo, o independencia.

«Aun cuando aquellos que ejercen la autoridad fueran malos o desprovistos de fe, la autoridad y el poder que ésta posee son buenos y vienen de Dios. Por lo tanto, donde existe el poder y donde éste florece, su existencia y su permanencia se deben a las órdenes de Dios. (....) Dios preferiría la subsistencia del gobierno, no importa cuán malo fuere, antes que permitir los motines de la chusma, no importa cuán justificada pudiera estar en sublevarse. (...) El príncipe debe permanecer príncipe, no interesa todo lo tiránico que pueda ser. Tan sólo puede decapitar a unos pocos, pues ha de tener súbditos para ser gobernante.» 

(Martín Lutero .. cabrón con pintas.)
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Hoy por hoy, a casi nadie se le ocurre proponer que las religiones ya no se escojan libremente  y que vuelvan a ser impuestas desde las élites gobernantes. Sin embargo, vemos por completo legítimo que se nos impongan modelos económicos o políticos. Y no hablo de regímenes dictatoriales. En las democracias de Occidente se asume sin menor problema que el 51% de los votantes (que no tiene porque ser siquiera el 51% de la población) pueda decidir sobre el resto de la ciudadanía. Quizá en un futuro resulte esto tan indefendible como lo es hoy que se nos imponga una religión desde fuera.

Y durante cierto tiempo, en torno a los siglos XVIII y XIX, esto pareció entenderse, pareció respetarse, y pareció avanzarse decididamente en ello. Aunque hay que decir que, como siempre en la historia humana, no se trató de un progreso, ni de una evolución en sentido estricto, pues no vemos constante alguna, temporal o espacial. Por eso tampoco la hay ahora. Y por eso podemos confirmar, de hecho, un franco retroceso en todo el pasado siglo respecto a esos avances que, no hay duda, se hicieron en los dos que le precedieron. Y obvio que, como hoy tampoco existen constantes geográficas, los retrocesos constatados no se han producido en la misma medida en todos los países.

Se califica al XIX como "el siglo del liberalismo". Como lo fue el XX el de los totalitarismos y las democracias progresivamente desvirtuadas y reincidentes "víctimas" de tentaciones liberticidas. Por ello en aquel siglo, en el mapa general, vemos como triunfó por doquier la idea de los derechos del individuo y las libertades civiles, al menos en nuestro contexto cultural, y siempre en distinta medida según las geografías. Y por ello en el que clausuramos hace década y media se deshizo gran parte de ese camino que se había iniciado tan decidida y exitosamente en etapas anteriores.


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2- Dependencia, bienestar y atomismo.

«La gente que se ha acostumbrado a contar con el Estado nunca aprende el arte de la 
confianza en uno mismo ni adquiere los hábitos de la acción cívica.»

(Anthony de Jasay.)

¿Anarco-capitalismo? ¿Neo-liberalismo? Nada de eso. Yo prefiero siempre hablar de ´anarquismo` sin aditivos ni adjetivos. Los anarquistas "de izquierda", igual que los "de derecha", siempre han rechazado claramente el concepto "estado de bienestar" (al menos hasta hace poco, pues los primeros, hoy por hoy, casi se han rendido del todo a esa golosina envenenada, traicionando así sus más elementales principios. Pero ese pleito lo dejamos para mejor ocasión.)

La cosa es que, hace un tiempo, todo anarquista tenía claro que, tanto en una sociedad capitalista como en una comunal, mutualista.. cual sea, el acostumbrarte a que cada vez más cosas te sean provistas desde el estado, necesariamente te vuelve perezoso, inmaduro y egoísta.

Sí, ya sé que la idea más extendida es la contraria, que el egoísta es el que se opone al estado benefactor. (Pero sucede que la opinión mayoritaria no tiene por qué ser la acertada, y de hecho, rara vez lo es). Lo hechos más bien muestran que es en la ausencia de cualquier ente benefactor cuando uno se ve obligado a colaborar socialmente, ya que, en caso de no ayudar a los demás, ellos tampoco te ayudarán en el futuro.

¡Ah! Pero en la "sociedad del bienestar", todos esos lazos sociales que costó generaciones y generaciones construir ya no tienen ningún incentivo para mantenerse -ya que "el estado provee"- con lo que, con mayor o menor rapidez, van disolviéndose atendiendo a una lógica que nos incentiva a desarrollar un individualismo, o atomismo, cada vez más acusado.

mmmm ...Entonces llega la crisis, la burbuja del gasto público..
¡El "régimen benefactor" es insostenible! 
Pero todos nosotros nos hemos acostumbrado a que esté ahí, y nos hemos vuelto casi unos inútiles funcionales a falta de él. 
Desconocemos en absoluto como proveernos nosotros mismos de los servicios de los que él nos proveía, y en el camino hemos destruido toda alternativa que una vez hubo a ese monopolio asistencial.

HE AHÍ, PUES, LA TRAMPA. 
Y sobre todo, HE AHÍ LA TRAGEDIA.
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El Estado del Bienestar, lejos de lo que reza la mitología que lo sustenta, no se construyó desde abajo, sino que se impuso desde arriba. No fue una "conquista social" sino la conquista del Estado sobre la sociedad.

Lo que en verdad fue construcción laboriosa de muchas generaciones son las sociedades de ayuda mutua, los vínculos que fueron creándose en las comunidades vecinales sin ayuda del estado.

Al crear los políticos una red de servicios públicos centralizada, lo que buscaban no era atender mejor a los ciudadanos (quizá sí lo creyeran los más cándidos de ellos) sino que buscaban meterlos a todos en el redil de la política, y así, controlar la sociedad civil desde arriba. 
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3- Atomismo, hedonismo y prohibicionismo.

«Si nos limitamos a considerar solamente las necesidades económicas, en lo que respecta a las personas "normales", si no alcanzamos a ver el sufrimiento del individuo automatizado, entonces no nos habremos dado cuenta del peligro que amenaza a nuestra cultura desde su base humana: la disposición a aceptar cualquier ideología o cualquier "líder", siempre que prometan una excitación emocional y sean capaces de ofrecer una estructura política, y aquellos símbolos que aparentemente dan significado y orden a la vida del individuo.»

(Erich Fromm, ´El miedo a la libertad`.)


Me he referido en otras ocasiones a la acusada tendencia al "modo de vida adicto" en nuestras sociedades modernas. Tal vez buscamos, o tal vez "nos muevan" a abrazar un modelo de existencia basado en la búsqueda del placer a cualquier precio. Gran parte de la actividad comercial y de la publicidad están orientados a ofrecernos aquellos productos (de la clase que sean) que tienen cierta capacidad de "engancharnos". Nos enganchamos a un producto de bolleria, nos enganchamos a un refresco, nos enganchamos a un programa de televisión o a un videojuego, nos enganchamos al tabaco, al alcohol o al café.
Las dos opciones (las dos únicas opciones) frente a esta situación son:
1) Considerarte un individuo libre que debe asumir la responsabilidad por sus acciones. Y..
2) Considerarte una víctima, en mayor o menor grado, de un sistema que busca convertirte en adicto a cualquier cosa, y a cualquier precio.
Muchas veces asumimos la segunda de las premisas incluso inconscientemente, de tal forma que acabamos hablando de un "sistema de dominación" casi como lo haría un marxista. Pero esto no es casual. Es propio de nuestra educación judeo-cristiana el buscar, primero de todo, un culpable. 

¡Y ahí está el error fatal!, porque, si no salimos de él, nos embarcaremos en una carrera de prohibicionismos que no tendrá fin; iniciaremos una cruzada que difícilmente ganaremos, porque ésta siempre tiene una todavía más difícil conclusión.

Primero vendrá el alcohol (está claro que me estoy refiriendo a hechos consumados y hace unas cuantas décadas). La Ley Seca engendrará su "antítesis", su consecuencia necesaria, que es el gangsterismo (los gangsters ya existían, pero es con el tráfico de alcohol cuando multiplican por cien su poder y su actividad). Una vez restablecida la normalidad -es la normalidad que el alcohol sea corriente y aceptado en toda cultura europea-, los traficantes se resistieron a perder su poder y, finalmente, encontraron una salida en el tráfico de otras sustancias más extrañas al contexto cultural de Occidente. (Pero eso es un asunto, a la vez fascinante y terrible, que nos llevaría demasiadas líneas abordar ahora.)
Decía, para sintetizar, que primero viene la tentación de prohibir el alcohol, porque se aprecian problemas derivados de su abuso. Luego (o antes, da igual) vienen otras sustancias, como hemos visto recíentemente con la demonización del tabaco y hasta de los propios fumadores. Pero en torno a los 60 se impulsa desde USA la prohibición a nivel mundial de numerosos estupefacientes que, en primer lugar, no habrían aparecido con esa virulencia de no ser por el mercado negro que originó la Ley Seca (aunque sé, desde luego, que no es ni mucho menos tan sencilla la explicación del fenómeno; y además, dijimos que no íbamos a abordar tan compleja problemática en estas lineas.)

Pero aquí viene el punto de inflexión más peligroso. Pues hoy comprobamos fácilmente que no sólo existen adicciones relacionadas con sustancias extrañas a nuestro cuerpo. Los videojuegos, las redes sociales, la pornografía, las revistas y programas de chismes (que son otra clase de pornografia de menor valor estético) son tanto o más adictivos que muchas sustancias calificadas de "estupefaciente". Al comprobar, asimismo, que con todo ello se hace negocio, inmediatamente pensamos en soluciones fáciles para remediarlo (que, lejos de serlo, finalmente nos llevan a la desastrosa inercia que ya describiéramos antes).

4. Crisis existenciales, hipocresías comerciales y memes liberticidas.

El ser humano se ha convertido en las sociedades postmodernas en un buscador compulsivo de ´vías de escape`. Y la industria del entretenimiento y otras lo han aprovechado; y gracias a herramientas como la publicidad, podemos pensar que incluso lo fomentan. ¿Pero es culpa de la actividad comercial en sí o de la naturaleza humana?.
La violencia callejera, las bandas, también causan adicción, tanta como la cocaína. Pero ya sobre eso es difícil orientar una actividad comercial. Sin embargo, no deja de ser uno de los vicios más destructivos, y en este caso, no lo es únicamente para sus usuarios.
Probablemente haya más cosas en este mundo susceptibles de convertirse en adicción que aquellas que no lo son: La misma comida. Casi cualquier alimento puede ser adictivo en un momento dado, según para quién. ¿Qué hacemos entonces?, ¿ lo prohibimos?, ¿o prohibimos tan sólo que se comercie con él? Nos quedarían muy pocos bienes con los que poder comerciar en ese caso. Y lo más peligroso, en todo caso, no es que prohibamos ciertos productos. Lo verdaderamente peligroso es que, siguiendo tal lógica, veamos en la propia actividad comercial (y así lo hemos visto muchos) una perversidad inherente. Ya que, constatado el interés de la industria del entretenimiento (entendida en sentido amplio) por alimentar nuestras adicciones potenciales, obtenemos la conclusión de que es la industria, y no nuestra naturaleza, la responsable de nuestro modo de vida crecíentemente hedonista y crecíentemente atomista. 
¿Y a qué nos va a llevar esto? Pues nos va a llevar a disparar furiosamente contra los objetivos equivocados. Y nos podría conducir fácilmente a destruir gran parte de nuestro entorno, a cargarnos sin pestañear gran parte de los avances sociales, culturales, y tecnológicos. Y éste sería un acto cobarde e hipócrita como pocos, dado que contra lo que en verdad nos estaríamos rebelando es contra NUESTRA PROPIA NATURALEZA, la cual preferimos muchas veces negar antes que aceptar tal como es, con sus cimas y sus valles.. pero también con sus abismos.
Y el desentenderse de los feos abismos no hace que estos desaparezcan, sino que, por el contrario, les otorga más poder sobre nosotros.

La cuestión aquí consistiría en empezar a ser lo suficientemente inteligentes para, en vez de prohibir aquello que puede hacernos daño, procurar en lo sucesivo educar en el buen uso de los productos, de los hábitos y de los placeres.

Hoy vuelve a resurgir aquella tendencia a la prohibición como remedio. Lo que quiero hacer ver, por tanto, es que en cualquier ámbito, ¡el que sea!, se trata de una opción treméndamente inmadura, y treméndamente contraproducente. La historia lo muestra una y otra...y otra vez. La realidad es tozuda, y casi podemos establecer relacion de causa y efecto cuando se trata de prohibicionismo, cazas de brujas, y cruzadas de lo más variopinto. El efecto es agravar el mal que se combate, y en última instancia, que éste engulla al propio cazador (o cruzado, o perseguidor).

Dijimos que ante este problema sólo caben dos opciones.
¿Cual es entonces la salida apropiada?

LA EDUCACIÓN, Y NO LA PROHIBICIÓN.
LA EDUCACIÓN, Y NO LA IMPOSICIÓN.
LA EDUCACIÓN, Y NO EL PALO O LA ZANAHORIA.
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No crean, sin embargo, que no me siguen persiguiendo las dudas sobre la actividad comercial e industrial en nuestra época. Es cierto que últimamente he logrado, o creo que he logrado, alcanzar una visión más objetiva y más coherente sobre el famoso "mercado". Pero en reflexiones como éstas me doy cuenta de que está lejos de ser una cuestión sencilla el sentenciar, sin más: "el mercado es beneficioso", o al contrario: "el mercado es perjudicial". Lo que resulta innegable es que gran parte de su actividad se nutre de nuestras miserias y nuestras derrotas, como es nuestra falta de voluntad en tantos ámbitos de nuestras vidas. Pero como el buscar culpables, hemos constatado, es inmaduro, improductivo y engañoso, será siempre más conveniente, y productivo, el buscar los....factores, circunstancias, inercias.. que confluyen en la situación descrita y procurar enmendarlos, llevarlos por mejor camino en orden a auto-construirnos mejor en el futuro, como diría Félix Rodrigo Mora.

Pero aquí quiero retomar aquella diatriba que se plantea todo ser pensante cuando constata cómo la actividad comercial se nutre, quiera o no, del atomismo, el vacío existencial de nuestra era, y la búsqueda de placeres en cadena a que nos aboca.

Nuestra vida parece convertirse a veces en eso. En las sociedades sin dios, sin tradición, y sin arraigo, por momentos parecemos buscar un sustituto de ese significado con el que contaban nuestros ancestros en el encadenamiento sucesivo de pequeños placeres; de tal forma que podamos dirigirnos sin demasiado ruido a cumplir nuestro papel final en otra cadena, la alimenticia; es decir, a concluir nuestro ciclo vital entregándonos por entero a los gusanos, como toda amada se entrega a quién está destinada.

Cuando pensamos en esto, es difícil no proyectar la imagen a que nos referimos antes, la de "un sistema que busca convertirte en adicto a cualquier cosa, y a cualquier precio"..
Debo admitir que muchas veces he asumido ese ideologema, ese meme, por llamarlo de alguna manera. (Al fin y al cabo, los memes son a la cultura lo que los genes a la biología, así que imagino que resulta útil para el análisis.) Y como tal ideologema -sea o no memético-, uno no sabe hasta qué punto es una acertada conclusión por deducción empírica o si lo que nuestra percepción está mostrando ya está condicionado por esa idea que estaba previamente alojada en nuestra cabeza.(1)
Pero quizá lo resolvamos de la siguiente manera. Fijémonos que antes dijimos que "la actividad comercial se nutre, quiera o no, del atomismo, el vacío existencial de nuestra era, y la búsqueda de placeres en cadena a que nos aboca." Quizá la clave esté en el "quiera o no". Probablemente hallemos ahí la solución al enigma que nos perseguía: si fue primero el huevo o la gallina. O dicho de otro modo: si es nuestra flaqueza, nuestra falta de voluntad, nuestra clara indefensión frente a las bajas pasiones, todo ello originado en un contexto de crisis axiológica y existencial de interregno (2) , la que precede en su aparición al inevitable, por otra parte, aprovechamiento de estas debilidades por las industrias dedicadas a proporcionarnos tantas dosis de placer y en tantas formas como ansíe el más hedonista y atomizado de los seres que pueblan esta confusa postmodernidad. Aunque surja sólo por un estado de enajenación transitoria. Aunque sólo arribe a tal deseo en medio del más profundo de los abismos autodestructivos...

(*1) Lo cual se explica, por cierto, también en base a los genes. Pero esta vez no se trata de una analogía. Los especialistas en psicología evolucionista los han llamado "sesgos de confirmación" o "sesgos de auto-afirmación". Imagino que incluso se pueden entender como dos fuerzas, en muchos casos, análogas y complementarias. La explicación de los mismos es bastante simple: Uno no puede andar siempre dudando "socráticamente" de todo, pues no es buena estrategia de supervivencia. Conviene, además de autoafirmarse para mantener el tipo ante la adversidad, poseer un sesgo semi-consciente que tienda a confirmar las opiniones que anteriormente expresamos sobre los más diversos asuntos. No se culpen, pues, por autoengañarse con tanta frecuencia y en tan diversos modos. Ya que estas mentiras piadosas contadas a nosotros mismos parecen ser, en origen, exitosas estrategias de supervivencia (porque de no ser así, no habrían llegado hasta nuestros días).

(*2) Fin de ciclo civilizatorio. Período entre dos etapas históricas.

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5- Comercio, comunitarismo, y respeto mutuo.

Quiero que sepan esto: ¡Yo también defiendo el socialismo! Ahora, siempre que quienes se sometan a él lo hagan voluntariamente, y que voluntario sea también el salirse del mismo si uno lo piensa mejor. Lo mismo con el capitalismo, el tradicionalismo, el ruralismo y el cosmopolitismo, el decrecimiento y el consumismo... ¡Y hasta el fascismo y el feudalismo!

Siempre que dependa de la libre elección de cada cual someterse a las normas que sean, cualquiera que sea su rigidez o laxitud, no me parece legítimo oponerme a ello. Como tampoco me parece legítimo que esto mismo se haga sin el consentimiento expreso de cada-uno-de-los-ciudadanos.

Esto no es exactamente una utopía. 
De hecho, se la ha denominado Metautopía.
La diferencia entre ambas consiste, primero, en que ésta última es bastante más realizable; y segundo, en que al ser su pilar central el respeto por las utopías de los demás, no exige el titánico, quimérico reto de aplicarla a todos por igual -cosa que, dicho sea de paso, es inmensamente arrogante, puerilmente egoísta, e implica una clara injusticia de fondo.-
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Oímos con frecuencia reflexiones como la siguiente: 
"Casi todos quieren un mundo a su manera donde impere la idea que propone. Nada mas imposible que eso." .. ¿Ah sí? ¿Estamos tan seguros de ello? Porque yo les voy a nombrar una razón, una sóla razón, por la que es imposible. Y es que, tanto fascistas, como comunistas, postfascistas, socialistas del s. XXI, conservadores, tradicionalistas, mercantilistas, y demócratas en cualquiera de los imaginativas acepciones que existen hoy de esa palabra.. siguen pretendiendo IMPONERLES A LOS DEMÁS sus valores y formas organizativas. 
Si se respetase un principio tan simple y tan inatacable como es el de la voluntariedad.. nada habría de imposible en que cada cual pudiese desarrollar sus ideas y sus modelos de sociedad.
Pero claro, renunciar a imponerles a los demás las propias ideas es un paso en nuestra evolución cultural que no se dará de un día para otro. Se requiere una madurez que no todos, ni mucho menos, han alcanzado aún.

«Los hombres se debaten impotentes frente a una masa caótica de datos y esperan con paciencia patética que el especialista halle lo que debe hacer y a dónde debe dirigirse. Este tipo de influencia produce un doble resultado: por un lado, escepticismo y cinismo frente a todo lo que se diga o escriba, y, por el otro, aceptación infantil de lo que se afirme con autoridad. Esta combinación de cinismo y de ingenuidad es muy típica del individuo moderno. Su consecuencia esencial es la de desalentar su propio pensamiento y decisión.»

(Erich Fromm, ´El miedo a la libertad`.)


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Quiero retomar, para poner fin a este alegato -y al tiempo, reflexión- lo que mencioné en el apartado dedicado al Estado del Bienestar, justo tras la cita de Anthony de Jassay. 
La gente escucha defender ciertas posiciones sin conocer el contexto ideológico, o axiológico, en que se enmarcan. Por eso cuando te quieren colgar el estigma, y dicen que "tu discurso huele a anarco-capitalismo", o peor aún,  a "neo-liberalismo", yo siempre insisto en que no hablo de otra cosa que de ´anarquismo`, sin aditivos ni adjetivos. 
¿Qué culpa tendré yo de que quienes apenas conocen la historia del pensamiento libertario -que va desde Bakunin hasta Ron Paul, pasando por los confederados norteamericanos- "oigan campanas" de "mensaje neoliberal" en algunas de las posiciones que defiendo?

Si el tan mentado y tan instrumentalizado "neoliberalismo" existe, pueden estar seguros de que tiene muy poco de libertario. 

El llamado "neoliberalismo triunfante" no permite la libre tenencia de drogas y armas, invade países extranjeros, restringe libertades civiles (incluída la de expresión), favorece que el poder empresarial se concentre en corporaciones o círculos de empresarios que se erigen en oligarquía, centraliza el poder político en estados que nada tienen de "micro" -como sería la opción libertaria-, ¡y sí!, coarta en mayor o menor medida el libre desarrollo de los mercados.

Si usted es de aquellos que suelen acudir a esos ´estigmas arrojadizos`, por favor, en lo sucesivo, cuando contraponga ideas con el resto de la gente, hable-con-un-poquito-más-de-propiedad. Tan sólo reclamo eso, y no creo que se trate de una exigencia caprichosa. ¿O sí lo creen ustedes?

lunes, 22 de junio de 2015

La fase Post-nihilista (II)


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«Hay quien en nombre de la caridad cristiana mata, quien para salvar al prójimo le llevó al quemadero. Cualquier idea sirve al fanático, y en nombre de todas se han cometido crímenes.

No es divinamente humano sacrificarse en aras de las ideas, sino que lo es sacrificarlas a nosotros, porque el que discurre vale más que lo discurrido, y soy yo, viva apariencia, superior a mis ideas, apariencias de apariencia, sombras de sombra.»

(Miguel de Unamuno, ´La ideocracia`.)

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En escritos anteriores no respondimos a la pregunta de "Por qué la modernidad es esencialmente disolución" más que de forma indirecta. Lo formularemos ahora con total claridad: 

El ideal ilustrado, y sus dos hijos primogénitos, el racionalismo y el iluminismo, se han revelado a la postre como el cumplimiento del mandato monoteísta, del idealismo cristiano (que no el platónico, es importante distinguir ambos ya que muy a menudo se han tomado por una misma cosa.)

La igualdad, ese gran tótem de una época caracterizada por una voluntad niveladora, negadora, nulificadora... es la plena realización del ideal monoteista... ¡DISOLVERSE EN LA NADA!

Nietzsche me da la razón cuando clama aquello de «¡En Dios, divinizada la nada, santificada la voluntad de alcanzar la nada!»
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Pero cuando esa Disolución se haya consumado, y ya estemos del todo inmersos en la fase post-nihilista.. ¿Se inventarán nuevos dioses? ¿Se propondrán nuevos mitos? ¿Nacerán nuevos héroes?

Necesariamente será así. Lo que no podemos adelantar es cual será la naturaleza de esos dioses, mitos y héroes que surgirán de la misma necesidad de trascendencia, de un imperativo que traerán los nuevos tiempos de orfandad. 

El hombre se encontrará arrojado al mundo, pero ya no con la carga acumulada de haber portado la cruz de la Fe, y luego, de la Razón, como les ocurrió a los ya exhaustos existencialistas; sino que se tratará de un arrojamiento virgen, una página en blanco esperando a ser impresa con los significados que para esta virginidad y este interrogante deseen proponer -inventar- los nuevos hombres. Ellos deberán juzgar, mejor que lo hicieron todos sus predecesores, qué explicación, qué tipo de trascendencia será la que este nuevo hombre requiere para superarse, o cuando menos, para seguir adelante, para romper con la parálisis.. 
Para tomar de nuevo el cielo por asalto, tras tantos siglos de haber sido la principal víctima de un asalto de los cielos al mundo de los hombres.

«Toda virtud debe ser la propia invención de uno, la íntima defensa y necesidad de uno; en cualquier otro sentido sólo es un peligro. Lo que no está condicionado por nuestra vida, la perjudica. (...) Un pueblo sucumbe si confunde su específico deber con el deber en sí. Nada arruina de manera tan profunda a íntima cualquier deber “impersonal”, cualquier sacrificio en aras del Moloc de la abstracción.»

(Friedrich Nietzsche, ´El Anticristo`.)

¡Ahí se describe con plena lucidez lo que este asalto inverso ha supuesto para el hombre!, el cáncer que ha corroído lenta pero ininterrumpidamente la antigua armonía con su entorno y con su propia naturaleza, es decir, la coherencia que en un tiempo guardó la cultura en relación con la vida.

Deberemos resguardarnos, pues, como de la peor pandemia, de esa idea monoteísta arrastrada también en tiempos de pretendido ateísmo: ese "deber en sí" del que habla Nietzsche, ese "Moloc de la abstracción", ese monstruo del conceptualismo que supone un imperativo moral ajeno a todo contexto y a toda utilidad y finalidad práctica (o vital). 
En este caso sí deberíamos responsabilizar en parte a Platón, pues, en lo que a tal materia se refiere, no se puede obviar que algo de culpa sí tuvo el inmortal ateniense; aunque de lejos lo compensara luego con muchas y brillantes aportaciones a nuestro acervo, ya no cultural o intelectivo -ni siquiera espiritual- sino enteramente humano.

Porque nuestra humanidad no es, ni mucho menos, la única humanidad posible. Bien podría haberse desarrollado ésta de manera muy distinta. Pero la que conocemos, aquella en torno a la cual hemos entendido nuestras ambiciones y valores, nace con Sócrates, como el padre que hace alumbrar en nosotros el ansia de verdad mediante la Mayéutica; y es bajo los rayos del potente Sol en que se erigió Platón como empezamos a corretear alegres y entusiasmados con todos los seres y cosas que algún dios -o acaso, algún torpe demiurgo- puso en esta Tierra tan sólo con el objeto de que nos interrogáramos sobre la razón de su existencia, y aún más, sobre la existencia en sí misma.
Aristóteles sería harina de otro costal. La ciencia, la razón y el empirismo modernos nacen con él -aunque se los mantuviese postergados por un tiempo-. No digo que su figura sea menor, ni mucho menos desechable. Lo que digo es que pertenecen a mundos y aspiraciones distintas, tanto que apenas las veremos cruzarse en algún punto. 

Es claro, pues, que pudimos dar lugar a humanidades muy diversas. Por eso deseo insistir en la idea de que ésta no es la única posible. De hecho, hasta el advenimiento de la Globalización, coexistieron varias de ellas prácticamente aisladas e independientes unas de otras; humanidades que se desarrollaron, en efecto, de modos ostensiblemente diferenciados y hasta incompatibles. Por todo ello debiera revelársenos de una vez el carácter quimérico, y del todo absurdo, de esa tan arraigada idea del hombre universal. ¡No existe tal hombre! Y si tras derruirse los cimientos de esta era convulsa y confusa como pocas, nuevos grupos humanos se vuelven a desarrollar aislados unos de otros -en caso de que la crisis histórica se manifieste con una violencia que dé lugar a tal aislamiento-, podremos comprobar entonces cómo son igualmente posibles formas de encarnar lo humano tan variopintas que ni la imaginación más fecunda sería capaz de prever. 

Podrán surgir formas de humanidad basadas en la pura crueldad, o en la pura compasión.. o con la misma facilidad, formas que abracen casi exclusivamente su dimensión animalesca, como podemos comprobar con un ejemplo que hoy sí tenemos cerca: el de las organizaciones mafiosas. 
¿Acaso es el tipo humano del gangster el mismo "hombre universal" al que nos referimos cuando pensamos en la madre, en el honrado tendero o en el maestro de escuela? Algunos saldrán con la explicación conveniente del "entorno". Lo cierto es que no hay entorno que convierta a nadie en sociópata -a no ser uno en que no exista otra cosa que sociopatía, y aun en ese caso, se trataria de emulación y adaptación-. Para nosotros es claro que el sociópata nace, no se hace. Mucho más todavía el psicópata, como es obvio. 

Decidme entonces: ¿De verdad son aplicables a estas dos tipologías de carácter las mismas abstracciones que sirven para describir a esa "Humanidad" con mayúscula?

Yo digo que ni son aplicables a estos casos extremos, ni lo serían tampoco a humanidades, como hemos dicho, basadas en la crueldad, en lo animalesco, o por el contrario, en la compasión, en la contemplación.. en el culto a la razón, a la trascendencia, a los sentidos, o váyase a saber en que otra cosa que -ya dijimos también- seguro pillará desprevenido en cierto momento al más audaz literato o filósofo.
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En resumen: el hombre universal no ha existido ni existirá jamás, sólo lo hizo en nuestras cabezas. Y nuestras cabezas no hubieran llegado nunca a concebir tal cosa de no ser por la invención de una peculiar cosmovisión llamada monoteísmo. De la idea de un dios para todos se siguió la idea de un único hombre que fuese, en esencia, el mismo en todos los lugares y tiempos. Tan sencillo era desprender una idea de la otra. Lo que no era tan sencillo, seguramente, era prever las profundísimas consecuencias que esto tendría, y todo el complejo proceso que desencadenaría, arrasando en un primer estadío con casi todo el diverso mundo pagano, y posteriormente, ya en nuestro tiempo, con todo lo diverso en general, y queremos decir con esto: con toda diversidad expresada en civilizaciones, culturas, cosmovisiones, y por lo tanto, HUMANIDADES, todas las cuales estuvieron marcadamente diferenciadas en su ethos, o por decirlo de otra manera, en su orientación, sus valores y prioridades, sus formas de enfrentarse a la vida y a la muerte.


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Acabar de enterrar a Dios y todo lo que a él va ligado, y en él tiene origen, será por tanto una de las tareas que nos exigirá este inter-regno entre el final de un mundo y el comienzo de otro.

Se trata, pues, de finalizar la tarea que tan torpe e inconscientemente dejó inacabada la Ilustración. Por ello, el imperativo, el desafío que se nos presenta no es el de superar esta era sino, en cierto modo, las dos últimas a una vez. 

Como ya dejamos dicho en ´Signos de los tiempos`, y hace poco hemos vuelto a recordar con otras palabras, «la "aventura de ultramar" (refiríendonos a la persecución de un ideal superior a lo terrenal, sea el más allá o la razón pura) viene durando ya desde que se inició el tiempo de la superstición, desde que se declaró abiertamente la guerra a "esta vida", y nos embarcamos, durante más de un milenio, en la persecución de un algo superior a ella. Y aunque en los albores de la modernidad nadie se percatara de que, al mismo tiempo que se estaban invirtiendo muchos valores, había algo esencial donde no se había roto en absoluto la continuidad, con la perspectiva que nos da nuestro siglo sí podemos verlo con total claridad.»Y reproducimos asimismo, para que se entienda plenamente lo que queremos decir, la frase de Ortega y Gasset que ya citamos en ese momento, y que expresa esto con portentosa lucidez: «El culturalismo es un cristianismo sin dios. Los atributos de esta soberana realidad -Bondad, Verdad, Belleza- han sido desmontados de la persona divina, y una vez sueltos, se les ha deificado.»

Retomando:

Debemos, entonces, clausurar la era que ya duró cinco centurias largas; pero para hacerlo, se nos muestra imperativo dar muerte también a aquello que sobrevivía de la era anterior. A saber: el idealismo, la preeminencia de la abstracción, el sometimiento de lo particular a lo universal.

¿Podremos lograrlo? 

La pregunta en realidad no es si podremos o si sabremos; pues lo único seguro es que debemos, que nos lo reclama la cordura, y que de ello depende nuestra supervivencia. No es, pues, tanto una cuestión de voluntad y arrojo como de agotamiento de un modelo bajo el que concebir el significado y propósito de la existencia. Y esto nos hace al menos respirar algo más tranquilos; dado que no en todo momento se nos exigirá la determinación que cabría esperar, sino que parte del proceso llevará consigo su propia inercia; como la llevó a su vez el paso de otras formas decrépitas de civilización a sus sucesoras, siempre plenas de energía iconoclasta y voluntad renovadora.

martes, 9 de junio de 2015

"Evola: Permanecer en pie sobre las ruinas, orientarse en medio del caos" (III)

Cerramos el "ciclo evoliano", es decir, estas aproximaciones por pasos sucesivos -tres en concreto-, con las que hemos querido entresacar aquellas percepciones de Evola que desde aquí juzgamos acertadas, pero sobre todo, dignas de ser "hilo del que tirar" en lo sucesivo. Eso sí, con paciencia y sosiego parejas a la determinación por llegar hasta el fondo; las implicaciones de estas percepciones son demasiado vastas y diversas para digerirlas todas de vez. Lo que conviene, pues, es ir escalando posiciones intelectivas, ir conquistando certezas y recogiendo las pequeñas gemas y diamantes que serán los valores espirituales y filosóficos que hemos sumado a nuestro acervo, consiguiendo, pues, enriquecerlo al final del proceso.

De esto es de lo único que se trata, en esencia, toda reflexión humana llevada a su más alta expresión. Cosa que, aunque nos esté vetada a los que no somos un Nietzsche, un Ortega o un Spinoza, tampoco puede ser un pretexto para cultivar el conformismo intelectual.

Esta última parte de las que son mis primeras aproximaciones a las ideas evolianas (seguro habrá segundas y terceras) me propuse dedicarla toda ella a la cuestión espiritual, pero me he dado cuenta, finalmente, de que hay otras dos temáticas que sería interesante colocar junto a ella; estas serían la nación y la raza. Las abordaremos en primer lugar.

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NACIÓN, ESTADO, E ILUSTRACIÓN.

La nación y el Estado modernos se caracterizan, los dos, por ser procesos que tienden a la homogeneización, a la nivelación de todos los, súbditos primero, ciudadanos después (palabras, nada más que palabras). El mito patriótico es creado, según el mismo Evola, pensando en el "vulgo", en el "pueblo llano", y dirigido, por tanto, a una mentalidad escasamente cultivada; por eso es juzgado por el autor como decadente, disolvente, palabras que ya usamos  cuando nos referimos a las referencias de "lo alto" y de "lo bajo" en la anterior parte.

El estado-nación como lo conocemos hoy no existía antes de los Reyes Católicos, el Despotismo Ilustrado y la Revolución Francesa (referencias que representarían los tres pasos que siguió este invento, perfeccionándose en cada una de ellas.) En el mundo tradicional, uno tenía varias pertenencias: al estamento, al gremio, a la lengua, a la religión, a su condado, a su municipio, a su orden de caballería, a su orden monástica. Nada que ver, por tanto, con la tan preponderante pertenencia a la nación, tal como se dió en los dos pasados siglos -aunque pugnase, en cierto momento, con la clase social, la raza o la religión-. Pero lo que a mi más me interesa resaltar en ello es el sumo empobrecimiento de la sociedad civil que supuso, si lo comparamos con la rica diversidad de formas de poder, de representación, y de identidades grupales que hubo en el Medievo o en la Era Clásica.
En el Estado Moderno sólo somos números, expedientes, grandes sectores muestreados. Igual ricos que pobres, eruditos que sabios populares, todos estamos reducidos POR IGUAL al anonimato, a la estadística, a la ciega burocracia.

Podemos ver con claridad como el mito patriótico y toda clase de nacionalismo se adecúa a ese carácter disolvente que, ya dijimos, es la esencia más nuclear de lo que Evola llama Modernidad (la cual no se corresponde exactamente con la Era Moderna, dado que él coloca el punto de inicio de esta "disolución" en la primera expansión del Cristianismo, si no antes.)

Es, por otro lado, normal que la gran masa se sienta en mayor medida identificada con sus vecinos, sus "compatriotas". Pero no tiene por qué ser el caso de quienes no encajan con el promedio, que pueden sentirse mejor integrados en una comunidad trans-nacional de intereses afines.

De hecho, Evola presiente que en esta fase final de la crisis civilizatoria, será la pertenencia a una causa, a una aspiración común, la que unirá a los individuos cada vez más por encima de su nacionalidad. Intuición que yo creo acertada.


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RAZA, ESPÍRITU, Y CIVILIZACIÓN.

"La sangre, la pureza étnica, son elementos que, incluso en las civilizaciones tradicionales, tienen su valor: valor cuya naturaleza no justifica el empleo, para los hombres, de los criterios en virtud de los cuales el carácter de "pura sangre" decide perentoriamente cualidades de un perro o de un caballo, como han afirmado, o poco más, algunas ideologías racistas modernas."

(Julius Evola, ´Revuelta contra el Mundo Moderno`.)

Aunque aquí, como en otras tantas citas, el autor parece dejar clara su posición frente al racismo biologicista -es decir, aquello que niega, o que cuestiona-, no queda igual de claro qué es lo que afirma. Y esta dificultad aumenta al tornarse la raza, en su pluma, una cuestión más compleja de lo que era el mero hecho biológico, tras la inclusión del alma y el espíritu como naturalezas superpuestas al mismo. 

Algo dijimos ya sobre esto en la primera entrega del ensayo. Las polémicas siguen suscitándose y los propios estudiosos no se ponen de acuerdo sobre la delimitación de la "doctrina racial" evoliana . 

Sí hemos logrado, al menos, entresacar una síntesis de su posición en materia de mestizaje: Para Evola, cuando la pureza de la "raza espiritual" decae, poco importa ya la pureza biológica; pero cuando la primera está en su apogéo, apenas pueda dañarla la pérdida de la segunda, esto es, el mestizaje -a no ser que sea masivo-. Y todo lo que sea aplicable a la raza, se aplica igualmente a la civilización creada por ella, ya que se la considera la natural expresión y desenvolvimiento de aquella "materia prima".

Hecha esta síntesis, confieso que yo, más allá del interés que me suscita toda teoría que tenga al ser humano por objeto, no me tomo demasiado en serio las tesis raciales evolianas; máxime cuando me habla de un proceso de involución, prácticamente, del dios al animal. No me interesa, pues, su visión antropológica asumida hasta sus últimas consecuencias; pero sí hallo interés en el mito de la divinidad perdida, precisamente ASUMIDO COMO MITO. 

Al igual que el mito -y quizá realidad- de la Edad de Oro que vendrá tras el Kali-Yuga, son IDEAS-FUERZA con la capacidad de mover potentes sinergias en nuestro ánimo, en nuestra imaginación, en nuestro espíritu, Y EN NUESTRA VOLUNTAD. 
Por eso y no por otra cosa, POR PRAGMATISMO VITALISTA y no por compromiso con ninguna "verdad metafísica", percibo y asumo el valor intrínseco a este relato.

Como conclusión provisional a este apartado, y para  acercarlo a su dimensión más cotidiana, puede venir a colación recordar que, antiguamente, cuando se decía que alguien era "de raza", se hacía referencia sobre todo al carácter. Y a este efecto, el "Mito de la Sangre" jugó un papel, a veces útil, a veces algo equívoco.


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MITO Y RELIGIÓN.

Habida cuenta de la confusión actual provocada por las decenas de sectas, cultos y sincretismos, y de la degradación general de la que participan todos ellos, para Evola queda claro que la orientación espiritual del hombre de hoy no puede venir de ninguna de estas tendencias, la mayoría de las cuales sólo expresan los "signos desesperados de los tiempos" de los que he hablado largamente en otro ensayo que guarda estrecha relación con éste.

Vimos en la primera parte que el existencialismo supuso un callejón sin salida. Y conviene destacar ahora uno de los motivos por lo que esto es así, y que no mencionamos entonces. Los existencialistas arrastraban, quizá sin ser conscientes, un "pecado" del propio cristianismo; a saber: la negación, omisión u olvido de la pre-existencia del alma -o, para ser más rigurosos, del espíritu-. Grave "pecado" cristiano y post-cristiano cuyas consecuencias en toda la metafísica y en el ánimo del hombre de Occidente han sido profundísimas. 

...Y de ahí el "ser arrojado al mundo", de ahí la "insoportable levedad del ser"...

Para ser concisos sobre esto, podemos decir que Evola concluye, a grandes rasgos, lo mismo que ya concluía en una frase que hizo suya el chileno Jodorowsky: "Sólo sé que antes de nacer fui algo, y que después de morir también seré  algo". No nos parece una mala máxima -y ya es más de lo que a ciencia cierta SABE el común de los mortales-.

Sólo a partir de estas certezas esenciales, a modo de asunción de mínimos, es como puede construirse una orientación espiritual lo menos inauténtica posible; alejándose de cualquier iglesia, credo o sincretismo de nuevo cuño, como ya dijimos, y procurándose uno mismo toda doctrina requerida -es decir, indoctrinándose-. Esta "asunción de mínimos" es una vacuna contra el barroquismo desatado, siempre tan engañoso, de esas corrientes pseudo-espirituales de las que, dijimos, queremos resguardarnos. 

Debemos, pues, esculpir nuestra idea del espíritu hasta dejarla en su expresión más desnuda y más sobria. Por ello, al vernos a nosotros en tanto seres trascendentes -en tanto rebasamos el estrecho "Yo terrenal y temporal"-, no debemos ver magnos paraísos esperándonos a nuestra muerte ni fantásticos viajes por planos astrales, sino algo mucho más puro e indubitativo: UNA DIRECCIÓN, UNA MISIÓN, UNA REALIZACIÓN de todo lo que somos en potencia -o quizá sea mejor decir: de todas las potencias que a través nuestro se expresan.-

Evola apunta un método que nos puede encaminar eficazmente hacia esa realización, y ayudarnos a no perder la orientación, la referencia, LA DIRECCIÓN HACIA EL SER. Se trata del cultivo de la perfección en una disciplina muy concreta (artesanal, intelectual, mecánica o manual - en cualquier caso, TÉCNICA.-) Y tal voluntad de perfección nos encamina hacia el Ser, y a la vez nos mantiene en su búsqueda, porque mediante ella vamos acercándonosaun sin quererlo, a LA IDEA PLATÓNICA.
Hay ejemplos riquísimos de esta, llamémosle "filosofía", en todo Oriente, y muy especialmente en China.
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En resumen: sencillez, pureza, voluntad, resolución, consciencia y dirección. Nada más se requiere, y nada más se puede exigir, al individuo que busca orientación cuando todo entorno suyo se derrumba.. ¡Más!, cuando los escombros de esas ruinas se convierten en un mar de meteoritos que el sujeto debe atravesar imperturbable, sin variar un ápice su rumbo.. como Arjuna en el MajáBharata..


jueves, 21 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (3ª parte)

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«Empezamos a sospechar que la historia, la vida, ni puede, ni debe ser regida por principios, como los libros matemáticos.

Es inconsecuente guillotinar al príncipe y sustituirle por el principio. Bajo éste, no menos que con aquel, queda la vida supeditada a un régimen absoluto.»


«Y esto es lo que no puede ser: ni el absolutismo racionalista -que salva la razón y nulifica la vida-, ni el relativismo -que salva la vida evaporando la razón.»
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Dijimos que nos apoyaríamos en la obra "En torno a Galileo" para desarrollar estas reflexiones. Y lo seguiremos haciendo, sólo que la complementaremos ahora con otros dos ensayos, "El tema de nuestro tiempo" y "El ocaso de las revoluciones", en donde Ortega retomó su análisis de la actual crisis histórica. (Actual para él y actual para nosotros, así de dilatado está siendo tal proceso.)

Lo que está en crisis es la verdad, como en todo anterior periodo análogo al presente. Y esto ocurre porque ya no es operativo el concepto que de ella nos hacíamos, y que hasta hace unas cuantas décadas, apenas se cuestionaba. 

Hoy se cuestiona tan abiertamente que hemos acabado dando lugar al relativismo, el cual es, meramente, un furibundo ataque en defensa propia que toma la forma de negación. Y al ser una respuesta extrema en el contexto de una situación extrema (la desorientación ante unos principios que empiezan a resquebrajarse) vuelve a ser un signo de los tiempos, como tantos otros que ya describimos en la primera y segunda parte de este ensayo; y por ello, nada nuevo: no más que un síntoma, de ningún modo un remedio.

El que la vida haya quedado supeditada a principios, en vez de al revés -como nos damos cuenta al fin de que debiera ser- tiene unas implicaciones tan profundas que acaso no podamos comprenderlas enteramente si no nos detenemos unos instantes a meditarlo.
Y, seguramente, lo veremos más claro si complementamos la tan reveladora analogía entre "el príncipe y el principio" con la siguiente reflexión, en que intervienen, además del elemento racionalista, el imperativo del progreso:

«El sentido y el valor de la vida, la cual es por esencia presente actualidad, se halla siempre en un mañana mejor, y así sucesivamente. Queda a perpetuidad la existencia real reducida a mero tránsito hacia un futuro utópico.»

Quizá se nos muestre así, finalmente, la traición que hemos estado cometiendo contra LA VIDA, sacrificando ésta en pos de un futuro mejor que nunca acaba de llegar. Quizá despertemos así de una vez por todas al terrible auto-engaño del que hemos sido víctimas durante tantas generaciones.

Nos desentendimos de la vida, la despreciamos, por parecernos poca cosa, por sí misma, en comparación con las "grandes aspiraciones" en cuya búsqueda podíamos emplearla. La vida era, pues, un instrumento para lograr "más altos fines". Nos parecía lo más absurdo, se nos antojaba un total desperdicio que no fuera así; ¿emplear la vida para otra cosa que no esté más allá de la vida? ¿La vida como un valor en sí misma? Jamás nadie (o prácticamente nadie) hubiera osado postular semejante "barbarismo". Sin duda que es esto lo que hubieran pensado de tal idea nuestros antepasados cercanos; para ellos no se hubiera tratado más que de puro primitivismo, animalismo... ¡una absoluta bajeza!

Pero ellos no eran capaces de interpretarlo en otra clave porque estaban en plena ebriedad racionalista, en plena efervescencia de la mentalidad iluminista. Invirtiendo los términos, sería como si en medio de una orgía dionisíaca, alguien tiene la ocurrencia de gritarles a todos los que allí concurren que por medio del éxtasis no se alcanza ninguna sabiduría, y que bien harían los dionisíacos en abandonar esas tentativas y dedicarse a la razón pura.

Sin embargo nosotros, que ya tenemos ante nuestros ojos los frutos, unos buenos, otros peores, de esa orgía del razonamiento puro en que se enfrascó el hombre occidental durante los últimos siglos. Nosotros, que ya participamos en esa orgía sólo de cuando en cuando, y cada vez con menos convicción, pues ya no sentimos apenas ese éxtasis (pero sí palpamos cada vez más sus zonas grises, sus vacíos.) Nosotros, digo, sí podemos superar esa fiebre de la abstracción y volver, tras tanto tiempo, la vista de nuevo hacia lo VITAL.

«La vida debe ser culta, pero la cultura tiene que ser vital.»

¿Qué queremos decir con esto? Pues, ni más ni menos que la cultura, el conocimiento, la razón... deben servir al propósito de la vida, y no la vida al propósito de aquellas. Porque si pensamos la existencia como un medio para alcanzar cosas que consideramos por encima de la misma, estas cosas serán las que irán copando toda nuestra atención, mientras la existencia irá cada vez ocupando menos espacio en nuestras preocupaciones. Y llegará un momento -como ya ha llegado- en que ni siquiera recordaremos qué era la vida antes de "la búsqueda del conocimiento" en la que nos aventuramos, firmemente comprometidas y apasionadas, varias generaciones. De esta suerte, nuestro conflicto interno será análogo al de un pueblo de navegantes que tras continuar, los hijos, la vocación de los padres, y estos, la de los abuelos, los últimos descendientes empiezan a preguntarse "como será eso de pisar tierra firme".

¡Y tierra firme, concreta y palpable, es la que llevamos sin pisar mucho.. mucho tiempo!

Porque aquí ya no nos referimos únicamente a la última era, sino que en este sentido, la "aventura de ultramar" viene durando ya desde que se inició el tiempo de la superstición, desde que se declaró abiertamente la guerra a "esta vida", y nos embarcamos, durante más de un milenio, en la persecución de un algo superior a ella. Y aunque en los albores de la modernidad nadie se percatara de que, al mismo tiempo que se estaban invirtiendo muchos valores, había algo esencial donde no se había roto en absoluto la continuidad, con la perspectiva que nos da nuestro siglo, podemos verlo meridianamente:

«El culturalismo es un cristianismo sin dios. Los atributos de esta soberana realidad -Bondad, Verdad, Belleza- han sido desmontados de la persona divina, y una vez sueltos, se les ha deificado.»

Yo defendí esta misma tesis en una reflexión que quise hacer, en cierto momento, sobre los mitos modernos. Y también vi entonces claro, como Ortega, que había una dimensión nada desdeñable de los mismos que se adecuaba muy bien a esta sentencia: "La Ilustración encontró la manera de negar a dios sin dejar, por ello, de ser monoteista".

¿Qué diferencia esencial hay, séanme sinceros, entre someternos a un dios, a un rey, o a unos principios? ¡A no ser que nosotros hayamos inventado los principios!, pero dado que pueden contarse con los dedos de una mano las personas, en este mundo, que se guían por sus propios principios 
-elaborados enteramente por ellos mismos-, podemos perfectamente obviar esa rara excepción a la regla.

De lo dicho se concluye, por tanto, que estaríamos posponiendo indefinidamente la tarea de significar, de valorizar, de EMPODERAR a la propia vida, en vista a construir un edificio conceptual, un templo a la razón, en el que se nos reclama que continuemos participando; aun cuando seguimos sin ver en qué momento concluirá, y lo que es más desalentador, aunque se halle cada día más desdibujado el objetivo último de todo ello. Y si el objetivo se torna tan dudoso, lo que empieza a preocuparnos creciéntemente es si no estaremos hipotecando nuestra vida -que es nuestra, a título individual, y de nadie más- en beneficio de una fantasmagoría, de un monumental engaño en el que han sucedido unas generaciones a otras, igual que ocurría en la construcción de las catedrales medievales. Sólo que en aquel caso, lo que se construía no era un edificio en las nubes, sino uno que, precisamente por estar hecho de columnas y arcos concretos y palpables, llegaba un momento en que podía decirse que estaba concluido. Y, fuera de una belleza mejor o peor lograda, fuese un mayor o menor motivo de orgullo para sus constructores, estaba ahí para que propios y ajenos lo contemplaran, y era por tanto un fruto objetivo del trabajo de esas tres o más generaciones que a él se habían dedicado.

Pero, díganme, y séanme de nuevo sinceros: ¿Qué carajo se puede decir que estamos construyendo nosotros desde hace cinco siglos? ¿Qué gran edificación cultural, humana, vital, es a la que se prevé, arribaremos al final.. ¡al final de todo!, quién sabe tras cuantos siglos mas?

No creo, una vez expuesto el problema esencial, que nadie piense que es una pregunta baladí.

Pues bien, ¿alguien puede hoy respondérmela?


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lunes, 18 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (2ª parte)


No nos debería sorprender la furia con que saltan muchos de nuestros coetáneos a negar las verdades científicas  y como se lanzan sin paracaídas en los brazos del pensamiento mágico (que por más que ellos pretendan vestirlo de "gnosis" o "ciencia proscrita", no es nada mas, en rigor, que PENSAMIENTO MÁGICO.) Pero yo no les condeno a la hoguera, aunque sí me provocan no pocas sonrisas- e incluso espanto ante su, en ocasiones, arrogante ignorancia- Pero entiendo cual puede haber sido el motor que les ha llevado a comprometerse con un mundo mágico, irracional y conveniente; dado que el mundo gris que les hemos legado, ese mundo que sólo vive de ciencia, economía y política, pudo funcionar e ilusionar a muchos durante un tiempo, pero hace ya unas cuantas décadas que revela sus inmensas carencias, traducidas hoy en abismos. ¿Cuales son estos abismos? Sería ahora difícil colocarlos por orden de magnitud. ¿Es más abismal el hueco que ha dejado el materialismo más extremista en su largo recorrido, o el que se ha originado en nuestra sociabilidad ancestral por la acción del individualismo? ¿Es más terrible la ausencia total de referencias metafísicas, metahistóricas, metahumanas -mitos, ritos, iniciaciones, culto a la tierra, a los antepasados, a los héroes, a las fuerzas de la naturaleza- o lo es la ausencia igualmente absoluta de una cultura de/para la muerte, es decir, de una preparación completa para el trance por el que, esto es seguro, todos vamos a pasar? 

¿O acaso creemos que la angustia de la muerte, que es la principal angustia de nuestra especie, va a desaparecer desentendiéndonos de ella? 
Bien podría ser éste el signo mas claro de la estupidez prometeica del hombre moderno.

No debe sorprender tampoco la desesperación de los que se defienden con uñas y dientes del imparable avance de esta nueva alianza entre progresismo y relativismo -y con él, de la fuerza que tiende finalmente a la equiparación del valor de todas las cosas, y como inevitable consecuencia, a la negacion del mismo.- Pero este "no debe sorprender" no equivale a decir que ésta actitud sea la más madura o la más sensata; en absoluto, ya que la inmensa mayoría de las veces no proviene de un profundo conocimiento sobre las funciones que cumplían esas formas tradicionales que protegen, sino que suele consistir en un miedo atávico a perder las referencias, esto es, EL SUELO BAJO SUS PIES. Es una reacción, por tanto, comprensible pero infantil. Eso sí, no menos que la de aquellos poseídos por una fobia agresiva a todo lo tradicional, a todo lo "desigual" que no revela a primera vista la razón de su exclusividad, a todo lo que porte raíces complejas y profundas. Ambas se tratan de huídas hacia delante, de clavos ardiendo a los que agarrarse. 

En un mundo que se descompone, o como diría Ortega, en "la casa que se había construído nuestro ser histórico y que hoy vemos derrumbarse sobre nosotros", toda reacción no puede ser sino medida desesperada, como la del habitante de un edificio derruído por un terremoto que arriesga su vida por rescatar algunos enseres. Estos enseres serían la tradición (o lo que queda de ella, si es que merece recibir aún tal nombre), serían la libertad del individuo, serían la idea del socialismo o la idea de nación. 
Así que no se sigan engañando, ¡que no hay más cera que la que arde! Y si algunos de ustedes siguen empeñados en agarrarse a esos clavos que también arden por ahora, es su elección; pero sepan que sólo podrán agarrarse a ellos por poco más tiempo, y que cuando llegue la hora de tener que soltarlos ya definitivamente, el trance les resultará mucho más doloroso, por no haberse dedicado durante el último periodo de tránsito a practicar el DESAPEGO DE LAS IDEAS MORIBUNDAS, a reelaborar su lista de prioridades vitales, y a PREPARARSE PARA LA INCERTIDUMBRE, para el albor de un nuevo mundo que estará por construir, y donde ya no contarán con las certezas, con las seguridades, con las referencias con las que hasta ahora contaban (aunque cada vez menos.)

Pero no conviene que de estas premisas se siga la justificación de cualquier camino, por el mero hecho de ser distinto al marcado por aquella cosmovisión de cosmovisiones (modelo civilizatorio) que hoy agoniza. Ya que bien podrían agarrarse a esto los que mencioné al comienzo de estas líneas, y pensar que la negación de la teoría darwinista o la afirmación, en su lugar, de la ya famosa hipótesis de los alienígenas ancestrales, -y con ella, el compromiso con una cosmovisión que no tiene más valor que el literario (en el mejor de los casos)- que todo este delirio pasajero y adolescente, a fin de cuentas, es una salida digna, o incluso un paradigma sostenible con el potencial de vehicular un nuevo modelo existencial, civilizatorio.
Pero  no lo es, primeramente, por tratarse, de nuevo, de UN SÍNTOMA Y NO UN REMEDIO. No lo es tampoco por la endeblez de su edificio argumental, que hasta un mero diletante con ciertas ideas sobre la historia y la ciencia derriba sin el menor esfuerzo. Pero la clave que aquí nos interesa es la primera, dado que intentamos analizar el problema de la crisis de una época, y no las trazas de verdad que puedan encontrarse en las mil y una maneras que adoptan quienes huyen desesperada e inconscientemente de la misma.

Tampoco podrán ser, pues, salidas con proyección de futuro, todas aquellas que consistan en intentar revivir épocas pasadas, ya sea volviendo a la religión o a un trasunto del Antiguo Régimen. Lo que está agotado está agotado, y si estamos diciendo que éste régimen actual de cosas lo está, más lo estarán todavía los modelos que lo precedieron y que -no olvidemos- fueron los que condujeron a él.

Habrá que separar muy celosamente los ámbitos de la vida. Éste será, probablemente, el primer imperativo que se nos revelará; y se nos revelará así una vez nos hayamos convencido de que ninguno de estos ámbitos debe imponerse sobre los otros, porque eso significaría perpetuar aún por más tiempo la pugna entre unos y otros aspectos de nuestra realidad histórica, con lo que estaríamos también alargando innecesariamente esta agónica lucha en la que, ustedes ya se darán cuenta, ninguno de nosotros obtendrá ninguna ganancia, sino más bien un paroxismo de su agotamiento. 

La ciencia, pues, deberá convertirse en una secta, (lo cual no le será difícil, si tienen razón quienes afirman que ya lo es, a efectos prácticos, desde hace tiempo); y de ese modo, podrá seguir desarrollando su labor sin que nada ajeno influya en ella -sin que nada invada su terreno-, y sin que ella invada tampoco  terrenos ajenos. Esto es mucho más importante de lo que pueda parecer a primera vista, puesto que gran parte de las quejas hacia la ciencia expresadas en las últimas décadas tienen que ver con su connivencia con la política, la guerra o el control de masas, y por otro lado, con su empeño en aplicar su método a realidades que nada tienen que ver con su ámbito de estudio -el espíritu, el más allá, los símbolos sagrados, la trascendencia, el mundo interior,...

Así mismo, todos los que aún crean que lo único importante es la política y la economía, deberán también conformar un grupo segregado del resto, para que ya no impongan por doquier su iluminista creencia en que se puede "arreglar el mundo" contando con tan pocas herramientas, y que, encima, se han mostrado tan deficientes.
Da igual fascistas que anarquistas, mientras traten de imponer su mundo al de los demás.
¡Todo lo que hasta ahora estaba mezclado deberá ser segregado! Entiéndase, todos LOS CONCEPTOS HEGEMÓNICOS. Los políticos en su feudo, los científicos en el suyo, los intelectuales lo mismo, así como los religiosos, los gnosticos, los nacionalistas, los internacionalistas, los últimos urbanitas, los crecientes neo-ruralistas, y hasta los que "luchan sacrificadamente, ellos solos, por liberar a la humanidad de los reptiles psíquicos."

No estoy dando respuestas, por tanto, a como será -o debería ser- la nueva era histórica que nacerá (lo cual sería, desde luego, de la más estúpida arrogancia por mi parte) sino que estoy, tan sólo, proponiendo las bases -quizá haya otras, incluso complementarias- para que, lo que tenga que ocurrir con esa nueva era de la que poco o nada sabemos, pueda manifestarse sin cortapisas, sin que el constante vocerío y batalla bizantina entre las distintas facciones impida la evolución paralela de diversos modelos de vida. Modelos que puedan desarrollarse independiéntemente de los demás, y que así muestren, en sana competencia, y con el correr de los años y las décadas, cuales de ellos ofrecen alternativas más satisfactorias para cubrir esos huecos -abismos, dijimos- en el alma de aquel hombre tan extraviado que es nuestro contemporáneo.

Esta tesis estaría al final, como ya habrán visto, íntimamente relacionada con la del miedo a la libertad, que hasta donde he conseguido desentrañarla, se resolvería aceptando algo tan simple, y tan difícil hoy, como relativizar al máximo las posiciones que, durante esta gran crisis epocal, hemos defendido con una vehemencia que hoy se nos revela histrionismo -es decir, falsedad, pose, impostura- Algo todavía tan duro de tragar, lo sé, como permitir la libre circulación de las ideas más descabelladas, o más intolerables (pero que nunca son las mismas según quién es el sujeto que tolera.) Para aceptar esto, evidentemente, primero es necesario aceptar que, tal como dijimos al principio que defendía cierta corriente, TODO VALE LO MISMO; con la salvedad de que aquí hablamos, no de valores culturales o morales, sino de modos de concebir estos mismos valores, lo que hemos llamado "ideologías", ya sean políticas, sociales, culturales, o científicas. Y con "todo vale lo mismo" estaríamos, pues, intentando fabricar una tabla rasa donde ya no se jerarquicen estas ideologías -porque toda jerarquización provendrá, necesariamente, de una o varias de éstas-, donde ninguna de ellas, como también dijimos, invada el territorio de las otras, y donde el aumento o la disminución de adeptos a cada una surja exclusivamente de su natural, y nunca cortapisado, desenvolvimiento.
Pero es claro que tal situación sólo podrá darse, plenamente, cuando nos hayamos convencido todos de lo que yo, y unos cuantos más, estamos convencidos ahora (Ortega ya lo estaba hace 90 años): De que todas esas posiciones defendidas con tan histriónica convicción, en efecto VALEN LO MISMO, en cuanto signos, todas ellas, de una desesperación generalizada ante un edifico histórico en el que habitábamos, y que ahora se nos viene abajo sin ofrecer una futura construcción como alternativa.