Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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lunes, 22 de junio de 2015

La fase Post-nihilista (II)


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«Hay quien en nombre de la caridad cristiana mata, quien para salvar al prójimo le llevó al quemadero. Cualquier idea sirve al fanático, y en nombre de todas se han cometido crímenes.

No es divinamente humano sacrificarse en aras de las ideas, sino que lo es sacrificarlas a nosotros, porque el que discurre vale más que lo discurrido, y soy yo, viva apariencia, superior a mis ideas, apariencias de apariencia, sombras de sombra.»

(Miguel de Unamuno, ´La ideocracia`.)

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En escritos anteriores no respondimos a la pregunta de "Por qué la modernidad es esencialmente disolución" más que de forma indirecta. Lo formularemos ahora con total claridad: 

El ideal ilustrado, y sus dos hijos primogénitos, el racionalismo y el iluminismo, se han revelado a la postre como el cumplimiento del mandato monoteísta, del idealismo cristiano (que no el platónico, es importante distinguir ambos ya que muy a menudo se han tomado por una misma cosa.)

La igualdad, ese gran tótem de una época caracterizada por una voluntad niveladora, negadora, nulificadora... es la plena realización del ideal monoteista... ¡DISOLVERSE EN LA NADA!

Nietzsche me da la razón cuando clama aquello de «¡En Dios, divinizada la nada, santificada la voluntad de alcanzar la nada!»
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Pero cuando esa Disolución se haya consumado, y ya estemos del todo inmersos en la fase post-nihilista.. ¿Se inventarán nuevos dioses? ¿Se propondrán nuevos mitos? ¿Nacerán nuevos héroes?

Necesariamente será así. Lo que no podemos adelantar es cual será la naturaleza de esos dioses, mitos y héroes que surgirán de la misma necesidad de trascendencia, de un imperativo que traerán los nuevos tiempos de orfandad. 

El hombre se encontrará arrojado al mundo, pero ya no con la carga acumulada de haber portado la cruz de la Fe, y luego, de la Razón, como les ocurrió a los ya exhaustos existencialistas; sino que se tratará de un arrojamiento virgen, una página en blanco esperando a ser impresa con los significados que para esta virginidad y este interrogante deseen proponer -inventar- los nuevos hombres. Ellos deberán juzgar, mejor que lo hicieron todos sus predecesores, qué explicación, qué tipo de trascendencia será la que este nuevo hombre requiere para superarse, o cuando menos, para seguir adelante, para romper con la parálisis.. 
Para tomar de nuevo el cielo por asalto, tras tantos siglos de haber sido la principal víctima de un asalto de los cielos al mundo de los hombres.

«Toda virtud debe ser la propia invención de uno, la íntima defensa y necesidad de uno; en cualquier otro sentido sólo es un peligro. Lo que no está condicionado por nuestra vida, la perjudica. (...) Un pueblo sucumbe si confunde su específico deber con el deber en sí. Nada arruina de manera tan profunda a íntima cualquier deber “impersonal”, cualquier sacrificio en aras del Moloc de la abstracción.»

(Friedrich Nietzsche, ´El Anticristo`.)

¡Ahí se describe con plena lucidez lo que este asalto inverso ha supuesto para el hombre!, el cáncer que ha corroído lenta pero ininterrumpidamente la antigua armonía con su entorno y con su propia naturaleza, es decir, la coherencia que en un tiempo guardó la cultura en relación con la vida.

Deberemos resguardarnos, pues, como de la peor pandemia, de esa idea monoteísta arrastrada también en tiempos de pretendido ateísmo: ese "deber en sí" del que habla Nietzsche, ese "Moloc de la abstracción", ese monstruo del conceptualismo que supone un imperativo moral ajeno a todo contexto y a toda utilidad y finalidad práctica (o vital). 
En este caso sí deberíamos responsabilizar en parte a Platón, pues, en lo que a tal materia se refiere, no se puede obviar que algo de culpa sí tuvo el inmortal ateniense; aunque de lejos lo compensara luego con muchas y brillantes aportaciones a nuestro acervo, ya no cultural o intelectivo -ni siquiera espiritual- sino enteramente humano.

Porque nuestra humanidad no es, ni mucho menos, la única humanidad posible. Bien podría haberse desarrollado ésta de manera muy distinta. Pero la que conocemos, aquella en torno a la cual hemos entendido nuestras ambiciones y valores, nace con Sócrates, como el padre que hace alumbrar en nosotros el ansia de verdad mediante la Mayéutica; y es bajo los rayos del potente Sol en que se erigió Platón como empezamos a corretear alegres y entusiasmados con todos los seres y cosas que algún dios -o acaso, algún torpe demiurgo- puso en esta Tierra tan sólo con el objeto de que nos interrogáramos sobre la razón de su existencia, y aún más, sobre la existencia en sí misma.
Aristóteles sería harina de otro costal. La ciencia, la razón y el empirismo modernos nacen con él -aunque se los mantuviese postergados por un tiempo-. No digo que su figura sea menor, ni mucho menos desechable. Lo que digo es que pertenecen a mundos y aspiraciones distintas, tanto que apenas las veremos cruzarse en algún punto. 

Es claro, pues, que pudimos dar lugar a humanidades muy diversas. Por eso deseo insistir en la idea de que ésta no es la única posible. De hecho, hasta el advenimiento de la Globalización, coexistieron varias de ellas prácticamente aisladas e independientes unas de otras; humanidades que se desarrollaron, en efecto, de modos ostensiblemente diferenciados y hasta incompatibles. Por todo ello debiera revelársenos de una vez el carácter quimérico, y del todo absurdo, de esa tan arraigada idea del hombre universal. ¡No existe tal hombre! Y si tras derruirse los cimientos de esta era convulsa y confusa como pocas, nuevos grupos humanos se vuelven a desarrollar aislados unos de otros -en caso de que la crisis histórica se manifieste con una violencia que dé lugar a tal aislamiento-, podremos comprobar entonces cómo son igualmente posibles formas de encarnar lo humano tan variopintas que ni la imaginación más fecunda sería capaz de prever. 

Podrán surgir formas de humanidad basadas en la pura crueldad, o en la pura compasión.. o con la misma facilidad, formas que abracen casi exclusivamente su dimensión animalesca, como podemos comprobar con un ejemplo que hoy sí tenemos cerca: el de las organizaciones mafiosas. 
¿Acaso es el tipo humano del gangster el mismo "hombre universal" al que nos referimos cuando pensamos en la madre, en el honrado tendero o en el maestro de escuela? Algunos saldrán con la explicación conveniente del "entorno". Lo cierto es que no hay entorno que convierta a nadie en sociópata -a no ser uno en que no exista otra cosa que sociopatía, y aun en ese caso, se trataria de emulación y adaptación-. Para nosotros es claro que el sociópata nace, no se hace. Mucho más todavía el psicópata, como es obvio. 

Decidme entonces: ¿De verdad son aplicables a estas dos tipologías de carácter las mismas abstracciones que sirven para describir a esa "Humanidad" con mayúscula?

Yo digo que ni son aplicables a estos casos extremos, ni lo serían tampoco a humanidades, como hemos dicho, basadas en la crueldad, en lo animalesco, o por el contrario, en la compasión, en la contemplación.. en el culto a la razón, a la trascendencia, a los sentidos, o váyase a saber en que otra cosa que -ya dijimos también- seguro pillará desprevenido en cierto momento al más audaz literato o filósofo.
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En resumen: el hombre universal no ha existido ni existirá jamás, sólo lo hizo en nuestras cabezas. Y nuestras cabezas no hubieran llegado nunca a concebir tal cosa de no ser por la invención de una peculiar cosmovisión llamada monoteísmo. De la idea de un dios para todos se siguió la idea de un único hombre que fuese, en esencia, el mismo en todos los lugares y tiempos. Tan sencillo era desprender una idea de la otra. Lo que no era tan sencillo, seguramente, era prever las profundísimas consecuencias que esto tendría, y todo el complejo proceso que desencadenaría, arrasando en un primer estadío con casi todo el diverso mundo pagano, y posteriormente, ya en nuestro tiempo, con todo lo diverso en general, y queremos decir con esto: con toda diversidad expresada en civilizaciones, culturas, cosmovisiones, y por lo tanto, HUMANIDADES, todas las cuales estuvieron marcadamente diferenciadas en su ethos, o por decirlo de otra manera, en su orientación, sus valores y prioridades, sus formas de enfrentarse a la vida y a la muerte.


*
Acabar de enterrar a Dios y todo lo que a él va ligado, y en él tiene origen, será por tanto una de las tareas que nos exigirá este inter-regno entre el final de un mundo y el comienzo de otro.

Se trata, pues, de finalizar la tarea que tan torpe e inconscientemente dejó inacabada la Ilustración. Por ello, el imperativo, el desafío que se nos presenta no es el de superar esta era sino, en cierto modo, las dos últimas a una vez. 

Como ya dejamos dicho en ´Signos de los tiempos`, y hace poco hemos vuelto a recordar con otras palabras, «la "aventura de ultramar" (refiríendonos a la persecución de un ideal superior a lo terrenal, sea el más allá o la razón pura) viene durando ya desde que se inició el tiempo de la superstición, desde que se declaró abiertamente la guerra a "esta vida", y nos embarcamos, durante más de un milenio, en la persecución de un algo superior a ella. Y aunque en los albores de la modernidad nadie se percatara de que, al mismo tiempo que se estaban invirtiendo muchos valores, había algo esencial donde no se había roto en absoluto la continuidad, con la perspectiva que nos da nuestro siglo sí podemos verlo con total claridad.»Y reproducimos asimismo, para que se entienda plenamente lo que queremos decir, la frase de Ortega y Gasset que ya citamos en ese momento, y que expresa esto con portentosa lucidez: «El culturalismo es un cristianismo sin dios. Los atributos de esta soberana realidad -Bondad, Verdad, Belleza- han sido desmontados de la persona divina, y una vez sueltos, se les ha deificado.»

Retomando:

Debemos, entonces, clausurar la era que ya duró cinco centurias largas; pero para hacerlo, se nos muestra imperativo dar muerte también a aquello que sobrevivía de la era anterior. A saber: el idealismo, la preeminencia de la abstracción, el sometimiento de lo particular a lo universal.

¿Podremos lograrlo? 

La pregunta en realidad no es si podremos o si sabremos; pues lo único seguro es que debemos, que nos lo reclama la cordura, y que de ello depende nuestra supervivencia. No es, pues, tanto una cuestión de voluntad y arrojo como de agotamiento de un modelo bajo el que concebir el significado y propósito de la existencia. Y esto nos hace al menos respirar algo más tranquilos; dado que no en todo momento se nos exigirá la determinación que cabría esperar, sino que parte del proceso llevará consigo su propia inercia; como la llevó a su vez el paso de otras formas decrépitas de civilización a sus sucesoras, siempre plenas de energía iconoclasta y voluntad renovadora.

miércoles, 17 de junio de 2015

La fase Post-nihilista.


«Existen enfermedades que se incuban durante mucho tiempo, pero de las que no se toma conciencia más que cuando su obra subterránea casi ha concluido. Otro tanto ocurre con la caída del hombre a lo largo de las vías de una civilización que glorificó como la civilización por excelencia. Es solamente hoy cuando los modernos han llegado a experimentar el presentimiento de un destino sombrío que amenaza a Occidente.»

(Julius Evola, ´Rebelión contra el mundo moderno`.)
Este destino sombrío es del que hablamos, y pretendimos comenzar a diseccionar, en los escritos de los que estos son anexo y conclusión: Las reflexiones inspiradas por Ortega en ´Signos de los tiempos` y también aquellas otras en torno a Evola.

Vamos a acudir a las citas de éste último más veces. Queremos arrancar con el dedo ya del todo puesto -y hundido- en la llaga abierta por este modelo de vida que, no diríamos que agoniza, sino que se deshace sin violencia, y hasta bellamente, como una duna de arena bajo la brisa -Evola diría "un nímbulo en la atmósfera"-. Como él nos deja claro si continuamos leyendo, los que agonizamos más bien somos nosotros: 

«(...) La mayor parte de los hombres se encuentran privados hoy, no sólo de toda posibilidad de revuelta y retorno a la "normalidad" y a la salud, sino igualmente, de toda posibilidad de comprender lo que esta "normalidad" y salud significan»

Y he aquí, ya sin ningún género de dudas, el diagnóstico o sentencia.. la naturaleza de nuestra des-naturalización. 
Así de descarnada se muestra nuestra desesperanza.
..como desesperada es nuestra vertiginosa huída hacia delante.

Y a esta huída hacia delante aun aludiremos un par de veces más. Pero antes nos adentraremos en una forma de huída concreta, la que opera por medio de las endorfinas.

El autor de ´Rebelión contra el mundo moderno` nos llama la atención al hecho de que «mientras que la Antigüedad consideraba como particularmente despreciables las artes que estaban al servicio del placer (...) este es, en el fondo, el tipo de trabajo más considerado hoy, el que (...) converge hacia la realización de un ideal de animal humano: una  vida más cómoda, más agradable, más segura, el máximo del  bienestar y el máximo de confort físico». Y esto entraña una contradicción que vale la pena analizar en profundidad: ¿Como ha llegado a realizarse al mismo tiempo tal alejamiento de nuestra animalidad y de la Naturaleza -como es ya patente desde hace siglos-; y por otro lado, una regresión al sometimiento de nuestro espíritu por nuestra dimensión más instintiva, primaria, que parece buscar tan enconádamente el placer en sus diversas formas como la rata de laboratorio busca la descarga de sustancia a la que, previamente, unos científicos la volvieron adicta.

"Ya no es la necesidad quien requiere el trabajo  mecánico, sino el trabajo mecánico (la producción) quien tiene necesidad de la necesidad.»

¡De esto justamente hablamos! Y no nos alejamos aun del mismo impulso, que por más que ciego, nos guía.
..Y la rueda sigue girando..

«La relación de la economía moderna con la máquina (...) una situación en que las fuerzas desencadenadas  superan los planos de aquel que los ha evocado originalmente y lo arrastran todo con ellas.»


¡Es el conjuro que erró el aprendiz de mago, y el cual desencadenó la catástrofe a su alrededor!
Como el fuego que robó Prometeo.. 
¡Es  la creación de aquel doctor de novela gótica, 
o el Golem del Nuevo Testamento, 
o el computador Hal-9000 en 2001

... ¡Lo arrastran , lo engullen, lo degluten.. TODO, y lo vuelven a engullir, y lo vuelven a escupir! ..y cada vez lo harán con mayor violencia..
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..Pero cuando ese círculo vicioso de deseo y frustración.. de  ímpetu y parálisis, ansiedad y desidia, de empacho y anemia, llegue a su paroxismo..

Veremos justo entonces resurgir, como acto reflejo, el viejo Ludismo, aquella furia primaria, esta vez ya incontrolada, contra toda esa meta-naturaleza.. las maquinas, los golems, los demonios de hierro y fuego, en el momento en que su crecimiento desbocado esté ya a punto de engullirnos.

Nuestra sangre oirá la llamada de nuestro pasado neolítico, y se dirigirá presta a cumplir el mandato de Dionisos y de Gaia, exhaustos de arrastrar nuestra incongruencia biológica por milenios.

«A ejemplo del fuego que se transmite de un punto a otro hasta que arde todo (...) esta "civilización", partiendo de los núcleos occidentales, ha extendido el contagio a todas las  tierras aun sanas; ha aportado la inquietud, la insatisfacción, el resentimiento, la incapacidad de poseerse en un estilo de  simplicidad, de independencia y medida, la necesidad de ir sin cesar más adelante y  más rápidamente».

Ya se expresó de manera parecida un tal Robert Ardrey cuando dijo que "el mundo moderno es semejante a un tren cargado de municiones que arremete en la niebla, en una noche sin luna, con todas las luces apagadas". Pero volvamos a Evola, que continua describiendo como este dios con pies de barro «ha llevado al  hombre cada vez más lejos, le ha impuesto la necesidad de un  número cada vez mayor de cosas, lo ha convertido en cada vez más  insuficiente e impotente» y también, como «cada nuevo invento, cada nuevo hallazgo  técnico, en lugar de ser una conquista, marca una nueva derrota,  es un nuevo latigazo destinado a volver la carrera cada vez más  rápida y ciega.»

La Disolución, lejos de frenarse al vislumbrar cerca la meta, no deja nunca de acelerarse. Esta aceleración tiene estrecha relación con la impotencia de la que se habla en la cita. No merece la pena abundar más en esto.. A mayor velocidad y mayor alejamiento del punto de partida, nos hallamos más impotentes, en tanto que más desubicados.. Y nos vemos cada vez más incapaces de bajarnos del tren en tanto desconocemos cada vez más toda referencia a medios de transporte alternativos.

Y así, del tránsito por este final de los tiempos, guíados por Julius Evola, tal como lo hiciese Virgilio con Dante por un escenario igualmente agónico, podemos volver la vista ya al renacimiento de los tiempos -un nuevo comienzo de la humanidad- bajo el signo de la síntesis racional-vitalista. Y a partir de aquí, nos guiará otra figura eminente, Ortega y Gasset.










*
Dijimos en el último capítulo de los "Signos de los tiempos" que los políticos, los científicos, economistas, sociólogos.. deberán pasar a ser una secta entre tantas otras para que ninguna de ellas vuelva a usurpar el espacio ajeno. Así, la política (como toda otra ciencia blanda o dura) «pierde presión, desaparece del primer plano de las preocupaciones humanas y queda convertida en un menester, como tantos otros que son ineludibles pero no atraen el entusiasmo ni se sobrecargan de un patetismo solemne y casi religioso». De este modo, por tanto, se purifica, queda a salvo de veneraciones innecesarias, de excesos de protagonismo o de tentaciones megalómanas; todas las cuales no son sino sus más acérrimas enemigas, al menos en tanto se conciba -la política, la ciencia, etc- como humildes herramientas de conocimiento y no oráculos infalibles, cosa que precisamente queremos evitar que vuelva a ocurrir con esta propuesta de "sectarización".


Hablamos aquí de Racio-Vitalismo. Es, entonces, primeramente a La Razón a la que queremos "meter en una jaula", o siendo menos drásticos, "rodear de un foso cual castillo amurallado" de manera que no se vuelva a adueñar de La Vida, y someta de nuevo a ésta a un absolutismo, como ya describimos con profusión de símbolos y analogías en el ensayo recien citado.

Yo ya he declarado varias guerras al racionalismo en esta tribuna, pero va a ser Ortega quién sintetice mejor que yo esta tragedia nacida del progresivo sojuzgamiento de La Vida por la "Diosa Razón":

«Quiere el temperamento racionalista que el cuerpo social se amolde, cueste lo que cueste, a la cuadrícula de conceptos que su razón pura ha forjado.»

Y en efecto, tan sencilla como ésta es la explicación de tal drama. No igual de sencillo, por descontado, el enmendarlo. Pero, al menos, el filósofo español nos da unas cuantas referencias orientativas.

Porque justamente «la orientación, los puntos cardinales que dirigen nuestros actos, son el mundo, nuestras convicciones sobre el mundo. Y este hombre de la crisis se ha quedado sin mundo, entregado de nuevo al caos de la pura circunstancia -en lamentable desorientación». Y si quedarse sin orientación es lo mismo que quedarse sin mundo, sin suelo bajo los pies, ya no sorprenderá que «estructura tal de la vida (abra) amplio margen para muy diversas tonalidades sentimentales (...) diversas, pero todas pertenecientes a una misma fauna negativa: el hombre sentirá escéptica frialdad o bien angustia al sentirse perdido (...) o, por el contrario, sentirá furia, frenesí, apetito de venganza por el vacío de su vida que le incita a gozar brutalmente, cínicamente, de lo que encuentra a su paso.»

Volvemos como un boomerang fatal a lo mismo, o a algo muy parecido a lo que describíamos cuando aún no habíamos salido de la "fase de disolución".

Tal es el vacio que el hombre de nuestro tiempo busca llenar con creciente ansiedad, y tal es la frustración que lo consume al comprobar como cada vez es más fugaz la satisfacción lograda. Por eso la furia, el desconcierto y la continua indecisión: por tener a su disposición una abundancia de medios con la que nadie antes pudo soñar, y estar al tiempo tan falto de fines como tampoco nadie pueda recordar..
..en toda la dilatada historia humana..

«No hemos venido a la vida para dedicarla al ejercicio intelectual, sino viceversa, porque estamos, queriéndolo o no, metidos en la faena de vivir, tenemos que ejercitar nuestro intelecto, pensar, tener ideas sobre lo que nos rodea, pero tenerlas de verdad, es decir, tener las nuestras. No es, pues, la vida para la inteligencia, ciencia, cultura, sino al revés: la inteligencia, la ciencia y la cultura no tienen más realidad que la que les corresponda como utensilios para la vida».












Este hilo es el mismo del que ya procuramos tirar cuanto pudimos en las conclusiones de aquel breve ensayo -´Los signos de los tiempos`-. Y lo que cabría añadir ahora, una vez hemos tocado el túetano del mal que nos aqueja -el conflicto entre los fines y los medios-, es pararnos a observar otra llamativa contradicción -ya vimos una-; y es la que se nos acaba de mostrar sin mostrarse; la que brota inmediatamente al contrastar lo dicho en este último extracto con aquella ausencia de fines . Pues a lo que aquí volvemos es al conflicto contrario, al de sacrificar la vida como un medio que obedece al fin de la razón, la ciencia, y todo lo que ya hemos enumerado sobradas veces. Entonces: ¿Es la ausencia de fines el problema de mayor gravedad, o todo aquello que sacrificamos convirtíendolo en medio para un fin muy lejano, que parece no alcanzarse nunca, hasta el punto de cuestionar si vale la pena seguir persiguíendolo?

Temo que la respuesta sea demasiado larga y deba responderla con calma en una segunda entrega de estas "estampas del fin de los tiempos".

Hasta entonces les emplazo, confiando en que todavía nos quede, eso mismo, tiempo...

jueves, 21 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (3ª parte)

*
«Empezamos a sospechar que la historia, la vida, ni puede, ni debe ser regida por principios, como los libros matemáticos.

Es inconsecuente guillotinar al príncipe y sustituirle por el principio. Bajo éste, no menos que con aquel, queda la vida supeditada a un régimen absoluto.»


«Y esto es lo que no puede ser: ni el absolutismo racionalista -que salva la razón y nulifica la vida-, ni el relativismo -que salva la vida evaporando la razón.»
*

Dijimos que nos apoyaríamos en la obra "En torno a Galileo" para desarrollar estas reflexiones. Y lo seguiremos haciendo, sólo que la complementaremos ahora con otros dos ensayos, "El tema de nuestro tiempo" y "El ocaso de las revoluciones", en donde Ortega retomó su análisis de la actual crisis histórica. (Actual para él y actual para nosotros, así de dilatado está siendo tal proceso.)

Lo que está en crisis es la verdad, como en todo anterior periodo análogo al presente. Y esto ocurre porque ya no es operativo el concepto que de ella nos hacíamos, y que hasta hace unas cuantas décadas, apenas se cuestionaba. 

Hoy se cuestiona tan abiertamente que hemos acabado dando lugar al relativismo, el cual es, meramente, un furibundo ataque en defensa propia que toma la forma de negación. Y al ser una respuesta extrema en el contexto de una situación extrema (la desorientación ante unos principios que empiezan a resquebrajarse) vuelve a ser un signo de los tiempos, como tantos otros que ya describimos en la primera y segunda parte de este ensayo; y por ello, nada nuevo: no más que un síntoma, de ningún modo un remedio.

El que la vida haya quedado supeditada a principios, en vez de al revés -como nos damos cuenta al fin de que debiera ser- tiene unas implicaciones tan profundas que acaso no podamos comprenderlas enteramente si no nos detenemos unos instantes a meditarlo.
Y, seguramente, lo veremos más claro si complementamos la tan reveladora analogía entre "el príncipe y el principio" con la siguiente reflexión, en que intervienen, además del elemento racionalista, el imperativo del progreso:

«El sentido y el valor de la vida, la cual es por esencia presente actualidad, se halla siempre en un mañana mejor, y así sucesivamente. Queda a perpetuidad la existencia real reducida a mero tránsito hacia un futuro utópico.»

Quizá se nos muestre así, finalmente, la traición que hemos estado cometiendo contra LA VIDA, sacrificando ésta en pos de un futuro mejor que nunca acaba de llegar. Quizá despertemos así de una vez por todas al terrible auto-engaño del que hemos sido víctimas durante tantas generaciones.

Nos desentendimos de la vida, la despreciamos, por parecernos poca cosa, por sí misma, en comparación con las "grandes aspiraciones" en cuya búsqueda podíamos emplearla. La vida era, pues, un instrumento para lograr "más altos fines". Nos parecía lo más absurdo, se nos antojaba un total desperdicio que no fuera así; ¿emplear la vida para otra cosa que no esté más allá de la vida? ¿La vida como un valor en sí misma? Jamás nadie (o prácticamente nadie) hubiera osado postular semejante "barbarismo". Sin duda que es esto lo que hubieran pensado de tal idea nuestros antepasados cercanos; para ellos no se hubiera tratado más que de puro primitivismo, animalismo... ¡una absoluta bajeza!

Pero ellos no eran capaces de interpretarlo en otra clave porque estaban en plena ebriedad racionalista, en plena efervescencia de la mentalidad iluminista. Invirtiendo los términos, sería como si en medio de una orgía dionisíaca, alguien tiene la ocurrencia de gritarles a todos los que allí concurren que por medio del éxtasis no se alcanza ninguna sabiduría, y que bien harían los dionisíacos en abandonar esas tentativas y dedicarse a la razón pura.

Sin embargo nosotros, que ya tenemos ante nuestros ojos los frutos, unos buenos, otros peores, de esa orgía del razonamiento puro en que se enfrascó el hombre occidental durante los últimos siglos. Nosotros, que ya participamos en esa orgía sólo de cuando en cuando, y cada vez con menos convicción, pues ya no sentimos apenas ese éxtasis (pero sí palpamos cada vez más sus zonas grises, sus vacíos.) Nosotros, digo, sí podemos superar esa fiebre de la abstracción y volver, tras tanto tiempo, la vista de nuevo hacia lo VITAL.

«La vida debe ser culta, pero la cultura tiene que ser vital.»

¿Qué queremos decir con esto? Pues, ni más ni menos que la cultura, el conocimiento, la razón... deben servir al propósito de la vida, y no la vida al propósito de aquellas. Porque si pensamos la existencia como un medio para alcanzar cosas que consideramos por encima de la misma, estas cosas serán las que irán copando toda nuestra atención, mientras la existencia irá cada vez ocupando menos espacio en nuestras preocupaciones. Y llegará un momento -como ya ha llegado- en que ni siquiera recordaremos qué era la vida antes de "la búsqueda del conocimiento" en la que nos aventuramos, firmemente comprometidas y apasionadas, varias generaciones. De esta suerte, nuestro conflicto interno será análogo al de un pueblo de navegantes que tras continuar, los hijos, la vocación de los padres, y estos, la de los abuelos, los últimos descendientes empiezan a preguntarse "como será eso de pisar tierra firme".

¡Y tierra firme, concreta y palpable, es la que llevamos sin pisar mucho.. mucho tiempo!

Porque aquí ya no nos referimos únicamente a la última era, sino que en este sentido, la "aventura de ultramar" viene durando ya desde que se inició el tiempo de la superstición, desde que se declaró abiertamente la guerra a "esta vida", y nos embarcamos, durante más de un milenio, en la persecución de un algo superior a ella. Y aunque en los albores de la modernidad nadie se percatara de que, al mismo tiempo que se estaban invirtiendo muchos valores, había algo esencial donde no se había roto en absoluto la continuidad, con la perspectiva que nos da nuestro siglo, podemos verlo meridianamente:

«El culturalismo es un cristianismo sin dios. Los atributos de esta soberana realidad -Bondad, Verdad, Belleza- han sido desmontados de la persona divina, y una vez sueltos, se les ha deificado.»

Yo defendí esta misma tesis en una reflexión que quise hacer, en cierto momento, sobre los mitos modernos. Y también vi entonces claro, como Ortega, que había una dimensión nada desdeñable de los mismos que se adecuaba muy bien a esta sentencia: "La Ilustración encontró la manera de negar a dios sin dejar, por ello, de ser monoteista".

¿Qué diferencia esencial hay, séanme sinceros, entre someternos a un dios, a un rey, o a unos principios? ¡A no ser que nosotros hayamos inventado los principios!, pero dado que pueden contarse con los dedos de una mano las personas, en este mundo, que se guían por sus propios principios 
-elaborados enteramente por ellos mismos-, podemos perfectamente obviar esa rara excepción a la regla.

De lo dicho se concluye, por tanto, que estaríamos posponiendo indefinidamente la tarea de significar, de valorizar, de EMPODERAR a la propia vida, en vista a construir un edificio conceptual, un templo a la razón, en el que se nos reclama que continuemos participando; aun cuando seguimos sin ver en qué momento concluirá, y lo que es más desalentador, aunque se halle cada día más desdibujado el objetivo último de todo ello. Y si el objetivo se torna tan dudoso, lo que empieza a preocuparnos creciéntemente es si no estaremos hipotecando nuestra vida -que es nuestra, a título individual, y de nadie más- en beneficio de una fantasmagoría, de un monumental engaño en el que han sucedido unas generaciones a otras, igual que ocurría en la construcción de las catedrales medievales. Sólo que en aquel caso, lo que se construía no era un edificio en las nubes, sino uno que, precisamente por estar hecho de columnas y arcos concretos y palpables, llegaba un momento en que podía decirse que estaba concluido. Y, fuera de una belleza mejor o peor lograda, fuese un mayor o menor motivo de orgullo para sus constructores, estaba ahí para que propios y ajenos lo contemplaran, y era por tanto un fruto objetivo del trabajo de esas tres o más generaciones que a él se habían dedicado.

Pero, díganme, y séanme de nuevo sinceros: ¿Qué carajo se puede decir que estamos construyendo nosotros desde hace cinco siglos? ¿Qué gran edificación cultural, humana, vital, es a la que se prevé, arribaremos al final.. ¡al final de todo!, quién sabe tras cuantos siglos mas?

No creo, una vez expuesto el problema esencial, que nadie piense que es una pregunta baladí.

Pues bien, ¿alguien puede hoy respondérmela?


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lunes, 18 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (2ª parte)


No nos debería sorprender la furia con que saltan muchos de nuestros coetáneos a negar las verdades científicas  y como se lanzan sin paracaídas en los brazos del pensamiento mágico (que por más que ellos pretendan vestirlo de "gnosis" o "ciencia proscrita", no es nada mas, en rigor, que PENSAMIENTO MÁGICO.) Pero yo no les condeno a la hoguera, aunque sí me provocan no pocas sonrisas- e incluso espanto ante su, en ocasiones, arrogante ignorancia- Pero entiendo cual puede haber sido el motor que les ha llevado a comprometerse con un mundo mágico, irracional y conveniente; dado que el mundo gris que les hemos legado, ese mundo que sólo vive de ciencia, economía y política, pudo funcionar e ilusionar a muchos durante un tiempo, pero hace ya unas cuantas décadas que revela sus inmensas carencias, traducidas hoy en abismos. ¿Cuales son estos abismos? Sería ahora difícil colocarlos por orden de magnitud. ¿Es más abismal el hueco que ha dejado el materialismo más extremista en su largo recorrido, o el que se ha originado en nuestra sociabilidad ancestral por la acción del individualismo? ¿Es más terrible la ausencia total de referencias metafísicas, metahistóricas, metahumanas -mitos, ritos, iniciaciones, culto a la tierra, a los antepasados, a los héroes, a las fuerzas de la naturaleza- o lo es la ausencia igualmente absoluta de una cultura de/para la muerte, es decir, de una preparación completa para el trance por el que, esto es seguro, todos vamos a pasar? 

¿O acaso creemos que la angustia de la muerte, que es la principal angustia de nuestra especie, va a desaparecer desentendiéndonos de ella? 
Bien podría ser éste el signo mas claro de la estupidez prometeica del hombre moderno.

No debe sorprender tampoco la desesperación de los que se defienden con uñas y dientes del imparable avance de esta nueva alianza entre progresismo y relativismo -y con él, de la fuerza que tiende finalmente a la equiparación del valor de todas las cosas, y como inevitable consecuencia, a la negacion del mismo.- Pero este "no debe sorprender" no equivale a decir que ésta actitud sea la más madura o la más sensata; en absoluto, ya que la inmensa mayoría de las veces no proviene de un profundo conocimiento sobre las funciones que cumplían esas formas tradicionales que protegen, sino que suele consistir en un miedo atávico a perder las referencias, esto es, EL SUELO BAJO SUS PIES. Es una reacción, por tanto, comprensible pero infantil. Eso sí, no menos que la de aquellos poseídos por una fobia agresiva a todo lo tradicional, a todo lo "desigual" que no revela a primera vista la razón de su exclusividad, a todo lo que porte raíces complejas y profundas. Ambas se tratan de huídas hacia delante, de clavos ardiendo a los que agarrarse. 

En un mundo que se descompone, o como diría Ortega, en "la casa que se había construído nuestro ser histórico y que hoy vemos derrumbarse sobre nosotros", toda reacción no puede ser sino medida desesperada, como la del habitante de un edificio derruído por un terremoto que arriesga su vida por rescatar algunos enseres. Estos enseres serían la tradición (o lo que queda de ella, si es que merece recibir aún tal nombre), serían la libertad del individuo, serían la idea del socialismo o la idea de nación. 
Así que no se sigan engañando, ¡que no hay más cera que la que arde! Y si algunos de ustedes siguen empeñados en agarrarse a esos clavos que también arden por ahora, es su elección; pero sepan que sólo podrán agarrarse a ellos por poco más tiempo, y que cuando llegue la hora de tener que soltarlos ya definitivamente, el trance les resultará mucho más doloroso, por no haberse dedicado durante el último periodo de tránsito a practicar el DESAPEGO DE LAS IDEAS MORIBUNDAS, a reelaborar su lista de prioridades vitales, y a PREPARARSE PARA LA INCERTIDUMBRE, para el albor de un nuevo mundo que estará por construir, y donde ya no contarán con las certezas, con las seguridades, con las referencias con las que hasta ahora contaban (aunque cada vez menos.)

Pero no conviene que de estas premisas se siga la justificación de cualquier camino, por el mero hecho de ser distinto al marcado por aquella cosmovisión de cosmovisiones (modelo civilizatorio) que hoy agoniza. Ya que bien podrían agarrarse a esto los que mencioné al comienzo de estas líneas, y pensar que la negación de la teoría darwinista o la afirmación, en su lugar, de la ya famosa hipótesis de los alienígenas ancestrales, -y con ella, el compromiso con una cosmovisión que no tiene más valor que el literario (en el mejor de los casos)- que todo este delirio pasajero y adolescente, a fin de cuentas, es una salida digna, o incluso un paradigma sostenible con el potencial de vehicular un nuevo modelo existencial, civilizatorio.
Pero  no lo es, primeramente, por tratarse, de nuevo, de UN SÍNTOMA Y NO UN REMEDIO. No lo es tampoco por la endeblez de su edificio argumental, que hasta un mero diletante con ciertas ideas sobre la historia y la ciencia derriba sin el menor esfuerzo. Pero la clave que aquí nos interesa es la primera, dado que intentamos analizar el problema de la crisis de una época, y no las trazas de verdad que puedan encontrarse en las mil y una maneras que adoptan quienes huyen desesperada e inconscientemente de la misma.

Tampoco podrán ser, pues, salidas con proyección de futuro, todas aquellas que consistan en intentar revivir épocas pasadas, ya sea volviendo a la religión o a un trasunto del Antiguo Régimen. Lo que está agotado está agotado, y si estamos diciendo que éste régimen actual de cosas lo está, más lo estarán todavía los modelos que lo precedieron y que -no olvidemos- fueron los que condujeron a él.

Habrá que separar muy celosamente los ámbitos de la vida. Éste será, probablemente, el primer imperativo que se nos revelará; y se nos revelará así una vez nos hayamos convencido de que ninguno de estos ámbitos debe imponerse sobre los otros, porque eso significaría perpetuar aún por más tiempo la pugna entre unos y otros aspectos de nuestra realidad histórica, con lo que estaríamos también alargando innecesariamente esta agónica lucha en la que, ustedes ya se darán cuenta, ninguno de nosotros obtendrá ninguna ganancia, sino más bien un paroxismo de su agotamiento. 

La ciencia, pues, deberá convertirse en una secta, (lo cual no le será difícil, si tienen razón quienes afirman que ya lo es, a efectos prácticos, desde hace tiempo); y de ese modo, podrá seguir desarrollando su labor sin que nada ajeno influya en ella -sin que nada invada su terreno-, y sin que ella invada tampoco  terrenos ajenos. Esto es mucho más importante de lo que pueda parecer a primera vista, puesto que gran parte de las quejas hacia la ciencia expresadas en las últimas décadas tienen que ver con su connivencia con la política, la guerra o el control de masas, y por otro lado, con su empeño en aplicar su método a realidades que nada tienen que ver con su ámbito de estudio -el espíritu, el más allá, los símbolos sagrados, la trascendencia, el mundo interior,...

Así mismo, todos los que aún crean que lo único importante es la política y la economía, deberán también conformar un grupo segregado del resto, para que ya no impongan por doquier su iluminista creencia en que se puede "arreglar el mundo" contando con tan pocas herramientas, y que, encima, se han mostrado tan deficientes.
Da igual fascistas que anarquistas, mientras traten de imponer su mundo al de los demás.
¡Todo lo que hasta ahora estaba mezclado deberá ser segregado! Entiéndase, todos LOS CONCEPTOS HEGEMÓNICOS. Los políticos en su feudo, los científicos en el suyo, los intelectuales lo mismo, así como los religiosos, los gnosticos, los nacionalistas, los internacionalistas, los últimos urbanitas, los crecientes neo-ruralistas, y hasta los que "luchan sacrificadamente, ellos solos, por liberar a la humanidad de los reptiles psíquicos."

No estoy dando respuestas, por tanto, a como será -o debería ser- la nueva era histórica que nacerá (lo cual sería, desde luego, de la más estúpida arrogancia por mi parte) sino que estoy, tan sólo, proponiendo las bases -quizá haya otras, incluso complementarias- para que, lo que tenga que ocurrir con esa nueva era de la que poco o nada sabemos, pueda manifestarse sin cortapisas, sin que el constante vocerío y batalla bizantina entre las distintas facciones impida la evolución paralela de diversos modelos de vida. Modelos que puedan desarrollarse independiéntemente de los demás, y que así muestren, en sana competencia, y con el correr de los años y las décadas, cuales de ellos ofrecen alternativas más satisfactorias para cubrir esos huecos -abismos, dijimos- en el alma de aquel hombre tan extraviado que es nuestro contemporáneo.

Esta tesis estaría al final, como ya habrán visto, íntimamente relacionada con la del miedo a la libertad, que hasta donde he conseguido desentrañarla, se resolvería aceptando algo tan simple, y tan difícil hoy, como relativizar al máximo las posiciones que, durante esta gran crisis epocal, hemos defendido con una vehemencia que hoy se nos revela histrionismo -es decir, falsedad, pose, impostura- Algo todavía tan duro de tragar, lo sé, como permitir la libre circulación de las ideas más descabelladas, o más intolerables (pero que nunca son las mismas según quién es el sujeto que tolera.) Para aceptar esto, evidentemente, primero es necesario aceptar que, tal como dijimos al principio que defendía cierta corriente, TODO VALE LO MISMO; con la salvedad de que aquí hablamos, no de valores culturales o morales, sino de modos de concebir estos mismos valores, lo que hemos llamado "ideologías", ya sean políticas, sociales, culturales, o científicas. Y con "todo vale lo mismo" estaríamos, pues, intentando fabricar una tabla rasa donde ya no se jerarquicen estas ideologías -porque toda jerarquización provendrá, necesariamente, de una o varias de éstas-, donde ninguna de ellas, como también dijimos, invada el territorio de las otras, y donde el aumento o la disminución de adeptos a cada una surja exclusivamente de su natural, y nunca cortapisado, desenvolvimiento.
Pero es claro que tal situación sólo podrá darse, plenamente, cuando nos hayamos convencido todos de lo que yo, y unos cuantos más, estamos convencidos ahora (Ortega ya lo estaba hace 90 años): De que todas esas posiciones defendidas con tan histriónica convicción, en efecto VALEN LO MISMO, en cuanto signos, todas ellas, de una desesperación generalizada ante un edifico histórico en el que habitábamos, y que ahora se nos viene abajo sin ofrecer una futura construcción como alternativa.



viernes, 15 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (1ª parte)

[Todas las citas que se reproducen aquí pertenecen a la obra En torno a Galileo de José Ortega y Gasset, valiosísimo texto en el que todavía nos apoyaremos para las reflexiones que seguirán a estas. La cuestión abordada en él no es pequeña: el estudio de las crisis históricas para orientarnos en la actual crisis de la Modernidad, en la cual llevamos instalados ya casi un siglo. Y de la misma manera que ocurre con La rebelión de las masas, nos deja estupefactos hasta qué punto se adelanta a su época el filósofo hispano.]


*
EL MIEDO A LA LIBERTAD Y EL AMOR A LA REVOLUCIÓN.

El Hombre Moderno, que tanto ha ensalzado la libertad, es justamente a ésta a lo que más teme. Porque este sujeto de nuestro tiempo, lo que persigue y lo que sacraliza no es sino LA IMAGEN DE LA LIBERTAD, la imagen perfecta e idealística que él tiene en su mente. Mientras la verdadera libertad, la cual implica SIEMPRE indeterminación, provisionalidad e incertidumbre, es la que conforma el horizonte que nuestro ser histórico quiere, por todos los medios, apartar, anular,...¡olvidar!

Así es como nacieron los Utopismos, los Iluminismos, Idealismos y Universalismos... ¡La Revolución, El Progreso, La Nación, El Estado! ¡Los mitos modernos!

«El hombre moderno es en su raíz revolucionario. Y viceversa, mientras el hombre sea revolucionario no es más que hombre moderno, no ha superado la modernidad!» 

El miedo a la libertad es un tema que ya intenté abordar en cierta profundidad. (enlace aquí) Lo cierto es que hay tantas maneras de concebir la libertad como sujetos pensantes (y con pensantes, seguramente no estamos aludiendo a toda la especie humana.) Pero las más extraviadas de ellas probablemente tengan su raíz en aquel mito de la revolución. Porque la libertad sin más, esa que incluye indeterminación, provisionalidad, incertidumbre, entre otros sinsabores, le sabe hueca -le sabe a poco, a casi nada- al hombre moderno y revolucionario. 
El hombre persuadido de la capacidad prometeica encerrada en esa idea llamada "revolución" no se conforma jamás con nada. Puesto que la promesa es tan vasta, y todo lo que alguien imagine que debe hacerse, puede efectivamente hacerse, siempre será poco lo que se ha conseguido comparado con lo que podría conseguirse. Por lo tanto, para el sujeto revolucionario, siempre, cualquier situación, será potencialmente mejorable, y por esto mismo, injusta e indeseable. 
Pareciera que el revolucionario vive en una constante insatisfacción, y que de hecho, es ella la que constituye su razón de ser; la vida no puede ser celebrada mientras sea imperfecta, mientras haya en ella realidades susceptibles de mejora.. Nada hay de que alegrarse mientras queden nuevas cosas por arreglarse.


*
DE LA FE EN EL MÁS ALLÁ A LA FE EN EL PROGRESO

«En Descartes, por vez primera, hace el hombre una afirmación radical de la superioridad del presente sobre todo pretérito, del presente como tierra de que emerge el futuro, que crea el futuro. Bascula, pues, el entusiasmo que de gravitar hacia el pasado comienza su ponderación hacia el porvenir. La Edad Moderna ha sido, desde su umbral, futurismo, loca fe en el futuro porque es humanismo, fe en el hombre, y el hombre es el anticipador de sí mismo.» 

¡Todo tiempo por venir es mejor! La fe ciega, ahora, es en el progreso indefinido y en la capacidad del Hombre para transformar el mundo y para transformarse a sí mismo, tanto en su individualidad como en su sociabilidad. La Razón lo puede todo, y mediante ella, estaban muchos convencidos de poder alcanzar el dominio sobre la Naturaleza.. ¡y hasta la felicidad! Se podría construir el Paraíso en la Tierra, puesto que la ciencia y el humanismo se prometían, en un principio, inagotables, infalibles, construcciones arquitectónicas infranqueables, en las que nada ajeno podía penetrar, y nada propio escapar. 

¡Pero vaya si tenían grietas! ¡Vaya si penetraron elementos extraños y escaparon propios! Por lo pronto, la defensa de la razón degeneró en racionalismo y la de la ciencia en cientifismo. La fe ciega en el Más Allá de la que se huía se transmutó en un abrir y cerrar de ojos en fe ciega en la razón y la ciencia. Es evidente que aún éramos adolescentes que, en su arrogancia momentanea, creen haber alcanzado ya toda la madurez y la sabiduría que al Hombre le es dada alcanzar.

El sujeto de nuestro tiempo cree realmente (cada vez menos) que con esa razón y esa ciencia se basta, que los elementos que componen su mundo son suficientes para construirse un porvenir, y está auténticamente convencido de que no echaremos nada en falta.

Pero lo cierto es lo contrario: Echamos cada vez más cosas en falta, nos asolan cada vez más contradicciones, nos desgarran abismos cada vez más insalvables.

Nos debatimos constantemente entre las ansias de seguridad y de libertad, entre la necesidad de identidad propia y la necesidad de identidad grupal, entre lo material y lo espiritual. Y todas son diatribas que vivimos dolorosamente, dado que consisten, en el fondo, en algo parecido a elegir entre tus extremidades superiores o inferiores. Así vamos catapultándonos, violenta y bastante arbitrariamente, de unas convicciones radicales a otras; hoy puede ser la lucha de clases lo único que consideramos determinante, mañana puede ser el factor racial o religioso la clave última con la que al fin hemos dado (o eso creemos.)


*
EL ILUMINISMO Y LOS FALSOS ANTI-MODERNOS.

En los dos últimos siglos, se ha llegado a reclamar que la política, ella sola, logre la ausencia de injusticia y hasta la ausencia de sufrimiento.. Otros le piden a ésta que garantice la supervivencia, y hasta la supremacía, de su cultura o de su nación.

El Hombre de nuestro tiempo ha llegado a exigir que EL ESTADO sea el garante de su libertad, que los gobernantes que ocupan LA CÚPULA del mismo sean quienes aseguren la igualdad de todos, e incluso que éstas dos, igualdad y libertad, vayan indisolublemente unidas. 

Basten estos ejemplos para mostrar las contradicciones en que tal hombre se ha instalado.

Y no se equivoquen, que no es más moderno el que lucha por la igualdad que el que clama contra ella, y tampoco el que aspira a la libertad y el que se mofa de ella. Porque cuando hoy alguien se declara anti-igualitario o anti-libertario, sucede en realidad que propugna otra forma de entender esta igualdad y otra forma de entender esta libertad. Conviene no engañarse a este respecto. Por ejemplo, cuando los nacionalismos más belicosos (incluidos los fascismos) proclaman sus derechos territoriales, e incluso su superioridad, únicamente están reduciendo el ámbito de aplicación de aquellos principios de lo universal a lo local -nacional- Y de ahí que se niegue la igualdad de las fronteras del Estado para fuera, pero se cuide celosamente la homogeneidad de fronteras para dentro, y por ello resulte insoportable el que la nación sea diversa y que formen parte de ella gentes de distintas procedencias etno-culturales.

«La expulsión de judíos y moriscos es una idea típicamente moderna. El moderno cree que puede suprimir realidades y construir el mundo a su gusto en nombre de una idea. En este caso es la idea del Estado, que los Reyes Católicos inician.»

Quizá logren entender mejor esta relación si incidimos, en vez de en la igualdad, en el caracter iluminista que adopta, quiera o no, toda forma política desarrollada en esta era. Por ello suelo insistir en que no es menos iluminista Hitler que Lenin, o Reagan que Jomeini. Siempre se trata de la creencia ciega -o cuando menos, miope- de que se puede "esculpir" al gusto de cada cual la realidad humana (el mundo, la sociedad) por medio de una acción política planificada, racionalizada, y férreamente centralizada. 

Y en lo referente al ideal de libertad, no crean que el canje es muy distinto, porque en vez de colocar el eje de la misma en el individuo, se coloca de nuevo en la Nación; y así, es ésta la que debe "liberarse" de la "tiranía impuesta" por el concierto internacional, o por sus "archi-enemigas", que buscan explotarla y maniatarla.

Fíjense que, según trasladamos el eje de este discurso al individuo, a la clase social, o a la nación, damos lugar a todas las ideologías modernas sin movernos del mismo ideal, el de la "libertad".

El fascismo, el nacional-socialismo, como el comunismo o el liberalismo, son por ello un síntoma, no un remedio. Son signos inequívocos de la crisis de la Modernidad, en cuanto expresiones de la desesperación de una época que agoniza, la cual suele caracterizarse, como en toda crisis histórica anterior, por intentar negar la totalidad de su mundo (el contexto histórico que, quieran o no, habitan) dando un protagonismo sobredimensionado a una pequeña parte de ese mundo (la nación, la raza, la justicia social, la libertad individual.) Una forma de escapar del paradigma dominante agarrándose como a un clavo ardiendo a uno solo de sus componentes. (Como el Hombre del final del Medioevo se agarraba, bien a la palabra literal de las Sagradas Escrituras, bien a la dimensión más humana y cercana de Cristo.)

«Cuanto más absurdo y más extremo sea el extremismo, más probabilidades tiene de imponerse pasajeramente. (...) La situación extrema, al consistir en que el hombre no halla solución en la perspectiva normal, le hace buscar un escape en lo distante, excéntrico, extremo, que antes pareció menos atendido. (...) El extremismo es, por lo pronto, un truco vital de orden inferior. Hemos visto que hoy unos extremizan la idea de justicia social y otros la idea de raza, como un tercero o un cuarto podían afianzarse en cualquier otra cosa con tal que sea arbitraria y poco o nada razonable. Es esencial al extremismo la sinrazón. Querer ser razonables es ya renunciar al extremismo.» 

Nada más que añadir.

..Por el momento.



lunes, 6 de abril de 2015

"Los síntomas y los males"

Hoy debemos enfrentarnos a una pregunta clave:

¿Debemos ayudar a los "desequilibrados" o, más bien, deberíamos aprender algo de su desequilibrio?

¿Debemos curar la insatisfacción o, por el contrario, indagar en sus motivos más profundos?


¿Es más ético tratar de arraigar al desarraigado, o permitir que su desgarro individual y patente ayude a tomar conciencia de nuestro desgarro colectivo, más sublimado, o reprimido?














Todas esas formas genuinas de respuesta violenta a la sociedad actual: 
Los "rumbos extraviados", los descreimientos profundos, las crisis personales de todo tipo, las situaciones de marginación voluntaria, de declarado desprecio y oposición a la vida moderna, no deben intentarse corregir; más bien, debiera permitirse que se desarrollen plenamente, de modo que sirvan de testimonio vital, de termómetro de nuestra época.
Pues el único fin efectivo de apaciguar o remediar estos "males", aunque no tengamos el valor de reconocerlo, es conservar intacto el modelo de vida que provoca la manifestación de esos síntomas. Por tanto, hacerlo no supone otra cosa que un suicidio inconsciente, una huida cobarde hacia delante.

¡Exacto!... ¡Síntomas, y no males en sí mismos!
¡He ahí la clave! Y he ahí el porqué debiéramos, más que buscar remediarlos, 
alentar que broten por doquier. 
............
¿De qué otro modo podemos diagnosticar, con mayor acierto, la enfermedad que padecemos?
...........
Sí, podemos prestar apoyo HOY a su angustia, pero con esa acción, por sí sola, estaríamos favoreciendo el que este régimen de cosas se perpetúe, 
estaríamos insuflándole vida con cada parche que ponemos sobre cada uno de los síntomas, mientras estos no paran de multiplicarse.


¿Es ético, entonces, socorrer al enfrentado con el mundo, y consigo mismo, 
y reintegrarle en la "normalidad" enferma de la que se ha desprendido, 
como gota que rebasa el vaso?

¿Es, de verdad, lo más "humanitario" apaciguar el dolor de quienes expresan antes que los demás las contradicciones de nuestra civilización, de nuestro tiempo?
Si lo ético, o lo "humanitario", se identifica con el bien de todos, o de la mayoría, evidente es que no hay nada de compasivo en ello, sino mucho de cruel, despótico, e insensato.

¡Alegrémonos de que surjan por doquier los síntomas de la desintegración, pues son el signo de que este error en que vivimos toca a su fin!


Es la mejor situación que podemos desear, porque de lo contrario, nada nos indicaría el error, nada nos alejaría de la manera de existencia que provoca tales desarmonías.

¡Celebremos que crezcan las legiones de almas atormentadas, pues sus alaridos nos alertan del tormento que en todas nuestras almas ya germina!


Ellas son la visión, a modo de presagio, del destino que a todos nos aguarda, 
aunque sea con desigual prontitud, y distinta cualidad, en cada caso.
No son las existencias desgarradas, pues, sólo un problema de aquellos que las manifiestan, 
sino que constituyen una suerte de "élite del malestar", 
una "vanguardia del sinsentido existencial" en toda su apoteósis; 
esto es, son las maestras de las ineludibles legiones de almas torturadas que se irán sumando, exponenciálmente, a aquellas "pioneras" que nos mostraron el camino.. 
..amargo camino, sí, pero inevitable, por mas que pataleemos 
o nos refugiemos en un optimismo ciego y pueril.