Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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viernes, 25 de mayo de 2018

Occidente contra Occidente (I)

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"Forma parte de la identidad occidental el negar la propia identidad". 
(José Javier Esparza)
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El extremado dinamismo que caracteriza a nuestra cultura hace que por comparación todas las demás parezcan casi congeladas en el tiempo.

¿Y si "tradición occidental" fuese un oxímoron? ¿Y si la genuina "tradición" de Occidente fuese la ruptura, la vanguardia y la revolución (tanto en el sentido político como en el cultural y científico)? 

Más allá de fórmulas idealistas y esencialistas, que por definición no admiten matices ni gradaciones, hay una cosa innegable: ninguna civilización presente o pasada se acercó tan siquiera al grado de inconformismo e individualismo que ha caracterizado a Occidente.

La cultura occidental fue única e irrepetible porque consistió en un dinamismo absoluto, en una fobia a todo lo estático, en un tren de alta velocidad sin frenos.

En la conciencia y en la vida occidental, como en el río de Heráclito, nada permanece, todo se transforma y lo transformado vuelve a transformarse cada vez a mayor velocidad.

La occidental es aquella mentalidad que nunca se conforma con nada. Esa es la razón de su rápido e inapelable progreso material e intelectual pero también de su rápido e inapelable suicidio colectivo.

Aquello que dijo Nietzsche de los españoles quizá sea aplicable a todo Occidente: quisimos ser demasiado, llegar demasiado lejos, y aspirar a objetivos demasiado ambiciosos. También como el viejo Imperio español, exigimos mucho a otros pero nos exigimos todavía más a nosotros mismos. Baste recordar la disputa de Salamanca sobre si era justa la conquista de América, la declaración de derechos de la Revolución Jacobina y la aún más ambiciosa de 1948; la Sociedad de Naciones, la descolonización, las ONG´s, los planes de ayuda al Tercer Mundo,... el liberalismo, el marxismo, el anarquismo y la larga lista de intelectuales dedicados a a sacarle hasta los higadillos a nuestra cuanto más exitosa más culpable civilización.

Como digo, la crítica y el inconformismo han estado tan presentes en nuestras sociedades que ellas mismas han acabado por ser el principal objeto de esa crítica. Y ha llegado a ser ésta tan cruda y despiadada que ha penetrado en nuestro espíritu y lo ha herido de muerte, hasta llegar a un punto en el cual dedicarse a rematar ese espíritu se ha convertido en nuestro principal pasatiempo. 

"No hay cosa que más guste a los occidentales que darse latigazos en la espalda", dice Villanueva en este demoledor artículo.
Occidente carga sobre sus espaldas ora toda
la responsabilidad, ora toda la culpa por 

lo que acontece en el Orbe entero.
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Lo mismo que nos hizo progresar tanto y tan rápido es lo que nos condujo a inmolarnos como civilización. Otras sociedades no lograron semejante progreso pero tampoco sembraron la semilla de su propia destrucción.

Occidente es un fulgor que atravesó la historia cegando a todos a su alrededor y que se extinguió tan rápidamente como había prendido. Las otras civilizaciones contemplaron esa gran explosión en el cielo cubriendo todo el horizonte, la cual durante un breve lapso hizo llover un "maná" que alimentó su progreso material pero dejó casi intacto su ethos.

Así, la cultura occidental desapareció, dejando como legado sus logros materiales, y el resto de culturas siguieron su sosegado camino acordándose de cuando en cuando de aquel tren que causaba tanto estruendo al pasar pero que un día, sin previo aviso, dejó de hacerlo.

Pero este final, tan deseado por aquellos críticos despiadados -se podría decir que masoquistas o suicidas-, no significa lo que ellos imaginaron. De hecho significa la muerte de esa actitud inconformista y de esa crítica despiadada.

La gran paradoja es ésta: defender hoy la tolerancia, el pacifismo, el universalismo y el multiculturalismo más allá de cierto límite elimina la posibilidad de que esos ideales subsistan mañana. 

Al no existir nada parecido fuera del contexto occidental, negar la identidad de Occidente no va a dar lugar, como parecen pensar muchos, a un mundo sin identidades sino a un mundo sin Occidente

Y ahí es donde radica la insalvable contradicción, porque un mundo sin Occidente significa un mundo en que nadie o casi nadie defenderá ya esos ideales tan preciados por los enemigos de la identidad.
“Algunos estadounidenses han promovido el multiculturalismo dentro de su país; otros han promovido el universalismo fuera de él; y los hay que han hecho ambas cosas. El multiculturalismo dentro del país amenaza a los Estados Unidos y a Occidente; el universalismo fuera de él amenaza a Occidente y al mundo.” (Samuel P. Huntington)
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sábado, 3 de septiembre de 2016

LIBERTAD NEGATIVA Y POSITIVA (derechos negativos vs. derechos sociales)

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Hay mucha gente que desconfía de la idea de libertad negativa. La consideran insuficiente. Creen que eso no garantiza el bienestar de todos.

Pero, ¿y qué otra cosa lo garantiza? 

Por más que nos empeñemos en creer que "otro estado es posible", por lo que sabemos hasta ahora, el modelo social-demócrata sólo garantiza que se fragüen corruptelas, clientelismos y latrocinios varios. En primer lugar, porque un político que sólo actúe en beneficio de la sociedad y desatienda a los grupos de presión y a sus potenciales aliados, está cavando su propia tumba. Y en segundo, porque los propios ciudadanos también van a perseguir sus intereses particulares y, por tanto, muchos de ellos van a procurar engañar a la administración para beneficiarse de ella antes y mejor que el resto.
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Bastiat decía en La ley que la gente tiende a confundir la sociedad con el Estado, y que por ello, cuando algunos decimos que el Estado no debe hacer ésto o lo otro, significa que no debe hacerse en absoluto. El consenso social-demócrata ha logrado inocular tal Síndrome de Estocolmo en la mayoría que, ciertamente, dan por hecho que aquello que no emprenda el Estado no va a ser emprendido por nadie más. De ahí, pues, que se considere la libertad negativa (el derecho a la no interferencia) como algo tan estrecho, tan tacaño. Como si no garantizar la asistencia al necesitado equivaliese a eliminarla. Como si no obligarte a colaborar con la sociedad equivaliese a prohibirte hacerlo..

..Y, por supuesto, como si defender sólo los derechos individuales abocase impepinablemente a fabricar una sociedad individualista.

Pero es que la libertad negativa no implica necesariamente individualismo, ni mucho menos atomismo. Nadie va a negar que vivimos en sociedad; de hecho, somos los animales más sociales que existen. Pero la cuestión principal aquí no son los vínculos que desarrollemos o no con nuestros semejantes; la cuestión es si tenemos derecho a obligarles a ayudarnos bajo amenaza. Porque eso es lo que significan los derechos sociales. Y que la gente no tenga la obligación de ayudarte no significa que no puedan ayudarte voluntariamente, o que no puedas asociarte con otra gente que está de acuerdo en poner un fondo común para los tiempos de vacas flacas. 

Martin Krause y Benegas Lynch, en su obra En defensa de los más necesitados, hacen un recorrido por todas las asociaciones civiles de beneficencia, y más que beneficencia: entidades que proporcionaban alimentos, techo, salud y educación a las gentes más necesitadas. Tras ello, comparan los resultados de esos sistemas de asistencia con los del estado del bienestar; y la conclusión, sostenida con datos, es que no sólo resultaban de más ayuda las organizaciones de tipo civil y voluntario, sino que el establecimiento del "estado benefactor" transmitió el mensaje de que él se ocupaba de todo y, por tanto, fue desincentivando progresivamente la solidaridad espontánea de la gente. 

Martín Krause. Académico del Cato
Institute y profesor de Economía
de la Universidad de Buenos Aires.
Alberto Benegas Lynch.  
Académico y docente argentino 
especializado en economía.
Al final, los "derechos sociales" y el "estado de bienestar" son quienes fomentan en mayor medida el egoísmo y el individualismo, porque "para ayudar ya está el estado". 

Por otra parte, convertir la solidaridad en algo obligatorio no podría pervertir más el propio concepto.


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miércoles, 30 de septiembre de 2015

¿QUÉ ES LA ´REVOLUCIÓN NEO-NIETZSCHIANA`?








Expulsemos a los turbadores del cielo, obscurecedores del mundo, portadores de nubes, ¡iluminemos el reino de los cielos!

(Ecce Homo)



La revolución neo-nietzschiana vendría a ser la gran revolución pendiente que, aún hoy, más de un siglo tras la muerte del sajón, permanece dormitando, quizá, en las mentes más audaces. 
Fue necesario que se discutieran, se reinterpretaran y hasta se reinventaran muchas de las ideas propuestas por Nietzsche antes de elaborar un corpus doctrinal definitivo; cosa que no se ha hecho por el momento, y a lo que quizá ayude, hasta donde modestamente pueda, el manifiesto que sigue.


CONTRA TODO MORALISMO

Un tipo humano superior se ha dado ya con harta frecuencia, pero como golpe de fortuna, excepción, nunca como algo pretendido. Antes al contrario, precisamente el ha sido el mas temido, era casi la encarnación de lo terrible; y como producto de este temor ha sido pretendido, desarrollado y alcanzado el tipo opuesto: el animal doméstico, el hombre-rebaño, el animal enfermo “hombre”: el cristiano.

(El Anticristo)

La transvaloración nietzschiana corréctamente entendida, en su dimensión más constructiva, no consiste en machacar al débil y ensalzar al fuerte, sino en hacer más fuerte al primero y dejar a su libre obrar al segundo, pues no es él, de todas formas, quien requiere nuestra ayuda. (*)

Lo que prima hoy, por desgracia, es la glorificación del débil por el mero hecho de serlo. Y esto sólo le hace más débil, al imbuírle de victimismo, o de revanchismo, y librarle de toda responsabilidad; pues acostumbramos a persuadirle de que las causas de sus males siempre están en el exterior. Análoga y contrariamente, al fuerte se le responsabiliza de todo mal habido y por haber y se le procura hacer sentir tan culpable como esté en nuestra mano; quizá con la esperanza de que pague con su conciencia atormentada todo el insoportable rencor que su fuerza, o su grandeza, inspira en nosotros.

Esta es LA INMORALIDAD DEL MORALISMO que ha llegado a nuestros días a través de muy diversas mutaciones de la mentalidad judeo-cristiana.

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(*Ésto lo dijo con otras palabras, pero no muy distantes a éstas, mi camarada nietzschiano y librepensador Daorino, de las cuales obtuve parte de la inspiración y la motivación para escribir este texto que llevo rumiando hará por lo menos un año.)


EL GRIS BURGUÉS Y SU VIL INTERÉS.

Ante todos los virtuosos
quiero yo ser culpable,
¡que se me impute la mayor culpa!
Ante estos vocingleros de gloria
mi codicia se transforma en gusano.
Entre tipos semejantes me divierte
ser el más abyecto...

(Ecce homo)

Este apartado tiene dos dimensiones. La primera, que es la condena del interés, no requiere apenas revisión del pensamiento nietzschiano, pues el mismo filósofo alemán no tuvo nunca el menor embargo en hacer defensa del egoísmo.

Ya respecto a la "grisura" de la sociedad burguesa cabría hacer, aquí sí, unas cuantas enmiendas a las vehementes condenas que Nietzsche lanzó contra ella. Y es que podemos sintonizar muy bien con el ansia de retornar a tiempos más heroicos donde la grandeza de ánimo y el espíritu de sacrificio presidían cada acción; pero ciertamente sería muy poco constructivo, y muy poco inteligente, sustituir los pacíficos y provechosos métodos del comercio internacional, de los que todos salimos tarde o temprano beneficiados, por los belicosos y menos provechosos métodos de la conquista y la rapiña del pueblo vecino, por los que todos salimos tarde o temprano perjudicados.
La grandeza es una cosa. La estupidez es otra bien distinta: 
El propósito de este manifiesto es extraer de la filosofía nietzschiana aquello que no es más útil. Por ello debemos desechar igualmente todo aquello que nos entorpezca y nos confunda en vez de ayudarnos a alcanzar más pronto nuestras metas:
¡No se puede esperar de Prometeo que se avenga a devolver el fuego robado!
(No soy ni mucho menos el primero en comparar las "fuerzas desatadas" de la tecnología y la producción industrial con el fuego que robó a los dioses este personaje mítico, casi arquetipo universal, pues usaron esas mismas palabras y ese mismo tono, para describirlas, intelectuales tan diversos como Marx o Evola.)

Para acabar de cerrar esta enmienda a Nietzsche en el contexto de la revisión, actualización y re-significación de su pensamiento, acudiré a mis propias palabras en otro texto que publiqué reciéntemente:

Ésta crítica (a la sociedad burguesa) es acertada en tanto se refiere al "espíritu burgués" materialista, dócil, gris, antiheroico, de su tiempo. Pero nos lleva a error, y como dije, a callejones sin salida, si lo extrapolamos a todo lo que hoy va vinculado a la burguesía histórica (puesto que ya sólo subsiste aquel "espíritu", no así la "casta" como tal). A Nietzsche le ocurre como a tantos tradicionalistas y revolucionarios (cosas que no tienen porque ser antagónicas), que juzga a la "era de la burguesía" por la etapa de la misma que él pudo observar, y circunscrita a un contexto geográfico muy concreto. Al igual que las contra-réplicas (quizá también en parte acertadas) que le hacen los católicos "viejos" por juzgar al cristianismo enfocándose sobre todo en su "fase decadente" (de nuevo, dócil y antiheroica), el creador del concepto de "superhombre" no hubiera obtenido la misma impresión de la mentada ´Casta` si la hubiese visto desenvolverse en los albores de la Revolución Industrial, creando casi de la nada, ´cual semi-dioses prometéicos`, toda aquella imaginativa y deslumbrante maquinaria que hizo posible la expansión del bienestar (ese sí lo fue de verdad, y no el que ahora predican) a cada vez más y más sectores de la población.


MORALISTAS CRISTIANOS Y MORALISTAS PAGANOS

Vuelo vertical,
trazo precipitado,
caer sobre corderos,
hacia abajo, voraz,
ávido de corderos,
odiando toda alma de cordero,
odiando rabiosamente todo lo que parezca
virtuoso, borreguil, de rizada lana.

(Ecce Homo)

"La Humanidad" no es sino una impostura de ese moralismo de raíz cristiana, y nadie, más allá de la vana palabrería, se concibe a sí mismo como "ciudadano del mundo" con todo lo que ello implica 
-cosa que nos demuestra el que nos conmueva más el sufrimiento de un animal ante nuestros ojos que el de cientos de seres humanos al otro lado del océano, como hubiera dicho Hume-. Por otra parte, "La Nación" no es más que una extrapolación de la pequeña comunidad original. Tan sólo como imagen proyectada de aquel modo de vida ancestral, registrado en nuestros genes, funciona para causar una respuesta emocional. Pero no deja de ser otra impostura -la que correspondería, para distinguirla de la anterior, al "moralismo pagano"- y, por ello, todo lo más un truco psicológico, un método para domeñar nuestras conciencias. 

Quienes se agarran, pues, a ella como últimos creyentes, no están abrazando sino un cadáver.

El individuo es una ardua conquista de nuestra evolución cultural. Siempre se recuerda que en el Neolítico no podríamos encontrar individuos, sino hordas. Otro dicho cuyo autor original no conozco y que vendría a colación aquí es aquel que reza que "el buen salvaje, lo único que era es.. ¡bien salvaje!"

Lo que reacciona, pues, contra tal logro de la civilización son las fuerzas del primitivismo, la cobardía de esos viejos nuevos mitos que se niegan a perecer en soledad y nos agarran de los pies cuando levantamos el vuelo, al tiempo que nos suplican, o nos reprenden encolerizados, intentando persuadirnos de no proseguir nuestro ascenso hacia el siguiente estadío de la evolución (Todavía no el superhombre, pero sí un pasito más cerca de él)

La dicha inefable en la paz, la mansedumbre, el no ser capaz de 
experimentar sentimientos hostiles, se torna aquí en moral.(...)
El miedo al dolor, incluso al mínimo dolor, por fuerza desemboca en una religión del amor.

(El Anticristo)

Los moralistas de raíz socialista-cristiana se creen intérpretes de todos los desfavorecidos de la tierra y piensan que cosas tales como los sentimientos xenófobos o insolidarios, o cualquier otra manifestación de rechazo al diferente, van a desaparecer de la noche a la mañana, como si no tuviesen un origen evolutivo, y como si todos fuésemos malditos robots con el sistema operativo "superprogre 6.O"... 

No se puede demonizar a una persona o a un grupo de ellas por tener reacciones perféctamente humanas. No se les puede increpar, ni señalar, sin tener para nada en cuenta sus circunstancias, sus fracasos y sus aspiraciones. No poseemos autoridad moral alguna para dictar al mismo tiempo veredicto y sentencia sobre las diversas reacciones de aquellos a quienes siquiera conocemos, tal como hacen hoy esos moralistas desbocados que dicen actuar en nombre de la justicia y el progreso.

Ahora bien, tampoco se pueden alentar ni explotar esas bajas pasiones por muy naturales que sean, que es en lo que tocaría recriminar, por el otro lado, o los "super-identitarios", o, como hemos convenido en llamarles, los moralistas paganos.

No se puede culpar a los grupos humanos de tener reacciones tribales, porque resulta que todos las tenemos, pero quizá en otros ámbitos que ahora andan menos vigilados por el tipo particular de moralismo que hoy nos ha tocado sufrir.

Pero no se pueden tampoco dar aliento a esas reacciones para inflamarlas. 
Si lo uno es arrogante, lo otro es irresponsable.
¡Contra todo moralismo! .. ¡Contra todo cuervo que merodée sobre nuestras cabezas esperando alimentarse de nuestro sentimentalismo, de nuestra envidia o nuestro rencor!
LA MORAL CONSPIRA CONTRA LA RAZÓN

El espíritu puro es pura mentira... Mientras el sacerdote, este negador, detractor 
y envenenador profesional de la vida, sea tenido por un tipo humano superior, no hay respuesta a la pregunta ¿qué es verdad? Se ha puesto la verdad patas arriba si el abogado consciente de la nada 
y de la negación es tenido por el representante de la “verdad”.

(El Anticristo)


Si, de entre todas, hay que escoger una razón por la que debemos prevernirnos de los excesos moralistas (que no de los sentimientos morales, pues ésto nos es imposible), es que el moralismo nubla nuestro juicio hasta el punto de volvernos obscura la verdad ante nuestros ojos. No se trata de reivindicar el racionalismo -¡a buenas horas vendría semejante ocurrencia, ya probada nefasta!- ¡No! Tan sólo se trata de no permitir que la moral nos domine, del mismo modo que nos previnieron aquellos más escépticos sobre la "infalibilidad de la razón" acerca de los males de someter a la misma toda emoción, todo instinto, y también toda ética.

Desde que ponemos nuestro pie en este mundo, nos vemos influídos por distinta clase de relatos morales. Hay una moralidad cívica y familar, la cual es la más básica y no entraña mayor problema, siempre que no degenere en moralismo. Pero hay además una moralidad acerca del trabajo, una moralidad acerca de la pereza, una moralidad acerca del placer y una moralidad acerca del dolor (morales complementarias que, éstas sí, se han invertido plenamente en los últimos siglos; de lo cual convendría hablar en otra ocasión, pues ahora nos obligaría a extendernos demasiado). Conforme vamos avanzando escalones en esta lista, los peligros van aumentando: pues ahora ya vendrían las antes aludidas sobre la riqueza, el tribalismo, la solidaridad, la xenofobia, la misoginia, y en general, todas las demás impresiones de tipo emocional que inciden en la diferencia, pues en cuanto empezamos a movernos en ese terreno, las más deplorables instintos, tales como el odio, el rencor, el revanchismo, la envidia o la proyección de culpas en un chivo expiatorio hacen aparición más tarde o más temprano, y acaban logrando que quienes tomen finalmente el liderazgo sean aquellos que mejor saben explotar tales instintos en las grandes masas.

Pero si puede decirse que hay un punto culminante en la peligrosidad del moralismo, éste bien podría manifestarse cuando alcanzamos la fase en que comienzan a hacerse variadas tentativas de desarrollar una historia moral.
Creo que la mayoría intuirá ya por donde van los tiros: La historia desde una óptica proletaria, la historia desde una óptica femenina, la historia desde una perspectiva africana, latinoamericana... ¡Por no hablar de las historias hechas a medida de las identidades nacionales y hasta étnicas, o raciales! 

Y no se equivoquen, que no digo que ésto no sea útil, y hasta encomiable, en tanto hablemos estrictamente de perspectivas. 

Pero no, todos sabemos que no es de eso de lo que se trata. En lo que se traduce a efectos de rigor histórico lo que han dado en llamar "óptica" es en un sesgo favorable; esto es, en una arbitrariedad basada en una percepción ya previamente distorsionada, lo cual no puede menos que arrojar unas conclusiones todavía más distorsionadas.

Todos esos grandes idealistas y portentosos se comportan como las mujeres: toman los “sentimientos sublimes” por argumentos, el “pecho expandido” por un fuelle de la divinidad y la convicción 
por el criterio de la verdad.

(El Anticristo)

Éste es pues mi alegato final, dirigido a todos los moralistas de este mundo, de izquierda a derecha y de Oriente a Occidente:

En el 391 D.C., un nuevo decreto de Teodosio no sólo prohibe la visita
a los templos paganos sino también el mirar las estatuas destrozadas.
¡Dejen ya ustedes de mentir, de torcer todo hecho histórico en el sentido de sus sentimentalismos particulares, cuales sean! 
¡Tuvimos suficiente con los primeros cristianos, y a dios gracias que pudimos domarles hasta donde pudimos y que, de locos que venían a arrasarlo todo, se desinflaran hasta devenir semi-cuerdos persuadidos de conservar alguna que otra cosa de valor! ... ¡Tuvimos ya suficientes moralistas con ellos, con Savonarola, con Lutero y con Calvino! 

Acudiendo también a las palabras del maestro: ¡Ya tuvimos bastantes visiones torcidas de teólogo!



La fatalidad del cristianismo reside en el hecho de que su credo tenía que volverse tan enfermo, bajo y vulgar como las necesidades que estaba llamado a satisfacer.

(El Anticristo)


martes, 15 de septiembre de 2015

Reinterpretación de la dialéctica y crítica de la moral.

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«El marxismo obtiene su fuerza de la necesidad psicológica de creer en él.»
(Leszek Kolakowski)
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«El comunismo no es el futuro de la humanidad, sino su muy arcaico pasado.»
(Juan Ramón Rallo)

Éstas son dos citas verdaderamente elocuentes. Pero en referencia a esta última, es importante recordar también que, mientras que en ese arcaico pasado la mentalidad colectivista surgió de modo espontaneo, en tiempos recientes ha sido necesaria la violencia para "persuadir" a la mayoría social de retornar a ella. 
¿Por qué creen, si no, que llevan tanto tiempo extendiendo el mito de que el capitalismo se impuso por la fuerza? Pues por la sencilla razón de que depende de ello su legitimidad para imponer asimismo su modelo (ese que se presume "más justo"). La única forma de tornar lícita una acción violenta y autoritaria sobre la sociedad es presentar la coyuntura actual como fruto de otra acción igualmente violenta y autoritaria. Y como ese fin suele justificar cualquier medio, poco importará si la comparación entre unas y otras imposiciones es visiblemente acomodaticia, o si se tuercen los hechos para hacer pasar por violencia lo que cualquiera con sentido común nunca juzgaría como tal (aunque después sí logren persuadir a muchos de lo contrario mediante la conocida estrategia gramsciana de conquista gradual de la hegemonía ideológica). De este modo, empiezan a difundir conceptos como "violencia estructural", o a calificar de "fascista" toda ley o costumbre que encuentran indeseable ya que, de tal manera, hacen parecer menos grave su intención de combatir la "violencia" con VIOLENCIA y el "fascismo" con FASCISMO.
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Fíjense bien en que, tanto comunistas como social-demócratas, parten de estos dos axiomas:

1- Dar libertad al mercado va a perjudicar a los más pobres y a las pequeñas empresas.
2- Todo argumento procedente de las posturas liberales es una estratagema para favorecer a las grandes empresas y a "los ricos".

Hemos dicho que son axiomas. Por tanto, no cabe discusión sobre ellos. Es así como se explica la forma de operar de todos sus razonamientos. Y así, también, como se cierra toda aquella vía de reflexión que vaya en las direcciones antes señaladas como vetadas. El espectro de razonamientos queda reducido de este modo a todos aquellos que no transiten por las vías prohibidas. Es por eso, pues, que para un anti-capitalista (o "reformador del capitalismo"), en el fondo sólo cuenta desarmar las posturas del adversario como sea, y no, como se esperaría de un amante de la verdad, ajustarse lo más rígidamente a los hechos.

Cuando uno se percata de esto, percibe como nunca la peligrosidad inherente a todo moralismo.

Y no crean que concluyo esto elucubrativamente. Yo mismo, cuando era víctima en mucha mayor medida de ese moralismo en concreto, he observado en mí, y en aquellos con los que empatizaba, que la forma de operar de nuestro razonamiento era esa y no otra. Cada vez que escuchábamos a un anti-capitalista "desmontar" alguna idea defendida por un liberal o un conservador, sentíamos esa "victoria", o dicho en términos más científicos, el mecanismo de recompensa de nuestro cerebro se activaba proporcionándonos una sonrisa de satisfacción y una sensación de bienestar. No partíamos, pues, muchos de nosotros de un corpus de doctrina (quizá sí fuera el caso de los marxistas), sino que valorábamos cada-argumento-en-contra por sí mismo. Valorábamos la inconoclastia antes que cualquier icono o sistema alternativo al que buscábamos destruir; la derrota del oponente más que la defensa de una posición propia.

Creo que ahí es justo donde se DESCUBRE, se revela el motor tras ciertas vías de reflexión, el cual es, antes que racional, moral.

(Es preciso siempre distinguir la moral de la etica: La moral es un sentimiento, un instinto, mientras que la ética es una construcción social, un logro de la civilización, generalmente entendido como un conjunto de reglas cuya relación con los primitivos sentimientos morales puede llegar a ser difusa, si no indirecta. [Hume (*1)])

Probablemente todas esas ideologías, incluido el marxismo, aunque parezca un sistema en sí mismo, son pensamientos a la contra. Y al constituir su motor una negación, se hallan de inicio lastrados para ser una ciencia positiva.
No van detrás de su propia verdad, sino de negar la verdad del oponente. Y aún cuando han llegado a intentar lo primero, ha sido éste un acto derivado de lo segundo.

Mi conclusión es, por tanto, que aunque las izquierdas entiendan su posición como aquella que coloca a la ética sobre todas las demás consideraciones, lo cierto es que la verdadera postura ética es la asumida históricamente por el liberalismo; mientras que el socialismo y gran parte de lo que entendemos por "izquierda", lo que adopta es una postura moralista; pero de ningún modo ética.

Y no me baso para hacer esta afirmación únicamente en lo que expuse antes. Esto se muestra todavía más claro al contraponer la coherencia de unos al defender las mismas reglas para todos y la misma libertad en todos los ámbitos de la acción humana con la incoherencia de los otros que, sin discutir la justicia de estas normas en principio, sí plantean inacabables excepciones a las mismas basadas en los más diversos motivos, con lo que se hace inevitable que disminuya el respeto por ellas y el rigor exigido en cumplirlas. La ética, entonces, se va erosionando sin freno al tiempo que va siendo sustituída por los sentimientos morales (subjetivos, arbitrarios, volubles) del gobernante iluminado de turno, al que se cree imbuído de un conocimiento especial de la realidad social y de una empatía genuína con "el pueblo".

Una vez se cruza esa línea, aunque sea con la "legitimidad de las urnas", el camino al despotismo se alfombra de rojo y oro, y las libertades y derechos individuales empiezan a a verse en serio peligro.

Porque conviene no dejar de tener nunca presente otra constante histórica: la que muestra como toda estrategia del comunismo y la ultra-izquierda en clave "democrática" tiene el objetivo ya arriba insinuado. A saber: apoyarse en las mayorías electorales para subvertir los principios más básicos de la democracia liberal; lo que se traduce en pasar por encima de los derechos del individuo en nombre del "pueblo", entidad siempre difusa pero cuya mención causa una respuesta emocional positiva; o del "bien común", concepto aún más difuso y  peligroso, en cuanto puede instrumentalizarse para dar pretexto a las acciones más demenciales (sobran ejemplos de ello a lo largo de la historia, especialmente en el pasado siglo).
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Pero si hemos asumido la tarea de destripar el moralismo, al menos en su vertiente socio-política, nos vemos forzados a retomar la revisión de la filosofía nietzschiana que ya iniciamos en un texto anterior. Dado que el asunto que nos ocupa atañe al egoísmo, al dinero y a la clase empresarial, no vendrá mal pararse a reflexionar en torno a ello en el contexto del pensamiento moral de Nietzsche.

Y es que su crítica al mundo burgués nos puede arrastrar a caer en no pocas contradicciones, si nos fijamos bien.

Ésta crítica es acertada en tanto se refiere al "espíritu burgués" materialista, dócil, gris, antiheroico, de su tiempo. Pero nos lleva a error, y como dije, a callejones sin salida, si lo extrapolamos a todo lo que hoy va vinculado a la burguesía histórica (puesto que ya sólo subsiste aquel "espíritu", no así la "casta" como tal). A Nietzsche le ocurre como a tantos tradicionalistas y revolucionarios (cosas que no tienen porque ser antagónicas), que juzga a la "era de la burguesía" por la etapa de la misma que él pudo observar, y circunscrita a un contexto geográfico muy concreto. Al igual que las críticas (quizá también en parte acertadas) que le hacen los católicos "viejos" por juzgar al cristianismo enfocándose sobre todo en su "fase decadente" (de nuevo, dócil y antiheroica), el creador del concepto de "superhombre" no hubiera obtenido la misma impresión de la mentada Clase si la hubiese visto desenvolverse en los albores de la Revolución Industrial, creando casi de la nada, cual semi-dioses prometéicos, toda aquella imaginativa y deslumbrante maquinaria que hizo posible la expansión del bienestar (ese sí lo fue de verdad, y no el que ahora predican) a cada vez más y más sectores de la población.
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Pero no vayan pensar, por lo expuesto antes, que el liberalismo ha estado exento de incurrir en errores de bulto. Su punto de partida es más objetivo y camina en una dirección mucho más deseable, qué duda cabe. Sin embargo, cometió tan imperdonables excesos que acabó, en gran medida, trabajando contra sus propios fines. Esto lo supo ver muy bien un viejo y sabio conservador de allende los mares inspirado por otro viejo y sabio conservador de nuestro continente. Robert Nisbet, alumbrado por Tocqueville, predijo con gran tino el oscuro futuro del individuo "liberado" de las "cadenas de la tradición":

«Así es como el liberalismo puede engendrar el totalitarismo. El gran proyecto liberal de ”emancipación progresiva del individuo respecto de las tiránicas e irracionales sociedades ‘de status’ heredadas del pasado”, tomó el riesgo de hacer a esos individuos anhelar el abrazo de un poder total, mucho más tiránico que el de la iglesia, la clase o la familia. La política de ‘interés propio racional’ promovida por Hobbes y Locke creó un vacío, un anhelo de comunidad, que Rousseau y Marx vinieron presurosos a llenar.»

«Si Nisbet enseña una lección, es esta: Ud. no puede oponerse al crecimiento inexorable del poder del Estado con la defensa del solo individualismo y nada más. Ud. debe asumir la defensa del individuo y su comunidad.»

(Ross Douthat, ´Quest for community in the age of Obama`) 

Yo mismo he sugerido en más de una ocasión esta relación de causa y efecto entre el individualismo atomista y la dependencia del estado protector. Hay polémica sobre si fue primero el huevo o la gallina, como siempre ocurre en estos casos. Y no puede negarse que se alcanza en algún momento cierta retroalimentación en que el efecto se torna causa y la causa, efecto. Pero fuera como fuese, parece claro que correspondió a aquellas políticas llevadas a cabo en nombre de la libertad el incentivar en primer lugar el abandono de los viejos lazos y costumbres. Fueron "medidas liberales" las primeras causantes de la inercia que llevó a prescindir cada vez más de los antiguos vínculos -instituciones, todas ellas, que costó muchas generaciones afianzar pero que llevó muy poquito tiempo el destruir-.

Lo que nos lleva a concluir, pues, el proceso histórico descrito es que el liberalismo, sin quererlo, engendró su propia némesis al promover e incluso forzar la disolución de los lazos comunitarios que precisamente hubieran impedido en el futuro (nuestro presente) la dependencia que crea por sí misma hambre de más dependencia. O dicho de otro modo: el poder omnímodo del estado originó un vacío creciente en nuestra sociedad que, llegados a cierto punto de no retorno, ya no podía llenarse con otra cosa que con más poder omnímodo.

Hoy vemos el gran drama: El estado del bienestar colapsa, se muestra cada vez más a las claras su inviabilidad, pero las mayorías no dejan de reclamar más.. ¡y más estado!

Es el síndrome del adicto terminal. Duro es expresarlo así, pero más duras son las consecuencias de disfrazarlo y suavizarlo; y de este modo, postergarlo indefinidamente. Porque esto es lo que hacen por lo general los políticos actuales, que una vez rehenes de su propio régimen clientelar, no están dispuestos a cometer la torpeza de practicar una política responsable de esas que te dan popularidad y reconocimiento en la posteridad pero que te hacen perder las elecciones del mes que viene.

Hemos visto, pues, que el individualismo que promovió la doctrina liberal no supo frenar a tiempo y cruzó la raya entre lo metodológico y lo ideológico [Popper, Mises (*2)] al arremeter contra la tradición, la religión y todo cuerpo intermedio de la sociedad. Esto inevitablemente dejó al individuo más solo frente al Estado; desamparo que engendró con el tiempo una cada vez mayor dependencia del mismo, y derivada de ella, una también creciente necesidad de provisión/protección.

Podría ser ésta una interesante revisión de la célebre teoría de Marx sobre la antítesis que el capitalismo engendra inevitablemente. Sólo que en este caso se trata del sistema liberal, y además, se ha mostrado que sí es evitable. Pero con todo, podemos así cerrar el círculo y aportar una nueva perspectiva sobre las contradicciones de estos dos pensamientos que han marcado nuestra post-modernidad.

De lo anterior podemos deducir, entonces, que el precario equilibrio entre individuo y comunidad se trata de un juego de poleas bien difícil de manejar sin que a uno se le vaya de las manos y acabe, por exceso de celo, creando el caldo de cultivo idoneo para engendrar su antítesis. La tesis aquí no sería por tanto el sistema económico capitalista sino el sistema político liberal. Mientras que la antítesis sería el crecimiento desmesurado y constante del Estado llegando incluso al totalitarismo, lo cual podemos ver claramente que es la negación del modelo liberal (*3). 

Bien, ¿y la síntesis? Eso sí es más difícil aseverarlo. Me gustaría creer que va a consistir en la disolución del estado-nación y el ansiado retorno a las pequeñas comunidades, cantones y ciudades-estado. Pero bien podría manifestarse de modos bien distintos a ese, como por ejemplo volviendo a un modelo no menos clásico que el anterior, como es el del imperio romano, carolingio o napoleónico.

En el primer supuesto, la síntesis se manifiesta a modo de explosión y fragmentación extrema; y es de esperar que de esta manera retornen las libertades apartadas en el período de la antítesis, puesto que la vida en las pequeñas comunidades inevitablemente traerá consigo un estilo de vida más sencillo y un ánimo más sosegado que volverá innecesaria esa antigua dependencia retroalimentada por los cazadores de voto clientelar.
En el caso de la segunda hipótesis, percibo el posible proceso como de expansión. Como un gran chicle que se estira, convirtiendo a un conjunto de Estados que caminan hacia el totalitarismo democrático en parte de un proyecto mucho más grande e inclusivo donde, por un lado mengua más la soberanía de los territorios, pero por el otro se relaja la presión gubernamental en ciertos ámbitos debido a la imposibilidad de controlar la sociedad civil hasta tal punto como fue común en la fase de los estados-nación hipertrofiados.
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(*1) La teoría de la moral de David Hume es en extremo elocuente a este respecto. Acudiendo esta vez a sus propias palabras: "Los animales son susceptibles de las mismas relaciones con respecto a los otros de la especie humana, y por lo tanto serían susceptibles de la misma moralidad si la esencia de la moralidad consistiese en estas relaciones. Su carencia de grado suficiente de razón puede impedirles percibir sus deberes y obligaciones morales; pero nunca puede impedir que estos deberes existan, pues deben existir de antemano para ser percibidos. La razón los halla, pero no los produce. (....)  El vicio nos escapa enteramente mientras se le considere como un objeto. No se le puede hallar hasta que se dirige la reflexión hacia el propio pecho y se halla un sentimiento de censura que surge en nosotros con respecto a la acción. Aquí existe un hecho; pero es objeto del sentimiento, no de la razón. Está en nosotros mismos, no en el objeto" (...) "Tener el sentido de la virtud no es más que sentir una satisfacción de un género particular ante la contemplación de un carácter. El sentimiento mismo constituye nuestra alabanza o admiración. No vamos más lejos ni investigamos la causa de la satisfacción. No inferimos que un carácter sea virtuoso porque agrada, sino que sintiendo que agrada de un modo particular sentimos, en efecto, que es virtuoso."


(*2) Para Karl Popper, el individualismo metodológico en el campo de las ciencias sociales se trata de una exigencia para alcanzar cierto rigor científico y para evitar tentaciones como lo que unos cuantos hemos calificado de "tendencia al conspiracionismo". Esta manera de razonar tiene relación, según él, con el historicismo marxista y ha sido característica, como todos sabemos, del argumentario nazi y soviético. En sus propias palabras, "la teoría conspirativa de la sociedad no puede ser cierta pues equivale a sostener que todos los resultados, aún aquellos que a primera vista no parecen obedecer a la intención de nadie, son el resultado voluntario de los actos de gente interesada en producirlos". En el caso de Von Mises prefiero atenerme a sus palabras recogidas en el tratado ´La acción humana`, donde justifica el individualismo metodológico de la siguiente manera: "La praxeología, en principio, se interesa por la actuación del hombre individualizado. Sólo más tarde, al progresar la investigación, enfréntase con la cooperación humana, siendo analizada la actuación social como un caso especial de la más universal categoría de la acción humana como tal. Este individualismo metodológico ha sido atacado duramente por diversas escuelas metafísicas, suponiéndose implica recaer en los errores de la filosofía nominalista. El propio concepto de individuo, asegúrase, constituye vacía abstracción. El hombre aparece siempre como miembro de un conjunto social. Imposible resulta incluso imaginar la existencia de un individuo aislado del resto de la humanidad y desconectado de todo lazo social. El hombre aparece invariablemente miembro de una colectividad. Por tanto, siendo así que el conjunto, lógica y cronológicamente, es anterior a sus miembros o partes integrantes, el examen de la sociedad ha de preceder al del individuo."

(*3) En mi caso, son estos errores históricos de la doctrina liberal y aquellos vicios arrastrados por muchos de sus representantes (como son el economicismo, el atomismo, y cierto racionalismo iluminista) lo que me lleva a renegar de esa etiqueta por más cercano que pueda hallarme de las posturas que suelen defenderse en su nombre. Porque ocurre que gran parte de las mismas pueden igualmente reivindicarse en nombre del anarquismo entendido en sentido amplio y alejado de utopismos, que es como yo prefiero concebirlo, pues de otra manera cae uno en maximalismos poco sensatos y difícilmente constructivos.


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lunes, 24 de agosto de 2015

"EL MIEDO A LA LIBERTAD" (III)

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1- Autoridad, credo, o independencia.

«Aun cuando aquellos que ejercen la autoridad fueran malos o desprovistos de fe, la autoridad y el poder que ésta posee son buenos y vienen de Dios. Por lo tanto, donde existe el poder y donde éste florece, su existencia y su permanencia se deben a las órdenes de Dios. (....) Dios preferiría la subsistencia del gobierno, no importa cuán malo fuere, antes que permitir los motines de la chusma, no importa cuán justificada pudiera estar en sublevarse. (...) El príncipe debe permanecer príncipe, no interesa todo lo tiránico que pueda ser. Tan sólo puede decapitar a unos pocos, pues ha de tener súbditos para ser gobernante.» 

(Martín Lutero .. cabrón con pintas.)
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Hoy por hoy, a casi nadie se le ocurre proponer que las religiones ya no se escojan libremente  y que vuelvan a ser impuestas desde las élites gobernantes. Sin embargo, vemos por completo legítimo que se nos impongan modelos económicos o políticos. Y no hablo de regímenes dictatoriales. En las democracias de Occidente se asume sin menor problema que el 51% de los votantes (que no tiene porque ser siquiera el 51% de la población) pueda decidir sobre el resto de la ciudadanía. Quizá en un futuro resulte esto tan indefendible como lo es hoy que se nos imponga una religión desde fuera.

Y durante cierto tiempo, en torno a los siglos XVIII y XIX, esto pareció entenderse, pareció respetarse, y pareció avanzarse decididamente en ello. Aunque hay que decir que, como siempre en la historia humana, no se trató de un progreso, ni de una evolución en sentido estricto, pues no vemos constante alguna, temporal o espacial. Por eso tampoco la hay ahora. Y por eso podemos confirmar, de hecho, un franco retroceso en todo el pasado siglo respecto a esos avances que, no hay duda, se hicieron en los dos que le precedieron. Y obvio que, como hoy tampoco existen constantes geográficas, los retrocesos constatados no se han producido en la misma medida en todos los países.

Se califica al XIX como "el siglo del liberalismo". Como lo fue el XX el de los totalitarismos y las democracias progresivamente desvirtuadas y reincidentes "víctimas" de tentaciones liberticidas. Por ello en aquel siglo, en el mapa general, vemos como triunfó por doquier la idea de los derechos del individuo y las libertades civiles, al menos en nuestro contexto cultural, y siempre en distinta medida según las geografías. Y por ello en el que clausuramos hace década y media se deshizo gran parte de ese camino que se había iniciado tan decidida y exitosamente en etapas anteriores.


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2- Dependencia, bienestar y atomismo.

«La gente que se ha acostumbrado a contar con el Estado nunca aprende el arte de la 
confianza en uno mismo ni adquiere los hábitos de la acción cívica.»

(Anthony de Jasay.)

¿Anarco-capitalismo? ¿Neo-liberalismo? Nada de eso. Yo prefiero siempre hablar de ´anarquismo` sin aditivos ni adjetivos. Los anarquistas "de izquierda", igual que los "de derecha", siempre han rechazado claramente el concepto "estado de bienestar" (al menos hasta hace poco, pues los primeros, hoy por hoy, casi se han rendido del todo a esa golosina envenenada, traicionando así sus más elementales principios. Pero ese pleito lo dejamos para mejor ocasión.)

La cosa es que, hace un tiempo, todo anarquista tenía claro que, tanto en una sociedad capitalista como en una comunal, mutualista.. cual sea, el acostumbrarte a que cada vez más cosas te sean provistas desde el estado, necesariamente te vuelve perezoso, inmaduro y egoísta.

Sí, ya sé que la idea más extendida es la contraria, que el egoísta es el que se opone al estado benefactor. (Pero sucede que la opinión mayoritaria no tiene por qué ser la acertada, y de hecho, rara vez lo es). Lo hechos más bien muestran que es en la ausencia de cualquier ente benefactor cuando uno se ve obligado a colaborar socialmente, ya que, en caso de no ayudar a los demás, ellos tampoco te ayudarán en el futuro.

¡Ah! Pero en la "sociedad del bienestar", todos esos lazos sociales que costó generaciones y generaciones construir ya no tienen ningún incentivo para mantenerse -ya que "el estado provee"- con lo que, con mayor o menor rapidez, van disolviéndose atendiendo a una lógica que nos incentiva a desarrollar un individualismo, o atomismo, cada vez más acusado.

mmmm ...Entonces llega la crisis, la burbuja del gasto público..
¡El "régimen benefactor" es insostenible! 
Pero todos nosotros nos hemos acostumbrado a que esté ahí, y nos hemos vuelto casi unos inútiles funcionales a falta de él. 
Desconocemos en absoluto como proveernos nosotros mismos de los servicios de los que él nos proveía, y en el camino hemos destruido toda alternativa que una vez hubo a ese monopolio asistencial.

HE AHÍ, PUES, LA TRAMPA. 
Y sobre todo, HE AHÍ LA TRAGEDIA.
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El Estado del Bienestar, lejos de lo que reza la mitología que lo sustenta, no se construyó desde abajo, sino que se impuso desde arriba. No fue una "conquista social" sino la conquista del Estado sobre la sociedad.

Lo que en verdad fue construcción laboriosa de muchas generaciones son las sociedades de ayuda mutua, los vínculos que fueron creándose en las comunidades vecinales sin ayuda del estado.

Al crear los políticos una red de servicios públicos centralizada, lo que buscaban no era atender mejor a los ciudadanos (quizá sí lo creyeran los más cándidos de ellos) sino que buscaban meterlos a todos en el redil de la política, y así, controlar la sociedad civil desde arriba. 
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3- Atomismo, hedonismo y prohibicionismo.

«Si nos limitamos a considerar solamente las necesidades económicas, en lo que respecta a las personas "normales", si no alcanzamos a ver el sufrimiento del individuo automatizado, entonces no nos habremos dado cuenta del peligro que amenaza a nuestra cultura desde su base humana: la disposición a aceptar cualquier ideología o cualquier "líder", siempre que prometan una excitación emocional y sean capaces de ofrecer una estructura política, y aquellos símbolos que aparentemente dan significado y orden a la vida del individuo.»

(Erich Fromm, ´El miedo a la libertad`.)


Me he referido en otras ocasiones a la acusada tendencia al "modo de vida adicto" en nuestras sociedades modernas. Tal vez buscamos, o tal vez "nos muevan" a abrazar un modelo de existencia basado en la búsqueda del placer a cualquier precio. Gran parte de la actividad comercial y de la publicidad están orientados a ofrecernos aquellos productos (de la clase que sean) que tienen cierta capacidad de "engancharnos". Nos enganchamos a un producto de bolleria, nos enganchamos a un refresco, nos enganchamos a un programa de televisión o a un videojuego, nos enganchamos al tabaco, al alcohol o al café.
Las dos opciones (las dos únicas opciones) frente a esta situación son:
1) Considerarte un individuo libre que debe asumir la responsabilidad por sus acciones. Y..
2) Considerarte una víctima, en mayor o menor grado, de un sistema que busca convertirte en adicto a cualquier cosa, y a cualquier precio.
Muchas veces asumimos la segunda de las premisas incluso inconscientemente, de tal forma que acabamos hablando de un "sistema de dominación" casi como lo haría un marxista. Pero esto no es casual. Es propio de nuestra educación judeo-cristiana el buscar, primero de todo, un culpable. 

¡Y ahí está el error fatal!, porque, si no salimos de él, nos embarcaremos en una carrera de prohibicionismos que no tendrá fin; iniciaremos una cruzada que difícilmente ganaremos, porque ésta siempre tiene una todavía más difícil conclusión.

Primero vendrá el alcohol (está claro que me estoy refiriendo a hechos consumados y hace unas cuantas décadas). La Ley Seca engendrará su "antítesis", su consecuencia necesaria, que es el gangsterismo (los gangsters ya existían, pero es con el tráfico de alcohol cuando multiplican por cien su poder y su actividad). Una vez restablecida la normalidad -es la normalidad que el alcohol sea corriente y aceptado en toda cultura europea-, los traficantes se resistieron a perder su poder y, finalmente, encontraron una salida en el tráfico de otras sustancias más extrañas al contexto cultural de Occidente. (Pero eso es un asunto, a la vez fascinante y terrible, que nos llevaría demasiadas líneas abordar ahora.)
Decía, para sintetizar, que primero viene la tentación de prohibir el alcohol, porque se aprecian problemas derivados de su abuso. Luego (o antes, da igual) vienen otras sustancias, como hemos visto recíentemente con la demonización del tabaco y hasta de los propios fumadores. Pero en torno a los 60 se impulsa desde USA la prohibición a nivel mundial de numerosos estupefacientes que, en primer lugar, no habrían aparecido con esa virulencia de no ser por el mercado negro que originó la Ley Seca (aunque sé, desde luego, que no es ni mucho menos tan sencilla la explicación del fenómeno; y además, dijimos que no íbamos a abordar tan compleja problemática en estas lineas.)

Pero aquí viene el punto de inflexión más peligroso. Pues hoy comprobamos fácilmente que no sólo existen adicciones relacionadas con sustancias extrañas a nuestro cuerpo. Los videojuegos, las redes sociales, la pornografía, las revistas y programas de chismes (que son otra clase de pornografia de menor valor estético) son tanto o más adictivos que muchas sustancias calificadas de "estupefaciente". Al comprobar, asimismo, que con todo ello se hace negocio, inmediatamente pensamos en soluciones fáciles para remediarlo (que, lejos de serlo, finalmente nos llevan a la desastrosa inercia que ya describiéramos antes).

4. Crisis existenciales, hipocresías comerciales y memes liberticidas.

El ser humano se ha convertido en las sociedades postmodernas en un buscador compulsivo de ´vías de escape`. Y la industria del entretenimiento y otras lo han aprovechado; y gracias a herramientas como la publicidad, podemos pensar que incluso lo fomentan. ¿Pero es culpa de la actividad comercial en sí o de la naturaleza humana?.
La violencia callejera, las bandas, también causan adicción, tanta como la cocaína. Pero ya sobre eso es difícil orientar una actividad comercial. Sin embargo, no deja de ser uno de los vicios más destructivos, y en este caso, no lo es únicamente para sus usuarios.
Probablemente haya más cosas en este mundo susceptibles de convertirse en adicción que aquellas que no lo son: La misma comida. Casi cualquier alimento puede ser adictivo en un momento dado, según para quién. ¿Qué hacemos entonces?, ¿ lo prohibimos?, ¿o prohibimos tan sólo que se comercie con él? Nos quedarían muy pocos bienes con los que poder comerciar en ese caso. Y lo más peligroso, en todo caso, no es que prohibamos ciertos productos. Lo verdaderamente peligroso es que, siguiendo tal lógica, veamos en la propia actividad comercial (y así lo hemos visto muchos) una perversidad inherente. Ya que, constatado el interés de la industria del entretenimiento (entendida en sentido amplio) por alimentar nuestras adicciones potenciales, obtenemos la conclusión de que es la industria, y no nuestra naturaleza, la responsable de nuestro modo de vida crecíentemente hedonista y crecíentemente atomista. 
¿Y a qué nos va a llevar esto? Pues nos va a llevar a disparar furiosamente contra los objetivos equivocados. Y nos podría conducir fácilmente a destruir gran parte de nuestro entorno, a cargarnos sin pestañear gran parte de los avances sociales, culturales, y tecnológicos. Y éste sería un acto cobarde e hipócrita como pocos, dado que contra lo que en verdad nos estaríamos rebelando es contra NUESTRA PROPIA NATURALEZA, la cual preferimos muchas veces negar antes que aceptar tal como es, con sus cimas y sus valles.. pero también con sus abismos.
Y el desentenderse de los feos abismos no hace que estos desaparezcan, sino que, por el contrario, les otorga más poder sobre nosotros.

La cuestión aquí consistiría en empezar a ser lo suficientemente inteligentes para, en vez de prohibir aquello que puede hacernos daño, procurar en lo sucesivo educar en el buen uso de los productos, de los hábitos y de los placeres.

Hoy vuelve a resurgir aquella tendencia a la prohibición como remedio. Lo que quiero hacer ver, por tanto, es que en cualquier ámbito, ¡el que sea!, se trata de una opción treméndamente inmadura, y treméndamente contraproducente. La historia lo muestra una y otra...y otra vez. La realidad es tozuda, y casi podemos establecer relacion de causa y efecto cuando se trata de prohibicionismo, cazas de brujas, y cruzadas de lo más variopinto. El efecto es agravar el mal que se combate, y en última instancia, que éste engulla al propio cazador (o cruzado, o perseguidor).

Dijimos que ante este problema sólo caben dos opciones.
¿Cual es entonces la salida apropiada?

LA EDUCACIÓN, Y NO LA PROHIBICIÓN.
LA EDUCACIÓN, Y NO LA IMPOSICIÓN.
LA EDUCACIÓN, Y NO EL PALO O LA ZANAHORIA.
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No crean, sin embargo, que no me siguen persiguiendo las dudas sobre la actividad comercial e industrial en nuestra época. Es cierto que últimamente he logrado, o creo que he logrado, alcanzar una visión más objetiva y más coherente sobre el famoso "mercado". Pero en reflexiones como éstas me doy cuenta de que está lejos de ser una cuestión sencilla el sentenciar, sin más: "el mercado es beneficioso", o al contrario: "el mercado es perjudicial". Lo que resulta innegable es que gran parte de su actividad se nutre de nuestras miserias y nuestras derrotas, como es nuestra falta de voluntad en tantos ámbitos de nuestras vidas. Pero como el buscar culpables, hemos constatado, es inmaduro, improductivo y engañoso, será siempre más conveniente, y productivo, el buscar los....factores, circunstancias, inercias.. que confluyen en la situación descrita y procurar enmendarlos, llevarlos por mejor camino en orden a auto-construirnos mejor en el futuro, como diría Félix Rodrigo Mora.

Pero aquí quiero retomar aquella diatriba que se plantea todo ser pensante cuando constata cómo la actividad comercial se nutre, quiera o no, del atomismo, el vacío existencial de nuestra era, y la búsqueda de placeres en cadena a que nos aboca.

Nuestra vida parece convertirse a veces en eso. En las sociedades sin dios, sin tradición, y sin arraigo, por momentos parecemos buscar un sustituto de ese significado con el que contaban nuestros ancestros en el encadenamiento sucesivo de pequeños placeres; de tal forma que podamos dirigirnos sin demasiado ruido a cumplir nuestro papel final en otra cadena, la alimenticia; es decir, a concluir nuestro ciclo vital entregándonos por entero a los gusanos, como toda amada se entrega a quién está destinada.

Cuando pensamos en esto, es difícil no proyectar la imagen a que nos referimos antes, la de "un sistema que busca convertirte en adicto a cualquier cosa, y a cualquier precio"..
Debo admitir que muchas veces he asumido ese ideologema, ese meme, por llamarlo de alguna manera. (Al fin y al cabo, los memes son a la cultura lo que los genes a la biología, así que imagino que resulta útil para el análisis.) Y como tal ideologema -sea o no memético-, uno no sabe hasta qué punto es una acertada conclusión por deducción empírica o si lo que nuestra percepción está mostrando ya está condicionado por esa idea que estaba previamente alojada en nuestra cabeza.(1)
Pero quizá lo resolvamos de la siguiente manera. Fijémonos que antes dijimos que "la actividad comercial se nutre, quiera o no, del atomismo, el vacío existencial de nuestra era, y la búsqueda de placeres en cadena a que nos aboca." Quizá la clave esté en el "quiera o no". Probablemente hallemos ahí la solución al enigma que nos perseguía: si fue primero el huevo o la gallina. O dicho de otro modo: si es nuestra flaqueza, nuestra falta de voluntad, nuestra clara indefensión frente a las bajas pasiones, todo ello originado en un contexto de crisis axiológica y existencial de interregno (2) , la que precede en su aparición al inevitable, por otra parte, aprovechamiento de estas debilidades por las industrias dedicadas a proporcionarnos tantas dosis de placer y en tantas formas como ansíe el más hedonista y atomizado de los seres que pueblan esta confusa postmodernidad. Aunque surja sólo por un estado de enajenación transitoria. Aunque sólo arribe a tal deseo en medio del más profundo de los abismos autodestructivos...

(*1) Lo cual se explica, por cierto, también en base a los genes. Pero esta vez no se trata de una analogía. Los especialistas en psicología evolucionista los han llamado "sesgos de confirmación" o "sesgos de auto-afirmación". Imagino que incluso se pueden entender como dos fuerzas, en muchos casos, análogas y complementarias. La explicación de los mismos es bastante simple: Uno no puede andar siempre dudando "socráticamente" de todo, pues no es buena estrategia de supervivencia. Conviene, además de autoafirmarse para mantener el tipo ante la adversidad, poseer un sesgo semi-consciente que tienda a confirmar las opiniones que anteriormente expresamos sobre los más diversos asuntos. No se culpen, pues, por autoengañarse con tanta frecuencia y en tan diversos modos. Ya que estas mentiras piadosas contadas a nosotros mismos parecen ser, en origen, exitosas estrategias de supervivencia (porque de no ser así, no habrían llegado hasta nuestros días).

(*2) Fin de ciclo civilizatorio. Período entre dos etapas históricas.

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5- Comercio, comunitarismo, y respeto mutuo.

Quiero que sepan esto: ¡Yo también defiendo el socialismo! Ahora, siempre que quienes se sometan a él lo hagan voluntariamente, y que voluntario sea también el salirse del mismo si uno lo piensa mejor. Lo mismo con el capitalismo, el tradicionalismo, el ruralismo y el cosmopolitismo, el decrecimiento y el consumismo... ¡Y hasta el fascismo y el feudalismo!

Siempre que dependa de la libre elección de cada cual someterse a las normas que sean, cualquiera que sea su rigidez o laxitud, no me parece legítimo oponerme a ello. Como tampoco me parece legítimo que esto mismo se haga sin el consentimiento expreso de cada-uno-de-los-ciudadanos.

Esto no es exactamente una utopía. 
De hecho, se la ha denominado Metautopía.
La diferencia entre ambas consiste, primero, en que ésta última es bastante más realizable; y segundo, en que al ser su pilar central el respeto por las utopías de los demás, no exige el titánico, quimérico reto de aplicarla a todos por igual -cosa que, dicho sea de paso, es inmensamente arrogante, puerilmente egoísta, e implica una clara injusticia de fondo.-
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Oímos con frecuencia reflexiones como la siguiente: 
"Casi todos quieren un mundo a su manera donde impere la idea que propone. Nada mas imposible que eso." .. ¿Ah sí? ¿Estamos tan seguros de ello? Porque yo les voy a nombrar una razón, una sóla razón, por la que es imposible. Y es que, tanto fascistas, como comunistas, postfascistas, socialistas del s. XXI, conservadores, tradicionalistas, mercantilistas, y demócratas en cualquiera de los imaginativas acepciones que existen hoy de esa palabra.. siguen pretendiendo IMPONERLES A LOS DEMÁS sus valores y formas organizativas. 
Si se respetase un principio tan simple y tan inatacable como es el de la voluntariedad.. nada habría de imposible en que cada cual pudiese desarrollar sus ideas y sus modelos de sociedad.
Pero claro, renunciar a imponerles a los demás las propias ideas es un paso en nuestra evolución cultural que no se dará de un día para otro. Se requiere una madurez que no todos, ni mucho menos, han alcanzado aún.

«Los hombres se debaten impotentes frente a una masa caótica de datos y esperan con paciencia patética que el especialista halle lo que debe hacer y a dónde debe dirigirse. Este tipo de influencia produce un doble resultado: por un lado, escepticismo y cinismo frente a todo lo que se diga o escriba, y, por el otro, aceptación infantil de lo que se afirme con autoridad. Esta combinación de cinismo y de ingenuidad es muy típica del individuo moderno. Su consecuencia esencial es la de desalentar su propio pensamiento y decisión.»

(Erich Fromm, ´El miedo a la libertad`.)


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Quiero retomar, para poner fin a este alegato -y al tiempo, reflexión- lo que mencioné en el apartado dedicado al Estado del Bienestar, justo tras la cita de Anthony de Jassay. 
La gente escucha defender ciertas posiciones sin conocer el contexto ideológico, o axiológico, en que se enmarcan. Por eso cuando te quieren colgar el estigma, y dicen que "tu discurso huele a anarco-capitalismo", o peor aún,  a "neo-liberalismo", yo siempre insisto en que no hablo de otra cosa que de ´anarquismo`, sin aditivos ni adjetivos. 
¿Qué culpa tendré yo de que quienes apenas conocen la historia del pensamiento libertario -que va desde Bakunin hasta Ron Paul, pasando por los confederados norteamericanos- "oigan campanas" de "mensaje neoliberal" en algunas de las posiciones que defiendo?

Si el tan mentado y tan instrumentalizado "neoliberalismo" existe, pueden estar seguros de que tiene muy poco de libertario. 

El llamado "neoliberalismo triunfante" no permite la libre tenencia de drogas y armas, invade países extranjeros, restringe libertades civiles (incluída la de expresión), favorece que el poder empresarial se concentre en corporaciones o círculos de empresarios que se erigen en oligarquía, centraliza el poder político en estados que nada tienen de "micro" -como sería la opción libertaria-, ¡y sí!, coarta en mayor o menor medida el libre desarrollo de los mercados.

Si usted es de aquellos que suelen acudir a esos ´estigmas arrojadizos`, por favor, en lo sucesivo, cuando contraponga ideas con el resto de la gente, hable-con-un-poquito-más-de-propiedad. Tan sólo reclamo eso, y no creo que se trate de una exigencia caprichosa. ¿O sí lo creen ustedes?