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domingo, 7 de enero de 2018

Pornografía, feminismo y sexualidad (III)

Defensa de un razonable pudor.

Todos los problemas con que se topan las sociedades humanas son siempre más complejos de lo que parece, y el caso del sexo, la prostitución y la pornografía lo es quizá especialmente.

Si la sexualidad en la mayoría de las culturas implica pudor no es tanto por la desnudez del cuerpo como por la desnudez del alma. Intimidad, privacidad, pudor.. Nada de ello responde a normas y tabúes caprichosos. El temor a mostrar emociones en público, en una forma u otra, cumple la función de ocultar nuestras debilidades o peculiaridades, de “no mostrar de vez todas nuestras cartas”. Uno nunca es el mismo en sociedad y en soledad, entre camaradas y entre desconocidos; no se muestra lo mismo a los vecinos que a los amigos, ni tampoco a los amigos que a la pareja. 

Esa es la razón de que, si bien el puritanismo es nocivo, también puede serlo su opuesto. Si estigmatizar la sexualidad es peligroso, quizá no lo sea menos el desdramatizarla, desacralizarla, aseptizarla,  desvincularla del pudor y la intimidad. 

El sexo siempre constituirá una fuente de conflicto tanto a nivel social como individual, nunca dejará de intrigar, inspirar, atraer, repeler, fascinar y atemorizar a nuestras conciencias. Por más que exploremos los límites del pudor y la perversión, por más que estudiemos la inmensa variedad de sus formas, desde la ternura a la crueldad, de lo más inocente a lo más retorcido, nunca dejará de encarnar nuestro lado más salvaje, más imprevisible, más intrigante, más turbador y más poderoso.

No, el conflicto y el desafío que nos plantea nuestra sexualidad no se resuelve de manera tan simple como declarando la “liberación sexual” y proclamando que “tener sexo es como beberse un vaso de agua”. De hecho no se resuelve de ninguna manera, como dije anteriormente. Debemos hacernos conscientes de que siempre permanecerá en nuestra sociedad y en nuestras conciencias como un problema, de igual manera que la tensión existente entre individuo y comunidad, entre seguridad y libertad, o entre –y aquí volvemos en parte a lo mismo- masculinidad y femineidad.

Así que no: tampoco resolveremos el debate en torno a la prostitución o la pornografía negando que quienes la ejercen estén “vendiendo su cuerpo” –pues en efecto no se trata tanto del cuerpo como del alma, aunque no tiene por qué hablarse necesariamente de “venta”- ni tampoco afirmando que se trata de una profesión como cualquier otra, pues teniendo en cuenta todo lo anterior podemos ver con claridad los problemas que plantea tal aseveración.

A los del “vaso de agua” y a los de “una profesión como cualquier otra”, a los del “haz el amor y no la guerra” y a los que no ven nada de malo en que una pareja se ponga a copular tan tranquilamente en una estación de Metro les pondría como tarea leer al Marqués de Sade o visionar ciertos tipos de pornografía extrema. Si de verdad el sexo es tan inocuo, tan poco problemático y tan opuesto a la guerra, ¿cómo es que en tantas ocasiones se entremezcla y hasta se confunde con el poder, con el dominio, con la agresión e incluso con la crueldad y la más abierta psicopatía? 

Obvio que hay formas de sexualidad bastante inofensivas, pero hasta esas formas no pueden desligarse de pulsiones relacionadas con el poder y la agresión. “Conquista” sin ir más lejos es un término tan común en el contexto bélico como en el amoroso y sexual. Tienen razón por tanto quienes señalan que la sexualidad masculina está vinculada al dominio y a la agresividad, sólo que tal vinculación no es un constructo cultural del patriarcado sino una programación evolutiva del macho, la cual rebasa con mucho las fronteras de nuestra especie. Imagino que habrán visto cómo los gatos muerden el pellejo de la nuca de su compañera durante la cópula. Pero también habrán visto o habrán experimentado cómo la hembra humana araña la espalda de su pareja. También en la sexualidad femenina hay pues cierto componente de violencia, de instinto salvaje. Esas fuerzas animales, oscuras e irracionales que desata el sexo son lo que Camille Paglia denomina “caos inmoral de la libido”. Porque en efecto es inmoral, o cuando menos a-moral; y en efecto es caótico y hasta cierto punto imprevisible. El sexo nunca dejará de representar un riesgo, un peligro, aunque en la mayoría de las ocasiones sea leve y apenas perceptible (no conviene tampoco sacar las cosas de quicio); pero en mayor o menor medida implica jugar con fuego, y de hecho ahí radica en gran parte su atracción y su magia. Si realmente fuese algo tan inofensivo como “beberse un vaso de agua” no nos resultaría tan arrebatador, tan salvaje y liberador. Y es que aquello que se libera durante la actividad o la excitación sexual es como dijimos nuestra parte más animal, más irracional e inconsciente: nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso se transforman por completo y consecuentemente nosotros también nos transformamos en otra persona; más bien otro animal, más fiero y decidido, más depredador e incivilizado.

Por ello me interesa rescatar y seguir desarrollando las tesis que lancé en el segundo capítulo acerca de las “prostitutas sagradas”, aquellas sacerdotisas que en muchas religiones paganas se especializaban –digamos “profesionalmente”- en los placeres sexuales y que concebían sus orgías públicas como actos sagrados, trascendentes, las cuales yo quise equiparar a las modernas actrices porno. Yo diría que de alguna manera el talento y/o la responsabilidad específica de estas profesionales (o artistas, según se mire) consiste en la habilidad de jugar con fuego y no quemarse. Es una profesión (o un arte), pues, de riesgo. Las hay de mucho mayor riesgo, sin duda, pero es por este componente de “peligro” por lo que digo que en modo alguno se trata de “una profesión como cualquier otra”. Y si bien este carácter de peligrosidad no es tan alto como en la profesión de soldado o artificiero, aumenta a medida que se realizan prácticas más “extremas”, especialmente si implican violencia expresa, en la cual también existirán lógicamente grados. 

Loola Pérez dice que “para las mujeres, la sexualidad es una experiencia enmarcada en una tensión: placer y peligro”. Y así es en efecto. Pero en el caso de las actrices porno no se trata sólo del peligro físico y psicológico que implica abrir la caja de pandora del placer sádico u otras formas extremas de sexualidad, sino también del peligro moral, por así llamarlo, de encarnar a ojos de muchos una total disponibilidad sexual sin ningún tipo de límites, esto es, de ser vistas como indignas esclavas de las fantasías masculinas, dispuestas a prestarse a cualquier deseo en cualquier momento. Habrá siempre unos cuantos débiles mentales que no sabrán distinguir entre lo voluntario y lo forzado o entre lo profesional y lo personal, y que sólo verán en ellas mujeres fáciles, y hasta se ofenderán si no se muestran tan sumisas y tan dispuestas a todo como ellos imaginan que son. No digo que esto sea disculpable en absoluto, digo que es una consecuencia inevitable. Citando o parafraseando de nuevo a Paglia, el mundo está lleno de peligros y no ser consciente de ellos es una forma poco inteligente y poco responsable de enfrentarse a la vida. 

Los que insisten en el argumento de que es una profesión como cualquier otra son demasiado ingenuos o demasiado snobs. Una prostituta o una actriz porno nunca podrá ser vista como cualquier persona del montón; se la podrá juzgar como un ser más cobarde o por el contrario más valiente, como esclavizada o como liberada, como una casta inferior o como una casta superior, pero nunca como una igual. Hay profesiones que conllevan un estigma y que cuando uno las asume acepta que en el sueldo va el convertirse en foco de odios, críticas, insultos y vejaciones varias. Así ocurre también con los políticos, los policías, los banqueros, y en última instancia todo tipo de figuras públicas, ya gocen sus profesiones concretas de mayor o menor prestigio. La prostitución pues, y puede que todavía más la pornografía, estarán siempre rodeadas de cierto malditismo, como en menor medida lo está por ejemplo la música, la poesía, el teatro, el cine o el arte en general. 

Y tampoco creo que ello sea necesariamente algo negativo. Otra de las ideas en que he insistido a lo largo de estas reflexiones es la de que la sexualidad basa en gran parte su “atracción fatal” en su vinculación con lo misterioso y lo prohibido, y que en el caso de que fuera posible convertirla en algo por completo aséptico, inocente y carente de peligro se tornaría en ese mismo momento algo cotidiano y aburrido. Por suerte creo que esto es una total quimera, pues de poderse lograr lo que cierta “liberación sexual” preconiza nos arruinaría la sal de la vida, nos privaría en gran parte de los más dulces placeres; y todo ello, paradójicamente, en nombre del hedonismo. Y es que, como decía un personaje de Russ Meyer, “sin complejo de culpa quién querría follar”. 

Rescato aquí la provocación, que en absoluto es gratuita, ya lanzada en el primer capítulo: quizá las actrices porno y en menor medida otras trabajadoras sexuales puedan ser vistas como heroínas que asumen un papel y una responsabilidad que muy pocos estarían dispuestos a asumir y con ello contribuyen a mejorar la sociedad, ofreciendo una vía de escape de fácil acceso a nuestros instintos más acuciantes y probablemente evitando así que se produzcan más episodios trágicos de abusos y violaciones. En su momento lancé esa hipótesis porque me parecería que tenía todo el sentido, sin embargo he descubierto a posteriori que existen estudios que parecen demostrarlo. El psicólogo Michael Castleman resume las conclusiones de los mismos afirmando que "el porno no incita a los hombres a cometer violencia sexual, parece más bien una válvula que da salida a una energía potencialmente agresiva". Las trabajadoras sexuales constituirían pues una institución civilizadora, lo mismo que los jueces, juristas, policías y criminólogos, o los médicos, psicólogos, profesores y consultores, sin ponernos a discutir ahora cuáles de ellos son más necesarios, pero contribuyendo cada uno en su parcela a hacer el mundo más habitable.

*
Crítica al exceso de pudor en cuanto conlleva exceso de ignorancia.

“La pornografía conduce a la pederastia”. Quizá conozcan ustedes esta impactante tesis de J.M. De Prada, aparentemente bien trabada y que seguramente convence a muchos que están predispuestos a dejarse convencer y que abordan este asunto desde el prejuicio y el desconocimiento. 

De Prada argumenta que, puesto que la sexualidad humana no es como la animal (y en efecto es mucho más compleja, además de cumplir un papel mucho más protagónico), no se conforma con la mera repetición y busca siempre nuevos estímulos, cada vez más intensos. Lo de la repetición ciertamente tiene su gracia, pues se me ocurren pocas cosas más vinculadas a la repetición que el sexo, y también se me ocurren pocas actividades en que repetir y repetir siempre lo mismo resulte menos aburrido. Es obvio que no todo en la sexualidad es repetición, y que la variedad y la experimentación ocupan un lugar importante en ella, pero si hay una esencia de la pulsión sexual, como dijera Spengler, es el ritmo y la periodicidad.

Si nos fijamos, más allá de cuán relevante es la reiteración y cuánto la variación, la tesis de De Prada es análoga a aquella idea de que las drogas blandas conducen a las duras. Y es que las drogas y el sexo en efecto guardan muchas analogías; y si de un lado no es cierto que el consumo de drogas blandas conduzca siempre al de drogas duras, tampoco lo es que el consumo de cierta pornografía conduzca siempre al de otra más “extrema”. Quizá muchos se hagan adictos a nuevos y más potentes estímulos sexuales tras haber experimentado con ellos, igual que a otros les pasa con las sustancias enteogénicas, pero otros muchos siguen consumiendo toda su vida el mismo tipo de pornografia o el mismo tipo de drogas sin mostrar ningún interés por “ir más allá” ni vivir en constante búsqueda de “algo más excitante”. El tipo de sustancia o la dosis de la misma, igual que el tipo y la dosis de los estímulos sexuales, tienen un rango de tolerancia distinto en cada individuo, un límite a partir del cual la medicina se convierte en veneno, o lo que es lo mismo, el placer se convierte en dolor, el disfrute en malestar y la euforia en nausea. 

Pero no crean sin embargo que las teorías de este escritor católico y reaccionario son las más infundadas, desinformadas o torpes argumentalmente. Podrían ser hasta dignas de tomarse en serio si las comparamos con otras, quizá procedentes del espectro ideológico opuesto, y que ofenden todavía más a la inteligencia. En la obra Los costes sociales de la pornografía, James R. Stoner, y Donna M. Hughes se atreven a sentenciar que “un hombre que se masturba utilizando imágenes de mujeres en estado de excitación mientras son golpeadas, violadas o degradadas aprende que los sujetos que en ellas aparecen disfrutan y desean ese tratamiento, y, en consecuencia, que tiene permiso para actuar de esa forma”. Es difícil abordar la cuestión de la pornografía de una forma más falaz, más superficial y más ignorante. El mito de la Tabla Rasa, al que ya nos hemos referido otras veces en este espacio, se expresa aquí en su forma más burda; no sólo asumen estos dos autores que nuestros instintos e inclinaciones se construyen culturalmente sin ninguna base previa, sino que además somos por lo general tan imbéciles para no saber distinguir entre la fantasía y la realidad, entre la representación y la realización, o entre el cine y la vida. Imaginen que estas dos lumbreras ebrias de moralismo pretendieran juzgar del mismo modo a las películas de acción o de aventuras. ¿Verdad que sería delirante? 

La cruzada contra la pornografía es en el fondo la enésima reedición del chivo expiatorio. Igual que dijeron (y dicen) que las armas generan violencia, que las drogas generan adicción y que el capitalismo genera egoísmo, ahora se nos quiere vender que la pornografía genera depravación y que la prostitución genera explotación. Como si no hubiera violencia sin armas, ni adicciones a otra cosa que no sean drogas; o como si no hubiera egoísmo antes del capitalismo, formas de depravación no sexuales o explotación fuera de la prostitución. 

Moralistas y fariseos de izquierda y derecha acercan sus posiciones más que nunca y de esta manera nos dejan ver su fondo común, por encima de disfraces y etiquetas engañosos. No es la primera vez que el feminismo radical y el conservadurismo puritano se alían para intentar acabar con la pornografía y la prostitución.

Escohotado tiene razón:

Es cómodo no asumir nuestra responsabilidad. Es cómodo pensar que si soy un neurótico, si tengo una personalidad adictiva, es culpa de que se cruzara en mi camino “la maldita droga”. Es cómodo pensar que si soy un maldito pederasta o un maldito violador es culpa de la pornografía, de la hipersexualización en los medios o de “la sociedad”. Digámoslo claro: si tras un tiempo de experimentar con drogas te vuelves adicto a una o varias de ellas es porque tienes una personalidad obsesivo-compulsiva y si no te hubieras “cruzado con la droga” te habrías hecho adicto a cualquier otra cosa (de hecho, ya eres adicto a muchas otras cosas además de a las drogas, y a poco que te observes me darás la razón). Del mismo modo, si tras un tiempo de ver pornografía o practicando sexo "promiscuo" acabas interesándote por nuevas formas de excitación, por ejemplo la pedofilia, seguramente es porque siempre tuviste esas inclinaciones y la pornografía, la prostitución o la "promiscuidad" tan sólo te han hecho descubrirlo un poco antes. Así que no proyecten las culpas en entes externos, no maten al mensajero: asuman quiénes son y asuman su responsabilidad.

¿Acaso prefieren ignorar lo que esconden sus instintos y arriesgarse a descubrirlo en el momento más inesperado y quizá también menos apropiado, exponiéndose a la vergüenza e incluso al delito o, el azar no lo quiera, al crimen y el remordimiento? La pornografía no sólo constituye una vía de escape para ciertos instintos, la cual parece haberse probado, como dijimos, que efectivamente contribuye a mantenerlos a raya fuera del ámbito privado y consentido, sino que también es una fuente de auto-conocimiento: algunas de tus tendencias y tus apetencias se revelan cuando observas, representas o realizas prácticas sexuales que nunca habías observado, representado o realizado. Y obviamente podrá aducirse que, aunque en nosotros se hallen latentes muchas de esas tendencias y apetencias, quizá no convenga despertarlas o descubrirlas todas de vez. Y habría que empezar por el lenguaje, que cómo bien sabemos lo carga el diablo: ¿Se trata realmente más de despertar o de descubrir? ¿Hasta qué punto la pornografía nos incita a aficionarnos por ciertas representaciones o prácticas?

No pretendemos ser aquí unos defensores acérrimos de la pornografía, ciegos a todos los efectos negativos que pueda conllevar, del mismo modo que anteriormente nos hemos propuesto no ser ciegos a todo lo que la sexualidad tiene de conflictivo y problemático. Admitimos por tanto que es posible despertar, como dijimos, demasiados deseos de vez. Dependerá, como tantas otras cosas, de cada persona y del uso responsable que haga de su tiempo y de su "capital humano". Nada en exceso, nos dijo dicho el sabio. Aunque volviendo a insistir en que “cada persona es un mundo”, está claro que la medida del exceso será también distinta para cada uno de nosotros. Parece claro que, como ya dije en el primer capítulo, quienes se dedican a la pornografía o al trabajo sexual en general están hechos “de otra pasta”, bien porque son más desinhibidos, bien porque tienen un mayor apetito sexual o bien porque se les da mejor separar lo carnal de lo emocional. 

Responsabilidad y autoconocimiento es lo que intentamos defender desde esta tribuna. Y si es cierto que la pornografía es una fuente de autoconocimiento, obviamente no es la única. Si por un lado es deseable conocer lo mejor posible quiénes somos como “personas sexuales”, quizá no lo sea tanto enfocarse exclusivamente en esa dimensión de nuestra personalidad; aunque bien pudiera ser la que nos ofrece más información indirecta sobre otras dimensiones. Pero tampoco nos dejemos llevar en exceso por visiones de tipo freudiano, pues teorías nunca faltan y uno no debe fiarse demasiado de ninguna de ellas. 

*
Enlaces a la primera y segunda parte.

viernes, 7 de octubre de 2016

Pornografía, feminismo y sexualidad. (II)

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Lo que se dice en este debate me ha motivado nuevas reflexiones en torno a las muchas cuestiones que se tratan en él, directa o tangencialmente, y ello me ha animado a escribir una segunda parte del texto que publiqué hace unos días.


Quizá sorprenda a algunos que sea Amarna Miller la que mantiene, de entre todos, un discurso más coherente y la que parece tener las ideas más claras. El resto de opinadoras (porque son todas mujeres excepto el moderador) no saben hilar dos frases sin meter por medio las palabras “heteronormatividad”, “patriarcado” y “capitalismo”. Sus argumentaciones no son tales: consisten más que nada en proclamas que aprendieron y que regurgitan como autómatas.

Atiborradas de dogmas, intentan pasar por “modernas” y “desinhibidas” sin poder ocultar el pestazo a moralina que rezuman sus querellas contra el que es para ellas, fuera y dentro de la pornografía, un mundo ciertamente perverso. Siguen viendo en el porno “mainstream” (es decir: mayoritario) una voluntad de modificar o fomentar ciertos deseos en los consumidores. Como tienen esa concepción tan delirante de la economía según la cual las empresas no ofrecen lo que el cliente busca sino que se afanan por orientar sus gustos en un “sentido heteronormativo y patriarcal”, parecen sugerir que si la mayoría de la gente es heterosexual es porque ven porno heterosexual, y no al revés. El mito de la Tabla Rasa hace de nuevo su aparición.. Todo proviene de la culturaLa heterosexualidad se construye..

¿Qué ocurre entonces con el porno homosexual? ¿Son conocedoras de lo importante que es ese sector de la industria o simplemente hablan de la pornografía, como de todo, de lejos y de oídas? ¿El porno homosexual pretende también “homosexualizar” a la gente? … De hecho, si comparáramos el porcentaje que hay de homosexuales entre los hombres con el porcentaje de pornografía homosexual que se hace dentro de esa industria, la heterosexualidad quedaría infra-representada en proporción. Por lo que, según su lógica, podríamos afirmar con igual o mayor convicción que ese “capitalismo neoliberal” persigue la “homo-normativización”.

Además, en qué quedamos: ¿Las empresas buscan el beneficio a cualquier precio o están dispuestas a ganar menos con tal de realizar una supuesta ingeniería social “que fortalezca al sistema”? ¡Por Júpiter! Si “el capitalismo” ha comercializado camisetas del Che y toda la iconografía comunista que se pueda imaginar, ¡qué problema va a tener, aun dando por bueno ese vínculo con el “patriarcado”, en vender todas las clases de pornografía que el público demande! Esta gente tiene la cabeza tan llena de ideología que no queda apenas espacio en ella para que el sentido común y la lógica asomen de tanto en tanto.

Pero no vayamos a dejar fuera de la crónica a Monedero. Otro que pretende jugar a dos bandas: a pro-porno y a anti-porno, a desinhibido, liberado y sin complejos por un lado, mas sin poder frenar por otro su moralismo, sus prejuicios y sus tabúes. El tipo es un trilero en toda regla, y tan siquiera se avergüenza de ello. Analicemos sus dos intervenciones estelares: En la primera se luce poniendo en cuestión que uno pueda hacer lo que quiera con su propio cuerpo “argumentando” que por esa regla de tres una podría “vender a su hijo recién nacido”.. ¡¿Acaso un niño que se acaba de dar a luz es “parte del cuerpo” de la madre y “le pertenece” igual que su brazo o su pierna?! … Ante la negativa de la Miller a aceptar ese “argumento”, Monedero se reafirma defendiendo la “racionalidad” del mismo e intenta arreglarlo reconduciéndolo a la venta de órganos. Pues no señor, tampoco. Un riñón efectivamente pertenece a su dueño pero sigue sin ser comparable a “vender tu cuerpo” en representaciones pornográficas puesto que, por muchas de ellas que uno haga, sigue conservando todos sus miembros y sus órganos en su sitio. Pero vamos a la segunda, que tampoco se queda atrás; pues, ni corto ni perezoso, este señor se lanza a comparar la realidad “capitalista” actual con el paraíso comunista soñado –no con el real, o qué os pensabais-, alegando que, mientras en las sociedades capitalistas muchos quizá se “vean obligados” a dedicarse a la pornografía o a la prostitución, en otro tipo de sociedad con renta básica y todas esas cosas las mismas profesiones "tendrían otra lógica”. Sí, que les pregunten por esa “lógica” a las cubanas, que son a buen seguro, de las mujeres de todos los países, las que menos presionadas se ven para prostituirse. De verdad hace falta ser miserable, o quizá estúpido, o sencillamente torpe, para decir algo así y quedarse tan ancho.

Y qué decir de Beatriz Gimeno. ¡Ay! La Gimeno.. Cuántos momentos de humor surrealista no nos dará esta mujer. Su percepción de la realidad camina entre lo cómico y lo grotesco. La buena señora ni admite ni aprueba que a la mayoría de las mujeres les gusten los hombres y les gusten sus penes, y que además les encante ser penetradas por ellos. Su feminismo dialéctico, como yo lo he bautizado, no es sino una versión moderna del puritanismo más enfermo. Ella viene a proclamar –entre líneas- que la Naturaleza lo hizo mal, que es esencialmente injusto que nos hiciera a unos cóncavos y a otros convexos. ¡Pero qué arbitrariedad es esa! ¿Por qué unos van a tener entrantes y otros salientes! ¡Todos planos! Y si ello nos pone francamente difícil obtener placer de nuestros cuerpos, ¡pues que así sea!: lo importante es que entonces seremos al fin iguales. Es un camino más enrevesado que aparenta ser contrario pero que acaba llegando al mismo sitio, como digo, que el puritanismo religioso: “el placer que sentimos está mal”, “¡es pecado!”; “es obra del demonio!” (léase: el capitalismo, el patriarcado, las “fuerzas oscuras” del mercado.) Así lo muestra su negativa a aceptar los argumentos en pro de los derechos individuales que blande contra ella la Miller. “Lo que a tí te guste no es un argumento”. Pero por lo visto, lo que a la Gimeno no le guste “El porno mainstream no puede gustarle a ninguna feminista”. Es decir, que ella no sólo tiene autoridad para distinguir qué valoraciones constituyen argumentos, sino que, al parecer, también sabe -o dicta- lo que puede gustarle o no a las feministas de todo el Globo, las del pasado, las del presente y las del futuro. Y ya la joya de la corona es su afirmación de que “si todo consistiese en una suma de derechos individuales, no se podría hacer política”. Porque así es: si se respetasen por entero nuestros derechos individuales, ella y los suyos no podrían meter sus narices en nuestras vidas y en lo que nos da placer o nos lo quita. ¿De verdad a nadie le espanta que algunos pretendan mezclar la política con el ámbito de la más estrecha privacidad? ¿No es esa la definición más perfecta de “totalitarismo”?
"Debemos problematizar nuestras prácticas y nuestros deseos".
"Debemos averiguar qué fuerzas oscuras
se esconden tras ellos".
....
 ¡Arrepentíos!
Pero la palabra estrella del debate, en boca de casi todos, es “problematizar”. El término-mantra en cuestión no podría ser más elocuente: convertir en problema lo que no lo es, o que hasta ahora nunca lo había sido. Por supuesto no se atreven a decir a las claras que algunas prácticas las consideran inmorales, y por eso comienzan a hacer funambulismo ético, reconociendo por un lado el derecho de cada mujer a fantasear o practicar lo que le plazca y elucubrando por otro sobre los roles que supuestamente pretende fomentar en nosotros “el heteropatriarcado capitalista”, usando tales elucubraciones carentes por completo de base empírica como pretexto para admitir la necesidad de una suerte de “ingeniería social inversa”. Es la misma lógica del Marxismo-leninismo de siempre: convencernos de que el actual estado de cosas es producto de una imposición para así justificar otra imposición: la de ellos. Elaborar teorías que ni quieren ni pueden probarse -esto es: pseudocientíficas- con el único objeto de volver legítima, y hasta necesaria, una violencia y un autoritarismo análogos a los que ellos han construido en su imaginación y en su propaganda.

Pero deben ustedes mojarse, señoras. O defienden la libertad individual o no. No hay terceras vías. Relativizar principios éticos que no podrían ser más claros inspira muy poca confianza. ¿Quieren ustedes dictar cómo deben obtener placer las mujeres o no? Díganlo claramente, y déjense de medias tintas y de vaguedades.

Por su parte, el papel de Amarna Miller en el debate, como dijimos, representa algo así como “la voz de la sensatez”. Los principios que defiende son bien claros, a diferencia de la caterva marxofeminista. Sus reclamaciones son también claras y perfectamente entendibles por cualquiera: la situación de a-legalidad del cine porno en España deja desprotegidos a sus trabajadores ante posibles abusos o malas prácticas –no en el terreno sexual necesariamente, sino también en el laboral-. Ella, que ha trabajado también en la industria de Estados Unidos, ha podido comprobar la ventaja de desarrollar esa profesión –para ella un hobbie- con todas las garantías que ofrece una ley sensata y funcional,  con controles de ETS´s más rigurosos, y donde los contratos están bien especificados y el poder de negociación de todas las partes más equilibrado.

La porn-star madrileña lanza además una pregunta retórica que es un desafío a los prejuicios mal ocultados de las de “el sexo también es política”: ¿Quién puede, de verdad, saber lo que degrada o humilla a una mujer? Exactamente la misma pregunta que lancé yo en la primera parte de estas reflexiones. Apenas se percatan de lo terriblemente arrogante que es pretender adivinar lo que los demás sienten (y sin entrar en el terreno, en el que ellas sí entran de forma mal disimulada, de lo que deberían sentir). Por supuesto que cuando contemplamos en la pantalla una práctica sexual que a nosotros nos desagrada, y que valoramos desde nuestra perspectiva negativamente, proyectamos nuestra vivencia sobre la persona que está representándola y por cualquiera que pudiera representarla en el futuro, y por tanto asumimos instintivamente que ella experimenta, o debiera experimentar lo mismo que nosotros. Pero eso es una trampa psicológica de sobras conocida, y parece mentira que personas hechas y derechas sigan confundiendo su ego con la realidad objetiva. Es como si todavía estuvieran en esa fase de la primera infancia en que el bebé no sabe distinguir lo que forma parte de su cuerpo de lo que es exterior a él.
Cierto escritor español dijo de ´Garganta profunda” que le resultaba un film “inverosimil”.
Quizá por aquel entonces muchos no caían en que en ello consiste justamente su poder de atracción,
en que no pretende mostrarnos la realidad, sino una ensoñación tan irresistible como turbadora.

No obstante, sí hay algo de lo que dice Amarna Miller que es más debatible, y sobre lo que me gustaría hacer una reflexión en cierta profundidad. El deseo expresado por ella de que la pornografía comience a verse como un trabajo más, y que se vaya diluyendo el estigma que acompaña a quienes se dedican a ello es sin duda un deseo legítimo, pero también ingenuo, y nos plantea algunas paradojas bien interesantes. Por un lado ese halo de “prohibido”, “sucio” y “oscuro” es ingrediente fundamental de la atracción que produce en la mayor parte, por no decir todos, de sus consumidores. Ella misma alude, si mal no recuerdo, al componente transgresor del porno. Y en efecto es éste un componente sin el cual esos productos audiovisuales perderían gran parte de su atractivo. Si la pornografía no buscara desafiar los límites y jugar con nuestra idea -siempre cambiante- de “lo perverso”, sencillamente dejaría de ser pornografía y pasaría a convertirse en una aburrida clase de educación sexual.

La realización o representación de fantasías sexuales requiere mantener un difícil equilibrio entre la costumbre y el tabú, entre lo agradable y lo desagradable, entre lo bello y lo grotesco, lo dulce y lo brutal, y esencialmente entre lo falso y lo real.

Como precisamente se trata de una receta que exige ese difícil equilibrio y esa precisión en cuanto a los ingredientes que se usan para elaborarla, en la que no puede haber ni demasiado picante, porque abrasa, ni demasiada realidad, porque repele, ni demasiado fingimiento, porque distancia, no toda la pornografía nos provoca o nos interesa o nos excita a todos por igual. Por ello los autores de ´La ceremonia del porno` nos hacen ver lo mal que entendemos habitualmente en qué consiste esa ceremonia. Creemos que el producto pornográfico es “fácil”, que es fabricado en serie y que no se distingue uno de otro, que con mostrar lo que hay que mostrar basta para lograr el objetivo: la excitación.

Pero nada más lejos de la realidad. Quizá eso bastara cuando hizo su aparición (aunque, como también se nos explica en el libro, ha existido desde siempre en distintas formas). Quiero decir que quizá cualquier cosa sirviera para llamar la atención del que nunca había visto imágenes pornográficas, o meramente eróticas, proyectadas con un cinematógrafo. Pero sin duda si esta persona se hacía aficionada a esas imágenes empezaría a buscar aquellas que más sintonizasen con sus deseos, probablemente los más inconfesables.

Y es que con ello hemos aterrizado en la, digámoslo así, Piedra Rosetta del fenómeno pornográfico, y puede que también del erótico: los deseos inconfesables, nuestro lado oscuro.

Porque todos tenemos deseos inconfesables. Y las fantasías que probablemente más les espantan a las que ven conspiraciones patriarcales y capitalistas detrás de todo son una vía de escape mediante las que aquél, nuestro lado oscuro, puede salir a la luz aunque sea tímidamente y en un entorno controlado; y de ese modo quizá evitar que acabe explotando en un momento mucho menos apropiado, sin ningún control que lo frene, y en el peor de los casos, causando daño a terceros.
Las prostitutas sagradas eran muchachas jóvenes que mantenían relaciones sexuales 
como parte de rituales religiosos en lugares sagrados y como ofrenda a los dioses. 
Existen varias teorías sobre la aparición de las prostitutas sagradas y de las funciones 
que desempeñaban. Unos dicen que la sexualidad y la espiritualidad estaban tan unidas 
que el sexo se convertía en una ofrenda para los dioses. (Fuente aquí)
Ya lancé en la primera parte de este ensayo una hipótesis sobre la posible, o no, función social de la pornografía. Alguien tan poco sospechoso de relativista o postmoderno como Guillaume Faye compartía esta intuición, y lógicamente la hacía extensible al papel de las prostitutas. En su inclasificable obra ´Arqueofuturismo`, Faye recordaba al hilo cuáles eran algunas de las atribuciones de muchas sacerdotisas en los antiguas religiones paganas, y cómo en aquellas sociedades cumplían también al parecer una función irremplazable. La ventaja es que ahora tenemos acceso a todos los templos del mundo y a todas las sacerdotisas sin movernos de nuestro silla y con un click de ratón.

Así pues, concluyo lanzando una nueva provocación que puede inspirar, al menos desde mi punto de vista, fecundas reflexiones. ¿Serían las actrices porno las nuevas prostitutas sagradas? Creo que hay motivos para creerlo así: el servicio que prestan no es como el mero trabajo sexual que se desempeña en el ámbito privado. En este caso se trata, como ya dijimos, de un rito, o un aquelarre; una ceremonia de concentrada intensidad en que se funde lo íntimo y lo público, en que se transgreden calculadamente las normas y los tabúes, los límites y los pudores… hasta dar con el justo equilibrio entre perturbación y curiosidad, esa receta precisa que a usted en particular le despierta el arrebatamiento que andaba buscando desde siempre, quizá sin saberlo y sin haber oído nunca de él, pero que desde ahora no cambiaría por nada y que, al lado del cual, lo que antes conocía como excitación le resulta un mero simulacro.

Pero no las juzguen ni se juzguen: a las sacerdotisas, a las fantasías que representan, o a ustedes mismos por disfrutarlas. Tan sólo sean conscientes de ellas. No hay cosa, por terrible que parezca, que sea preferible ignorar a conocer. La ignorancia sobre las cosas del mundo puede hacernos infelices, pero nunca tanto como la ignorancia sobre nosotros mismos.

Sí, pudo escribirlo Sócrates. No pretendía reclamar la autoría por esa reflexión.

Pero ésta sí la firmo: Deseen lo que deseen, ocúltenselo a quien quieran menos a ustedes mismos. Conózcanse y acéptense con sus zonas oscuras incluídas. Se sentirán más enteros y más dueños de sí mismos. El conocimiento es poder, y el auto-conocimiento es por tanto una forma de asumir mayor control sobre nuestras decisiones: de hacernos más libres. Y en eso creo que la srta. Amarna Miller puede servir de ejemplo, por mucho que ahora la odien, la juzguen, o elucubren sobre por qué hace lo que hace y piensa lo que piensa. Y con ello me refiero a la gente en general pero también a mí mismo porque, como la mayoría, tengo sentimientos encontrados. Ninguno estamos a salvo de prejuzgar, despreciar o apartar a otras personas cuando sus valores, sus percepciones o sus sentimientos no coinciden con los nuestros.

Yo mismo me he visto dividido entre la admiración, la incomprensión y la repulsión al indagar en la figura de Amarna Miller, ojeando su blog y algunas de las entrevistas que ha concedido. Es difícil aun hoy, por más “liberados” que nos creamos, asumir que alguien pueda entender y ejercer con tanta naturalidad el sexo como profesión, negocio y/o espectáculo. Nos gusta consumirlo, pero entraríamos en cólera si nuestra hija se dedicara a ello. ¿Hipocresía? Más bien imperfección congénita humana. De nuevo: no nos culpemos, no nos fustiguemos por no ser lo suficientemente “abiertos” o “modernos”. No todos estamos hechos de la misma pasta. Porque si algo me ha quedado claro es que Amarna Miller está hecha de una pasta muy especial. Ni mejor ni peor. Simplemente distinta al resto de nosotros. Quizá sea una muestra del próximo escalón en la evolución humana: una inteligencia emocional capaz de conciliar algunas de las hasta ahora insalvables contradicciones del homo sapiens. O al contrario: su moralidad innata acusa unas carencias que no serían beneficiosas para la especie. Pero también puede que sólo constituya un rara avis. Ya dije que no tiene por qué ser ni mejor ni peor.
Ishtar, entre los semitas orientales, era equivalente a la Diosa del Cielo sumeria. 
Por su relación con la fecundidad y la maternidad fue considerada diosa del amor, 
tanto en el aspecto familiar como en el sensual y voluptuoso. De ahí el que fuera 
la patrona de la prostitución sagrada, ejercida por hombres y mujeres 
en los templos, de cuyo personal formaban parte. (Fuente aquí)

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Pero una cosa sí es innegable. Escuchar y leer sus confesiones me excita todavía más que verla en acción. Quizá precisamente porque, mientras la escucho o la leo, sigue presente la acción en mi memoria.

Su transgresión me provoca, me repele, me intriga, me turba, me fascina, me ofende, y me excita sobremanera a un tiempo.

Ecce Homo… .
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viernes, 19 de agosto de 2016

LAS IDEAS TIENEN CONSECUENCIAS.

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Es algo que, a poco que se observe la historia humana, se corrobora: las ideas tienen consecuencias. Por ello deberíamos intentar cuestionar algunos dogmas que no percibimos como tales, pues de algún modo los hemos asumido como "verdades evidentes" o nos hemos acostumbrado a no plantearnos que existan alternativas a ellos. 

Ejemplo: "Todos los males proceden de la cultura". Muchos probablemente no lo hayan expresado nunca con esas palabras, pero sin embargo dan por sentadas muchas cosas que implican partir de ese axioma. Que los videojuegos o películas violentas generan violencia, que los estándares de belleza son puramente culturales, o que el machismo y el racismo se inoculan a través de la educación son todas ellas creencias que, consciéntemente o no, implican asumir el mito de la Tabla Rasa y el del Buen Salvaje. 


Por lo común, las ideas más insensatas parten de juzgar el presente como si no fuera el resultado del pasado, de hacer una crítica a cómo las cosas son sin atender a su genealogía, sin indagar en su funcionalidad. Eso es lo que le ocurrió a movimientos como el Hippismo y el Sesentayochismo, y a todos los que hoy siguen su estela. 


Se critican las normas por sí mismas, esto es, sin importar cómo y para qué surgieron; sin importar, a fin de cuentas, cuál sería el resultado de eliminarlas. Se critica por el mismo motivo la represión -lo cual está muy bien cuando se trata de manifestaciones extremas de la misma que hacen más mal que bien, como muchos ascetismos y puritanismos- pero es sumamente estúpido cuando se cuestiona en conjunto, dado que sin represión no hay civilización sino barbarie. Sin embargo, los hippies, los del sesentayocho y otros oligofrénicos (en sentido no peyorativo sino descriptivo: gente con mentalidad infantil) se revelaban contra la represión creyendo que sin ella el mundo sería más pacífico.


Cualquiera con dos dedos de frente sabe que si ahora fuésemos capaces de eliminar por completo todos los frenos que nos ha inoculado la cultura, la educación y el civismo, el resultado sería algo parecido a los primeros tiempos del feudalismo, si no más cruento aún: robaríamos, mataríamos y extorsionaríamos para lograr satisfacer el más caprichoso de nuestros deseos; practicaríamos sin el menor apuro el abuso, la explotación y la tortura con tal de garantizar nuestra propia seguridad que, en un contexto como ese, sólo se logra con amedrentamiento, convirtiéndonos -digámoslo así- en machos-alpha. 


No tengan la más mínima duda: éste es el paraíso que nos proponen los así llamados "pacifistas". El error, es obvio, parte de creer que los males provienen por defecto de la cultura, y de asumirlo además como un dogma, sin el más mínimo sentido crítico. Lo llamativo es que ellos se enorgullecían precisamente de "rebelarse contra los dogmas", ya fueran religiosos, políticos, morales.. Contra todos.. menos los suyos. 


El debate sobre si los males proceden de la cultura o del instinto puede suscitarle a la gente mayor o menor interés. Pero esclarecerlo es de vital importancia porque, según creamos una cosa o la otra, podemos estar destruyendo cuando creemos estar construyendo, o viceversa.

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Éste es el aspecto genuino que tendría el Paraíso de la des-represión.

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TEXTOS COMPLEMENTARIOS:
La rebelión contra la realidad.
Todo es cultural.


miércoles, 3 de febrero de 2016

"LA REBELIÓN CONTRA LA REALIDAD".

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En mi periplo por los mundos de la pseudociencia y la conspiranoia aprendí algo que sólo después, contraponiendo lo observado allí con lo observado en otros lares, me sirvió de gran ayuda en el descubrimiento de trampas gnoseológicas. Más concretamente: aprendí que la manera de razonar y defender las ideas pseudocientíficas, conspiranóicas -como las religiosas- responde a un patrón muy similar a la manera de razonar y defender las ideas izquierdistas, fascistas y, en parte, las conservadoras. Hay izquierdistas (quizá no tanto fascistas y conservadores) muy críticos con la pseudociencia y la religión. Pero únicamente son críticos con la pseudociencia "dura" y la religión trascendente, no con la pseudociencia "blanda" y la religión inmanente; esto es: no son críticos, sino incluso defensores, de las PSEUDOCIENCIAS (o religiones) POLÍTICAS, LAS PSEUDOCIENCIAS (o religiones) ECONÓMICAS, Y LAS PSEUDOCIENCIAS (o religiones) SOCIOLÓGICAS.

Hay algo que nos revela mucho: Si se le pregunta a varias personas acerca de “quién gobierna en el mundo”, los que se hacen eco de ideologías socialistas, fascistas y conservadoras religiosas responderán cualquier cosa menos “los gobiernos”. Pero a aquellos que opinan que los que gobiernan no pueden ser otros que LOS GOBIERNOS es a quienes se exige la carga de la prueba. ¿Ven ustedes por qué digo que ciertas ideologías políticas adoptan actitudes pseudocientíficas?

Lo mismo respecto al principio de falsabilidad: Tanto da decir que quienes gobiernan son las corporaciones o grandes empresas como la burguesía, los ricos, los judíos, la masonería o los reptilianos. ¿Alguien puede demostrar que no es así?

Las cosmovisiones pseudocientíficas (yo he llegado a conocerlas bien) comparten todas una característica esencial: el convencimiento religioso acerca de su verdad y la capacidad para usar todo argumento en contra como uno a favor; dicho de otro modo, un razonamiento que se auto-justifica por cualquier medio a su alcance.

Entonces yo me pregunto: ¿es que hay alguna diferencia entre dar por hecho, sin prueba alguna, que todo argumento en contra del relato judeofóbico procede de un “siervo de los judíos” y dar por hecho, también sin prueba alguna, que todo argumento en contra del socialismo procede de un “siervo de los burgueses”?; ¿entre rechazar toda explicación alternativa a la de los alienígenas ancestrales y rechazar toda teoría alternativa a la de la explotación?; ¿entre afirmar “con autoridad” que somos víctimas de una conjura ateo-masónica y proclamar con parejo convencimiento que estamos en manos de plutócratas internacionales?

Les concedo que existe una diferencia de grado. Pero no desde luego cualitativa; no desde luego en su armazón o su “lógica”.
(Confesión: Yo también quise soñar una vez
..... Me desperté.)
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El izquierdismo no es sino una conspiranoia blanda: No se cree en iluminatis ni reptilianos que nos controlan, pero sí se cree en el gobierno en las sombras de "burgueses", de banqueros, de empresarios, o de "los ricos". No se cree que la medicina y la ciencia son instrumentos creados por seres malvados que usan para envenenarnos o dominar nuestras mentes, pero sí se cree que el capitalismo fue una alianza de intereses con el único propósito de explotar a las clases bajas. No se cree en la energía libre y gratuita pero sí se cree en un dinero y una riqueza que mana de los árboles sin necesidad de crear empresas ni administrar recursos, sin innovar en tecnología ni ampliar y diversificar mercados (no se ve en la riqueza más que “una tarta a repartir”; no se es capaz de superar la idea de que ésta es constante por más que los datos muestren que nunca lo fue; se pretende imprimir dinero expresa y declaradamente dirigido a inversiones.. ¡cómo no se le ocurrió a nadie antes!)

No se afirma ser víctima de un gigantesco show de Truman pero se aceptan como “evidentes” las mil conjuras contra las clases bajas, las mujeres o los países tercermundistas a manos de banqueros, industriales, y “los mercados”: Todo rumor, toda invención y todo meme que encuentre encaje en la mitología en torno al “capitalismo salvaje” se toma por indiscutible sin un solo indicio que lo apoye. Pero la carga de la prueba recae sobre quien lo niegue.
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En el alma de todo capitalista secretamente habita un 
avatar del Führer que no se sabe cuando puede despertar
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La tergiversación, el chivo expiatorio y la idea del 
mal 
absoluto son indistinguibles en la propaganda 
de unos y otros: fascistas y socialistas.
Si afirma con gran convicción que el libremercado se impuso por la fuerza; pero aún nadie ha sabido explicar cómo pudo obligarse POR LA FUERZA a tanta gente a comerciar LIBREMENTE y a ENRIQUECERSE (si aún dudan de que la mayoría se enriqueció, miren los datos). Discúlpenme, siempre se me olvida que todo lo que contradiga el credo de ustedes es tomado por obra del demonio. Sí, ríanse de la comparación. Pero créanme que no son menos sonoras mis carcajadas cuando imagino a cientos de economistas y filósofos desperdigados por decenas de universidades y tomando parte en el mayor complot de la historia: la difusión del liberalismo económico por todo el orbe.. Viajes trans-oceánicos, grandes conferencias y simposios.. Páginas y páginas, horas y horas hilvanando palabras con el único propósito de hacer más ricos a sus señores, que para eso les pagan. Y digo yo, ¿no hubiera sido menos complicado poner mil máquinas de escribir en una nave y, de paso, no tener por ahí desperdigados a esos intelectuales a sueldo, expuestos a ser pillados en un desliz y, en el peor de los casos, echar a perder toda la operación? Cuesta creer que prohombres dedicados a la industria pesada y a las altas finanzas sean tan descuidados en lo que se refiere a la industria de ideas.

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También se da por sentado que todo estudio sobre sexo, violencia o poder que contradiga el determinismo cultural no puede sino obedecer a “oscuros intereses”. Incluso la ONU y otros organismos dedicados a extender la bondad, la paz y la justicia por el mundo afirman que “la violencia es una conducta que la cultura enseña”. 

Pero aunque fuera verdad que la violencia, los celos, la propiedad, el egoísmo, el racismo,… son conductas que “la cultura enseña”, a fin de cuentas, ¿quién inventa y propaga la cultura? … ¿Y dónde aprendió el ser humano estos vicios?

Si no hay nada innato.. ¿Cuál diantres es la base de la cultura?

Digo yo que no puede ser la imaginación, dado que hablamos de un ser angelical por naturaleza al que la sociedad convierte en demonio.. 
¡Pero quién diantres es la sociedad, más que el conjunto de esos “seres angelicales”!

Inacabables son las paradojas a que nos aboca el mito de la tabla rasa y del buen salvaje

«El sexo es bueno porque es natural, y lo natural es bueno. Pero la violación es mala; por lo tanto, la violación no tiene nada que ver con el sexo.»

Podrá sonar ridículo, y hasta resulta difícil de creer que sectores de la intelectualidad progresista hayan llegado a mantener semejante desconexión con la realidad y a sostener posiciones tan contrarias a la lógica y al sentido común; pero en verdad no es otro el razonamiento que subyace a muchas de las afirmaciones de “intelectuales” y “científicos” de nuestra época. Steven Pinker, en su monumental obra ´La Tabla Rasa`, hace un recorrido por todas las implicaciones que se derivan o podrían derivarse de aquellos mitos tan omnipresentes, especialmente en las últimas décadas. En el siguiente fragmento sintetiza perfectamente el dilema acerca del sexo y la violencia:

«Si reconocemos que la sexualidad puede ser una fuente de conflicto y no sólo un saludable placer mutuo, habremos redescubierto una verdad que los observadores de la condición humana han constatado a lo largo de la historia. Y si el hombre viola por el sexo, no significa ello que simplemente "no pueda evitarlo", ni que tengamos que excusarle, como no tenemos que excusar al hombre que dispara contra el tendero para robar la caja.»

¿Recuerdan aquello de “haz el amor y no la guerra”? Yo pensé que estaba trasnochado hace tiempo, pero muy recientemente me topé con un vídeo “en clave pacifista” realizado por un famoso actor porno y que rescataba una vez más esa ridícula idea. 
El famoso Rapto de las Sabinas es sólo un ejemplo, sea de carácter histórico
o mítico, de las muchas guerras desencadenadas en el pasado por el tan
«
inofensivo», amén de natural, impulso de buscar parejas sexuales.
Ciertamente, pensar en el sexo como algo “inofensivo” o como “lo opuesto a la guerra” contradice toda la historia y la antropología; tanto la actual como la que existía ya entre los antiguos (como bien señala Pinker). La pulsión sexual tiene conexiones con la pulsión violenta y con el poder (incluso observables en nuestro cerebro), así como las tiene con la pulsión creativa. Nuestro organismo no segrega los impulsos y las programas evolutivos como lo hace nuestro lenguaje o nuestras ciencias sociales. El sistema límbico, así como otras partes del cerebro, están dedicadas a diversas tareas y, por tanto, algunos procesos conductuales comparten necesariamente los mismos patrones o mensajes químicos.

Pero si tan sólo fuera el problema la vinculación entre sexo y violencia..
¡No, es que la mera existencia de la violencia en nuestra naturaleza –y no en nuestra cultura- es también un tabú para muchos sectores académicos!

«Muchos intelectuales han apartado la vista de la lógica evolutiva de la violencia, temerosos de que reconocerla equivalga a aceptarla o, incluso, aprobarla. En su lugar, han seguido la cómoda ficción del Buen Salvaje, donde la violencia es un producto arbitrario del aprendizaje o un agente patógeno que nos invade desde el exterior. Pero negar la lógica de la violencia propicia que se olvide lo fácilmente que ésta puede estallar, e ignorar las partes de la mente que activan la violencia propicia que se olviden las partes que la pueden sofocar.»
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Se elige en qué se prefiere creer y se rechaza aquello que “suena feo a nuestros oídos”. Optamos por las fantasías reconfortantes y nos acurrucamos como niños bajo la manta para no ver ni oír las realidades que nos perturban.

¡Hemos recorrido milenios para convertirnos en pusilánimes criaturas 
huyendo despavoridas de sí mismas en un ambiente de histeria general! 

¿En qué momento dio término la evolución y comenzó la involución? 

¿De verdad fue tan patético el ocaso de anteriores civilizaciones? 
…....
Tanto tiempo abjurando de la fe y la superstición, aferrándonos al método científico, posponiendo el más allá y centrándonos en el acá.. para vernos fabricar otras tantas religiones y supersticiones acerca del mundo empírico, copias de carbón de las 
dedicadas al mundo de los espíritus.

¿De qué sirve tanto apego a la materia, tanta ciencia y tanta tecnología… si la usamos como mero disfraz de nuestro irracionalismo y de nuestro escapismo?

¿De qué sirve tanto estudio de la naturaleza cuando sólo está en nuestra mente negarla?

¿De qué sirve estar tan pendientes de los números y de la estadística? ¿Para qué tan estrecha vigilancia de la realidad cuando sólo buscamos renegar de ella?

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Todas las citas están extraídas de la obra de Steven Pinker
´La Tabla Rasa: La negación moderna de la naturaleza humana`.

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