Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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miércoles, 5 de agosto de 2015

"EL MIEDO A LA LIBERTAD" (II)

El capitalismo "salvaje"
O de cómo superé el último anatema, y eso me liberó de insalvables conflictos y contradicciones.

Creí que el gran tabú de esta sociedad era la desigualdad de sexos, de culturas, de razas....
Creí luego que lo que más asustaba al biempensante medio era la llamada "cuestión judía"...
También creí que la "última frontera" de lo aceptable era negar el materialismo, cuestionar la infalibilidad de la ciencia y abrazar los mundos del espíritu, lo sobrenatural y lo eterno.
Pero no, todos esos eran tabúes menores; todos eran, al final, más digeribles para el conjunto de nuestros coetáneos que el GRAN TABÚ, EL GRAN MOLOC QUE A TODOS ASUSTA, Y DEL QUE TODOS RECELAN, POCO MÁS O MENOS, POR IGUAL.

.... ¡SÍ! Es en el que todos están pensando: ¡EL CAPITAL! ¡LA CODICIA! ¡LOS EXPLOTADORES DEL TRABAJADOR! ¡LA BANCA! ¡EL PERVERSO... PERVERSO LIBREMERCADO!

Y en este punto, me toca sincerarme con ustedes. Creo que una confesión de las trabas que puse a mi propio razonar antes de reconocer que eran en efecto trabas, más que lícitas críticas, puede ser de utilidad a muchos que se hayan encontrado ante el mismo conflicto, en el fondo, puramente filosófico. 

Es un problema filosófico porque, al final, de lo que hablamos no es de si la restricción al mercado es buena o mala, sino de si es legítimo o ilegítimo el cuestionamiento de las elecciones individuales que acaban traduciéndose en grandes tendencias sociales, siempre que éstas no sean condicionadas o dirigidas por un rey, un señor feudal o un cacique. Es indiferente que nos gusten más o menos estas nuevas costumbres que se han generalizado, pues mientras respondan a la persecución del bienestar de tantos y tantos individuos a lo largo del mundo, nosotros podemos rasgarnos las vestiduras, clamar contra la inmoralidad del beneficio a cualquier precio -que no es "a cualquier precio", primer sesgo erróneo-, ¡nosotros podemos decir misa!, que todos ellos ya han decidido por sí mismos, y no por un capricho, sino porque los resultados obtenidos les han corroborado que habían escogido la senda correcta.

Pues así es. Paradójicamente, aquella apología que resulta ser el anatema de los anatemas es la que compete al sistema de organización económico-social que a todos nosotros, anatemizadores, nos sostiene y nos mantiene con un nivel de vida bastante aceptable (no quepa duda de que mucho más aceptable que si lo cambiáramos de repente por cualquier otro: feudalismo, mutualismo, socialismo, imperialismo.)

Se dirá que no es éste el máximo tabú porque existen muchos más apologistas del libremercado que disidentes del pensamiento progresista o revisionistas de la cuestión judía. Lo cierto es que no. Lo sería si incluimos entre los defensores del capitalismo "salvaje" -connotación maliciosa por excelencia- a aquellos que concurren a elecciones calificándose de "liberales". Pero la verdad es que muchos de ellos, por no decir todos, de "defensores del libremercado" sólo tienen el nombre; pues las políticas que practican cuando han alcanzado el poder únicamente son calificadas de "liberales" por todos aquellos que abjuran del liberalismo, pero jamás por los filósofos y economistas que realmente defienden en coherencia tales ideas. Llamar liberalización del mercado a regalar empresas públicas a sus amigotes en régimen de monopolio u oligopolio, como digo, sólo puede calificarse de favorable al libremercado por quién ni sabe lo que esto es, ni sabe en absoluto lo que defiende la ideología liberal.

Y no se equivoquen, yo soy el primer crítico del consumismo, del individualismo atomista, del relativismo, de la adoración de cualquiera de los totems modernos, y de la imposición de modelos occidentales disfrazados de "universalidad". Pero de lo que ya no soy enemigo, desde luego, es del capitalismo como tal (sin añadidos convenientes ni connotaciones arbitrarias de las que tanto abundan). Ya que, una vez entendido el concepto desnudo, liberado de todas esas "figuras fantasmales" que le han ido adhiriendo unos y otros, yo también me uno a los que hace tiempo se vienen haciendo las siguientes preguntas:

¿Por qué nos suscita tanta suspicacia, tanta inquietud, un sistema basado en el intercambio y los contratos voluntarios? ¿Por qué le adherimos tantas de esas connotaciones, y tan imaginativas (por momentos, delirantes) cuando todo lo que suponga imposición -y todo lo que no lo sea no es legítimo criticarlo-, por propia definición no puede tener origen en el capitalismo como tal?

La competencia "inhumana". El mercado "sin control".
Este problema ha sido estudiado largamente por intelectuales como Huerta de Soto, Hayek, Von Mises, o Escohotado. Ellos apuntan a varios motivos, a cada cual más curioso. Por un lado, está el hecho de que los modos de organización basados en el ahorro y el intercambio no dejan ver todos los complejos mecanismos con los que funcionan y nunca pueden ser reducidos a fórmulas racionales-matemáticas, con lo que, aquellos empeñados en explicarlo todo mediante la razón pura se desesperan y buscan causas y efectos, responsables y víctimas, al precio que sea. Son justo los intelectuales 
-¡mucho más que los supuestos "explotados"!- quienes especialmente han fomentado esa desconfianza y esos juicios morales sobre "el capital"; y en ello tiene mucho que ver el hecho de dedicarse a las labores que se dedican, pues ven frecuentemente como personas con mucho menos nivel académico o cultural hacen fortunas con actividades "muy poco honorables", tales como una nueva forma de vender utensilios de cocina o de hacer la vida más cómoda al transportista, al fontanero o al conserje de nuestro portal. Pero el intelectual, que sí se dedica a tareas "nobles y de altura", no concibe que él perciba tan pocos ingresos mientras ese "paleto con una ocurrencia" se haya forrado de una sola vez, aunque nunca más vuelva a tener otra idea de valor en su vida. Nuestro entendimiento, además, tampoco acaba de asumir el hecho, aun siendo evidente, de que esa "avaricia y competencia descarnada" es la que posibilita que tengamos el mejor acceso posible a los mejores bienes posibles (aunque nada es tan perfecto. No hay que olvidar las artimañas publicitarias destinadas a hacernos desear infinidad de cosas de las que antes ni teníamos noticia, lo que es el pan de cada día en un "régimen de mercado".) En cualquier caso, habida cuenta de esas "fallas del sistema", ningún otro podría haber logrado que tuviéramos tan buen acceso a tan deseables bienes como lo tenemos hoy día. Sin embargo, todos esos intelectuales, críticos, condenadores, e insatisfechos crónicos únicamente centran su mirada en los presupuestos "egoistas, descarnados e inhumanos" pero nunca en los resultados que dan esos mismos presupuestos, sean más o menos "humanos". Y de la humanidad de los resultados (SUBRAYEN BIEN ESTO) sólo se puede dudar cuando no se contraponen debidamente con los resultados arrojados por el modelo anterior, o con los modelos alternativos y contemporaneos.

Nuestras persistentes e innumerables reservas con un modelo que, indudablemente, nos ha beneficiado mucho más de lo que nos ha perjudicado, y en el que seguimos mal que bien inmersos (aunque le pongamos freno aquí y allá con unas cuantas restricciones) se explica por un choque cognitivo entre nuestra percepción ancestral, incluso evolutiva -que requería circunscribirse al pequeño grupo, al clan, en orden a sobrevivir-, y la percepción que nos exige el mundo moderno, globalizado, donde los presupuestos y los razonamientos que servían para explicar el ORDEN RESTRINGIDO -el del clan o el poblado-, ya no sirven para los ÓRDENES EXTENSOS e hiper-complejizados que hemos desarrollado en los últimos siglos.

La teoría de la explotación, una falacia que ha dado pretexto
a todas las revoluciones marxistas. El valor no procede
del trabajo, sino de lo que el público esté dispuesto a pagar.
Si todo el mundo dejara de fumar, ¿qué valor  creen ustedes
que tendrían los cigarrillos, los puros y las pipas?
La solidaridad del clan era exigencia de nuestro modo de vida ancestral. Estos instintos, pues, estas respuestas emocionales que sentimos frente al interés monetario, la competencia y la propiedad privada son completamente naturales -otra cosa es que sean favorables en nuestro actual contexto-. 
La velocidad con la que ha cambiado el mundo nos asusta; y la eficiencia con la que los procesos de mercado se han extendido por ese mismo mundo, haciendo de él algo mucho más complejo, y por ello, difícil de analizar en orden a extraer conclusiones, nos asusta todavía más. 

Porque si a nuestro instinto atávico de clan le cuesta muchísimo adaptarse a estas nuevas realidades, a nuestro instinto moderno racionalista no le resulta menos arduo el aceptar que esa razón que, hasta hace poco, debía ser capaz de explicar prácticamente todo, no se basta para explicar, y sobre todo, PARA JUSTIFICAR -éste es el gran escollo- el orden de mercado. Pero no de modo distinto a como tampoco se basta para explicar y justificar el orden en que se han basado para su construcción los idiomas, las formas culturales y las innovaciones e invenciones de todo tipo. No se pueden reducir a fórmulas matemáticas ni a teoremas como los de la física todas aquellas realidades que evolucionan por la acción de incontables individuos, empleando cada uno sus conocimientos particulares a los que nadie más tiene acceso, y colaborando entre ellos, incluso SIN SABERLO, a dar a luz nuevos modos de inter-relación, de colaboración, de intercambio, de organización espontánea.

En efecto, por más que me costara reconocerlo (es tremendo tabú el del beneficio y la privacidad), no hay realmente un problema de mercadolatría, como creí en su momento. El único problema es la ESTATOLATRÍA. Porque es el Estado la gran abstracción, la verdadera imposición arbitraria que actúa también arbitraria y torpemente. Por el contrario, el mercado no es más que la acción humana libre y espontánea. Y por ello es tan ridículo querer "enmendar sus errores" como lo sería pretender dirigir o planificar centralizadamente la evolución de la lengua, la cultura, el arte o la tecnología.

La gran pregunta entonces es: ¿por qué la creatividad humana suele respetarse, y hasta venerarse, siempre que no sea en el ámbito de la empresarialidad? Porque para más inri, resulta ser ésta una de las clases de creatividad que necesariamente crean consigo oportunidades para otras personas. Visto desde esa perspectiva, no podría ser más contraproducente la actitud que mantenemos tan a menudo frente al empresario.

A ésta pregunta hay que añadir dos razonamientos básicos para completar nuestro replanteamiento del "problema del mercado". Y en ellos, ningún papel tienen los juicios morales, tan sólo la más pura y fría lógica. Tras digerirlos, les advierto que es probable que se abra un nuevo mundo ante sus recelosos ojos. (Los conceptos transforman la realidad. Las metáforas piensan por nosotros.)

El primero es aquel al que hice alusión antes: Todo cuanto suponga imposición es legítimo criticarlo, todo cuanto sea voluntario ya lo es bastante menos. Pero por propia definición, todo lo que no sea voluntario no puede tener origen en el capitalismo como tal, pues éste se basa justamente en contratos entre ciudadanos libres (además de en el ahorro, la inversión, la competencia y el cálculo económico). Por lo tanto, sólo nos quedan dos opciones: o buscamos un nuevo significante para contener lo que clásicamente se aceptó como significado de "capitalismo", o aceptamos que la definición era correcta pero nosotros nos empeñamos en "adornar" el concepto con algunas que otras imaginativas y recelosas connotaciones.

El segundo vendría a plantear también algo muy sencillo: Cuando se piensa que la economia, la riqueza, es una constante, es normal que se llegue a la conclusión de que "la tarta debe repartirse mejor". Por el contrario, si se piensa que la economía, la riqueza, es algo que crece, parecerá lo más lógico el fomentar que siga creciendo. 

Estas tres coordenadas conforman una nueva perspectiva sobre las realidades que tanta sospecha y desconfianza motivan, y quizá ayuden a caminar hacia una cierta objetividad (una completa sería imposible), librándonos al mismo tiempo de unas cuantas subjetividades que, aun sin tener razón de ser, han estado impidiendo que podamos enfocar correctamente los problemas a los que se enfrentan nuestras sociedades modernas.

miércoles, 29 de julio de 2015

"La acción humana".

¿Quienes han estafado realmente a los ciudadanos,
"los mercados" o los propios gobernantes griegos?
¿Y no es justamente porque hay cierta democracia que se 
puede responsabilizar también en parte a los ciudadanos?
El siempre conveniente
enemigo lejano: la banca,
 la judería, el comunismo...
internacional.

Hay un consenso creciente sobre que los gobiernos están sometidos al poder financiero. En el mejor de los casos es una verdad a medias. Pero lo más reseñable radica en ser una muy conveniente desde cierto punto de vista; desde el particular prisma de quienes ansían mayor control sobre nuestras vidas.

Tal relato a menudo presenta al político como un elemento pasivo, casi como si estuviese atado de pies y manos. Esto es una imagen por completo engañosa, y como hemos dicho, sospechosamente conveniente. Todos los indicios apuntan en otra dirección: Nuestros gobernantes actúan del modo en que actúan porque están igual de interesados en medrar que sus "allegados" en las altas finanzas, la industria o los medios. 

Una vez constatado eso, la diatriba suele estar entre pensar que quienes marcan el rumbo son los bancos o que, por el contrario, son los políticos. Lo que ocurre en realidad se acercaría más a una alianza donde ambas partes, como digo, tienen mucho que ofrecer y mucho que ganar. 

Otra cosa que se debería aclarar es que no pueden ser nunca TODOS los banqueros, industriales, etc. quienes tienen el control en TODOS los paises. Resultaría ciertamente estúpido que unos tipos que tienen privilegios monopolísticos, fiscales o de otra clase, decidiesen compartir esas ventajas COMPETITIVAS precisamente con sus COMPETIDORES.

«Una misma disposición cabe favorezca a unos y perjudique a otros. (...) Pueden, desde luego, los privilegios que el Estado otorga favorecer los intereses de específicas empresas y establecimientos. Ahora bien, si tales privilegios se conceden igualmente a todas las demás instalaciones, entonces cada empresario pierde, por un lado (...) lo mismo que, por el otro, puede ganar. El mezquino interés personal tal vez induzca a determinados sujetos a reclamar protección para sus propias industrias. Pero lo que indudablemente tales personas nunca harán es pedir privilegios para todas las empresas, a no ser que esperen verse favorecidos en mayor grado que los demás.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)


Creo que hay una cosa que debería empezar a quedarnos clara. Y es que, mientras apostemos por darle más poder al Estado, o tan sólo por mantener el que ya tiene, podrá privilegiar a unos o a otros, pero no podremos nunca escapar a esa fatal diatriba; no podremos nunca ofrecer al ciudadano más posibilidad de elección que la existente entre males de distinta clase; ni tan siquiera males mayores o menores: el baremo será cualitativo, pero difícilmente cuantitativo.

Ahí es cuando se nos revela, al menos para algunos, la naturaleza intrínsecamente perversa de intentar orientar la acción humana en un sentido o en otro. Debiéramos hacernos la pregunta que entraña el verdadero núcleo de todos estos conflictos éticos que tanto se resisten a resolverse, o a lograr un consenso general: 

¿Puede ser la libertad, por sí misma, culpable de algo?
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La máxima expresión de aquella fatal arrogancia de buscar orientar la acción humana, no cabe duda, la encarnaron el totalitarismo soviético y el totalitarismo nacional-socialista.
Y por más que los historiadores e intelectuales de izquierda se empeñen en vincular el segundo de estos regímenes "al capital", o incluso los más lanzados de ellos hablen del nazismo como de "una estrategia desesperada" del mismo -como si éste fuese un ente con personalidad propia que toma unilateralmente decisiones-, lo cierto es que todo cuanto podemos decir es que algunas empresas, incluso importantes, llegaron a acuerdos con el gobierno nazi. Pero constituiría monumental falacia responsabilizar a un sistema, económico o político, de lo que decidan hacer unos cuantos de los actores que intervienen en, o se atienen a, tal sistema.

Una vez mostrada la conveniencia de esa tergiversación, podemos volver a centrarnos en todo aquello que de común tenían las dos cosmovisiones -siempre mucho más de lo que estarán dispuestos a reconocer sus respectivos herederos-. Lo que sabemos bien es que, tanto una como otra, se declaraban enemigas del modelo liberal, lo que venía a significar, en realidad, que eran enemigos declarados de la sensatez, de la racionalidad, de la historia, del progreso humano, y de la civilización (de esa misma gloriosa civilización europea que, al menos uno de ellos, venía a "salvar").

Parejos impulsos negadores y destructores, de parejas raíces plebeyas, fueron los manifestados por estos nuevos bárbaros de Occidente. La barbarie mostrada no podía ser otra cosa que plebeya, pues se instituyó en poderoso vehículo de las más bajas pasiones surgidas de los más bajos estratos de la sociedad, tanto en el sentido económico como en el cultural o intelectual.

Y por mucho que los nazis dijeran reivindicar lo aristocrático y tradicional, y algunos de ellos hasta pretendieran que se les viese como aristócratas, cuando ayer mismo eran plebeyos de la peor clase, no puede llevarnos ello a engaño, como no lo hizo con aquellos auténticamente imbuidos de la mentalidad tradicional y aristocrática que tenían un proyecto de III Reich bien distinto, en que sí primaba la grandeza de las auténticas élites y no la bajeza de las turbas furiosas. (Recordar, a este respecto, la opinión manifestada por los representantes de la Konservative Revolution o por Julius Evola sobre la naturaleza obrerista y plebeya del Régimen de Hitler.)

Tan sólo doy una muestra más de la intrínseca relación entre una cosa y la otra: ¿Puede existir siquiera una "barbarie aristocrática"? A lo sumo, podríamos observar en la historia la barbarie practicada por algunas noblezas por completo degradadas. Pero nunca veremos que la practice ni la aliente ninguna genuina aristocracia. De ella -de quién si no- es de donde proceden todas las que hoy tenemos por buenas formas.

«Es digno de notar que quienes más se exaltaron en ensalzar los salvajes impulsos de nuestros bárbaros antepasados fueron gentes tan enclenques que nunca habrían podido adaptarse a las exigencias de aquella "vida arriesgada". Nietzsche, aun antes de su colapso mental, era tan enfermizo que sólo resistía el clima de Engadin y el de algunos valles italianos. No hubiese podido escribir si la sociedad civilizada no hubiera protegido sus delicados nervios de la rudeza natural de la vida. Los defensores de la violencia editaron sus libros precisamente al amparo de aquella "seguridad burguesa" que tanto vilipendiaban y despreciaban. Gozaron de libertad para publicar sus incendiarias prédicas porque el propio liberalismo que ridiculizaban salvaguardaba la libertad de prensa.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)
Ludwig Von Mises, economista y filósofo
de la Escuela Austriaca.

Esa oposición virulenta al mundo que han alumbrado la Ilustración y el liberalismo, con la burguesía a la cabeza, tiene sentido hasta cierto punto. Yo me opongo con pareja vehemencia a muchos de los frutos de esa Modernidad; lo que no hago es reclamar que se subvierta por completo, que se arrojen todos sus frutos -buenos y malos- al basurero de la historia.

Durante mucho tiempo también me dejé seducir por esos fantasmas de insatisfacción crónica, ese fatalismo histriónico, esa pose de desprecio hacia todo y hacia todos.

Si uno los busca, desde luego, siempre va a encontrar motivos de desagrado en el mundo que le rodea. Muchos, de hecho, solemos tener los ojos más abiertos para todo lo negativo que hay en él que para todo lo que pueda haber también de positivo. Por eso dije antes que quienes se rebelaron del modo que lo hicieron contra CIERTO liberalismo y CIERTA modernidad, se rebelaban en el fondo contra la misma historia, contra la misma evolución cultural humana. Por ello acusé también a esos "rectificadores del rumbo de la historia", y acuso ya sin rubor a las ideas anti-capitalistas en general, de ser todas hijas del alma plebeya -en el sentido nietzschiano, aun enmendando a Nietzsche-, esto es: del rencor, del revanchismo, de la estrechez de miras, del moralismo empeñado en buscar culpables y víctimas. 
Y digo "en el sentido nietzschiano, aun enmendando a -o polemizando con- Nietzsche" porque sin salirme de su lógica, veo incongruencia en aquella parte de sus condenas (suyas o de sus seguidores) que se dirigen al mundo burgués en conjunto, cuando en todo caso debieran estar dirigidas a aquella parte más vulgar, más plana, más dócil, de lo que entendemos por "burgués". No guarda coherencia alguna el odio que muestran muchos de quienes se hacen eco de sus ideas hacia la riqueza en sí misma, por poner un ejemplo harto frecuente; como no la guarda tampoco la apelación al instinto primitivo de las clases bajas "enfrentadas" al "mundo de las finanzas" o a la "clase empresarial", como expresión de una cierta élite -en esto, los "nazi-nietzschianos" están hechos unos plebeyos y unos cristianos de cuidado-; siendo además éstas élites financieras y empresariales parte vital de la civilización que, bien que mal, ha posibilitado que estemos todos aquí, la mayoría de nosotros con las necesidades suficientemente cubiertas como para haber leído a incendiarios filósofos y poner en nuestra boca sus poco medidos -y en ocasiones, poco meditados- ataques contra esa misma civilización.

«A diario cabe trastocar las escalas valorativas y preferir la barbarie a la civilización o, como dicen algunos, anteponer el alma a la inteligencia, los mitos a la razón y la violencia a la paz. Pero preciso es optar. No cabe disfrutar, a un tiempo, de cosas incompatibles entre sí.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)

Errar el tiro es nuestra especialidad desde tiempos inmemoriales. Dirigimos nuestra ira hacia el libremercado, hacia los principios liberales y hacia las bases que sostienen eso que hemos llamado capitalismo, cuando quizá aquellos males de que somos conscientes se deben a otros factores más dispersos y menos identificables a simple vista. Pero claro, es mucho más fácil clamar contra las ideas que constituyen la base del mundo en que vivimos, las cuales son simples y diáfanas, que hacerlo contra hechos concretos, complejos, y que se pierden en el gran escenario del tapiz que llamamos realidad. Lo que primero percibimos es el marco de dicho tapiz, por eso buscamos culpar a esa sustancia primera in-formadora antes que a cualquier otra circunstancia más contingente. 
Es muy común, por ejemplo, meter en un mismo saco al sistema capitalista y a la política exterior estadounidense, cuando esto no resiste un somero análisis en sus más básicos silogismos. No se puede aducir como argumento el que algunas corporaciones con sede en USA hagan negocio con, y tras, muchas de las guerras llevadas a cabo por su gobierno. Del mismo modo que aquellas otras, algunas también norteamericanas, no vieron problema en hacer negocios con el Régimen Nazi; y del mismo modo que, como vimos en el comienzo de estas líneas, empresarios de diverso ramo se acercan al Estado, y éste consiente tal cercanía y el trato privilegiado que suele ir unido a ella. Para ubicar correctamente las situaciones o los procesos a los que nos estamos refiriendo es necesario ubicar primero el significado de los términos que para tal uso empleamos: "Capitalismo" es, en estricto rigor, un conjunto de costumbres, modos de producción, organización y cálculo económico que lleva implícitas unas normas consensuadas, como son el respeto a la propiedad, a la competencia, y por tanto a la libertad de mercado y al cumplimiento de los contratos. Todas las figuras fantasmales que le adherimos, todo el conjunto de connotaciones que ha ido arrastrando como un imán lo haría con las esquirlas de hierro que se encuentra a su paso, o como un Mr. Potato al que cada uno le va añadiendo los rasgos que le viene en gana, sólo alegan en su defensa la torpe excusa de que "forman parte de la lógica del sistema". 

Esta frecuente confusión en la asignación de culpas, a ideas abstractas en vez de a hechos concretos, la ilustra con acierto uno de los liberales más honestos y respetables con los que yo me he topado, el argentino Alberto Benegas Lynch:

«Las llamadas "liberalizaciones", o "privatizaciones" -que se tradujeron en monopolios que pasaron de ser públicos a privados-, poseyendo los segundos mayores incentivos, han hecho más daño que los primeros (...) Claro, poniéndonos en la piel de los intelectuales de izquierda honestos, cuando ven que, bajo la etiqueta de "liberalismo", están todos esos pseudo-empresarios haciendo tratos con los gobernantes, abusando de los ciudadanos, y beneficiándose de favores de diverso tipo, exenciones fiscales incluidas, es normal que digan: "si esto es el liberalismo, quiero cualquier cosa menos el liberalismo".»

[Es un resumen redactado de manera libre para hacerlo lo más conciso y explicativo posible. Pero soy muy fiel a sus palabras -las que, como mucho, he reordenado-.]

¿No es éste el gran problema de entendimiento, que en algún punto es puramente semántico, sobre el famoso liberalismo "real"? (Curiosamente, los liberales muchas veces identifican el socialismo "real" con el que se llevó a cabo de facto con esa etiqueta, y no con el que puedan plantear los que niegan, exactamente igual que ellos frente al liberalismo actual, que eso fuese socialismo.)

Parecen no salir nunca unos y otros de esta especie de círculo vicioso. El juzgarte a tí según tus ideales y al otro según sus resultados no puede ser la norma, porque tarde o temprano se percatan muchos de que todo ello no es sino una tomadura de pelo. 
Pero el problema adquiere otra naturaleza cuando alguien con más altura de miras pone las cartas sobre la mesa. Se pone entonces fin a ese diálogo de besugos, o al menos se sientan las bases para ir más allá de él. Y para tal propósito se requiere una sencilla fórmula. Ésta es la que usa otro intelectual liberal-libertario que merece todo mi respeto, el gallego Miguel Anxo Bastos, cuando dice: «Debe compararse siempre el socialismo real con el liberalismo real, y el socialismo utópico con el liberalismo utópico». 
Otra cosa está por completo falta de rigor, y fuera de lugar. 
Y haciéndolo es cuando podemos advertir claramente que, incluso quienes hemos sido y somos muy críticos con las ideas liberales, tanto en el plano concreto como en el ideal, salta a la vista que resultan ser las "menos malas".

Pero como son las menos malas -no, por tanto, perfectas- y como seguimos poníendoles unas cuantas pegas, nos siguen llamando la atención algunas omisiones en las mismas. Sin ir más lejos, cuando quienes hablan del capitalismo de manera tan "neutra" y "aséptica" nos presentan al empresario como alguien que "no tiene más remedio, para triunfar, que atender las necesidades de los demás" nos preguntamos inmediatamente: ¿qué ocurre, entonces, con todo aquello de que se nos convence que "necesitamos", cuando hasta hace muy poco no parecíamos hacerlo? Creo verán lícito admitir quienes intentan "vendernos" la imagen anterior que, cuando menos, puede ser algo engañosa. Y de hecho, otros como el chileno Axel Kaiser nos recuerdan la visión de Adam Smith, bastante menos idealizada, y que corrobora esto que digo: 

«El interés de los dealers en cualquier rama del comercio o las manufacturas es siempre distinto e incluso opuesto al del público. Ampliar los mercados es cerrar la competencia siempre en interés del empresario, y cualquier regulación que venga de este orden de hombres vendrá de un orden de hombres que tiene el interés de engañar al público». 
Adam Smith, economista que se
asocia al "liberalismo clásico".
Kaiser tan sólo añade a las palabras de Smith que la condición humana es invariable, pero que al menos, bajo estas normas es como podemos comportarnos lo más "civilizadamente" posible. Y en ese sentido 
-siguiendo tal lógica, no digo que yo lo suscriba- lo único que debiera preocuparnos es que los empresarios, cuales sea, no logren tener influencia sobre quienes hacen las leyes.

Ha quedado claro durante todos estos párrafos, por tanto, que ya no soy de aquellos que andan buscando el origen de todos los males en el capitalismo. Ahora, existe una diferencia entre ver las cosas lo más aséptica y néutramente que se pueda (esta vez sin comillas) y otra querer obviar las realidades que chocan con la idea que queremos presentar, y quizá hasta sin ser uno consciente, "vender" ese evidente sesgo como "pura objetividad", como aún pienso que hacen muy a menudo los liberales, tal como acabamos de ver en la idealización cuestionada por Kaiser y Smith (que constituyen honrosa excepción en este caso). Pero sobra mencionar que lo mismo hará todo aquel que intenta persuadirte de una idea cuando la juzga acertada, lo cual es del todo lícito, pero no desde luego inocente ni carente de artimañas.

Lo que sí debo reconocer es que la acusación de "mercadolatría" que frecuentemente he lanzado contra teóricos liberales y libertarios es algo que mi honestidad me obliga hoy a plantearme desde otra perspectiva. Tras empaparme de los ineludibles argumentos de Hayek sobre los "órdenes extensos", y también de los no menos ineludibles de Von Mises sobre la Acción Humana, empiezo a ver que no hay razón para presuponer que se trate de una "adoración a un ente abstracto y necesariamente benéfico", y que es más lícito entenderlo como mera defensa de esa ACCIÓN HUMANA ESPONTÁNEA, ya sea en el ámbito del Mercado O EN OTROS. 
Rodaje del film clásico ´Star Wars`.

El acierto de Hayek en "la fatal arrogancia" está en hacernos ver claramente esto y desmontar gran parte de las "metáforas que nos piensan" cada vez que nos referimos a tal "ente". El fallo sería el de aludir tan a menudo a esos otros "órdenes extensos análogos" y no especificar nunca de cuales se trata. Yo creo haber identificado algunos de ellos: 
Bien podrían estar los ejemplos que buscamos en la colaboración multi-disciplinar que encontramos en el mundo del cine, el teatro o la música. 
Me explico. Tanto en la actividad empresarial como en la artística se precisa de gran cantidad de individuos ultra-especializados -de reunir "conocimientos dispersos"- que colaboran en la consecución de un mismo fin. De igual manera, pues, que en lo que conocemos como "capitalismo" se dan cita publicistas, empresarios, industrias de infraestructura, contables, banqueros, maquinistas, obreros manuales, etc... en la música se requieren de guitarristas, percusionistas, bajistas, vocalistas, arreglistas, productores, ingenieros de sonido, roadies, de nuevo publicistas, y de nuevo empresarios, en este caso discográficos. Y en el cine y el teatro, tres cuartos de lo mismo, pero de forma aun más diversa y EXTENSA: directores, productores, actores, fotógrafos, camarógrafos, iluminadores, tramoyistas, escenógrafos, encargados de vestuario, distribuidores, proyeccionistas, etc etc...
Los órdenes extensos conjugan multitud de talentos individuales
sin requerir inter-disciplinariedad ni apenas colaboración directa 
entre los mismos. Sólo mediante ellos el individualismo logra
transmutarse en obra cooperativa, o dicho de otro modo, 
en "bien común".

Creo que, en el empeño por alcanzar una visión más completa y objetiva de nuestras sociedades modernas, esta analogía entre "diversos órdenes extensos" resultaría muy pedagógica y ayudaría a quitarnos de encima unas cuantas ideas preconcebidas y del todo infundadas, las cuales no ayudan sino a la incomunicación, a la incomprensión, y a las actitudes irracionales.


martes, 21 de julio de 2015

"La fatal arrogancia".


Fredrik A. Hayek, filósofo y economista. 
Autor de La fatal arrogancia..
Hay una perspectiva desde la que podemos ver al Mercado como un ente amorfo, una maquina movida por el egoísmo ilimitado, una fuerza que lo arrasa todo.. y así, una serie de connotaciones tan larga como dé de sí nuestra imaginación, o nuestro odio a dicho ente.

Hay otra perspectiva desde la que podemos entenderlo como una colaboración espontánea que no para de crecer en extensión y complejidad, y mediante la cual cada vez más individuos acceden a un número cada vez mayor de bienes y oportunidades de negocio.

Mientras que a la segunda se le acusa frecuentemente de ingenua e idealista, a la primera se lo hace de recelosa y retorcida. Quizá ambas acusaciones tienen motivos fundados.

Sea como fuere, lo que hemos venido llamando capitalismo y librecambismo lleva varios siglos de recorrido y de perfeccionamiento. En estos siglos, tanto las restricciones a esa libertad de comercio como las situaciones sociales generadas en torno suyo fueron variadas. Y digo "generadas en torno suyo" y no "a causa de" porque nunca es tan fácil adjudicar responsabilidades como tanto les gusta hacer a todos los moralistas, ya sean "progresistas" o "reaccionarios".

Fredrik A. Hayek impartiendo clase.
En cualquier caso, estos nuevos modos de organización que en su momento acordamos llamar capitalismo supusieron un innegable avance para Europa, y después, para gran parte del Globo. Unidos a la revolución científica y a la industrial, consiguieron elevar el nivel de vida general de la población y permitir una explosión demográfica sin precedentes, la cual aumentó el potencial del proceso en sí mismo, al contar con más mano de obra y más cabezas pensantes (si fue este "reparto de bienestar" más o menos extendido a todas las capas sociales sería un asunto que excedería los límites de estas reflexiones, aparte de, también, los límites de mis propios conocimientos.)


***
Lo que nos aporta Hayek en el texto que da título también a esta entrada es una tesis evolucionista de la cultura, y esto es, sin ninguna duda, la dimensión más valiosa de la obra. Se usa repetidamente el término "tradición", algo que sorprenderá, como me ha sorprendido a mi, a todo aquel que tuviera una imagen del liberalismo esencialmente anti-tradicionalista. Y puede que sí exista tal vertiente, porque existen tantas escuelas autodenominadas liberales, y tan alejadas entre sí en sus postulados, que el mismo vocablo "liberal" empieza a significar más bien poco.

¿Cabe decir, entonces, que el autor austriaco al que le hemos dedicado estos párrafos es un tradicionalista? 

Sería difícil negarlo.

También sería difícil negar que es liberal. 

No parecen ser, pues, términos excluyentes. 

Podríamos decir de él que es un liberal con mentalidad tradicionalista (quizá al modo de Ortega). O podríamos emplear una fórmula opuesta, y que abriría un muy fértil campo para el análisis metapolítico. Así, podriamos afirmar que se trata de un tradicionalista que no coloca un muro de contención entre la tradición antigua y la moderna; cosa que sí hacen la mayoría de los que así se califican, pues parecen decretar finalizada la "época de los tradicionalismos" una vez nacida la Revolución Industrial, como si el mundo capitalista, racionalista e ilustrado no hubiese creado también su tradición propia.

En este sentido, visto desde esta nueva perspectiva, no parece haber razón alguna (razón de peso) para colocar un límite a lo que consideramos o no tradición "legítima". Entendida la tradición en su acepción más amplia -desde luego no en la evoliana-, el mismo papel cumplen las normas morales sobre la jerarquía, la familia, la sexualidad o la urbanidad que las normas más recientes sobre la propiedad privada, los contratos, el ahorro o la inversión.
Otra de las claves, y otra idea que merece toda nuestra atención, sobre la que se insiste durante todo el libro, es el caracter a-racional o meta-racional (esta terminología la añado yo) de toda forma tradicional, es decir, de toda norma que se ha impuesto "por selección cultural" (haciendo una analogía con la selección natural. De nuevo, el término es de mi cosecha). A este respecto, la lucha que se establece entre tradicionalistas y modernos, una vez más, no se distingue en absoluto ya hablemos de tradiciones pre- o post-capitalistas; pues en ambos casos radica en la incomprensión de los modernos sobre los fundamentos de todas esas normas; normas que, al no estar basadas en la razón, sino en algo más complejo y difícil de ubicar, son rechazadas de plano por los que precisamente vienen a entronizar a La Razón con mayúscula.

La mejor síntesis de todo esto nos la da el propio Hayek cuando dice que «en este sentido, cabe considerar a las normas tradicionales "más inteligentes" que nuestra propia razón».

Y he ahí, pues, la fatal arrogancia: 
La arrogancia de considerar nuestra razón más capaz que la acumulación de saberes llevada a cabo por ensayo y error a través de las generaciones, ¡más eficiente que toda esa selección natural! -ya que en cierto momento, quienes crearon formas culturales se jugaron su propia existencia, pues aquellas que junto a ellos perecieron ya no se propagaron.- 

Y de esa arrogancia es de la que se derivan todas las demás: 
La de pretender saber lo que la gente necesita mejor que ellos mismos. 
¡La de todos esos que se alzan en nombre del Pueblo!  
La de pretender organizar la vida social desde fuera de la misma y a golpe de decreto. 
O querer mejorar el mundo mediante la razón de unos cuantos, o hasta la de uno solo. 
¡La fatal arrogancia de orientar la Acción Humana en un sentido o en otro!

Pero es más que eso. Para Hayek, el mero rebelarse contra este "orden espontáneo" es casi comparable a rebelarse contra las leyes de la evolución biológica. Y en realidad sería mucho más grave que eso, puesto que, por mucho que alguien niegue las leyes de la evolución en la Naturaleza, no por ello van a cambiar esas leyes. Sin embargo, cuestionar, condenar las leyes de la "evolución cultural", y finalmente subvertirlas en mayor o menor medida, supondría poner en riesgo las condiciones que han permitido nuestro actual nivel de vida y nuestro actual volumen demográfico.

Y del mismo modo que en la evolución darwiniana no podemos calificar los procesos como justos o injustos, Hayek afirma que «insistir en que todo cambio futuro sea justo equivale a paralizar la evolución», en este caso, la cultural y la económica.

Pero no se equivoquen, que no tiene esto nada que ver con el darwinismo social. Es algo que se deja claro ya en el comienzo de la obra. ¡Son las formas culturales, los modos de organización, quienes viven o mueren, y son seleccionados o descartados, en ningún caso los individuos! (aunque sí pudo ocurrir esto, incluso con frecuencia, en tiempos que ya dejamos hace mucho atrás, como hemos mencionado antes).

Aquí, obviamente, se nos plantearía el problema de averiguar cuales de estas formas de organización que hoy se imponen son producto de la verdadera selección incondicionada, y cuales de la intromisión de entes como el Estado u otros organismos análogos pero de carácter supra-nacional. Probablemente será imposible el acuerdo entre los que ven con mayor recelo todo aquello que parte del modelo capitalista y quienes procuran buscar, ya que su celo es inverso, las formas más "puras" de este gran invento (esto último ya no lo entrecomillo, porque cualquiera reconoce que efectivamente lo fue, empezando por toda la escuela marxista). Podemos adelantar sin temor a equivocarnos que los primeros dificilmente reconocerán algo de "natural" en el sistema que tanto enojo les suscita, mientras que los segundos serán bastante más generosos con la "niña de sus ojos".


***
Pero vamos a analizar, hasta donde podamos, una contradicción aun mayor que podría implicar la tesis del autor austriaco, al menos en un punto muy concreto, pero muy vital.

Hayek corrobora algo en lo que yo también insistí con una vehemencia que creí necesaria en estos tiempos que vivimos de "pensamiento blando": «La diversidad de habilidades personales -que da origen a una división del trabajo cada vez más amplia y articulada- deriva, en un orden extenso, fundamentalmente de la diversidad de formas tradicionales.»


La gran paradoja que deberíamos analizar aquí es la que nos plantea el problema de la aculturación, atribuido hoy, con más o menos razón, precisamente al libre mercado.

Habría que recordar antes que el mayor proceso conocido de aculturación fue el practicado por los viejos imperios coloniales. Y aun previamente, por esa suerte de imperio de la moral, ya se llamara musulmán, católico, o protestante.

Ahora, el error estaría, primeramente, en tomar esas tres etapas como entes separados, cuando forman parte de un continuum, de una ininterrumpida evolución cultural, una vez más. 

El imperialismo practicó su particular forma de aculturación sin que hubiese finalizado todavía la vieja forma del otro imperio, el del monoteísmo. Los curas y monjas viajaban junto a los colonos. Por tanto, ambas formas coexistieron en el tiempo; aunque la proporción entre una y otra fuese variable; y asimismo, debemos tener presente que una era la evolución de la anterior, esto es, que el racionalismo iluminista era heredero, como tantas veces hemos recordado, del monoteísmo en cualquiera de sus versiones.

De igual modo, pues, ese libre mercado (hasta donde fuese realmente libre) fue otra de las imposiciones de los mismos imperios coloniales, de esa misma mentalidad europea e ilustrada.

Por tanto, ¿cómo saber donde acaban las formas impuestas por los imperios europeos (incluido el libre-cambismo, fuese absoluto o no) y donde empiezan los procesos en favor de esa liberalización asumidos por decisión genuína de los gobiernos ya independientes políticamente de la metrópoli? 

¿Hasta donde cabe hablar de imperialismo económico y cultural, y hasta donde de mera influencia de unas culturas sobre otras, e incluso de asunción por parte de algunas de ellas de los modelos de otras en razón del convencimiento sobre su conveniencia y sobre sus beneficios?

Bien compleja es la respuesta a esta pregunta, por no decir imposible. Pero sí será más factible (que no sencillo) si dejamos a un lado lo cultural y nos centramos en lo económico. Si nos centramos en las empresas que, fundadas en época colonial, siguen operando en tal colonia una vez ésta se ha independizado. Aquí, el problema ético es evidente. No se trata de conflictos casi metafísicos e irresolubles como aquel de la influencia cultural. Aquí hablamos de instituciones que deben su existencia al uso del monopolio de la fuerza en un pasado. Por ello, si queremos que el tan celebrado modelo global capitalista -sea lo que diantres sea eso- gane legitimidad, o algo más llano y de trascendencia más inmediata, como es lo que llamamos "buena prensa", cabría contemplar la posibilidad de someter a proceso penal todos esos casos de colonialismo económico que resultan más indiscutibles.

lunes, 29 de septiembre de 2014

"LIBERTARIOS, HISTERISMOS.. LUCES, Y SOMBRAS."




Dos de los foristas con los que debato habitualmente en mi grupo de fb van a celebrar el librito que me he leído esta tarde. Pero también lo van a celebrar sus "enemigos ideológicos", puesto que ahora puedo discutir sus tesis con más conocimiento de causa.

El libelo en cuestión es el "Manifiesto Neo-Libertario" de Edward Konkin III
Diré que, después de leerlo, me siguen llamando la atención ciertas peculiaridades de este pensamiento (anarco-capitalismo). En primer lugar, el reiterado hasta el hartazgo principio de no agresión (NAP) que, cuando te paras a pensarlo, tiene una dimensión bastante ridícula, y a mi, particularmente, me hace recordar aquel hit ochentero del "Can´t touch me"..  Al final, o en el fondo, tiende a cierto histerismo..

 -"¡Me agredes, me agredes!"- Ja, Ja, Ja, Ja!! 

Esto se halla, obviamente, vinculado el otro eje central, que es el individualismo, y del que convendría resaltar algo que dice Alain de Benoist, en lo que yo también aprecio fundamento, y que no será del agrado de los liberales. El pensador de la Nouvelle Ecole llega a la conclusión de que este individualismo tiene una raíz en el concepto de "salvación individual" cristiana. De ahí que el Calvinismo, que hizo especial hincapié sobre esta idea, hiciera tan buenas migas con el Liberalismo.

[Nota: Por lo visto, dentro de esta escuela, los más LOCOS son los randyanos. Se ve que, entre estos últimos, hay un tal Gary Greenberg que defiende dispararle a un niño que intenta robar golosinas. Esto, sea con más o menos dosis de provocación o "enfanterriblismo", evidencia en cualquier modo una sacralización de la propiedad que a menudo deviene patológica.]


Pero no me quedaré sólo en las críticas -justas críticas, según yo lo aprecio- sino que, en mi firme vocación objetivista, debo reconocerle no pocos méritos a este manifiesto. (Quiero huir del papel de "mercenario de las ideas" que sólo busca "desmontar el discurso del enemigo", papel enormemente extendido, pero no por ello menos deshonesto, y del que algún día deberían empezar a avergonzarse tantos y tantos que siguen ejercitándolo sin el menor pudor) Entre esos méritos, pues, cabría destacar una muy certera descripción de los mecanismos de la economía sumergida, y de como se enfrenta, o incluso derrota, al Estado (resulta de especial valor la división entre mercado negro, gris y rojo*) ; y en la misma línea, un acercamiento envidiáblemente claro y conciso a los mecanismos de presión sobre el ente estatal, y a las posibles respuestas y contra-respuestas de los opositores libertarios.

*Según las categorías que establece Konkin, el mercado negro sería el que ya todos conocemos, el gris el que se mueve en la alegalidad y los llamados delitos de cuello blanco, y el rojo se referiría al controlado por mafias, que con gran acierto, las considera "el Estado dentro del mercado negro", ciertamente, un trasunto de este allá donde la ley no llega.

Quizá el valor más imperecedero de este texto es la forma en que sabe transmitir la "esencia del modelo de vida anarquista", y que además, de algún modo se eleva por encima de la división pro o anti-mercado. No sabría explicar como logra tal superación, pero ciertamente lo consigue, a través de imágenes que saben alcanzar los rincones más profundos de nuestra capacidad de abstracción.

Pero volvamos a las críticas, porque en sus conclusiones, el autor nos llega a decir,  que en la sociedad que propugna NO HABRÁ GUERRAS - Y ESTO, UNAS POCAS LÍNEAS ANTES DE NEGAR EL CARACTER UTOPISTA DE SU ALTERNATIVA- (Que no habrá guerras, al no haber ejército, se entiende) Pero claro, primero habría que saber si, en ese supuesto, su modelo se habría implantado sólo en un país o en todos los que le rodean (no creo que haga falta explicar porque) Pero, aunque supongamos que lo está, no sólo en las naciones vecinas, sino en todas las que, por aire, mar o tierra, pudieran atacar a la primera ¿Realmente vamos a creer que, por el hecho de no existir ejércitos estatales, la gente va a dejar de guerrear? Es cierto, sí, que gran parte de las guerras de hoy parten de intereses de los Estados y de "sus amigos", esto es, de la oligocracia. Pero no es menos cierto que las animadversiones y toda clase de conciencias retribucionistas son una constante entre países vecinos, o no vecinos.

...Y que no se me quede en el tintero uno de los argumentos más paradigmáticos de TODO PENSAMIENTO DOGMÁTICO, y que no he podido sino sonreirme al leerlo. Y es que el autor se lanza a predecir que, en una sociedad anarco-capitalista, incluso la estructura jerárquica de las empresas se vería muy mermada, siendo que dicha estructura es una imitación del Estado más que del sector privado ¡La culpa siempre es del Estado! ¡hasta en lo más insospechado! Ja, Ja, Ja!! 
...Cambien ustedes "Estado" por "burguesía", "masonería", "judería", "SATANÁS"... 
¡Y tan sólo cambiando de chivo expiatorio modélico, han cambiado el modelo de pensamiento entero! 

-Como digo siempre, todo ismo tiene un oscuro rincón en que se precipita sin frenos hacia el conspiracionismo.-


*

Quede, para finalizar, mi agradecimiento al autor por citar tan pocas veces a Mises y Hayek, estando tan acostumbrado al abuso que se hace de esos dos autores por parte de sus correligionarios, hasta el extremo de resultar ciertamente cargantes, y preguntarse si no tendrán más autores de los que hacerse eco (lo cual hablaría, en cierto modo, de la "pobreza" de esta escuela, o siendo menos malévolos, de su carácter más bien embrionario.)