Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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viernes, 24 de junio de 2016

"El judío y el burgués: dos expresiones de un mismo chivo expiatorio".

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Las mentiras más peligrosas son aquellas que contienen una porción de verdad, porque es ella la que les otorga el poder de presentarse (y propagarse) como enteras verdades aun siendo parciales.

Existe una distancia enorme entre saber que se oculta algo y saber QUÉ es lo que se oculta. No saber reprimirse ante ese "gran salto" es lo que caracteriza al conspiranoico.

La realidad es un torrente inabarcable de sucesos e interacciones entre individuos y entre grupos. Los intentos por hallar patrones que nos hagan más comprensible ese aparente caos acostumbran a conducirnos por vericuetos extremadamente equívocos.
.....

Teniendo en cuenta estas advertencias, vayamos a los hechos. Intentaremos desplegar un mapa exhaustivo de los posibles factores, así como de las diversas perspectivas implicadas en la llamada “cuestión judía”.

1 – Contexto metapolítico: 

Hoy todo lo referente al Holocausto Judío está legislado y se aplica una muy férrea censura (que no se aplica, sin embargo, a todos los demás genocidios del s. XX). Pocos pueden imaginarse la formidable excusa que ello supone para comprar el paquete completo del revisionismo encargado de glorificar a los nazis. Además, el hecho de que lobbies judíos estén invariablemente detrás de ello constituye a los ojos de muchos "la prueba definitiva".

Es un hecho curioso: conforme la realidad se torna más compleja, a los que siempre andan buscando explicaciones simples les es más fácil encontrar las "pruebas" que necesitan. Basta confirmar que los grupos de presión judíos tienen hoy un enorme poder, así como que este grupo étnico es con diferencia el más exitoso en la banca, la empresa, la cultura y la ciencia, para creer haber "descubierto una conspiración".

Pero la realidad, que siempre cuenta con muchísimas más aristas que cualquier fabulación, nos obliga a reconocer que las verdaderas razones de que esto sea así son muchísimo más complejas y equívocas de lo que alcanza a explicar la tesis de la “gran conjura”.

Por ello la censura sobre la revisión del Holocausto y de la cuestión judía no hace sino proveer de excusas y regalarle armas dialécticas a los neonazis de todo el mundo (que por cierto, uno diría que no paran de crecer; al menos a juzgar por lo que se observa en la red de redes, donde la gente no se corta de confesar a los cuatro vientos sus inclinaciones políticas como sí lo hace cuando no se halla protegida por el anonimato).

Con esa censura seguramente se pretendió evitar que se volvieran a repetir los trágicos episodios de la Alemania Nazi, pero lo que se consiguió fue, muy al contrario, reavivar la llama de la paranoia judeofóbica por todo el mundo.

¿Para cuándo una lacrimógena superproducción hollywodiense sobre los crímenes del comunismo? … ¿Nunca se han preguntado esto?

No sé si muchos han caído en que el nazismo triunfó en un sólo país y se han hecho decenas y decenas de películas o documentales sobre sus horrores. Pero el comunismo lo hizo en muchos más países, duro mucho más tiempo, sus horrores no fueron menores, y sin embargo hay que buscar las obras dedicadas a él con lupa. ¿La explicación? Hollywood está lleno de judíos y de socialistas. Y lo mismo ocurre en el resto de industrias culturales.

Si gustan, pueden tacharme a mí también de judeofóbico, pero lo único que he hecho es una descripción no valorativa. Sobre los motivos de que esta comunidad sea tan predominante hablaremos más tarde (lo de los socialistas tendremos que tratarlo en otra ocasión). El hecho, por otra parte, es indudable: no tienen más que fijarse en los grandes nombres de la cultura en el último siglo. Y si resalto este hecho es justamente porque diseccionarlo resulta de vital importancia para desmontar grandes bulos e ideas tan poco sensatas como las nazis o las judeofóbicas.

2 - Psicológica de la inclinación por las teorías conspirativas:

Yo he leído a autores judeofóbicos, desde los abiertamente hostiles al pueblo hebreo en conjunto hasta los pretendidamente moderados que te venden de inicio una postura no radical y muy matizada. Pero aun en esos casos se aprecia que, si en algún momento se acercaron a la cuestión con desapasionamiento y objetividad, a partir de ciertos “descubrimientos” se dejaron llevar por conclusiones apresuradas y, desde entonces, todo fue filtrado por ese prisma particular que, por la razón que fuese, ya no estaban dispuestos a cambiar. No mantuvieron su mente abierta y su espíritu científico más allá de cierto punto; tenían demasiada prisa por extraer conclusiones, y que éstas fueran además impactantes. En ello tiene algo que ver la recompensa endorfínica que procura el saberse portavoz de oscuros y terribles secretos.

Yo mismo me dejé seducir en parte por la paranoia antisionista. Pero ese fuego fatuo va desinflándose conforme uno es más consciente de las trampas gnoseológicas subyacentes a toda conspiranoia, así como del componente adictivo implicado en el complejo del "iluminado que ha alcanzado a conocer los más oscuros secretos". Buscar explicaciones simples a procesos inmensamente complejos es una tentación muy fuerte, y es muy común caer en ella porque nuestro cerebro busca desesperadamente proveerse de certezas. 

Pero, dicho esto, tampoco podemos omitir que se ha caído en un error análogo por parte de los judeófilos, presentando a los hebreos poco menos que como santos mártires y obviando, al contrario que los otros, todo aquello que los aleje de esa imagen de angelical inocencia y los muestre como lo que realmente son: seres humanos como todos, con sus grandezas y sus miserias. Tampoco ayuda nada, como expuse anteriormente, seguir persiguiendo a los revisionistas del holocausto o de la cuestión judía y seguir manteniendo un doble rasero sobre los genocidios y sobre los totalitarismos, según los practicasen unos regímenes u otros. Como tampoco ayuda pretender blanquear y relativizar la posición actual de la comunidad hebrea. No admitir que, desde hace por lo menos un siglo, una parte del pueblo judío se ha convertido en una suerte de élite intelectual y económica en Occidente es querer tapar el Sol con un dedo. Es comprensible que los neonazis y los judeófobos en general se partan de risa y, de paso, se reafirmen en sus convicciones cuando oyen a tanta gente negar lo que es, en el mejor de los casos, un secreto a voces.


3 - Judeofobia como una de las expresiones del anticapitalismo:

Las dos cosas acaban estando inevitablemente relacionadas entre sí, y ambas lo están a su vez a la “filosofía de la sospecha”, esa locura de la razón que consiste en otorgarle mayor importancia a lo que podría ser que a lo que sabemos positivamente que es. Una clave muy importante la dio Marx en su ensayo breve pero revelador sobre la cuestión que nos atañe: el judío se identifica con el burgués. Y tirando de ese hilo, uno se acaba percatando de hasta qué punto son análogos. Tanto el judío como el burgués son durante mucho tiempo despreciados, cuando no perseguidos; y las trabas con que constantemente se topan les obligan a desarrollar mayor talento para la supervivencia o, dicho de otro modo, a agudizar su ingenio.
«Las minorías nacionales o religiosas que se oponen como “sojuzgadas” a otro grupo “dominador” suelen verse impulsadas de un modo especialmente intenso hacia la carrera económica debido a su voluntaria o involuntaria exclusión de los puestos políticos influyentes.» (1)
A las iniciales reservas moralistas se unen, pues, los sentimientos de envidia una vez se les ve triunfar. 

La única diferencia entre usar de chivo expiatorio a la burguesía o a la judería es que, hoy por hoy, resulta mucho más tolerable el odio hacia una clase social que hacia una etnia, raza o grupo religioso. Si los nazis no hubieran llegado al poder y su persecución de los judíos no se hubiera convertido en el paradigma de la maldad, hoy gran parte de la izquierda no tendría problema en mostrarse abiertamente judeofóbica. Claro que algo similar le podría ocurrir a la derecha, siendo que los judíos no sólo se hayan sobrerepresentados en la banca y la empresa, sino también en la intelectualidad y vanguardia revolucionaria, especialmente de corte marxista. Eso es justamente lo que ha llevado a gran parte de la Tercera Posición, como síntesis que es del pensamiento izquierdista y derechista, a construir un aparatoso relato donde la judería, en secreto, creó tanto el capitalismo como el comunismo en una inconcebiblemente ambiciosa estrategia para subyugar a los gentiles y reinar sobre ellos. Por supuesto, esta llamativa explicación les seduce más que aquella que, por más simple, es más plausible: que los judíos tendieron a especializarse en la acumulación e inversión de capital por un lado, y en las labores intelectuales por otro, y de ahí que, tal como expliqué antes, partieran con esa ventaja cuando se produjo la emancipación e igualación en derechos con los gentiles. Si resultaba que había, como resultado de las trabas culturales y legales del pasado, muchos más judíos que gentiles dedicándose a esas tareas desde hacía siglos, era de esperar que siguieran siendo predominantes en ellas por mucho tiempo.

Por ello no debemos comprar el engañoso relato que nos presenta la persecución de los judíos en Alemania como de una naturaleza por completo distinta a la de los burgueses en Rusia. También a los judíos en Alemania se les percibía como una élite; y en parte lo eran: una élite intelectual, bancaria e industrial. El resentimiento hacia el que tiene más se unía aquí a la sospecha de que todos los puestos influyentes estaban siendo copados por un grupo étnico-religioso “extraño” a Alemania.



4 - Factores históricos y socio-culturales:

La identificación que existe entre el judío y el burgués, y la razón principal por la que históricamente han sufrido el rechazo de la mayoría se halla condensada en esta cita de ´El Capital`:
«Junto a los productores independientes, que ejercen su oficio de artesanos o labran la tierra en las formas tradicionales y a la manera patriarcal, aparecen, chupando parasitariamente sus energías, el usurero o el comerciante.» (2)
Esa perspectiva nos ayuda a acercarnos al conflicto con cierta humildad y nos previene de lanzar juicios y condenas categóricas hacia unos y hacia otros. Las explicaciones más habituales de este conflicto que recorre siglos y siglos de historia caen por lo general en ese error, tanto las que se inclinan del lado de los judíos como las que se inclinan del lado de los gentiles. Lo más fácil es dar por hecho que toda la culpa viene de un lado: que los gentiles han adoptado actitudes intolerantes, irracionales y criminales respecto a los judíos sin que mediara provocación por la otra parte; o desde el relato contrario, que los judíos se han dedicado en todos los territorios por los que han pasado a explotar sus recursos y llevarse las ganancias a otra parte, o bien a estafar de diversos modos a sus gentes, puesto que es algo que encaja con la mentalidad de un pueblo nómada. En ambos casos, no nos cuesta gran esfuerzo establecer víctimas y victimarios. Pero tampoco dicto yo sentencia contra estos análisis: es comprensible que la gente intente buscar respuestas, y lo es también que no alcancen a ver simultáneamente las dos perspectivas. Como dijimos al comienzo, las medias verdades son mucho más convincentes que las mentiras, y sus trampas mucho más difíciles de descubrir. 

Pero si logramos desarrollar esa empatía y esa humildad que intentaba transmitirles, y que considero requisito imprescindible para entender el problema que nos ocupa, lo que veremos en este conflicto será simplemente grupos humanos cuyos valores y costumbres, por la razón que sea, chocan entre sí. En este sentido ya no importa tanto la peculiaridad irrepetible del Pueblo Hebreo, pues estos choques entre valores y costumbres de diversa procedencia se dan entre muchos otros grupos.

La peculiaridad se muestra sobre todo en el desarrollo específico de las relaciones entre judíos y cristianos en Europa. A grandes rasgos diríamos que la comunidad judía se hizo fuerte durante su persecución. El fin de la misma (o, al menos, la emancipación y la igualdad ante la ley) dio como resultado que quedaran en una posición de ventaja frente a los cristianos. Los hebreos se habían visto obligados a espabilarse (para conservar su riqueza, para desarrollar actividades con mala prensa, o para sobrevivir en un entorno hostil) de un modo al que no se habían visto obligados los cristianos. Estos últimos eran los responsables indirectos de haberles creado esa ventaja. Pero por aquel entonces no se percibía así: sencillamente les veían como una amenaza.

El persistente rencor hacia los judíos entronca con el persistente rencor hacia los ricos, los empresarios y las élites en general. Salvando las distancias, la razón del éxito de la comunidad judía es similar a la razón del éxito de la burguesía. Como también dijo Marx en su ensayo sobre la cuestión judía, «el judaísmo secular ha engendrado al burgués y la sociedad burguesa ha engendrado al judío secular» (3)

Al comerciante, al emprendedor y al que va por libre siempre se le ha mirado con sospecha; y él habitualmente se ha hecho más fuerte ante la adversidad y ha triunfado sobre aquellos que estaban más pendientes de envidiar el éxito ajeno que de perseguir el suyo propio. ¿No sería, pues, más útil hallar las razones del éxito de ciertos grupos, y aprender de ellas, en vez de envidiarlos y culparlos por haberlo conseguido?

5 - Factores étnicos y religiosos:

Ya dije que los factores son muchos; y no podemos olvidarnos de estos dos. No obstante, la lista siempre se nos quedará incompleta: es del todo imposible tener en cuenta todas las posibles causas que hayan podido ser relevantes en este conflicto, que es no sólo étnico y religioso, sino también socio-económico.
«El judaísmo se ubicó del lado del capitalismo “aventurero” de orientación política o especulativa; su ethos fue, en una palabra, el del capitalismo paria. El puritanismo, por su parte, sostuvo el ethos de la empresa racional burguesa y de la organización racional del trabajo. Tomó de la ética judía sólo lo que se ajustaba a este marco.» (1)
Este pasaje de la obra más conocida de Weber ya nos pone en la pista de las peculiaridades de la religión judía que sirvieron de fermento al surgimiento del capitalismo.

A nivel religioso, parece claro que el Judaísmo tiene una vocación más pragmática que el Cristianismo, lo que guarda relación con su enfoque menos centrado en el espíritu y más en la materia. Las implicaciones de esto en el desarrollo histórico de ambas comunidades son, si no determinantes, sí al menos de cierta trascendencia. Por otra parte, el precepto bíblico de prestar con interés sólo al gentil nos revela no sólo la distancia que se establece de inicio entre la Tribu de Judá y el resto de tribus sino también algunas de las causas que motivaron la animadversión de los gentiles en tantos momentos y lugares donde los caminos de ambos se cruzaron.
«El hombre se escinde del mundo. El mundo ya no es santo, ya no está encantado. Su única finalidad es ser dominado con trabajo y sufrimiento porque Dios lo manda. (…) La ciudad, Ur, queda condenada. El hombre hebreo, por tanto, flota sin vínculos que lo unan a una tierra, a un mundo sagrado, ni a una comunidad, a una forma de organización civil.» (4)
Por un lado el carácter nómada del Pueblo Hebreo y su largo historial de expulsiones, y por otro las trabas o abierta prohibición a poseer tierras u ocupar cargos políticos, incentiva su preferencia por las formas de riqueza fácilmente transportables (el oro, las joyas); lo cual viene a reforzar u otorgar mayor funcionalidad a esa inclinación por lo material que distingue a su religión de la cristiana.

Sobre los factores étnicos se ha especulado mucho, pero si algo parece innegable es que no existe una única etnia judía. Las comunidades hebreas a lo largo del mundo muestran fisonomías que van desde la típicamente africana a la típicamente centro-europea o eslava, pasando, claro está, por la más propiamente semítica. Sobre este asunto no merece la pena extenderse, pues resulta bastante obvio a cualquiera que lo juzgue con una mínima objetividad que no existe tal cosa como una “raza hebrea”.

No obstante, también resulta innegable que, aun con todos los cruces de genes que se dieron entre judíos y gentiles, ambas comunidades permanecieron segregadas durante siglos y las actividades a las que tradicionalmente se dedicaron una y otra presentan clarísimas tendencias divergentes. Ello nos puede llevar a elucubrar que ciertas aptitudes quizá fueron potenciadas como resultado de una selección natural operada en el seno de ciertos grupos. Se han hecho varios estudios que apuntan a un mayor cociente intelectual entre los judíos askenazis que entre el resto de europeos (lo cual no es necesariamente sinónimo de mayor inteligencia en general, pues hay muchas formas de medirla y ninguna es del todo exhaustiva). A esto se refiere David Duke (5) en su interesante pero sesgada obra ´Supremacismo judío`. Las labores predominantemente intelectuales (aceptemos el término por convención, dado que el intelecto no sólo atañe a las letras y los números) a que se dedicó gran parte de la comunidad judía pudo favorecer el que sobreviviesen y se reprodujesen mejor aquellos que tuvieron más éxito precisamente en esas áreas; lo cual podría –y digo “podría”- haber operado como selección darwinista de los más aptos para este tipo de actividades; y por tanto vendría a sumarse a los factores implicados en esa sobrerepresentación de los judíos en el terreno de la ciencia, la banca o la cultura que hoy resulta tan llamativa.

Como vemos, la genealogía de la judeofobia (y de la gentil-fobia) no es una tarea tan sencilla como se pretende a menudo; y para nada puede afirmarse, como muchas veces se hace con la mejor intención, que el pueblo judío no tenga nada de especial y que el odio hacia ellos no tenga más motivo que una virulencia instintiva o un condicionamiento cultural. No: si de verdad nos interesa combatir ese odio, debemos ser honestos y reconocer las peculiaridades que han hecho a este pueblo único en la historia, y que les ha colocado en el ojo de todos los huracanes.
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Referencias:

(1) Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo.
(2) Karl Marx, El Capital, Tomo I.
(3) Karl Marx, La cuestión judía.
(4) José Javier Esparza, Curso general de disidencia.
(5) David Duke, Supremacismo judío.

lunes, 5 de octubre de 2015

"El enemigo de TODOS."

El Papa Francisco y el dictador Raúl Castro
coinciden en su recelo hacia el sistema capitalista.
El capitalismo es el hombre de paja perfecto, la mejor diana contra la que lanzar nuestros dardos de rabia inconcreta, nuestra indignación contra todo y contra nada.

Muchas veces nos pareció que ese pelele era hoy, más que ningún otro, el fascismo. Sólo que incluso el fascismo, olvidado el rigor politológico, no sería igual de odiado por gran parte de la gente si no fuese por el estrecho vínculo que desde ciertos idearios se le supone, precisamente, con el capitalismo. Borren ustedes esa vinculación (esté más o menos fundada), y el primer puesto de los inventos humanos más odiados pasa en un santiamén a manos de este último.

El capitalismo es ese pelele, esa diana perfecta, por una razón principal. Y es que se le han ido añadiendo con el tiempo tantas connotaciones, se le han ido vinculando tantas realidades en mayor o menor medida ajenas, que a casi cualquier cosa en la qué podamos pensar como algo que nos disgusta se le puede hallar una relación, real o mítica, con este, en principio, mero sistema de producción e intercambio. No hablemos ya del fascismo. Hablemos del imperialismo, el esclavismo, el racismo, el autoritarismo, la política exterior de EEUU, la destrucción del ecosistema... 

El nacional-socialismo, así como el resto de movimientos
fascistas, también comparten enemigo con los socialistas.
¡El capitalismo mató a la madre de Bambi!

Puestos en esta coyuntura, y en un mundo donde los aludidos procesos, por más que se los mire con recelo, se han expandido por todo el Globo, podemos percatarnos de las trampas que nos juega nuestra mente (trampas que hacen más efectivas la propaganda de cientos y cientos de insatisfechos y resentidos crónicos). ¿Cuántas de nuestras quejas, muchas veces legítimas, contra este sistema económico no son, si las analizamos más rigurosamente, contra realidades ajenas por completo a dicho sistema? A mi, por ejemplo, siempre me preocupó especialmente que las lógicas mercantiles se extendiesen a muchos otros ámbitos. Hoy me doy cuenta, sin embargo, de que culpar de ello al capitalismo es como culpar a la antropología de que existan los odios raciales. Antes nos referimos también al imperialismo. ¿Por qué tantos vinculan uno y otro fenómeno, cuando para que el capitalismo sea tal se requiere justamente de la independencia de los actores? Incluso se puede afirmar, desde cierta perspectiva, que imperialismo y capitalismo son, por principio, opuestos. 

Einstein, como tantos otros, hubiera hecho bien en
limitarse a opinar sobre aquello que realmente entendía.
También dijimos antes que éste es un sistema económico que, aún odiado, o, cuando menos, visto con amplias reservas, se ha extendido por todo el mundo (habría que preguntarse asimismo el por qué). Y es el hecho de estar tan imbricado en nuestras vidas lo que explica, al menos parcialmente, la razón por la que encontramos a menudo tan convenientes pretextos para adjudicarle la causa de todos los males. 

Si hay empresarios que untan a los políticos, esto es una consecuencia del capitalismo. Si hay empresas que se saltan las normativas y abusan de los trabajadores o del medio ambiente, esto es una consecuencia directa del capitalismo. Si hay corrupción política vinculada asimismo a empresas puntuales, esto es de nuevo un efecto del sistema capitalista. Lo mismo cuando hablamos de caciquismo, de golpes militares de derechas, de guerras por petroleo, o de la sucia guerra contra la droga. Sin embargo, mucho antes de la generalización de este sistema de producción e intercambio, ya había corrupción política, ya había caciques, ya había tiranos, ya había cruzadas contra esto y contra aquello, así como gentes que abusaban de sus semejantes o del entorno natural. Del mismo modo, en los sistemas socialistas se han dado la mayoría, si no la totalidad, de los males descritos; y en lo que a los más graves se refiere, puede afirmarse que se han dado incluso en mayor medida (pensemos, sin ir más lejos, en la guerra y el imperialismo, sin olvidar los desastres ecológicos).

Y son justo aquellos dos los que se vuelven necesariamente menos frecuentes cuanta más actividad comercial exista entre los pueblos. No digo, como algunos liberales un tanto candorosos afirman, que "dos países que comercian nunca guerrean". Por supuesto que el comercio no garantiza tal cosa. Pero sí puede demostrarse, tanto lógica como empíricamente, que a mayor y más extendido intercambio pacífico de bienes y servicios entre las naciones, menor es la posibilidad de que algunos de estos países invadan o declaren la guerra a otros.
*
¿Capitalismo salvaje? ¿Competencia inhumana? ¿Mercado sin control? 
Fíjense hasta qué punto el lenguaje distorsiona, ¡traiciona la realidad!
¿Acaso no eran más salvajes, con toda propiedad, los métodos que se usaban 
anteriormente para el enriquecimiento? (A saber: la conquista, la confiscación, el expolio). 
¡Y qué decir de la competencia! ¡¿Pero es qué existe una forma más humana y civilizada 
de competir que aquella en la que uno sólo cuenta con su inventiva y su sagacidad 
para los negocios, y en donde nada va a conseguir por la fuerza bruta?! ... 
"Mercado sin control": Esto dicen quienes quisieran someterlo 
a un mucho mayor control; pero bajo ningún concepto se puede decir 
que carezca del mismo. El mercado está sometido, ya no al control de los 
diversos gobiernos (mucho mayor del que comúnmente se nos dice), 
sino al control constante y riguroso del resto de actores que 
en él desarrollan su actividad. Si usted decide inflar de repente los precios 
o bajar los salarios que paga a sus trabajadores, a no ser que goce de un 
monopolio otorgado por el estado, tanto sus compradores 
como sus trabajadores se marcharán 
de inmediato a la competencia.
*

miércoles, 5 de agosto de 2015

"EL MIEDO A LA LIBERTAD" (II)

El capitalismo "salvaje"
O de cómo superé el último anatema, y eso me liberó de insalvables conflictos y contradicciones.

Creí que el gran tabú de esta sociedad era la desigualdad de sexos, de culturas, de razas....
Creí luego que lo que más asustaba al biempensante medio era la llamada "cuestión judía"...
También creí que la "última frontera" de lo aceptable era negar el materialismo, cuestionar la infalibilidad de la ciencia y abrazar los mundos del espíritu, lo sobrenatural y lo eterno.
Pero no, todos esos eran tabúes menores; todos eran, al final, más digeribles para el conjunto de nuestros coetáneos que el GRAN TABÚ, EL GRAN MOLOC QUE A TODOS ASUSTA, Y DEL QUE TODOS RECELAN, POCO MÁS O MENOS, POR IGUAL.

.... ¡SÍ! Es en el que todos están pensando: ¡EL CAPITAL! ¡LA CODICIA! ¡LOS EXPLOTADORES DEL TRABAJADOR! ¡LA BANCA! ¡EL PERVERSO... PERVERSO LIBREMERCADO!

Y en este punto, me toca sincerarme con ustedes. Creo que una confesión de las trabas que puse a mi propio razonar antes de reconocer que eran en efecto trabas, más que lícitas críticas, puede ser de utilidad a muchos que se hayan encontrado ante el mismo conflicto, en el fondo, puramente filosófico. 

Es un problema filosófico porque, al final, de lo que hablamos no es de si la restricción al mercado es buena o mala, sino de si es legítimo o ilegítimo el cuestionamiento de las elecciones individuales que acaban traduciéndose en grandes tendencias sociales, siempre que éstas no sean condicionadas o dirigidas por un rey, un señor feudal o un cacique. Es indiferente que nos gusten más o menos estas nuevas costumbres que se han generalizado, pues mientras respondan a la persecución del bienestar de tantos y tantos individuos a lo largo del mundo, nosotros podemos rasgarnos las vestiduras, clamar contra la inmoralidad del beneficio a cualquier precio -que no es "a cualquier precio", primer sesgo erróneo-, ¡nosotros podemos decir misa!, que todos ellos ya han decidido por sí mismos, y no por un capricho, sino porque los resultados obtenidos les han corroborado que habían escogido la senda correcta.

Pues así es. Paradójicamente, aquella apología que resulta ser el anatema de los anatemas es la que compete al sistema de organización económico-social que a todos nosotros, anatemizadores, nos sostiene y nos mantiene con un nivel de vida bastante aceptable (no quepa duda de que mucho más aceptable que si lo cambiáramos de repente por cualquier otro: feudalismo, mutualismo, socialismo, imperialismo.)

Se dirá que no es éste el máximo tabú porque existen muchos más apologistas del libremercado que disidentes del pensamiento progresista o revisionistas de la cuestión judía. Lo cierto es que no. Lo sería si incluimos entre los defensores del capitalismo "salvaje" -connotación maliciosa por excelencia- a aquellos que concurren a elecciones calificándose de "liberales". Pero la verdad es que muchos de ellos, por no decir todos, de "defensores del libremercado" sólo tienen el nombre; pues las políticas que practican cuando han alcanzado el poder únicamente son calificadas de "liberales" por todos aquellos que abjuran del liberalismo, pero jamás por los filósofos y economistas que realmente defienden en coherencia tales ideas. Llamar liberalización del mercado a regalar empresas públicas a sus amigotes en régimen de monopolio u oligopolio, como digo, sólo puede calificarse de favorable al libremercado por quién ni sabe lo que esto es, ni sabe en absoluto lo que defiende la ideología liberal.

Y no se equivoquen, yo soy el primer crítico del consumismo, del individualismo atomista, del relativismo, de la adoración de cualquiera de los totems modernos, y de la imposición de modelos occidentales disfrazados de "universalidad". Pero de lo que ya no soy enemigo, desde luego, es del capitalismo como tal (sin añadidos convenientes ni connotaciones arbitrarias de las que tanto abundan). Ya que, una vez entendido el concepto desnudo, liberado de todas esas "figuras fantasmales" que le han ido adhiriendo unos y otros, yo también me uno a los que hace tiempo se vienen haciendo las siguientes preguntas:

¿Por qué nos suscita tanta suspicacia, tanta inquietud, un sistema basado en el intercambio y los contratos voluntarios? ¿Por qué le adherimos tantas de esas connotaciones, y tan imaginativas (por momentos, delirantes) cuando todo lo que suponga imposición -y todo lo que no lo sea no es legítimo criticarlo-, por propia definición no puede tener origen en el capitalismo como tal?

La competencia "inhumana". El mercado "sin control".
Este problema ha sido estudiado largamente por intelectuales como Huerta de Soto, Hayek, Von Mises, o Escohotado. Ellos apuntan a varios motivos, a cada cual más curioso. Por un lado, está el hecho de que los modos de organización basados en el ahorro y el intercambio no dejan ver todos los complejos mecanismos con los que funcionan y nunca pueden ser reducidos a fórmulas racionales-matemáticas, con lo que, aquellos empeñados en explicarlo todo mediante la razón pura se desesperan y buscan causas y efectos, responsables y víctimas, al precio que sea. Son justo los intelectuales 
-¡mucho más que los supuestos "explotados"!- quienes especialmente han fomentado esa desconfianza y esos juicios morales sobre "el capital"; y en ello tiene mucho que ver el hecho de dedicarse a las labores que se dedican, pues ven frecuentemente como personas con mucho menos nivel académico o cultural hacen fortunas con actividades "muy poco honorables", tales como una nueva forma de vender utensilios de cocina o de hacer la vida más cómoda al transportista, al fontanero o al conserje de nuestro portal. Pero el intelectual, que sí se dedica a tareas "nobles y de altura", no concibe que él perciba tan pocos ingresos mientras ese "paleto con una ocurrencia" se haya forrado de una sola vez, aunque nunca más vuelva a tener otra idea de valor en su vida. Nuestro entendimiento, además, tampoco acaba de asumir el hecho, aun siendo evidente, de que esa "avaricia y competencia descarnada" es la que posibilita que tengamos el mejor acceso posible a los mejores bienes posibles (aunque nada es tan perfecto. No hay que olvidar las artimañas publicitarias destinadas a hacernos desear infinidad de cosas de las que antes ni teníamos noticia, lo que es el pan de cada día en un "régimen de mercado".) En cualquier caso, habida cuenta de esas "fallas del sistema", ningún otro podría haber logrado que tuviéramos tan buen acceso a tan deseables bienes como lo tenemos hoy día. Sin embargo, todos esos intelectuales, críticos, condenadores, e insatisfechos crónicos únicamente centran su mirada en los presupuestos "egoistas, descarnados e inhumanos" pero nunca en los resultados que dan esos mismos presupuestos, sean más o menos "humanos". Y de la humanidad de los resultados (SUBRAYEN BIEN ESTO) sólo se puede dudar cuando no se contraponen debidamente con los resultados arrojados por el modelo anterior, o con los modelos alternativos y contemporaneos.

Nuestras persistentes e innumerables reservas con un modelo que, indudablemente, nos ha beneficiado mucho más de lo que nos ha perjudicado, y en el que seguimos mal que bien inmersos (aunque le pongamos freno aquí y allá con unas cuantas restricciones) se explica por un choque cognitivo entre nuestra percepción ancestral, incluso evolutiva -que requería circunscribirse al pequeño grupo, al clan, en orden a sobrevivir-, y la percepción que nos exige el mundo moderno, globalizado, donde los presupuestos y los razonamientos que servían para explicar el ORDEN RESTRINGIDO -el del clan o el poblado-, ya no sirven para los ÓRDENES EXTENSOS e hiper-complejizados que hemos desarrollado en los últimos siglos.

La teoría de la explotación, una falacia que ha dado pretexto
a todas las revoluciones marxistas. El valor no procede
del trabajo, sino de lo que el público esté dispuesto a pagar.
Si todo el mundo dejara de fumar, ¿qué valor  creen ustedes
que tendrían los cigarrillos, los puros y las pipas?
La solidaridad del clan era exigencia de nuestro modo de vida ancestral. Estos instintos, pues, estas respuestas emocionales que sentimos frente al interés monetario, la competencia y la propiedad privada son completamente naturales -otra cosa es que sean favorables en nuestro actual contexto-. 
La velocidad con la que ha cambiado el mundo nos asusta; y la eficiencia con la que los procesos de mercado se han extendido por ese mismo mundo, haciendo de él algo mucho más complejo, y por ello, difícil de analizar en orden a extraer conclusiones, nos asusta todavía más. 

Porque si a nuestro instinto atávico de clan le cuesta muchísimo adaptarse a estas nuevas realidades, a nuestro instinto moderno racionalista no le resulta menos arduo el aceptar que esa razón que, hasta hace poco, debía ser capaz de explicar prácticamente todo, no se basta para explicar, y sobre todo, PARA JUSTIFICAR -éste es el gran escollo- el orden de mercado. Pero no de modo distinto a como tampoco se basta para explicar y justificar el orden en que se han basado para su construcción los idiomas, las formas culturales y las innovaciones e invenciones de todo tipo. No se pueden reducir a fórmulas matemáticas ni a teoremas como los de la física todas aquellas realidades que evolucionan por la acción de incontables individuos, empleando cada uno sus conocimientos particulares a los que nadie más tiene acceso, y colaborando entre ellos, incluso SIN SABERLO, a dar a luz nuevos modos de inter-relación, de colaboración, de intercambio, de organización espontánea.

En efecto, por más que me costara reconocerlo (es tremendo tabú el del beneficio y la privacidad), no hay realmente un problema de mercadolatría, como creí en su momento. El único problema es la ESTATOLATRÍA. Porque es el Estado la gran abstracción, la verdadera imposición arbitraria que actúa también arbitraria y torpemente. Por el contrario, el mercado no es más que la acción humana libre y espontánea. Y por ello es tan ridículo querer "enmendar sus errores" como lo sería pretender dirigir o planificar centralizadamente la evolución de la lengua, la cultura, el arte o la tecnología.

La gran pregunta entonces es: ¿por qué la creatividad humana suele respetarse, y hasta venerarse, siempre que no sea en el ámbito de la empresarialidad? Porque para más inri, resulta ser ésta una de las clases de creatividad que necesariamente crean consigo oportunidades para otras personas. Visto desde esa perspectiva, no podría ser más contraproducente la actitud que mantenemos tan a menudo frente al empresario.

A ésta pregunta hay que añadir dos razonamientos básicos para completar nuestro replanteamiento del "problema del mercado". Y en ellos, ningún papel tienen los juicios morales, tan sólo la más pura y fría lógica. Tras digerirlos, les advierto que es probable que se abra un nuevo mundo ante sus recelosos ojos. (Los conceptos transforman la realidad. Las metáforas piensan por nosotros.)

El primero es aquel al que hice alusión antes: Todo cuanto suponga imposición es legítimo criticarlo, todo cuanto sea voluntario ya lo es bastante menos. Pero por propia definición, todo lo que no sea voluntario no puede tener origen en el capitalismo como tal, pues éste se basa justamente en contratos entre ciudadanos libres (además de en el ahorro, la inversión, la competencia y el cálculo económico). Por lo tanto, sólo nos quedan dos opciones: o buscamos un nuevo significante para contener lo que clásicamente se aceptó como significado de "capitalismo", o aceptamos que la definición era correcta pero nosotros nos empeñamos en "adornar" el concepto con algunas que otras imaginativas y recelosas connotaciones.

El segundo vendría a plantear también algo muy sencillo: Cuando se piensa que la economia, la riqueza, es una constante, es normal que se llegue a la conclusión de que "la tarta debe repartirse mejor". Por el contrario, si se piensa que la economía, la riqueza, es algo que crece, parecerá lo más lógico el fomentar que siga creciendo. 

Estas tres coordenadas conforman una nueva perspectiva sobre las realidades que tanta sospecha y desconfianza motivan, y quizá ayuden a caminar hacia una cierta objetividad (una completa sería imposible), librándonos al mismo tiempo de unas cuantas subjetividades que, aun sin tener razón de ser, han estado impidiendo que podamos enfocar correctamente los problemas a los que se enfrentan nuestras sociedades modernas.

miércoles, 29 de julio de 2015

"La acción humana".

¿Quienes han estafado realmente a los ciudadanos,
"los mercados" o los propios gobernantes griegos?
¿Y no es justamente porque hay cierta democracia que se 
puede responsabilizar también en parte a los ciudadanos?
El siempre conveniente
enemigo lejano: la banca,
 la judería, el comunismo...
internacional.

Hay un consenso creciente sobre que los gobiernos están sometidos al poder financiero. En el mejor de los casos es una verdad a medias. Pero lo más reseñable radica en ser una muy conveniente desde cierto punto de vista; desde el particular prisma de quienes ansían mayor control sobre nuestras vidas.

Tal relato a menudo presenta al político como un elemento pasivo, casi como si estuviese atado de pies y manos. Esto es una imagen por completo engañosa, y como hemos dicho, sospechosamente conveniente. Todos los indicios apuntan en otra dirección: Nuestros gobernantes actúan del modo en que actúan porque están igual de interesados en medrar que sus "allegados" en las altas finanzas, la industria o los medios. 

Una vez constatado eso, la diatriba suele estar entre pensar que quienes marcan el rumbo son los bancos o que, por el contrario, son los políticos. Lo que ocurre en realidad se acercaría más a una alianza donde ambas partes, como digo, tienen mucho que ofrecer y mucho que ganar. 

Otra cosa que se debería aclarar es que no pueden ser nunca TODOS los banqueros, industriales, etc. quienes tienen el control en TODOS los paises. Resultaría ciertamente estúpido que unos tipos que tienen privilegios monopolísticos, fiscales o de otra clase, decidiesen compartir esas ventajas COMPETITIVAS precisamente con sus COMPETIDORES.

«Una misma disposición cabe favorezca a unos y perjudique a otros. (...) Pueden, desde luego, los privilegios que el Estado otorga favorecer los intereses de específicas empresas y establecimientos. Ahora bien, si tales privilegios se conceden igualmente a todas las demás instalaciones, entonces cada empresario pierde, por un lado (...) lo mismo que, por el otro, puede ganar. El mezquino interés personal tal vez induzca a determinados sujetos a reclamar protección para sus propias industrias. Pero lo que indudablemente tales personas nunca harán es pedir privilegios para todas las empresas, a no ser que esperen verse favorecidos en mayor grado que los demás.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)


Creo que hay una cosa que debería empezar a quedarnos clara. Y es que, mientras apostemos por darle más poder al Estado, o tan sólo por mantener el que ya tiene, podrá privilegiar a unos o a otros, pero no podremos nunca escapar a esa fatal diatriba; no podremos nunca ofrecer al ciudadano más posibilidad de elección que la existente entre males de distinta clase; ni tan siquiera males mayores o menores: el baremo será cualitativo, pero difícilmente cuantitativo.

Ahí es cuando se nos revela, al menos para algunos, la naturaleza intrínsecamente perversa de intentar orientar la acción humana en un sentido o en otro. Debiéramos hacernos la pregunta que entraña el verdadero núcleo de todos estos conflictos éticos que tanto se resisten a resolverse, o a lograr un consenso general: 

¿Puede ser la libertad, por sí misma, culpable de algo?
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La máxima expresión de aquella fatal arrogancia de buscar orientar la acción humana, no cabe duda, la encarnaron el totalitarismo soviético y el totalitarismo nacional-socialista.
Y por más que los historiadores e intelectuales de izquierda se empeñen en vincular el segundo de estos regímenes "al capital", o incluso los más lanzados de ellos hablen del nazismo como de "una estrategia desesperada" del mismo -como si éste fuese un ente con personalidad propia que toma unilateralmente decisiones-, lo cierto es que todo cuanto podemos decir es que algunas empresas, incluso importantes, llegaron a acuerdos con el gobierno nazi. Pero constituiría monumental falacia responsabilizar a un sistema, económico o político, de lo que decidan hacer unos cuantos de los actores que intervienen en, o se atienen a, tal sistema.

Una vez mostrada la conveniencia de esa tergiversación, podemos volver a centrarnos en todo aquello que de común tenían las dos cosmovisiones -siempre mucho más de lo que estarán dispuestos a reconocer sus respectivos herederos-. Lo que sabemos bien es que, tanto una como otra, se declaraban enemigas del modelo liberal, lo que venía a significar, en realidad, que eran enemigos declarados de la sensatez, de la racionalidad, de la historia, del progreso humano, y de la civilización (de esa misma gloriosa civilización europea que, al menos uno de ellos, venía a "salvar").

Parejos impulsos negadores y destructores, de parejas raíces plebeyas, fueron los manifestados por estos nuevos bárbaros de Occidente. La barbarie mostrada no podía ser otra cosa que plebeya, pues se instituyó en poderoso vehículo de las más bajas pasiones surgidas de los más bajos estratos de la sociedad, tanto en el sentido económico como en el cultural o intelectual.

Y por mucho que los nazis dijeran reivindicar lo aristocrático y tradicional, y algunos de ellos hasta pretendieran que se les viese como aristócratas, cuando ayer mismo eran plebeyos de la peor clase, no puede llevarnos ello a engaño, como no lo hizo con aquellos auténticamente imbuidos de la mentalidad tradicional y aristocrática que tenían un proyecto de III Reich bien distinto, en que sí primaba la grandeza de las auténticas élites y no la bajeza de las turbas furiosas. (Recordar, a este respecto, la opinión manifestada por los representantes de la Konservative Revolution o por Julius Evola sobre la naturaleza obrerista y plebeya del Régimen de Hitler.)

Tan sólo doy una muestra más de la intrínseca relación entre una cosa y la otra: ¿Puede existir siquiera una "barbarie aristocrática"? A lo sumo, podríamos observar en la historia la barbarie practicada por algunas noblezas por completo degradadas. Pero nunca veremos que la practice ni la aliente ninguna genuina aristocracia. De ella -de quién si no- es de donde proceden todas las que hoy tenemos por buenas formas.

«Es digno de notar que quienes más se exaltaron en ensalzar los salvajes impulsos de nuestros bárbaros antepasados fueron gentes tan enclenques que nunca habrían podido adaptarse a las exigencias de aquella "vida arriesgada". Nietzsche, aun antes de su colapso mental, era tan enfermizo que sólo resistía el clima de Engadin y el de algunos valles italianos. No hubiese podido escribir si la sociedad civilizada no hubiera protegido sus delicados nervios de la rudeza natural de la vida. Los defensores de la violencia editaron sus libros precisamente al amparo de aquella "seguridad burguesa" que tanto vilipendiaban y despreciaban. Gozaron de libertad para publicar sus incendiarias prédicas porque el propio liberalismo que ridiculizaban salvaguardaba la libertad de prensa.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)
Ludwig Von Mises, economista y filósofo
de la Escuela Austriaca.

Esa oposición virulenta al mundo que han alumbrado la Ilustración y el liberalismo, con la burguesía a la cabeza, tiene sentido hasta cierto punto. Yo me opongo con pareja vehemencia a muchos de los frutos de esa Modernidad; lo que no hago es reclamar que se subvierta por completo, que se arrojen todos sus frutos -buenos y malos- al basurero de la historia.

Durante mucho tiempo también me dejé seducir por esos fantasmas de insatisfacción crónica, ese fatalismo histriónico, esa pose de desprecio hacia todo y hacia todos.

Si uno los busca, desde luego, siempre va a encontrar motivos de desagrado en el mundo que le rodea. Muchos, de hecho, solemos tener los ojos más abiertos para todo lo negativo que hay en él que para todo lo que pueda haber también de positivo. Por eso dije antes que quienes se rebelaron del modo que lo hicieron contra CIERTO liberalismo y CIERTA modernidad, se rebelaban en el fondo contra la misma historia, contra la misma evolución cultural humana. Por ello acusé también a esos "rectificadores del rumbo de la historia", y acuso ya sin rubor a las ideas anti-capitalistas en general, de ser todas hijas del alma plebeya -en el sentido nietzschiano, aun enmendando a Nietzsche-, esto es: del rencor, del revanchismo, de la estrechez de miras, del moralismo empeñado en buscar culpables y víctimas. 
Y digo "en el sentido nietzschiano, aun enmendando a -o polemizando con- Nietzsche" porque sin salirme de su lógica, veo incongruencia en aquella parte de sus condenas (suyas o de sus seguidores) que se dirigen al mundo burgués en conjunto, cuando en todo caso debieran estar dirigidas a aquella parte más vulgar, más plana, más dócil, de lo que entendemos por "burgués". No guarda coherencia alguna el odio que muestran muchos de quienes se hacen eco de sus ideas hacia la riqueza en sí misma, por poner un ejemplo harto frecuente; como no la guarda tampoco la apelación al instinto primitivo de las clases bajas "enfrentadas" al "mundo de las finanzas" o a la "clase empresarial", como expresión de una cierta élite -en esto, los "nazi-nietzschianos" están hechos unos plebeyos y unos cristianos de cuidado-; siendo además éstas élites financieras y empresariales parte vital de la civilización que, bien que mal, ha posibilitado que estemos todos aquí, la mayoría de nosotros con las necesidades suficientemente cubiertas como para haber leído a incendiarios filósofos y poner en nuestra boca sus poco medidos -y en ocasiones, poco meditados- ataques contra esa misma civilización.

«A diario cabe trastocar las escalas valorativas y preferir la barbarie a la civilización o, como dicen algunos, anteponer el alma a la inteligencia, los mitos a la razón y la violencia a la paz. Pero preciso es optar. No cabe disfrutar, a un tiempo, de cosas incompatibles entre sí.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)

Errar el tiro es nuestra especialidad desde tiempos inmemoriales. Dirigimos nuestra ira hacia el libremercado, hacia los principios liberales y hacia las bases que sostienen eso que hemos llamado capitalismo, cuando quizá aquellos males de que somos conscientes se deben a otros factores más dispersos y menos identificables a simple vista. Pero claro, es mucho más fácil clamar contra las ideas que constituyen la base del mundo en que vivimos, las cuales son simples y diáfanas, que hacerlo contra hechos concretos, complejos, y que se pierden en el gran escenario del tapiz que llamamos realidad. Lo que primero percibimos es el marco de dicho tapiz, por eso buscamos culpar a esa sustancia primera in-formadora antes que a cualquier otra circunstancia más contingente. 
Es muy común, por ejemplo, meter en un mismo saco al sistema capitalista y a la política exterior estadounidense, cuando esto no resiste un somero análisis en sus más básicos silogismos. No se puede aducir como argumento el que algunas corporaciones con sede en USA hagan negocio con, y tras, muchas de las guerras llevadas a cabo por su gobierno. Del mismo modo que aquellas otras, algunas también norteamericanas, no vieron problema en hacer negocios con el Régimen Nazi; y del mismo modo que, como vimos en el comienzo de estas líneas, empresarios de diverso ramo se acercan al Estado, y éste consiente tal cercanía y el trato privilegiado que suele ir unido a ella. Para ubicar correctamente las situaciones o los procesos a los que nos estamos refiriendo es necesario ubicar primero el significado de los términos que para tal uso empleamos: "Capitalismo" es, en estricto rigor, un conjunto de costumbres, modos de producción, organización y cálculo económico que lleva implícitas unas normas consensuadas, como son el respeto a la propiedad, a la competencia, y por tanto a la libertad de mercado y al cumplimiento de los contratos. Todas las figuras fantasmales que le adherimos, todo el conjunto de connotaciones que ha ido arrastrando como un imán lo haría con las esquirlas de hierro que se encuentra a su paso, o como un Mr. Potato al que cada uno le va añadiendo los rasgos que le viene en gana, sólo alegan en su defensa la torpe excusa de que "forman parte de la lógica del sistema". 

Esta frecuente confusión en la asignación de culpas, a ideas abstractas en vez de a hechos concretos, la ilustra con acierto uno de los liberales más honestos y respetables con los que yo me he topado, el argentino Alberto Benegas Lynch:

«Las llamadas "liberalizaciones", o "privatizaciones" -que se tradujeron en monopolios que pasaron de ser públicos a privados-, poseyendo los segundos mayores incentivos, han hecho más daño que los primeros (...) Claro, poniéndonos en la piel de los intelectuales de izquierda honestos, cuando ven que, bajo la etiqueta de "liberalismo", están todos esos pseudo-empresarios haciendo tratos con los gobernantes, abusando de los ciudadanos, y beneficiándose de favores de diverso tipo, exenciones fiscales incluidas, es normal que digan: "si esto es el liberalismo, quiero cualquier cosa menos el liberalismo".»

[Es un resumen redactado de manera libre para hacerlo lo más conciso y explicativo posible. Pero soy muy fiel a sus palabras -las que, como mucho, he reordenado-.]

¿No es éste el gran problema de entendimiento, que en algún punto es puramente semántico, sobre el famoso liberalismo "real"? (Curiosamente, los liberales muchas veces identifican el socialismo "real" con el que se llevó a cabo de facto con esa etiqueta, y no con el que puedan plantear los que niegan, exactamente igual que ellos frente al liberalismo actual, que eso fuese socialismo.)

Parecen no salir nunca unos y otros de esta especie de círculo vicioso. El juzgarte a tí según tus ideales y al otro según sus resultados no puede ser la norma, porque tarde o temprano se percatan muchos de que todo ello no es sino una tomadura de pelo. 
Pero el problema adquiere otra naturaleza cuando alguien con más altura de miras pone las cartas sobre la mesa. Se pone entonces fin a ese diálogo de besugos, o al menos se sientan las bases para ir más allá de él. Y para tal propósito se requiere una sencilla fórmula. Ésta es la que usa otro intelectual liberal-libertario que merece todo mi respeto, el gallego Miguel Anxo Bastos, cuando dice: «Debe compararse siempre el socialismo real con el liberalismo real, y el socialismo utópico con el liberalismo utópico». 
Otra cosa está por completo falta de rigor, y fuera de lugar. 
Y haciéndolo es cuando podemos advertir claramente que, incluso quienes hemos sido y somos muy críticos con las ideas liberales, tanto en el plano concreto como en el ideal, salta a la vista que resultan ser las "menos malas".

Pero como son las menos malas -no, por tanto, perfectas- y como seguimos poníendoles unas cuantas pegas, nos siguen llamando la atención algunas omisiones en las mismas. Sin ir más lejos, cuando quienes hablan del capitalismo de manera tan "neutra" y "aséptica" nos presentan al empresario como alguien que "no tiene más remedio, para triunfar, que atender las necesidades de los demás" nos preguntamos inmediatamente: ¿qué ocurre, entonces, con todo aquello de que se nos convence que "necesitamos", cuando hasta hace muy poco no parecíamos hacerlo? Creo verán lícito admitir quienes intentan "vendernos" la imagen anterior que, cuando menos, puede ser algo engañosa. Y de hecho, otros como el chileno Axel Kaiser nos recuerdan la visión de Adam Smith, bastante menos idealizada, y que corrobora esto que digo: 

«El interés de los dealers en cualquier rama del comercio o las manufacturas es siempre distinto e incluso opuesto al del público. Ampliar los mercados es cerrar la competencia siempre en interés del empresario, y cualquier regulación que venga de este orden de hombres vendrá de un orden de hombres que tiene el interés de engañar al público». 
Adam Smith, economista que se
asocia al "liberalismo clásico".
Kaiser tan sólo añade a las palabras de Smith que la condición humana es invariable, pero que al menos, bajo estas normas es como podemos comportarnos lo más "civilizadamente" posible. Y en ese sentido 
-siguiendo tal lógica, no digo que yo lo suscriba- lo único que debiera preocuparnos es que los empresarios, cuales sea, no logren tener influencia sobre quienes hacen las leyes.

Ha quedado claro durante todos estos párrafos, por tanto, que ya no soy de aquellos que andan buscando el origen de todos los males en el capitalismo. Ahora, existe una diferencia entre ver las cosas lo más aséptica y néutramente que se pueda (esta vez sin comillas) y otra querer obviar las realidades que chocan con la idea que queremos presentar, y quizá hasta sin ser uno consciente, "vender" ese evidente sesgo como "pura objetividad", como aún pienso que hacen muy a menudo los liberales, tal como acabamos de ver en la idealización cuestionada por Kaiser y Smith (que constituyen honrosa excepción en este caso). Pero sobra mencionar que lo mismo hará todo aquel que intenta persuadirte de una idea cuando la juzga acertada, lo cual es del todo lícito, pero no desde luego inocente ni carente de artimañas.

Lo que sí debo reconocer es que la acusación de "mercadolatría" que frecuentemente he lanzado contra teóricos liberales y libertarios es algo que mi honestidad me obliga hoy a plantearme desde otra perspectiva. Tras empaparme de los ineludibles argumentos de Hayek sobre los "órdenes extensos", y también de los no menos ineludibles de Von Mises sobre la Acción Humana, empiezo a ver que no hay razón para presuponer que se trate de una "adoración a un ente abstracto y necesariamente benéfico", y que es más lícito entenderlo como mera defensa de esa ACCIÓN HUMANA ESPONTÁNEA, ya sea en el ámbito del Mercado O EN OTROS. 
Rodaje del film clásico ´Star Wars`.

El acierto de Hayek en "la fatal arrogancia" está en hacernos ver claramente esto y desmontar gran parte de las "metáforas que nos piensan" cada vez que nos referimos a tal "ente". El fallo sería el de aludir tan a menudo a esos otros "órdenes extensos análogos" y no especificar nunca de cuales se trata. Yo creo haber identificado algunos de ellos: 
Bien podrían estar los ejemplos que buscamos en la colaboración multi-disciplinar que encontramos en el mundo del cine, el teatro o la música. 
Me explico. Tanto en la actividad empresarial como en la artística se precisa de gran cantidad de individuos ultra-especializados -de reunir "conocimientos dispersos"- que colaboran en la consecución de un mismo fin. De igual manera, pues, que en lo que conocemos como "capitalismo" se dan cita publicistas, empresarios, industrias de infraestructura, contables, banqueros, maquinistas, obreros manuales, etc... en la música se requieren de guitarristas, percusionistas, bajistas, vocalistas, arreglistas, productores, ingenieros de sonido, roadies, de nuevo publicistas, y de nuevo empresarios, en este caso discográficos. Y en el cine y el teatro, tres cuartos de lo mismo, pero de forma aun más diversa y EXTENSA: directores, productores, actores, fotógrafos, camarógrafos, iluminadores, tramoyistas, escenógrafos, encargados de vestuario, distribuidores, proyeccionistas, etc etc...
Los órdenes extensos conjugan multitud de talentos individuales
sin requerir inter-disciplinariedad ni apenas colaboración directa 
entre los mismos. Sólo mediante ellos el individualismo logra
transmutarse en obra cooperativa, o dicho de otro modo, 
en "bien común".

Creo que, en el empeño por alcanzar una visión más completa y objetiva de nuestras sociedades modernas, esta analogía entre "diversos órdenes extensos" resultaría muy pedagógica y ayudaría a quitarnos de encima unas cuantas ideas preconcebidas y del todo infundadas, las cuales no ayudan sino a la incomunicación, a la incomprensión, y a las actitudes irracionales.