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domingo, 7 de enero de 2018

Pornografía, feminismo y sexualidad (III)

Defensa de un razonable pudor.

Todos los problemas con que se topan las sociedades humanas son siempre más complejos de lo que parece, y el caso del sexo, la prostitución y la pornografía lo es quizá especialmente.

Si la sexualidad en la mayoría de las culturas implica pudor no es tanto por la desnudez del cuerpo como por la desnudez del alma. Intimidad, privacidad, pudor.. Nada de ello responde a normas y tabúes caprichosos. El temor a mostrar emociones en público, en una forma u otra, cumple la función de ocultar nuestras debilidades o peculiaridades, de “no mostrar de vez todas nuestras cartas”. Uno nunca es el mismo en sociedad y en soledad, entre camaradas y entre desconocidos; no se muestra lo mismo a los vecinos que a los amigos, ni tampoco a los amigos que a la pareja. 

Esa es la razón de que, si bien el puritanismo es nocivo, también puede serlo su opuesto. Si estigmatizar la sexualidad es peligroso, quizá no lo sea menos el desdramatizarla, desacralizarla, aseptizarla,  desvincularla del pudor y la intimidad. 

El sexo siempre constituirá una fuente de conflicto tanto a nivel social como individual, nunca dejará de intrigar, inspirar, atraer, repeler, fascinar y atemorizar a nuestras conciencias. Por más que exploremos los límites del pudor y la perversión, por más que estudiemos la inmensa variedad de sus formas, desde la ternura a la crueldad, de lo más inocente a lo más retorcido, nunca dejará de encarnar nuestro lado más salvaje, más imprevisible, más intrigante, más turbador y más poderoso.

No, el conflicto y el desafío que nos plantea nuestra sexualidad no se resuelve de manera tan simple como declarando la “liberación sexual” y proclamando que “tener sexo es como beberse un vaso de agua”. De hecho no se resuelve de ninguna manera, como dije anteriormente. Debemos hacernos conscientes de que siempre permanecerá en nuestra sociedad y en nuestras conciencias como un problema, de igual manera que la tensión existente entre individuo y comunidad, entre seguridad y libertad, o entre –y aquí volvemos en parte a lo mismo- masculinidad y femineidad.

Así que no: tampoco resolveremos el debate en torno a la prostitución o la pornografía negando que quienes la ejercen estén “vendiendo su cuerpo” –pues en efecto no se trata tanto del cuerpo como del alma, aunque no tiene por qué hablarse necesariamente de “venta”- ni tampoco afirmando que se trata de una profesión como cualquier otra, pues teniendo en cuenta todo lo anterior podemos ver con claridad los problemas que plantea tal aseveración.

A los del “vaso de agua” y a los de “una profesión como cualquier otra”, a los del “haz el amor y no la guerra” y a los que no ven nada de malo en que una pareja se ponga a copular tan tranquilamente en una estación de Metro les pondría como tarea leer al Marqués de Sade o visionar ciertos tipos de pornografía extrema. Si de verdad el sexo es tan inocuo, tan poco problemático y tan opuesto a la guerra, ¿cómo es que en tantas ocasiones se entremezcla y hasta se confunde con el poder, con el dominio, con la agresión e incluso con la crueldad y la más abierta psicopatía? 

Obvio que hay formas de sexualidad bastante inofensivas, pero hasta esas formas no pueden desligarse de pulsiones relacionadas con el poder y la agresión. “Conquista” sin ir más lejos es un término tan común en el contexto bélico como en el amoroso y sexual. Tienen razón por tanto quienes señalan que la sexualidad masculina está vinculada al dominio y a la agresividad, sólo que tal vinculación no es un constructo cultural del patriarcado sino una programación evolutiva del macho, la cual rebasa con mucho las fronteras de nuestra especie. Imagino que habrán visto cómo los gatos muerden el pellejo de la nuca de su compañera durante la cópula. Pero también habrán visto o habrán experimentado cómo la hembra humana araña la espalda de su pareja. También en la sexualidad femenina hay pues cierto componente de violencia, de instinto salvaje. Esas fuerzas animales, oscuras e irracionales que desata el sexo son lo que Camille Paglia denomina “caos inmoral de la libido”. Porque en efecto es inmoral, o cuando menos a-moral; y en efecto es caótico y hasta cierto punto imprevisible. El sexo nunca dejará de representar un riesgo, un peligro, aunque en la mayoría de las ocasiones sea leve y apenas perceptible (no conviene tampoco sacar las cosas de quicio); pero en mayor o menor medida implica jugar con fuego, y de hecho ahí radica en gran parte su atracción y su magia. Si realmente fuese algo tan inofensivo como “beberse un vaso de agua” no nos resultaría tan arrebatador, tan salvaje y liberador. Y es que aquello que se libera durante la actividad o la excitación sexual es como dijimos nuestra parte más animal, más irracional e inconsciente: nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso se transforman por completo y consecuentemente nosotros también nos transformamos en otra persona; más bien otro animal, más fiero y decidido, más depredador e incivilizado.

Por ello me interesa rescatar y seguir desarrollando las tesis que lancé en el segundo capítulo acerca de las “prostitutas sagradas”, aquellas sacerdotisas que en muchas religiones paganas se especializaban –digamos “profesionalmente”- en los placeres sexuales y que concebían sus orgías públicas como actos sagrados, trascendentes, las cuales yo quise equiparar a las modernas actrices porno. Yo diría que de alguna manera el talento y/o la responsabilidad específica de estas profesionales (o artistas, según se mire) consiste en la habilidad de jugar con fuego y no quemarse. Es una profesión (o un arte), pues, de riesgo. Las hay de mucho mayor riesgo, sin duda, pero es por este componente de “peligro” por lo que digo que en modo alguno se trata de “una profesión como cualquier otra”. Y si bien este carácter de peligrosidad no es tan alto como en la profesión de soldado o artificiero, aumenta a medida que se realizan prácticas más “extremas”, especialmente si implican violencia expresa, en la cual también existirán lógicamente grados. 

Loola Pérez dice que “para las mujeres, la sexualidad es una experiencia enmarcada en una tensión: placer y peligro”. Y así es en efecto. Pero en el caso de las actrices porno no se trata sólo del peligro físico y psicológico que implica abrir la caja de pandora del placer sádico u otras formas extremas de sexualidad, sino también del peligro moral, por así llamarlo, de encarnar a ojos de muchos una total disponibilidad sexual sin ningún tipo de límites, esto es, de ser vistas como indignas esclavas de las fantasías masculinas, dispuestas a prestarse a cualquier deseo en cualquier momento. Habrá siempre unos cuantos débiles mentales que no sabrán distinguir entre lo voluntario y lo forzado o entre lo profesional y lo personal, y que sólo verán en ellas mujeres fáciles, y hasta se ofenderán si no se muestran tan sumisas y tan dispuestas a todo como ellos imaginan que son. No digo que esto sea disculpable en absoluto, digo que es una consecuencia inevitable. Citando o parafraseando de nuevo a Paglia, el mundo está lleno de peligros y no ser consciente de ellos es una forma poco inteligente y poco responsable de enfrentarse a la vida. 

Los que insisten en el argumento de que es una profesión como cualquier otra son demasiado ingenuos o demasiado snobs. Una prostituta o una actriz porno nunca podrá ser vista como cualquier persona del montón; se la podrá juzgar como un ser más cobarde o por el contrario más valiente, como esclavizada o como liberada, como una casta inferior o como una casta superior, pero nunca como una igual. Hay profesiones que conllevan un estigma y que cuando uno las asume acepta que en el sueldo va el convertirse en foco de odios, críticas, insultos y vejaciones varias. Así ocurre también con los políticos, los policías, los banqueros, y en última instancia todo tipo de figuras públicas, ya gocen sus profesiones concretas de mayor o menor prestigio. La prostitución pues, y puede que todavía más la pornografía, estarán siempre rodeadas de cierto malditismo, como en menor medida lo está por ejemplo la música, la poesía, el teatro, el cine o el arte en general. 

Y tampoco creo que ello sea necesariamente algo negativo. Otra de las ideas en que he insistido a lo largo de estas reflexiones es la de que la sexualidad basa en gran parte su “atracción fatal” en su vinculación con lo misterioso y lo prohibido, y que en el caso de que fuera posible convertirla en algo por completo aséptico, inocente y carente de peligro se tornaría en ese mismo momento algo cotidiano y aburrido. Por suerte creo que esto es una total quimera, pues de poderse lograr lo que cierta “liberación sexual” preconiza nos arruinaría la sal de la vida, nos privaría en gran parte de los más dulces placeres; y todo ello, paradójicamente, en nombre del hedonismo. Y es que, como decía un personaje de Russ Meyer, “sin complejo de culpa quién querría follar”. 

Rescato aquí la provocación, que en absoluto es gratuita, ya lanzada en el primer capítulo: quizá las actrices porno y en menor medida otras trabajadoras sexuales puedan ser vistas como heroínas que asumen un papel y una responsabilidad que muy pocos estarían dispuestos a asumir y con ello contribuyen a mejorar la sociedad, ofreciendo una vía de escape de fácil acceso a nuestros instintos más acuciantes y probablemente evitando así que se produzcan más episodios trágicos de abusos y violaciones. En su momento lancé esa hipótesis porque me parecería que tenía todo el sentido, sin embargo he descubierto a posteriori que existen estudios que parecen demostrarlo. El psicólogo Michael Castleman resume las conclusiones de los mismos afirmando que "el porno no incita a los hombres a cometer violencia sexual, parece más bien una válvula que da salida a una energía potencialmente agresiva". Las trabajadoras sexuales constituirían pues una institución civilizadora, lo mismo que los jueces, juristas, policías y criminólogos, o los médicos, psicólogos, profesores y consultores, sin ponernos a discutir ahora cuáles de ellos son más necesarios, pero contribuyendo cada uno en su parcela a hacer el mundo más habitable.

*
Crítica al exceso de pudor en cuanto conlleva exceso de ignorancia.

“La pornografía conduce a la pederastia”. Quizá conozcan ustedes esta impactante tesis de J.M. De Prada, aparentemente bien trabada y que seguramente convence a muchos que están predispuestos a dejarse convencer y que abordan este asunto desde el prejuicio y el desconocimiento. 

De Prada argumenta que, puesto que la sexualidad humana no es como la animal (y en efecto es mucho más compleja, además de cumplir un papel mucho más protagónico), no se conforma con la mera repetición y busca siempre nuevos estímulos, cada vez más intensos. Lo de la repetición ciertamente tiene su gracia, pues se me ocurren pocas cosas más vinculadas a la repetición que el sexo, y también se me ocurren pocas actividades en que repetir y repetir siempre lo mismo resulte menos aburrido. Es obvio que no todo en la sexualidad es repetición, y que la variedad y la experimentación ocupan un lugar importante en ella, pero si hay una esencia de la pulsión sexual, como dijera Spengler, es el ritmo y la periodicidad.

Si nos fijamos, más allá de cuán relevante es la reiteración y cuánto la variación, la tesis de De Prada es análoga a aquella idea de que las drogas blandas conducen a las duras. Y es que las drogas y el sexo en efecto guardan muchas analogías; y si de un lado no es cierto que el consumo de drogas blandas conduzca siempre al de drogas duras, tampoco lo es que el consumo de cierta pornografía conduzca siempre al de otra más “extrema”. Quizá muchos se hagan adictos a nuevos y más potentes estímulos sexuales tras haber experimentado con ellos, igual que a otros les pasa con las sustancias enteogénicas, pero otros muchos siguen consumiendo toda su vida el mismo tipo de pornografia o el mismo tipo de drogas sin mostrar ningún interés por “ir más allá” ni vivir en constante búsqueda de “algo más excitante”. El tipo de sustancia o la dosis de la misma, igual que el tipo y la dosis de los estímulos sexuales, tienen un rango de tolerancia distinto en cada individuo, un límite a partir del cual la medicina se convierte en veneno, o lo que es lo mismo, el placer se convierte en dolor, el disfrute en malestar y la euforia en nausea. 

Pero no crean sin embargo que las teorías de este escritor católico y reaccionario son las más infundadas, desinformadas o torpes argumentalmente. Podrían ser hasta dignas de tomarse en serio si las comparamos con otras, quizá procedentes del espectro ideológico opuesto, y que ofenden todavía más a la inteligencia. En la obra Los costes sociales de la pornografía, James R. Stoner, y Donna M. Hughes se atreven a sentenciar que “un hombre que se masturba utilizando imágenes de mujeres en estado de excitación mientras son golpeadas, violadas o degradadas aprende que los sujetos que en ellas aparecen disfrutan y desean ese tratamiento, y, en consecuencia, que tiene permiso para actuar de esa forma”. Es difícil abordar la cuestión de la pornografía de una forma más falaz, más superficial y más ignorante. El mito de la Tabla Rasa, al que ya nos hemos referido otras veces en este espacio, se expresa aquí en su forma más burda; no sólo asumen estos dos autores que nuestros instintos e inclinaciones se construyen culturalmente sin ninguna base previa, sino que además somos por lo general tan imbéciles para no saber distinguir entre la fantasía y la realidad, entre la representación y la realización, o entre el cine y la vida. Imaginen que estas dos lumbreras ebrias de moralismo pretendieran juzgar del mismo modo a las películas de acción o de aventuras. ¿Verdad que sería delirante? 

La cruzada contra la pornografía es en el fondo la enésima reedición del chivo expiatorio. Igual que dijeron (y dicen) que las armas generan violencia, que las drogas generan adicción y que el capitalismo genera egoísmo, ahora se nos quiere vender que la pornografía genera depravación y que la prostitución genera explotación. Como si no hubiera violencia sin armas, ni adicciones a otra cosa que no sean drogas; o como si no hubiera egoísmo antes del capitalismo, formas de depravación no sexuales o explotación fuera de la prostitución. 

Moralistas y fariseos de izquierda y derecha acercan sus posiciones más que nunca y de esta manera nos dejan ver su fondo común, por encima de disfraces y etiquetas engañosos. No es la primera vez que el feminismo radical y el conservadurismo puritano se alían para intentar acabar con la pornografía y la prostitución.

Escohotado tiene razón:

Es cómodo no asumir nuestra responsabilidad. Es cómodo pensar que si soy un neurótico, si tengo una personalidad adictiva, es culpa de que se cruzara en mi camino “la maldita droga”. Es cómodo pensar que si soy un maldito pederasta o un maldito violador es culpa de la pornografía, de la hipersexualización en los medios o de “la sociedad”. Digámoslo claro: si tras un tiempo de experimentar con drogas te vuelves adicto a una o varias de ellas es porque tienes una personalidad obsesivo-compulsiva y si no te hubieras “cruzado con la droga” te habrías hecho adicto a cualquier otra cosa (de hecho, ya eres adicto a muchas otras cosas además de a las drogas, y a poco que te observes me darás la razón). Del mismo modo, si tras un tiempo de ver pornografía o practicando sexo "promiscuo" acabas interesándote por nuevas formas de excitación, por ejemplo la pedofilia, seguramente es porque siempre tuviste esas inclinaciones y la pornografía, la prostitución o la "promiscuidad" tan sólo te han hecho descubrirlo un poco antes. Así que no proyecten las culpas en entes externos, no maten al mensajero: asuman quiénes son y asuman su responsabilidad.

¿Acaso prefieren ignorar lo que esconden sus instintos y arriesgarse a descubrirlo en el momento más inesperado y quizá también menos apropiado, exponiéndose a la vergüenza e incluso al delito o, el azar no lo quiera, al crimen y el remordimiento? La pornografía no sólo constituye una vía de escape para ciertos instintos, la cual parece haberse probado, como dijimos, que efectivamente contribuye a mantenerlos a raya fuera del ámbito privado y consentido, sino que también es una fuente de auto-conocimiento: algunas de tus tendencias y tus apetencias se revelan cuando observas, representas o realizas prácticas sexuales que nunca habías observado, representado o realizado. Y obviamente podrá aducirse que, aunque en nosotros se hallen latentes muchas de esas tendencias y apetencias, quizá no convenga despertarlas o descubrirlas todas de vez. Y habría que empezar por el lenguaje, que cómo bien sabemos lo carga el diablo: ¿Se trata realmente más de despertar o de descubrir? ¿Hasta qué punto la pornografía nos incita a aficionarnos por ciertas representaciones o prácticas?

No pretendemos ser aquí unos defensores acérrimos de la pornografía, ciegos a todos los efectos negativos que pueda conllevar, del mismo modo que anteriormente nos hemos propuesto no ser ciegos a todo lo que la sexualidad tiene de conflictivo y problemático. Admitimos por tanto que es posible despertar, como dijimos, demasiados deseos de vez. Dependerá, como tantas otras cosas, de cada persona y del uso responsable que haga de su tiempo y de su "capital humano". Nada en exceso, nos dijo dicho el sabio. Aunque volviendo a insistir en que “cada persona es un mundo”, está claro que la medida del exceso será también distinta para cada uno de nosotros. Parece claro que, como ya dije en el primer capítulo, quienes se dedican a la pornografía o al trabajo sexual en general están hechos “de otra pasta”, bien porque son más desinhibidos, bien porque tienen un mayor apetito sexual o bien porque se les da mejor separar lo carnal de lo emocional. 

Responsabilidad y autoconocimiento es lo que intentamos defender desde esta tribuna. Y si es cierto que la pornografía es una fuente de autoconocimiento, obviamente no es la única. Si por un lado es deseable conocer lo mejor posible quiénes somos como “personas sexuales”, quizá no lo sea tanto enfocarse exclusivamente en esa dimensión de nuestra personalidad; aunque bien pudiera ser la que nos ofrece más información indirecta sobre otras dimensiones. Pero tampoco nos dejemos llevar en exceso por visiones de tipo freudiano, pues teorías nunca faltan y uno no debe fiarse demasiado de ninguna de ellas. 

*
Enlaces a la primera y segunda parte.

lunes, 21 de diciembre de 2015

"Proudhon y Tocqueville: Hacia la libertad. Contra la utopía." (I)


Así abandonamos lo que el Estado antiguo podía tener de bueno, 
sin comprender lo que el Estado actual nos puede ofrecer de útil. 
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)

La Constitución española de 1812, como muchas otras constituciones liberales, reconocía únicamente dos sujetos políticos: El estado y el individuo.
De ahí parten muchos de nuestros problemas actuales.

Quienes estamos más cerca del liberalismo y del anarquismo que de otras posiciones ideológicas, pero intentamos asimismo no conformarnos con ninguna respuesta excesivamente simple o idealista frente a algo tan complejo como es la ciencia política, advertimos los errores históricos de ambas doctrinas. “Un liberal es un libertario que aún cree en los Reyes Magos”: esta frase que acuñé con mayor o menor acierto viene a sintetizar las reservas de los llamados post-liberales, o de los libertarios, frente a viejas creencias que hoy a muchos resultan algo “cándidas”. 
Que el estado sea el garante de las libertades, que el individualismo sea la última respuesta social y política, o que se pueda crear una sociedad sana contando con esos dos únicos sujetos –estado e individuo- son muestras de un idealismo que, a pesar de seguir contando con unos cuantos adeptos, se muestra a cada vez más estudiosos como una teoría política insuficiente, como un dietario con severas lagunas.

Pero aún hay otra idea que nos ofrecería una mejor síntesis del problema, desde donde yo lo veo. Tal tesis concebiría el alejamiento por parte de los anarquistas de sus raíces liberales como un síntoma de extravío intelectual, pero no menos que la moderación -domesticación- del liberalismo al alejarse del radicalismo anarquista.

Alexis Henri Charles de Clérel, Vizconde
de Tocqueville (1805-1859) Pensador, jurista, 
político e historiador francés.
De una cosa no nos cabe duda: Para lograr una mayor libertad es preciso tener en cuenta demasiados factores. Y lo que en un principio puede parecer la receta idónea para instaurarla, puede con el paso del tiempo constituir el caldo de cultivo de múltiples tiranías y despotismos. Así lo vieron mentes tan despiertas, tan preclaras, como los franceses Tocqueville y Proudhon, que, a pesar de haber nacido en la tierra del idealismo y el utopismo por excelencia, representaron esa, por fortuna, no tan rara salvedad que ´confirma la regla`. 
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Por eso han resultado siempre, ambos, pensadores tan difíciles de clasificar. 

Por eso a Tocqueville se le ha encuadrado tan a menudo dentro del conservadurismo como del liberalismo, o incluso del aristocratismo. Y por motivos similares, encontramos fragmentos de Proudhon que podría firmar cualquier liberal al lado de otros en sintonía con los socialismos de su época.

Espero poder hallar algunas respuestas (siempre provisorias) en este ensayo que me he propuesto escribir en torno a estas dos figuras; pero no sólo en torno a ellas, sino usándolas como expresión de algo que las trasciende: la convicción sobre las bondades que trae inequívocamente la libertad unida siempre a una desconfianza hacia las “recetas mágicas” y a todo tipo de idealismos alejados de la, por más que nos empeñemos, inmutable naturaleza humana. 
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Porque, sobre esto último, el mismo Proudhon se expresa con total claridad: 
«Los hombres no serán jamás mejores ni peores de lo que los veis y fueron siempre. Desde el momento en que los aguijonea su bien particular, abandonan el bien público; en lo cual, si no los encuentro dignos de gran honor, los encuentro por lo menos dignos de excusa. Vuestra es la culpa si tan pronto les exigís más de lo que os deben, como excitáis su codicia con recompensas que no merecen. El hombre no tiene nada más precioso que él mismo, ni por consiguiente, más ley que su responsabilidad.»
(Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.) 
Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865)
Filósofo político y revolucionario francés

Otra poderosa vacuna contra la utopía. Otro pildorazo de realidad que nos desalienta de seguir persiguiendo “hombres nuevos” y grandes proyectos iluministas de “educar en nuevos valores”. El hombre cambia, sí. Pero no de un día para otro. Ni tampoco han cambiado por igual los hombres de todas las latitudes; y ni siquiera todos los que han ocupado un mismo espacio y un mismo tiempo. El cambio en la condición humana, diríamos con gran cautela que puede existir. Mejor dicho: la lucha contra esa condición eterna se produce; y se fraguan lentos, muy lentos avances de las sociedades en direcciones deseables. Pero mucho me temo que esta condición, esta naturaleza, si tiene algo objetivamente mutable, apenas logramos percibirlo, o estas mutaciones se han producido en un lapso de tiempo tan extenso que escapa a nuestro análisis.

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«La vida del hombre es una guerra permanente, guerra con la necesidad, guerra con la naturaleza, guerra con sus semejantes, y por consiguiente, guerra consigo mismo. La teoría de una igualdad pacífica fundada en la fraternidad y la abnegación no es más que una falsificación de la doctrina católica, que nos manda renunciar a los bienes y placeres de este mundo; no es más que el principio de la indigencia, el panegírico de la miseria. El hombre puede amar a su semejante hasta morir por él; no le ama hasta el punto de trabajar por él.» 

¿Queda aún alguna duda de a qué llamaba Proudhon “filosofía de la miseria”?

Sí. A muchos sorprenderá que un pensador que se ha asociado siempre a "la izquierda" se refiera al ideal comunista con palabras similares a las que usan hoy para definirlo conservadores y liberales. Pero es que el mutualista veía claro lo que hoy es evidente pero ayer no lo era tanto (aunque quizá no lo sea aún para todos; dado que todavía resisten los últimos creyentes, se entiende que los más fervorosos, o los más desesperados, quizá desamparados.. huérfanos de idearios que les presenten alternativas ilusionantes. De lo cual cabría responsabilizar a la inoperancia de esos otros pensamientos que, con su abandono de la contienda cultural cotidiana, le dieron la victoria al enemigo sin apenas ofrecer batalla.)

Proudhon era muy consciente de que la única manera en que se puede lograr algún “bien común” es primeramente -aunque no sólo- atendiendo cada uno a sus intereses particulares. En eso, nada tenía que oponer a Adam Smith y sus discípulos. Si tenía que oponerles otras cosas, pero a eso ya tendremos tiempo de referirnos en siguientes capítulos. En cualquier caso, sus palabras a este respecto son tan inequívocas como las anteriores:
«¿Cómo sustituir el objeto inmediato de la emulación, que en la industria es el bienestar personal, por ese motivo lejano y casi metafísico que se llama bienestar público, sobre todo, cuando no existe el uno sin el otro, cuando el uno al otro se engendran?» 
 (Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.)
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Pero ahora atendamos a una cuestión distinta. Parémonos a reflexionar un momento acerca de las distintas formas de gobierno de las que siempre nos han hablado y preguntémonos hasta qué punto son incompatibles, o si pueden incluso darse circunstancias en que unas y otras coexistan.

Esto es algo que gran parte de la ciencia política ha ignorado por completo, cuando no se ha lanzado a apologías un tanto engañosas, partiendo de modelos ideales descritos con muy pocos trazos (pues lo ideal siempre es simple, mientras que lo real es infinitamente complejo, como acertadamente insiste siempre otro amante y estudioso de las libertades, el filósofo español Antonio Escohotado.)
«No pudiendo realizarse en toda la pureza de su ideal ni la monarquía, ni la democracia, ni el comunismo, ni la anarquía, están condenadas a completarse prestándose la una a la otra sus diversos elementos.»
(Pierre Joseph Proudhon, ´El principio federativo`.)

¡No hay ni ha habido formas políticas químicamente puras
Pocas premisas hay más realistas, y pocas que nos bauticen mejor contra la utopía. Porque si partimos de esta convicción (de ahí que hable de “bautismo”), empezamos a juzgar los distintos modelos de gobierno con una mirada mucho más incisiva. Nuestro ojo se vuelve clínico (o cínico, pensarán algunos). Pero no hablamos de descreimiento o misantropía. En absoluto. No debe confundirse la asunción de la complejidad y el polimorfismo de las unidades políticas con un desprecio o una desautorización de las mismas.
Reconocer las cosas tal como son no puede ser sino constructivo, no puede ser sino enriquecedor. Pero antes que todo: útil.
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Como conclusión a este capítulo, retomaremos un caballo de batalla que ya viene siendo habitual en este espacio. No es otro que el de la, para muchos, incuestionable superioridad de los pequeños estados frente a los grandes, al menos desde el punto de vista del ciudadano o súbdito (que viene a ser en éste, como en tantos casos, el contrario al del soberano). Quienes entendemos el ideal secesionista como columna vertebral del principio de libre asociación, y por ende, de la libertad política, apenas dudamos de que es siempre deseable un estado o unidad gubernativa del menor tamaño concebible, ya hablemos de territorio o de población.
«Todas las pasiones fatales a las Repúblicas crecen con la extensión del territorio, en tanto que las virtudes que les sirven de apoyo no se acrecientan siguiendo la misma medida.»
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Muchas razones hemos dado ya en favor de las unidades políticas mínimas, de la ciudad-estado, de la pequeña comunidad auto-gobernada; pero aún nos reservábamos una de las más poderosas.

¿Hay asunto que mueva mayor preocupación en las reflexiones políticas de hoy que las situaciones de exclusión social o de extrema (o menos extrema) necesidad?

Pues bien, el modelo de la micro-nación también tiene una respuesta muy satisfactoria que ofrecer ante este problema. O dónde se cree que serán mejor visibilizados, mejor comprendidos, y mejor solucionados los problemas por los que atraviesen aquellas personas que han resultado más desfavorecidas: ¿En una gran unidad política de varios millones de habitantes y varios miles de localidades donde no queda más remedio que reducir los sujetos y los grupos a números, y por tanto, “prestarles asistencia” de modo impersonal, lejano y en gran medida arbitrario? ¿O, por el contrario, en una ciudad pequeña o gran barrio donde las personas sean de carne y hueso; y sus problemas, así como sus periplos vitales, sean del conocimiento cotidiano de todos cuantos allí habitan?
«Un poder central, por ilustrado y sabio que se le imagine, no puede abarcar por sí solo todos los detalles de la vida de un gran pueblo. No lo puede, porque tal trabajo excede las fuerzas humanas. Cuando él quiere, por su solo cuidado, crear y hacer funcionar tantos resortes diversos, se contenta con un resultado muy incompleto, o se agota en inútiles esfuerzos.»
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
La solidaridad sólo es auténtica –y más diré- sólo puede producirse cuando es directa y personal. Aquella abstracción del gran estado redistribuidor sólo puede ser defendida por un iluminado de tres al cuarto o por un demagogo consciente de la trampa aprovechándose de aquellos que no lo son tanto. 

La “solidaridad a través del estado” es una ficción monumental. Una hipocresía que nos une a todos en un sucedáneo prefabricado y homologado de civismo.

Uno no es solidario cuando su "solidaridad" depende de los im-pues-tos. 
Lo es cuando depende de su vo-lun-tad.
Por eso el llamado estado benefactor, redistribuidor, ¡por más nombres que se ponga!.. no fomentará jamás la solidaridad sino el egoísmo. Sólo la responsabilidad cívica ejercida sobre la comunidad en la que uno habita y conoce puede engendrar, incentivar y fortalecer los vínculos solidarios entre vecinos (porque nunca hay verdadera solidaridad, sino limosna, donativo, o “lavado de conciencia”, cuando ésta se ejerce hacia quién no se conoce y con quién no se convive.)

Si quieren ustedes construir sociedades menos egoístas, menos atomizadas, más dignas de habitarse… ¡dejen que gobernantes y gobernados convivan en un mismo espacio reducido de modo que no les quede más remedio que organizarse en comunidad para lo bueno y para lo malo!
~
Exponer las ventajas de las unidades gubernativas mínimas, como ven, es un mero ejercicio de racionalidad y sensatez. Nada que ver con utopías irrealizables o voluntarismos prometéicos. De hecho, desde nuestra perspectiva más bien parecen utopías y ocurrencias perentorias muchas de las ideas hoy mayoritariamente aceptadas como “sensatas y cabales”; algunas de las cuales nos hemos ocupado ya de destripar aquí como corresponde.
~
«La libertad forma, a decir verdad, la condición natural de las sociedades pequeñas. El gobierno ofrece allí poco cebo a la ambición y los recursos de los particulares son demasiado limitados para que el poder soberano se concentre fácilmente en manos de uno solo. Llegando a darse el caso, no es difícil a los gobernados unirse y (...) derribar al mismo tiempo tiranía y tirano. 
Las pequeñas naciones han sido, pues, en todo tiempo, la cuna de la libertad política. Ha sucedido que la mayor parte de ellas han perdido esa libertad al crecer, lo que hace ver claramente que consistía en la pequeñez del pueblo y no en el pueblo mismo.» 
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
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miércoles, 5 de agosto de 2015

"EL MIEDO A LA LIBERTAD" (II)

El capitalismo "salvaje"
O de cómo superé el último anatema, y eso me liberó de insalvables conflictos y contradicciones.

Creí que el gran tabú de esta sociedad era la desigualdad de sexos, de culturas, de razas....
Creí luego que lo que más asustaba al biempensante medio era la llamada "cuestión judía"...
También creí que la "última frontera" de lo aceptable era negar el materialismo, cuestionar la infalibilidad de la ciencia y abrazar los mundos del espíritu, lo sobrenatural y lo eterno.
Pero no, todos esos eran tabúes menores; todos eran, al final, más digeribles para el conjunto de nuestros coetáneos que el GRAN TABÚ, EL GRAN MOLOC QUE A TODOS ASUSTA, Y DEL QUE TODOS RECELAN, POCO MÁS O MENOS, POR IGUAL.

.... ¡SÍ! Es en el que todos están pensando: ¡EL CAPITAL! ¡LA CODICIA! ¡LOS EXPLOTADORES DEL TRABAJADOR! ¡LA BANCA! ¡EL PERVERSO... PERVERSO LIBREMERCADO!

Y en este punto, me toca sincerarme con ustedes. Creo que una confesión de las trabas que puse a mi propio razonar antes de reconocer que eran en efecto trabas, más que lícitas críticas, puede ser de utilidad a muchos que se hayan encontrado ante el mismo conflicto, en el fondo, puramente filosófico. 

Es un problema filosófico porque, al final, de lo que hablamos no es de si la restricción al mercado es buena o mala, sino de si es legítimo o ilegítimo el cuestionamiento de las elecciones individuales que acaban traduciéndose en grandes tendencias sociales, siempre que éstas no sean condicionadas o dirigidas por un rey, un señor feudal o un cacique. Es indiferente que nos gusten más o menos estas nuevas costumbres que se han generalizado, pues mientras respondan a la persecución del bienestar de tantos y tantos individuos a lo largo del mundo, nosotros podemos rasgarnos las vestiduras, clamar contra la inmoralidad del beneficio a cualquier precio -que no es "a cualquier precio", primer sesgo erróneo-, ¡nosotros podemos decir misa!, que todos ellos ya han decidido por sí mismos, y no por un capricho, sino porque los resultados obtenidos les han corroborado que habían escogido la senda correcta.

Pues así es. Paradójicamente, aquella apología que resulta ser el anatema de los anatemas es la que compete al sistema de organización económico-social que a todos nosotros, anatemizadores, nos sostiene y nos mantiene con un nivel de vida bastante aceptable (no quepa duda de que mucho más aceptable que si lo cambiáramos de repente por cualquier otro: feudalismo, mutualismo, socialismo, imperialismo.)

Se dirá que no es éste el máximo tabú porque existen muchos más apologistas del libremercado que disidentes del pensamiento progresista o revisionistas de la cuestión judía. Lo cierto es que no. Lo sería si incluimos entre los defensores del capitalismo "salvaje" -connotación maliciosa por excelencia- a aquellos que concurren a elecciones calificándose de "liberales". Pero la verdad es que muchos de ellos, por no decir todos, de "defensores del libremercado" sólo tienen el nombre; pues las políticas que practican cuando han alcanzado el poder únicamente son calificadas de "liberales" por todos aquellos que abjuran del liberalismo, pero jamás por los filósofos y economistas que realmente defienden en coherencia tales ideas. Llamar liberalización del mercado a regalar empresas públicas a sus amigotes en régimen de monopolio u oligopolio, como digo, sólo puede calificarse de favorable al libremercado por quién ni sabe lo que esto es, ni sabe en absoluto lo que defiende la ideología liberal.

Y no se equivoquen, yo soy el primer crítico del consumismo, del individualismo atomista, del relativismo, de la adoración de cualquiera de los totems modernos, y de la imposición de modelos occidentales disfrazados de "universalidad". Pero de lo que ya no soy enemigo, desde luego, es del capitalismo como tal (sin añadidos convenientes ni connotaciones arbitrarias de las que tanto abundan). Ya que, una vez entendido el concepto desnudo, liberado de todas esas "figuras fantasmales" que le han ido adhiriendo unos y otros, yo también me uno a los que hace tiempo se vienen haciendo las siguientes preguntas:

¿Por qué nos suscita tanta suspicacia, tanta inquietud, un sistema basado en el intercambio y los contratos voluntarios? ¿Por qué le adherimos tantas de esas connotaciones, y tan imaginativas (por momentos, delirantes) cuando todo lo que suponga imposición -y todo lo que no lo sea no es legítimo criticarlo-, por propia definición no puede tener origen en el capitalismo como tal?

La competencia "inhumana". El mercado "sin control".
Este problema ha sido estudiado largamente por intelectuales como Huerta de Soto, Hayek, Von Mises, o Escohotado. Ellos apuntan a varios motivos, a cada cual más curioso. Por un lado, está el hecho de que los modos de organización basados en el ahorro y el intercambio no dejan ver todos los complejos mecanismos con los que funcionan y nunca pueden ser reducidos a fórmulas racionales-matemáticas, con lo que, aquellos empeñados en explicarlo todo mediante la razón pura se desesperan y buscan causas y efectos, responsables y víctimas, al precio que sea. Son justo los intelectuales 
-¡mucho más que los supuestos "explotados"!- quienes especialmente han fomentado esa desconfianza y esos juicios morales sobre "el capital"; y en ello tiene mucho que ver el hecho de dedicarse a las labores que se dedican, pues ven frecuentemente como personas con mucho menos nivel académico o cultural hacen fortunas con actividades "muy poco honorables", tales como una nueva forma de vender utensilios de cocina o de hacer la vida más cómoda al transportista, al fontanero o al conserje de nuestro portal. Pero el intelectual, que sí se dedica a tareas "nobles y de altura", no concibe que él perciba tan pocos ingresos mientras ese "paleto con una ocurrencia" se haya forrado de una sola vez, aunque nunca más vuelva a tener otra idea de valor en su vida. Nuestro entendimiento, además, tampoco acaba de asumir el hecho, aun siendo evidente, de que esa "avaricia y competencia descarnada" es la que posibilita que tengamos el mejor acceso posible a los mejores bienes posibles (aunque nada es tan perfecto. No hay que olvidar las artimañas publicitarias destinadas a hacernos desear infinidad de cosas de las que antes ni teníamos noticia, lo que es el pan de cada día en un "régimen de mercado".) En cualquier caso, habida cuenta de esas "fallas del sistema", ningún otro podría haber logrado que tuviéramos tan buen acceso a tan deseables bienes como lo tenemos hoy día. Sin embargo, todos esos intelectuales, críticos, condenadores, e insatisfechos crónicos únicamente centran su mirada en los presupuestos "egoistas, descarnados e inhumanos" pero nunca en los resultados que dan esos mismos presupuestos, sean más o menos "humanos". Y de la humanidad de los resultados (SUBRAYEN BIEN ESTO) sólo se puede dudar cuando no se contraponen debidamente con los resultados arrojados por el modelo anterior, o con los modelos alternativos y contemporaneos.

Nuestras persistentes e innumerables reservas con un modelo que, indudablemente, nos ha beneficiado mucho más de lo que nos ha perjudicado, y en el que seguimos mal que bien inmersos (aunque le pongamos freno aquí y allá con unas cuantas restricciones) se explica por un choque cognitivo entre nuestra percepción ancestral, incluso evolutiva -que requería circunscribirse al pequeño grupo, al clan, en orden a sobrevivir-, y la percepción que nos exige el mundo moderno, globalizado, donde los presupuestos y los razonamientos que servían para explicar el ORDEN RESTRINGIDO -el del clan o el poblado-, ya no sirven para los ÓRDENES EXTENSOS e hiper-complejizados que hemos desarrollado en los últimos siglos.

La teoría de la explotación, una falacia que ha dado pretexto
a todas las revoluciones marxistas. El valor no procede
del trabajo, sino de lo que el público esté dispuesto a pagar.
Si todo el mundo dejara de fumar, ¿qué valor  creen ustedes
que tendrían los cigarrillos, los puros y las pipas?
La solidaridad del clan era exigencia de nuestro modo de vida ancestral. Estos instintos, pues, estas respuestas emocionales que sentimos frente al interés monetario, la competencia y la propiedad privada son completamente naturales -otra cosa es que sean favorables en nuestro actual contexto-. 
La velocidad con la que ha cambiado el mundo nos asusta; y la eficiencia con la que los procesos de mercado se han extendido por ese mismo mundo, haciendo de él algo mucho más complejo, y por ello, difícil de analizar en orden a extraer conclusiones, nos asusta todavía más. 

Porque si a nuestro instinto atávico de clan le cuesta muchísimo adaptarse a estas nuevas realidades, a nuestro instinto moderno racionalista no le resulta menos arduo el aceptar que esa razón que, hasta hace poco, debía ser capaz de explicar prácticamente todo, no se basta para explicar, y sobre todo, PARA JUSTIFICAR -éste es el gran escollo- el orden de mercado. Pero no de modo distinto a como tampoco se basta para explicar y justificar el orden en que se han basado para su construcción los idiomas, las formas culturales y las innovaciones e invenciones de todo tipo. No se pueden reducir a fórmulas matemáticas ni a teoremas como los de la física todas aquellas realidades que evolucionan por la acción de incontables individuos, empleando cada uno sus conocimientos particulares a los que nadie más tiene acceso, y colaborando entre ellos, incluso SIN SABERLO, a dar a luz nuevos modos de inter-relación, de colaboración, de intercambio, de organización espontánea.

En efecto, por más que me costara reconocerlo (es tremendo tabú el del beneficio y la privacidad), no hay realmente un problema de mercadolatría, como creí en su momento. El único problema es la ESTATOLATRÍA. Porque es el Estado la gran abstracción, la verdadera imposición arbitraria que actúa también arbitraria y torpemente. Por el contrario, el mercado no es más que la acción humana libre y espontánea. Y por ello es tan ridículo querer "enmendar sus errores" como lo sería pretender dirigir o planificar centralizadamente la evolución de la lengua, la cultura, el arte o la tecnología.

La gran pregunta entonces es: ¿por qué la creatividad humana suele respetarse, y hasta venerarse, siempre que no sea en el ámbito de la empresarialidad? Porque para más inri, resulta ser ésta una de las clases de creatividad que necesariamente crean consigo oportunidades para otras personas. Visto desde esa perspectiva, no podría ser más contraproducente la actitud que mantenemos tan a menudo frente al empresario.

A ésta pregunta hay que añadir dos razonamientos básicos para completar nuestro replanteamiento del "problema del mercado". Y en ellos, ningún papel tienen los juicios morales, tan sólo la más pura y fría lógica. Tras digerirlos, les advierto que es probable que se abra un nuevo mundo ante sus recelosos ojos. (Los conceptos transforman la realidad. Las metáforas piensan por nosotros.)

El primero es aquel al que hice alusión antes: Todo cuanto suponga imposición es legítimo criticarlo, todo cuanto sea voluntario ya lo es bastante menos. Pero por propia definición, todo lo que no sea voluntario no puede tener origen en el capitalismo como tal, pues éste se basa justamente en contratos entre ciudadanos libres (además de en el ahorro, la inversión, la competencia y el cálculo económico). Por lo tanto, sólo nos quedan dos opciones: o buscamos un nuevo significante para contener lo que clásicamente se aceptó como significado de "capitalismo", o aceptamos que la definición era correcta pero nosotros nos empeñamos en "adornar" el concepto con algunas que otras imaginativas y recelosas connotaciones.

El segundo vendría a plantear también algo muy sencillo: Cuando se piensa que la economia, la riqueza, es una constante, es normal que se llegue a la conclusión de que "la tarta debe repartirse mejor". Por el contrario, si se piensa que la economía, la riqueza, es algo que crece, parecerá lo más lógico el fomentar que siga creciendo. 

Estas tres coordenadas conforman una nueva perspectiva sobre las realidades que tanta sospecha y desconfianza motivan, y quizá ayuden a caminar hacia una cierta objetividad (una completa sería imposible), librándonos al mismo tiempo de unas cuantas subjetividades que, aun sin tener razón de ser, han estado impidiendo que podamos enfocar correctamente los problemas a los que se enfrentan nuestras sociedades modernas.

martes, 2 de junio de 2015

"Evola: Permanecer en pie sobre las ruinas, orientarse en medio del caos" (II)


Evola tiene dos dimensiones para mí, hay dos tendencias que se me abren simultáneamente tras leer parte de su obra. Dos sensaciones completamente contrarias se suscitan ante su pensamiento en conjunto. La primera es la que introduje someramente en la anterior entrega: la fascinación ante una visión novedosa, al mismo tiempo que total e integradora, del cosmos, de la vida y de la historia; un conjunto de lúcidas miradas a lo ancestral y a lo moderno que actúan como un poderoso catalizador de la imaginación reflexiva. La segunda toma la forma de un beligerante escepticismo ante unas referencias intra-históricas, meta-históricas -pseudo-históricas para muchos- cuya defensa es tan vehemente como dudosa su veracidad; cuya convicción parece mostrarse más firme cuanto más endeble es el crédito que merecen sus indicios. 

Dado que el autor valora más la pureza de las distintas formas de espiritualidad, cultura y civilización en tanto más se alejan del presente, uno no para de interrogarse por si no será todo, al final, poco más que fuegos fátuos.  Más incredulidad suscita aún su afirmación de que el género humano no ha estado sujeto a evolución en sentido darwiniano sino, muy al contrario, a una involución desde unos tipos ideales cercanos a la perfección divina, e incluso inmortales (aunque esto último no se afirme con total seguridad.)

Pero con todo, esa idea tan central en su cosmovisión que tiende a explicar la historia como perpétua batalla entre Modernidad y Tradición es vibrantemente fecunda en las reflexiones filosóficas que suscita en el tipo de lector más combativo, como es el caso de quién les habla.

Desarrollaremos a continuación cuatro aspectos, cuatro vertientes de estas tesis metahistóricas y metapolíticas, aunque el primero engloba a los otros tres, o si lo prefieren, es el tronco del que surgen esas tres ramificaciones:


TRADICIÓN Vs DISOLUCIÓN.  
-¿Por qué la Modernidad es esencialmente disolución?-

Este punto es del que se derivarán, como hemos dicho, todos los siguientes. Expresémoslo en tres o cuatro ideas-fuerza para interiorizar mejor a qué nos referimos. 
Si pensamos en clave de "culto a la grandeza vs culto a la mediania" o "cultivo de la excelencia vs cultivo de la bajeza" podemos intuír ya por qué senderos transita la idea.
O quizá nos orientamos mejor si decimos "aristocracia vs oclocracia"..
"LO HERÓICO Y PERSONALISTA VS LO ANÓNIMO Y ANODINO" ...

Que el horizonte sea EL ABSOLUTO o que el horizonte sea LA NADA.. ¿?

Sé que hoy poseemos una mentalidad tan diametralmente opuesta que todo esto nos suena a cosa rancia y reaccionaria. Tenemos tan aprehendidos los conceptos, precisamente modernos, de igualdad, humanismo y democracia, que puede resultar difícil salirse del contexto histórico y juzgar las ideas que han conformado nuestro mundo actual desde fuera del mismo.

Pero aquellos viejos temas, la oclocracia, la REBELIÓN DE LAS MASAS, son tan actuales hoy como lo fueron siempre. Y filósofos de la talla de José Ortega y Gasset han recogido esta problemática con una brillantez y una clarividencia que, como poco, nos debe hacer ver la necesidad de atender a estas cuestiones; aunque no necesariamente suscribamos las opiniones concretas de Ortega, ni mucho menos, las más radicales de Evola.

No estamos diciendo que haya que prescindir de la democracia -ese sería un tema que llevaría demasiado desarrollar, y estas no son, en ningún modo, unas reflexiones sobre formas políticas-. Lo que estamos diciendo es que urge echar el freno de estos tiempos tan acelerados para otear de vez en cuando los peligros que, desde diversos flancos, se ciernen sobre nuestra agotada civilización. Y repensar profundamente nuestra vehemente defensa del "Pueblo llano" y nuestro ataque, igual de vehemente, a lo aristocrático en su sentido más puro y más amplio. 

¡Los referentes son importantes! En esencia, esa es la cuestión que se encuentra en el centro de este problema -grave problema que, si no atajamos, traerá aun más trágicas consecuencias de las que ya ha traído- ¿A qué aludimos cuando decimos "referencias"? Obviamente, hablamos de referentes socio-culturales, de los mitos y héroes que inspiran a la gran masa. De la diatriba crucial consistente en elegir si tomamos como ejemplo la excelencia o la mediocridad, si vamos a mirar hacia las alturas o hacia el fango.  Hay que expresarlo de forma así de clara y contundente, pues si nos andamos con remilgos y medias tintas no vamos a llegar nunca al núcleo duro del asunto.

Sobre ello podríamos seguir hablando varios párrafos más, pero como todavía quedan más puntos por tratar, lanzo sin más la pregunta que tanto nos urge empezar a hacernos todos y cada uno de nosotros:

¿Creen ustedes que estamos cultivando realmente la grandeza en la sociedad actual?

A juzgar por lo que llega a nuestros ojos y oídos cada día, el horizonte no parece en exceso halagüeño, y la respuesta a esta pregunta se va aclarando conforme va oscureciéndose aquel horizonte.


TRADICIÓN Vs MATERIALISMO.

Y a este mismo respecto, pongamos el foco ahora sobre otra diatriba, aquella ya vieja pugna entre la concepción espiritual y la concepción material del mundo.

En la obra que más me interesa de Evola, al menos de las que llevo leídas, que es la titulada "Cabalgar el tigre", se citan las certeras palabras de André Bretón:"Es preciso impedir que la precariedad completamente artificial de las condiciones sociales vele la precariedad real de la condición humana". A lo que el italiano añade después, con sus propias palabras, que "el verdadero significado del mito económico-social, sea cual sea su variedad, es la de un medio de anestesia interior o de profilaxis tendiente, no sólo a eludir el problema de una vida carente de todo sentido, sino a consolidar todas las formas de esta fundamental ausencia de sentido en la vida del hombre moderno".

¿Cuantas veces hemos expuesto la miseria economicista, cuando no historicista, del liberalismo y el socialismo? 

¿Cuanto vacío no habrán engendrado en el alma del Hombre, estos dos, prometiendo llenar su estómago?

El marxismo se ha pretendido frío y objetivo siendo burdo, superficial, y estrecho de miras.
Ver en toda realidad social una forma de dominación no es, como creyeron ellos, ni ser honesto ni tener un prisma analítico; es ser simplista, vulgar, y supone una negativa a priori a la posibilidad de profundizar. Es amputarse la capacidad de repensar y re-enfocar las realidades de nuestro entorno.

Del liberalismo se puede decir lo mismo, haciendo la salvedad de que su enfoque es optimista -donde el anterior dice "dominación", éste pone "colaboración-, pero igual de ingenuo en su exaltación de los potenciales del homo economicus como el marxismo en su visión cruel e implacable de una historia humana que, en su pluma, deja un sabor a profunda NADA.

MORAL TRADICIONAL Vs MORAL MODERNA

"Si la ley debiera prohibir todo lo que juega el papel de estupefaciente, en el sentido más general del término, haría falta suprimir gran parte de lo que compone la existencia moderna y alimenta una industria particularmente desarrollada y agresiva."

(´Cabalgar el tigre`, J.E.)

Hoy ya empieza a estar más difundida una moral alternativa a la prohicionista, pero asimismo, alejada de concepciones cómodas e irresponsables como las de ciertos apologistas del "modo de vida adicto", por darle algún nombre. 

Gentes bien conocidas en nuestro país como los señores Escohotado y Dragó llevan tiempo haciendo una encomiable labor pedagógica que puede encaminarnos a escapar de esa errada diatriba entre, por un lado, la cruzada contra ciertas sustancias y, por otro, la moral laxa y destructiva del "haz lo que quieras".

Los que tengan algo sabido el discurso de estos intelectuales, y de muchos otros, como puedan ser Castaneda, Jung o Jodorowsky, estarán en conocimiento de que todos los problemas derivados de las sustancias enteogénicas tienen por origen la ruptura del vínculo entre la sustancia en sí y la tradición que la acompañaba; entre la planta, el brebaje, el preparado, y el entorno cultural en el cual se enmarca y que lleva consigo el conocimiento acumulado de decenas de generaciones sobre el estupefaciente en cuestión.

Pero la reflexión urgente en estos "tiempos de disolución" es la que apunta Evola en la cita: Sea por medio de sustancias o por otros medios cualesquiera, la sociedad occidental post-moderna está llegando a un paroxismo de la sedación; y es cada vez más evidente que no es algo casual, porque es demasiado obvia y demasiado golosa la tentación de los poderosos, de un grupo u otro -o más bien de todos- de suministrar a la masa tantas clases de "adormecientes" como haga falta, con tal de que les dejen hacer, ocasionándoles las menos molestias posibles.

Y sin salir del mismo ámbito, veamos qué ocurre con el sexo. Evola dice sobre el papel de éste en la actualidad que "es como si esta obsesión sexual que se habia manifestado anteriormente con la mentalidad puritana bajo un signo negativo, a través de inhibiciones, tomara hoy día, incluso con carácter más agudo, un signo positivo." 

No me podría parecer más acertado el diagnóstico. Me he cansado de advertir sobre esto durante largo tiempo. Tan perniciosa y contraproducente puede resultar la inhibición generalizada como la inducción igual de generalizada. Para que uno pueda "liberarse" realmente, deberá estar tan libre de coerciones como de estímulos. Una sexualidad libre es la que no tiene miedo de expresarse tal como es, bien sea por exceso, o bien por defecto. No hemos logrado, por tanto, ninguna liberación sexual, como diría el papanatas medio de nuestro tiempo, sino que hemos cambiado represión por potenciación, ambas igual de artificiales, y ambas un efectivo medio de control social.

A continuación, Evola también advierte que "allí donde el sexo se pone de relieve, es natural que la mujer, su dispensadora y su objeto, domine la situación". Y esto resultaba evidente a cualquiera cuando nuestro juicio no estaba tan condicionado por esos nuevos complejos pequeño-burgueses, esos tabúes que hoy se expresan de forma tan pacata en el miedo atroz a reconocer diferencias entre sexos, gentes, y costumbres.

El que "la mujer domine la situación", más allá de que esto no equivalga a decir que "lo femenino domine" -confusión que ya aclaré en un texto específico sobre ello-, también entraña conflictos, tanto externos como internos, a los que no podemos dar la espalda. 

Doy por hecho que la mayoría va a convenir en que hay diferencias evidentes y que no responden al influjo cultural entre uno y otro sexo. Partiendo de este acuerdo, convendremos en que si la balanza se inclina a favor de la mujer, o del varón, la realidad socio-cultural resultante será distinta, puesto que los valores que la han impulsado también lo son.

Como la virilidad ha sufrido un proceso de demonización tal que ha acabado convirtiéndose en anatema, cuesta hablar en estos términos sin suscitar indignación -antes aludimos a los "complejos pequeño-burgueses", pero igualmente podríamos hablar de "neo-puritanismo", de un trasunto de la vieja mojigateria o santurronería- Es difícil pues, hoy, plantear abierta y claramente que nuestra sociedad está sometida a un proceso de CASTRACIÓN, no sé si con más o menos prisa, pero desde luego que sin pausa, y sin tregua.

No vamos a hacer un listado de todas las consecuencias que esto traerá a la larga -además de las que ya está trayendo-. Sería imposible abordar todos los ámbitos en que esto puede llegar a expresarse. Lo que vamos a hacer es dar unos apuntes concisos para movernos a cuestionar ciertas ideas que hoy están instaladas en el consenso social pero que bien podrían salir de él si fomentamos el diálogo crítico -cosa que escasea cada vez más por estos lares, pues como dice Rodrigo Mora: "En una sociedad hiper aleccionada y dogmatizada, los hechos cuentan poco, ya que la mayoría se guía por teorías e ideas abstractas."-

¿Decir que esta es una sociedad castrada es exagerado? ¿Suena a exabrupto de macho alpha trasnochado? Desde luego, por ahí no me pillarán, porque si bien intuyo en este apoquinamiento del varón un hecho desgraciado, no soy yo un ejemplo de extrema virilidad -y de hecho, defiendo también la posibilidad de que existan virilidades distintas- A donde yo quiero ir a parar es a algo muy básico: Antes hablábamos de una "balanza descompensada". Pues ni más ni menos que ese es el problema -todos los demás se derivan de uno u otro modo de él- ¿Les suena aquello del "yin y el yang" y la complementariedad de los opuestos? ¿Me aceptarían también, o es mucho pedir, que las mujeres tienden a ser más emocionales, generosas y tolerantes que los varones? 

Pues bien, si aceptamos estas premisas -que para algunos ya será mucho aceptar- apreciaremos claramente que, veámoslo positivo o no,  la moral social se inclinará más hacia los valores femeninos que hacia los masculinos -aunque aquí hay que hacer una importante salvedad. Y es que, como ya dije en el texto al que aludí hace un rato, estos valores ancestrales de la mujer están ya muy contaminados de los valores viriles que el feminismo, en gran parte, ha adoptado.- Pero aun habiendo asumido muchos valores masculinos como propios, las mujeres de hoy siguen siendo en cierta medida muy parecidas a las mujeres de cualquier otro tiempo; y como tales, lo emocional, lo maternal, lo "suave", sigue primando en las actitudes y en los valores de gran parte del sexo femenino. 

Y esto es lo que ocurre, o lo que recién empieza a ocurrir, que al tomar cierto dominio moral la mujer sobre el varón, aun no habiendo llegado a ser absoluto, ni mucho menos, sí se observa que cedemos cada vez más, en conjunto, al buenismo, a la compasión por defecto, al.. "dejarlo estar", movidos quizá por el chantaje emocional, digámoslo así de crudo, de la masa femenina que va tomando protagonismo en el consenso social.

E insisto en que todo lo descrito no implica que este cambio sea a mejor o a peor. Ustedes deberán decidir eso. Unos opinarán que "ya era hora", otros que convendría equilibrar la balanza, e incluso los habrá -sé que los hay- convencidos de que lo natural y lo sensato, de toda la vida, es que domine el varón.
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Y como estos párrafos se han alargado más de lo que planeé, dejaremos ya para la tercera entrega, y la dedicaremos por entero a ello, la reflexión sobre la última de estas oposiciones planteadas por el pensamiento evoliano, que es la existente entre RELIGIOSIDAD TRADICIONAL y RELIGIOSIDAD MODERNA.