Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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viernes, 9 de septiembre de 2016

"PROHIBIR Y OBLIGAR".


1. El relato de las conquistas sociales: ¿verdad o mito?


Es muy difícil que sea necesario prohibir algo que no es malo, bajo el pretexto de una perfección imaginaria. (Montesquieu)

El lumpen-proletariado se abre paso como puede en los márgenes de la civilización. Se dedica a pequeñas chapuzas, a la venta ambulante, o se mete a trapichear con drogas, al tiempo que malvive de subsidios. Sus caminos están colapsados, sus esperanzas truncadas. Ve muy pocas salidas a esta situación y no percibe en el horizonte señal alguna de mejora en un futuro cercano.

Como digo, sus vías de acción son escasas. No tiene ni la formación ni la experiencia para lograr que le contraten por el sueldo mínimo estipulado, ni mucho menos para que ningún empresario grande o pequeño se arriesgue a asumir el coste de un posible despido, también estipulado, dado que esa escasa formación y experiencia no le ofrecen a este último la confianza suficiente.

Podría contratarle por menos dinero y prometerle también menos en caso de despido; y dado el caso, este obrero poco cualificado podría demostrar la diligencia y ambición que le abriesen poco a poco el camino del mercado laboral e ir conquistando cada vez mayores cuotas de bienestar y reconocimiento social.

En vez de eso, se quedará atrapado en este círculo vicioso casi de por vida.

Pero nada de ésto es, como suele aducirse, culpa de la sociedad, ni de la clase empresarial.. ni del capitalismo… SINO DE LAS LEYES. Leyes que se nos han vendido precisamente como “conquistas sociales” que favorecen a los más débiles.

La intención de este relato es, pues, mostrar que a quienes protegen estas supuestas conquistas sociales es, en todo caso, a los más fuertes de entre los débiles, esto es, a la aristocracia proletaria, que disfruta de notables privilegios, así como de una barrera artificial a sus competidores; y que a quienes perjudica, y en muchos casos trunca por completo sus esperanzas, es a los más débiles de entre los débiles: el llamado lumpen-proletariado.

Pero no sólo se ven perjudicados por estas trabas que las leyes imponen a empleador y empleado, sino también como resultado de las subidas de salario forzadas mediante huelgas y boicots. Por mucho que se insista en ese mítico relato de las “conquistas sociales”, según el cual toda mejora en la calidad de vida del obrero se debe a la presión (y la violencia) ejercida por éste, lo cierto es que la economía no funciona de la forma que imaginan algunos. Para empezar, apenas se tienen en cuenta todos los efectos colaterales de tales “conquistas”. Y es que en efecto son conquistas, pero entendidas en sentido militar: arrebatarle a otros parte de lo que les pertenece y adquirir privilegios o ventajas sobre ellos. Usando la conocida fórmula de Bastiat, lo que se ve es el aumento de salario y mejora de las condiciones laborales de quienes ejercen con éxito la presión sobre el empresario; lo que no se ve son los obreros que este empresario deja de contratar y las inversiones en capital fijo* que deja de hacer debido a la disminución de su capital variable*. Lo que se ve es el mayor bienestar alcanzado por los obreros favorecidos; lo que no se ve es el aumento del precio de los bienes o servicios ofrecido por esa empresa derivado de la pérdida de competitividad.

Es absurdo pensar que el aumento progresivo de los salarios que hemos visto en las pasadas décadas se deba a las demandas de los sindicatos. Si lo analizamos someramente, enseguida nos percatamos de cuán ridícula es esa idea. Para empezar, implica asumir que todo empresario (grande o pequeño) dispone de fondos ilimitados. Pero implica además no prestar atención alguna al aumento de la productividad. Los salarios en USA subieron más rápido que los salarios en Europa, a pesar de estar aquel país mucho menos sindicalizado que los nuestros. Vemos, por tanto, que el poder adquisitivo de la clase obrera (incluso de esa parte de ella que resultó privilegiada) no aumentó tanto gracias a las subidas de salario forzadas como al aumento de la productividad (derivado de una mayor inversión en maquinaria) y a la disminución del precio de los bienes de consumo; factores que obviamente no tienen relación con los “derechos sociales” sino con la “salvaje competitividad” del capitalismo.

Las huelgas, las demandas y las presiones ejercidas por los sindicatos lograron, como digo, privilegiar y proteger a parte de la clase obrera al precio de perjudicar al resto, aunque también en gran medida a los mismos que pretendían proteger, pues la productividad, así como el abaratamiento de los bienes y servicios, habría aumentado todavía más de haber dejado a la “salvaje competencia” operar de forma natural. 

¡Ea! ¡Ahí tienen el verdadero rostro de sus “conquistas sociales”!, despojado de los bellos ropajes con que lo ha vestido esa clase política que pontifica sobre el mercado laboral, aunque rara vez haya tenido que abrirse paso en él. Y ahora que lo han contemplado sin ornamentos ni maquillaje, digieran el mal trago y, tras ello, procuren ser honrados y obrar en consecuencia.

(*Capital fijo y capital variable son los mismos términos que usaba Marx para referirse en el primer caso a los medios de producción, como edificios y maquinaria, y en el segundo a la liquidez, materias primas y mano de obra.)
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2. ¿Es la libertad un bien divisible?..¿Y quién tiene legítimidad para dividir y administrar la de los demás?

Nadie puede fiarse sin peligro de las opiniones ajenas, porque descubriría que las opiniones de los otros no concuerdan entre sí. (Lysander Spooner)

Antes pintábamos una estampa que a todos nos es muy familar: la del menudeo en los barrios marginales. Y nos viene muy bien retomarla, dado que el tráfico de drogas ilegales, en cuanto economía sumergida, guarda un estrecho paralelismo con el mercado laboral. 

Muchos se percatan muy bien de que la prohibición de determinadas sustancias no elimina estas sustancias de la sociedad sino que tan sólo obliga a comerciar con ellas en la economía informal, lo cual las encarece y hace disminuir su calidad. Pues bien, la prohibición de trabajar por menos de un sueldo estipulado y sin las condiciones que marca el gobierno de turno tampoco hace desaparecer del mapa a los obreros y empresarios que están dispuestos a firmar ese tipo de contratos. 

¿Por qué les resulta a algunos tan fácil percibir esa lógica en materia de drogas ilegales pero les es tan difícil verla en este otro ámbito, cuando el razonamiento que subyace es exactamente el mismo?

No es la multitud de tabernas la causa de la disposición general al alcoholismo entre el pueblo llano, sino que esa disposición, originada en otras causas, necesariamente da pie a que haya una multitud de tabernas. (Adam Smith)

He aquí una frase que puede enseñarnos mucho más de lo que parece a primera vista. Si la culpa del alcoholismo no es de quien vende alcohol, tampoco permitir la venta de otras sustancias adictivas va a hacer que la gente se vuelva más viciosa, ni prohibirla va a hacer que se torne más virtuosa. 

Pero si seguimos tirando del hilo, nos daremos cuenta de que la misma lógica es extrapolable a todos los bienes de consumo. Ni permitir la prostitución legal va a aumentar la demanda de servicios sexuales, ni permitir la venta y posesión de armas va a aumentar el número de homicidios (en este último caso, más bien puede hacer que disminuyan, puesto que prohibir las armas es la mejor manera de asegurarse de que sólo las tengan los malos y de que los buenos no puedan defenderse).

La libertad nunca es el problema. La prohibición nunca es la solución.

Y si el lector sigue suscribiendo lo hasta ahora planteado, deberá aceptar finalmente que prohibir que la gente trabaje por menos dinero del que a nosotros nos parezca justo tampoco va a impedir que lo hagan en la economía sumergida (a costa de asumir más riesgos, lo mismo que en el caso de las drogas); ni mucho menos va a lograr que los empresarios (grandes o pequeños) paguen más de lo que les permite su margen de beneficio.  

Lo verdaderamente llamativo es que haya tanta gente que suscribe la posición que hemos defendido aquí en materia de drogas y prostitución (no sé si tanto en materia de armas) pero que se resiste a admitir que la lógica que hemos aplicado al mercado laboral sea exactamente la misma.

Muchos entienden perfectamente que lo que hay detrás de los prohibicionismos en general es ignorancia y moralismo, además de una postura inmadura de negación de la realidad. ¿Cómo es, pues, que lo aplican a unos ámbitos sí y a otros no?

Quizá porque en efecto poseemos sesgos que nos impiden aplicar el mismo razonamiento a todas las situaciones, el programa de los partidos políticos sigue basándose esencialmente en estas dos propuestas: PROHIBIR Y OBLIGAR. La política, en la inmensa mayoría de los casos, sigue pensando que prohibiendo a la gente hacer según qué cosas y obligándola a hacer según qué otras va a “construir una sociedad mejor”, en vez de una más agobiada por las trabas que constantemente se empeña en ponerle la clase política y cada vez más resabiada y dispuesta a saltarse las normativas como sea (por ejemplo, mediante el soborno a los funcionarios).
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Llegó la época en que todos han pretendido colocarse fuera y por encima de la humanidad, a fin de arreglarla, organizarla e instituirla a su manera. (…)

Ya pasó más de siglo y medio desde que se anunció esto. Y parece que seguimos en las mismas. ¿Cuánto tiempo más toleraremos la arrogancia de ciertos hombres? ¿No habían quedado muy atrás el derecho divino y el despotismo ilustrado? ¿O es que aquella legitimidad, lejos de morir, meramente pasó de manos de los reyes a las de políticos e intelectuales?

(…) Miserables, que tan grandes os creéis, que juzgáis a la humanidad tan pequeña, que todo lo queréis reformar. Reformáos vosotros mismos; con esa tarea os basta.

(Frédéric Bastiat)

Son estos hombres llenos de arrogancia los que nos conceden fracciones de libertad, administradas con un cuenta gotas que sostiene una mano temblorosa, aterrorizados de lo que pueda pasar de concedérnosla entera.

Son estos seres que se colocan fuera y por encima de la humanidad los que dedican sus "hondas reflexiones” a averiguar qué cosas seremos capaces -nosotros: mortales- de decidir por nosotros mismos y cuáles es mejor que sigan decidiendo ellos. 

Y dependiendo del espectro ideológico en que se ubiquen estos “prohombres”, se inclinarán por unas o por otras.

Liberalizar las drogas, por ejemplo, es una demanda que suele proceder de la izquierda. Liberalizar la economía en general, por el contrario, se asocia más a la derecha. Extender la libertad de expresión de nuevo acostumbra a proceder de la primera. Pero si hablamos de libertad de acción, volvemos a ubicarnos en la segunda. El respeto a la libre elección en materia sexual y afectiva nos es concedido por la izquierda. Pero en materia moral y axiológica por la derecha. Reconocer el derecho de secesión a un territorio.. de izquierdas. El de los padres a elegir la educación de sus hijos.. de derechas. Aborto: izquierdas. Gestación subrogada: derechas.

¿Pero qué sucede si alguien quiere defender todas esas libertades a la vez? ¿Qué ocurre si ese alguien no las percibe como entes separados, sino como diferentes manifestaciones de un mismo principio?  

Da la impresión de que la única opción que no se contempla en materia de libertad es que alguien se muestre al fin CO-HE-REN-TE.
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martes, 15 de septiembre de 2015

Reinterpretación de la dialéctica y crítica de la moral.

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«El marxismo obtiene su fuerza de la necesidad psicológica de creer en él.»
(Leszek Kolakowski)
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«El comunismo no es el futuro de la humanidad, sino su muy arcaico pasado.»
(Juan Ramón Rallo)

Éstas son dos citas verdaderamente elocuentes. Pero en referencia a esta última, es importante recordar también que, mientras que en ese arcaico pasado la mentalidad colectivista surgió de modo espontaneo, en tiempos recientes ha sido necesaria la violencia para "persuadir" a la mayoría social de retornar a ella. 
¿Por qué creen, si no, que llevan tanto tiempo extendiendo el mito de que el capitalismo se impuso por la fuerza? Pues por la sencilla razón de que depende de ello su legitimidad para imponer asimismo su modelo (ese que se presume "más justo"). La única forma de tornar lícita una acción violenta y autoritaria sobre la sociedad es presentar la coyuntura actual como fruto de otra acción igualmente violenta y autoritaria. Y como ese fin suele justificar cualquier medio, poco importará si la comparación entre unas y otras imposiciones es visiblemente acomodaticia, o si se tuercen los hechos para hacer pasar por violencia lo que cualquiera con sentido común nunca juzgaría como tal (aunque después sí logren persuadir a muchos de lo contrario mediante la conocida estrategia gramsciana de conquista gradual de la hegemonía ideológica). De este modo, empiezan a difundir conceptos como "violencia estructural", o a calificar de "fascista" toda ley o costumbre que encuentran indeseable ya que, de tal manera, hacen parecer menos grave su intención de combatir la "violencia" con VIOLENCIA y el "fascismo" con FASCISMO.
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Fíjense bien en que, tanto comunistas como social-demócratas, parten de estos dos axiomas:

1- Dar libertad al mercado va a perjudicar a los más pobres y a las pequeñas empresas.
2- Todo argumento procedente de las posturas liberales es una estratagema para favorecer a las grandes empresas y a "los ricos".

Hemos dicho que son axiomas. Por tanto, no cabe discusión sobre ellos. Es así como se explica la forma de operar de todos sus razonamientos. Y así, también, como se cierra toda aquella vía de reflexión que vaya en las direcciones antes señaladas como vetadas. El espectro de razonamientos queda reducido de este modo a todos aquellos que no transiten por las vías prohibidas. Es por eso, pues, que para un anti-capitalista (o "reformador del capitalismo"), en el fondo sólo cuenta desarmar las posturas del adversario como sea, y no, como se esperaría de un amante de la verdad, ajustarse lo más rígidamente a los hechos.

Cuando uno se percata de esto, percibe como nunca la peligrosidad inherente a todo moralismo.

Y no crean que concluyo esto elucubrativamente. Yo mismo, cuando era víctima en mucha mayor medida de ese moralismo en concreto, he observado en mí, y en aquellos con los que empatizaba, que la forma de operar de nuestro razonamiento era esa y no otra. Cada vez que escuchábamos a un anti-capitalista "desmontar" alguna idea defendida por un liberal o un conservador, sentíamos esa "victoria", o dicho en términos más científicos, el mecanismo de recompensa de nuestro cerebro se activaba proporcionándonos una sonrisa de satisfacción y una sensación de bienestar. No partíamos, pues, muchos de nosotros de un corpus de doctrina (quizá sí fuera el caso de los marxistas), sino que valorábamos cada-argumento-en-contra por sí mismo. Valorábamos la inconoclastia antes que cualquier icono o sistema alternativo al que buscábamos destruir; la derrota del oponente más que la defensa de una posición propia.

Creo que ahí es justo donde se DESCUBRE, se revela el motor tras ciertas vías de reflexión, el cual es, antes que racional, moral.

(Es preciso siempre distinguir la moral de la etica: La moral es un sentimiento, un instinto, mientras que la ética es una construcción social, un logro de la civilización, generalmente entendido como un conjunto de reglas cuya relación con los primitivos sentimientos morales puede llegar a ser difusa, si no indirecta. [Hume (*1)])

Probablemente todas esas ideologías, incluido el marxismo, aunque parezca un sistema en sí mismo, son pensamientos a la contra. Y al constituir su motor una negación, se hallan de inicio lastrados para ser una ciencia positiva.
No van detrás de su propia verdad, sino de negar la verdad del oponente. Y aún cuando han llegado a intentar lo primero, ha sido éste un acto derivado de lo segundo.

Mi conclusión es, por tanto, que aunque las izquierdas entiendan su posición como aquella que coloca a la ética sobre todas las demás consideraciones, lo cierto es que la verdadera postura ética es la asumida históricamente por el liberalismo; mientras que el socialismo y gran parte de lo que entendemos por "izquierda", lo que adopta es una postura moralista; pero de ningún modo ética.

Y no me baso para hacer esta afirmación únicamente en lo que expuse antes. Esto se muestra todavía más claro al contraponer la coherencia de unos al defender las mismas reglas para todos y la misma libertad en todos los ámbitos de la acción humana con la incoherencia de los otros que, sin discutir la justicia de estas normas en principio, sí plantean inacabables excepciones a las mismas basadas en los más diversos motivos, con lo que se hace inevitable que disminuya el respeto por ellas y el rigor exigido en cumplirlas. La ética, entonces, se va erosionando sin freno al tiempo que va siendo sustituída por los sentimientos morales (subjetivos, arbitrarios, volubles) del gobernante iluminado de turno, al que se cree imbuído de un conocimiento especial de la realidad social y de una empatía genuína con "el pueblo".

Una vez se cruza esa línea, aunque sea con la "legitimidad de las urnas", el camino al despotismo se alfombra de rojo y oro, y las libertades y derechos individuales empiezan a a verse en serio peligro.

Porque conviene no dejar de tener nunca presente otra constante histórica: la que muestra como toda estrategia del comunismo y la ultra-izquierda en clave "democrática" tiene el objetivo ya arriba insinuado. A saber: apoyarse en las mayorías electorales para subvertir los principios más básicos de la democracia liberal; lo que se traduce en pasar por encima de los derechos del individuo en nombre del "pueblo", entidad siempre difusa pero cuya mención causa una respuesta emocional positiva; o del "bien común", concepto aún más difuso y  peligroso, en cuanto puede instrumentalizarse para dar pretexto a las acciones más demenciales (sobran ejemplos de ello a lo largo de la historia, especialmente en el pasado siglo).
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Pero si hemos asumido la tarea de destripar el moralismo, al menos en su vertiente socio-política, nos vemos forzados a retomar la revisión de la filosofía nietzschiana que ya iniciamos en un texto anterior. Dado que el asunto que nos ocupa atañe al egoísmo, al dinero y a la clase empresarial, no vendrá mal pararse a reflexionar en torno a ello en el contexto del pensamiento moral de Nietzsche.

Y es que su crítica al mundo burgués nos puede arrastrar a caer en no pocas contradicciones, si nos fijamos bien.

Ésta crítica es acertada en tanto se refiere al "espíritu burgués" materialista, dócil, gris, antiheroico, de su tiempo. Pero nos lleva a error, y como dije, a callejones sin salida, si lo extrapolamos a todo lo que hoy va vinculado a la burguesía histórica (puesto que ya sólo subsiste aquel "espíritu", no así la "casta" como tal). A Nietzsche le ocurre como a tantos tradicionalistas y revolucionarios (cosas que no tienen porque ser antagónicas), que juzga a la "era de la burguesía" por la etapa de la misma que él pudo observar, y circunscrita a un contexto geográfico muy concreto. Al igual que las críticas (quizá también en parte acertadas) que le hacen los católicos "viejos" por juzgar al cristianismo enfocándose sobre todo en su "fase decadente" (de nuevo, dócil y antiheroica), el creador del concepto de "superhombre" no hubiera obtenido la misma impresión de la mentada Clase si la hubiese visto desenvolverse en los albores de la Revolución Industrial, creando casi de la nada, cual semi-dioses prometéicos, toda aquella imaginativa y deslumbrante maquinaria que hizo posible la expansión del bienestar (ese sí lo fue de verdad, y no el que ahora predican) a cada vez más y más sectores de la población.
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Pero no vayan pensar, por lo expuesto antes, que el liberalismo ha estado exento de incurrir en errores de bulto. Su punto de partida es más objetivo y camina en una dirección mucho más deseable, qué duda cabe. Sin embargo, cometió tan imperdonables excesos que acabó, en gran medida, trabajando contra sus propios fines. Esto lo supo ver muy bien un viejo y sabio conservador de allende los mares inspirado por otro viejo y sabio conservador de nuestro continente. Robert Nisbet, alumbrado por Tocqueville, predijo con gran tino el oscuro futuro del individuo "liberado" de las "cadenas de la tradición":

«Así es como el liberalismo puede engendrar el totalitarismo. El gran proyecto liberal de ”emancipación progresiva del individuo respecto de las tiránicas e irracionales sociedades ‘de status’ heredadas del pasado”, tomó el riesgo de hacer a esos individuos anhelar el abrazo de un poder total, mucho más tiránico que el de la iglesia, la clase o la familia. La política de ‘interés propio racional’ promovida por Hobbes y Locke creó un vacío, un anhelo de comunidad, que Rousseau y Marx vinieron presurosos a llenar.»

«Si Nisbet enseña una lección, es esta: Ud. no puede oponerse al crecimiento inexorable del poder del Estado con la defensa del solo individualismo y nada más. Ud. debe asumir la defensa del individuo y su comunidad.»

(Ross Douthat, ´Quest for community in the age of Obama`) 

Yo mismo he sugerido en más de una ocasión esta relación de causa y efecto entre el individualismo atomista y la dependencia del estado protector. Hay polémica sobre si fue primero el huevo o la gallina, como siempre ocurre en estos casos. Y no puede negarse que se alcanza en algún momento cierta retroalimentación en que el efecto se torna causa y la causa, efecto. Pero fuera como fuese, parece claro que correspondió a aquellas políticas llevadas a cabo en nombre de la libertad el incentivar en primer lugar el abandono de los viejos lazos y costumbres. Fueron "medidas liberales" las primeras causantes de la inercia que llevó a prescindir cada vez más de los antiguos vínculos -instituciones, todas ellas, que costó muchas generaciones afianzar pero que llevó muy poquito tiempo el destruir-.

Lo que nos lleva a concluir, pues, el proceso histórico descrito es que el liberalismo, sin quererlo, engendró su propia némesis al promover e incluso forzar la disolución de los lazos comunitarios que precisamente hubieran impedido en el futuro (nuestro presente) la dependencia que crea por sí misma hambre de más dependencia. O dicho de otro modo: el poder omnímodo del estado originó un vacío creciente en nuestra sociedad que, llegados a cierto punto de no retorno, ya no podía llenarse con otra cosa que con más poder omnímodo.

Hoy vemos el gran drama: El estado del bienestar colapsa, se muestra cada vez más a las claras su inviabilidad, pero las mayorías no dejan de reclamar más.. ¡y más estado!

Es el síndrome del adicto terminal. Duro es expresarlo así, pero más duras son las consecuencias de disfrazarlo y suavizarlo; y de este modo, postergarlo indefinidamente. Porque esto es lo que hacen por lo general los políticos actuales, que una vez rehenes de su propio régimen clientelar, no están dispuestos a cometer la torpeza de practicar una política responsable de esas que te dan popularidad y reconocimiento en la posteridad pero que te hacen perder las elecciones del mes que viene.

Hemos visto, pues, que el individualismo que promovió la doctrina liberal no supo frenar a tiempo y cruzó la raya entre lo metodológico y lo ideológico [Popper, Mises (*2)] al arremeter contra la tradición, la religión y todo cuerpo intermedio de la sociedad. Esto inevitablemente dejó al individuo más solo frente al Estado; desamparo que engendró con el tiempo una cada vez mayor dependencia del mismo, y derivada de ella, una también creciente necesidad de provisión/protección.

Podría ser ésta una interesante revisión de la célebre teoría de Marx sobre la antítesis que el capitalismo engendra inevitablemente. Sólo que en este caso se trata del sistema liberal, y además, se ha mostrado que sí es evitable. Pero con todo, podemos así cerrar el círculo y aportar una nueva perspectiva sobre las contradicciones de estos dos pensamientos que han marcado nuestra post-modernidad.

De lo anterior podemos deducir, entonces, que el precario equilibrio entre individuo y comunidad se trata de un juego de poleas bien difícil de manejar sin que a uno se le vaya de las manos y acabe, por exceso de celo, creando el caldo de cultivo idoneo para engendrar su antítesis. La tesis aquí no sería por tanto el sistema económico capitalista sino el sistema político liberal. Mientras que la antítesis sería el crecimiento desmesurado y constante del Estado llegando incluso al totalitarismo, lo cual podemos ver claramente que es la negación del modelo liberal (*3). 

Bien, ¿y la síntesis? Eso sí es más difícil aseverarlo. Me gustaría creer que va a consistir en la disolución del estado-nación y el ansiado retorno a las pequeñas comunidades, cantones y ciudades-estado. Pero bien podría manifestarse de modos bien distintos a ese, como por ejemplo volviendo a un modelo no menos clásico que el anterior, como es el del imperio romano, carolingio o napoleónico.

En el primer supuesto, la síntesis se manifiesta a modo de explosión y fragmentación extrema; y es de esperar que de esta manera retornen las libertades apartadas en el período de la antítesis, puesto que la vida en las pequeñas comunidades inevitablemente traerá consigo un estilo de vida más sencillo y un ánimo más sosegado que volverá innecesaria esa antigua dependencia retroalimentada por los cazadores de voto clientelar.
En el caso de la segunda hipótesis, percibo el posible proceso como de expansión. Como un gran chicle que se estira, convirtiendo a un conjunto de Estados que caminan hacia el totalitarismo democrático en parte de un proyecto mucho más grande e inclusivo donde, por un lado mengua más la soberanía de los territorios, pero por el otro se relaja la presión gubernamental en ciertos ámbitos debido a la imposibilidad de controlar la sociedad civil hasta tal punto como fue común en la fase de los estados-nación hipertrofiados.
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(*1) La teoría de la moral de David Hume es en extremo elocuente a este respecto. Acudiendo esta vez a sus propias palabras: "Los animales son susceptibles de las mismas relaciones con respecto a los otros de la especie humana, y por lo tanto serían susceptibles de la misma moralidad si la esencia de la moralidad consistiese en estas relaciones. Su carencia de grado suficiente de razón puede impedirles percibir sus deberes y obligaciones morales; pero nunca puede impedir que estos deberes existan, pues deben existir de antemano para ser percibidos. La razón los halla, pero no los produce. (....)  El vicio nos escapa enteramente mientras se le considere como un objeto. No se le puede hallar hasta que se dirige la reflexión hacia el propio pecho y se halla un sentimiento de censura que surge en nosotros con respecto a la acción. Aquí existe un hecho; pero es objeto del sentimiento, no de la razón. Está en nosotros mismos, no en el objeto" (...) "Tener el sentido de la virtud no es más que sentir una satisfacción de un género particular ante la contemplación de un carácter. El sentimiento mismo constituye nuestra alabanza o admiración. No vamos más lejos ni investigamos la causa de la satisfacción. No inferimos que un carácter sea virtuoso porque agrada, sino que sintiendo que agrada de un modo particular sentimos, en efecto, que es virtuoso."


(*2) Para Karl Popper, el individualismo metodológico en el campo de las ciencias sociales se trata de una exigencia para alcanzar cierto rigor científico y para evitar tentaciones como lo que unos cuantos hemos calificado de "tendencia al conspiracionismo". Esta manera de razonar tiene relación, según él, con el historicismo marxista y ha sido característica, como todos sabemos, del argumentario nazi y soviético. En sus propias palabras, "la teoría conspirativa de la sociedad no puede ser cierta pues equivale a sostener que todos los resultados, aún aquellos que a primera vista no parecen obedecer a la intención de nadie, son el resultado voluntario de los actos de gente interesada en producirlos". En el caso de Von Mises prefiero atenerme a sus palabras recogidas en el tratado ´La acción humana`, donde justifica el individualismo metodológico de la siguiente manera: "La praxeología, en principio, se interesa por la actuación del hombre individualizado. Sólo más tarde, al progresar la investigación, enfréntase con la cooperación humana, siendo analizada la actuación social como un caso especial de la más universal categoría de la acción humana como tal. Este individualismo metodológico ha sido atacado duramente por diversas escuelas metafísicas, suponiéndose implica recaer en los errores de la filosofía nominalista. El propio concepto de individuo, asegúrase, constituye vacía abstracción. El hombre aparece siempre como miembro de un conjunto social. Imposible resulta incluso imaginar la existencia de un individuo aislado del resto de la humanidad y desconectado de todo lazo social. El hombre aparece invariablemente miembro de una colectividad. Por tanto, siendo así que el conjunto, lógica y cronológicamente, es anterior a sus miembros o partes integrantes, el examen de la sociedad ha de preceder al del individuo."

(*3) En mi caso, son estos errores históricos de la doctrina liberal y aquellos vicios arrastrados por muchos de sus representantes (como son el economicismo, el atomismo, y cierto racionalismo iluminista) lo que me lleva a renegar de esa etiqueta por más cercano que pueda hallarme de las posturas que suelen defenderse en su nombre. Porque ocurre que gran parte de las mismas pueden igualmente reivindicarse en nombre del anarquismo entendido en sentido amplio y alejado de utopismos, que es como yo prefiero concebirlo, pues de otra manera cae uno en maximalismos poco sensatos y difícilmente constructivos.


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miércoles, 29 de julio de 2015

"La acción humana".

¿Quienes han estafado realmente a los ciudadanos,
"los mercados" o los propios gobernantes griegos?
¿Y no es justamente porque hay cierta democracia que se 
puede responsabilizar también en parte a los ciudadanos?
El siempre conveniente
enemigo lejano: la banca,
 la judería, el comunismo...
internacional.

Hay un consenso creciente sobre que los gobiernos están sometidos al poder financiero. En el mejor de los casos es una verdad a medias. Pero lo más reseñable radica en ser una muy conveniente desde cierto punto de vista; desde el particular prisma de quienes ansían mayor control sobre nuestras vidas.

Tal relato a menudo presenta al político como un elemento pasivo, casi como si estuviese atado de pies y manos. Esto es una imagen por completo engañosa, y como hemos dicho, sospechosamente conveniente. Todos los indicios apuntan en otra dirección: Nuestros gobernantes actúan del modo en que actúan porque están igual de interesados en medrar que sus "allegados" en las altas finanzas, la industria o los medios. 

Una vez constatado eso, la diatriba suele estar entre pensar que quienes marcan el rumbo son los bancos o que, por el contrario, son los políticos. Lo que ocurre en realidad se acercaría más a una alianza donde ambas partes, como digo, tienen mucho que ofrecer y mucho que ganar. 

Otra cosa que se debería aclarar es que no pueden ser nunca TODOS los banqueros, industriales, etc. quienes tienen el control en TODOS los paises. Resultaría ciertamente estúpido que unos tipos que tienen privilegios monopolísticos, fiscales o de otra clase, decidiesen compartir esas ventajas COMPETITIVAS precisamente con sus COMPETIDORES.

«Una misma disposición cabe favorezca a unos y perjudique a otros. (...) Pueden, desde luego, los privilegios que el Estado otorga favorecer los intereses de específicas empresas y establecimientos. Ahora bien, si tales privilegios se conceden igualmente a todas las demás instalaciones, entonces cada empresario pierde, por un lado (...) lo mismo que, por el otro, puede ganar. El mezquino interés personal tal vez induzca a determinados sujetos a reclamar protección para sus propias industrias. Pero lo que indudablemente tales personas nunca harán es pedir privilegios para todas las empresas, a no ser que esperen verse favorecidos en mayor grado que los demás.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)


Creo que hay una cosa que debería empezar a quedarnos clara. Y es que, mientras apostemos por darle más poder al Estado, o tan sólo por mantener el que ya tiene, podrá privilegiar a unos o a otros, pero no podremos nunca escapar a esa fatal diatriba; no podremos nunca ofrecer al ciudadano más posibilidad de elección que la existente entre males de distinta clase; ni tan siquiera males mayores o menores: el baremo será cualitativo, pero difícilmente cuantitativo.

Ahí es cuando se nos revela, al menos para algunos, la naturaleza intrínsecamente perversa de intentar orientar la acción humana en un sentido o en otro. Debiéramos hacernos la pregunta que entraña el verdadero núcleo de todos estos conflictos éticos que tanto se resisten a resolverse, o a lograr un consenso general: 

¿Puede ser la libertad, por sí misma, culpable de algo?
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La máxima expresión de aquella fatal arrogancia de buscar orientar la acción humana, no cabe duda, la encarnaron el totalitarismo soviético y el totalitarismo nacional-socialista.
Y por más que los historiadores e intelectuales de izquierda se empeñen en vincular el segundo de estos regímenes "al capital", o incluso los más lanzados de ellos hablen del nazismo como de "una estrategia desesperada" del mismo -como si éste fuese un ente con personalidad propia que toma unilateralmente decisiones-, lo cierto es que todo cuanto podemos decir es que algunas empresas, incluso importantes, llegaron a acuerdos con el gobierno nazi. Pero constituiría monumental falacia responsabilizar a un sistema, económico o político, de lo que decidan hacer unos cuantos de los actores que intervienen en, o se atienen a, tal sistema.

Una vez mostrada la conveniencia de esa tergiversación, podemos volver a centrarnos en todo aquello que de común tenían las dos cosmovisiones -siempre mucho más de lo que estarán dispuestos a reconocer sus respectivos herederos-. Lo que sabemos bien es que, tanto una como otra, se declaraban enemigas del modelo liberal, lo que venía a significar, en realidad, que eran enemigos declarados de la sensatez, de la racionalidad, de la historia, del progreso humano, y de la civilización (de esa misma gloriosa civilización europea que, al menos uno de ellos, venía a "salvar").

Parejos impulsos negadores y destructores, de parejas raíces plebeyas, fueron los manifestados por estos nuevos bárbaros de Occidente. La barbarie mostrada no podía ser otra cosa que plebeya, pues se instituyó en poderoso vehículo de las más bajas pasiones surgidas de los más bajos estratos de la sociedad, tanto en el sentido económico como en el cultural o intelectual.

Y por mucho que los nazis dijeran reivindicar lo aristocrático y tradicional, y algunos de ellos hasta pretendieran que se les viese como aristócratas, cuando ayer mismo eran plebeyos de la peor clase, no puede llevarnos ello a engaño, como no lo hizo con aquellos auténticamente imbuidos de la mentalidad tradicional y aristocrática que tenían un proyecto de III Reich bien distinto, en que sí primaba la grandeza de las auténticas élites y no la bajeza de las turbas furiosas. (Recordar, a este respecto, la opinión manifestada por los representantes de la Konservative Revolution o por Julius Evola sobre la naturaleza obrerista y plebeya del Régimen de Hitler.)

Tan sólo doy una muestra más de la intrínseca relación entre una cosa y la otra: ¿Puede existir siquiera una "barbarie aristocrática"? A lo sumo, podríamos observar en la historia la barbarie practicada por algunas noblezas por completo degradadas. Pero nunca veremos que la practice ni la aliente ninguna genuina aristocracia. De ella -de quién si no- es de donde proceden todas las que hoy tenemos por buenas formas.

«Es digno de notar que quienes más se exaltaron en ensalzar los salvajes impulsos de nuestros bárbaros antepasados fueron gentes tan enclenques que nunca habrían podido adaptarse a las exigencias de aquella "vida arriesgada". Nietzsche, aun antes de su colapso mental, era tan enfermizo que sólo resistía el clima de Engadin y el de algunos valles italianos. No hubiese podido escribir si la sociedad civilizada no hubiera protegido sus delicados nervios de la rudeza natural de la vida. Los defensores de la violencia editaron sus libros precisamente al amparo de aquella "seguridad burguesa" que tanto vilipendiaban y despreciaban. Gozaron de libertad para publicar sus incendiarias prédicas porque el propio liberalismo que ridiculizaban salvaguardaba la libertad de prensa.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)
Ludwig Von Mises, economista y filósofo
de la Escuela Austriaca.

Esa oposición virulenta al mundo que han alumbrado la Ilustración y el liberalismo, con la burguesía a la cabeza, tiene sentido hasta cierto punto. Yo me opongo con pareja vehemencia a muchos de los frutos de esa Modernidad; lo que no hago es reclamar que se subvierta por completo, que se arrojen todos sus frutos -buenos y malos- al basurero de la historia.

Durante mucho tiempo también me dejé seducir por esos fantasmas de insatisfacción crónica, ese fatalismo histriónico, esa pose de desprecio hacia todo y hacia todos.

Si uno los busca, desde luego, siempre va a encontrar motivos de desagrado en el mundo que le rodea. Muchos, de hecho, solemos tener los ojos más abiertos para todo lo negativo que hay en él que para todo lo que pueda haber también de positivo. Por eso dije antes que quienes se rebelaron del modo que lo hicieron contra CIERTO liberalismo y CIERTA modernidad, se rebelaban en el fondo contra la misma historia, contra la misma evolución cultural humana. Por ello acusé también a esos "rectificadores del rumbo de la historia", y acuso ya sin rubor a las ideas anti-capitalistas en general, de ser todas hijas del alma plebeya -en el sentido nietzschiano, aun enmendando a Nietzsche-, esto es: del rencor, del revanchismo, de la estrechez de miras, del moralismo empeñado en buscar culpables y víctimas. 
Y digo "en el sentido nietzschiano, aun enmendando a -o polemizando con- Nietzsche" porque sin salirme de su lógica, veo incongruencia en aquella parte de sus condenas (suyas o de sus seguidores) que se dirigen al mundo burgués en conjunto, cuando en todo caso debieran estar dirigidas a aquella parte más vulgar, más plana, más dócil, de lo que entendemos por "burgués". No guarda coherencia alguna el odio que muestran muchos de quienes se hacen eco de sus ideas hacia la riqueza en sí misma, por poner un ejemplo harto frecuente; como no la guarda tampoco la apelación al instinto primitivo de las clases bajas "enfrentadas" al "mundo de las finanzas" o a la "clase empresarial", como expresión de una cierta élite -en esto, los "nazi-nietzschianos" están hechos unos plebeyos y unos cristianos de cuidado-; siendo además éstas élites financieras y empresariales parte vital de la civilización que, bien que mal, ha posibilitado que estemos todos aquí, la mayoría de nosotros con las necesidades suficientemente cubiertas como para haber leído a incendiarios filósofos y poner en nuestra boca sus poco medidos -y en ocasiones, poco meditados- ataques contra esa misma civilización.

«A diario cabe trastocar las escalas valorativas y preferir la barbarie a la civilización o, como dicen algunos, anteponer el alma a la inteligencia, los mitos a la razón y la violencia a la paz. Pero preciso es optar. No cabe disfrutar, a un tiempo, de cosas incompatibles entre sí.»

(Ludwig Von Mises, ´La acción humana`.)

Errar el tiro es nuestra especialidad desde tiempos inmemoriales. Dirigimos nuestra ira hacia el libremercado, hacia los principios liberales y hacia las bases que sostienen eso que hemos llamado capitalismo, cuando quizá aquellos males de que somos conscientes se deben a otros factores más dispersos y menos identificables a simple vista. Pero claro, es mucho más fácil clamar contra las ideas que constituyen la base del mundo en que vivimos, las cuales son simples y diáfanas, que hacerlo contra hechos concretos, complejos, y que se pierden en el gran escenario del tapiz que llamamos realidad. Lo que primero percibimos es el marco de dicho tapiz, por eso buscamos culpar a esa sustancia primera in-formadora antes que a cualquier otra circunstancia más contingente. 
Es muy común, por ejemplo, meter en un mismo saco al sistema capitalista y a la política exterior estadounidense, cuando esto no resiste un somero análisis en sus más básicos silogismos. No se puede aducir como argumento el que algunas corporaciones con sede en USA hagan negocio con, y tras, muchas de las guerras llevadas a cabo por su gobierno. Del mismo modo que aquellas otras, algunas también norteamericanas, no vieron problema en hacer negocios con el Régimen Nazi; y del mismo modo que, como vimos en el comienzo de estas líneas, empresarios de diverso ramo se acercan al Estado, y éste consiente tal cercanía y el trato privilegiado que suele ir unido a ella. Para ubicar correctamente las situaciones o los procesos a los que nos estamos refiriendo es necesario ubicar primero el significado de los términos que para tal uso empleamos: "Capitalismo" es, en estricto rigor, un conjunto de costumbres, modos de producción, organización y cálculo económico que lleva implícitas unas normas consensuadas, como son el respeto a la propiedad, a la competencia, y por tanto a la libertad de mercado y al cumplimiento de los contratos. Todas las figuras fantasmales que le adherimos, todo el conjunto de connotaciones que ha ido arrastrando como un imán lo haría con las esquirlas de hierro que se encuentra a su paso, o como un Mr. Potato al que cada uno le va añadiendo los rasgos que le viene en gana, sólo alegan en su defensa la torpe excusa de que "forman parte de la lógica del sistema". 

Esta frecuente confusión en la asignación de culpas, a ideas abstractas en vez de a hechos concretos, la ilustra con acierto uno de los liberales más honestos y respetables con los que yo me he topado, el argentino Alberto Benegas Lynch:

«Las llamadas "liberalizaciones", o "privatizaciones" -que se tradujeron en monopolios que pasaron de ser públicos a privados-, poseyendo los segundos mayores incentivos, han hecho más daño que los primeros (...) Claro, poniéndonos en la piel de los intelectuales de izquierda honestos, cuando ven que, bajo la etiqueta de "liberalismo", están todos esos pseudo-empresarios haciendo tratos con los gobernantes, abusando de los ciudadanos, y beneficiándose de favores de diverso tipo, exenciones fiscales incluidas, es normal que digan: "si esto es el liberalismo, quiero cualquier cosa menos el liberalismo".»

[Es un resumen redactado de manera libre para hacerlo lo más conciso y explicativo posible. Pero soy muy fiel a sus palabras -las que, como mucho, he reordenado-.]

¿No es éste el gran problema de entendimiento, que en algún punto es puramente semántico, sobre el famoso liberalismo "real"? (Curiosamente, los liberales muchas veces identifican el socialismo "real" con el que se llevó a cabo de facto con esa etiqueta, y no con el que puedan plantear los que niegan, exactamente igual que ellos frente al liberalismo actual, que eso fuese socialismo.)

Parecen no salir nunca unos y otros de esta especie de círculo vicioso. El juzgarte a tí según tus ideales y al otro según sus resultados no puede ser la norma, porque tarde o temprano se percatan muchos de que todo ello no es sino una tomadura de pelo. 
Pero el problema adquiere otra naturaleza cuando alguien con más altura de miras pone las cartas sobre la mesa. Se pone entonces fin a ese diálogo de besugos, o al menos se sientan las bases para ir más allá de él. Y para tal propósito se requiere una sencilla fórmula. Ésta es la que usa otro intelectual liberal-libertario que merece todo mi respeto, el gallego Miguel Anxo Bastos, cuando dice: «Debe compararse siempre el socialismo real con el liberalismo real, y el socialismo utópico con el liberalismo utópico». 
Otra cosa está por completo falta de rigor, y fuera de lugar. 
Y haciéndolo es cuando podemos advertir claramente que, incluso quienes hemos sido y somos muy críticos con las ideas liberales, tanto en el plano concreto como en el ideal, salta a la vista que resultan ser las "menos malas".

Pero como son las menos malas -no, por tanto, perfectas- y como seguimos poníendoles unas cuantas pegas, nos siguen llamando la atención algunas omisiones en las mismas. Sin ir más lejos, cuando quienes hablan del capitalismo de manera tan "neutra" y "aséptica" nos presentan al empresario como alguien que "no tiene más remedio, para triunfar, que atender las necesidades de los demás" nos preguntamos inmediatamente: ¿qué ocurre, entonces, con todo aquello de que se nos convence que "necesitamos", cuando hasta hace muy poco no parecíamos hacerlo? Creo verán lícito admitir quienes intentan "vendernos" la imagen anterior que, cuando menos, puede ser algo engañosa. Y de hecho, otros como el chileno Axel Kaiser nos recuerdan la visión de Adam Smith, bastante menos idealizada, y que corrobora esto que digo: 

«El interés de los dealers en cualquier rama del comercio o las manufacturas es siempre distinto e incluso opuesto al del público. Ampliar los mercados es cerrar la competencia siempre en interés del empresario, y cualquier regulación que venga de este orden de hombres vendrá de un orden de hombres que tiene el interés de engañar al público». 
Adam Smith, economista que se
asocia al "liberalismo clásico".
Kaiser tan sólo añade a las palabras de Smith que la condición humana es invariable, pero que al menos, bajo estas normas es como podemos comportarnos lo más "civilizadamente" posible. Y en ese sentido 
-siguiendo tal lógica, no digo que yo lo suscriba- lo único que debiera preocuparnos es que los empresarios, cuales sea, no logren tener influencia sobre quienes hacen las leyes.

Ha quedado claro durante todos estos párrafos, por tanto, que ya no soy de aquellos que andan buscando el origen de todos los males en el capitalismo. Ahora, existe una diferencia entre ver las cosas lo más aséptica y néutramente que se pueda (esta vez sin comillas) y otra querer obviar las realidades que chocan con la idea que queremos presentar, y quizá hasta sin ser uno consciente, "vender" ese evidente sesgo como "pura objetividad", como aún pienso que hacen muy a menudo los liberales, tal como acabamos de ver en la idealización cuestionada por Kaiser y Smith (que constituyen honrosa excepción en este caso). Pero sobra mencionar que lo mismo hará todo aquel que intenta persuadirte de una idea cuando la juzga acertada, lo cual es del todo lícito, pero no desde luego inocente ni carente de artimañas.

Lo que sí debo reconocer es que la acusación de "mercadolatría" que frecuentemente he lanzado contra teóricos liberales y libertarios es algo que mi honestidad me obliga hoy a plantearme desde otra perspectiva. Tras empaparme de los ineludibles argumentos de Hayek sobre los "órdenes extensos", y también de los no menos ineludibles de Von Mises sobre la Acción Humana, empiezo a ver que no hay razón para presuponer que se trate de una "adoración a un ente abstracto y necesariamente benéfico", y que es más lícito entenderlo como mera defensa de esa ACCIÓN HUMANA ESPONTÁNEA, ya sea en el ámbito del Mercado O EN OTROS. 
Rodaje del film clásico ´Star Wars`.

El acierto de Hayek en "la fatal arrogancia" está en hacernos ver claramente esto y desmontar gran parte de las "metáforas que nos piensan" cada vez que nos referimos a tal "ente". El fallo sería el de aludir tan a menudo a esos otros "órdenes extensos análogos" y no especificar nunca de cuales se trata. Yo creo haber identificado algunos de ellos: 
Bien podrían estar los ejemplos que buscamos en la colaboración multi-disciplinar que encontramos en el mundo del cine, el teatro o la música. 
Me explico. Tanto en la actividad empresarial como en la artística se precisa de gran cantidad de individuos ultra-especializados -de reunir "conocimientos dispersos"- que colaboran en la consecución de un mismo fin. De igual manera, pues, que en lo que conocemos como "capitalismo" se dan cita publicistas, empresarios, industrias de infraestructura, contables, banqueros, maquinistas, obreros manuales, etc... en la música se requieren de guitarristas, percusionistas, bajistas, vocalistas, arreglistas, productores, ingenieros de sonido, roadies, de nuevo publicistas, y de nuevo empresarios, en este caso discográficos. Y en el cine y el teatro, tres cuartos de lo mismo, pero de forma aun más diversa y EXTENSA: directores, productores, actores, fotógrafos, camarógrafos, iluminadores, tramoyistas, escenógrafos, encargados de vestuario, distribuidores, proyeccionistas, etc etc...
Los órdenes extensos conjugan multitud de talentos individuales
sin requerir inter-disciplinariedad ni apenas colaboración directa 
entre los mismos. Sólo mediante ellos el individualismo logra
transmutarse en obra cooperativa, o dicho de otro modo, 
en "bien común".

Creo que, en el empeño por alcanzar una visión más completa y objetiva de nuestras sociedades modernas, esta analogía entre "diversos órdenes extensos" resultaría muy pedagógica y ayudaría a quitarnos de encima unas cuantas ideas preconcebidas y del todo infundadas, las cuales no ayudan sino a la incomunicación, a la incomprensión, y a las actitudes irracionales.


martes, 16 de junio de 2015

Sobre demagogia y "verdades evidentes".

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Hay que tener mucho ciudado con aquello que calificamos de "evidente".
Muchas veces tomamos por "evidencia" lo que es en realidad 
apariencia, aproximación superficial, 
o hasta impresión engañosa.
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Existe un discurso tan viejo y tan extendido como falaz: aquel que reza algo así como "gobiernan en interés de los ricos". ¿Verdad que lo tomamos muy a menudo por algo "evidente"? Claro, los ricos se alían entre sí para quedarse con todo, y así, los menos ricos y los pobres se quedan sin nada. Ellos se lo guisan, ellos se lo comen. 

Pues bien, analicemos esto con un poco de profundidad, a ver si ocurre realmente así (y sobre todo, si es lógico y natural que así ocurra). Además de aquello de "gobernar para los ricos", todos tenemos oídos los conceptos "partitocracia" y "oligarquía"; y la mayoría identificamos esta última con un grupo privilegiado donde podemos encontrar, igual políticos que industriales, igual banqueros que dueños de medios de comunicación. Imagino que gran parte de los que entienden de este modo la oligocracia estará pensando en políticos, industriales, banqueros y dueños de medios CONCRETOS, es decir, no TODOS los políticos, banqueros, ... 
Que la paguen, en todo caso, quienes sean los responsables, esto es, oligarcas
y privilegiados que no juegan con las mismas reglas que el resto,
ya sean de procedencia "burguesa" o "proletaria".
Pero entonces, ¿por qué seguimos diciendo "los ricos" cuando nos referimos en realidad a "algunos ricos"?? 

...La lucha de clases, el unos contra otros, las visiones maniqueas y facilonas... ¿Qué útiles nos resultan para manejar a las masas menos cultivadas y menos reflexivas, verdad? ...

¡Pero seamos serios por un momento! -y de este momento en adelante, por favor, procuremos ser algo más rigurosos y responsables- ¿Qué esperan ustedes, los grandes agitadores y demagogos?, ¿que creamos que "los ricos que están cerca del poder y que solos se lo guisan y se lo comen", teniendo acceso privilegiado a beneficios rápidos, prefirieron repartirlos con todos los demás ""burgueses"" por... conciencia solidaria de clase?? 

¡Una de dos: o nos toman por tontos, o les toman aun por más tontos a ellos!

Lo cierto es que, ricos o no de origen, los que hoy son miembros de la oligarquía se han enriquecido enormemente por formar parte del aparato del Estado, por ser una casta privilegiada. Pero todos aquellos que eran ricos antes o que lo han llegado a ser durante este periodo, pero alejados de la órbita estatal, dudo mucho  que hayan recibido prebendas, sino más bien todo lo contrario; pues habrán tenido que luchar contra una competencia por completo desleal ejercida por quienes sí estaban cerca, o formaban plenamente parte, de esa órbita de "gente V.I.P."
-Siempre que seamos plénamente conscientes de qué se entiende por
"los de arriba", yo mismo seré el primero en suscribir este lema.-
¿Por qué, pues, algo tan evidente pasa desapercibido para tantos propagandistas políticos? ¿Es que creen realmente en aquello que dicen.. se han logrado convencer de ello?, ¿o es que son tan maquiavélicos que deciden consciéntemente hacer mezquino uso de los "odios de clase", a sabiendas de la falsedad que se esconde detrás, pero calculando el mayor sector de población que podrán alcanzar si "simplifican" el discurso? Esto sería ciertamente grave, pero voy a pensar que están realmente convencidos de lo que dicen. Aunque, créanme, no sé qué es peor: La primera suposición los deja como auténticos canallas sin escrúpulos, pero la segunda como irreflexivos y poco menos que estúpidos.

De verdad que no sé cual de las dos resulta más desalentadora..



martes, 7 de abril de 2015

"Clasismos".

Clasista es aquel que divide a la gente en clases.
                                                                                                                      ~
El término "clasismo" se ha ido tornando, en las últimas décadas, un concepto vacío, por lo menos en Occidente.
Pero si aquel ha perdido contenido, la realidad tras el sustantivo -que no el adjetivo-"burgués", ha devenido, sin más, pura superstición..  

Sí que es cierto que hubo clases y estamentos..
..pero eso fue en el pasado. 
Hoy, la única división real y operativa es «oligarquía/masa informe». 

Ya no hay más «burguesía y proletariado». 
     Parece evidente que, al menos en los países llamados "desarrollados", existe tal diversidad de "clases", según profesión, estudios, ingresos... y un sinfín de variables, que resultaría una tarea titánica, aparte de absurda, empeñarse en establecer alguna suerte de categorías (y desde luego que sólo podría obedecer a un terco doctrinarismo.)
.....................

¿No vemos el absurdo del que participan quienes aún insisten en hablar de "lucha de clases"?
¡Son unos fariseos, unos teólogos, con la visión torcida tan propia del teólogo!, como diría el maestro.. 

(Las palabras ya significan, nada más y nada menos, que lo que a cada 
uno le dé la gana que signifiquen, la arbitrariedad está servida.)
¡Sólo buscan hacer bandos, y mandarlos a degollarse los unos a los otros!

¡Fariseos, celosos cultivadores de nuestros más bajos impulsos!
¡Ni vosotros podéis creer en tan torpes tergiversaciones! 

¡Le decís al tendero y al plomero, al abogado y al profesor, que es "uno de los vuestros", aun cuando hace buen dinero y vive más holgadamente que algunos "burgueses" hasta el cuello de deudas! 
¡Le decís, por contrario, al empresario con sueldos a su cargo y que no llega a fin de mes, que es un explotador y un enemigo de clase! 
¡Al que vive como dios, pero en un barrio humilde, le animáis a que, encima, se indigne con la suerte que le ha tocado, y "exija justicia"! 
¡Al que trabaja todo el puto día, pero tiene mejor coche y casa que el otro, tan sólo la mirada por encima del hombro y el punto de mira secretamente imaginado sobre su cabeza!

¡Clasista es aquel que divide a la gente en clases! 
¡Quién sólo sabe hablar de lucha de clases, 
ya sabemos de qué pie cojea, y qué deseos alberga!

¡Dejad de escarbar en nuestras infra-pasiones para incendiar las calles, y calmar vuestra frustración, vuestro hambre de conflicto!

¡No le busquemos ya más pies al gato

¡Dadnos una explicación convincente de ese empeño en ver divisiones donde sólo hay una sana y libre diversidad, y si no, callaos!

No, no... ¡No os solivianteis, esperad un momento antes de poner mi cabeza en una pica!

Creía que os preciabais de ser personas racionales... ¿No me vais a satisfacer siquiera en una pregunta que considero pertinente en este asunto?

Decidme, pues, lo siguiente.. Aclarad mi duda: 
¿Cual es el baremo para medir esto de la división social? 
-porque imagino que no es puramente arbitrario, no?- 
¿Es el sueldo, o son las horas trabajadas por día? ¿O quizá es el tipo de trabajo 
(si es manual o intelectual)? 
¿Tiene alguna infuencia el dinero con que cuenta la familia del sujeto, aparte de lo que el cobre por su trabajo actualmente? ¿Las casas, coches, bienes que ha heredado, o dejado de heredar? .. ¿Si se ha preocupado de ahorrar más que otros?....
(Toda licencia es disculpada cuando es "por una buena causa", 
la propaganda se cree legitimada para deformar las realidades 
hasta que se asemejen a sus visiones torcidas.) 
¡Decidme, decidme! ...

Ya, es algo más sutil, ¿verdad? Es algo inasible que sólo podéis ver los iniciados en la cienciología histórica materialista... Perfecto, es todo lo que quería saber.

Sed buenos, y no cortéis hoy demasiadas cabezas.. 
..dejad alguna que otra para que luego quede alguien para auparos como "héroes del pueblo".