Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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lunes, 23 de noviembre de 2015

CONFUSIONES ENTRE NACIÓN, PATRIA Y ESTADO.


Quienes hoy se llaman conservadores o tradicionalistas asumen a menudo la nación-estado como parte de esa tradición, o de aquello que merece conservarse. Pocos vuelven la vista hacia modelos anteriores, aun cuando se hacen llamar enemigos de todo lo moderno -entiéndase, de la era así llamada-. Sin embargo, nadie puede cuestionar que el estado-nación es un invento moderno. Y es igualmente contradictorio reclamarse partidario de la tradición cuando se asume un modelo administrativo y gubernativo que se implantó sepultando a su paso cientos y cientos de tradiciones -culturas, instituciones, naciones, leyes, usos y costumbres-.

Es por eso que el patriotismo de los últimos siglos es un patriotismo impostado, ideal, abstracto.. tanto que se diluye en el éter si no hay un mapa o una bandera detrás. No es tanto un patriotismo de la nación como un ´patriotismo de Estado`. No nos engañemos: Es a Él a quién prestamos fidelidad; no a los ciudadanos, que son nuestros vecinos en diverso grado de cercanía. Y destaco esto último por ser otro motivo de grave arbitrariedad e injusticia, ya que una vez barrida toda institución regional, y una vez desechada toda red de apoyo local, no hay diferencia alguna entre nuestro paisano y el que habita la otra punta del territorio, la cual muchos tan siquiera han visitado.

¿Bajo qué perversa lógica se me fuerza a sentirme tan solidario con mi vecino próximo como con el que de sus costumbres y necesidades nada sé?

Es una impostura absoluta, una ficción mediante la que quienes ocupan en cada momento el estado logran de nosotros obediencia, respeto, colaboración tributaria y hasta el sacrificio de la propia vida en nombre de aquel -¡no de la nación!-. A ver si nos empieza a quedar claro: ¡Piden que nos sacrifiquemos por ellos, por personas de carne y hueso, no por nuestra tierra, el bien común, la ciudadania ni otras pamplinas! ¡Nos piden nuestra lealtad para servir a sus intereses!
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Y todo ello se ha logrado mediante técnicas psicológicas no demasiado sofisticadas, sino del todo burdas. Habida cuenta que todos tenemos un sentimiento instintivo de patriotismo, a través de los siglos este concepto fue pervirtiéndose hasta asimilarse con el moderno estado-nación. Más exactamente tomaron nuestro sentimiento ancestral de pertenencia y apego por aquella, nuestra tierra "hasta donde alcanza la vista", y lo reorientaron hacia esa nueva idea, esa mera abstracción representada por un trozo de tela y un contorno en un mapa. 

Pero nada más lejos de ese sentido de pertenencia que en otro tiempo se veía expresado con toda naturalidad ora en la identidad castellana, ora en la salmantina, ora en la española, ora en lo que se llamó "La Cristiandad"; pues se trataba éste de un sentido de pertenencia mucho más natural, orgánico, y armónico -o dicho de otro modo: de carácter incluyente en lugar de excluyente-. 


Se usó un sentimiento real hacia un objeto real (aunque de límites no del todo definidos, como es tantas veces lo orgánico) para, en el lugar que ocupó ese objeto, colocar una abstracción por la que nadie en su sano juicio experimentaría amor ni devoción alguna.
Se nos dió el cambiazo.. 

Apenas sin darnos cuenta, nos acostamos un día en un terruño de aires bucólicos, de límites difusos.. y nos despertamos al siguiente en una silueta perfectamente delineada en un mapa con una bandera colocada en el medio. Pocos podrán negar que fue, retrospectivamente, un notable empobrecimiento de nuestra idea de patria.
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La patria tradicionalmente se identificó con aquel mismo´terruño`. Y no hay otra que esa. Es la única que puede considerarse con entidad objetiva, por más que su delimitación nunca sea exacta Km. arriba, Km. abajo.. Stricto sensu, una se halla más lejos de su patria conforme se aleja de su lugar de nacimiento o de residencia (en el caso de que echara raíces por diversas razones en un lugar distinto del que naciera). Es cuestión, por tanto, de grado y no de "1 o 0" (dentro o fuera, ajeno o propio). Por eso las fronteras modernas expresan una artificialidad. Y por eso el concepto de patria asociada a estado-nación resulta absurdo una vez lo examinamos con mayor detenimiento.

La identidad cultural y territorial funciona mediante círculos concéntricos, no mediante conjuntos excluyentes. Uno no deja de ser europeo por ser alemán o francés y tampoco deja de ser alemán o francés por ser sajón u occitano, bávaro o bretón. Tampoco el franco-parlante suizo y el franco-parlante belga dejan de tener una misma o muy similar identidad lingüística por someterse a las leyes de dos estados-nación distintos. Ni tampoco cuando habitan dos ciudades distintas dentro del mismo país (las cuales vendrían a sumarse a los componentes de su identidad grupal incluso en mayor medida que los anteriores, pues las urbes acostumbran a imprimir uno de los signos de identidad más marcados.)

Cierto es que en la historia pre-moderna vemos los Estados -mejor dicho los reinos- como entidades unívocas, casi monolíticas-; y cierto es también que actuaban de ese modo en muy variadas ocasiones. Pero lo primero se lo debemos achacar a la mentalidad contemporanea con que observamos la historia antigua, así como al reduccionismo propio del estudio de los acontecimientos históricos a vista de pájaro. No vamos a discutir lo segundo pues resulta del todo innegable. Pero sobre aquello otro conviene profundizar en la ´VIDA INTERIOR` de esos reinos (todavía sólo proto-estados) para que se nos revele esa pluralidad, esa riqueza inmensa de lenguas, folklores, fueros, cortes, concejos municipales, feudos, órdenes monacales o de caballería.. muchos de ellos asumiendo el papel de CONTRAPODERES, e impidiendo a menudo que el monarca hiciese a cada momento aquello que se le antojara con los ciudadanos o territorios bajo su mando.

¡Aun el emperador Carlos V, con su inmenso poder, tenía a su cargo el gobierno de diversos reinos, cada uno de ellos con sus distintas lenguas y tradiciones, pero, asimismo, con sus distintas leyes!
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Ésta es la bandera del Estado Español.

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Ésta es la bandera de Las Españas.
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Pero llegó la hora de descender más a lo concreto: de abandonar el plural y referirnos ya en singular al estado-nación que nos toca más de cerca.

No logro aún entender las razones para defender a toda costa la "sacrosanta" unidad de España. Debe ser porque lo intento hacer desde la lógica y no desde el sentimiento religioso, que es desde el que se defienden tales cosas. 
Puede resultar inspirador, no lo niego, aquello del penta-centenario y "el estado más viejo de Europa", pero.. ¿Hasta cuando? ... ¿Hasta dentro de otros 500 años? ... ¿de 5000??... 

Echemos la vista atrás. Primero este territorio fue hogar de civilizaciones como la tartésica, luego de tribus íberas y celtas, luego de una parte del Imperio Romano, luego de tribus visigóticas, más tarde de tribus musulmanas y.. "por fin", de una casi homogenea población cristiana (aunque todavía políticamente dividida). Llegaron entonces los Reyes Católicos en el momento justo para conformar la nación como se supone debía ser ya... para siempre ¿¿ ?? ....

Ésta, entre otras consideraciones, me lleva a concluir que los que solemos llamar "españolistas" participan de un autoengaño (aunque no menos que los catalanistas, galleguistas o euskaldunes); un error producto de la estrechez de miras típica en quien juzga la historia sin salirse de la lógica de su época. Y un error producto de la mentalidad nacionalista, que lleva inserta la división entre amigo y enemigo; una ideología que se ha mostrado incompatible con la preservación de la raigambre y la tradición en un sentido extenso.

¿Qué es una nación? ... ¿Es la española, la francesa y la italiana.. o es la vasca, la bretona y la napolitana? Dejo eso para los historiadores y los etnólogos. Pero ya sea el caso uno u otro, si de verdad deseamos conservar la cultura española, ibérica, en toda su diversidad y riqueza, la opción más inteligente a tomar sería la RÚPTURA POLÍTICA del actual estado y su fragmentación en muy numerosas y pequeñas unidades gubernativas. 

El estado central, lo único que ha hecho y hará siempre es destruir la llamada ´cultura nacional` a base de homogenizarla, desnaturalizarla, caricaturizarla, instrumentalizarla y pervertirla. Y lo mismo se aplicaría a unos hipotéticos Paixos Catalans o a una Euskal Herría que incluyera a Navarra y su "homóloga" tras los Pirineos. Sólo las pequeñas unidades políticas poseerán el incentivo de conservar su identidad -todas las dimensiones de su identidad- porque, como explicamos antes, lo regional y lo peninsular no son excluyentes, del mismo modo que no lo son la españolidad y la europeidad. 

Sin embargo, el nacionalismo sí es excluyente, o al menos, tiende invariablemente a serlo. Como tiende asimismo a ser homogeneizador y expansionista. Por ello el ideal secesionista es opuesto al nacionalista: El secesionismo busca fragmentar porque es muy consciente de las ventajas de la ciudad-estado, del cantón y la micro-nación; mientras que el nacionalismo rara vez puede evitar sus ansias de "grandeza" y, derivadas de ella, su voluntad de fagocitar las realidades culturales en torno suyo, lo que se traduce en la negación de las mismas, cuando no en su invasión militar o en cosas aún peores.
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Podría coronar esta reflexión con la famosa cita de Nietzsche sobre el Estado y la cultura, pero está ya muy vista. Así que, en su lugar, les remito a otra de Hans-Hermann Hoppe a propósito del auge económico y cultural de los pequeños estados en que permanecía dividido Flandes a mediados de la edad moderna:

"En lugar de promover una nivelación de las distintas culturas hacia abajo, la secesión estimula un proceso cooperativo de selección cultural y avance. Esta es una lección de lo más importante, no sólo para Flandes y Europa, sino para todo el mundo."


(Extraído de una entrevista que puede leerse completa aquí.)


¡Diversidad, selección natural y evolución! Una ley que es impepinable respecto a la biología y que lo es también respecto a la cultura, las ciencias y la tecnología.


Pero el mantra que recorre todo el espectro político, de izquierda a derecha, y de arriba a abajo (desde la clase política hasta la ciudadanía) reza casi invariablemente lo contrario.. 
"Una ley para todos.. Un gobierno para todos.. Una policía para todos.. Un ejército para todos.. Una educación para todos."

Se entiende en general esta homogeneidad centralizada como algo positivo, como un valor a reivindicar. Pero insistamos en la idea: ¿qué nos muestra la evolución biológica, así como la cultural y tecnológica? Una de las cosas que nos prueban más allá de toda duda es que, a mayor diversidad, mayor oportunidad de avance, de mejora, de progreso en su sentido más objetivo. ¿Cómo es posible entonces que hayamos llegado a tal convencimiento contrario a nuestro interés, e incluso contrario a la Naturaleza? ¿Cómo hemos llegado a defender con tal ahínco LA ESCLEROSIS CULTURAL, SOCIAL Y POLÍTICA*?

¿Quién nos ha logrado convencer de agarrarnos a lo yermo y temer a lo fértil?
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(*Hablamos de centralismo político o administrativo en todas sus formas: Desde los que
defienden la "igualdad de los españoles" frente a la independencia de Cataluña o a otros particularismos cuales sean hasta los que tienen por una gran conquista la "educación igual para todos". Todas ellas son formas de escoger voluntariamente la parálisis frente a la evolución o el progreso, palabra esta última que, como vemos, ha acabado significando muchas veces lo opuesto a su sentido original.)

La nación esclerótica siendo asistida
para mantener la ficción de que sigue altiva..
Adecentemos de buen ánimo las ruinas,
y a base de fe, insuflémosles nueva vida..
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jueves, 21 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (3ª parte)

*
«Empezamos a sospechar que la historia, la vida, ni puede, ni debe ser regida por principios, como los libros matemáticos.

Es inconsecuente guillotinar al príncipe y sustituirle por el principio. Bajo éste, no menos que con aquel, queda la vida supeditada a un régimen absoluto.»


«Y esto es lo que no puede ser: ni el absolutismo racionalista -que salva la razón y nulifica la vida-, ni el relativismo -que salva la vida evaporando la razón.»
*

Dijimos que nos apoyaríamos en la obra "En torno a Galileo" para desarrollar estas reflexiones. Y lo seguiremos haciendo, sólo que la complementaremos ahora con otros dos ensayos, "El tema de nuestro tiempo" y "El ocaso de las revoluciones", en donde Ortega retomó su análisis de la actual crisis histórica. (Actual para él y actual para nosotros, así de dilatado está siendo tal proceso.)

Lo que está en crisis es la verdad, como en todo anterior periodo análogo al presente. Y esto ocurre porque ya no es operativo el concepto que de ella nos hacíamos, y que hasta hace unas cuantas décadas, apenas se cuestionaba. 

Hoy se cuestiona tan abiertamente que hemos acabado dando lugar al relativismo, el cual es, meramente, un furibundo ataque en defensa propia que toma la forma de negación. Y al ser una respuesta extrema en el contexto de una situación extrema (la desorientación ante unos principios que empiezan a resquebrajarse) vuelve a ser un signo de los tiempos, como tantos otros que ya describimos en la primera y segunda parte de este ensayo; y por ello, nada nuevo: no más que un síntoma, de ningún modo un remedio.

El que la vida haya quedado supeditada a principios, en vez de al revés -como nos damos cuenta al fin de que debiera ser- tiene unas implicaciones tan profundas que acaso no podamos comprenderlas enteramente si no nos detenemos unos instantes a meditarlo.
Y, seguramente, lo veremos más claro si complementamos la tan reveladora analogía entre "el príncipe y el principio" con la siguiente reflexión, en que intervienen, además del elemento racionalista, el imperativo del progreso:

«El sentido y el valor de la vida, la cual es por esencia presente actualidad, se halla siempre en un mañana mejor, y así sucesivamente. Queda a perpetuidad la existencia real reducida a mero tránsito hacia un futuro utópico.»

Quizá se nos muestre así, finalmente, la traición que hemos estado cometiendo contra LA VIDA, sacrificando ésta en pos de un futuro mejor que nunca acaba de llegar. Quizá despertemos así de una vez por todas al terrible auto-engaño del que hemos sido víctimas durante tantas generaciones.

Nos desentendimos de la vida, la despreciamos, por parecernos poca cosa, por sí misma, en comparación con las "grandes aspiraciones" en cuya búsqueda podíamos emplearla. La vida era, pues, un instrumento para lograr "más altos fines". Nos parecía lo más absurdo, se nos antojaba un total desperdicio que no fuera así; ¿emplear la vida para otra cosa que no esté más allá de la vida? ¿La vida como un valor en sí misma? Jamás nadie (o prácticamente nadie) hubiera osado postular semejante "barbarismo". Sin duda que es esto lo que hubieran pensado de tal idea nuestros antepasados cercanos; para ellos no se hubiera tratado más que de puro primitivismo, animalismo... ¡una absoluta bajeza!

Pero ellos no eran capaces de interpretarlo en otra clave porque estaban en plena ebriedad racionalista, en plena efervescencia de la mentalidad iluminista. Invirtiendo los términos, sería como si en medio de una orgía dionisíaca, alguien tiene la ocurrencia de gritarles a todos los que allí concurren que por medio del éxtasis no se alcanza ninguna sabiduría, y que bien harían los dionisíacos en abandonar esas tentativas y dedicarse a la razón pura.

Sin embargo nosotros, que ya tenemos ante nuestros ojos los frutos, unos buenos, otros peores, de esa orgía del razonamiento puro en que se enfrascó el hombre occidental durante los últimos siglos. Nosotros, que ya participamos en esa orgía sólo de cuando en cuando, y cada vez con menos convicción, pues ya no sentimos apenas ese éxtasis (pero sí palpamos cada vez más sus zonas grises, sus vacíos.) Nosotros, digo, sí podemos superar esa fiebre de la abstracción y volver, tras tanto tiempo, la vista de nuevo hacia lo VITAL.

«La vida debe ser culta, pero la cultura tiene que ser vital.»

¿Qué queremos decir con esto? Pues, ni más ni menos que la cultura, el conocimiento, la razón... deben servir al propósito de la vida, y no la vida al propósito de aquellas. Porque si pensamos la existencia como un medio para alcanzar cosas que consideramos por encima de la misma, estas cosas serán las que irán copando toda nuestra atención, mientras la existencia irá cada vez ocupando menos espacio en nuestras preocupaciones. Y llegará un momento -como ya ha llegado- en que ni siquiera recordaremos qué era la vida antes de "la búsqueda del conocimiento" en la que nos aventuramos, firmemente comprometidas y apasionadas, varias generaciones. De esta suerte, nuestro conflicto interno será análogo al de un pueblo de navegantes que tras continuar, los hijos, la vocación de los padres, y estos, la de los abuelos, los últimos descendientes empiezan a preguntarse "como será eso de pisar tierra firme".

¡Y tierra firme, concreta y palpable, es la que llevamos sin pisar mucho.. mucho tiempo!

Porque aquí ya no nos referimos únicamente a la última era, sino que en este sentido, la "aventura de ultramar" viene durando ya desde que se inició el tiempo de la superstición, desde que se declaró abiertamente la guerra a "esta vida", y nos embarcamos, durante más de un milenio, en la persecución de un algo superior a ella. Y aunque en los albores de la modernidad nadie se percatara de que, al mismo tiempo que se estaban invirtiendo muchos valores, había algo esencial donde no se había roto en absoluto la continuidad, con la perspectiva que nos da nuestro siglo, podemos verlo meridianamente:

«El culturalismo es un cristianismo sin dios. Los atributos de esta soberana realidad -Bondad, Verdad, Belleza- han sido desmontados de la persona divina, y una vez sueltos, se les ha deificado.»

Yo defendí esta misma tesis en una reflexión que quise hacer, en cierto momento, sobre los mitos modernos. Y también vi entonces claro, como Ortega, que había una dimensión nada desdeñable de los mismos que se adecuaba muy bien a esta sentencia: "La Ilustración encontró la manera de negar a dios sin dejar, por ello, de ser monoteista".

¿Qué diferencia esencial hay, séanme sinceros, entre someternos a un dios, a un rey, o a unos principios? ¡A no ser que nosotros hayamos inventado los principios!, pero dado que pueden contarse con los dedos de una mano las personas, en este mundo, que se guían por sus propios principios 
-elaborados enteramente por ellos mismos-, podemos perfectamente obviar esa rara excepción a la regla.

De lo dicho se concluye, por tanto, que estaríamos posponiendo indefinidamente la tarea de significar, de valorizar, de EMPODERAR a la propia vida, en vista a construir un edificio conceptual, un templo a la razón, en el que se nos reclama que continuemos participando; aun cuando seguimos sin ver en qué momento concluirá, y lo que es más desalentador, aunque se halle cada día más desdibujado el objetivo último de todo ello. Y si el objetivo se torna tan dudoso, lo que empieza a preocuparnos creciéntemente es si no estaremos hipotecando nuestra vida -que es nuestra, a título individual, y de nadie más- en beneficio de una fantasmagoría, de un monumental engaño en el que han sucedido unas generaciones a otras, igual que ocurría en la construcción de las catedrales medievales. Sólo que en aquel caso, lo que se construía no era un edificio en las nubes, sino uno que, precisamente por estar hecho de columnas y arcos concretos y palpables, llegaba un momento en que podía decirse que estaba concluido. Y, fuera de una belleza mejor o peor lograda, fuese un mayor o menor motivo de orgullo para sus constructores, estaba ahí para que propios y ajenos lo contemplaran, y era por tanto un fruto objetivo del trabajo de esas tres o más generaciones que a él se habían dedicado.

Pero, díganme, y séanme de nuevo sinceros: ¿Qué carajo se puede decir que estamos construyendo nosotros desde hace cinco siglos? ¿Qué gran edificación cultural, humana, vital, es a la que se prevé, arribaremos al final.. ¡al final de todo!, quién sabe tras cuantos siglos mas?

No creo, una vez expuesto el problema esencial, que nadie piense que es una pregunta baladí.

Pues bien, ¿alguien puede hoy respondérmela?


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jueves, 20 de noviembre de 2014

MÁS SOBRE "QUÉ ES ANARQUISMO".

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En una sociedad sin Estado, sin autoridad impuesta 
-lo que no implica que no se la reconozca voluntariamente- 
es donde se desarrolla al máximo la VOLUNTAD DE PODER. 
Por una razón muy simple: 
PORQUE LAS CIRCUNSTANCIAS TE OBLIGAN..
..A SER CREADOR, NO CREADO, 
A SER SOBERANO, NO SÚBDITO.

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El anarquismo no es irreconciliable, ni con la autoridad, ni con el patriotismo*, ¡ni siquiera  con la mismísima aristocracia! -por mucho que lo crean esa casta de los intocables que identificamos bajo la etiqueta anarcopunk/okupa/perroflauta -dicho además con todo que implica, en rigor, el término intocable, y ¿porque no también?, con toda la mala leche.-

[*Decimos esto entendiendo el patriotismo en un sentido poco ortodoxo, pero no necesariamente menos auténtico. La Patria no tiene porque ....medirse, nombrarse, compartimentarse, INSTITUCIONALIZARSE.]

La Edad Media, en ese sentido -y de muchas otras maneras- guardaba más semejanzas con el ideal anarquista presente que la democracia que se presupone tan libre y respetuosa de la integridad de sus ciudadanos. Sencillamente, en aquella época, NO TENIAN HERRAMIENTAS SUFICIENTES para imponerse A TODOS, por más que quisieran; amén de que siempre, allá donde pleiteasen, se topaban ante CONTRA-PODERES, que como su propio nombre indica, SE LE OPONÍAN, Y LE FRENABAN (o al menos, tenían la posibilidad de hacerlo)

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El contrapoder siempre ha sido un salvaguarda, un bálsamo, para aquel a merced del capricho de un solitario tirano (para el que quedaba en medio, al final, de dos o más de estos poderes)

En definitiva, el hombre antiguo -que ni imaginó un Estado con la eficacia, la precisión, la omnipresencia, del actual- pudo escaparse, más de un par, y más de una docena de veces, por alguna de las incontables grietas de aquel proto-estado que ni soñaba con perder el prefijo.

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"Demo-cracia=Gobierno del demonio".. Se me ocurre ahora que quizá hay un acierto involuntario en esa identificación tan propia del extremismo religioso. Y me explico.. La cosa es que han coincidido en el tiempo, la democracia (más o menos rigurosa) con el Estado moderno, con lo que se da una curiosísima contradicción: Un régimen de mayores libertades civiles, formalmente el más libre conocido por el hombre -FORMALMENTE- pero enmarcado en una estructura gubernativa más poderosa, más invasiva, y más asfixiante, de las que han existido también, probablemente, en cualquier otro tiempo.


Pero entonces vemos que no es la democracia la que es, en sí, "el demonio", sino el Estado que, mientras que siglos a tan sólo era un ´proyecto de`, y el ciudadano no estaba tan a merced de su omnipresencia -aunque su poder pudiera ser más despótico- ahora sí que no parece haber escapatoria alguna, ante el LEVIATHAN...

.. YA CREDIDITO, BIEN REMACHADO, Y MEJOR ENGRASADO.






miércoles, 8 de octubre de 2014

RELIGIÓN E IDEOLOGÍA: CONCLUSIONES.





Mucho he hablado de las ideologías (especialmente políticas, pero no sólo) como sustitutos de la religión. Continuamente deslizo alguna sentencia insistiendo sobre este paralelismo; y podrán ustedes pensar que es una obsesión mía, pero ciertamente estoy convencido de la relevancia de esta "verdad" ... secreto a voces.

De que adscribirse a un ismo ocupa, para muchos, el mismo espacio que en otro tiempo hubiese ocupado la religión no cabe duda. Pero, ¿realmente hasta donde, no sólo ocupan el mismo lugar, sino que son esencialmente lo mismo?


¿Hasta que punto es falaz decir que el comunismo o el liberalismo son tan subjetivos y artificiales como el Islam o el Cristianismo?


Por de pronto, pensarán ustedes que los ismos políticos se ocupan de cuestiones empíricas y comprobables..

¡Depende! Porque en un sistema analítico cerrado, como son en muchos casos los sistemas de ideas, puedes reafirmar tu posición únicamente porque elegiste las variables que, según tu prisma, merecen tenerse en cuenta, con lo que las conclusiones bien pueden ser una mera corroboración de como el paradigma se retroalimenta.

También les habrá saltado a la mente otra salvedad: que la política funciona con una amplitud mucho mayor de conceptos, y entraña una complejidad, requiere una coherencia, que la religión no exige .


Bien, veamos pues si esto es así:


¿Por que no será que estamos tomando como referencia del hecho religioso el nivel más popular y supersticioso, y del hecho político, las más empinadas alturas de la intelectualidad? ¡Ah, claro! Esto es lo que suele ocurrir con toda comparación que abordamos de manera poco honesta, o poco valiente, habiendo decidido previamente el diagnóstico. ... La parte por el todo, la excepción por la regla.. habituales trucos argumentales para salir del paso y reafirmarnos en nuestra posición. Pero sólo busca reafirmarse quién tiene miedo a prescindir de certezas, quién tiene miedo a cambiar de opinión -al parecer, uno de los pecados capitales de nuestra época.-

Resulta, entonces, que también la religión tiene sus niveles de comprensión, y del mismo modo que el creyente medio no maneja ni una mínima parte de los conceptos que emplea el teólogo con asiduidad, tampoco el anarcoide, el rojo, o el patriota de a pie poseen el acerbo del intelectual anarquista, marxista, o nacionalista.


Hemos derribado el segundo mito, y hemos visto como, a poco que profundicemos en una analogía, las cosas no son en realidad como solíamos pensar, por muy convencidos que estuviéramos de ello. (Del mismo modo, y como insiste hasta la saciedad Sánchez Dragó, el gnosticismo, el misticismo, es más análogo a la ciencia que a la religión, aunque parezca lo contrario a primera vista.)


¿Y qué nos aporta, entonces, la ideología, que no nos aportara la religión?


Pues de nuevo, y aunque parezca extraño, no es nada fácil de responder. Dirán que la ideología, con sus defectos y contradicciones, ha abierto caminos y planteado soluciones a problemas. Muchos afirmarán que, gracias a la ideología, se conquistaron libertades y derechos (sí, pero también se conculcaron) Otros alegarán que ninguna otra cosa pudo mover a las masas y hacerlas conscientes de su realidad (pero esa realidad, sabemos bien que siempre está sujeta a la divergencia de puntos de vista). En último extremo, me inclinaría a admitir como únicas bondades de la ideología, aquellos frutos de la misma que se han revelado positivos a la postre, y fuera de toda duda (aunque nunca hay nada fuera de toda duda, pues eso también depende, en última instancia, de perspectivas) Por ejemplo, diría que la ideología de la Ilustración, aunque también engendró inercias cuestionables -vistas a toro pasado-, logró magníficos y muy necesarios avances en nuestra cosmovisión, en nuestro sentido crítico, y en nuestra relación con la realidad y la verdad, otrora tan dominada por la superstición y el dogma. Pero también dio lugar a pensamientos neo-miticos como el cientificismo (aquello de pensar que la ciencia es la única que va a resolver todos nuestros problemas) o el derechohumanismo (abstraer al ser humano de toda su circunstancia social, histórica, cultural, tomándolo como un individuo mítico, de nuevo, y hecho a imagen y semejanza de los ilustrados europeos, que en ese sentido, no sabían ver más allá de sus narices) Estas dos herencias, como poco cuestionables, del Siglo de las Luces, han dado lugar a un sinfín de contradicciones, de las que aún estamos averiguando como escapar. También cabría mencionar el racionalismo, aunque este, a mi juicio, tuvo más consecuencias positivas que negativas (es mucho después cuando empieza a mostrar sus miserias, que son parejas a las del cientificismo, con el que está íntimamente relacionado, por no decir que son, en última instancia, lo mismo)

Concluimos, pues, que lo único provechoso que nos ha aportado la ideología ha sido... las ideas provechosas. De nuevo, ninguna diferencia con la religión. Para muchos, desde luego, la ideología (al menos la madre de todas ellas, la Ilustración) ha sido beneficiosa, enriquecedora, en sus vidas. ¿Pero no lo es también la religión para muchos otros? ¿Acaso se puede negar que aporta paz, armonía, y un sentido de trascendencia, un sentido de la muerte...¡un sentido!, en definitiva, a la vida de tantas y tantas personas a lo largo del mundo? Y bien sabemos que, sea en esto, sea en aquello, el ser humano necesita hallar un sentido en su devenir.


Me atrevería a sentenciar, una vez dicho esto, que esa primera ideología (que sí benefició enormemente al ser humano) hubiera debido ser la última, pues me cuesta mucho encontrar algo enriquecedor, o positivo, en todas las que surgieron en su estela. En cualquier caso, todo va en el mismo paquete, las cosas dificilmente pudieron haber sido de otra forma. No es posible discriminar entre los buenos y los malos frutos y quedarnos sólo con los primeros. Así, los indiscutibles avances que trajo el Siglo de las Luces, necesariamente  vinieron acompañados de sus contraprestaciones, entre ellas, EL NACIMIENTO DE LA IDEOLOGÍA, COMO TAL, pues como he adelantado, todas surgen a partir de la de Voltaire, Rousseau, y Diderot.


Pero bajemos de estas alturas filosóficas, que  a  mi también me producen vertigo, pues no soy propiamente un filósofo, sino un mero pensador, diletante, curioso...

Más a pie de tierra, a pie del día a día, ¿Cual es la función, cual es la huella principal de la ideología en nuestras vidas? Pensemos en el tiempo anterior a la aparición de estas, cuando sólo había religiones, y a lo sumo, distintas órdenes monásticas y sacerdotales dentro de cada una de ellas. Esas eran todas las opciones de "escuelas de pensamiento" que uno podía elegir (y en esto, tampoco aprecio gran diferencia con la actualidad, al menos cuantitatívamente) Es obvio, pues, que cuando se opinara sobre asuntos espirituales, la doctrina a la que uno se adscribía tenía un peso específico en su discurso, pero... ¿Qué ocurría con todo el resto de opiniones que pudiera manifestar un individuo? ¿Qué ocurría en política, en sociología, en antropología? La religión también dejaba ver su huella en todas esas disciplinas, como lo hacía en tantas cosas, pero ¿Qué otros aprioris condicionaban la opinión libremente manifestada? Podríamos hallar algunos pequeños condicionantes, por supuesto, porque siempre los hay, pero nadie se mordía la lengua por cuestiones como "¿Esto será de derechas? .. ¿Esto será progresista, retrógado, o liberal? SIMPLEMENTE SE OPINABA, de esto o de aquello, sin pensar en "a qué gran escuela de opinión se me asimilará por decir esto". Podías opinar que tal o cual rey era un tirano y debía ser depuesto, o ajusticiado, o por el contrario, alabar sus logros. Podías pensar que aquella revuelta campesina tenía justos motivos para producirse o que tan sólo fue una bravuconada carente de todo fundamento, pero no había establecidas unas categorías de opiniones según las cuales te auto-condicionabas a pensar en un sentido o en otro. 
¡Es envidiable! Esa libertad con la que surgían las ocurrencias, reflexiones, diagnósticos...

Teniendo en cuenta la enorme salvedad del dogma religioso -es crucial insistir sobre esto- no cargaban con tantísimos complejos como nosotros, y se expresaban con una libertad, como digo, ciertamente envidiable (vista desde la sociedad actual, que es probablemente, la más llena de complejos y tabúes de toda la Historia.)


Y cometeré un último atrevimiento, porque opino que, aún con la opresiva doctrina cristiana, no podemos afirmar que fueran menos libres de conciencia que nosotros (quizá incluso lo eran más.) Siendo que el lugar que ocupaba el dogma y la fe, como hemos desarrollado en este ensayo, hoy es ocupado por "religiones materialistas", "religiones sin dios", y que no contentos con eso, todo el espectro de opiniones no condicionadas por lo religioso, NOSOTROS TAMBIÉN LAS HEMOS CONTAMINADO DE DOGMA Y DOCTRINA.


¿Somos, pues, más libres o más esclavos de nuestras ideas que el hombre del medievo y de la Era Moderna? Del primero, podríamos discutir largamente, pero desde luego, EL HOMBRE DEL RENACIMIENTO.. ¡ESE SÍ ERA, CON TODA SEGURIDAD, UN HOMBRE INFINITAMENTE MÁS LIBRE QUE EL DE HOY! (Especialmente si habitaba la gloriosa Florencia de los Medici.) Un hombre sin ideología (si acaso, estética) y sin apenas religión (aunque lejos de Florencia, desde luego, la cosa era muy distinta.) No obstante, ese clima invadió toda la época, y ya fue imparable hasta la materialización de la Ilustración, a la que nos hemos referido ampliamente.

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Todo vuelve pues al punto de origen:

¡Hay que reinventar la Ilustración!, como ya dije una vez.
Hay que retomar esa voluntad objetivista, barredora de toda superchería, 
sólo que ahora no hay que buscarla únicamente en la religión, sino también en esos sustitutos modernos y "perfeccionados" de la misma.

martes, 1 de abril de 2014

"EL PROGRE" (Retrato de un píadoso)

"Debo confesar que siento cierta culpabilidad cada vez que escojo la tipografia ARIAL"


¿No sabe aún quienes son los progres? ... ¿Esa especie que, silenciosamente, Y SIN AGREDIR A NADIE, ha acabado poblando masívamente la Tierra?
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¿Pero de verdad aún desconoce la naturaleza del especímen que tenemos catalogado como "progre"? 


El progre es..
 ante todo: BUENO.

Él es solo enemigo de una cosa: 
DE LO MALO.
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El izquierdoso medio, el neo-hippie buenrollista es alguien hondamente concienciado de todas las desigualdades existentes, de toooodas las injusticias habidas y por haber. 
(REALES O ILUSORIAS)

El moderno y ejemplar ciudadano progresista es..

UN CAMPEÓN DE LA JUSTICIA.

ÉL, ante todo, lo que pretende ser es ´UNA PERSONA BUENA`
A él, no hay cosa que le soliviante con más furor que ´LAS PERSONAS MALAS`



Suelen corretear entre esa fauna urbana que casi no advertimos, puesto que siempre andan mirándonos desde abajo con ojos de perrillo apaleado.

El progre, ese ser que, de tan blandito, tan delicado, 
cualquier día tendrá que salir a la calle en una burbuja.


...Ese ser tan cuidadoso, tan paciente, TAN TOLERANTE.. 

Que, o acaba difuminándose poco a poco sin que nadie lo advierta.. 
¡O finalmente revienta.. y se transforma en Iván el Terrible!


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Él no quiere ofender por nada del mundo a nadie, odiaría profundamente denigrar a una persona por su condición étnico-religiosa-cultural-ideológica-sexual-literaria-plástica

Odiaría por lo más sagrado hacerlo.¡A NO SER QUE SEA "UN FACHA"! 

[... Un liberal, un conservador, un católico, un empresario, un españolista, una feliz ama de casa, un señor bien vestido, o "demasiado masculino".... Y un blanco, como él, que pasaba por ahí .. <<¡Como te odio, hombre blanco!>>]
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El progre, ese ser que anda de puntillas y mirando nerviosamente en todas las direcciones,
(no vaya a ser que "pise" algún "derecho fundamental" de ... alguien)
Ese ser con la cabeza atestada de hondas preocupaciones.
Ese ser tan serio que se indigna tantas veces al día.

...Creo que casi empiezo a entender porque Leon Degrelle decia eso de que..
 "El fascismo es alegria" ...


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El progre carga consigo una cruz que amenaza un día con sepultarle.

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¡No se lo tomen a broma! ¡Me compadezco en verdad de él!

¿Saben ustedes lo que es contemplar a lo largo del día más normas y preceptos que un judio ortodoxo?


¿Y les parecía que el cristiano del Medioevo era el ser más paralizado y atemorizado que haya poblado la Historia? 


No! ... ¡Ójala hubiese llegado ya el dia en que no existieran más pecados originales!
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El bienintencionado progresista debe recordar tantas revoluciones pendientes, tantas injusticias históricas, tantas disculpas postergadas,... temas intocables, lineas rojas y ruidosas alarmas.. que cualquier día nos vamos a topar con un mar de sesos progresistas cubriendo toda la calle!!
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... ¡Santa Madre de los penitentes, apiádate de los nuevos hijos de la Edad Oscura!