Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.
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martes, 12 de abril de 2016

"Nación: lágrimas y conquista".

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Seguiremos siendo poetas ... hasta que toque ser soldados.
Todo lo que no podamos conquistar a través de las lágrimas,
lo conquistaremos a través de las armas.

(Internacional Nacionalista)

Recién finalizada la 1ª G.M., los nacionalistas alemanes se convirtieron en las plañideras de Occidente.. “¡Traición, traición!” … “Nuestro orgullo ha sido pisoteado”… “¡Alemania reclama justicia!” … Continuaron quejándose y reclamando esto y lo otro (con más o menos razón, no toca ahora dilucidar eso) hasta el momento en que al fin se vieron con fuerzas. Su semblante, a partir de entonces, empezó a tonarse distinto: se guardaron las lágrimas, y sacaron las garras.

¡Y menudas garras! ….

Ésta es la tónica habitual. El nacionalismo bascula entre la ´lógica` del victimismo y la ´lógica` de la agresión. Nunca falla. Cada vez que está en posición de debilidad echa mano de la estrategia victimista. Pero en cuantito empieza a tener algo de fuerza, se lanza sin el más mínimo apuro a la agresión. 

No es otra cosa –salvando las obvias distancias- lo que se ha podido apreciar en el caso catalán (y luego valenciano, y luego balear). De repente parecen haber desaparecido de escena todos los `genuinos´ nacionalistas de estas dos últimas comunidades, entendiendo “genuinos” por “provincianos” o “localistas”. Ahora todos parecen decididos a abrazar la patria grande; y obviamente no me refiero en este caso a España sino a los “paisos catalans”. 

Entendámonos. Yo no digo que no existan vínculos evidentes entre ellos. Es muy cierto que hay infinidad de cosas que los valencianos comparten con los baleares, y ambos con los catalanes*. Nadie lo duda. Pero tampoco puede negarse que hay otras que los distinguen entre sí. ¿Por qué, entonces, esa insistencia en buscar un “pan-catalanismo”? 

(*Así como todos ellos con los españoles y a su vez los españoles con el resto de europeos) 

El problema que subyace aquí, si se fijan, es en cierto modo el opuesto al que nos venden los nacionalistas, pues está en juego la pérdida de parte de la identidad de esos tres territorios en pos de una suerte de homologación –uniformización- catalanista. Pero aún es, si cabe, más preocupante su voluntad expansionista, cosa que nos muestra la lista –hasta ahora pequeña- de territorios aragoneses, franceses, e incluso italianos que reclaman para sí. 

Por ello afirmo sin ningún apuro que hoy por hoy resulta bastante más peligroso el nacionalismo catalán (o vasco) que el español. Por la sencilla razón de que el segundo ha renunciado hace ya mucho a la expansión territorial. De hecho, este conflicto, igual que el de Ceuta y Melilla, nos muestra cómo hoy todo su esfuerzo se concentra en conservar el territorio que aún posee. Como mucho aspira a recuperar El Peñón. Y para de contar.

Pero con el nacionalismo pan-catalanista y pan-vasquista ocurre algo muy distinto: Ni mucho menos se conforman con sus presentes “posesiones”, sino que la lista de sus reclamaciones territoriales nos hace sospechar que, de lograrlas todas, no se parasen ahí. 

Por eso creo que, para tener una visión más amplia del problema, debemos ir más allá de la dicotomía entre nacionalismo periférico y centralista, e incluso del "derecho a decidir". Yo tengo bien claro que una democracia que no reconoce el derecho a la secesión no es más que una cárcel donde se te permite votar al carcelero menos malo. Por ello, no puedo menos que reconocer el derecho de Cataluña o de cualquier otra región a secesionarse (aunque en realidad no les reconozco nada a abstracciones como las nacionalidades, sino únicamente a las personas). Ahora bien, haré depender este apoyo de que la futura República de Cataluña reconozca a los territorios e individuos que la compongan el mismo derecho que ella reclama al estado español. Porque, en caso contrario, lo que estarían haciendo estos señores “independentistas” es ofrecer a mucha gente la esperanza de escapar de la cárcel para encerrarles tras ello en una más pequeña. Y en ese caso, ¿diríamos que sus ciudadanos están ganando o más bien perdiendo? … Eso lo dejo a criterio del lector.
Insisto, por tanto, en que es un error equiparar, al menos en el caso español, el nacionalismo centralista y el periférico. Muchos hemos caído en tal error cuando nos faltaba, quizá, más perspectiva. El nacionalismo español es un gigante viejo y agotado, sin apenas ya fuelle para nada (y así lo muestran los escaños cosechados en cada elección por las “candidaturas patrióticas”). Pero cuidado: el catalán y el vasco son nacionalismos aún jóvenes y lozanos, con muchas ganas de dar guerra –no necesariamente en sentido literal, aunque algo de guerrilla sí se ha practicado desde sus filas-, y la intensidad de su adoctrinamiento, como la operatividad de sus mitos, así lo atestiguan.

Evidentemente, son casos análogos pero muy distantes los de la Alemania de entreguerras y la Cataluña o el País Vasco de hoy. Hasta podrían parecer los segundos torpes caricaturas del primero. No pretendo, pues, vender el horizonte, muy poco probable, de una guerra en el seno del estado español que se extendiera al francés y al italiano. Pero eso no invalida la analogía en sí; que por supuesto es extensible aún a muchos más casos, como el de los Balcanes o el de las ex-repúblicas soviéticas, entre otros.

Con lo anterior he pretendido exponer, grosso modo, el peligro que implica el nacionalismo expansionista. Pero no puedo dejar de hacer ver los males –aunque fuesen menores- que se derivarían del caso contrario; es decir, de que optaran valencianos, baleares y catalanes por identificarse como naciones separadas y, en vez de poner el énfasis en lo que los une, lo pusieran en lo que los separa. Porque en los dos casos se trataría de un intento por forzar artificialmente las "identidades naturales" de todas sus provincias y comarcas hacia un sentido o hacia otro.

No olvidemos que los nacionalismos tuvieron su origen en el Romanticismo. No debe sorprender, por ello, la enorme carga de subjetividad y de capricho que arrastran sus idearios. El nacionalista se caracteriza, entre otras cosas, por no estar jamás conforme con la “realidad nacional” que tiene ante sí. Siempre busca deformarla, bien sea para diferenciarla, bien sea para asemejarla a la del vecino. Busca identidad. Y una identidad es más fuerte en cuanto es más uniforme. El nacionalismo consiste precisamente en eso: en fronteras claramente delimitadas (tanto geográficas como lingüísticas y culturales) sobre las que no quepa ambigüedad alguna. El nacionalista es muy poco amigo de lo espontáneo y lo diverso, ama lo predecible y unívoco; le produce gran inquietud contemplar degradados en los colores, tan sólo goza contemplando colores planos.
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lunes, 11 de abril de 2016

“CONSTITUCIONALISTAS...”

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«Cuando un hombre dice que está construyendo una casa para sí y su posteridad, él no pretende que se entienda que quiere obligar a su descendencia a hacer uso de ella, ni que tiene algún derecho a obligarlos a vivir en ella. Él sólo pretende que se entienda que su esperanza y motivación para construir la casa es que ellos, o por lo menos algunos de ellos, pudieran encontrar satisfacción viviendo en ella.
(…..)
Así fue con los que originalmente adoptaron la Constitución.
(….)
Si hubieran tenido la intención de vincular a su posteridad al contrato, debieron haber dicho que su objetivo era, no “asegurarlos en las bendiciones de la libertad”, sino convertirlos en esclavos; porque si su “posteridad” está vinculada al contrato, no es más que esclava de sus tontos, tiránicos y difuntos abuelos.»

(Lysander Spooner, ´Sin traición`.)

Lysander Spooner (1808-1887)
Jurista, filósofo político
y abolicionista estadounidense.
Esta misma mentira, esta misma artimaña que destripó Spooner en el contexto de la Guerra de Secesión Americana es a la que nos enfrentamos hoy en España, encarnada por los llamados constitucionalistas. La Constitución del 78 está cerrada y (como mucho) cabe alguna que otra “reformilla menor”. Entonces se decidió lo que parecía mejor para todos. Y lo que parecía mejor entonces debe seguir pareciendo, y siéndolo, para siempre ¿¿?? Esto es una impostura y un chantaje intolerable. Yo no voté ninguna constitución. Yo no estoy obligado a acatarla. Pero aunque la hubiera votado, tampoco puede obligarme nadie a mantener mi acuerdo con ella hasta el día en que me muera. Lo que sirvió entonces bien puede no servir ahora. Y está por ver hasta qué punto “sirvió”, porque de esos polvos vienen los presentes lodos, y son unos lodos especialmente densos.

En el fondo este constitucionalismo opera mediante “razonamientos” análogos a los del nacionalismo español: Como la nación española lleva mucho tiempo funcionando como tal, y no le ha ido “mal del todo” (cosa siempre susceptible de cuestionar), es de esperar que lo haga por siempre.

Pues no, señores: Las soberanías colectivas equivalen a tiranía, a convertir nuestras voluntades en esclavas de las voluntades de los muertos (aunque también de nuestros coetáneos, cuando una de esas soberanías se declara frente a nuestros ojos y sin nuestro consentimiento).

Saben todos los que me leen que me opongo por igual a todo nacionalismo. Pero si una mayoría de los catalanes decide embarcarse en una aventura secesionista-nacionalista (en vez de en una secesionista a secas, como preferiría yo), por más que el componente nacionalista pueda hacer esa futura sociedad irrespirable, y que suponga una marcha atrás hacia periodos felizmente superados (cambiando el adoctrinamiento españolista por uno catalanista), aun con todo eso, los catalanes tienen derecho a equivocarse y, si hace falta, a estrellarse. ¿O no estamos de acuerdo en que nadie aprende si no prueba en sus carnes el fracaso, y que nadie escarmienta si no comete sus propios errores y se ve obligado a enmendarlos también por sí mismo? Aunque los españolistas y los constitucionalistas estuvieran en lo cierto y, ya no por el componente nacionalista, sino por el mero hecho de secesionarse, los catalanes estuvieran incurriendo en un fatal error, ¡pues ya se darán cuenta ellos, tarde o temprano, y buscarán el remedio, por la cuenta que les trae! ¿De verdad cree el gobierno de España que puede convencer a los nacionalistas catalanes con argumentos de esta clase? Es de una ingenuidad supina…

Aquí lo que está en juego, al menos para la opinión pública catalana, es el libre consentimiento en formar parte de un proyecto político. Y al no aceptar gran parte de su ciudadanía (por los motivos que sea) seguir formando parte del estado español, están en su pleno derecho. Que yo considere el nacionalismo un grave error no me faculta para cuestionar ese derecho. Seguiré, desde luego, advirtiendo de los males derivados de ideales como el nacionalista, y seguiré criticando el pan-catalanismo, que en vez de favorecer un progresivo secesionismo, lo que plantea es prácticamente la anexión de otros dos territorios, una vez secesionados del estado español. Pero a eso me limitaré, pues el derecho a la libre secesión no debe confundirse ni mezclarse con el contenido que LIBREMENTE le den los distintos pueblos a sus estados recién fundados.
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Los padres de la Constitución española de 1978, sobre los que 
se ha erigido un mito político ya rentabilizado y agotado.

*
(Nota aclaratoria: Lo único que me he propuesto tratar aquí es el derecho abstracto a la secesión; por tanto no me he referido a la forma concreta en que ese derecho se está pretendiendo ejercer actualmente por parte de los separatistas catalanes, pues ese asunto merecería un escrito aparte. No obstante, para evitar malos entendidos, aclararé que, si bien los catalanes tienen todo el derecho a decidir cuál es el proyecto político del que desean participar, es bastante más cuestionable su derecho a dilapidar los fondos públicos para sostener y vender al mundo tal proyecto –ni que decir ya para extenderlo a otras comunidades a modo de inversión para preparar la anexión-; como también es cuestionable animar a todo el estado a incumplir caprichosamente las leyes y “hacer las cosas por las bravas”. Es obvio, asimismo, que cuando hablo de mayoría en un caso como éste no puede bastar con una simple sino que conviene exigir una, al menos, de dos tercios.)


lunes, 21 de diciembre de 2015

"Proudhon y Tocqueville: Hacia la libertad. Contra la utopía." (I)


Así abandonamos lo que el Estado antiguo podía tener de bueno, 
sin comprender lo que el Estado actual nos puede ofrecer de útil. 
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)

La Constitución española de 1812, como muchas otras constituciones liberales, reconocía únicamente dos sujetos políticos: El estado y el individuo.
De ahí parten muchos de nuestros problemas actuales.

Quienes estamos más cerca del liberalismo y del anarquismo que de otras posiciones ideológicas, pero intentamos asimismo no conformarnos con ninguna respuesta excesivamente simple o idealista frente a algo tan complejo como es la ciencia política, advertimos los errores históricos de ambas doctrinas. “Un liberal es un libertario que aún cree en los Reyes Magos”: esta frase que acuñé con mayor o menor acierto viene a sintetizar las reservas de los llamados post-liberales, o de los libertarios, frente a viejas creencias que hoy a muchos resultan algo “cándidas”. 
Que el estado sea el garante de las libertades, que el individualismo sea la última respuesta social y política, o que se pueda crear una sociedad sana contando con esos dos únicos sujetos –estado e individuo- son muestras de un idealismo que, a pesar de seguir contando con unos cuantos adeptos, se muestra a cada vez más estudiosos como una teoría política insuficiente, como un dietario con severas lagunas.

Pero aún hay otra idea que nos ofrecería una mejor síntesis del problema, desde donde yo lo veo. Tal tesis concebiría el alejamiento por parte de los anarquistas de sus raíces liberales como un síntoma de extravío intelectual, pero no menos que la moderación -domesticación- del liberalismo al alejarse del radicalismo anarquista.

Alexis Henri Charles de Clérel, Vizconde
de Tocqueville (1805-1859) Pensador, jurista, 
político e historiador francés.
De una cosa no nos cabe duda: Para lograr una mayor libertad es preciso tener en cuenta demasiados factores. Y lo que en un principio puede parecer la receta idónea para instaurarla, puede con el paso del tiempo constituir el caldo de cultivo de múltiples tiranías y despotismos. Así lo vieron mentes tan despiertas, tan preclaras, como los franceses Tocqueville y Proudhon, que, a pesar de haber nacido en la tierra del idealismo y el utopismo por excelencia, representaron esa, por fortuna, no tan rara salvedad que ´confirma la regla`. 
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Por eso han resultado siempre, ambos, pensadores tan difíciles de clasificar. 

Por eso a Tocqueville se le ha encuadrado tan a menudo dentro del conservadurismo como del liberalismo, o incluso del aristocratismo. Y por motivos similares, encontramos fragmentos de Proudhon que podría firmar cualquier liberal al lado de otros en sintonía con los socialismos de su época.

Espero poder hallar algunas respuestas (siempre provisorias) en este ensayo que me he propuesto escribir en torno a estas dos figuras; pero no sólo en torno a ellas, sino usándolas como expresión de algo que las trasciende: la convicción sobre las bondades que trae inequívocamente la libertad unida siempre a una desconfianza hacia las “recetas mágicas” y a todo tipo de idealismos alejados de la, por más que nos empeñemos, inmutable naturaleza humana. 
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Porque, sobre esto último, el mismo Proudhon se expresa con total claridad: 
«Los hombres no serán jamás mejores ni peores de lo que los veis y fueron siempre. Desde el momento en que los aguijonea su bien particular, abandonan el bien público; en lo cual, si no los encuentro dignos de gran honor, los encuentro por lo menos dignos de excusa. Vuestra es la culpa si tan pronto les exigís más de lo que os deben, como excitáis su codicia con recompensas que no merecen. El hombre no tiene nada más precioso que él mismo, ni por consiguiente, más ley que su responsabilidad.»
(Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.) 
Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865)
Filósofo político y revolucionario francés

Otra poderosa vacuna contra la utopía. Otro pildorazo de realidad que nos desalienta de seguir persiguiendo “hombres nuevos” y grandes proyectos iluministas de “educar en nuevos valores”. El hombre cambia, sí. Pero no de un día para otro. Ni tampoco han cambiado por igual los hombres de todas las latitudes; y ni siquiera todos los que han ocupado un mismo espacio y un mismo tiempo. El cambio en la condición humana, diríamos con gran cautela que puede existir. Mejor dicho: la lucha contra esa condición eterna se produce; y se fraguan lentos, muy lentos avances de las sociedades en direcciones deseables. Pero mucho me temo que esta condición, esta naturaleza, si tiene algo objetivamente mutable, apenas logramos percibirlo, o estas mutaciones se han producido en un lapso de tiempo tan extenso que escapa a nuestro análisis.

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«La vida del hombre es una guerra permanente, guerra con la necesidad, guerra con la naturaleza, guerra con sus semejantes, y por consiguiente, guerra consigo mismo. La teoría de una igualdad pacífica fundada en la fraternidad y la abnegación no es más que una falsificación de la doctrina católica, que nos manda renunciar a los bienes y placeres de este mundo; no es más que el principio de la indigencia, el panegírico de la miseria. El hombre puede amar a su semejante hasta morir por él; no le ama hasta el punto de trabajar por él.» 

¿Queda aún alguna duda de a qué llamaba Proudhon “filosofía de la miseria”?

Sí. A muchos sorprenderá que un pensador que se ha asociado siempre a "la izquierda" se refiera al ideal comunista con palabras similares a las que usan hoy para definirlo conservadores y liberales. Pero es que el mutualista veía claro lo que hoy es evidente pero ayer no lo era tanto (aunque quizá no lo sea aún para todos; dado que todavía resisten los últimos creyentes, se entiende que los más fervorosos, o los más desesperados, quizá desamparados.. huérfanos de idearios que les presenten alternativas ilusionantes. De lo cual cabría responsabilizar a la inoperancia de esos otros pensamientos que, con su abandono de la contienda cultural cotidiana, le dieron la victoria al enemigo sin apenas ofrecer batalla.)

Proudhon era muy consciente de que la única manera en que se puede lograr algún “bien común” es primeramente -aunque no sólo- atendiendo cada uno a sus intereses particulares. En eso, nada tenía que oponer a Adam Smith y sus discípulos. Si tenía que oponerles otras cosas, pero a eso ya tendremos tiempo de referirnos en siguientes capítulos. En cualquier caso, sus palabras a este respecto son tan inequívocas como las anteriores:
«¿Cómo sustituir el objeto inmediato de la emulación, que en la industria es el bienestar personal, por ese motivo lejano y casi metafísico que se llama bienestar público, sobre todo, cuando no existe el uno sin el otro, cuando el uno al otro se engendran?» 
 (Pierre Joseph Proudhon, ´Filosofía de la miseria`.)
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Pero ahora atendamos a una cuestión distinta. Parémonos a reflexionar un momento acerca de las distintas formas de gobierno de las que siempre nos han hablado y preguntémonos hasta qué punto son incompatibles, o si pueden incluso darse circunstancias en que unas y otras coexistan.

Esto es algo que gran parte de la ciencia política ha ignorado por completo, cuando no se ha lanzado a apologías un tanto engañosas, partiendo de modelos ideales descritos con muy pocos trazos (pues lo ideal siempre es simple, mientras que lo real es infinitamente complejo, como acertadamente insiste siempre otro amante y estudioso de las libertades, el filósofo español Antonio Escohotado.)
«No pudiendo realizarse en toda la pureza de su ideal ni la monarquía, ni la democracia, ni el comunismo, ni la anarquía, están condenadas a completarse prestándose la una a la otra sus diversos elementos.»
(Pierre Joseph Proudhon, ´El principio federativo`.)

¡No hay ni ha habido formas políticas químicamente puras
Pocas premisas hay más realistas, y pocas que nos bauticen mejor contra la utopía. Porque si partimos de esta convicción (de ahí que hable de “bautismo”), empezamos a juzgar los distintos modelos de gobierno con una mirada mucho más incisiva. Nuestro ojo se vuelve clínico (o cínico, pensarán algunos). Pero no hablamos de descreimiento o misantropía. En absoluto. No debe confundirse la asunción de la complejidad y el polimorfismo de las unidades políticas con un desprecio o una desautorización de las mismas.
Reconocer las cosas tal como son no puede ser sino constructivo, no puede ser sino enriquecedor. Pero antes que todo: útil.
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Como conclusión a este capítulo, retomaremos un caballo de batalla que ya viene siendo habitual en este espacio. No es otro que el de la, para muchos, incuestionable superioridad de los pequeños estados frente a los grandes, al menos desde el punto de vista del ciudadano o súbdito (que viene a ser en éste, como en tantos casos, el contrario al del soberano). Quienes entendemos el ideal secesionista como columna vertebral del principio de libre asociación, y por ende, de la libertad política, apenas dudamos de que es siempre deseable un estado o unidad gubernativa del menor tamaño concebible, ya hablemos de territorio o de población.
«Todas las pasiones fatales a las Repúblicas crecen con la extensión del territorio, en tanto que las virtudes que les sirven de apoyo no se acrecientan siguiendo la misma medida.»
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
Muchas razones hemos dado ya en favor de las unidades políticas mínimas, de la ciudad-estado, de la pequeña comunidad auto-gobernada; pero aún nos reservábamos una de las más poderosas.

¿Hay asunto que mueva mayor preocupación en las reflexiones políticas de hoy que las situaciones de exclusión social o de extrema (o menos extrema) necesidad?

Pues bien, el modelo de la micro-nación también tiene una respuesta muy satisfactoria que ofrecer ante este problema. O dónde se cree que serán mejor visibilizados, mejor comprendidos, y mejor solucionados los problemas por los que atraviesen aquellas personas que han resultado más desfavorecidas: ¿En una gran unidad política de varios millones de habitantes y varios miles de localidades donde no queda más remedio que reducir los sujetos y los grupos a números, y por tanto, “prestarles asistencia” de modo impersonal, lejano y en gran medida arbitrario? ¿O, por el contrario, en una ciudad pequeña o gran barrio donde las personas sean de carne y hueso; y sus problemas, así como sus periplos vitales, sean del conocimiento cotidiano de todos cuantos allí habitan?
«Un poder central, por ilustrado y sabio que se le imagine, no puede abarcar por sí solo todos los detalles de la vida de un gran pueblo. No lo puede, porque tal trabajo excede las fuerzas humanas. Cuando él quiere, por su solo cuidado, crear y hacer funcionar tantos resortes diversos, se contenta con un resultado muy incompleto, o se agota en inútiles esfuerzos.»
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
La solidaridad sólo es auténtica –y más diré- sólo puede producirse cuando es directa y personal. Aquella abstracción del gran estado redistribuidor sólo puede ser defendida por un iluminado de tres al cuarto o por un demagogo consciente de la trampa aprovechándose de aquellos que no lo son tanto. 

La “solidaridad a través del estado” es una ficción monumental. Una hipocresía que nos une a todos en un sucedáneo prefabricado y homologado de civismo.

Uno no es solidario cuando su "solidaridad" depende de los im-pues-tos. 
Lo es cuando depende de su vo-lun-tad.
Por eso el llamado estado benefactor, redistribuidor, ¡por más nombres que se ponga!.. no fomentará jamás la solidaridad sino el egoísmo. Sólo la responsabilidad cívica ejercida sobre la comunidad en la que uno habita y conoce puede engendrar, incentivar y fortalecer los vínculos solidarios entre vecinos (porque nunca hay verdadera solidaridad, sino limosna, donativo, o “lavado de conciencia”, cuando ésta se ejerce hacia quién no se conoce y con quién no se convive.)

Si quieren ustedes construir sociedades menos egoístas, menos atomizadas, más dignas de habitarse… ¡dejen que gobernantes y gobernados convivan en un mismo espacio reducido de modo que no les quede más remedio que organizarse en comunidad para lo bueno y para lo malo!
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Exponer las ventajas de las unidades gubernativas mínimas, como ven, es un mero ejercicio de racionalidad y sensatez. Nada que ver con utopías irrealizables o voluntarismos prometéicos. De hecho, desde nuestra perspectiva más bien parecen utopías y ocurrencias perentorias muchas de las ideas hoy mayoritariamente aceptadas como “sensatas y cabales”; algunas de las cuales nos hemos ocupado ya de destripar aquí como corresponde.
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«La libertad forma, a decir verdad, la condición natural de las sociedades pequeñas. El gobierno ofrece allí poco cebo a la ambición y los recursos de los particulares son demasiado limitados para que el poder soberano se concentre fácilmente en manos de uno solo. Llegando a darse el caso, no es difícil a los gobernados unirse y (...) derribar al mismo tiempo tiranía y tirano. 
Las pequeñas naciones han sido, pues, en todo tiempo, la cuna de la libertad política. Ha sucedido que la mayor parte de ellas han perdido esa libertad al crecer, lo que hace ver claramente que consistía en la pequeñez del pueblo y no en el pueblo mismo.» 
(Alexis de Tocqueville, ´Sobre la democracia en América`.)
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viernes, 11 de diciembre de 2015

¿UN VISTAZO A UN FUTURO CERCANO? ...

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Racionalización y eficiencia. 
Convierta a los sujetos en números en orden a extender el bienestar lo más homogenea y exitosamente posible. 
En vez de redes de apoyo y agrupaciones filantrópicas de ámbito localista y descoordinadas, no sujetas a inspección ni control, un único ente máximamente coordinado, máximamente unificado, máximamente eficiente. ¿Quién requiere trato humano y cercano cuando tiene acceso a un dispensador de ayudas homologado, automatizado y centralizado? ¿Quién va a perseguir, como se hacía en otros tiempos, el apoyo mutuo con sus vecinos cuando puede acudir a profesionales expertos en asistencia, dedicados a hacernos la vida más fácil y librarnos de todo escollo de un modo eficiente, racional, impersonal?...

El Gran Benefactor constituye todo un hito en el progreso humano, pues viene a sustituir los caducos y siempre imperfectos vínculos que forjaban antes las personas por sí mismas como único recurso para no quedar desamparadas ante el tan incierto futuro y la tan poco confiable espontaneidad con que se organizan las sociedades dejadas a su suerte.

Nuestra era ha acabado con tales incertidumbres, ha librado finalmente al hombre de la tortura de enfrentarse a un horizonte que ofrece infinitas alternativas pero ninguna seguridad; de ese vértigo abismal que otrora padeciera todo aquel a quien se ponía en el brete de elegir entre tantas vías de acción sin garantizarle, como nos honramos hoy de haber logrado, un camino de baldosas amarillas que recorrer, liberados ya de ese dichoso temor a no haber hecho la elección correcta. 

Todo ello gracias a la fuerte inversión realizada en formar un cuerpo de expertos que le evitan ese problema decidiendo por usted, puesto que son expertos, 
mucho mejor de lo que usted mismo lo haría.
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La libertad está sobrevalorada. La evolución también. 

... ¿Que podríamos estar mucho mejor de lo que estamos si dejáramos a los talentos desarrollarse sin freno? ... ¿Que la sociedad produciría inimaginables avances si renunciáramos a la pretensión de domeñarla? ...

Es muy posible. Pero la mayoría no está tan interesada en el avance como en poner 
a buen recaudo lo obtenido hasta ahora. 

Puede ser la aspiración de las "grandes almas" el zambullirse en lo incierto y a la vez prometedor de un futuro abierto a todas las posibilidades. Pero es el instinto de casi todos los demás blindarse frente a ese campo abierto a inmensos beneficios no menos que a inmensas pérdidas. Y por más que aquellas mentes más audaces hayan sido en todo tiempo los que hicieron avanzar a regañadientes al resto, y que estos sólo les reconociesen su mérito cuando, pasados los lustros, gozaron de la perspectiva adecuada para hacerlo, hoy reinan las mayorías, y son ellas a las que se debe todo gobernante.

Si el interés de las masas es la protección del presente y la negación del futuro.. Incluso si es regresar a la subsistencia, al quietismo de la tribu, y hasta más atrás, a la mera satisfacción de los apetitos animales y la renuncia a toda preocupación ulterior, ¿quién es el gobernante, ¡aún más!, quienes somos las minorías persuadidas de la necesidad de apertura y progreso para no acatar, o meramente para poner en cuestión lo que es a todas luces el interés general? ...
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Se ha decretado sagrada la seguridad y un pacto de silencio sobrevuela todo lo relacionado con la libertad. El miedo ha opacado toda otra motivación por la cual guiarse. Quien no se guía por él está fuera del sentir general y, en consecuencia, fuera de la vida civil. Se le ha declarado tácitamente un sujeto irresponsable y al suyo un carácter esencialmente incompatible con la vida en sociedad y la persecución de fines comunes.

Ya existe una fractura  cada vez más visible entre esa mayoría dominada por el miedo y la creciente minoría que se siente asfixiada por tal ambiente social. Los que consideran la unidad nacional y democrática un bien irrenunciable se muestran por momentos beligerantes con aquellos que califican de "desertores" y "traidores"; y hasta se han producido ya conatos de violencia, de amedrentamiento o increpación al grito de "lo libertario es temerario", o aquel otro no menos popular de "el bien de la nación no es reacción .. ponerlo en cuestión es morir de inanición" ..a lo que respondían tímidamente los otros con algún que otro improperio dirigido más a la clase política que había inflamado los ánimos que a aquellos que les increpaban, pues siempre han considerado a estos meras correas de transmisión de aquella clase cada vez más omnipresente y omnipotente.

Tanto da. Se ha logrado finalmente que el temor a lo que vendrá sea el motor principal de todo sentimiento popular y de todo interés por lo social y lo político; que el porvenir sea una amenazante nube negra de la que no cabe sino resguardarse.

Así los demiurgos de las masas han construído la cárcel perfecta, que es aquella en la que los presos no sólo están contentos de vivir sino que colaboran con buen ánimo a asegurarla contra incursiones del exterior igual que contra excursiones a ese mismo lugar. 

Ofrecen la seguridad que las masas le reclaman, y realizan tan impecablemente esta tarea que, cuanta más le ofrecen, más le reclaman.
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Aún con todo, crece día a día aquel grupo que exige el derecho a emanciparse del Gran Benefactor: Estos son los insolidarios, los que sólo miran por ellos mismos y nada quieren saber del interés general que, ahora más que nunca, debiera tender a unirnos en vez de a separarnos. 

Estos rebeldes secesionistas, misántropos acratoides.. ven en la aplicación escrupulosa del principio de la mayoría un atentado contra su capacidad de libre decisión; y de este modo, pretenden que La Democracia Nacional posee una naturaleza tiránica, y hasta algunos se atreven a calificarla de "cárcel donde se permite votar". ¡Habrase visto mayor incivismo! Estos salvajes inspirados por locos antisociales de la calaña de Stirner o Thoureau no están hechos para vivir en civilización. Más valdría librarse de ellos de un modo que no levantase excesiva polvareda. Quizá podamos impulsar una nueva ley de delitos de odio y terrorismo en nombre de la estabilidad nacional y el respeto por la democracia..
¡¿Quién puede ser tan canalla para poner en cuestión LA DEMOCRACIA?!! .... No será difícil llevarlo a cabo en la coyuntura en que actualmente se haya la opinión pública.

... Sí, nosotros hemos hecho algo para favorecer esa coyuntura. ¿Pero de qué se nos puede acusar? ¿Quizá de.. LUCHAR POR LA DEMOCRACIA? ... ¿De orientar esa opinión pública cada vez más en favor del INTERÉS DE TODOS? 
Con gusto asumiremos esa culpa.
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... And show must go on..

lunes, 23 de noviembre de 2015

CONFUSIONES ENTRE NACIÓN, PATRIA Y ESTADO.


Quienes hoy se llaman conservadores o tradicionalistas asumen a menudo la nación-estado como parte de esa tradición, o de aquello que merece conservarse. Pocos vuelven la vista hacia modelos anteriores, aun cuando se hacen llamar enemigos de todo lo moderno -entiéndase, de la era así llamada-. Sin embargo, nadie puede cuestionar que el estado-nación es un invento moderno. Y es igualmente contradictorio reclamarse partidario de la tradición cuando se asume un modelo administrativo y gubernativo que se implantó sepultando a su paso cientos y cientos de tradiciones -culturas, instituciones, naciones, leyes, usos y costumbres-.

Es por eso que el patriotismo de los últimos siglos es un patriotismo impostado, ideal, abstracto.. tanto que se diluye en el éter si no hay un mapa o una bandera detrás. No es tanto un patriotismo de la nación como un ´patriotismo de Estado`. No nos engañemos: Es a Él a quién prestamos fidelidad; no a los ciudadanos, que son nuestros vecinos en diverso grado de cercanía. Y destaco esto último por ser otro motivo de grave arbitrariedad e injusticia, ya que una vez barrida toda institución regional, y una vez desechada toda red de apoyo local, no hay diferencia alguna entre nuestro paisano y el que habita la otra punta del territorio, la cual muchos tan siquiera han visitado.

¿Bajo qué perversa lógica se me fuerza a sentirme tan solidario con mi vecino próximo como con el que de sus costumbres y necesidades nada sé?

Es una impostura absoluta, una ficción mediante la que quienes ocupan en cada momento el estado logran de nosotros obediencia, respeto, colaboración tributaria y hasta el sacrificio de la propia vida en nombre de aquel -¡no de la nación!-. A ver si nos empieza a quedar claro: ¡Piden que nos sacrifiquemos por ellos, por personas de carne y hueso, no por nuestra tierra, el bien común, la ciudadania ni otras pamplinas! ¡Nos piden nuestra lealtad para servir a sus intereses!
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Y todo ello se ha logrado mediante técnicas psicológicas no demasiado sofisticadas, sino del todo burdas. Habida cuenta que todos tenemos un sentimiento instintivo de patriotismo, a través de los siglos este concepto fue pervirtiéndose hasta asimilarse con el moderno estado-nación. Más exactamente tomaron nuestro sentimiento ancestral de pertenencia y apego por aquella, nuestra tierra "hasta donde alcanza la vista", y lo reorientaron hacia esa nueva idea, esa mera abstracción representada por un trozo de tela y un contorno en un mapa. 

Pero nada más lejos de ese sentido de pertenencia que en otro tiempo se veía expresado con toda naturalidad ora en la identidad castellana, ora en la salmantina, ora en la española, ora en lo que se llamó "La Cristiandad"; pues se trataba éste de un sentido de pertenencia mucho más natural, orgánico, y armónico -o dicho de otro modo: de carácter incluyente en lugar de excluyente-. 


Se usó un sentimiento real hacia un objeto real (aunque de límites no del todo definidos, como es tantas veces lo orgánico) para, en el lugar que ocupó ese objeto, colocar una abstracción por la que nadie en su sano juicio experimentaría amor ni devoción alguna.
Se nos dió el cambiazo.. 

Apenas sin darnos cuenta, nos acostamos un día en un terruño de aires bucólicos, de límites difusos.. y nos despertamos al siguiente en una silueta perfectamente delineada en un mapa con una bandera colocada en el medio. Pocos podrán negar que fue, retrospectivamente, un notable empobrecimiento de nuestra idea de patria.
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La patria tradicionalmente se identificó con aquel mismo´terruño`. Y no hay otra que esa. Es la única que puede considerarse con entidad objetiva, por más que su delimitación nunca sea exacta Km. arriba, Km. abajo.. Stricto sensu, una se halla más lejos de su patria conforme se aleja de su lugar de nacimiento o de residencia (en el caso de que echara raíces por diversas razones en un lugar distinto del que naciera). Es cuestión, por tanto, de grado y no de "1 o 0" (dentro o fuera, ajeno o propio). Por eso las fronteras modernas expresan una artificialidad. Y por eso el concepto de patria asociada a estado-nación resulta absurdo una vez lo examinamos con mayor detenimiento.

La identidad cultural y territorial funciona mediante círculos concéntricos, no mediante conjuntos excluyentes. Uno no deja de ser europeo por ser alemán o francés y tampoco deja de ser alemán o francés por ser sajón u occitano, bávaro o bretón. Tampoco el franco-parlante suizo y el franco-parlante belga dejan de tener una misma o muy similar identidad lingüística por someterse a las leyes de dos estados-nación distintos. Ni tampoco cuando habitan dos ciudades distintas dentro del mismo país (las cuales vendrían a sumarse a los componentes de su identidad grupal incluso en mayor medida que los anteriores, pues las urbes acostumbran a imprimir uno de los signos de identidad más marcados.)

Cierto es que en la historia pre-moderna vemos los Estados -mejor dicho los reinos- como entidades unívocas, casi monolíticas-; y cierto es también que actuaban de ese modo en muy variadas ocasiones. Pero lo primero se lo debemos achacar a la mentalidad contemporanea con que observamos la historia antigua, así como al reduccionismo propio del estudio de los acontecimientos históricos a vista de pájaro. No vamos a discutir lo segundo pues resulta del todo innegable. Pero sobre aquello otro conviene profundizar en la ´VIDA INTERIOR` de esos reinos (todavía sólo proto-estados) para que se nos revele esa pluralidad, esa riqueza inmensa de lenguas, folklores, fueros, cortes, concejos municipales, feudos, órdenes monacales o de caballería.. muchos de ellos asumiendo el papel de CONTRAPODERES, e impidiendo a menudo que el monarca hiciese a cada momento aquello que se le antojara con los ciudadanos o territorios bajo su mando.

¡Aun el emperador Carlos V, con su inmenso poder, tenía a su cargo el gobierno de diversos reinos, cada uno de ellos con sus distintas lenguas y tradiciones, pero, asimismo, con sus distintas leyes!
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Ésta es la bandera del Estado Español.

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Ésta es la bandera de Las Españas.
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Pero llegó la hora de descender más a lo concreto: de abandonar el plural y referirnos ya en singular al estado-nación que nos toca más de cerca.

No logro aún entender las razones para defender a toda costa la "sacrosanta" unidad de España. Debe ser porque lo intento hacer desde la lógica y no desde el sentimiento religioso, que es desde el que se defienden tales cosas. 
Puede resultar inspirador, no lo niego, aquello del penta-centenario y "el estado más viejo de Europa", pero.. ¿Hasta cuando? ... ¿Hasta dentro de otros 500 años? ... ¿de 5000??... 

Echemos la vista atrás. Primero este territorio fue hogar de civilizaciones como la tartésica, luego de tribus íberas y celtas, luego de una parte del Imperio Romano, luego de tribus visigóticas, más tarde de tribus musulmanas y.. "por fin", de una casi homogenea población cristiana (aunque todavía políticamente dividida). Llegaron entonces los Reyes Católicos en el momento justo para conformar la nación como se supone debía ser ya... para siempre ¿¿ ?? ....

Ésta, entre otras consideraciones, me lleva a concluir que los que solemos llamar "españolistas" participan de un autoengaño (aunque no menos que los catalanistas, galleguistas o euskaldunes); un error producto de la estrechez de miras típica en quien juzga la historia sin salirse de la lógica de su época. Y un error producto de la mentalidad nacionalista, que lleva inserta la división entre amigo y enemigo; una ideología que se ha mostrado incompatible con la preservación de la raigambre y la tradición en un sentido extenso.

¿Qué es una nación? ... ¿Es la española, la francesa y la italiana.. o es la vasca, la bretona y la napolitana? Dejo eso para los historiadores y los etnólogos. Pero ya sea el caso uno u otro, si de verdad deseamos conservar la cultura española, ibérica, en toda su diversidad y riqueza, la opción más inteligente a tomar sería la RÚPTURA POLÍTICA del actual estado y su fragmentación en muy numerosas y pequeñas unidades gubernativas. 

El estado central, lo único que ha hecho y hará siempre es destruir la llamada ´cultura nacional` a base de homogenizarla, desnaturalizarla, caricaturizarla, instrumentalizarla y pervertirla. Y lo mismo se aplicaría a unos hipotéticos Paixos Catalans o a una Euskal Herría que incluyera a Navarra y su "homóloga" tras los Pirineos. Sólo las pequeñas unidades políticas poseerán el incentivo de conservar su identidad -todas las dimensiones de su identidad- porque, como explicamos antes, lo regional y lo peninsular no son excluyentes, del mismo modo que no lo son la españolidad y la europeidad. 

Sin embargo, el nacionalismo sí es excluyente, o al menos, tiende invariablemente a serlo. Como tiende asimismo a ser homogeneizador y expansionista. Por ello el ideal secesionista es opuesto al nacionalista: El secesionismo busca fragmentar porque es muy consciente de las ventajas de la ciudad-estado, del cantón y la micro-nación; mientras que el nacionalismo rara vez puede evitar sus ansias de "grandeza" y, derivadas de ella, su voluntad de fagocitar las realidades culturales en torno suyo, lo que se traduce en la negación de las mismas, cuando no en su invasión militar o en cosas aún peores.
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Podría coronar esta reflexión con la famosa cita de Nietzsche sobre el Estado y la cultura, pero está ya muy vista. Así que, en su lugar, les remito a otra de Hans-Hermann Hoppe a propósito del auge económico y cultural de los pequeños estados en que permanecía dividido Flandes a mediados de la edad moderna:

"En lugar de promover una nivelación de las distintas culturas hacia abajo, la secesión estimula un proceso cooperativo de selección cultural y avance. Esta es una lección de lo más importante, no sólo para Flandes y Europa, sino para todo el mundo."


(Extraído de una entrevista que puede leerse completa aquí.)


¡Diversidad, selección natural y evolución! Una ley que es impepinable respecto a la biología y que lo es también respecto a la cultura, las ciencias y la tecnología.


Pero el mantra que recorre todo el espectro político, de izquierda a derecha, y de arriba a abajo (desde la clase política hasta la ciudadanía) reza casi invariablemente lo contrario.. 
"Una ley para todos.. Un gobierno para todos.. Una policía para todos.. Un ejército para todos.. Una educación para todos."

Se entiende en general esta homogeneidad centralizada como algo positivo, como un valor a reivindicar. Pero insistamos en la idea: ¿qué nos muestra la evolución biológica, así como la cultural y tecnológica? Una de las cosas que nos prueban más allá de toda duda es que, a mayor diversidad, mayor oportunidad de avance, de mejora, de progreso en su sentido más objetivo. ¿Cómo es posible entonces que hayamos llegado a tal convencimiento contrario a nuestro interés, e incluso contrario a la Naturaleza? ¿Cómo hemos llegado a defender con tal ahínco LA ESCLEROSIS CULTURAL, SOCIAL Y POLÍTICA*?

¿Quién nos ha logrado convencer de agarrarnos a lo yermo y temer a lo fértil?
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(*Hablamos de centralismo político o administrativo en todas sus formas: Desde los que
defienden la "igualdad de los españoles" frente a la independencia de Cataluña o a otros particularismos cuales sean hasta los que tienen por una gran conquista la "educación igual para todos". Todas ellas son formas de escoger voluntariamente la parálisis frente a la evolución o el progreso, palabra esta última que, como vemos, ha acabado significando muchas veces lo opuesto a su sentido original.)

La nación esclerótica siendo asistida
para mantener la ficción de que sigue altiva..
Adecentemos de buen ánimo las ruinas,
y a base de fe, insuflémosles nueva vida..
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