La nueva izquierda ya nos tiene acostumbrados a sus ocurrencias, a sus magufadas y a sus circos. Cada día nos salen con una nueva idea de bombero, y hace tiempo que nos preguntamos si carecen por completo de sentido del ridículo o si es que están tan encantados de conocerse a sí mismos, y tan arropados por un público incapaz de cuestionar ni una coma de su discurso, que se crecen.. y se crecen.. hasta que finalmente logran coronar todas las cumbres de la vergüenza ajena. Creo que el evento que pasamos a comentar a continuación va a ser, en este sentido, una marca difícil de superar. Reproduzco a tal efecto las reflexiones que Beatriz Gimeno, número tres por Podemos en la Comunidad de Madrid, realiza en torno al mismo.
Espero poder estar en la presentación el día 19 porque estoy trabajando este mismo tema desde el punto de vista no gay, sino feminista y heterosexual. Me interesa mucho el culo masculino como lugar de la vergüenza y como espacio altamente simbólico donde se concentra la pasividad entendida como feminización (degradante) y como lugar de placer inasumible para los hombres heterosexuales. La penetración anal o vaginal tiene importantes significados simbólicos en torno a los cuales se concentra una parte importantísima del discurso sexual patriarcal especialmente en lo que hace referencia a la feminidad/pasividad (impotencia) y masculinidad/actividad (agencia, potencia) Y, sin embargo, el ano es una de las principales zonas erógenas para hombres y mujeres, pero especialmente para los hombres. Estoy convencida, cada vez más, que para que se produzca un verdadero cambio cultural tienen que cambiar también las prácticas sexuales hegemónicas y heteronormativas y que sin ese cambio, que afecta a lo simbólico y a la construcción de las subjetividades, no se producirá un verdadero cambio social que iguale a hombres y mujeres. Sabía que la Gimeno tenía que andar detrás de esto. Huelga decir que mientras estos “talleres” sean voluntarios, cada cual puede perder (o no) el tiempo como más le plazca y creer en las soplapolleces que le dé la gana. Ahora, no estaría igual de tranquilo si esta sujeta tuviera acceso al BOE. De hecho, en la Comunidad de Madrid ya ha participado de un proceso legislativo que arroja no pocas sombras. Como ya habré dicho otras veces, estamos ante una nueva especie de puritanismo. Este ya no te dice que todo placer sexual es malo: tan sólo el principal de ellos, o el preferido por la mayoría. La penetración vaginal es expresión del patriarcado, y por tanto hay que combatirla y sustituirla por “otras formas de placer”. Pero lo más llamativo es que no sólo se pretende desalentar las prácticas sexuales más habituales para sustituírlas por otras cualesquiera, sino que también se nos pretende orientar “moralmente” en esa sustitución, promoviendo prácticas concretas como la penetración de la mujer al hombre mediante, claro está, un dildo. Nos vemos obligados a analizar esto por partes (nunca mejor dicho). Lo primero que yo percibo es una clara intención revanchista: “hay que hacerle sentir al varón lo que es ser penetrado” … “que aprenda a ser el elemento pasivo y la mujer el activo”. Lo cual, más allá de la bajeza o inmadurez del sentimiento que motiva la idea, me lleva a preguntarme hasta qué punto no implica sacrificar el placer en aras de una impostura ideológica; porque, seamos sinceros, ¿cuántos hombres disfrutan siendo penetrados analmente?; y más importante aún: ¿cuántas mujeres obtienen genuíno placer de una práctica en que, por más que sean ellas protagonistas y parte activa, no están igual de presentes ni activas sus zonas erógenas? Repito: para quien guste de esas prácticas y le resulten placenteras, perfecto. Pero la mayoría de la gente disfruta con las “prácticas patriarcales”, y esto es lo que desaprueba y pretende reorientar la señora Gimeno. Luego hay una contradicción implícita, y muy llamativa, entre la idea de “deconstruir la masculinidad” mediante el descubrimiento del placer anal y aquella otra de que la orientación sexual de un sujeto no tiene nada que ver con la forma en que obtenga placer, cosa que suscribo, puesto que creer que uno se “vuelve homosexual” o “menos masculino” por disfrutar de ciertas zonas erógenas es propio de un total catetismo en materia sexual. ¿Cómo conciliar, entonces, ambas ideas? Pues de ninguna forma. El discurso de Beatriz Gimeno y los suyos es pura contradicción, pura inconsistencia. Hablando en plata, tienen un cacao en la cabeza de no te menées (por ser generosos y no hablar de otras sustancias de la misma coloración).
¿No estaremos confundiendo el símbolo con lo representado? ¿También deberemos "problematizar" el acto de masticar por ser un "símbolo de agresividad", o el de orinar, por ser un símbolo de "marcaje territorial del macho"?
¿De verdad creen que el camino más corto, o más sencillo, o más efectivo para lograr la igualdad entre hombres y mujeres en los distintos ámbitos es modificar sus hábitos sexuales y convertir el que venía siendo un espacio para la desinhibición y la entrega a tu pareja en una clase práctica de moral o política sexual, en un experimento o una representación teatral de dudoso potencial recreativo? Este nuevo puritanismo, este nuevo moralismo, este fascismo rosa quiere meternos la política, literalmente, hasta en los lugares más recónditos.
Lo que se
dice en este debate me ha motivado nuevas reflexiones en torno a las muchas
cuestiones que se tratan en él, directa o tangencialmente, y ello me ha animado
a escribir una segunda parte del texto que publiqué hace unos días.
Quizá sorprenda
a algunos que sea Amarna Miller la que mantiene, de entre todos, un discurso
más coherente y la que parece tener las ideas más claras. El resto de
opinadoras (porque son todas mujeres excepto el moderador) no saben hilar dos
frases sin meter por medio las palabras “heteronormatividad”, “patriarcado” y
“capitalismo”. Sus argumentaciones no son tales: consisten más que nada en proclamas
que aprendieron y que regurgitan como autómatas.
Atiborradas
de dogmas, intentan pasar por “modernas” y “desinhibidas” sin poder ocultar
el pestazo a moralina que rezuman sus querellas contra el que es para ellas,
fuera y dentro de la pornografía, un mundo
ciertamente perverso. Siguen viendo en el porno “mainstream” (es decir:
mayoritario) una voluntad de modificar o fomentar ciertos deseos en los
consumidores. Como tienen esa concepción tan delirante de la economía según la
cual las empresas no ofrecen lo que el cliente busca sino que se afanan por
orientar sus gustos en un “sentido heteronormativo y patriarcal”, parecen
sugerir que si la mayoría de la gente es heterosexual es porque ven porno heterosexual, y no
al revés. El mito de la Tabla Rasa hace de nuevo su aparición.. Todo proviene
de la cultura… La heterosexualidad se construye..
¿Qué
ocurre entonces con el porno homosexual? ¿Son conocedoras de lo importante que
es ese sector de la industria o simplemente hablan de la pornografía, como de
todo, de lejos y de oídas? ¿El porno homosexual pretende también
“homosexualizar” a la gente? … De hecho, si comparáramos el porcentaje que hay
de homosexuales entre los hombres con el porcentaje de pornografía homosexual
que se hace dentro de esa industria, la heterosexualidad quedaría
infra-representada en proporción. Por lo que, según su lógica, podríamos
afirmar con igual o mayor convicción que ese “capitalismo neoliberal” persigue
la “homo-normativización”.
Además, en
qué quedamos: ¿Las empresas buscan el beneficio a cualquier precio o están
dispuestas a ganar menos con tal de realizar una supuesta ingeniería social “que
fortalezca al sistema”? ¡Por Júpiter! Si “el capitalismo” ha comercializado
camisetas del Che y toda la iconografía comunista que se pueda imaginar, ¡qué
problema va a tener, aun dando por bueno ese vínculo con el “patriarcado”, en
vender todas las clases de pornografía que el público demande! Esta gente tiene
la cabeza tan llena de ideología que no queda apenas espacio en ella para que
el sentido común y la lógica asomen de tanto en tanto.
Pero no
vayamos a dejar fuera de la crónica a Monedero. Otro que pretende jugar a dos
bandas: a pro-porno y a anti-porno, a desinhibido, liberado y sin complejos por
un lado, mas sin poder frenar por otro su moralismo, sus prejuicios y sus
tabúes. El tipo es un trilero en toda regla, y tan siquiera se avergüenza de ello.
Analicemos sus dos intervenciones estelares: En la primera se luce poniendo en
cuestión que uno pueda hacer lo que quiera con su propio cuerpo “argumentando”
que por esa regla de tres una podría “vender a su hijo recién nacido”.. ¡¿Acaso
un niño que se acaba de dar a luz es “parte del cuerpo” de la madre y “le
pertenece” igual que su brazo o su pierna?! … Ante la negativa de la Miller a
aceptar ese “argumento”, Monedero se reafirma defendiendo la “racionalidad” del
mismo e intenta arreglarlo reconduciéndolo a la venta de órganos. Pues no
señor, tampoco. Un riñón efectivamente pertenece a su dueño pero sigue sin ser
comparable a “vender tu cuerpo” en representaciones pornográficas puesto que,
por muchas de ellas que uno haga, sigue conservando todos sus miembros y sus
órganos en su sitio. Pero vamos a la segunda, que tampoco se queda atrás; pues,
ni corto ni perezoso, este señor se lanza a comparar la realidad “capitalista”
actual con el paraíso comunista soñado –no con el real, o qué os pensabais-,
alegando que, mientras en las sociedades capitalistas muchos quizá se “vean
obligados” a dedicarse a la pornografía o a la prostitución, en otro tipo de
sociedad con renta básica y todas esas cosas las mismas profesiones "tendrían otra lógica”. Sí, que les pregunten por esa “lógica” a las cubanas, que son a
buen seguro, de las mujeres de todos los países, las que menos presionadas se
ven para prostituirse. De verdad hace falta ser miserable, o quizá estúpido, o sencillamente
torpe, para decir algo así y quedarse tan ancho.
Y qué
decir de Beatriz Gimeno. ¡Ay! La Gimeno.. Cuántos momentos de humor
surrealista no nos dará esta mujer. Su percepción de la realidad camina entre
lo cómico y lo grotesco. La buena señora ni admite ni aprueba que a la mayoría
de las mujeres les gusten los hombres y les gusten sus penes, y que además les encante ser
penetradas por ellos. Su feminismo dialéctico, como yo lo he bautizado, no es
sino una versión moderna del puritanismo más enfermo. Ella viene a proclamar –entre
líneas- que la Naturaleza lo hizo mal,
que es esencialmente injusto que nos hiciera a unos cóncavos y a otros
convexos. ¡Pero qué arbitrariedad es esa!
¿Por qué unos van a tener entrantes y otros salientes! ¡Todos planos! Y si ello
nos pone francamente difícil obtener placer de nuestros cuerpos, ¡pues que así
sea!: lo importante es que entonces seremos al fin iguales. Es un camino más enrevesado que aparenta ser contrario
pero que acaba llegando al mismo sitio, como digo, que el puritanismo
religioso: “el placer que sentimos está mal”, “¡es pecado!”; “es obra del
demonio!” (léase: el capitalismo, el patriarcado, las “fuerzas oscuras” del
mercado.) Así lo muestra su negativa a aceptar los argumentos en pro de los
derechos individuales que blande contra ella la Miller. “Lo que a tí te guste
no es un argumento”. Pero por lo visto, lo que a la Gimeno no le guste sí. “El porno mainstream no puede gustarle a ninguna feminista”. Es decir, que ella no sólo tiene autoridad para distinguir qué valoraciones constituyen argumentos, sino que, al parecer, también sabe -o dicta- lo que puede gustarle o no a las feministas de todo el Globo, las del pasado, las del presente y las del futuro. Y ya la joya de la corona es su afirmación de que “si todo
consistiese en una suma de derechos individuales, no se podría hacer política”. Porque así es: si se respetasen por entero nuestros derechos individuales, ella y los
suyos no podrían meter sus narices en nuestras vidas y en lo que nos da placer
o nos lo quita. ¿De verdad a nadie le espanta que algunos pretendan mezclar la
política con el ámbito de la más estrecha privacidad? ¿No es esa la definición
más perfecta de “totalitarismo”?
"Debemos problematizar nuestras prácticas y nuestros deseos". "Debemos averiguar qué fuerzas oscuras se esconden tras ellos". .... ¡Arrepentíos!
Pero la palabra estrella del debate, en boca de casi todos, es
“problematizar”. El término-mantra en cuestión no podría ser más elocuente: convertir en problema lo que no lo es, o que hasta ahora nunca lo había sido. Por supuesto no se atreven a decir a las claras que algunas
prácticas las consideran inmorales, y por eso comienzan a hacer funambulismo
ético, reconociendo por un lado el derecho de cada mujer a fantasear o
practicar lo que le plazca y elucubrando por otro sobre los roles que
supuestamente pretende fomentar en nosotros “el heteropatriarcado capitalista”,
usando tales elucubraciones carentes por completo de base empírica como
pretexto para admitir la necesidad de una suerte de “ingeniería social
inversa”. Es la misma lógica del Marxismo-leninismo de siempre: convencernos de
que el actual estado de cosas es producto de una imposición para así justificar
otra imposición: la de ellos. Elaborar teorías que ni quieren ni pueden
probarse -esto es: pseudocientíficas- con el único objeto de volver legítima, y
hasta necesaria, una violencia y un autoritarismo análogos a los que ellos han
construido en su imaginación y en su propaganda.
Pero deben
ustedes mojarse, señoras. O defienden la libertad individual o no. No hay terceras
vías. Relativizar principios éticos que no podrían ser más claros inspira muy
poca confianza. ¿Quieren ustedes dictar cómo deben obtener placer las mujeres o
no? Díganlo claramente, y déjense de medias tintas y de vaguedades.
Por su parte, el papel de Amarna Miller en el debate, como dijimos, representa algo así
como “la voz de la sensatez”. Los principios que defiende son bien claros, a
diferencia de la caterva marxofeminista. Sus reclamaciones son también claras y
perfectamente entendibles por cualquiera: la situación de a-legalidad del cine
porno en España deja desprotegidos a sus trabajadores ante posibles abusos o
malas prácticas –no en el terreno sexual necesariamente, sino también en el
laboral-. Ella, que ha trabajado también en la industria de Estados Unidos, ha
podido comprobar la ventaja de desarrollar esa profesión –para ella un hobbie-
con todas las garantías que ofrece una ley sensata y funcional, con controles de ETS´s más rigurosos, y donde los contratos
están bien especificados y el poder de negociación de todas las partes más
equilibrado.
La
porn-star madrileña lanza además una pregunta retórica que es un desafío a los
prejuicios mal ocultados de las de “el sexo también es política”: ¿Quién puede,
de verdad, saber lo que degrada o humilla a una mujer? Exactamente la misma
pregunta que lancé yo en la primera parte de estas reflexiones. Apenas se
percatan de lo terriblemente arrogante que es pretender adivinar lo que los
demás sienten (y sin entrar en el terreno, en el que ellas sí entran de forma
mal disimulada, de lo que deberían
sentir). Por supuesto que cuando contemplamos en la pantalla una práctica
sexual que a nosotros nos desagrada, y que valoramos desde nuestra perspectiva
negativamente, proyectamos nuestra vivencia sobre la persona que está
representándola y por cualquiera que pudiera representarla en el futuro, y por
tanto asumimos instintivamente que ella experimenta, o debiera experimentar lo mismo que nosotros. Pero eso es una trampa psicológica
de sobras conocida, y parece mentira que personas hechas y derechas sigan
confundiendo su ego con la realidad objetiva. Es como si todavía estuvieran en
esa fase de la primera infancia en que el bebé no sabe distinguir lo que forma
parte de su cuerpo de lo que es exterior a él.
Cierto escritor español dijo de ´Garganta profunda” que le resultaba un film “inverosimil”. Quizá por aquel entonces muchos no caían en que en ello consiste justamente su poder de atracción, en que no pretende mostrarnos la realidad, sino una ensoñación tan irresistible como turbadora.
No
obstante, sí hay algo de lo que dice Amarna Miller que es más debatible, y sobre
lo que me gustaría hacer una reflexión en cierta profundidad. El deseo
expresado por ella de que la pornografía comience a verse como un trabajo más,
y que se vaya diluyendo el estigma que acompaña a quienes se dedican a ello es
sin duda un deseo legítimo, pero también ingenuo, y nos plantea algunas
paradojas bien interesantes. Por un lado ese halo de “prohibido”, “sucio” y
“oscuro” es ingrediente fundamental de la atracción que produce en la mayor
parte, por no decir todos, de sus consumidores. Ella misma alude, si mal no
recuerdo, al componente transgresor del porno. Y en efecto es éste un
componente sin el cual esos productos audiovisuales perderían gran parte de su
atractivo. Si la pornografía no buscara desafiar los límites y jugar con
nuestra idea -siempre cambiante- de “lo perverso”, sencillamente dejaría de ser
pornografía y pasaría a convertirse en una aburrida clase de educación sexual.
La realización o representación de fantasías sexuales requiere mantener un
difícil equilibrio entre la costumbre y el tabú, entre lo agradable y lo
desagradable, entre lo bello y lo grotesco, lo dulce y lo brutal, y
esencialmente entre lo falso y lo real.
Como
precisamente se trata de una receta que exige ese difícil equilibrio y esa
precisión en cuanto a los ingredientes que se usan para elaborarla, en la que
no puede haber ni demasiado picante, porque abrasa, ni demasiada realidad,
porque repele, ni demasiado fingimiento, porque distancia, no toda la pornografía nos
provoca o nos interesa o nos excita a todos por igual. Por ello los autores de ´La ceremonia del porno` nos hacen ver lo mal que entendemos
habitualmente en qué consiste esa ceremonia. Creemos que el producto pornográfico es “fácil”, que es
fabricado en serie y que no se distingue uno de otro, que con mostrar lo que hay que mostrar basta para lograr
el objetivo: la excitación.
Pero nada
más lejos de la realidad. Quizá eso bastara cuando hizo su aparición (aunque,
como también se nos explica en el libro, ha existido desde siempre en distintas
formas). Quiero decir que quizá cualquier cosa sirviera para llamar la atención
del que nunca había visto imágenes pornográficas, o meramente eróticas,
proyectadas con un cinematógrafo. Pero sin duda si esta persona se hacía
aficionada a esas imágenes empezaría a buscar aquellas que más sintonizasen con
sus deseos, probablemente los más inconfesables.
Y es que con ello hemos aterrizado en la, digámoslo así, Piedra Rosetta del fenómeno pornográfico, y puede que también del
erótico: los deseos inconfesables,
nuestro lado oscuro.
Porque
todos tenemos deseos inconfesables. Y las fantasías que probablemente más les espantan
a las que ven conspiraciones patriarcales y capitalistas detrás de todo son una
vía de escape mediante las que aquél, nuestro lado oscuro, puede salir a la luz
aunque sea tímidamente y en un entorno controlado; y de ese modo quizá evitar que
acabe explotando en un momento mucho menos apropiado, sin ningún control que lo
frene, y en el peor de los casos, causando daño a terceros.
Las prostitutas sagradas eran muchachas jóvenes que mantenían relaciones sexuales como partederituales religiosos en lugares sagrados y como ofrenda a los dioses. Existen varias teorías sobre la aparición de las prostitutas sagradas y delas funciones que desempeñaban. Unos dicen que la sexualidad y la espiritualidad estaban tan unidas que el sexo se convertía en una ofrenda para los dioses.(Fuente aquí)
Ya lancé
en la primera parte de este ensayo una hipótesis sobre la posible, o no,
función social de la pornografía. Alguien tan poco sospechoso de relativista o
postmoderno como Guillaume Faye compartía esta intuición, y lógicamente la
hacía extensible al papel de las prostitutas. En su inclasificable obra ´Arqueofuturismo`, Faye recordaba al
hilo cuáles eran algunas de las atribuciones de muchas sacerdotisas en los
antiguas religiones paganas, y cómo en aquellas sociedades cumplían también al
parecer una función irremplazable. La ventaja es que ahora tenemos acceso a
todos los templos del mundo y a todas las sacerdotisas sin movernos de nuestro
silla y con un click de ratón.
Así pues,
concluyo lanzando una nueva provocación que puede inspirar, al menos desde mi
punto de vista, fecundas reflexiones. ¿Serían las actrices porno las nuevas prostitutas sagradas? Creo que hay
motivos para creerlo así: el servicio que prestan no es como el mero trabajo
sexual que se desempeña en el ámbito privado. En este caso
se trata, como ya dijimos, de un rito, o un aquelarre; una ceremonia de
concentrada intensidad en que se funde lo íntimo y lo público, en que se
transgreden calculadamente las normas y los tabúes, los límites y los pudores…
hasta dar con el justo equilibrio entre perturbación y curiosidad, esa receta
precisa que a usted en particular le despierta el arrebatamiento que andaba
buscando desde siempre, quizá sin saberlo y sin haber oído nunca de él, pero que
desde ahora no cambiaría por nada y que, al lado del cual, lo que antes conocía
como excitación le resulta un mero simulacro.
Pero no las
juzguen ni se juzguen: a las sacerdotisas, a las fantasías que representan, o a ustedes mismos por disfrutarlas. Tan sólo sean conscientes de ellas. No hay cosa, por terrible que parezca, que sea
preferible ignorar a conocer. La ignorancia sobre las cosas del mundo puede hacernos infelices, pero nunca
tanto como la ignorancia sobre nosotros mismos.
Sí, pudo
escribirlo Sócrates. No pretendía reclamar la autoría por esa
reflexión.
Pero ésta
sí la firmo: Deseen lo que deseen, ocúltenselo a quien quieran menos a ustedes
mismos. Conózcanse y acéptense con sus zonas oscuras incluídas. Se sentirán más
enteros y más dueños de sí mismos. El conocimiento es poder, y el
auto-conocimiento es por tanto una forma de asumir mayor
control sobre nuestras decisiones: de
hacernos más libres. Y en eso creo que la srta. Amarna Miller puede servir de ejemplo, por mucho que ahora la odien, la juzguen, o elucubren sobre por qué hace lo que hace y piensa lo que piensa. Y con ello me refiero a la gente en general pero también a mí mismo porque, como la mayoría,
tengo sentimientos encontrados. Ninguno estamos a salvo de prejuzgar,
despreciar o apartar a otras personas cuando sus valores, sus percepciones o
sus sentimientos no coinciden con los nuestros.
Yo mismo
me he visto dividido entre la admiración, la incomprensión y la repulsión al
indagar en la figura de Amarna Miller, ojeando su blog y algunas de las
entrevistas que ha concedido. Es difícil aun hoy, por más “liberados” que nos
creamos, asumir que alguien pueda entender y ejercer con tanta naturalidad el
sexo como profesión, negocio y/o espectáculo. Nos gusta consumirlo,
pero entraríamos en cólera si nuestra hija se dedicara a ello. ¿Hipocresía? Más
bien imperfección congénita humana. De nuevo: no nos culpemos, no nos
fustiguemos por no ser lo suficientemente “abiertos” o “modernos”. No todos
estamos hechos de la misma pasta. Porque si algo me ha quedado claro es que Amarna
Miller está hecha de una pasta muy especial. Ni mejor ni peor. Simplemente
distinta al resto de nosotros. Quizá sea una muestra del próximo escalón en la
evolución humana: una inteligencia emocional capaz de conciliar algunas de las
hasta ahora insalvables contradicciones del homo sapiens. O al contrario: su moralidad
innata acusa unas carencias que no serían beneficiosas para la especie. Pero también puede que sólo constituya un rara avis. Ya dije que no tiene por qué ser ni mejor ni
peor.
Ishtar, entre los semitas orientales, era equivalente a la Diosa del Cielo sumeria.
Por su relación con la fecundidad y la maternidad fue considerada diosa del amor,
tanto en el aspecto familiar como en el sensual y voluptuoso. De ahí el que fuera
la patrona de la prostitución sagrada, ejercida por hombres y mujeres
en los templos, de cuyo personal formaban parte.(Fuente aquí)
*
Pero una
cosa sí es innegable. Escuchar y leer sus confesiones me excita todavía más que
verla en acción. Quizá precisamente
porque, mientras la escucho o la leo, sigue presente la acción en mi memoria.
Su
transgresión me provoca, me repele, me intriga, me turba, me fascina, me ofende,
y me excita sobremanera a un tiempo.
Decía Ernesto Castro que el acoso de algunos feministas a Amarna Miller evidenciaba que se habían perdido el debate que se produjo al respecto en los setenta, y que entonces ya quedó claro que no podía confundirse la visualización o realización de fantasías “machistas”, o cuales fueran, con la implementación de esas mismas actitudes fuera del marco controlado de la representación. Feminismo precisamente significa –o debería significar- que las mujeres escojan libremente lo que les da placer, así como sus profesiones o aficiones, opinemos lo que opinemos de ellas.
Amarna Miller. Actriz porno española reciéntemente acosada por feministas puritanas en las redes sociales.
No fueron esas sus palabras exactas; he preferido expresarlo con las mías propias. Lo cierto es que yo también me perdí ese debate pero no por ello dejo de suscribir la posición que mantiene el profesor Castro. Supongo que hemos llegado al mismo razonamiento por caminos distintos. Si comento esta reciente anécdota es porque me ha hecho reflexionar largo y tendido sobre una cuestión que es más interesante y tiene más ramificaciones de lo que habitualmente se piensa. Para empezar, “pornografía” no es una categoría en absoluto objetiva. Lo que se considera pornográfico en una sociedad más bien recatada es considerado mero erotismo en otra con menos tabúes respecto al sexo. Recomiendo la lectura de un muy logrado ensayo sobre esto mismo, publicado hace unos años y que fue titulado ´La ceremonia del porno`. La pornografía ha suscitado siempre recelos y hasta abierta indignación en algunos sectores. Como todo. Como la libertad de expresión, como la libertad religiosa, como el ateísmo, el capitalismo o las drogas. Y si algo ha constatado la Historia es que intentar proscribir cualquiera de esas cosas, y tantas otras, no ha servido de nada. En todo caso, para empeorar las mismas circunstancias indeseables (al menos para algunos) que motivaron la cruzada contra ellas en primer lugar. El feminismo hace tiempo que está dividido entre quienes condenan la pornografía y quienes la toleran (o hasta la ensalzan). Por un lado se nos dice que la mayor parte de esa industria está dedicada a proporcionar al público aquellas “fantasías machistas” de las que hablábamos al comienzo. Por el otro se nos recuerda que nadie impide a los que optan por otro tipo de fantasías el representarlas y comercializarlas. De hecho no es un secreto que existe porno feminista, porno homosexual, porno sadomasoquista, y así un largo etcétera. Todo lo que un cierto número de personas demande le va a ser tarde o temprano ofrecido por alguien: regla básica de la economía. Si resulta que, aun así, sigue habiendo mucho más porno dedicado a hombres heterosexuales que fantasean con dominar a las mujeres y no con ser dominados por ellas es porque, sencillamente, son estos mayoritarios, y por su parte las mujeres son de media menos aficionadas a la pornografía. Ya está. No hay ninguna conspiración del “Patriarcado” ni de la industria del entretenimiento ni del Sursum Corda. Los hombres que fantasean con ser dominados por las mujeres, aunque sean menos, también cuentan con productos pensados para ellos. Si no hay más pornografía de ese estilo es porque se demanda menos. Una vez hechas estas aclaraciones, pasemos a analizar el papel de la mujer en el porno dedicado a hombres. Hay infinidad de perspectivas posibles desde las que analizar el asunto, y por más de ellas que resumiéramos aquí, siempre nos quedarían muchísimas cosas por decir que unos u otros considerarían pertinentes. Pero no le veo demasiado sentido a las divagaciones o elucubraciones morales; y tampoco creo que corresponda a nadie dictar los sentimientos y los valores con los que otros deben identificarse, por más “evidentes” que nos parezcan a nosotros. ¿Estoy defendiendo con ello un relativismo ético? No necesariamente. Pero tampoco es este momento de hacer una digresión sobre la moral, pues ello merecería un texto aparte, y bastante más extenso que éste. Lo que quiero hacer ver es algo más simple: las personas tenemos diferentes modos de percibir y vivir la sexualidad. ¿Hay unas “sanas” y otras “enfermizas”? Lo único verificable es que solemos considerar “sanas” las nuestras y “enfermizas” las de los demás; y esto tanto si somos puritanos como todo lo contrario. Es difícil por ello dictar desde nuestro sillón si lo que hace una mujer (o un hombre) la degrada, la humilla o la traumatiza porque no estamos dentro de su cabeza para saber realmente como ella (o él) lo percibe y lo experimenta.
Juez Potter Stewart, quien admitió en la Corte Suprema no poder definir la pornografía aunque, y cito, "la reconozco cuando la veo". * Todos reconocemos lo que es pornografía para nosotros, no así lo que es pornografía para los demás. Especialmente si nos movemos en distintos ámbitos culturales.
Y tampoco puede afirmarse, como se ha hecho tantas veces, que las fantasías que se representan en el cine pornográfico fomenten actitudes análogas en la vida cotidiana. Este error, tan común, y que se extiende a la violencia en los videojuegos y en las películas, parte del dogma asumido en los últimos siglos de que los seres humanos venimos al mundo como pizarras en blanco y que todo aquello que nos atrae o nos repele viene dictado por los patrones culturales en que nos hemos criado. Ya hemos citado aquí más veces la tan reveladora, a este respecto, obra de Steven Pinker. No nos extenderemos pues sobre ello. Pero resumiendo: ni los videojuegos ni el cine ni la pornografía crean ni promueven tendencia alguna; lo único que hacen es ofrecer a los diversos consumidores los diversos productos que demandan. Cualquier otra estrategia sería absurda desde el punto de vista comercial. De hecho, sería más interesante hacerse la pregunta contraria: si no habrá favorecido la pornografía, en vez de una suerte de hiper-sexualización, una disminución de los actos impulsivos de la más diversa índole, al constituir una vía de escape de esos instintos reprimidos con la que antes no se contaba (o que al menos, no era de tan fácil acceso como hoy). Si hiciésemos un estudio al respecto ponderando el peso de otros factores en una hipotética disminución estadística de violaciones y acosos, complementándolo con un seguimiento en un largo periodo de antiguos criminales sexuales en diverso grado, quizá los resultados que obtendríamos –y digo quizá- nos harían plantearnos la posibilidad de que la pornografía tuviese una función social nada desdeñable. En tal caso podrían considerarse a las actrices porno (más que a los actores, puesto que la mayoría del mercado es masculino, y la mayoría de los varones son heterosexuales) casi unas heroínas, unas benefactoras de la Humanidad. Y manteniendo el tono serio y jocoso a un tiempo, porque el tema casi parece exigirlo, tampoco podríamos dejar de lado la discusión, acaso la más central o más habitual, en torno a la “cosificación de la mujer”. Lo cierto es que es difícil negar que la mujer sea concebida como “objeto sexual” en estos tipos de representación de fantasías masculinas. Pero es más difícil negar que la cosificación a que se ve sometido el hombre es todavía mayor. Al fin y al cabo, si la mujer se ve reducida a su cuerpo (aunque puede argüirse que su éxito no depende sólo de su apariencia sino casi en la misma medida de su “actuación”), el hombre se ve reducido a una sola parte de su cuerpo. Como dijera Marx del obrero industrial, “se secciona al individuo mismo, se le convierte en un aparato automático adscrito a un trabajo parcial, dando así realidad a aquella desazonadora fábula de Menenio Agrippa, en la que vemos a un hombre convertido en simple fragmento de su propio cuerpo.” Y no será menos interesante abordar el asunto de los patrones de belleza. Normalmente es a la industria de la moda y la publicidad a quien se acusa principalmente de fomentar estos “estereotipos extremos e irreales”, pero desde luego que también se ha acusado de ello a la pornografía. No vamos a extendernos sobre si estos patrones son impuestos o no, aunque ya habremos dado alguna pista antes al mencionar la Tabla Rasa de Pinker. Lo cierto es que sí hay proporciones, siluetas y simetrías que resultan en general más atractivas, tanto en el caso de los hombres como de las mujeres. Lo que no hay, o al menos no tan claramente, es un nivel concreto de grasa corporal que resulte óptimo en cuanto a atractivo: eso sí depende más de las latitudes y las épocas. Por ello comprobamos como en el Caribe gustan más las mujeres algo rellenitas y en Polinesia los hombres incluso más que rellenitos, a diferencia de como ocurre hoy en Occidente. Sin embargo, es justamente en la pornografía donde menos se aprecia esa “dictadura de la delgadez”, puesto que esta industria, hoy tan diversificada, ofrece todos los productos audiovisuales que el consumidor pueda demandar; y las mujeres rellenitas y con curvas son más demandadas de lo que muchos seguramente creerán. Pero aquí debemos hacer un alto en el camino y aclarar algo importante: de todo lo anterior no se deriva aquello de que practicar sexo sea “como beberse un vaso de agua”. Si ustedes han leído más textos de este blog seguramente ya sabrán que esa me parece una idea bien ridícula: el sexo no es “inofensivo” ni “inocuo” puesto que tanto en la Naturaleza como en la Civilización comprobamos que ha sido una de las mayores fuentes de conflicto. La “liberación sexual” que con tanta convicción abrazaron los jóvenes en los Setenta (quizá desde un poco antes y hasta un poco después de esa década) fue origen de grandes dramas y grandes frustraciones. Y aquellos jóvenes idealistas convencidos de que los celos y la fidelidad eran una imposición cultural acabaron aprendiendo por las malas que en realidad eran instintos que formaban parte de su naturaleza y que era imposible (al menos para la mayoría) apartarlos sin más de sus conciencias. ¿Esto quiere decir que para todo el mundo resulte igual de problemático y comprometedor el sexo? Obviamente no. Tanto nuestra predisposición genética como el carácter que desarrollamos a lo largo de nuestras vidas hacen que los individuos enfrentemos la sexualidad, igual que muchas otras cosas, de maneras muy diversas. Los hay que son incapaces de dormir con alguien una noche sin enamorarse como colegiales. Los hay que son capaces de compartir lecho con multitud de personas sin llegar a sentir lo más mínimo por ninguna de ellas. Esos son los dos casos extremos: entre medias, nos hallamos seguramente la mayoría. Entonces, ¿los actores y actrices porno pertenecerían al primer grupo que describimos? Puede que sí y puede que no. Podemos preguntárselo a ellos, uno por uno; y seguramente obtendríamos respuestas bastante variadas. Seguro que no son de los que se enamoran de cualquiera con quien practiquen sexo, porque les incapacitaría para desempeñar su profesión; pero más allá de eso, no podemos estar seguros de cómo afrontan el sexo a nivel personal todos y cada uno de ellos. Podemos suponer, desde luego, que en general predomina el componente lúdico. Aun así, no podemos asegurar que no constituya en algunos casos una experiencia mística o trascendente. Y es que, puestos a ser iconoclastas, no puedo desaprovechar esta oportunidad de rescatar mi tesis sobre la “metafísica del sexo”. Confieso que la tentación de hacerlo es superior a mis fuerzas. En el libro de Barba y Montes que antes mencioné se incide en el hecho de que la pornografía, por muy tosca y de mal gusto que nos parezca, es una cosa muy seria en el momento de su realización y su visualización. Luego queda de nuevo relegada al cuarto oscuro que no queremos mostrar a nadie; ni a nosotros mismos. Pero en el momento preciso de ejecutarla o contemplarla, se trata de todo un rito, una ceremonia, quizá un aquelarre: un rito religioso invertido. Por ello podemos hablar de una iniciación, un compromiso, y por supuesto una comunión y un éxtasis religioso; sin comillas, pues..¿en qué otra situación que no sea ver pornografía o practicar sexo estamos más cerca del sentimiento de fundirnos con la eternidad y contemplar el rostro de Dios? ….
*
Al escribir sobre pornografía, uno ya sabe a quién habla: a gente como uno mismo.
Gente que a veces la consume o la practica, la solicita o la teme,
la admira, la calibra, la sopesa con precaución o la disfruta.
Quizá no nos paramos demasiado a pensarlo, pero lo cierto es que todos asumimos creencias; dicho de otro modo, todos sostenemos opiniones no validadas racional y/o empíricamente. Es en ese sentido en el que afirmo que todos somoscreyentes. El cerebro no es un instrumento al servicio de la ciencia, sino de la supervivencia. No tener ideas fijas y andar siempre dudando no es la mejor receta para enfrentarse a un entorno hostil. El filosofar y perseguir honestamente la verdad es un privilegio que no se podían dar los primeros homo sapiens.
Si admiramos y valoramos tanto el método socrático es, entre otras cosas, porque representa una cima del pensamiento difícilmente alcanzable. ~
Y dado que nos es imposible ser racionales todo el tiempo y sobre todas las cosas, unos relegan al espacio de las creencias lo referente a la muerte y el porqué de la existencia, mientras otros hacen lo propio con cosas más mundanas como la política, la economía, la historia, la antropología... Y visto así, se me ocurre que quizá las personas más inclinadas hacia lo espiritual, lo religioso, sean más capaces de mostrarse racionales en aquellas cosas para las que resulta más vital serlo; suponiendo que lo que se pierde por un lado, indefectiblemente, se gane por otro. Sé que es una hipótesis provocadora, pero la encuentro de interés y voy a intentar desarrollarla. Lo que hay tras la muerte o las reglas que rigen el Universo no afectan en gran medida a lo que acontece en el mundo. Puede que afecte más a cómo vivimos nuestra vida; y en ese terreno quizá sea sobre todo para bien. Siempre que sepamos separar el ámbito de lo físico y de lo metafísico, siempre que no mezclemos la ciencia con la creencia, lo que pensemos sobre la muerte o sobre el “plan divino” no tiene por qué afectar a nuestro juicio intelectual sobre las cosas mundanas. Pero sí afectará, creo que de manera principalmente positiva, a cómo nos enfrentemos al hecho de vivir. Muchos se han preguntado por qué las religiones se han expandido tanto en el espacio y en el tiempo. Quizá sea ésta una de las razones principales: porque hacen posible eliminar gran parte de la angustia existencial frente a la muerte y el aparente sinsentido de las cosas; porque nos permiten aligerar la enorme carga de dudas que portamos a nuestras espaldas. Y sólo así, quizá, podemos concentrarnos en aquellas preguntas que sí podemos responder, en aquellos enigmas que sí podemos descifrar, y en aquellas materias que sí afectan a nuestra vida diaria. Quizá si contamos con una explicación satisfactoria al sentido de la existencia y a lo que hay tras la muerte podemos dedicarnos más plena y despreocupadamente a nuestros quehaceres cotidianos. De hecho, no es un secreto que multitud de científicos son además creyentes, o teístas no dogmáticos. Y prescindiendo de aquellos que intentan defender el creacionismo, o que consideran al óvulo recién fecundado dotado de alma y juzgan inmoral la investigación con células madre, no tienen por qué ser malos científicos.
~
Uno de los retos más poderosos que se le plantean a alguien que pretende entender la razón de las creencias es encontrarse con personas inteligentísimas que son capaces de sostener las ideas más absurdas. Al principio uno se debate entre la pura perplejidad y la inclinación a tomar más en serio tales ideas, dado que “si no hubiera algo de verdad tras ellas, alguien con ese intelecto y ese nivel académico jamás las sostendría”. Pero lo cierto es que no hay apenas límites para aquello que una persona inteligente o cultivada puede llegar a defender. No hay apenas vinculación entre el nivel intelectual de alguien y aquello que está dispuesto a creer. He llegado a esa firme conclusión. Y tampoco es que sea una conclusión llamativa, dado que tenemos todos en la mente multitud de ejemplos al respecto.
~
Es algo notorio que, por más poderosas razones que se tengan en contra, en ocasiones la gente manifiesta una firme voluntad de creer, ya sea en Cristo, en Mahoma, en Rael, en el socialismo, en el Estado mínimo, en la nación, en el destino.. ~
Considero esto una de las mayores lecciones de humildad: andamos constantemente mofándonos de las creencias de los demás mientras sostenemos, a buen seguro, otras tantas no menos ridículas. ¿Han hecho ustedes un examen exhaustivo de todas las opiniones que mantienen? ¿Han realizado un esquema en que se desglosen las pruebas racionales o empíricas que fundamentan tales opiniones? ... ¿No hay una buena parte de ellas en que ese apartado está en blanco? … ¿Y no son, ya no una parte, sino todas ellas verdades provisorias? ¿No son, en general, explicaciones que nos satisfacen a falta de una mejor?
Deberíamos todos quitarnos complejos o chovinismos sobre nuestras respectivas culturas. Es muy común toparse, ya con afirmaciones de superioridad, ya con reservas ante las “invasiones” que malogran la “pureza” de tal o cual civilización. Pero ambas resultan ser apresuradas y poco razonadas. Un europeo puede creer que su civilización ha inventado prácticamente todo, y un africano, asiático o amerindio puede sentir complejo de la suya propia al asumir esa creencia. Sin embargo, sabemos positivamente que ninguna cultura o civilización sobre la Tierra ha inventado ella sola, sin influencia alguna de las demás, todas las técnicas y saberes que atesora. De hecho, las civilizaciones que hoy conocemos, tanto las que aún sobreviven como las que ya desaparecieron, no habrían logrado ni la cuarta parte de su esplendor si se hubieran visto completamente aisladas del resto de la Humanidad.
La cultura romana es heredera de la griega, y ésta a su vez es deudora de la egipcia, fenicia, persa, minoica y cretense. ~
El ser humano no ha dejado todavía de ser un animal que aprende por imitación. Así, a lo largo de la historia todas las culturas copiaron de otras aquello que entendieron que les era de utilidad; y transcurrido cierto tiempo, a no ser por historiadores y eruditos, la procedencia de los saberes que había acumulado una sociedad le era por completo desconocida a sus habitantes.
De esta forma van recogiendo sin interrupción las civilizaciones enseñanzas de otras civilizaciones en un proceso acumulativo donde las aportaciones de cada una de ellas acaban tarde o temprano alimentando un “fondo común” de técnicas y saberes que hace a todas progresar muchísimo más rápido de lo que lo hubieran hecho completamente aisladas unas de otras. Pero además ese proceso se repite incontables veces, retornando a aquel “fondo común” los hallazgos que ya son resultado del diálogo entre culturas; y así se retroalimentan y aceleran los progresos hechos a partir de ese intercambio o mutua imitación.
Lo que es seguro es que si cada una de estas civilizaciones, presentes o pasadas, hubiera evolucionado en planetas distintos, ninguna de ellas habría superado la Alta Edad Media.
Creo que si tuviéramos más a menudo ésto en mente se esfumarían muchas preocupaciones y malas conciencias que nos mantienen peleando por asuntos de menor importancia y nos obligan a desatender otros mucho más urgentes.
Tomemos el ejemplo de Iberoamérica. Un descendiente de amerindios y un descendiente de europeos no deberían sentir complejo de inferioridad el uno y de culpa el otro; no tienen por qué andar buscando justificaciones para sentirse cómodos en la sociedad que les ha tocado cohabitar. Para empezar, porque no son ellos responsables de las acciones de sus respectivos antepasados que los condujeron a compartir hoy un territorio, una lengua y unas costumbres. Pero además, porque imaginar ucronías en que sus caminos no se hubiesen cruzado no tiene el más mínimo sentido.
Intentar hallar la genealogía de distintos procesos civilizatorios con objeto de comparar el “valor” de uno y otro es una total pérdida de tiempo, precisamente por lo que dijimos antes: nadie puede realmente demostrar que la cultura de la que procede ha aportado más al mundo que ninguna otra. En todo caso puede afirmarse que hubo algunas que supieron copiar más y mejor, o que sencillamente ocuparon el lugar y el momento adecuado para nutrirse de más y mejores influencias que los habitantes de otras latitudes.
Uno de los factores por los que la civilización occidental nació en el Mediterraneo fue indudablemente la facilidad que este enclave geográfico ofrecía para el contacto e intercambio entre muy diversas culturas. ~
Alguien copió al primer descubridor del fuego. Alguien copió al primer inventor de la rueda. Alguien imitó al primer homo sapiens al que se le ocurrió crear sonidos de forma rítmica, transcribir el lenguaje en signos de tipo gráfico o transmitir valores y enseñanzas a través de historias.
Al asumir este relato, asumimos con él la idea de que las técnicas, los saberes y el resto de los logros de la/s civilización/es no tienen dueño ni pueden tenerlo. Nadie puede reclamar el mérito, y mucho menos la autoría, por ninguna de las creaciones humanas que hoy forman parte de un patrimonio común. Esas creaciones están ahí para ser imitadas, adaptadas, y mejoradas ininterrumpidamente. Los logros inmateriales del ser humano fueron, son y seguirán siendo por siempre propiedad comunal.
1. El relato de las conquistas sociales: ¿verdad o mito? Es muy difícil que sea necesario prohibir algo que no es malo, bajo el pretexto de una perfección imaginaria. (Montesquieu) El lumpen-proletariado se abre paso como puede en los márgenes de la civilización. Se dedica a pequeñas chapuzas, a la venta ambulante, o se mete a trapichear con drogas, al tiempo que malvive de subsidios. Sus caminos están colapsados, sus esperanzas truncadas. Ve muy pocas salidas a esta situación y no percibe en el horizonte señal alguna de mejora en un futuro cercano. Como digo, sus vías de acción son escasas. No tiene ni la formación ni la experiencia para lograr que le contraten por el sueldo mínimo estipulado, ni mucho menos para que ningún empresario grande o pequeño se arriesgue a asumir el coste de un posible despido, también estipulado, dado que esa escasa formación y experiencia no le ofrecen a este último la confianza suficiente. Podría contratarle por menos dinero y prometerle también menos en caso de despido; y dado el caso, este obrero poco cualificado podría demostrar la diligencia y ambición que le abriesen poco a poco el camino del mercado laboral e ir conquistando cada vez mayores cuotas de bienestar y reconocimiento social. En vez de eso, se quedará atrapado en este círculo vicioso casi de por vida. Pero nada de ésto es, como suele aducirse, culpa de la sociedad, ni de la clase empresarial.. ni del capitalismo… SINO DE LAS LEYES. Leyes que se nos han vendido precisamente como “conquistas sociales” que favorecen a los más débiles. La intención de este relato es, pues, mostrar que a quienes protegen estas supuestas conquistas sociales es, en todo caso, a los más fuertes de entre los débiles, esto es, a la aristocracia proletaria, que disfruta de notables privilegios, así como de una barrera artificial a sus competidores; y que a quienes perjudica, y en muchos casos trunca por completo sus esperanzas, es a los más débiles de entre los débiles: el llamado lumpen-proletariado. Pero no sólo se ven perjudicados por estas trabas que las leyes imponen a empleador y empleado, sino también como resultado de las subidas de salario forzadas mediante huelgas y boicots. Por mucho que se insista en ese mítico relato de las “conquistas sociales”, según el cual toda mejora en la calidad de vida del obrero se debe a la presión (y la violencia) ejercida por éste, lo cierto es que la economía no funciona de la forma que imaginan algunos. Para empezar, apenas se tienen en cuenta todos los efectos colaterales de tales “conquistas”. Y es que en efecto son conquistas, pero entendidas en sentido militar: arrebatarle a otros parte de lo que les pertenece y adquirir privilegios o ventajas sobre ellos. Usando la conocida fórmula de Bastiat, lo que se ve es el aumento de salario y mejora de las condiciones laborales de quienes ejercen con éxito la presión sobre el empresario; lo que no se ve son los obreros que este empresario deja de contratar y las inversiones en capital fijo* que deja de hacer debido a la disminución de su capital variable*. Lo que se ve es el mayor bienestar alcanzado por los obreros favorecidos; lo que no se ve es el aumento del precio de los bienes o servicios ofrecido por esa empresa derivado de la pérdida de competitividad. Es absurdo pensar que el aumento progresivo de los salarios que hemos visto en las pasadas décadas se deba a las demandas de los sindicatos. Si lo analizamos someramente, enseguida nos percatamos de cuán ridícula es esa idea. Para empezar, implica asumir que todo empresario (grande o pequeño) dispone de fondos ilimitados. Pero implica además no prestar atención alguna al aumento de la productividad. Los salarios en USA subieron más rápido que los salarios en Europa, a pesar de estar aquel país mucho menos sindicalizado que los nuestros. Vemos, por tanto, que el poder adquisitivo de la clase obrera (incluso de esa parte de ella que resultó privilegiada) no aumentó tanto gracias a las subidas de salario forzadas como al aumento de la productividad (derivado de una mayor inversión en maquinaria) y a la disminución del precio de los bienes de consumo; factores que obviamente no tienen relación con los “derechos sociales” sino con la “salvaje competitividad” del capitalismo. Las huelgas, las demandas y las presiones ejercidas por los sindicatos lograron, como digo, privilegiar y proteger a parte de la clase obrera al precio de perjudicar al resto, aunque también en gran medida a los mismos que pretendían proteger, pues la productividad, así como el abaratamiento de los bienes y servicios, habría aumentado todavía más de haber dejado a la “salvaje competencia” operar de forma natural. ¡Ea! ¡Ahí tienen el verdadero rostro de sus “conquistas sociales”!, despojado de los bellos ropajes con que lo ha vestido esa clase política que pontifica sobre el mercado laboral, aunque rara vez haya tenido que abrirse paso en él. Y ahora que lo han contemplado sin ornamentos ni maquillaje, digieran el mal trago y, tras ello, procuren ser honrados y obrar en consecuencia.
(*Capital fijo y capital variable son los mismos términos que usaba Marx para referirse en el primer caso a los medios de producción, como edificios y maquinaria, y en el segundo a la liquidez, materias primas y mano de obra.)
~
2. ¿Es la libertad un bien divisible?..¿Y quién tiene legítimidad para dividir y administrar la de los demás? Nadie puede fiarse sin peligro de las opiniones ajenas, porque descubriría que las opiniones de los otros no concuerdan entre sí. (Lysander Spooner) Antes pintábamos una estampa que a todos nos es muy familar: la del menudeo en los barrios marginales. Y nos viene muy bien retomarla, dado que el tráfico de drogas ilegales, en cuanto economía sumergida, guarda un estrecho paralelismo con el mercado laboral. Muchos se percatan muy bien de que la prohibición de determinadas sustancias no elimina estas sustancias de la sociedad sino que tan sólo obliga a comerciar con ellas en la economía informal, lo cual las encarece y hace disminuir su calidad. Pues bien, la prohibición de trabajar por menos de un sueldo estipulado y sin las condiciones que marca el gobierno de turno tampoco hace desaparecer del mapa a los obreros y empresarios que están dispuestos a firmar ese tipo de contratos. ¿Por qué les resulta a algunos tan fácil percibir esa lógica en materia de drogas ilegales pero les es tan difícil verla en este otro ámbito, cuando el razonamiento que subyace es exactamente el mismo? No es la multitud de tabernas la causa de la disposición general al alcoholismo entre el pueblo llano, sino que esa disposición, originada en otras causas, necesariamente da pie a que haya una multitud de tabernas.(Adam Smith) He aquí una frase que puede enseñarnos mucho más de lo que parece a primera vista. Si la culpa del alcoholismo no es de quien vende alcohol, tampoco permitir la venta de otras sustancias adictivas va a hacer que la gente se vuelva más viciosa, ni prohibirla va a hacer que se torne más virtuosa. Pero si seguimos tirando del hilo, nos daremos cuenta de que la misma lógica es extrapolable a todos los bienes de consumo. Ni permitir la prostitución legal va a aumentar la demanda de servicios sexuales, ni permitir la venta y posesión de armas va a aumentar el número de homicidios (en este último caso, más bien puede hacer que disminuyan, puesto que prohibir las armas es la mejor manera de asegurarse de que sólo las tengan los malos y de que los buenos no puedan defenderse). La libertad nunca es el problema. La prohibición nunca es la solución. Y si el lector sigue suscribiendo lo hasta ahora planteado, deberá aceptar finalmente que prohibir que la gente trabaje por menos dinero del que a nosotros nos parezca justo tampoco va a impedir que lo hagan en la economía sumergida (a costa de asumir más riesgos, lo mismo que en el caso de las drogas); ni mucho menos va a lograr que los empresarios (grandes o pequeños) paguen más de lo que les permite su margen de beneficio. Lo verdaderamente llamativo es que haya tanta gente que suscribe la posición que hemos defendido aquí en materia de drogas y prostitución (no sé si tanto en materia de armas) pero que se resiste a admitir que la lógica que hemos aplicado al mercado laboral sea exactamente la misma. Muchos entienden perfectamente que lo que hay detrás de los prohibicionismos en general es ignorancia y moralismo, además de una postura inmadura de negación de la realidad. ¿Cómo es, pues, que lo aplican a unos ámbitos sí y a otros no? Quizá porque en efecto poseemos sesgos que nos impiden aplicar el mismo razonamiento a todas las situaciones, el programa de los partidos políticos sigue basándose esencialmente en estas dos propuestas: PROHIBIR Y OBLIGAR. La política, en la inmensa mayoría de los casos, sigue pensando que prohibiendo a la gente hacer según qué cosas y obligándola a hacer según qué otras va a “construir una sociedad mejor”, en vez de una más agobiada por las trabas que constantemente se empeña en ponerle la clase política y cada vez más resabiada y dispuesta a saltarse las normativas como sea (por ejemplo, mediante el soborno a los funcionarios).
~
Llegó la época en que todos han pretendido colocarse fuera y por encima de la humanidad, a fin de arreglarla, organizarla e instituirla a su manera.(…) Ya pasó más de siglo y medio desde que se anunció esto. Y parece que seguimos en las mismas. ¿Cuánto tiempo más toleraremos la arrogancia de ciertos hombres? ¿No habían quedado muy atrás el derecho divino y el despotismo ilustrado? ¿O es que aquella legitimidad, lejos de morir, meramente pasó de manos de los reyes a las de políticos e intelectuales? (…)Miserables, que tan grandes os creéis, que juzgáis a la humanidad tan pequeña, que todo lo queréis reformar. Reformáos vosotros mismos; con esa tarea os basta.
(Frédéric Bastiat) Son estos hombres llenos de arrogancia los que nos conceden fracciones de libertad, administradas con un cuenta gotas que sostiene una mano temblorosa, aterrorizados de lo que pueda pasar de concedérnosla entera. Son estos seres que se colocan fuera y por encima de la humanidad los que dedican sus "hondas reflexiones” a averiguar qué cosas seremos capaces -nosotros: mortales- de decidir por nosotros mismos y cuáles es mejor que sigan decidiendo ellos. Y dependiendo del espectro ideológico en que se ubiquen estos “prohombres”, se inclinarán por unas o por otras. Liberalizar las drogas, por ejemplo, es una demanda que suele proceder de la izquierda. Liberalizar la economía en general, por el contrario, se asocia más a la derecha. Extender la libertad de expresión de nuevo acostumbra a proceder de la primera. Pero si hablamos de libertad de acción, volvemos a ubicarnos en la segunda. El respeto a la libre elección en materia sexual y afectiva nos es concedido por la izquierda. Pero en materia moral y axiológica por la derecha. Reconocer el derecho de secesión a un territorio.. de izquierdas. El de los padres a elegir la educación de sus hijos.. de derechas. Aborto: izquierdas. Gestación subrogada: derechas. ¿Pero qué sucede si alguien quiere defender todas esas libertades a la vez? ¿Qué ocurre si ese alguien no las percibe como entes separados, sino como diferentes manifestaciones de un mismo principio? Da la impresión de que la única opción que no se contempla en materia de libertad es que alguien se muestre al fin CO-HE-REN-TE.