Filosofía, Metapolítica, Aforismo, Poesía.

martes, 16 de junio de 2015

Sobre demagogia y "verdades evidentes".

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Hay que tener mucho ciudado con aquello que calificamos de "evidente".
Muchas veces tomamos por "evidencia" lo que es en realidad 
apariencia, aproximación superficial, 
o hasta impresión engañosa.
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Existe un discurso tan viejo y tan extendido como falaz: aquel que reza algo así como "gobiernan en interés de los ricos". ¿Verdad que lo tomamos muy a menudo por algo "evidente"? Claro, los ricos se alían entre sí para quedarse con todo, y así, los menos ricos y los pobres se quedan sin nada. Ellos se lo guisan, ellos se lo comen. 

Pues bien, analicemos esto con un poco de profundidad, a ver si ocurre realmente así (y sobre todo, si es lógico y natural que así ocurra). Además de aquello de "gobernar para los ricos", todos tenemos oídos los conceptos "partitocracia" y "oligarquía"; y la mayoría identificamos esta última con un grupo privilegiado donde podemos encontrar, igual políticos que industriales, igual banqueros que dueños de medios de comunicación. Imagino que gran parte de los que entienden de este modo la oligocracia estará pensando en políticos, industriales, banqueros y dueños de medios CONCRETOS, es decir, no TODOS los políticos, banqueros, ... 
Que la paguen, en todo caso, quienes sean los responsables, esto es, oligarcas
y privilegiados que no juegan con las mismas reglas que el resto,
ya sean de procedencia "burguesa" o "proletaria".
Pero entonces, ¿por qué seguimos diciendo "los ricos" cuando nos referimos en realidad a "algunos ricos"?? 

...La lucha de clases, el unos contra otros, las visiones maniqueas y facilonas... ¿Qué útiles nos resultan para manejar a las masas menos cultivadas y menos reflexivas, verdad? ...

¡Pero seamos serios por un momento! -y de este momento en adelante, por favor, procuremos ser algo más rigurosos y responsables- ¿Qué esperan ustedes, los grandes agitadores y demagogos?, ¿que creamos que "los ricos que están cerca del poder y que solos se lo guisan y se lo comen", teniendo acceso privilegiado a beneficios rápidos, prefirieron repartirlos con todos los demás ""burgueses"" por... conciencia solidaria de clase?? 

¡Una de dos: o nos toman por tontos, o les toman aun por más tontos a ellos!

Lo cierto es que, ricos o no de origen, los que hoy son miembros de la oligarquía se han enriquecido enormemente por formar parte del aparato del Estado, por ser una casta privilegiada. Pero todos aquellos que eran ricos antes o que lo han llegado a ser durante este periodo, pero alejados de la órbita estatal, dudo mucho  que hayan recibido prebendas, sino más bien todo lo contrario; pues habrán tenido que luchar contra una competencia por completo desleal ejercida por quienes sí estaban cerca, o formaban plenamente parte, de esa órbita de "gente V.I.P."
-Siempre que seamos plénamente conscientes de qué se entiende por
"los de arriba", yo mismo seré el primero en suscribir este lema.-
¿Por qué, pues, algo tan evidente pasa desapercibido para tantos propagandistas políticos? ¿Es que creen realmente en aquello que dicen.. se han logrado convencer de ello?, ¿o es que son tan maquiavélicos que deciden consciéntemente hacer mezquino uso de los "odios de clase", a sabiendas de la falsedad que se esconde detrás, pero calculando el mayor sector de población que podrán alcanzar si "simplifican" el discurso? Esto sería ciertamente grave, pero voy a pensar que están realmente convencidos de lo que dicen. Aunque, créanme, no sé qué es peor: La primera suposición los deja como auténticos canallas sin escrúpulos, pero la segunda como irreflexivos y poco menos que estúpidos.

De verdad que no sé cual de las dos resulta más desalentadora..



martes, 9 de junio de 2015

"Evola: Permanecer en pie sobre las ruinas, orientarse en medio del caos" (III)

Cerramos el "ciclo evoliano", es decir, estas aproximaciones por pasos sucesivos -tres en concreto-, con las que hemos querido entresacar aquellas percepciones de Evola que desde aquí juzgamos acertadas, pero sobre todo, dignas de ser "hilo del que tirar" en lo sucesivo. Eso sí, con paciencia y sosiego parejas a la determinación por llegar hasta el fondo; las implicaciones de estas percepciones son demasiado vastas y diversas para digerirlas todas de vez. Lo que conviene, pues, es ir escalando posiciones intelectivas, ir conquistando certezas y recogiendo las pequeñas gemas y diamantes que serán los valores espirituales y filosóficos que hemos sumado a nuestro acervo, consiguiendo, pues, enriquecerlo al final del proceso.

De esto es de lo único que se trata, en esencia, toda reflexión humana llevada a su más alta expresión. Cosa que, aunque nos esté vetada a los que no somos un Nietzsche, un Ortega o un Spinoza, tampoco puede ser un pretexto para cultivar el conformismo intelectual.

Esta última parte de las que son mis primeras aproximaciones a las ideas evolianas (seguro habrá segundas y terceras) me propuse dedicarla toda ella a la cuestión espiritual, pero me he dado cuenta, finalmente, de que hay otras dos temáticas que sería interesante colocar junto a ella; estas serían la nación y la raza. Las abordaremos en primer lugar.

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NACIÓN, ESTADO, E ILUSTRACIÓN.

La nación y el Estado modernos se caracterizan, los dos, por ser procesos que tienden a la homogeneización, a la nivelación de todos los, súbditos primero, ciudadanos después (palabras, nada más que palabras). El mito patriótico es creado, según el mismo Evola, pensando en el "vulgo", en el "pueblo llano", y dirigido, por tanto, a una mentalidad escasamente cultivada; por eso es juzgado por el autor como decadente, disolvente, palabras que ya usamos  cuando nos referimos a las referencias de "lo alto" y de "lo bajo" en la anterior parte.

El estado-nación como lo conocemos hoy no existía antes de los Reyes Católicos, el Despotismo Ilustrado y la Revolución Francesa (referencias que representarían los tres pasos que siguió este invento, perfeccionándose en cada una de ellas.) En el mundo tradicional, uno tenía varias pertenencias: al estamento, al gremio, a la lengua, a la religión, a su condado, a su municipio, a su orden de caballería, a su orden monástica. Nada que ver, por tanto, con la tan preponderante pertenencia a la nación, tal como se dió en los dos pasados siglos -aunque pugnase, en cierto momento, con la clase social, la raza o la religión-. Pero lo que a mi más me interesa resaltar en ello es el sumo empobrecimiento de la sociedad civil que supuso, si lo comparamos con la rica diversidad de formas de poder, de representación, y de identidades grupales que hubo en el Medievo o en la Era Clásica.
En el Estado Moderno sólo somos números, expedientes, grandes sectores muestreados. Igual ricos que pobres, eruditos que sabios populares, todos estamos reducidos POR IGUAL al anonimato, a la estadística, a la ciega burocracia.

Podemos ver con claridad como el mito patriótico y toda clase de nacionalismo se adecúa a ese carácter disolvente que, ya dijimos, es la esencia más nuclear de lo que Evola llama Modernidad (la cual no se corresponde exactamente con la Era Moderna, dado que él coloca el punto de inicio de esta "disolución" en la primera expansión del Cristianismo, si no antes.)

Es, por otro lado, normal que la gran masa se sienta en mayor medida identificada con sus vecinos, sus "compatriotas". Pero no tiene por qué ser el caso de quienes no encajan con el promedio, que pueden sentirse mejor integrados en una comunidad trans-nacional de intereses afines.

De hecho, Evola presiente que en esta fase final de la crisis civilizatoria, será la pertenencia a una causa, a una aspiración común, la que unirá a los individuos cada vez más por encima de su nacionalidad. Intuición que yo creo acertada.


*
RAZA, ESPÍRITU, Y CIVILIZACIÓN.

"La sangre, la pureza étnica, son elementos que, incluso en las civilizaciones tradicionales, tienen su valor: valor cuya naturaleza no justifica el empleo, para los hombres, de los criterios en virtud de los cuales el carácter de "pura sangre" decide perentoriamente cualidades de un perro o de un caballo, como han afirmado, o poco más, algunas ideologías racistas modernas."

(Julius Evola, ´Revuelta contra el Mundo Moderno`.)

Aunque aquí, como en otras tantas citas, el autor parece dejar clara su posición frente al racismo biologicista -es decir, aquello que niega, o que cuestiona-, no queda igual de claro qué es lo que afirma. Y esta dificultad aumenta al tornarse la raza, en su pluma, una cuestión más compleja de lo que era el mero hecho biológico, tras la inclusión del alma y el espíritu como naturalezas superpuestas al mismo. 

Algo dijimos ya sobre esto en la primera entrega del ensayo. Las polémicas siguen suscitándose y los propios estudiosos no se ponen de acuerdo sobre la delimitación de la "doctrina racial" evoliana . 

Sí hemos logrado, al menos, entresacar una síntesis de su posición en materia de mestizaje: Para Evola, cuando la pureza de la "raza espiritual" decae, poco importa ya la pureza biológica; pero cuando la primera está en su apogéo, apenas pueda dañarla la pérdida de la segunda, esto es, el mestizaje -a no ser que sea masivo-. Y todo lo que sea aplicable a la raza, se aplica igualmente a la civilización creada por ella, ya que se la considera la natural expresión y desenvolvimiento de aquella "materia prima".

Hecha esta síntesis, confieso que yo, más allá del interés que me suscita toda teoría que tenga al ser humano por objeto, no me tomo demasiado en serio las tesis raciales evolianas; máxime cuando me habla de un proceso de involución, prácticamente, del dios al animal. No me interesa, pues, su visión antropológica asumida hasta sus últimas consecuencias; pero sí hallo interés en el mito de la divinidad perdida, precisamente ASUMIDO COMO MITO. 

Al igual que el mito -y quizá realidad- de la Edad de Oro que vendrá tras el Kali-Yuga, son IDEAS-FUERZA con la capacidad de mover potentes sinergias en nuestro ánimo, en nuestra imaginación, en nuestro espíritu, Y EN NUESTRA VOLUNTAD. 
Por eso y no por otra cosa, POR PRAGMATISMO VITALISTA y no por compromiso con ninguna "verdad metafísica", percibo y asumo el valor intrínseco a este relato.

Como conclusión provisional a este apartado, y para  acercarlo a su dimensión más cotidiana, puede venir a colación recordar que, antiguamente, cuando se decía que alguien era "de raza", se hacía referencia sobre todo al carácter. Y a este efecto, el "Mito de la Sangre" jugó un papel, a veces útil, a veces algo equívoco.


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MITO Y RELIGIÓN.

Habida cuenta de la confusión actual provocada por las decenas de sectas, cultos y sincretismos, y de la degradación general de la que participan todos ellos, para Evola queda claro que la orientación espiritual del hombre de hoy no puede venir de ninguna de estas tendencias, la mayoría de las cuales sólo expresan los "signos desesperados de los tiempos" de los que he hablado largamente en otro ensayo que guarda estrecha relación con éste.

Vimos en la primera parte que el existencialismo supuso un callejón sin salida. Y conviene destacar ahora uno de los motivos por lo que esto es así, y que no mencionamos entonces. Los existencialistas arrastraban, quizá sin ser conscientes, un "pecado" del propio cristianismo; a saber: la negación, omisión u olvido de la pre-existencia del alma -o, para ser más rigurosos, del espíritu-. Grave "pecado" cristiano y post-cristiano cuyas consecuencias en toda la metafísica y en el ánimo del hombre de Occidente han sido profundísimas. 

...Y de ahí el "ser arrojado al mundo", de ahí la "insoportable levedad del ser"...

Para ser concisos sobre esto, podemos decir que Evola concluye, a grandes rasgos, lo mismo que ya concluía en una frase que hizo suya el chileno Jodorowsky: "Sólo sé que antes de nacer fui algo, y que después de morir también seré  algo". No nos parece una mala máxima -y ya es más de lo que a ciencia cierta SABE el común de los mortales-.

Sólo a partir de estas certezas esenciales, a modo de asunción de mínimos, es como puede construirse una orientación espiritual lo menos inauténtica posible; alejándose de cualquier iglesia, credo o sincretismo de nuevo cuño, como ya dijimos, y procurándose uno mismo toda doctrina requerida -es decir, indoctrinándose-. Esta "asunción de mínimos" es una vacuna contra el barroquismo desatado, siempre tan engañoso, de esas corrientes pseudo-espirituales de las que, dijimos, queremos resguardarnos. 

Debemos, pues, esculpir nuestra idea del espíritu hasta dejarla en su expresión más desnuda y más sobria. Por ello, al vernos a nosotros en tanto seres trascendentes -en tanto rebasamos el estrecho "Yo terrenal y temporal"-, no debemos ver magnos paraísos esperándonos a nuestra muerte ni fantásticos viajes por planos astrales, sino algo mucho más puro e indubitativo: UNA DIRECCIÓN, UNA MISIÓN, UNA REALIZACIÓN de todo lo que somos en potencia -o quizá sea mejor decir: de todas las potencias que a través nuestro se expresan.-

Evola apunta un método que nos puede encaminar eficazmente hacia esa realización, y ayudarnos a no perder la orientación, la referencia, LA DIRECCIÓN HACIA EL SER. Se trata del cultivo de la perfección en una disciplina muy concreta (artesanal, intelectual, mecánica o manual - en cualquier caso, TÉCNICA.-) Y tal voluntad de perfección nos encamina hacia el Ser, y a la vez nos mantiene en su búsqueda, porque mediante ella vamos acercándonosaun sin quererlo, a LA IDEA PLATÓNICA.
Hay ejemplos riquísimos de esta, llamémosle "filosofía", en todo Oriente, y muy especialmente en China.
.............
En resumen: sencillez, pureza, voluntad, resolución, consciencia y dirección. Nada más se requiere, y nada más se puede exigir, al individuo que busca orientación cuando todo entorno suyo se derrumba.. ¡Más!, cuando los escombros de esas ruinas se convierten en un mar de meteoritos que el sujeto debe atravesar imperturbable, sin variar un ápice su rumbo.. como Arjuna en el MajáBharata..


martes, 2 de junio de 2015

"Evola: Permanecer en pie sobre las ruinas, orientarse en medio del caos" (II)


Evola tiene dos dimensiones para mí, hay dos tendencias que se me abren simultáneamente tras leer parte de su obra. Dos sensaciones completamente contrarias se suscitan ante su pensamiento en conjunto. La primera es la que introduje someramente en la anterior entrega: la fascinación ante una visión novedosa, al mismo tiempo que total e integradora, del cosmos, de la vida y de la historia; un conjunto de lúcidas miradas a lo ancestral y a lo moderno que actúan como un poderoso catalizador de la imaginación reflexiva. La segunda toma la forma de un beligerante escepticismo ante unas referencias intra-históricas, meta-históricas -pseudo-históricas para muchos- cuya defensa es tan vehemente como dudosa su veracidad; cuya convicción parece mostrarse más firme cuanto más endeble es el crédito que merecen sus indicios. 

Dado que el autor valora más la pureza de las distintas formas de espiritualidad, cultura y civilización en tanto más se alejan del presente, uno no para de interrogarse por si no será todo, al final, poco más que fuegos fátuos.  Más incredulidad suscita aún su afirmación de que el género humano no ha estado sujeto a evolución en sentido darwiniano sino, muy al contrario, a una involución desde unos tipos ideales cercanos a la perfección divina, e incluso inmortales (aunque esto último no se afirme con total seguridad.)

Pero con todo, esa idea tan central en su cosmovisión que tiende a explicar la historia como perpétua batalla entre Modernidad y Tradición es vibrantemente fecunda en las reflexiones filosóficas que suscita en el tipo de lector más combativo, como es el caso de quién les habla.

Desarrollaremos a continuación cuatro aspectos, cuatro vertientes de estas tesis metahistóricas y metapolíticas, aunque el primero engloba a los otros tres, o si lo prefieren, es el tronco del que surgen esas tres ramificaciones:


TRADICIÓN Vs DISOLUCIÓN.  
-¿Por qué la Modernidad es esencialmente disolución?-

Este punto es del que se derivarán, como hemos dicho, todos los siguientes. Expresémoslo en tres o cuatro ideas-fuerza para interiorizar mejor a qué nos referimos. 
Si pensamos en clave de "culto a la grandeza vs culto a la mediania" o "cultivo de la excelencia vs cultivo de la bajeza" podemos intuír ya por qué senderos transita la idea.
O quizá nos orientamos mejor si decimos "aristocracia vs oclocracia"..
"LO HERÓICO Y PERSONALISTA VS LO ANÓNIMO Y ANODINO" ...

Que el horizonte sea EL ABSOLUTO o que el horizonte sea LA NADA.. ¿?

Sé que hoy poseemos una mentalidad tan diametralmente opuesta que todo esto nos suena a cosa rancia y reaccionaria. Tenemos tan aprehendidos los conceptos, precisamente modernos, de igualdad, humanismo y democracia, que puede resultar difícil salirse del contexto histórico y juzgar las ideas que han conformado nuestro mundo actual desde fuera del mismo.

Pero aquellos viejos temas, la oclocracia, la REBELIÓN DE LAS MASAS, son tan actuales hoy como lo fueron siempre. Y filósofos de la talla de José Ortega y Gasset han recogido esta problemática con una brillantez y una clarividencia que, como poco, nos debe hacer ver la necesidad de atender a estas cuestiones; aunque no necesariamente suscribamos las opiniones concretas de Ortega, ni mucho menos, las más radicales de Evola.

No estamos diciendo que haya que prescindir de la democracia -ese sería un tema que llevaría demasiado desarrollar, y estas no son, en ningún modo, unas reflexiones sobre formas políticas-. Lo que estamos diciendo es que urge echar el freno de estos tiempos tan acelerados para otear de vez en cuando los peligros que, desde diversos flancos, se ciernen sobre nuestra agotada civilización. Y repensar profundamente nuestra vehemente defensa del "Pueblo llano" y nuestro ataque, igual de vehemente, a lo aristocrático en su sentido más puro y más amplio. 

¡Los referentes son importantes! En esencia, esa es la cuestión que se encuentra en el centro de este problema -grave problema que, si no atajamos, traerá aun más trágicas consecuencias de las que ya ha traído- ¿A qué aludimos cuando decimos "referencias"? Obviamente, hablamos de referentes socio-culturales, de los mitos y héroes que inspiran a la gran masa. De la diatriba crucial consistente en elegir si tomamos como ejemplo la excelencia o la mediocridad, si vamos a mirar hacia las alturas o hacia el fango.  Hay que expresarlo de forma así de clara y contundente, pues si nos andamos con remilgos y medias tintas no vamos a llegar nunca al núcleo duro del asunto.

Sobre ello podríamos seguir hablando varios párrafos más, pero como todavía quedan más puntos por tratar, lanzo sin más la pregunta que tanto nos urge empezar a hacernos todos y cada uno de nosotros:

¿Creen ustedes que estamos cultivando realmente la grandeza en la sociedad actual?

A juzgar por lo que llega a nuestros ojos y oídos cada día, el horizonte no parece en exceso halagüeño, y la respuesta a esta pregunta se va aclarando conforme va oscureciéndose aquel horizonte.


TRADICIÓN Vs MATERIALISMO.

Y a este mismo respecto, pongamos el foco ahora sobre otra diatriba, aquella ya vieja pugna entre la concepción espiritual y la concepción material del mundo.

En la obra que más me interesa de Evola, al menos de las que llevo leídas, que es la titulada "Cabalgar el tigre", se citan las certeras palabras de André Bretón:"Es preciso impedir que la precariedad completamente artificial de las condiciones sociales vele la precariedad real de la condición humana". A lo que el italiano añade después, con sus propias palabras, que "el verdadero significado del mito económico-social, sea cual sea su variedad, es la de un medio de anestesia interior o de profilaxis tendiente, no sólo a eludir el problema de una vida carente de todo sentido, sino a consolidar todas las formas de esta fundamental ausencia de sentido en la vida del hombre moderno".

¿Cuantas veces hemos expuesto la miseria economicista, cuando no historicista, del liberalismo y el socialismo? 

¿Cuanto vacío no habrán engendrado en el alma del Hombre, estos dos, prometiendo llenar su estómago?

El marxismo se ha pretendido frío y objetivo siendo burdo, superficial, y estrecho de miras.
Ver en toda realidad social una forma de dominación no es, como creyeron ellos, ni ser honesto ni tener un prisma analítico; es ser simplista, vulgar, y supone una negativa a priori a la posibilidad de profundizar. Es amputarse la capacidad de repensar y re-enfocar las realidades de nuestro entorno.

Del liberalismo se puede decir lo mismo, haciendo la salvedad de que su enfoque es optimista -donde el anterior dice "dominación", éste pone "colaboración-, pero igual de ingenuo en su exaltación de los potenciales del homo economicus como el marxismo en su visión cruel e implacable de una historia humana que, en su pluma, deja un sabor a profunda NADA.

MORAL TRADICIONAL Vs MORAL MODERNA

"Si la ley debiera prohibir todo lo que juega el papel de estupefaciente, en el sentido más general del término, haría falta suprimir gran parte de lo que compone la existencia moderna y alimenta una industria particularmente desarrollada y agresiva."

(´Cabalgar el tigre`, J.E.)

Hoy ya empieza a estar más difundida una moral alternativa a la prohicionista, pero asimismo, alejada de concepciones cómodas e irresponsables como las de ciertos apologistas del "modo de vida adicto", por darle algún nombre. 

Gentes bien conocidas en nuestro país como los señores Escohotado y Dragó llevan tiempo haciendo una encomiable labor pedagógica que puede encaminarnos a escapar de esa errada diatriba entre, por un lado, la cruzada contra ciertas sustancias y, por otro, la moral laxa y destructiva del "haz lo que quieras".

Los que tengan algo sabido el discurso de estos intelectuales, y de muchos otros, como puedan ser Castaneda, Jung o Jodorowsky, estarán en conocimiento de que todos los problemas derivados de las sustancias enteogénicas tienen por origen la ruptura del vínculo entre la sustancia en sí y la tradición que la acompañaba; entre la planta, el brebaje, el preparado, y el entorno cultural en el cual se enmarca y que lleva consigo el conocimiento acumulado de decenas de generaciones sobre el estupefaciente en cuestión.

Pero la reflexión urgente en estos "tiempos de disolución" es la que apunta Evola en la cita: Sea por medio de sustancias o por otros medios cualesquiera, la sociedad occidental post-moderna está llegando a un paroxismo de la sedación; y es cada vez más evidente que no es algo casual, porque es demasiado obvia y demasiado golosa la tentación de los poderosos, de un grupo u otro -o más bien de todos- de suministrar a la masa tantas clases de "adormecientes" como haga falta, con tal de que les dejen hacer, ocasionándoles las menos molestias posibles.

Y sin salir del mismo ámbito, veamos qué ocurre con el sexo. Evola dice sobre el papel de éste en la actualidad que "es como si esta obsesión sexual que se habia manifestado anteriormente con la mentalidad puritana bajo un signo negativo, a través de inhibiciones, tomara hoy día, incluso con carácter más agudo, un signo positivo." 

No me podría parecer más acertado el diagnóstico. Me he cansado de advertir sobre esto durante largo tiempo. Tan perniciosa y contraproducente puede resultar la inhibición generalizada como la inducción igual de generalizada. Para que uno pueda "liberarse" realmente, deberá estar tan libre de coerciones como de estímulos. Una sexualidad libre es la que no tiene miedo de expresarse tal como es, bien sea por exceso, o bien por defecto. No hemos logrado, por tanto, ninguna liberación sexual, como diría el papanatas medio de nuestro tiempo, sino que hemos cambiado represión por potenciación, ambas igual de artificiales, y ambas un efectivo medio de control social.

A continuación, Evola también advierte que "allí donde el sexo se pone de relieve, es natural que la mujer, su dispensadora y su objeto, domine la situación". Y esto resultaba evidente a cualquiera cuando nuestro juicio no estaba tan condicionado por esos nuevos complejos pequeño-burgueses, esos tabúes que hoy se expresan de forma tan pacata en el miedo atroz a reconocer diferencias entre sexos, gentes, y costumbres.

El que "la mujer domine la situación", más allá de que esto no equivalga a decir que "lo femenino domine" -confusión que ya aclaré en un texto específico sobre ello-, también entraña conflictos, tanto externos como internos, a los que no podemos dar la espalda. 

Doy por hecho que la mayoría va a convenir en que hay diferencias evidentes y que no responden al influjo cultural entre uno y otro sexo. Partiendo de este acuerdo, convendremos en que si la balanza se inclina a favor de la mujer, o del varón, la realidad socio-cultural resultante será distinta, puesto que los valores que la han impulsado también lo son.

Como la virilidad ha sufrido un proceso de demonización tal que ha acabado convirtiéndose en anatema, cuesta hablar en estos términos sin suscitar indignación -antes aludimos a los "complejos pequeño-burgueses", pero igualmente podríamos hablar de "neo-puritanismo", de un trasunto de la vieja mojigateria o santurronería- Es difícil pues, hoy, plantear abierta y claramente que nuestra sociedad está sometida a un proceso de CASTRACIÓN, no sé si con más o menos prisa, pero desde luego que sin pausa, y sin tregua.

No vamos a hacer un listado de todas las consecuencias que esto traerá a la larga -además de las que ya está trayendo-. Sería imposible abordar todos los ámbitos en que esto puede llegar a expresarse. Lo que vamos a hacer es dar unos apuntes concisos para movernos a cuestionar ciertas ideas que hoy están instaladas en el consenso social pero que bien podrían salir de él si fomentamos el diálogo crítico -cosa que escasea cada vez más por estos lares, pues como dice Rodrigo Mora: "En una sociedad hiper aleccionada y dogmatizada, los hechos cuentan poco, ya que la mayoría se guía por teorías e ideas abstractas."-

¿Decir que esta es una sociedad castrada es exagerado? ¿Suena a exabrupto de macho alpha trasnochado? Desde luego, por ahí no me pillarán, porque si bien intuyo en este apoquinamiento del varón un hecho desgraciado, no soy yo un ejemplo de extrema virilidad -y de hecho, defiendo también la posibilidad de que existan virilidades distintas- A donde yo quiero ir a parar es a algo muy básico: Antes hablábamos de una "balanza descompensada". Pues ni más ni menos que ese es el problema -todos los demás se derivan de uno u otro modo de él- ¿Les suena aquello del "yin y el yang" y la complementariedad de los opuestos? ¿Me aceptarían también, o es mucho pedir, que las mujeres tienden a ser más emocionales, generosas y tolerantes que los varones? 

Pues bien, si aceptamos estas premisas -que para algunos ya será mucho aceptar- apreciaremos claramente que, veámoslo positivo o no,  la moral social se inclinará más hacia los valores femeninos que hacia los masculinos -aunque aquí hay que hacer una importante salvedad. Y es que, como ya dije en el texto al que aludí hace un rato, estos valores ancestrales de la mujer están ya muy contaminados de los valores viriles que el feminismo, en gran parte, ha adoptado.- Pero aun habiendo asumido muchos valores masculinos como propios, las mujeres de hoy siguen siendo en cierta medida muy parecidas a las mujeres de cualquier otro tiempo; y como tales, lo emocional, lo maternal, lo "suave", sigue primando en las actitudes y en los valores de gran parte del sexo femenino. 

Y esto es lo que ocurre, o lo que recién empieza a ocurrir, que al tomar cierto dominio moral la mujer sobre el varón, aun no habiendo llegado a ser absoluto, ni mucho menos, sí se observa que cedemos cada vez más, en conjunto, al buenismo, a la compasión por defecto, al.. "dejarlo estar", movidos quizá por el chantaje emocional, digámoslo así de crudo, de la masa femenina que va tomando protagonismo en el consenso social.

E insisto en que todo lo descrito no implica que este cambio sea a mejor o a peor. Ustedes deberán decidir eso. Unos opinarán que "ya era hora", otros que convendría equilibrar la balanza, e incluso los habrá -sé que los hay- convencidos de que lo natural y lo sensato, de toda la vida, es que domine el varón.
.................................

Y como estos párrafos se han alargado más de lo que planeé, dejaremos ya para la tercera entrega, y la dedicaremos por entero a ello, la reflexión sobre la última de estas oposiciones planteadas por el pensamiento evoliano, que es la existente entre RELIGIOSIDAD TRADICIONAL y RELIGIOSIDAD MODERNA.





jueves, 21 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (3ª parte)

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«Empezamos a sospechar que la historia, la vida, ni puede, ni debe ser regida por principios, como los libros matemáticos.

Es inconsecuente guillotinar al príncipe y sustituirle por el principio. Bajo éste, no menos que con aquel, queda la vida supeditada a un régimen absoluto.»


«Y esto es lo que no puede ser: ni el absolutismo racionalista -que salva la razón y nulifica la vida-, ni el relativismo -que salva la vida evaporando la razón.»
*

Dijimos que nos apoyaríamos en la obra "En torno a Galileo" para desarrollar estas reflexiones. Y lo seguiremos haciendo, sólo que la complementaremos ahora con otros dos ensayos, "El tema de nuestro tiempo" y "El ocaso de las revoluciones", en donde Ortega retomó su análisis de la actual crisis histórica. (Actual para él y actual para nosotros, así de dilatado está siendo tal proceso.)

Lo que está en crisis es la verdad, como en todo anterior periodo análogo al presente. Y esto ocurre porque ya no es operativo el concepto que de ella nos hacíamos, y que hasta hace unas cuantas décadas, apenas se cuestionaba. 

Hoy se cuestiona tan abiertamente que hemos acabado dando lugar al relativismo, el cual es, meramente, un furibundo ataque en defensa propia que toma la forma de negación. Y al ser una respuesta extrema en el contexto de una situación extrema (la desorientación ante unos principios que empiezan a resquebrajarse) vuelve a ser un signo de los tiempos, como tantos otros que ya describimos en la primera y segunda parte de este ensayo; y por ello, nada nuevo: no más que un síntoma, de ningún modo un remedio.

El que la vida haya quedado supeditada a principios, en vez de al revés -como nos damos cuenta al fin de que debiera ser- tiene unas implicaciones tan profundas que acaso no podamos comprenderlas enteramente si no nos detenemos unos instantes a meditarlo.
Y, seguramente, lo veremos más claro si complementamos la tan reveladora analogía entre "el príncipe y el principio" con la siguiente reflexión, en que intervienen, además del elemento racionalista, el imperativo del progreso:

«El sentido y el valor de la vida, la cual es por esencia presente actualidad, se halla siempre en un mañana mejor, y así sucesivamente. Queda a perpetuidad la existencia real reducida a mero tránsito hacia un futuro utópico.»

Quizá se nos muestre así, finalmente, la traición que hemos estado cometiendo contra LA VIDA, sacrificando ésta en pos de un futuro mejor que nunca acaba de llegar. Quizá despertemos así de una vez por todas al terrible auto-engaño del que hemos sido víctimas durante tantas generaciones.

Nos desentendimos de la vida, la despreciamos, por parecernos poca cosa, por sí misma, en comparación con las "grandes aspiraciones" en cuya búsqueda podíamos emplearla. La vida era, pues, un instrumento para lograr "más altos fines". Nos parecía lo más absurdo, se nos antojaba un total desperdicio que no fuera así; ¿emplear la vida para otra cosa que no esté más allá de la vida? ¿La vida como un valor en sí misma? Jamás nadie (o prácticamente nadie) hubiera osado postular semejante "barbarismo". Sin duda que es esto lo que hubieran pensado de tal idea nuestros antepasados cercanos; para ellos no se hubiera tratado más que de puro primitivismo, animalismo... ¡una absoluta bajeza!

Pero ellos no eran capaces de interpretarlo en otra clave porque estaban en plena ebriedad racionalista, en plena efervescencia de la mentalidad iluminista. Invirtiendo los términos, sería como si en medio de una orgía dionisíaca, alguien tiene la ocurrencia de gritarles a todos los que allí concurren que por medio del éxtasis no se alcanza ninguna sabiduría, y que bien harían los dionisíacos en abandonar esas tentativas y dedicarse a la razón pura.

Sin embargo nosotros, que ya tenemos ante nuestros ojos los frutos, unos buenos, otros peores, de esa orgía del razonamiento puro en que se enfrascó el hombre occidental durante los últimos siglos. Nosotros, que ya participamos en esa orgía sólo de cuando en cuando, y cada vez con menos convicción, pues ya no sentimos apenas ese éxtasis (pero sí palpamos cada vez más sus zonas grises, sus vacíos.) Nosotros, digo, sí podemos superar esa fiebre de la abstracción y volver, tras tanto tiempo, la vista de nuevo hacia lo VITAL.

«La vida debe ser culta, pero la cultura tiene que ser vital.»

¿Qué queremos decir con esto? Pues, ni más ni menos que la cultura, el conocimiento, la razón... deben servir al propósito de la vida, y no la vida al propósito de aquellas. Porque si pensamos la existencia como un medio para alcanzar cosas que consideramos por encima de la misma, estas cosas serán las que irán copando toda nuestra atención, mientras la existencia irá cada vez ocupando menos espacio en nuestras preocupaciones. Y llegará un momento -como ya ha llegado- en que ni siquiera recordaremos qué era la vida antes de "la búsqueda del conocimiento" en la que nos aventuramos, firmemente comprometidas y apasionadas, varias generaciones. De esta suerte, nuestro conflicto interno será análogo al de un pueblo de navegantes que tras continuar, los hijos, la vocación de los padres, y estos, la de los abuelos, los últimos descendientes empiezan a preguntarse "como será eso de pisar tierra firme".

¡Y tierra firme, concreta y palpable, es la que llevamos sin pisar mucho.. mucho tiempo!

Porque aquí ya no nos referimos únicamente a la última era, sino que en este sentido, la "aventura de ultramar" viene durando ya desde que se inició el tiempo de la superstición, desde que se declaró abiertamente la guerra a "esta vida", y nos embarcamos, durante más de un milenio, en la persecución de un algo superior a ella. Y aunque en los albores de la modernidad nadie se percatara de que, al mismo tiempo que se estaban invirtiendo muchos valores, había algo esencial donde no se había roto en absoluto la continuidad, con la perspectiva que nos da nuestro siglo, podemos verlo meridianamente:

«El culturalismo es un cristianismo sin dios. Los atributos de esta soberana realidad -Bondad, Verdad, Belleza- han sido desmontados de la persona divina, y una vez sueltos, se les ha deificado.»

Yo defendí esta misma tesis en una reflexión que quise hacer, en cierto momento, sobre los mitos modernos. Y también vi entonces claro, como Ortega, que había una dimensión nada desdeñable de los mismos que se adecuaba muy bien a esta sentencia: "La Ilustración encontró la manera de negar a dios sin dejar, por ello, de ser monoteista".

¿Qué diferencia esencial hay, séanme sinceros, entre someternos a un dios, a un rey, o a unos principios? ¡A no ser que nosotros hayamos inventado los principios!, pero dado que pueden contarse con los dedos de una mano las personas, en este mundo, que se guían por sus propios principios 
-elaborados enteramente por ellos mismos-, podemos perfectamente obviar esa rara excepción a la regla.

De lo dicho se concluye, por tanto, que estaríamos posponiendo indefinidamente la tarea de significar, de valorizar, de EMPODERAR a la propia vida, en vista a construir un edificio conceptual, un templo a la razón, en el que se nos reclama que continuemos participando; aun cuando seguimos sin ver en qué momento concluirá, y lo que es más desalentador, aunque se halle cada día más desdibujado el objetivo último de todo ello. Y si el objetivo se torna tan dudoso, lo que empieza a preocuparnos creciéntemente es si no estaremos hipotecando nuestra vida -que es nuestra, a título individual, y de nadie más- en beneficio de una fantasmagoría, de un monumental engaño en el que han sucedido unas generaciones a otras, igual que ocurría en la construcción de las catedrales medievales. Sólo que en aquel caso, lo que se construía no era un edificio en las nubes, sino uno que, precisamente por estar hecho de columnas y arcos concretos y palpables, llegaba un momento en que podía decirse que estaba concluido. Y, fuera de una belleza mejor o peor lograda, fuese un mayor o menor motivo de orgullo para sus constructores, estaba ahí para que propios y ajenos lo contemplaran, y era por tanto un fruto objetivo del trabajo de esas tres o más generaciones que a él se habían dedicado.

Pero, díganme, y séanme de nuevo sinceros: ¿Qué carajo se puede decir que estamos construyendo nosotros desde hace cinco siglos? ¿Qué gran edificación cultural, humana, vital, es a la que se prevé, arribaremos al final.. ¡al final de todo!, quién sabe tras cuantos siglos mas?

No creo, una vez expuesto el problema esencial, que nadie piense que es una pregunta baladí.

Pues bien, ¿alguien puede hoy respondérmela?


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lunes, 18 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (2ª parte)


No nos debería sorprender la furia con que saltan muchos de nuestros coetáneos a negar las verdades científicas  y como se lanzan sin paracaídas en los brazos del pensamiento mágico (que por más que ellos pretendan vestirlo de "gnosis" o "ciencia proscrita", no es nada mas, en rigor, que PENSAMIENTO MÁGICO.) Pero yo no les condeno a la hoguera, aunque sí me provocan no pocas sonrisas- e incluso espanto ante su, en ocasiones, arrogante ignorancia- Pero entiendo cual puede haber sido el motor que les ha llevado a comprometerse con un mundo mágico, irracional y conveniente; dado que el mundo gris que les hemos legado, ese mundo que sólo vive de ciencia, economía y política, pudo funcionar e ilusionar a muchos durante un tiempo, pero hace ya unas cuantas décadas que revela sus inmensas carencias, traducidas hoy en abismos. ¿Cuales son estos abismos? Sería ahora difícil colocarlos por orden de magnitud. ¿Es más abismal el hueco que ha dejado el materialismo más extremista en su largo recorrido, o el que se ha originado en nuestra sociabilidad ancestral por la acción del individualismo? ¿Es más terrible la ausencia total de referencias metafísicas, metahistóricas, metahumanas -mitos, ritos, iniciaciones, culto a la tierra, a los antepasados, a los héroes, a las fuerzas de la naturaleza- o lo es la ausencia igualmente absoluta de una cultura de/para la muerte, es decir, de una preparación completa para el trance por el que, esto es seguro, todos vamos a pasar? 

¿O acaso creemos que la angustia de la muerte, que es la principal angustia de nuestra especie, va a desaparecer desentendiéndonos de ella? 
Bien podría ser éste el signo mas claro de la estupidez prometeica del hombre moderno.

No debe sorprender tampoco la desesperación de los que se defienden con uñas y dientes del imparable avance de esta nueva alianza entre progresismo y relativismo -y con él, de la fuerza que tiende finalmente a la equiparación del valor de todas las cosas, y como inevitable consecuencia, a la negacion del mismo.- Pero este "no debe sorprender" no equivale a decir que ésta actitud sea la más madura o la más sensata; en absoluto, ya que la inmensa mayoría de las veces no proviene de un profundo conocimiento sobre las funciones que cumplían esas formas tradicionales que protegen, sino que suele consistir en un miedo atávico a perder las referencias, esto es, EL SUELO BAJO SUS PIES. Es una reacción, por tanto, comprensible pero infantil. Eso sí, no menos que la de aquellos poseídos por una fobia agresiva a todo lo tradicional, a todo lo "desigual" que no revela a primera vista la razón de su exclusividad, a todo lo que porte raíces complejas y profundas. Ambas se tratan de huídas hacia delante, de clavos ardiendo a los que agarrarse. 

En un mundo que se descompone, o como diría Ortega, en "la casa que se había construído nuestro ser histórico y que hoy vemos derrumbarse sobre nosotros", toda reacción no puede ser sino medida desesperada, como la del habitante de un edificio derruído por un terremoto que arriesga su vida por rescatar algunos enseres. Estos enseres serían la tradición (o lo que queda de ella, si es que merece recibir aún tal nombre), serían la libertad del individuo, serían la idea del socialismo o la idea de nación. 
Así que no se sigan engañando, ¡que no hay más cera que la que arde! Y si algunos de ustedes siguen empeñados en agarrarse a esos clavos que también arden por ahora, es su elección; pero sepan que sólo podrán agarrarse a ellos por poco más tiempo, y que cuando llegue la hora de tener que soltarlos ya definitivamente, el trance les resultará mucho más doloroso, por no haberse dedicado durante el último periodo de tránsito a practicar el DESAPEGO DE LAS IDEAS MORIBUNDAS, a reelaborar su lista de prioridades vitales, y a PREPARARSE PARA LA INCERTIDUMBRE, para el albor de un nuevo mundo que estará por construir, y donde ya no contarán con las certezas, con las seguridades, con las referencias con las que hasta ahora contaban (aunque cada vez menos.)

Pero no conviene que de estas premisas se siga la justificación de cualquier camino, por el mero hecho de ser distinto al marcado por aquella cosmovisión de cosmovisiones (modelo civilizatorio) que hoy agoniza. Ya que bien podrían agarrarse a esto los que mencioné al comienzo de estas líneas, y pensar que la negación de la teoría darwinista o la afirmación, en su lugar, de la ya famosa hipótesis de los alienígenas ancestrales, -y con ella, el compromiso con una cosmovisión que no tiene más valor que el literario (en el mejor de los casos)- que todo este delirio pasajero y adolescente, a fin de cuentas, es una salida digna, o incluso un paradigma sostenible con el potencial de vehicular un nuevo modelo existencial, civilizatorio.
Pero  no lo es, primeramente, por tratarse, de nuevo, de UN SÍNTOMA Y NO UN REMEDIO. No lo es tampoco por la endeblez de su edificio argumental, que hasta un mero diletante con ciertas ideas sobre la historia y la ciencia derriba sin el menor esfuerzo. Pero la clave que aquí nos interesa es la primera, dado que intentamos analizar el problema de la crisis de una época, y no las trazas de verdad que puedan encontrarse en las mil y una maneras que adoptan quienes huyen desesperada e inconscientemente de la misma.

Tampoco podrán ser, pues, salidas con proyección de futuro, todas aquellas que consistan en intentar revivir épocas pasadas, ya sea volviendo a la religión o a un trasunto del Antiguo Régimen. Lo que está agotado está agotado, y si estamos diciendo que éste régimen actual de cosas lo está, más lo estarán todavía los modelos que lo precedieron y que -no olvidemos- fueron los que condujeron a él.

Habrá que separar muy celosamente los ámbitos de la vida. Éste será, probablemente, el primer imperativo que se nos revelará; y se nos revelará así una vez nos hayamos convencido de que ninguno de estos ámbitos debe imponerse sobre los otros, porque eso significaría perpetuar aún por más tiempo la pugna entre unos y otros aspectos de nuestra realidad histórica, con lo que estaríamos también alargando innecesariamente esta agónica lucha en la que, ustedes ya se darán cuenta, ninguno de nosotros obtendrá ninguna ganancia, sino más bien un paroxismo de su agotamiento. 

La ciencia, pues, deberá convertirse en una secta, (lo cual no le será difícil, si tienen razón quienes afirman que ya lo es, a efectos prácticos, desde hace tiempo); y de ese modo, podrá seguir desarrollando su labor sin que nada ajeno influya en ella -sin que nada invada su terreno-, y sin que ella invada tampoco  terrenos ajenos. Esto es mucho más importante de lo que pueda parecer a primera vista, puesto que gran parte de las quejas hacia la ciencia expresadas en las últimas décadas tienen que ver con su connivencia con la política, la guerra o el control de masas, y por otro lado, con su empeño en aplicar su método a realidades que nada tienen que ver con su ámbito de estudio -el espíritu, el más allá, los símbolos sagrados, la trascendencia, el mundo interior,...

Así mismo, todos los que aún crean que lo único importante es la política y la economía, deberán también conformar un grupo segregado del resto, para que ya no impongan por doquier su iluminista creencia en que se puede "arreglar el mundo" contando con tan pocas herramientas, y que, encima, se han mostrado tan deficientes.
Da igual fascistas que anarquistas, mientras traten de imponer su mundo al de los demás.
¡Todo lo que hasta ahora estaba mezclado deberá ser segregado! Entiéndase, todos LOS CONCEPTOS HEGEMÓNICOS. Los políticos en su feudo, los científicos en el suyo, los intelectuales lo mismo, así como los religiosos, los gnosticos, los nacionalistas, los internacionalistas, los últimos urbanitas, los crecientes neo-ruralistas, y hasta los que "luchan sacrificadamente, ellos solos, por liberar a la humanidad de los reptiles psíquicos."

No estoy dando respuestas, por tanto, a como será -o debería ser- la nueva era histórica que nacerá (lo cual sería, desde luego, de la más estúpida arrogancia por mi parte) sino que estoy, tan sólo, proponiendo las bases -quizá haya otras, incluso complementarias- para que, lo que tenga que ocurrir con esa nueva era de la que poco o nada sabemos, pueda manifestarse sin cortapisas, sin que el constante vocerío y batalla bizantina entre las distintas facciones impida la evolución paralela de diversos modelos de vida. Modelos que puedan desarrollarse independiéntemente de los demás, y que así muestren, en sana competencia, y con el correr de los años y las décadas, cuales de ellos ofrecen alternativas más satisfactorias para cubrir esos huecos -abismos, dijimos- en el alma de aquel hombre tan extraviado que es nuestro contemporáneo.

Esta tesis estaría al final, como ya habrán visto, íntimamente relacionada con la del miedo a la libertad, que hasta donde he conseguido desentrañarla, se resolvería aceptando algo tan simple, y tan difícil hoy, como relativizar al máximo las posiciones que, durante esta gran crisis epocal, hemos defendido con una vehemencia que hoy se nos revela histrionismo -es decir, falsedad, pose, impostura- Algo todavía tan duro de tragar, lo sé, como permitir la libre circulación de las ideas más descabelladas, o más intolerables (pero que nunca son las mismas según quién es el sujeto que tolera.) Para aceptar esto, evidentemente, primero es necesario aceptar que, tal como dijimos al principio que defendía cierta corriente, TODO VALE LO MISMO; con la salvedad de que aquí hablamos, no de valores culturales o morales, sino de modos de concebir estos mismos valores, lo que hemos llamado "ideologías", ya sean políticas, sociales, culturales, o científicas. Y con "todo vale lo mismo" estaríamos, pues, intentando fabricar una tabla rasa donde ya no se jerarquicen estas ideologías -porque toda jerarquización provendrá, necesariamente, de una o varias de éstas-, donde ninguna de ellas, como también dijimos, invada el territorio de las otras, y donde el aumento o la disminución de adeptos a cada una surja exclusivamente de su natural, y nunca cortapisado, desenvolvimiento.
Pero es claro que tal situación sólo podrá darse, plenamente, cuando nos hayamos convencido todos de lo que yo, y unos cuantos más, estamos convencidos ahora (Ortega ya lo estaba hace 90 años): De que todas esas posiciones defendidas con tan histriónica convicción, en efecto VALEN LO MISMO, en cuanto signos, todas ellas, de una desesperación generalizada ante un edifico histórico en el que habitábamos, y que ahora se nos viene abajo sin ofrecer una futura construcción como alternativa.



viernes, 15 de mayo de 2015

"Signos de los tiempos" (1ª parte)

[Todas las citas que se reproducen aquí pertenecen a la obra En torno a Galileo de José Ortega y Gasset, valiosísimo texto en el que todavía nos apoyaremos para las reflexiones que seguirán a estas. La cuestión abordada en él no es pequeña: el estudio de las crisis históricas para orientarnos en la actual crisis de la Modernidad, en la cual llevamos instalados ya casi un siglo. Y de la misma manera que ocurre con La rebelión de las masas, nos deja estupefactos hasta qué punto se adelanta a su época el filósofo hispano.]


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EL MIEDO A LA LIBERTAD Y EL AMOR A LA REVOLUCIÓN.

El Hombre Moderno, que tanto ha ensalzado la libertad, es justamente a ésta a lo que más teme. Porque este sujeto de nuestro tiempo, lo que persigue y lo que sacraliza no es sino LA IMAGEN DE LA LIBERTAD, la imagen perfecta e idealística que él tiene en su mente. Mientras la verdadera libertad, la cual implica SIEMPRE indeterminación, provisionalidad e incertidumbre, es la que conforma el horizonte que nuestro ser histórico quiere, por todos los medios, apartar, anular,...¡olvidar!

Así es como nacieron los Utopismos, los Iluminismos, Idealismos y Universalismos... ¡La Revolución, El Progreso, La Nación, El Estado! ¡Los mitos modernos!

«El hombre moderno es en su raíz revolucionario. Y viceversa, mientras el hombre sea revolucionario no es más que hombre moderno, no ha superado la modernidad!» 

El miedo a la libertad es un tema que ya intenté abordar en cierta profundidad. (enlace aquí) Lo cierto es que hay tantas maneras de concebir la libertad como sujetos pensantes (y con pensantes, seguramente no estamos aludiendo a toda la especie humana.) Pero las más extraviadas de ellas probablemente tengan su raíz en aquel mito de la revolución. Porque la libertad sin más, esa que incluye indeterminación, provisionalidad, incertidumbre, entre otros sinsabores, le sabe hueca -le sabe a poco, a casi nada- al hombre moderno y revolucionario. 
El hombre persuadido de la capacidad prometeica encerrada en esa idea llamada "revolución" no se conforma jamás con nada. Puesto que la promesa es tan vasta, y todo lo que alguien imagine que debe hacerse, puede efectivamente hacerse, siempre será poco lo que se ha conseguido comparado con lo que podría conseguirse. Por lo tanto, para el sujeto revolucionario, siempre, cualquier situación, será potencialmente mejorable, y por esto mismo, injusta e indeseable. 
Pareciera que el revolucionario vive en una constante insatisfacción, y que de hecho, es ella la que constituye su razón de ser; la vida no puede ser celebrada mientras sea imperfecta, mientras haya en ella realidades susceptibles de mejora.. Nada hay de que alegrarse mientras queden nuevas cosas por arreglarse.


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DE LA FE EN EL MÁS ALLÁ A LA FE EN EL PROGRESO

«En Descartes, por vez primera, hace el hombre una afirmación radical de la superioridad del presente sobre todo pretérito, del presente como tierra de que emerge el futuro, que crea el futuro. Bascula, pues, el entusiasmo que de gravitar hacia el pasado comienza su ponderación hacia el porvenir. La Edad Moderna ha sido, desde su umbral, futurismo, loca fe en el futuro porque es humanismo, fe en el hombre, y el hombre es el anticipador de sí mismo.» 

¡Todo tiempo por venir es mejor! La fe ciega, ahora, es en el progreso indefinido y en la capacidad del Hombre para transformar el mundo y para transformarse a sí mismo, tanto en su individualidad como en su sociabilidad. La Razón lo puede todo, y mediante ella, estaban muchos convencidos de poder alcanzar el dominio sobre la Naturaleza.. ¡y hasta la felicidad! Se podría construir el Paraíso en la Tierra, puesto que la ciencia y el humanismo se prometían, en un principio, inagotables, infalibles, construcciones arquitectónicas infranqueables, en las que nada ajeno podía penetrar, y nada propio escapar. 

¡Pero vaya si tenían grietas! ¡Vaya si penetraron elementos extraños y escaparon propios! Por lo pronto, la defensa de la razón degeneró en racionalismo y la de la ciencia en cientifismo. La fe ciega en el Más Allá de la que se huía se transmutó en un abrir y cerrar de ojos en fe ciega en la razón y la ciencia. Es evidente que aún éramos adolescentes que, en su arrogancia momentanea, creen haber alcanzado ya toda la madurez y la sabiduría que al Hombre le es dada alcanzar.

El sujeto de nuestro tiempo cree realmente (cada vez menos) que con esa razón y esa ciencia se basta, que los elementos que componen su mundo son suficientes para construirse un porvenir, y está auténticamente convencido de que no echaremos nada en falta.

Pero lo cierto es lo contrario: Echamos cada vez más cosas en falta, nos asolan cada vez más contradicciones, nos desgarran abismos cada vez más insalvables.

Nos debatimos constantemente entre las ansias de seguridad y de libertad, entre la necesidad de identidad propia y la necesidad de identidad grupal, entre lo material y lo espiritual. Y todas son diatribas que vivimos dolorosamente, dado que consisten, en el fondo, en algo parecido a elegir entre tus extremidades superiores o inferiores. Así vamos catapultándonos, violenta y bastante arbitrariamente, de unas convicciones radicales a otras; hoy puede ser la lucha de clases lo único que consideramos determinante, mañana puede ser el factor racial o religioso la clave última con la que al fin hemos dado (o eso creemos.)


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EL ILUMINISMO Y LOS FALSOS ANTI-MODERNOS.

En los dos últimos siglos, se ha llegado a reclamar que la política, ella sola, logre la ausencia de injusticia y hasta la ausencia de sufrimiento.. Otros le piden a ésta que garantice la supervivencia, y hasta la supremacía, de su cultura o de su nación.

El Hombre de nuestro tiempo ha llegado a exigir que EL ESTADO sea el garante de su libertad, que los gobernantes que ocupan LA CÚPULA del mismo sean quienes aseguren la igualdad de todos, e incluso que éstas dos, igualdad y libertad, vayan indisolublemente unidas. 

Basten estos ejemplos para mostrar las contradicciones en que tal hombre se ha instalado.

Y no se equivoquen, que no es más moderno el que lucha por la igualdad que el que clama contra ella, y tampoco el que aspira a la libertad y el que se mofa de ella. Porque cuando hoy alguien se declara anti-igualitario o anti-libertario, sucede en realidad que propugna otra forma de entender esta igualdad y otra forma de entender esta libertad. Conviene no engañarse a este respecto. Por ejemplo, cuando los nacionalismos más belicosos (incluidos los fascismos) proclaman sus derechos territoriales, e incluso su superioridad, únicamente están reduciendo el ámbito de aplicación de aquellos principios de lo universal a lo local -nacional- Y de ahí que se niegue la igualdad de las fronteras del Estado para fuera, pero se cuide celosamente la homogeneidad de fronteras para dentro, y por ello resulte insoportable el que la nación sea diversa y que formen parte de ella gentes de distintas procedencias etno-culturales.

«La expulsión de judíos y moriscos es una idea típicamente moderna. El moderno cree que puede suprimir realidades y construir el mundo a su gusto en nombre de una idea. En este caso es la idea del Estado, que los Reyes Católicos inician.»

Quizá logren entender mejor esta relación si incidimos, en vez de en la igualdad, en el caracter iluminista que adopta, quiera o no, toda forma política desarrollada en esta era. Por ello suelo insistir en que no es menos iluminista Hitler que Lenin, o Reagan que Jomeini. Siempre se trata de la creencia ciega -o cuando menos, miope- de que se puede "esculpir" al gusto de cada cual la realidad humana (el mundo, la sociedad) por medio de una acción política planificada, racionalizada, y férreamente centralizada. 

Y en lo referente al ideal de libertad, no crean que el canje es muy distinto, porque en vez de colocar el eje de la misma en el individuo, se coloca de nuevo en la Nación; y así, es ésta la que debe "liberarse" de la "tiranía impuesta" por el concierto internacional, o por sus "archi-enemigas", que buscan explotarla y maniatarla.

Fíjense que, según trasladamos el eje de este discurso al individuo, a la clase social, o a la nación, damos lugar a todas las ideologías modernas sin movernos del mismo ideal, el de la "libertad".

El fascismo, el nacional-socialismo, como el comunismo o el liberalismo, son por ello un síntoma, no un remedio. Son signos inequívocos de la crisis de la Modernidad, en cuanto expresiones de la desesperación de una época que agoniza, la cual suele caracterizarse, como en toda crisis histórica anterior, por intentar negar la totalidad de su mundo (el contexto histórico que, quieran o no, habitan) dando un protagonismo sobredimensionado a una pequeña parte de ese mundo (la nación, la raza, la justicia social, la libertad individual.) Una forma de escapar del paradigma dominante agarrándose como a un clavo ardiendo a uno solo de sus componentes. (Como el Hombre del final del Medioevo se agarraba, bien a la palabra literal de las Sagradas Escrituras, bien a la dimensión más humana y cercana de Cristo.)

«Cuanto más absurdo y más extremo sea el extremismo, más probabilidades tiene de imponerse pasajeramente. (...) La situación extrema, al consistir en que el hombre no halla solución en la perspectiva normal, le hace buscar un escape en lo distante, excéntrico, extremo, que antes pareció menos atendido. (...) El extremismo es, por lo pronto, un truco vital de orden inferior. Hemos visto que hoy unos extremizan la idea de justicia social y otros la idea de raza, como un tercero o un cuarto podían afianzarse en cualquier otra cosa con tal que sea arbitraria y poco o nada razonable. Es esencial al extremismo la sinrazón. Querer ser razonables es ya renunciar al extremismo.» 

Nada más que añadir.

..Por el momento.